se consume tan pronto como entra, sin que quede ningún excedente para ahorrar de cara a la vejez.
¿No es ese gobierno a la vez injusto e ingrato, que es tan pródigo en sus favores con aquellos que son llamados caballeros, o joyeros, o otros semejantes que están ociosos, o viven ya sea de la adulación o de concebir las artes del vano placer, y, por otra parte, no cuida de aquellos de clase más baja, tales como labradores, carboneros y herreros, sin los cuales no podría subsistir?
Pero después de que el público ha cosechado toda la ventaja de su servicio, y llegan a estar oprimidos por la vejez, la enfermedad y la necesidad, todas sus labores y el bien que han hecho son olvidados, y toda la recompensa que se les da es que se les abandona para que mueran en gran miseria.
Los más ricos se esfuerzan a menudo por rebajar el jornal de los trabajadores, no solo mediante sus prácticas fraudulentas, sino por las leyes que consiguen que se promulguen a tal efecto, de modo que, aunque es algo de lo más injusto en sí mismo dar tan pequeñas recompensas a quienes tan bien merecen del público, sin embargo, han dado a esas penalidades el nombre y el tinte de la justicia, al conseguir que se promulguen leyes para regularlas.