Esto —hasta donde es posible generalizar— es el defecto inherente de las novelas: se desinflan al final, y hay dos explicaciones para ello: primero, la fatiga, que amenaza al novelista como a cualquier trabajador; y segundo, la dificultad que venimos discutiendo. Los personajes se han estado desmandando, han puesto cimientos y luego se han negado a construir sobre ellos, y ahora el novelista tiene que trabajar en persona para que el encargo se termine a tiempo. Finge que los personajes actúan por él. No para de mencionar sus nombres y de usar comillas. Pero los personajes se han ido o están muertos.
El argumento, pues, es la novela en su aspecto lógico e intelectual: requiere misterio, pero los misterios se resuelven más tarde: puede que el lector se mueva por mundos no realizados, pero el novelista no tiene dudas.
Es competente, está poised sobre su obra, proyectando un haz de luz aquí, poniéndose un gorro de invisibilidad allá y (en calidad de creador de argumentos) negociando continuamente consigo mismo en calidad de traficante de personajes sobre el mejor efecto que debe producir.
Planea su libro de antemano: o de cualquier modo se halla por encima de él, su interés por la causa y el efecto le confiere un aire de predestinación.
Y ahora debemos preguntarnos si el armazón así producido es el mejor posible para una novela. Después de todo, ¿por qué ha de planearse una novela? ¿No puede crecer? ¿Por qué necesita cerrarse, como se cierra una obra de teatro? ¿No puede abrirse? En lugar de situarse por encima de su obra y controlarla, ¿no puede el novelista arrojarse en ella y dejarse llevar hacia alguna meta que no prevé? La trama es emocionante y puede ser hermosa, pero ¿no es un fetiche, tomado prestado del drama, de las limitaciones espaciales del escenario?