que la pequeña frase —desde su sombrío inicio, pasando por la sonata hasta el sexteto— lo significa todo para el lector. Hay momentos en que no significa nada y se olvida, y esta me parece que es la función del ritmo en la ficción: no estar ahí todo el tiempo como un patrón, sino, mediante su encantador crecer y menguar, llenarnos de sorpresa, frescura y esperanza.
Hecho mal, el ritmo es de lo más aburrido; se endurece hasta convertirse en un símbolo y, en vez de llevarnos en volandas, nos hace tropezar. Con exasperación descubrimos que el spaniel John de Galsworthy, o lo que sea, vuelve a estorbar bajo nuestros pies; e incluso los cerezos y los yates de Meredith, por gráciles que sean, se limitan a abrir ventanas hacia la poesía.
Dudo que pueda lograrse por parte de los escritores que planifican sus libros de antemano; ha de depender de un impulso local cuando se alcanza el intervalo adecuado. Pero el efecto puede ser exquisito, puede obtenerse sin mutilar a los personajes y disminuye nuestra necesidad de una forma externa.