Después de declarar que el Partido de los Trabajadores se opondría a todo privilegio exclusivo, monopolio y exención, las resoluciones continuaban:
Consideramos un privilegio exclusivo que una parte de la comunidad tenga los medios de educación en los colegios, mientras que otra esté limitada a las escuelas comunes o, quizás, debido a la extrema pobreza, incluso privada de la educación limitada que se adquiere en dichos establecimientos. Nuestra voz, por lo tanto, se alzará en favor de un sistema educativo que esté abierto por igual a todos, como en una república verdadera debería estarlo.
Por fin, las resoluciones decían lo que el Partido de los Trabajadores opinaba de los banqueros y del sistema bancario. Los banqueros fueron denunciados como «los mayores bribones, impostores y pordioseros de la época». Las resoluciones continuaban:
Tal como se gestiona ahora la banca, los propietarios de los bancos reciben anualmente del pueblo del Estado no menos de dos millones de dólares en su dinero de papel (y bien podría ser dinero de estaño) para el cual no hay ni puede haber nada previsto para su redención a la vista...
La rechifla que se levantó de todo aquello que se consideraba influyente, respetable y estable cuando se imprimieron estas resoluciones, se repitió por doquier.
Se las consideró primero como una broma y después, cuando el Partido de los Trabajadores empezó a revelar su seriedad y fuerza, como un desafío insolente a la autoridad constituida, a la riqueza y a la superioridad, y como una amenaza a la sociedad.