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VI

graneros (pasó junto a un granero medio derrumbado al borde del camino). Y los perros ovejeros (aquí uno cruzó el camino trotando. Ella lo esquivó con cuidado). Y la noche. Pero la gente (aquí intervino otro yo). ¿La gente? (Lo repitió a modo de pregunta). No lo sé. Charlatanes, maliciosos, diciendo mentiras siempre. (Aquí dobló hacia la calle principal de su ciudad natal, que estaba abarrotada, pues era día de mercado, de granjeros, pastores y viejas con gallinas en cestas). Me gustan los campesinos. Entiendo las cosechas. Pero (aquí otro yo saltó por encima de su mente como el haz de luz de un faro). ¡La fama! (Se rió). ¡La fama! Siete ediciones. Un premio. Fotografías en los diarios vespertinos (aquí aludía a “El roble” y al Premio Memorial Burdett Coutts que había ganado; y debemos darnos prisa para señalar lo desconcertante que resulta para su biógrafo que este clímax hacia el cual avanzaba todo el libro, esta perorata con la que iba a terminar el libro, se desvanezca de repente con una risa casual como esta; pero la verdad es que, cuando escribimos sobre una mujer, todo desentona⁠—los clímax y las peroratas; el acento nunca cae donde lo hace con un hombre). ¡La fama!, repitió. Una poetisa⁠—una charlatana; ambas cosas cada mañana con tanta regularidad como llega el correo. Cenar, encontrarse; encontrarse, cenar; ¡la fama⁠—la fama! (Tuvo que reducir la velocidad para abrirse paso entre la multitud de la gente del mercado. Pero nadie reparó en ella. Una marsopa en la pescadería atraía mucha más atención que una dama que había ganado un premio y podría haber llevado, de haberlo querido, tres coronas una encima de otra sobre la frente). Conduciendo muy despacio, tarareó entonces como si formara parte de una vieja canción: “Con mis guineas compraré árboles en flor, árboles en flor, árboles en flor y caminaré entre mis árboles en flor y le diré a mis hijos qué es la fama”.

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