Esa medianoche, después de que la familia se hubiera retirado, el mayordomo estaba echando el cerrojo de la puerta principal cuando, según su declaración, Charles apareció de forma un tanto torpe e insegura al pie de las escaleras con una maleta grande e hizo señas de que deseaba salir. El joven no pronunció palabra, pero el honrado yorkshireño alcanzó a verle una vez los ojos febriles y tembló sin motivo. Abrió la puerta y el joven Ward salió, pero por la mañana presentó su renuncia a la señora Ward. Había, dijo, algo impío en la mirada que Charles había clavado en él. No era forma de que un joven caballero mirara a una persona honesta, y le era totalmente imposible quedarse otra noche. La señora Ward permitió que el hombre se fuera, pero no le dio gran valor a su testimonio. Imaginar a Charles en un estado salvaje aquella noche era de todo punto ridículo, pues mientras había permanecido despierta había oído leves sonidos procedentes del laboratorio de arriba; sonidos como de sollozos y pasos de un lado a otro, y de un suspiro que solo hablaba de las profundidades más hondas de la desesperación. La señora Ward se había acostumbrado a estar al acecho de sonidos en la noche, pues el misterio de su hijo estaba borrando rápidamente todo lo demás de su mente.
A la noche siguiente, muy al igual que en otra noche de hacía casi tres meses, Charles Ward tomó el periódico muy temprano y por accidente perdió la sección principal.
Este asunto no se recordó hasta más tarde, cuando el doctor Willett comenzó a atar cabos sueltos y a buscar eslabones perdidos aquí y allá. En la oficina del Journal encontró la sección que Charles había perdido y señaló dos noticias como de posible importancia. Decían así:
Esta mañana, Robert Hart, vigilante nocturno del Cementerio del Norte, descubrió que los