Dr. Willett recibió esta nota sobre las diez y media de la mañana, y de inmediato hizo planes para dedicar toda la tarde y la noche a aquella charla trascendental, permitiendo que se prolongara hasta entrada la madrugada tanto como fuera necesario.
Planeaba llegar hacia las cuatro, y durante todas las horas intermedias estuvo tan absorto en toda suerte de especulaciones descabelladas que la mayor parte de sus tareas se cumplieron de forma muy mecánica.
Por mucho que la carta hubiera sonado a desvarío ante un desconocido, Willett había visto demasiadas rarezas en Charles Ward como para descartarla como pura locura. Estaba bastante seguro de que algo muy sutil, ancestral y horrible se cernía en el ambiente, y la mención al Dr. Allen resultaba casi comprensible a la luz de lo que los mentideros de Pawtuxet decían sobre el enigmático colega de Ward.
Willett nunca había visto al hombre, pero había oído mucho sobre su aspecto y su porte, y no podía evitar preguntarse qué clase de ojos ocultarían aquellas tan comentadas gafas oscuras.
A las cuatro en punto el doctor Willett se presentó en la residencia Ward, pero descubrió con molestia que Charles no se había ateniéndose a su propósito de permanecer en el interior. Los guardias estaban allí, pero dijeron que el joven parecía haber perdido parte de su timidez. Esa mañana había sostenido muchas discusiones y protestas que parecían aterrorizadas por teléfono, dijo uno de los detectives, respondiendo a alguna voz desconocida con frases como «Estoy muy cansado y debo descansar un rato», «No puedo recibir a nadie por algún tiempo, tendrá que disculparme», «Por favor, posponga una acción decisiva hasta que podamos arreglar algún tipo de compromiso» o «Lo siento mucho, pero debo tomarme unas vacaciones completas de todo; hablaré con usted más tarde».
Luego, al parecer cobrando osadía mediante la meditación, se había escabullido con tanta sigilo que nadie lo había visto partir ni sabía que se