En uno y otro caso, se observaba casi la misma solemnidad en el comportamiento de los espectadores; como correspondía a un pueblo entre el cual la religión y la ley eran casi idénticas, y en cuyo carácter ambas se hallaban tan profundamente fundidas, que los más benignos y los más severos actos de disciplina pública se revestían por igual de un carácter venerable y solemne.
Escasa, en verdad, y fría era la compasión que un transgresor podía esperar de tales espectadores junto al cadalso.
Por otra parte, una pena que en nuestros días implicaría un grado de infamia burlona y ridícula, podía revestirse entonces de una dignidad casi tan severa como la pena de muerte misma.
Era una circunstancia digna de ser notada, en la mañana de verano en que nuestra historia emprende su curso, que las mujeres, de las cuales había varias entre la multitud, parecían mostrar un interés peculiar en cualquier castigo penal que pudiera esperarse como desenlace.
La época no poseía tanto refinamiento como para que un cierto sentido del decoro frenara a las portadoras de refajo y verdugado de avanzar hacia los caminos públicos y encajar sus cuerpos nada esbeltos, si la ocasión se presentaba, en la muchedumbre más próxima al cadalso en una ejecución.
Tanto moral como materialmente, había una fibra más basta en aquellas esposas y doncellas de antiguo origen y educación inglesa que en sus hermosas descendientes, separadas de ellas por una serie de seis o siete generaciones; pues, a lo largo de esa cadena de ascendencia, cada madre sucesiva ha transmitido a su hijo un fulgor más tenue, una belleza más delicada y breve, y una constitución física más frágil, si no un carácter de menor fuerza y solidez que el suyo propio.