El ascenso del nuevo Emperador fue en muchos aspectos desfavorable para la posición de Genji. Su reciente promoción119, además, traía consigo pesadas responsabilidades que interrumpieron tristemente el curso de sus ocultas amistades, por lo que las quejas por abandono o negligencia no tardaron en lloverle desde más de un frente; mientras que, como si el destino quisiera devolverle la jugada, el único ser en la tierra por cuyo amor suspiraba en vano lo había abandonado por completo.
Ahora que el Emperador era libre de vivir como le placía, ella se encontraba más constante que nunca a su lado, y su paz ya no se veía turbada por la presencia de una rival, pues Kōkiden, resentida por el desdén del antiguo Emperador, rara vez abandonaba el palacio de su hijo. Una incesante sucesión de banquetes y festejos, cuya magnificencia se convirtió en tema de conversación en todo el país, contribuyó a animar el retiro del ex-Emperor y, en general, este se mostraba muy satisfecho con su nueva condición.
Su único pesar se debía al Príncipe Heredero120, cuya posición, desprovista del respaldo de cualquier influencia poderosa fuera de palacio, consideraba sumamente precaria. Constantemente comentaba el asunto con Genji, rogándole que se asegurara el apoyo del clan Minamoto. Estas conversaciones solían resultar algo embarazosas, pero le daban a Genji cierta satisfacción en la medida en que le permitían tomar medidas para el bienestar del muchacho.
Entonces ocurrió un acontecimiento inesperado. La hija de la señora Rokujō con su difunto esposo, el príncipe Zembō, fue elegida para ser la nueva virgen vestal en Ise.121
Su madre, quien en el momento en que se anunció por primera vez el nombramiento se encontraba particularmente dolida por el trato que le daba Genji, decidió de inmediato utilizar la corta edad de su hija como pretexto para abandonar la capital y establecerse permanentemente en Ise. Como en ese instante estaba, según he dicho, de muy mal humor, trató el asunto abiertamente, sin ocultar sus verdaderas razones para desear abandonar la ciudad.
La historia pronto llegó a oídos del ex emperador, quien, mandando llamar a Genji, le dijo: «El difunto príncipe, mi hermano, era, como probablemente sabes, objeto del mayor afecto y estima, y me entristece profundamente enterarme de que tu conducta imprudente y desconsiderada ha empañado el honor de su familia. De su hija, en verdad, me siento tan responsable como si fuera una de mis propias hijas. Te ruego que en el futuro protejas al máximo de tus posibilidades la reputación de estas desdichadas damas. Si no aprendes a controlar mejor tus inclinaciones frívolas, pronto te verás en una situación de extrema impopularidad».
¿Por qué debía alterarse tanto su padre por el asunto? Y Genji, sintiendo el ardor de la reprimenda, estuvo a punto de defenderse cuando se dio cuenta de que la advertencia no carecía en absoluto de fundamento y guardó un respetuoso silencio.
—Los asuntos de esta índole —prosiguió el ex-Emperador—, deben manejarse de tal modo que la mujer, sin importar quién sea, no tenga la sensación de haber sido abocada a una situación humillante o tratada de manera cínica y displicente. Olvida esta regla, y pronto te hará sentir las desagradables consecuencias de su resentimiento.
«Por malvado que ya me crea», se dijo Genji para sus adentros mientras duraba esta lección, «hay una enormidad mucho peor de la que aún no sabe nada».
Y anonadado por el horror ante la idea de lo que sobrevendría si su padre llegara a descubrir este repugnante secreto, hizo una reverencia y salió de la habitación.
Lo que el exgobernador⟬Note: In Arthur Waley's translation, "ex-Emperor" is used, but in Spanish literary tradition regarding Genji, it is often translated as "ex-emperador" or "antiguo emperador. Lo que el ex-Emperor había dicho acerca de arruinar la reputación ajena le hirió en lo más hondo. Se dio cuenta de que el rango de Rokujō y su condición de viuda le otorgaban el derecho a la máxima consideración. Pero, al fin y al cabo, no había sido él quien había hecho públicos los detalles del asunto; por el contrario, había hecho todo lo posible por evitar que se conociera.
Siempre había habido cierta condescendencia en el trato que ella le dispensaba, debida tal vez a la diferencia de edad,122 y su distanciamiento de ella se debía únicamente a la frialdad con la que ella lo había recibido durante mucho tiempo. Que sus asuntos privados fueran conocidos ahora no solo por el ex-Emperor, sino presumiblemente también por toda la Corte, demostraba una falta de discreción que le parecía deplorable.
Entre otros que se enteraron del asunto estuvo la princesa Asagao.123
Decidida a que ella al menos no se sometería a tal trato, dejó de responder a sus cartas, incluso con las breves y prudentes contestaciones que había tenido la costumbre de enviarle.
Sin embargo, a él le costaba creer que una criatura de modales tan suaves estuviera pensando mal de él y continuó profesándole una devota admiración.
La princesa Aoi, cuando la historia llegó a sus oídos, se sintió por supuesto consternada por esta nueva muestra de su inconstancia; pero consideró que era inútil, ahora que su infidelidad era abierta y descarada, protestar por una afrenta en particular, y para su sorpresa ella pareció tomarse el asunto con bastante ligereza.
Estaba sufriendo muchas molestias debido a su estado y su ánimo estaba muy decaído. Sus padres estaban encantados y al mismo tiempo sorprendidos al enterarse de lo que se avecinaba. Pero su alegría y la de todos sus amigos se veía empañada por graves presentimientos, y se dispuso que se rezaran oraciones por su salud y se celebraran servicios especiales de intercesión en todos los templos.
En un momento así le era imposible a Genji abandonarla y hubo muchos que, aunque en realidad sus sentimientos hacia ellos no se habían enfriado, sintieron que estaban siendo ignorados.
Aún quedaba por elegir a la virgen vestal de Kamo. La elección recayó sobre la hija de Kōkiden, San no Miya. Era la gran favorita tanto de su hermano, el nuevo emperador, como de la emperatriz madre. Su retiro del mundo fue un duro golpe para ambos; pero no había remedio, ya que ella era la única de todas las princesas reales que cumplía con las condiciones prescritas.
El ritual mismo de la investidura no podía alterarse, pero el Emperador se ocupó de que los procedimientos estuvieran acompañados de la mayor pompa y esplendor; mientras que al ritual acostumbrado de la festividad de Kamo le añadió tantos matices que se convirtió en un espectáculo de una magnificencia sin par. Todo esto se debía a su predilección por la Virgen Electa.
El día de su purificación, la Virgen es acompañada por un número fijo de nobles y príncipes. Para este séquito, el Emperador se tomó la molestia de elegir a los jóvenes más bien formados y apuestos de la Corte; determinó de qué color debían ser sus ropas, qué diseño llevarían en los calzones y hasta en qué sillas de montar debían cabalgar.
Por un decreto especial, ordenó que el príncipe Genji se uniera a este séquito, y fue tan grande el deseo de todos de obtener una buena vista de la procesión que, desde mucho antes, la gente preparaba carrozas especiales con las que bordear la ruta.
El escenario a lo largo de la carretera del Primer Barrio era de una emoción indescriptible. Multitudes densas se agolpaban a lo largo del estrecho espacio que se les había asignado, mientras que las tribunas que, con una gran riqueza de ingeniosa fantasía, se habían construido a lo largo de todo el recorrido de la procesión, con coloridas capas y chales colgados de las balaustradas, constituían en sí mismas un espectáculo de asombrosa belleza.
No había sido costumbre de Aoi asistir a ocasiones como esta, y en su actual estado de salud ni soñaría con hacerlo de no ser porque sus damas la rodearon diciendo: «¡Vamos, señora! No será divertido para nosotras ir solas y quedar escondidas en algún rincón. ¡Es para ver al príncipe Genji que toda esta gente ha venido hoy! Vaya, toda clase de extraños hombres salvajes de las montañas están aquí, y la gente ha traído a sus esposas e hijos desde provincias lejísimos. Si toda esta gente que no tiene nada que ver con él se ha tomado la molestia de venir tan lejos, ¡será imperdonable que usted, su propia esposa, no esté allí!».
Al oír esto, la madre de Aoi intervino. «Te sientes mucho mejor en este momento —dijo—; creo que deberías hacer el esfuerzo. Sería una gran decepción para tus damas...».
A última hora Aoi cambió de opinión y anunció que iba a ir. Ya era tan tarde que no había tiempo para ponerse las galas. Todo el recinto reservado para este fin ya estaba bordeado de carruajes, que estaban tan apiñados que era absolutamente imposible encontrar espacio para los grandes y numerosos carruajes de Aoi y su séquito.
Un grupo de damas principales comenzó a hacerle lugar, apartando sus carruajes de un espacio adecuado en el recinto reservado. Destacaban entre las demás dos carrozas de mimbre de un estilo bastante pasado de moda, pero con cortinas como las que usan las personas de alcurnia, muy discretamente adornadas con cortinajes que apenas se veían por debajo de las cortinas, aunque estos cortinajes (ya fueran favores de mangas, faldas o bufandas) eran todos de los colores más hermosos. Parecían pertenecer a algún personaje exaltado que no deseaba ser reconocido.
Cuando les tocó su turno de moverse, los cocheros a cargo de ellas no movieron un dedo. «No nos corresponde a los de nuestra clase abrir paso», dijeron con rigidez, y no se movieron. Entre los sirvientes de ambos bandos había un buen número de mozos de cuadra jóvenes que ya estaban pasados de copas. Estaban deseando una trifulca y era imposible mantenerlos a raya. Los prudentes y ancianos escuderos intentaron llamarlos al orden, pero ellos no hicieron caso.
Los dos carruajes pertenecían a la princesa Rokujō, quien había acudido en secreto al festival con la esperanza de encontrar por un momento distracción a sus penas.
A pesar de las medidas que había tomado para ocultar su identidad, algunos de los caballeros de Aoi la sospecharon de inmediato y gritaron a los cocheros que aquel no era un carruaje con el que se pudiera actuar de manera tan prepotente o se diría que su señora estaba abusando de su posición como esposa del Lord Comandante.
Pero en ese momento varios de los sirvientes de Genji se mezclaron en la disputa. Conocían a los hombres de Rokujō de vista, pero tras un momento de desconcierto decidieron no dar asistencia al enemigo traicionando la identidad de aquel.
Así reforzado, el bando de Aoi triunfó y al fin su carruaje y los de todas sus damas quedaron colocados en la primera fila, mientras que el de Rokujō fue desplazado entre una colección heterogénea de carretas y pescantes donde no podía ver absolutamente nada.
Estaba sobremanera disgustada, no solo por perderse lo que había venido a ver, sino también porque, a pesar de todas sus precauciones, había sido reconocida y (según estaba convencida) deliberadamente insultada. El soporte de las varas y otras partes de su carruaje también sufrieron daños y se vio obligada a apoyarlo contra las ruedas del carruaje de una plebeya.
¿Por qué, se preguntaba en vano, había acudido entre estas odiosas muchedumbres? Se iría a casa de inmediato. ¿Qué sentido tenía esperar a que pasara la procesión?
Pero cuando intentó marchar, descubrió que era imposible abrirse paso entre las densas multitudes. Todavía estaba luchando por escapar cuando se oyó el grito de que la procesión estaba a la vista. Su resolución flaqueó. Esperaría hasta que Genji pasara. Él no la vio. ¿Cómo iba a hacerlo, si las multitudes centelleaban a su lado como las imágenes huidizas que una corriente atrapa y deshace? Se dio cuenta de esto, pero su desilusión no fue menor por ello.
Los carruajes que flanqueaban el recorrido, engalanados y coronados de guirnaldas para este gran día, iban rebosantes de damas entusiasmadas que, aunque no había sitio para ellas, no quisieron consentir en quedarse atrás.
Asomándose furtivamente bajo las persianas de sus carrozas, sonreían a los altos personajes que pasaban sin importarles en absoluto si sus saludos eran correspondidos. Pero de vez en cuando una sonrisa se veía recompensada con una rápida mirada o un giro de cabeza hacia atrás.
El séquito de Aoi era numeroso y llamativo. Él dio media vuelta al pasar y saludó a los suyos con atención. Jinete tras jinete, a medida que avanzaba la procesión, se detenían ante el carruaje de Aoi y la saludaban con la más profunda reverencia.
La humillación de presenciar todo aquello desde un rincón oscuro era más de lo que Rokujō podía soportar, y murmurando los versos «Aunque solo lo vi como una sombra que cae sobre aguas veloces, supe aun así que había llegado la hora de mi mayor desdicha», rompió a llorar.
Era espantoso que sus criados la vieran en aquel estado. Sin embargo, aun mientras luchaba contra sus lágrimas, no lograba hallar en su corazón el arrepentimiento de haberlo visto en todo su esplendor.
Los jinetes de la procesión iban en verdad todos magníficamente ataviados, cada cual según su rango; en particular, los jóvenes nobles elegidos por el Emperador ofrecían una figura tan brillante que solo el brillo de la belleza de Genji pudo haber eclipsado su esplendor. Al Comandante de esta Guardia de Corps no se le suele asignar un oficial de palacio como asistente especial, pero como la ocasión era de tanta importancia, el Tesorero Imperial124 desfiló al lado de Genji.
A quienes presenciaban cómo se le prodigaban tantos honores públicos les parecía que ninguna flor de la fortuna podría resistir el viento favorable que soplaba de su lado. Había entre la multitud mujeres de muy buena cuna que se habían vestido con faldas de caminar y habían venido a pie desde muy lejos.
Había monjas y otras reclusas que, aunque para ver algo de la procesión se veían obligadas a soportar los constantes empujones que las hacían perder el equilibrio, y aunque comúnmente miraban todos esos espectáculos con desprecio y aversión, hoy declaraban que no se lo habrían perdido por nada del mundo.
Había ancianos que sonreían con las encías desdentadas, muchachas de aspecto extraño con el cabello metido a la fuerza bajo capuchas raídas y zafios muchachos campesinos que permanecían de pie con las manos alzadas como en oración, cuyos rostros groseros se transfiguraban de súbito con asombro y alegría al irrumpir la procesión ante su vista.
Hasta las hijas de gobernadores y magistrados de provincias remotas que no tenían conocidos de ninguna clase en la Capital habían gastado tanta coquetería en la decoración de sus personas y carrozas como si estuvieran a punto de someterse a la inspección de un amante, y sus carruajes ofrecían un espectáculo brillante y variado.
Si incluso estas extrañas se hallaban en tal estado de exaltación, puede imaginarse con cuánta emoción, dispersas aquí y allá entre la multitud, aquellas con quienes Genji mantenía correspondencia secreta presenciaron el paso de la procesión y con cuántos suspiros ocultos se agitaron sus pechos.
El príncipe Momozono125 tenía un asiento en una de las tribunas. Le sorprendió ver a su sobrino convertido en un joven tan extraordinariamente apuesto, y temió que pronto los dioses le echaran una mirada envidiosa.
La princesa Asagao no pudo menos que sentirse conmovida por la rara persistencia con la que Genji, año tras año, le había declarado su amor. Aun de haber sido francamente feo, le habría resultado difícil resistirse a tanta insistencia; con que no es de extrañar que, al verle pasar a caballo en todo su esplendor, se maravillara de haber resistido tanto tiempo. Pero estaba decidida a conocerlo mucho mejor antes de comprometerse. Las jóvenes doncellas que la acompañaban se cuidaron de alabarlo en términos exagerados.
Al festival en sí126, Aoi no fue. La pelea entre sus sirvientes y los de Rokujō no tardó en llegar a oídos de Genji. Le disgustó sobremanera que tal cosa hubiera sucedido. Que la exquisitamente educada Aoi fuera de algún modo responsable de este estallido de insolente grosería, no lo creyó ni por un momento; debía ser obra de criados rudos que, aunque sin instrucciones precisas, habían absorbido la idea de que las cosas no iban bien entre ambas casas e imaginaron que ganarían méritos al defender la causa de su señora.
Conocía bien la inusual vanidad y susceptibilidad de la dama ofendida. Afligido al pensar en el dolor que este incidente debió haberle causado, se apresuró a ir a su casa. Pero su hija, la Virgen Electa de Ise, aún se encontraba allí, y ella usó esto como pretexto para rechazarlo tras el intercambio de unas pocas palabras formales. Sentía una enorme simpatía por ella; pero ya se iba sintiendo bastante cansado de lidiar con susceptibilidades herida.
No soportaba la idea de volver directamente al Gran Salón.
Era el día del festival de Kamo y, al dirigirse a su propio palacio, le ordenó a Koremitsu que tuviera listo su carruaje.
—¡Mírala! —exclamó, sonriendo con ternura a Murasaki cuando esta apareció ataviada con sus mejores galas, rodeada por los pequeños niños que él le había dado como compañeros de juego—. ¡Para venir no ha necesitado menos que traer a sus damas de honor!, —y le acarició la hermosa cabellera que hoy Shōnagon le había peinado con más esmero que de costumbre—. Se le está poniendo bastante larga —dijo—; hoy no sería un mal127 momento para cortárselo —y mandando a llamar a su astrólogo, le ordenó que consultara sus libros—. ¡Primero las damas de honor! —gritó, guiñando un ojo al bonito tropel de niñas, y a estas se les recortaron los delicados bucles para que cayeran ordenadamente sobre sus vestidos festivos con estampados de rombos—. A ti te lo voy a cortar yo mismo —le dijo a Murasaki—. ¡Qué cantidad de pelo tiene! Me pregunto cuánto más le habría crecido.
En realidad, fue un trabajo bastante arduo.
—Las personas con el cabello muy largo deberían llevarlo un poco más corto sobre las sienes —dijo por fin—; pero no tengo el valor de cortártelo más —y dejó el cuchillo a un lado.
La satisfacción de Shōnagon no conoció límites cuando le oyó recitar la oración con la que debía concluir la ceremonia del corte de cabello. Hay un alga marina llamada miru que se utiliza en el peinado de las damas y, jugando con esta palabra (que también significa «ver»), recitó un poema en el que decía que el alga miru empleada en el lavado de su cabello era una muestra de que él velaría por su crecimiento con perpetuo afecto. Ella respondió que, al igual que las mareas del mar que visitan el miru en su grieta, él acudía pero se marchaba, y a menudo sus trenzas, sin la vigilancia de él, crecerían como la oculta alga marina. Esto lo escribió muy bellamente en una tira de papel y, aunque el verso no tenía otro mérito que el encanto de una mente infantil, a él le causó gran deleite.
Hoy las aglomeraciones eran tan densas como siempre. Con gran dificultad logró abrirse paso para estacionar su carruaje cerca de las Caballerizas Reales. Pero allí se vieron rodeados por jóvenes nobles algo alborotados y él estaba buscando un sitio más tranquilo cuando un elegante carruaje abarrotado de damas se detuvo cerca y alguien desde su interior hizo señas con un abanico a los sirvientes de Genji.
- —Oigan, ¿no querrían venir adonde estamos nosotras? —dijo una de las damas—. Con mucho gusto les haremos sitio.
Tal ofrecimiento era quizás un tanto atrevido, pero el lugar que había indicado era tan bueno que Genji aceptó de inmediato la invitación.
—Me temo que es muy injusto que les quitemos el sitio de esta manera... —comenzó a decir Genji amablemente, cuando una de las damas le entregó un abanico con la esquina doblada.
En él encontró el poema: «En este día florido de encuentro en que el gran dios despliega sus portentos, en vano he esperado, pues ay, otra está a tu lado».
Ciertamente, la caligrafía le resultaba familiar. Sí, era la de la anciana dama de cámara. Sintió que ya era hora de que ella dejara de lado tales travesuras y respondió desanimándola: «Nuestro no es este día de cita en que, engalanadas y apasionadas, convergen las Ochenta Tribus».
Esto dejó desconcertada a la dama, quien replicó: «Ahora me arrepiento amargamente de que para este día engañoso mi cabeza esté adornada de flores; pues solo de nombre es un día de encuentro».
Sus carruajes permanecieron uno al lado del otro, pero Genji ni siquiera corrió las cortinillas laterales, lo cual fue una decepción para más de una persona.
La magnificencia de su aparición pública de hacía unos pocos días contrastaba en boca de todos con la manera discreta en que ahora se mezclaba con la multitud. Se convenía en que su compañera, quienquiera que fuese, debía de ser sin duda alguna una gran dama.
Genji temía que su vecina resultara molesta. Pero, afortunadamente, algunas de sus compañeras tenían más sensatez que su ama y, por consideración hacia la desconocida que compartía el carruaje de Genji, persuadieron a la locuaz dama para que se refrenara.
Los sufrimientos de la dama Rokujō eran ahora mucho peores que en años anteriores.
Aunque ya no soportaba ser tratada como Genji la trataba, la idea de separarse de él por completo e irse tan lejos la alteraba tanto que posponía constantemente su viaje. Sentía también que se convertiría en el hazmerreír si se pensaba que el desdén de Genji la había incitado a huir; sin embargo, si a último momento cambiaba sus planes y se quedaba, todos la considerarían una persona sumamente inestable e inescrutable.
Así, pasaba sus días y sus noches en una agonía de indecisión y a menudo se repetía los versos: «Mi corazón, como la boya de los pescadores en la costa de Ise, es bamboleado de una ola a otra».128
Sentía que en verdad era zarandeada de aquí para allá por unos paroxismos que la enfermaban, pero que escapaban por completo a su control.
Genji, though it pained him that she should feel it necessary to go so far away did not attempt to dissuade her from the journey.
‘It is quite natural’ he wrote, ‘that tiresome creature as I am you should want to put me altogether out of your head. I only beg that even though you see no use in it, you will let me see you once more before you go. Were we to meet, you would soon realize that I care for your happiness far more than you suppose.’
But she could not forget how when at the River of cleansing she sought a respite from the torture of her own doubt and indecision, rough waves had dashed her against the rocks,129 and she brooded more and more upon this wrong till there was room for no other thought in all her heart.
Por su parte, la princesa Aoi se sumió en un extraño desasosiego y, por momentos, parecía como si algún espíritu hostil se hubiera apoderado de ella. Toda la casa se vio sumida en tal estado de ansiedad y melancolía que Genji no tenía el valor de ausentarse por más de unas pocas horas.
Solo muy de vez en cuando lograba llegar siquiera a su propio palacio. Al fin y al cabo, ella era su esposa; además, a pesar de todas las dificultades que habían surgido entre ellos, él la quería muchísimo. Ya no podía ocultarse a sí mismo que algo andaba mal en ella, más allá de las molestias que acompañaban naturalmente a su estado, y se encontraba en un estado de gran angustia.
Bajo su dirección se celebraban constantes rituales de exorcismo y adivinación, y existía un consenso general de que todas las señales indicaban la posesión por el espíritu de alguna persona viva. Se probaron muchos nombres, pero el espíritu no respondía a ninguno de ellos, y parecía como si fuera imposible expulsarlo. La propia Aoi sentía que algo ajeno se había introducido en ella y, aunque no era consciente de ningún dolor o temor concreto, la sensación de que esa cosa estaba allí no la abandonaba ni por un momento.
Los mayores curanderos de la época eran impotentes para expulsarla y se hizo evidente que no se trataba de un caso ordinario de «posesión»: alguna inmensa acumulación de malicia se estaba descargando sobre ella. Era natural que sus amigos barajaran en sus mentes los nombres de aquellas a quienes Genji había favorecido más. Se rumoreaba que solo con la dama Rokujō y la muchacha del Nijō-in mantenía una intimidad tal que sus celos tuvieran alguna probabilidad de producir un efecto fatal. Pero cuando los médicos intentaron conjurar al espíritu usando estos nombres, no hubo respuesta visible. No tenía en todo el mundo ninguna enemiga que pudiera estar practicando magia130 malévola contra ella.
Tales indisposiciones se atribuían a veces a la posesión por el espíritu de algún sirviente difunto o vieja nodriza de la familia; o bien la malicia de alguien a quien el ministro, padre de Aoi, había ofendido podía, debido a su delicado estado, haberse aferrado a ella en lugar de a él. Conjetura tras conjetura era aceptada y luego desmentida. Mientras tanto, ella yacía llorando sin cesar. De hecho, estallaba constantemente en ataques de sollozos tan violentos que se quedaba sin aliento, mientras quienes la rodeaban, muy alarmados por su seguridad, permanecían a su lado en la miseria sin saber qué hacer.
El ex-Emperador preguntaba continuamente por ella. Incluso ordenó que se celebraran servicios especiales en su nombre, y estas atenciones sirvieron para recordar a sus padres cuán alta estima se le tenía en la Corte.
No solo entre sus amigos, sino en todo el país, la noticia de su enfermedad causó gran consternación. Rokujō se enteró de sus sufrimientos con profunda preocupación. Durante años habían estado en abierta rivalidad por los favores de Genji, pero incluso después de aquel desgraciado asunto de los carruajes (aunque hay que admitir que este la había enfurecido enormemente) ella nunca había llegado al extremo de desearle el mal a la Princesa. Ella misma se encontraba muy mal. Empezó a sentir que las emociones violentas y perturbadoras que la asaltaban continuamente habían desquiciado su mente de algún modo sutil, y decidió buscar ayuda espiritual en un lugar situado a unas pocas millas de su casa. Genji se enteró de esto y, muy preocupado por ella, partió de inmediato hacia la casa donde se decía que se estaba hospedando. Estaba situada más allá de los límites de la Ciudad y él se vio obligado a ir con el mayor de los secretos.131
Le suplicó que lo perdonara por no haber ido a verla durante tanto tiempo. «No he estado pasando por un momento muy alegre», dijo, y le dio algunos detalles sobre el estado de Aoi. Quería hacerle sentir que, si se había mantenido alejado, había sido por una melancólica necesidad y no porque hubiera encontrado compañía más divertida en otra parte. «Lo que me desquicia no es tanto mi propia ansiedad como el espectáculo de la espantosa impotencia y la miseria en las que su enfermedad ha sumido a sus desdichados padres, y fue con la esperanza de olvidar por un instante todos estos horrores de habitación de enfermo que vine a verte hoy aquí. Si tan solo por esta vez pudieras pasar por alto todas mis ofensas y ser amable Conmigo...»
Sus súplicas no surtieron efecto. La actitud de ella era más hostil que antes. No estaba enojado con ella, ni en verdad le sorprendía. Ya estaba amaneciendo cuando, sin consuelo, emprendió el camino a casa. Pero al verle marchar, su belleza destruyó de repente todas sus resoluciones y sintió de nuevo que era una locura dejarle. Sin embargo, ¿qué le retenía allí? Aoi estaba encinta y esto solo podía ser señal de que él se había reconciliado con ella. En adelante podría llevar una vida de irreprochable rectitud y si de vez en cuando venía a disculparse como había venido hoy, ¿de qué serviría, sino para mantener siempre vivo el tormento de sus deseos? Así, cuando su carta llegó al día siguiente, la encontró más desolada que antes: «La enferma que desde hacía unos días mostraba cierta mejoría vuelve a sufrir agudamente y por el momento me es imposible abandonarla». Convencida de que esto era una mera excusa, envió como respuesta el poema: «Mías son la culpa y la pena si, descuidada como la aldeana que se agacha demasiado entre los brotes de arroz, manché mi manga en el oscuro camino del amor». Al final de su carta le recordó la vieja canción: «Ahora me arrepiento amargamente de haber llevado mi cántaro al pozo de la montaña, cuyas aguas apenas eran hondas para manchar mi manga». Él contempló la delicada caligrafía. ¿Quién había, ni siquiera entre las mujeres de su alto linaje y crianza, que pudiera rivalizar con la inefable gracia y elegancia con que estaba escrita esta pequeña nota? Pensar que alguien cuyo espíritu y persona le atraían tan fuertemente debía perderse para siempre por obra suya era amargo. Aunque ya casi oscurecía, se sentó y le escribió: «No digáis que las aguas solo han mojado vuestra manga. ¡Pues la poca profundidad está solo en vuestra comparación, no en mis afectos!». Y a esto añadió el poema: «Sois vos, solo vos quien os habéis detenido en los charcos poco profundos, mientras yo, hasta empapar todos mis miembros, he luchado por la espesura de la senda oscura del amor». Y terminó con las palabras: «Si un solo rayo de consuelo hubiera iluminado los problemas de esta casa, yo mismo habría sido el portador de esta nota».
Entre tanto, la posesión de Aoi había regresado con toda su fuerza; se encontraba en un estado de tormento lamentable.
Llegó a oídos de la dama Rokujō que algunos atribuían la enfermedad a la acción de su «espíritu vivo». Otros, según le contaron, creían que el fantasma de su padre estaba vengando la traición cometida contra su hija. Ella reflexionaba constantemente sobre la naturaleza de sus propios sentimientos hacia Aoi, pero en su interior no hallaba más que un intenso sufrimiento. De animadversión hacia Aoi no encontraba ni rastro.
Aun así, no podía estar segura de si en lo más recóndito de un alma consumida por la angustia se había ocultado alguna chispa de malicia. A lo largo de todos los largos años en los que había amado y sufrido, aunque a menudo le había parecido que no existía en el mundo mayor tormento, su ser entero jamás se había visto tan profundamente magullado y destrozado como en estos últimos días. Todo había comenzado con aquel odioso episodio de los carruajes. Había sido desdeñada, tratada como si no tuviera derecho a existir.
Sí, era cierto que desde el Festival de Purificación su mente se había visto azotada por una tempestad de resoluciones tan contradictorias que a veces le parecía haber perdido todo control sobre sus propios pensamientos. Recordaba cómo una noche, de repente, en medio de dudas e indecisiones agonizantes, descubrió que había estado soñando. Le pareció que se encontraba en una amplia y magnífica sala, donde yacía una muchacha a la que reconoció como la princesa Aoi. Agarrándola del brazo, había zarandeado y maltratado a la figura postrada con un estallido de furia brutal que, en su vida consciente, le habría resultado completamente ajeno.
Desde entonces había tenido el mismo sueño varias veces. ¡Qué terrible! Parecía entonces que era realmente posible que el espíritu de uno abandonara el cuerpo y estallara en emociones que la mente en vigilia no consentiría.
Incluso cuando los actos de alguien son casi irreprochables —reflexionaba—, la gente se deleita con malicia en callar el bien que ha hecho y pregonar todo lo malo. ¡Con qué alegría se abalanzarían sobre una historia como esta! Que el fantasma de un hombre persiga a sus enemigos tras su muerte es algo que parece suceder constantemente, pero incluso esto se interpreta como señal de que el difunto poseía un carácter atrozmente venenoso y maligno, quedando su reputación totalmente destruida.
«¿Qué será entonces de mí si se cree que, estando aún viva, me he hecho culpable de un crimen tan espantoso?».
Debía hacer frente a su destino. Había perdido a Genji para siempre. Si quería conservar un mínimo de control sobre sus propios pensamientos, lo primero que debía hacer era encontrar la manera de apartarlo por completo de su mente. Seguía recordándose a sí misma que no debía pensar en él, de modo que este mismo propósito terminaba llevándola a pensar en él todavía con más fuerza.
La Virgen de Ise debería por derecho haber asumido sus funciones antes de que terminara el año, pero surgieron dificultades de diversa índole y no pudo ser recibida por fin hasta el otoño del año siguiente. Había de entrar en el Palacio en los Campos132 en el noveno mes, pero esto se decidió tan tarde que los preparativos para su segunda Purificación tuvieron que hacerse a toda prisa. Resultaba muy inoportuno que, en esta coyuntura crítica, su madre, lejos de supervisar los preparativos, pasara hora tras hora tumbada, aturdida y desvalida sobre su lecho.
Por fin llegaron los sacerdotes para ir a buscar a la muchacha. Consideraron muy grave el estado de la madre y le otorgaron el beneficio de su presencia ofreciendo numerosas oraciones y ensalmos. Pero semana tras semana ella seguía en el mismo estado, sin mostrar ningún síntoma que pareciera verdaderamente peligroso, aunque todo el tiempo (de un modo vago e indefinido) se la veía muy enferma. Genji mandaba recados constantemente para interesarse por su salud, pero ella veía claramente que su atención estaba ocupada en asuntos muy distintos.
El parto de Aoi aún no se esperaba ni se había hecho ningún preparativo para él, cuando de repente aparecieron indicios de que era inminente. Ella sufría un gran tormento y, aunque los curanderos recitaban oración tras oración, sus máximos esfuerzos no conseguían desviar ni un ápice el poder rencoroso que la poseía. Todos los mayores taumaturgos del país se hallaban allí; el rotundo fracaso de sus ministraciones los irritaba y desconcertaba. Por fin, amilanado por la potencia de sus ensalmos, el espíritu que la poseía alzó la voz y, llorando amargamente, se le oyó decir: «Dadme un pequeño respiro; hay un asunto del que el príncipe Genji y yo debemos hablar».
Los curanderos asintieron los unos a los otros como diciendo «Ahora sabremos algo que vale la pena», pues estaban convencidos de que la «posesión» hablaba a través de la boca de la poseída, y apresuraron a Genji hacia su cabecera. Los padres de ella, pensando que, al estar cerca su fin, deseaba darle alguna última consigna secreta a Genji, se retiraron al fondo de la estancia. Los sacerdotes también cesaron en sus ensalmos y comenzaron a recitar el Hokkekyo133 en voz baja e imponente.
Él levantó la cortina del lecho. Ella lucía tan hermosa como siempre mientras yacía allí, muy abultada con el hijo, y cualquier hombre que la viera aun en ese momento se habría sentido extrañamente turbado por su hermosura. ¡Cuánto más entonces el príncipe Genji, cuyo corazón ya desbordaba de ternura y remordimiento! Las trenzas entretejidas de su largo cabello destacaban en nítido contraste con su chaqueta blanca.134 ¡Incluso a este atuendo holgado de cámara de enfermo su gracia natural le confería el aire de un vestido a la moda!
Él le tomó la mano. «Es terrible —comenzó— verte tan infeliz...», y no pudo decir más. Ella seguía mirándolo, pero a través de sus lágrimas él vio que en sus ojos ya no estaba el desdén ofendido que había llegado a conocer tan bien, sino una mirada de paciencia y tierna inquietud; y mientras lo veía llorar, los ojos de ella misma se anegaron en lágrimas. No era conveniente que él siguiera llorando así. Los padres de ella se alarmarían; además, aquello alteraba a la propia Aoi y, con la intención de animarla, le dijo: «¡Vamos, las cosas no están tan mal! Pronto estarás mucho mejor. Pero incluso si algo sucediera, es seguro que nos volveremos a encontrar en los mundos venideros. Tu padre y tu madre también, y muchos otros, te quieren tanto que entre tu destino y el de ellos debe de haber un vínculo seguro que te devuelva a ellos en muchas, muchas vidas por venir».
De repente ella lo interrumpió: «No, no. Eso no es. Pero detened estas oraciones por un momento. Me hacen un gran daño», y acercándoselo más continuó: «No pensé que vendrías. Te he esperado hasta que toda mi alma se ha abrasado de añoranza». Habló con melancolía, con ternura; y aún en el mismo tono recitó el verso: «Ata tú, como la costura de una falda se trenza, este jirón que de mi alma la desesperación y la soledad han desgajado».
La voz con la que se pronunciaron estas palabras no era la de Aoi; ni el modo era el suyo. Él conocía a alguien cuya voz se le parecía mucho. ¿Quién era? Pues sí; sin duda solo ella: la dama de Rokujō. Una o dos veces había oído sugerir a la gente que algo de este tipo podría estar sucediendo; pero siempre había rechazado la idea por espantosa e impensable, creyendo que era la invención maliciosa de algún difamador sin escrúpulos, y hasta había negado que semejantes «posesiones» tuvieran lugar jamás. Ahora había visto una con sus propios ojos. Espantosas, increíbles como eran, tales cosas ocurrían en la vida real. Reponiéndose por fin, dijo en voz baja: «No estoy seguro de quién me habla. No me dejes en la duda...».
La respuesta de ella demostró de manera por demás concluyente que había acertado. Para su horror, los padres regresaron entonces al lecho, pero ella había dejado de hablar, y al verla yacer ahora tranquilamente, la madre pensó que el ataque había terminado y se acercaba a la cama portando una jofaina con agua caliente cuando Aoi se incorporó de repente y dio a luz un hijo. Por el momento todo fue alegría y regocijo; pero parecía más que probable que el espíritu que la poseía solo hubiera sido desalojado temporalmente; pues pronto la sobrevino un violento acceso de terror, como si la cosa (fuera lo que fuese) estuviera airada por haberse visto en el apuro de mudarse, de modo que aún abrigaba una grave zozobra sobre el porvenir.
El abad de Tendai y los demás grandes eclesiásticos reunidos en la estancia atribuyeron la facilidad del parto a la persistencia de sus propias plegarias y oraciones, y mientras se retiraban apresuradamente en busca de refrigerio y reposo, se secaban el sudor de la frente con una expresión de considerable autosatisfacción. Los amigos de ella, que durante días se habían sumido en la más profunda melancolía, comenzaron a cobrar algo de valor, creyendo que, aunque no había una mejoría aparente, una vez que el niño había nacido sano y salvo, ella no podía dejar de sanar. Las oraciones y los ensalmos comenzaron de nuevo, pero en toda la casa flotaba un nuevo sentimiento de confianza; pues la distracción de cuidar del bebé al menos les brindaba cierto alivio de la tensión bajo la cual habían estado viviendo durante tantos días.
El emperador retirado, los príncipes reales y toda la corte enviaron suntuosos regalos, formando un despliegue que se hacía más deslumbrante cada noche.135 El hecho de que el niño fuera varón hizo que las celebraciones relacionadas con su nacimiento resultaran aún más suntuosas y elaboradas.
La noticia de este acontecimiento dejó a lady Rokujō un tanto desconcertada. El último informe que había recibido de la Gran Sala era que el parto iba a ser sin duda muy peligroso. Y ahora decían que no había habido la menor dificultad. Le parecía algo muy peculiar.
Ella misma llevaba mucho tiempo sufriendo las sensaciones más desconcertantes. A menudo sentía como si toda su personalidad hubiera cambiado repentinamente de algún modo. Era como si fuera una desconocida para sí misma.
Recientemente había notado que un olor a incienso de semilla de mostaza, para el cual no hallaba explicación, impregnaba su ropa y sus cabellos. Se dio un baño caliente y se puso otra ropa; pero el mismo hedor a incienso la seguía persiguiendo.
Ya era bastante malo, incluso en la intimidad, tener esta sensación de estar, por decirlo así, enajenada de uno mismo. Pero ahora su cuerpo le jugaba malas pasadas que sus asistentes sin duda habrían notado y estarían comentando a sus espaldas. Sin embargo, no había ni una sola persona entre los que la rodeaban con la que pudiera obligarse a hablar de tales cosas, y toda esta miseria reprimida parecía no hacer más que acelerar el extraño proceso de disolución que había comenzado a atacar su mente.
Ahora que Genji estaba algo menos inquieto por el estado de Aoi, el recuerdo de su extraordinaria conversación con ella durante la crisis de su ataque acudía una y otra vez a su mente, y le dejó una impresión tan dolorosa que, aunque ya había pasado mucho tiempo desde la última vez que se comunicara con Rokujō y sabía que ella debía de estar profundamente ofendida, sentía que jamás volvería a ser posible ningún tipo de intimidad con ella.
Sin embargo, al final la compasión se impuso y le envió una carta. Parecía, en efecto, que en esos momentos habría sido desalmado ausentarse por completo de alguien que acababa de pasar por días de tan terrible sufrimiento y de sus amigos, que aún se encontraban en un estado de la más grave ansiedad, por lo que abandonó todas sus excursiones secretas.
Aoi seguía en un estado tan grave que no se le permitía verla. La criatura era un bebé tan hermoso como se pudiera desear. El gran interés que Genji demostraba por él y el entusiasmo con el que participaba en todos los arreglos que se hacían para su bienestar deleitaban al padre de Aoi, en la medida en que parecían señales de un mejor entendimiento entre su hija y Genji; y aunque su lenta recuperación le causaba gran preocupación, comprendía que una enfermedad como por la que acababa de pasar debía dejar inevitablemente considerables secuelas y se persuadía a sí mismo de que su condición era menos peligrosa de lo que se podría haber supuesto.
El niño le recordó a Genji al Heredero Aparente y le hizo anhelar volver a ver al pequeño hijo de Fujitsubo. El deseo se apoderó de él con tanta fuerza que al final envió a Aoi un mensaje en el que decía:
«Hace muchísimo tiempo que no voy a Palacio ni he hecho visitas en absoluto. Empiezo a sentir la necesidad de un poco de distracción, así que hoy voy a salir un rato breve y me gustaría verte antes de marchar. No quiero sentir que estamos completamente aislados el uno del otro».
Así suplicaba, y contaba con el apoyo de las damas de ella, quienes le decían que el príncipe Genji era su propio y querido señor y que no debía ser tan orgullosa y distante con él. Ella temía que su enfermedad hubiera afectado a su aspecto y estuvo a punto de hablarle con una cortina de por medio, pero esto tampoco se lo permitieron sus doncellas. Él acercó un taburete al lugar donde ella estaba acostada y comenzó a hablarle de una cosa u otra. De vez en cuando ella decía una o dos palabras, pero era evidente que aún estaba muy débil. A pesar de ello, costaba creer que hacía tan poco tiempo hubiera estado casi al borde de la muerte.
Hablaban tranquilamente sobre los peores días de su enfermedad y de cómo ahora parecían un mal sueño, cuando de repente recordó la extraordinaria conversación que había tenido con ella cuando yacía Aparentemente en sus últimos estertores y, lleno de una repentina amargura, le dijo:
«Hay muchas otras cosas de las que un día debo hablar contigo. Pero pareces muy cansada y tal vez sea mejor que te deje».
Diciendo esto, le arregló las almohadas, le trajo agua tibia para lavarse y, de hecho, hizo las veces de enfermero con tanta destreza que los que la rodeaban se preguntaban dónde habría adquirido ese arte. Todavía incomparablemente hermosa, pero débil y apática, mientras yacía inmóvil en el lecho, parecía por momentos desvanecerse de la existencia. Él la contemplaba con tierno desvelo. Su cabello, con cada bucle aún en su sitio, se extendía sobre la almohada. Jamás hasta entonces su maravillosa belleza le había impresionado de forma tan extraña. ¿Era concebible que año tras año hubiera permitido que semejante mujer continuara distanciada de él?
Siguió de pie, contemplándola. «Tengo que marchar a Palacio —dijo al fin—; pero no tardaré mucho. Ahora que estás mejor, debes intentar que tu madre se preocupe menos por ti cuando venga dentro de un rato; porque, aunque se esfuerza mucho por no demostrarlo, todavía está terriblemente angustiada por ti. Debes empezar ahora a hacer un esfuerzo y sentarte un ratito cada día. Pienso que es en parte porque te mima tanto que estás tardando tanto en sanar».
Al salir de la habitación, ataviado con toda la magnificencia de su traje cortesano, ella lo siguió con la mirada más fija que nunca en su vida. Se requería la asistencia de los funcionarios que participaban en la sesión de otoño, y el padre de Aoi acompañó a Genji a Palacio, al igual que su hermano, quien necesitaba la ayuda del ministro para hacer los preparativos de cara al próximo año político. Muchos de sus sirvientes también fueron y el Gran Salón adquirió un aspecto desértico y melancólico.
De repente, Aoi sufrió el mismo ataque de ahogo que antes y pronto se encontró en un estado desesperado. Esta noticia le fue llevada a Genji a Palacio y, suspendiendo su audiencia, se dirigió inmediatamente a casa. El resto le siguió a toda prisa y, aunque era la Noche de Nombramientos136, renunciaron a toda idea de asistir a los actos, sabiendo que el trágico giro de los acontecimientos en el Gran Salón se consideraría una excusa suficiente.
Era demasiado tarde para localizar al abad del monte Tendai o a cualquiera de los dignatarios que habían prestado su ayuda antes. Era espantoso que, justo cuando parecía haber experimentado una mejoría, volviera a estar tan de repente al borde de la muerte, y la gente del Gran Salón se sentía totalmente indefensa y desconcertada. Pronto la casa se llenó de lacayos que llegaban de todas partes con mensajes de condolencia y preguntas; pero de los habitantes de aquella casa abatida no podían obtener ninguna información, pues parecían no hacer otra cosa que correr de una habitación a otra en un estado de frenesí que daba terror contemplar.
Recordando que ya en varias ocasiones su «posesión» la había reducido a un estado de trance, no intentaron durante algún tiempo arreglar el cuerpo ni siquiera tocar sus almohadas, sino que la dejaron tumbada tal como estaba. Pasados dos o tres días, sin embargo, se vio claramente que la vida se había extinguido.
En medio de las lamentaciones generales que siguieron, el espíritu de Genji se hundió en la apatía de la más absoluta desesperación. La tristeza se había sucedido a la tristeza con demasiada rapidez; la vida, tal como la concebía ahora, no era sino una sucesión de fútiles miserias. Los mensajes de pésame que llovían desde los círculos más elevados de la Corte y de la ciudad no hacían más que fatigarlo y exasperarlo.
La calidez de los mensajes del antiguo ex-Emperador y su evidente angustia personal por la muerte de Aoi resultaron ser en verdad muy halagüeñas y mezclaron un cierto sentimiento de gratitud con el llanto perpetuo de su padre.
A sugerencia de un amigo, se recurrió a diversos métodos drásticos con la esperanza de que aún fuera posible avivar alguna chispa de vida en el cuerpo. Pero pronto se hizo evidente, incluso ante sus reacios ojos, que todo aquello llegaba demasiado tarde, y con el corazón apesadumbrado llevaron el cuerpo a Toribeno.
Aquí, en el gran crematorio llano situado más allá de la ciudad, los horrores que tanto habían temido comenzaron con excesiva rapidez. Incluso en este enorme espacio abierto apenas había sitio para las multitudes de dolientes que habían acudido desde todos los grandes palacios de la Ciudad para marchar tras el féretro, ni para las muchedumbres de sacerdotes que, entonando sus liturgias, acudían en masa desde los templos vecinos.
El ex-Emperador estuvo representado, por supuesto; al igual que la princesa Kōkiden y el Príncipe Heredero; mientras que muchas otras personas importantes acudieron en persona y se mezclaron con la multitud. Jamás funeral alguno había suscitado una muestra tan universal de interés y simpatía.
Su padre no estuvo presente:
«Ahora, en mis años de decadencia, haber perdido a alguien tan joven y fuerte es un golpe demasiado abrumador...»
dijo, y ya no pudo contener las lágrimas que se esforzaba por ocultar. Su dolor era desgarrador. Toda la noche continuaron las fúnebres ceremonias, pero al fin solo quedaron unas pocas y tristes cenizas sobre la pira y por la mañana los dolientes regresaron a sus hogares.
Era, de hecho, salvo por su suntuosidad, un funeral muy parecido a cualquier otro; pero dio la casualidad de que, salvo en un solo caso, la muerte no se había cruzado aún en el camino de Genji y las escenas de aquel día lo persiguieron durante mucho tiempo con una persistencia espantosa.
La ceremonia tuvo lugar en la última semana del octavo mes. Al ver que para el padre de Aoi todo el suave brillo de esta mañana otoñal quedaba oculto en el crepúsculo de la desesperación y sabiendo muy bien qué pensamientos debían de cruzar por su mente, Genji se le acercó y, señalando el cielo, le susurró el siguiente verso:
«A causa de las brumas que envuelven el cielo otoñal no sé cuál ascendió del féretro de mi dama; de ahora en adelante, hacia la región de las nubes, de polo a polo, miro con amor».
Por fin estaba de nuevo en su habitación. Se acostó, pero no pudo dormir. Sus pensamientos repasaron los años que la había conocido. ¿Por qué se había conformado con suponer perezosamente que al final todo saldría bien y que mientras tanto se divertía sin importarle el resentimiento de ella? ¿Por qué había dejado pasar año tras año sin lograr, ni siquiera al final, establecer ninguna intimidad real, ninguna simpatía entre ellos?
El más amargo remordimiento llenaba ahora su corazón; pero ¿de qué servía? Sus sirvientes le trajeron sus ropas de luto de gris claro y un extraño pensamiento flotó en su mente: «¿Y si hubiera muerto yo en su lugar y no ella? Ella se estaría enfundando en la túnica de profundo tinte de la mujer de luto», y recitó el poema:
«Aunque claro sea el tono del vestido que en el duelo la costumbre manda vestir, negro es mi pesar como la túnica que tú habrías llevado»;
y, así vestido mientras desgranaba su rosario, los que le rodeaban notaron que ni siquiera los opacos colores del luto conseguían hacerle parecer demacrado o apagado. Leyó muchos sūtras en voz baja, entre ellos la liturgia a Samantabhadra como Dispensador del Dharmadhātu Samādhi, que recitó con una seriedad más impresionante en su género que la diestra entonación del clérigo profesional.
A continuación visitó al recién nacido y halló cierto consuelo en la reflexión de que ella al menos había dejado tras de sí este memorial de su amor. Genji no intentó ir ni siquiera por un día al Nijō-in, sino que permaneció sumido en recuerdos y lamentos sin otra ocupación que la de ordenar misas por su alma. No obstante, se atrevía a escribir unas pocas cartas, entre ellas una a Rokujō. La virgen electa ya estaba al cuidado de los guardias de la puerta y pronto sería trasladada por ellos al Palacio en los Campos. Por consiguiente, Rokujō se excusó en la situación de su hija para no enviar respuesta.137
Estaba tan cansado de la vida y de sus miserias que sopesaba seriamente tomar los votos sacerdotales, y tal vez lo habría hecho de no haber sido por un nuevo lazo que parecía atarle irremediablemente al mundo. Pero un momento, también estaba la muchacha Murasaki, esperándole en el ala de su palacio. ¡Qué infeliz debió de haber sido durante todo este largo tiempo!
Aquella noche, tendido por completo a solas entre sus cortinas reales, a pesar de que los guardias hacían sus rondas no muy lejos, se sintió muy solitario y, recordando que «el otoño no es época para yacer a solas», mandó llamar al capellán de voz más dulce de palacio. Su canto mezclado con los sonidos del alba rozaba una belleza casi insoportable. Pero pronto la melancolía del tardío otoño y el murmullo del viento creciente se apoderaron de él, y poco acostumbrado a las noches solitarias, le resultó difícil mantenerse en la cama hasta la mañana.
Al mirar hacia afuera, vio que una espesa niebla cubría los arriates del jardín; sin embargo, a pesar de la niebla, era evidente que algo estaba atado al tallo de un hermoso crisantemo no muy lejos de allí. Era una carta escrita en papel azul oscuro.138 El mensajero la había dejado allí y se había marchado.
«¡Qué idea tan encantadora!», pensaba cuando reconoció de repente la letra. Era de Rokujō. Comenzaba diciendo que, teniendo en cuenta la situación de su hija, no creía que él se sorprendiera por su larga demora en responder a su nota anterior. Añadía un poema acróstico en el que, jugando con la palabra crisantemo (kiku), le expresaba su angustia al enterarse (kiku) de su duelo. «La belleza de la mañana —terminaba diciendo— volvió mis pensamientos más que nunca hacia ti y tu pesar; por eso no pude dejar de responderte».
Estaba escrito con aun más elegancia que de costumbre; pero él lo arrojó a un lado. Las condolencias de ella le hirieron porque, después de lo que había visto, sabía que no podían ser sinceras. Sin embargo, sentía que sería demasiado duro romper toda comunicación con ella; hacerlo tendería, de hecho, a incriminarla, y eso era lo último que deseaba. Después de todo, probablemente no había sido eso en absoluto lo que había provocado el desastre; tal vez el destino de Aoi estuviera sellado de todos modos. ¡Si tan solo hubiera tenido la casualidad de no ver ni oír nunca la fatal operación de su espíritu! Tal y como estaban las cosas, por mucho que razonara consigo mismo, dudaba de llegar a borrar jamás la impresión de lo que se le había revelado en aquella espantosa escena.
Tenía la excusa de que aún guardaba un luto riguroso y de que recibir una carta suya la incomodaría en esta etapa de la Purificación de su hija. Pero después de darle muchas vueltas al asunto en su cabeza, decidió que sería desconsiderado no responder a una carta que evidentemente había sido escrita con el único propósito de brindarle placer y, en un papel ligeramente teñido de marrón, escribió:
«Aunque he dejado pasar tantos días, créame que no ha estado ausente de mis pensamientos. Si me resistí a responder a su carta fue porque, de luto como estoy, me repugnaba profanar la santidad que ahora rodea su hogar, y confiaba en que usted sabría comprenderlo. No rumie demasiado sobre lo sucedido; pues “vayamos tarde o temprano, más frágiles son nuestras vidas que las gotas de rocío que cuelgan a la luz de la mañana”. Por ahora, no piense más en ello. Se lo digo porque nos es imposible vernos».
Recibió la carta en el taller de su hija, pero no la leyó hasta que estuvo de regreso en su propia casa.
De un vistazo supo a qué estaba aludiendo. ¡Así que él también la acusaba! Y por fin la horrible convicción de su propia culpa se impuso en su espíritu.
Su miseria aumentó diez veces.
Si incluso Genji tenía motivos para creer en su culpabilidad, su cuñado, el ex emperador, ya debía de haber sido informado. ¿Qué pensaría de ella? Su difunto esposo, el príncipe Zembō, había sido el hermano al que más había querido. Él había aceptado la tutela de la pequeña que ahora estaba a punto de ser consagrada y, ante la insistente súplica de su hermano, había prometido encargarse de su educación y tratarla, en efecto, como si fuera su propia hija.
El viejo emperador había invitado constantemente a la dama viuda y a su hija a vivir con él en el palacio, pero ella se mostraba reacia a aceptar este ofrecimiento, el cual, de hecho, era un tanto impracticable.
Mientras tanto, se hab había permitido escuchar las galanterías juveniles de Genji y pronto estuvo viviendo en un tormento y una agitación constantes por miedo a que se descubriera su indiscreción. Durante todo el período de esta aventura amorosa estuvo en un estado tal de excitación y aprensión mezcladas que apenas sabía lo que hacía.
En el mundo en general tenía la reputación de ser una gran belleza y esto, unido a su ilustre linaje, atrajo al Palacio de los Campos, tan pronto como se supo que se había retirado allí con su hija, a una horda de petimetres frívolos de la Corte, que consideraban su obligación imponerle sus atenciones mundanas mañana, tarde y noche.
Genji oyó hablar de esto y no los culpó. No pudo menos que pensar que era una verdadera lástima que una mujer dotada de todos los talentos y encantos se le metiera en la cabeza que había acabado con el mundo y se dispusiera a trasladarse a un lugar tan remoto. No pudo evitar pensar que Ise le parecería sumamente aburrido cuando llegara allí.
Aunque las misas por el alma de Aoi ya habían terminado, él continuó retirado hasta el final de las siete semanas. No estaba acostumbrado a no hacer nada y el tiempo se le hacía eterno. A menudo mandaba llamar a Tō no Chūjō para que le pusiera al día de todo lo que sucedía en el mundo, y entre abundante información seria, Chūjō intentaba distraerlo a menudo hablando de las extrañas escapadas que en ocasiones habían compartido.
En una de estas ocasiones se permitió hacer algunas bromas a costa de la anciana dama de cámara con la que Genji se había visto envuelto de manera tan imprudente.
«¡Pobre anciana! —protestó Genji—; está mal burlarse de ella de este modo. Por favor, no lo hagas».
Pero aun así tuvo que admitir ante sí mismo que nunca podía pensar en ella sin sonreír. Luego Chūjō le contó toda la historia de cómo lo había seguido y espiado en aquella noche de otoño, la primera después de la luna llena,139 y muchas otras historias además sobre sus propias aventuras y las de otros.
Pero al final se pusieron a hablar de su pérdida común y, coincidiendo en que, al fin y al cabo, la vida no era más que un asunto triste, se separaron entre lágrimas.
Unas semanas más tarde, en una lúgubre y lluviosa tarde, Chūjō entró a zancadas en la habitación con un aire algo cohibido debido a la capa y los calzones de invierno de color gris claro que llevaba puestos por primera vez ese día.140
Genji estaba recostado contra la barandilla del balcón sobre la puerta principal del oeste. Durante un buen rato había estado contemplando los jardines escarchados que rodeaban la casa. Soplaba un viento fuerte y veloces chubascos azotaban los árboles. A punto de soltar una lágrima, murmuró para sí el verso: «¡Dime si su alma está en la lluvia o si en las nubes de arriba!».141
Y mientras Chūjō lo observaba sentado allí, con la barbilla apoyada en la mano, pensó que el alma de aquella que había estado casada con un joven tan encantador en verdad no habría podido renunciar del todo al escenario de su vida terrenal y sin duda debía de estar rondando muy cerca de él.
Aún con la mirada fija en él y lleno de viva admiración, Chūjō se acercó al lado de Genji. Notó entonces que, aunque su amigo no había alterado de ninguna otra manera la sencillez de su atuendo, hoy se había puesto un fajín de colores. Este destello de rojo intenso destacaba contra su capa gris (que aunque seguía siendo de verano142 era de un tono más oscuro que la que había llevado últimamente) de un modo tan atractivo que, a pesar de que el efecto era muy distinto al de las magníficas vestimentas de las que Genji hacía gala en días más felices, Chūjō no pudo apartar los ojos de él durante un buen rato.
Al fin, él también alzó la vista hacia el cielo tormentoso y, recordando el verso chino que le había oído repetir a Genji, recitó el poema:
«Aunque en lluvia se haya tornado su alma, dime, ¿dónde en la nublada bóveda del cielo se halla ese único jirón de bruma que es ella?».
Y Genji respondió:
«Como aquella a quien un día conocimos más allá del país de las nubes ha huido, dos meses de tormenta y oscuridad han marchitado ya la tierra invernal bajo nuestros pies».
La profundidad de los sentimientos de Genji era evidente. A veces, Chūjō había pensado que era meramente el temor a las reprimendas del antiguo Emperador —unido a un sentido de obligación hacia el padre de Aoi, cuya bondad siempre había sido tan notable, y también hacia la Princesa, su madre, que lo había querido con una paciencia y un cariño inagotables— lo que le había dificultado romper una relación que, en realidad, se estaba volviendo muy pesada.
A menudo, en verdad, la aparente indiferencia de Genji hacia Aoi le había resultado muy dolorosa. Ahora le era evidente que ella jamás había dejado de ocupar un lugar importante en su afecto, y esto le hacía deplorar con más amargura que nunca la tragedia de su temprana muerte. Hiciera lo que hiciese y fuera donde fuese, sentía que una luz se había apagado en su vida y estaba muy abatido.
Entre la maleza marchita del jardín, Genji descubrió con deleite unas pocas gencianas que aún florecían y, tras la marcha de Chūjō, cortó algunas y le pidió a la nodriza Saisō que se las diera a la abuela del niño, junto con estos versos:
«Esta flor de genciana que perduró entre las hierbas marchitas del seto os la envío en recuerdo del otoño que se ha ido».
«Para vos —añadió—, os parecerá poca cosa en contraste con las flores que ya no están».
La Princesa miró el rostro inocente y sonriente de su nieto y pensó que en belleza no le envidiaba mucho al niño que había perdido. Las lágrimas ya le brotaban con más rapidez con la que un viento tempestuoso sacude las hojas secas de un árbol, y al leer el mensaje de Genji fluyeron aún con más fuerza. Esta fue su respuesta:
«Nuevas lágrimas, mas lágrimas de alegría trae esta flor de un prado que hoy yace desolado».
Aún necesitando alguna pequeña ocupación para distraer sus pensamientos, aunque ya estaba oscureciendo, comenzó una carta a la princesa Asagao, a quien, según estaba seguro, hacía tiempo debían de haberle hablado de su duelo. Aunque hacía mucho que no sabía de ella, no hizo mención alguna a su antigua amistad; su carta era de hecho tan formal que permitió que el mensajero la leyera antes de partir. Estaba escrita en papel chino teñido de azul celeste. Con ella iba el poema: «Al recordar un otoño cargado de penas diversas, no encuentro crepúsculo oscurecido por tales lágrimas como las que esta noche he derramado». Se esmeró mucho en su caligrafía y las damas de ella pensaron que era una pena que una nota tan elegante quedara sin respuesta. Al final, ella llegó a la misma conclusión. «Aunque mi corazón se inclina hacia ti en tu aflicción», respondió, «no veo motivo para abandonar mi desconfianza». Y a esto añadió el poema: «Desde que supe que las nieblas del otoño se habían desvanecido y dejado un invierno desolado en tu casa, he pensado a menudo en ti mientras contemplaba el cielo nublado». Esto fue todo, y fue escrito apresuradamente, pero a Genji, quien durante tanto tiempo no había recibido noticias de ella, le dio tanto placer como la más larga y ingeniosa epístola.
En general es lo inexplorado lo que nos atrae, y Genji solía enamorarse más profundamente de aquellas que menos pie le daban.
La condición ideal para la continuidad de su afecto era que la amada, muy ocupada en otras cosas, le concediera tan solo un favor ocasional. Había una143 que cumplía admirablemente con estas condiciones, pero desafortunadamente su alto rango y su posición conspicua en la sociedad traían consigo demasiadas dificultades materiales.
Pero la pequeña Murasaki era diferente. No había necesidad de educarla bajo este principio. Durante los largos días de su duelo no la había olvidado ni un instante, y sabía que ella debía de sentirse muy aburrida sin él. Sin embargo, él la consideraba simplemente como una niña huérfana de cuyo cuidado se había hecho cargo, y le resultaba un consuelo pensar que al menos allí había alguien a quien podía dejar por un ratito sin preguntarse con ansiedad todo el tiempo si se metería en líos.
Ya era del todo oscuro, y reuniendo a la gente de la casa alrededor de la gran lámpara, logró que le contaran historias. Había entre ellos una dama de noble cuna llamada Chūnagon, de quien desde hacía años estaba enamorado en secreto. Todavía se sentía atraído hacia ella, pero en un momento así no podía haber, por supuesto, ninguna pretensión de un vínculo más estrecho.
Al ver ahora que él lucía desanimado, ella se le acercó y, tras hablar un rato de diversas cuestiones en general, Genji le dijo:
«Durante estas últimas semanas, en que todo ha estado tranquilo en la casa, me he acostumbrado tanto a la compañía de ustedes, damas, que si llega un momento en que ya no podamos vernos con tanta frecuencia, las extrañaré muchísimo. Por eso me sentía particularmente deprimido; ¡aunque, la verdad, mire hacia donde mire encuentro pocos motivos de consolación!».
Aquí hizo una pausa y algunas de las damas derramaron algunas lágrimas. Por fin, una de ellas dijo:
«Sé, mi señor, cuán oscura nube ha caído sobre su vida y no osaría comparar nuestro dolor con el suyo. Pero quisiera que recordara lo que debe significar para nosotras que de aquí en adelante usted jamás...».
—No digas jamás —respondió Genji con amabilidad—. No olvido a mis amigos tan fácilmente. Si hay alguna entre ustedes que, mindful del pasado, desee seguir sirviendo en esta casa, puede contar con que, mientras yo viva, jamás las abandonaré.
Y mientras él se sentaba a contemplar la luz de la lámpara, con lágrimas brillantes en los ojos, ellas sintieron que eran verdaderamente afortunadas por tener un protector así.
Había entre aquellas damas una pequeña huérfana que había sido la favorita de Aoi entre todas sus doncellas. Sabiendo muy bien cuán desolada de debiera de sentir la niña ahora, le dijo con amabilidad:
«¿De quién es asunto ahora sino mío cuidar de la pequeña señorita Até?».
La chica rompió a llorar. Con su túnica corta, más oscura que los vestidos que las demás llevaban, con pañuelo negro al cuello y bombachas azul oscuro, era una figura encantadora.
«Espero —continuó Genji— que haya algunas que, a pesar de los tiempos sombríos que probablemente les aguardan en esta casa, decidan, en memoria del pasado, consagrarse al cuidado del pequeño príncipe que estoy dejando atrás. Si todos los que conocieron a su madre van a dispersarse ahora, su situación será aún más desdichada que antes».
De nuevo les prometió no olvidarlas jamás, pero ellas sabían muy bien que sus visitas serían escasas y espaciadas, y se sentían muy abatidas.
Aqu aquella noche repartió entre estas damas de compañía y entre todos los criados del Gran Salón, según su rango y condición, varios recuerdos y chucherías que habían pertenecido a su joven ama, dando a cada cual lo que creyó más apto para mantener viva su memoria, sin reparar en sus propias simpatías y antipatías dentro de la servidumbre.
Había decidido que no podía continuar por mucho más tiempo con este modo de vida y que pronto tendría que regresar a su propio palacio. Mientras sus sirvientes sacaban su carruaje y sus caballeros se congregaban frente a sus habitaciones, como si lo hicieran a propósito para retrasarlo, se desató una tormenta de lluvia violenta, acompañada de un viento que arrastró las últimas hojas de los árboles y las barrió sobre la tierra con salvaje rapidez. Los caballeros que se habían reunido frente a la casa no tardaron en empaparse hasta los huesos.
Había planeado ir al Palacio, luego al Nijō-in y regresar a dormir al Gran Salón. Pero en una noche así esto era imposible, y ordenó a sus caballeros que se dirigieran directamente al Nijō-in, donde se reuniría con ellos más tarde. Mientras marchaban en tropel, cada uno de ellos sintió (aunque ninguno fuera a ver el Gran Salón por última vez ni mucho menos) que aquel día se cerraba un capítulo en su vida. Tanto el Ministro como su esposa, al enterarse de que Genji no regresaría esa noche, sintieron también que habían llegado a una etapa nueva y amarga en el curso de su aflicción.
A la madre de Aoi le envió esta carta:
«El ex-Emperor ha expresado un gran deseo de verme y me siento obligado a ir al Palacio. Aunque no estaré ausente muchos días, ha pasado tanto tiempo desde que dejé esta casa que me siento aturdido ante la perspectiva de enfrentarme al gran mundo una vez más. No podía marcharme sin informarle de mi partida, pero no estoy en condiciones de hacerle una visita».
La Princesa seguía yaciente con los ojos cerrados, con sus pensamientos sepultados en la más profunda melancolía. No envió respuesta.
Al poco rato, el padre de Aoi acudió a las habitaciones de Genji. Le resultó muy difícil mantener la compostura y, durante la entrevista, se aferró firmemente a la manga de su yerno con un aire de dependencia que resultaba patético de presenciar. Tras muchas vacilaciones, comenzó por fin a decir:
«Los ancianos somos propensos a las lágrimas incluso cuando fallan pequeñas cosas; no debe extrañarte, pues, que bajo el peso de un dolor tan terrible me encuentre a veces prorrumpiendo en llantos que no acierto a controlar. En tales momentos de debilidad y desconcierto, prefiero estar donde nadie pueda verme, y esa es la razón por la que aún no me he atrevido ni siquiera a presentar mis respetos a Su Majestad, tu buen padre. Si surge la oportunidad, te ruego que se lo expliques. Quedarse así desolado en los últimos años de la vida es una dura prueba, una prueba muy dura en verdad...»
El esfuerzo que le costó pronunciar estas palabras resultó angustioso de presenciar para Genji, quien se apresuró a asegurar al viejo Ministro que arreglaría las cosas en la Corte. «Aunque no dudo», añadió, «de que mi padre ya ha adivinado el motivo de vuestra ausencia».
Como todavía llovía con fuerza, el Ministro le instó a ponerse en marcha antes de que oscureciera por completo. Pero Genji no quiso abandonar la casa sin echar un último vistazo a las habitaciones interiores. Su suegro lo siguió. En el espacio situado más allá del asiento con cortinas de Aoi, apiñadas tras un biombo, unas treinta gentildamas, todas ataviadas con ropas de luto de color gris oscuro, se agazapaban desoladas y llorosas.
«Estas desventuradas damas», dijo el Ministro, dirigiéndose a Genji, «aunque encuentran cierto consuelo en la idea de que dejas atrás a alguien cuya presencia te atraerá a veces a esta casa, saben bien que esta ya no volverá a ser tu legítima residencia, y esto las aflige tanto como la pérdida de su amada señora. Durante años abrigaron la vana esperanza de que tú y ella terminarais por reconciliación. Considera, pues, cuán amargo debe de ser para ellas el día de esta, tu partida definitiva».
«Que cobren ánimo», dijo Genji; «pues mientras mi señora vivía, yo a menudo, a propósito, me ausentaba de ella con la vana esperanza de que a mi regreso la hallaría menos arisca conmigo, pero ahora que ha muerto ya no tengo motivo alguno para rehuir esta casa, como pronto habréis de comprobar».
Cuando vio alejarse el carruaje de Genji, el padre de Aoi fue a la habitación de ella. Todas sus pertenencias estaban tal como las había dejado. Sobre una mesita frente a la cama, los recados de escribir yacían esparcidos.
Había unos papeles cubiertos con la caligrafía de Genji, y el anciano los apretó contra su pecho con un arrebato que hizo sonreír a algunas de las damas que lo habían seguido, aun en medio de su dolor.
Las obras que Genji había copiado eran todas obras maestras del pasado, algunas chinas, otras japonesas; unas escritas en cursiva, otras en letra formal; constituían en verdad una muestra asombrosa de versatilidad caligráfica.
El Ministro contempló con una devoción casi religiosa estas muestras de la destreza de Genji, y la idea de que en adelante debía considerar al joven al que tanto adoraba como a alguien ajeno a su hogar y a su familia debió resultarle muy dolorosa en ese momento.
Entre estos manuscritos había una copia del «Eterno pesar» de Po Chü-i144 y junto a las palabras «La vieja almohada, el viejo edredón, ¿con quién los compartirá ahora?», Genji había escrito el poema: «Lúgubre su fantasma que, viajando ahora hacia reinos desconocidos, debe huir del lecho donde solíamos descansar». Mientras que junto a las palabras «Los pétalos blancos de la escarcha», había escrito: «El polvo cubrirá este lecho; pues ya no soporto sacudir de él el rocío nocturno de mis lágrimas».
Las damas de Aoi se habían reunido en grupos de dos o tres, y en cada uno de ellos alguna doncella desahogaba sus penas y aflicciones privadas.
«Sin duda, tal como nos dijo su excelencia el ministro, el príncipe Genji vendrá a vernos de vez en cuando, aunque solo sea para ver al niño. Pero, por mi parte, dudo que encuentre mucho consuelo en esas visitas...»
Eso decía una de ellas a sus amigas. Y pronto se sucedieron muchas escenas conmovedoras de despedida entre todas, pues se había decidido que por el momento regresarían cada una a sus hogares.
Mientras tanto, Genji se encontraba con su padre en el Palacio.
«Estás muy delgado de cara —dijo el ex-Emperador tan pronto como lo vio—; me temo que has agotado tus fuerzas con tanta oración y ayuno», y en un estado de la más profunda preocupación comenzó de inmediato a instarle a que tomara toda clase de viandas y licores, mostrando en lo que respecta a su salud y, de hecho, a sus asuntos en general, una solicitud por la cual Genji no pudo menos que sentirse conmovido.
Tarde aquella noche llegó por fin al Nijō-in. Aquí lo encontró todo engalanado y barrido; sus criados y sirvientas lo esperaban en la puerta. Todas las damas de la casa se presentaron de inmediato en sus habitaciones. Parecían haber competido entre sí por lucir más alegres y elegantes, y sus galas contrastaban gratamente con el atuendo sombrío y desolador de las desafortunadas damas que él había dejado atrás en el Gran Salón.
Having changed out of his court dress, he went at once to the western wing. Not only was Murasaki’s winter costume most daintily designed, but her pretty waiting-maids and little companions were so handsomely equipped as to reflect the greatest credit on Shōnagon’s management; and he saw with satisfaction that such matters might with perfect safety be left in her hands.
Murasaki herself was indeed exquisitely dressed.
‘How tall you have grown since last I saw you!’
he said and pulled up her little curtain-of-honour. He had been away so long that she felt shy with him and turned her head aside. But he would not for the world have had her look otherwise than she looked at that moment, for as she sat in profile with the lamplight falling upon her face he realized with delight that she was becoming the very image of her whom from the beginning he had loved best.
Coming closer to her side he whispered to her:
‘Some time or other I want to tell you about all that has been happening to me since I went away. But it has all been very terrible and I am too tired to speak of it now, so I am going away to rest for a little while in my own room. From to-morrow onwards you will have me to yourself all day long; in fact, I expect you will soon grow quite tired of me.’
«Por ahora, todo va bien», pensó Shōnagon al oír estas palabras. Pero seguía estando muy lejos de tener la conciencia tranquila. Sabía que había varias damas de gran influencia con las que Genji mantenía una relación de amistad y temía que, a la hora de elegir una segunda esposa, fuera mucho más probable que tomara a una de ellas antes que acordarse de su propia y pequeña protegida; y no estaba en absoluto satisfecha.
Cuando Genji se retiró al ala oriental, mandó llamar a cierta dama Chūjō para que le diera masajes en las extremidades y luego se fue a la cama.
A la mañana siguiente escribió a las nodrizas del hijo de Aoi y recibió de ellas en respuesta un conmovedor relato sobre su belleza y su desarrollo; pero la carta solo sirvió para despertar en él inútiles recuerdos y pesares.
Hacia el final del día se sentía muy inquieto y el tiempo se le hacía interminable, pero no estaba de humor para reanudar sus amoríos secretos y tal idea ni siquiera se le pasó por la cabeza.
En Murasaki ninguna de sus esperanzas se había visto defraudada; en verdad se había convertido en una muchacha tan hermosa como uno pudiera desear, y ya no tenía una edad en la que le fuera imposible convertirse en su amante. Él insinuaba esto constantemente, pero ella no parecía entender a qué se refería.
Todavía le sobraba el tiempo, y lo pasaba todo en compañía de ella. Durante todo el día jugaban juntos a las damas o a juegos de palabras, y aun en el transcurso de estas pasatiempos triviales ella demostraba una agilidad mental y una belleza de carácter que lo deleitaban continuamente; pero había sido criada en un aislamiento tan rígido del mundo que jamás se le pasó por la cabeza explotar sus encantos de una manera más adulta.
Pronto la situación se volvió insoportable y, aunque sabía que ella se pondría muy disgustada, decidió de un modo u otro salirse con la suya.
Llegó una mañana en que el caballero ya se había levantado y andaba por ahí, pero la joven aún seguía en la cama. Sus asistentes no tenían forma de saber que había ocurrido algo fuera de lo común, pues siempre había sido costumbre de Genji entrar y salir de su habitación como le pluguiera. Dieron por sentado de forma natural que no se sentía bien y la miraban con simpatía cuando Genji llegó cargando un tintero que deslizó tras las cortinas de la cama.
De inmediato se retiró, y las damas también abandonaron la habitación. Al ver que estaba sola, Murasaki levantó lentamente la cabeza. Allí, junto a su almohada, estaba el tintero y, atada a este con una cinta, una nota delgada. Con desgana desató la nota y, al desplegarla, leyó el poema garabateado apresuradamente:
«Demasiado hemos pospuesto esta nueva empresa, quienes noche tras noche hasta ahora hemos yacido solo con una camisa de por medio».
Que eso era lo que Genji había estado deseando durante tanto tiempo le resultó una completa sorpresa y no lograba comprender por qué él consideraba lo desagradable que había pasado la anochecida como una especie de comienzo de una nueva y más íntima amistad entre ambos.
Más tarde, por la mañana, volvió.
—¿Te ocurre algo? —preguntó—. Me aburriré mucho hoy si no puedes jugar a las damas conmigo.
Pero cuando se acercó a ella, esta no hizo más que enterrarse aún más hondo que antes bajo las mantas. Él esperó a que la habitación se quedara vacía y entonces, inclinándose sobre ella, dijo: «¿Por qué me tratas de esta manera tan arisca? Poco esperaba encontrarte de tan mal humor esta mañana. A los demás les va a parecer muy raro que te pases aquí todo el día tumbada», y retiró a un lado la colcha escarlata bajo la cual se había metido de cabeza.
Para su asombro, descubrió que estaba bañada en sudor; hasta el cabello que le caía sobre las mejillas goteaba de humedad.
—¡No! ¡Esto es demasiado! —dijo—; ¡en qué estado has conseguido ponerte!
Pero por mucho que se esforzara en convencerla para que volviera a entrar en razón, no pudo sacarle una sola palabra, pues estaba verdaderamente muy enojada con él.
—Pues muy bien —dijo por fin—, si así es como te sientes, no volveré a verte jamás —y fingió estar muy ofendido y humillado.
Dándose la vuelta, abrió el estuche de escritura para ver si había escrito alguna respuesta a su poema, pero, por supuesto, no encontró ninguna. Comprendía perfectamente que su angustia se debía meramente a su extrema juventud y inexperiencia, y no le molestó en absoluto. Durante todo el día se sentó cerca de ella intentando reconquistar su confianza y, aunque tuvo poco éxito, hasta sus rechazos le parecieron de un modo curioso muy entrañables.
Al caer la noche, por ser el Día del Jabalí, se sirvieron los pasteles del festival145. Debido al luto de Genji no hubo grandes despliegues, pero se llevaron algunos a los aposentos de Murasaki en una elegante cesta de pícnic.
Al ver que los diferentes tipos estaban todos mezclados, Genji salió a la parte delantera de la casa y, llamando a Koremitsu, le dijo:
«Quiero que te lleves estos pasteles y me traigas más mañana por la tarde; solo que ni mucho menos tantos como estos, y todos de la misma clase.146 Esta no es la noche adecuada para ellos».
Sonrió al pronunciar estas palabras y Koremitsu, con la agudeza mental que lo caracterizaba, adivinó al instante lo que había sucedido. Sin embargo, no creyó prudente felicitar a su amo con tantas palabras, y se limitó a decir:
«Es muy cierto que, si uno quiere tener un buen comienzo, debe comerse los pasteles en el día propicio. El día de la Rata viene sin duda muy al caso.147 Dígame, por favor, ¿cuántos debo traer?».
Cuando Genji respondió: «Divide por tres148 y obtendrás la respuesta», a Koremitsu ya no le quedó ninguna duda y se retiró apresuradamente, dejando a Genji divertido por el aire avezado con el que invariablemente manejaba asuntos de esta índole. No le dijo nada a nadie, sino que, volviendo a su casa particular, preparó los pasteles allí con sus propias manos.
Genji empezaba a desesperar de lograr devolverle la confianza y el buen humor. Pero incluso ahora, cuando parecía tan esquiva con él como en la noche en que la raptó por primera vez de su hogar, su belleza lo fascinaba y sabía que su amor por ella en los días pasados no había sido sino una partícula en comparación con lo que sentía desde ayer.
¡Qué cosa tan extraña es el corazón del hombre! Pues ahora le habría parecido una calamidad que lo hubieran apartado del lado de Murasaki ni por una sola noche; y hace solo un momento...
Koremitsu trajo los pasteles que Genji había encargado muy tarde en la noche siguiente. Tuvo el cuidado de no encomendárselos a Shōnagon, pues pensó que semejante encargo podría avergonzar a una mujer madura.
En su lugar, mandó llamar a la señorita Ben, la hija de esta, y poniendo todos los pasteles en una gran caja de perfumes, le ordenó que se los llevara en secreto a su ama.
«Asegúrate de ponerlos bien cerca de su almohada, pues son pasteles de buena suerte y no deben dejarse por la casa. Prométeme que no harás ninguna tontería con ellos».
A la señorita Ben todo esto le pareció muy extraño, pero, encogiéndose de hombros, respondió: «¿Cuándo, te ruego, me has visto hacer una tontería?», y se marchó con la caja. Como era una muchacha muy joven y completamente inocente en asuntos de esta índole, se dirigió sin más preámbulos a la cama de su ama y, recordando las instrucciones de Koremitsu, metió la caja a través de las cortinas y la dejó bien colocada junto a la almohada.
Le pareció que había alguien más allí además de Murasaki.
- «Sin duda —pensó—, el príncipe Genji ha venido como de costumbre a escucharla repetir sus lecciones».
Aún nadie en la casa, salvo Koremitsu, sabía del esponsal. Pero cuando al día siguiente se encontró la caja junto a la cama y fue llevada a las habitaciones de la servidumbre, algunos de los que estaban más al corriente de los asuntos de su amo adivinaron de inmediato el secreto.
¿De dónde habían salido aquellos platillos, cada uno sobre su propio pequeño soporte tallado?, ¿y quién se había tomado tantas molestias para elaborar aquellos pasteles tan delicados e ingeniosos?
Shōnagon, aunque se scandalizó ante aquella manera tan informal de deslizarse hacia el matrimonio, se alegró enormemente al saber que el extraño mecenazgo que Genji brindaba a su joven señora había culminado por fin en un compromiso formal, y se le anegaron los ojos en lágrimas de agradecimiento y dicha. Con todo, pensaba que al menos podría haberse tomado la molestia de informar a su vieja nodriza, y hubo bastantes murmuraciones en el conjunto de la casa de que un criado ajeno como Koremitsu se hubiera enterado del asunto antes que nadie.
Durante los días siguientes le pesaban hasta las breves horas de asistencia a las que estaba obligado en el palacio y en las habitaciones de su padre, al descubrir (con gran sorpresa por su parte) que, salvo en presencia de ella, ya no podía disfrutar de un solo momento de paz.
Los amigos a los que solía visitar se mostraron a la vez sorprendidos y ofendidos por este abandono inexplicable, pero aunque no tenía deseos de enemistarse con ellos, ahora descubría que la mera y remota perspectiva de tener que ausentarse de su palacio por una sola noche bastaba para desequilibrarle por completo; y todo el tiempo que pasaba fuera sus ánimos tocaban fondo y tenía toda la pinta de estar enfermando de algún mal extrañísimo.
A todas las invitaciones o saludos respondía invariablemente que en ese momento no estaba de humor para compañía (lo que naturalmente se tomaba como una alusión a su reciente pérdida) o que debía marcharse ya, pues alguien con quien tenía un asunto pendiente ya lo estaba aguardando.
El Ministro de la Derecha era consciente de que su hija menor149 aún suspiraba por el príncipe Genji, y le dijo un día a la princesa Kōkiden:
«Mientras su esposa vivía, estábamos obligados por supuesto a desalentar su amistad con él de todas las maneras posibles. Pero la situación ha cambiado por completo y siento que, tal como están las cosas, habría mucho que ganar con un enlace así».
Pero Kōkiden siempre había odiado a Genji y, habiendo dispuesto ella misma que su hermana entrara en Palacio,150 no veía razón alguna por la que este plan debiera abandonarse de repente. De hecho, a partir de ese momento se obstinó en que la muchacha fuera entregada al Emperador y a nadie más.
Genji, en verdad, aún conservaba cierta predilección hacia ella; pero aunque le entristecía saber que la había hecho infeliz, no tenía por el momento ningún afecto sobrante que ofrecerle. La vida, había llegado a la conclusión, no era lo suficientemente larga para diversiones y experimentos; de ahí en adelante se concentraría. Además, había recibido una terrible advertencia sobre los peligros que podían acarrear los celos y resentimientos que su anterior forma de vida había conllevado.
Pensaba con gran ternura y preocupación en la aflicción de la dama Rokujō; pero le resultaba evidente que debía cuidarse de volver a permitir jamás que esta lo considerara su verdadero puerto de refugio. Sin embargo, si ella renovaba su amistad en términos totalmente nuevos, permitiéndole disfrutar de su compañía y conversación en los momentos en que pudiera organizarlo convenientemente, no veía razón por la cual no debieran encontrarse a veces.
La sociedad en general sabía que alguien vivía con él, pero su identidad era totalmente desconocida. Esto no tenía la menor importancia; sin embargo, Genji sintió que tarde o temprano debía informarle al padre de ella, el príncipe Hyōbukyō, sobre su paradero, y decidió que, antes de hacerlo, lo mejor sería celebrar su Iniciación.
Esto se hizo en privado, pero él se esmeró en que cada detalle de la ceremonia se llevara a cabo con la debida esplendidez y solemnidad, y aunque el mundo exterior no fue invitado, resultó ser un acontecimiento tan magnífico como cabía esperar.
Pero desde su compromiso, Murasaki había mostrado cierta timidez y recelo en su presencia. No podía evitar lamentar que, después de todos los años en los que se habian llevado tan bien y habian sido amigos tan cercanos, a él se le hubiera ocurrido de repente esa extraña idea, y cada vez que sus ojos se encontraban con los de él, los desviaba apresuradamente. Él intentó tomarse el asunto como una broma, pero para ella era algo muy serio que le pesaba profundamente en el ánimo. Su actitud cambiada hacia él resultaba en verdad un tanto cómica, pero también muy angustiosa, y un día él le dijo:
«A veces parece como si hubieras olvidado todos los largos años de nuestra amistad y yo me hubiera vuelto de repente tan desconocido para ti como al principio»;
y mientras así la regañaba, el año llegó a su fin.
El día de Año Nuevo hizo las habituales visitas de cortesía a su padre, al Emperador y al Príncipe Heredero. A continuación, visitó el Gran Salón. El viejo Ministro no hizo referencia al año nuevo, sino que enseguida comenzó a hablar del pasado. En medio de su soledad y su tristeza, se sintió tan profundamente conmovido incluso por esta visita apresurada y largamente aplazada que, aunque se esforzó mucho por mantener la compostura, le fue imposible lograrlo. Mirando con afecto a su yerno, pensó que el transcurso de cada nuevo año no hacía sino añadir una nueva belleza a aquel hermoso rostro.
Entraron juntos a las habitaciones interiores, donde su llegada sorprendió y deleitó sin medida a las desconsoladas damas que se habian quedado atrás. A continuación visitaron al pequeño príncipe, que se estaba convirtiendo en un niño apuesto; su rostro alegre era verdaderamente un placer de ver. Su parecido con el Príncipe Heredero era sin duda muy llamativo y Genji se preguntó si alguien lo habría notado.
Las cosas de Aoi seguían tal como las había dejado. Sus ropas de Año Nuevo, como en años anteriores, habían sido colgadas para él en el perchero. El perchero de Aoi, que permanecía vacío a su lado, exhalaba un aire extrañamente desolado.
En ese momento le trajeron una carta de la Princesa, su madre:
«Hoy —decía—, nuestra pena ha estado más presente que nunca en mi mente, y aunque me conmueve la noticia de vuestra visita, me temo que veros no haría sino despertar infelices recuerdos». «Recordáis —continuaba— que era mi costumbre obsequiaros con un traje cada Día de Año Nuevo. Mas en estos últimos meses mi vista se ha enturbiado tanto de lágrimas que me temo que consideraréis que he combinado muy mal los colores. Novecientos151 ruego que, aunque sea solo por el día de hoy, toleréis ser afeado por este atuendo pasado de moda...»
y un criado le tendió un segundo151 traje, que evidentemente era el que se esperaba que vistiera hoy.
La tela interior tenía un diseño y una mezcla de colores de lo más inusual y no le gustó en absoluto; pero no podía permitir que ella sintiera que había trabajado en vano, y se puso el traje de inmediato. En verdad era una fortuna que hubiera ido a la Gran Sala aquel día, pues podía ver que ella contaba con ello.
En su respuesta dijo:
«Aunque vine con la esperanza de que fuerais la primera amiga a quien saludaría en esta nueva primavera, ahora que estoy aquí me asaltan demasiados amargos recuerdos y creo más prudente que no nos encontremos».
A esto añadió un poema acróstico en el que decía que con las ropas de luto que acababa de desechar, tantos años de amistad quedaban a un lado que, de ir a verla152, no podría sino llorar. A esto ella respondió con un poema acróstico en el que decía que en esta nueva estación en la que todo lo demás sobre la tierra adopta un tinte mudado, una sola cosa permanecía como en los meses pasados: su anhelo por el hijo que, como el año que pasa, se había esfumado de su vista.
Pero aunque el de ella haya sido el mayor dolor, no debemos pensar que no hubo en ese momento una emoción muy profunda por ambas partes.