LOS LECTORES de los Diaries of Court Ladies of Old Japan [Diarios de damas de la corte del antiguo Japón], traducidos por Madame Omori y el profesor Doi, recordarán que el segundo de los tres diarios pertenece a una tal Murasaki Shikibu.
Lo poco que se sabe de la vida de esta dama ha sido expuesto por la señorita Amy Lowell en su Introducción a dicho libro.
En el Apéndice I de este volumen se encontrarán unas pocas fechas, la mayoría de ellas muy poco fiables. Es, sin embargo, seguro que Murasaki nació en el último cuarto del siglo X, que perdió a su marido en 1001 y que pocos años después se convirtió en dama de honor de la emperatriz Akiko.
Sabemos que fue elegida para este puesto debido a su dominio del chino, una materia que la joven Emperatriz estaba deseosa de estudiar. Akiko tenía entonces unos dieciséis años, por lo que la posición de Murasaki en la casa era la que, en nuestra forma de hablar, llamaríamos de «institutriz» más que de dama de compañía.
Akiko, aunque oficialmente desposada con el Emperador, seguía viviendo en su casa, y su padre pronto comenzó a mostrar unas atenciones un tanto embarazosas hacia la nueva institutriz. Por el Diario sabemos que, al menos en una ocasión, sus solicitudes fueron rechazadas.
¿Estaba ya escrito el Tale of Genji o alguna parte de él cuando Murasaki llegó a la Corte? Solo sabemos que en un pasaje del Diario que al parecer se refiere al año 1008, habla de que su novela le fue leída en voz alta al Emperador.
El comentario de Su Majestad («Esta es una mujer culta; debe de haber estado leyendo la Crónica de Japón») demuestra que lo que se le leyó debió de ser el capítulo inicial del relato. Pues en toda la obra solo hay una frase que pueda recordar a alguien al Nihongi (Crónica de Japón), y es la conclusión del Capítulo I.
Así que, aunque podemos estar seguros de que los primeros libros ya estaban escritos en 1008, es muy posible que los cincuenta y cuatro enteros no estuvieran terminados hasta mucho después.
Pero por el Diario de Sarashina, el primero de los tres incluidos en Damas de la corte del antiguo Japón, sabemos que el Cuento de Genji en su forma completa ya era un clásico en el año 1022. La autora anónima de este diario pasó su infancia en una provincia remota. Su gran placer era leer novelas; pero, salvo en la capital, eran difíciles de conseguir. Ella le reza fervientemente a Buda para que la lleve pronto a Kioto y la deje leer «decenas y decenas de historias».
En 1022, por fin llega a la corte y sus sueños más locos se hacen realidad. Su tía le envía, empacados en una gran caja, «los cincuenta y tantos capítulos de Genji» y toda una biblioteca de cuentos de hadas y novelas más breves.
«¿Existen realmente personas así en el mundo? Si Genji fuera mi amante, aunque viniera a mí tan solo una vez en todo el año, ¡qué feliz sería! O si yo fuera la dama Ukifune en su hogar en la montaña, contemplando a medida que pasan los meses las flores, las hojas rojas de otoño, la luz de la luna y la nieve; feliz, a pesar de la soledad y la desgracia, con el pensamiento de que en cualquier momento podría llegar la maravillosa carta...»
Tales eran las rêveries de alguien que leía el Cuento de Genji hace más de novecientos años. Pienso que, de poder leerlo en el original, pocos lectores sentirían que en todos esos siglos el encanto del libro se ha evaporado de algún modo.
La tarea de traducción en un caso así ha de ser ardua y desalentadora; pero todo el tiempo me ha impulsado la creencia de que estoy traduciendo, con mucho, la mayor novela de Oriente y una que, incluso si se compara con la ficción de Europa, ocupa su lugar como una de las una docena de grandes obras maestras del mundo.