Este es el principio de Peirce, el principio del pragmatismo. Tal principio nos ayudará en esta ocasión a decidir, entre los diversos atributos consignados en el inventario escolástico de las perfecciones de Dios, si algunos no son mucho menos significativos que otros.
Si, en efecto, aplicamos el principio del pragmatismo a los atributos metafísicos de Dios, estrictamente llamados así, en distinción de sus atributos morales, pienso que, aun si fuésemos forzados por una lógica coercitiva a creer en ellos, todavía tendríamos que confesar que carecen de toda significación inteligible. Tomemos la aseidad de Dios, por ejemplo; o su necesariedad; su inmaterialidad; su «simplicidad» o superioridad respecto al tipo de variedad interna y sucesión que encontramos en los seres finitos, su indivisibilidad y carencia de las distinciones internas de ser y actividad, sustancia y accidente, potencialidad y actualidad, y lo demás; su repudiación de la inclusión en un género; su infinitud actual; su «personalidad», aparte de las cualidades morales que pueda conllevar; sus relaciones con el mal como permisivas y no positivas; su autosuficiencia, amor propio y absoluta felicidad en sí mismo:—hablando candidamente, ¿cómo hacen cualidades tales como estas para establecer alguna conexión definitiva con nuestra vida? Y si ellas individualmente no exigen adaptaciones distintivas de nuestra conducta, ¿qué diferencia vital puede importarle posiblemente a la religión de un hombre el que sean verdaderas o falsas?
Por mi parte, aunque me disguste decir algo que pueda herir asociaciones tiernas, debo confesar francamente que, incluso si estos atributos hubiesen sido deducidos sin tacha, no alcanzo a concebir que tenga la más mínima importancia para nosotros en el plano religioso que cualquiera de ellos sea verdad.