Diario de Mina Harker. 1 de noviembre. —Hemos viajado todo el día y a buen ritmo. Los caballos parecen saber que se les trata con amabilidad, pues recorren de buena gana cada etapa a su máxima velocidad. Hemos hecho ya tantos cambios y comprobado lo mismo con tanta constancia que nos anima a pensar que el viaje será fácil. El doctor Van Helsing es lacónico; les dice a los campesinos que tiene prisa por llegar a Bistritz y les paga bien para efectuar el cambio de caballos. Tomamos sopa caliente, o café, o té, y nos ponemos en marcha. Es un país precioso, lleno de bellezas de todas las clases imaginables; la gente es valiente, fuerte y sencilla, y parece rebosar buenas cualidades. Son muy, muy supersticiosos. En la primera casa donde paramos, cuando la mujer que nos atendió vio la cicatriz en mi frente, se santiguó y me extendió dos dedos para alejar el mal de ojo. Creo que se tomaron la molestia de poner una cantidad adicional de ajo en nuestra comida, y no soporto el ajo. Desde entonces he tenido cuidado de no quitarme el sombrero ni el velo, escapando así de sus sospechas. Viajamos rápido y, como no llevamos cochero que vaya con cuentos, nos adelantamos a los chismes; pero me atrevo a decir que el miedo al mal de ojo nos perseguirá de cerca durante todo el trayecto. El profesor parece incansable; en todo el día no quiso descansar, aunque a mí me hizo dormir un buen rato. A la hora de la puesta de sol me hipnotizó, y dice que respondí como de costumbre: «oscuridad, chapoteo de agua y crujido de madera»; de modo que nuestro enemigo sigue en el río. Me da
Table of Contents
XXVII. Diario de Mina Harker
535