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XXVII. Diario de Mina Harker

nieve cayendo en copos tan grandes cerca de nosotros y, más allá, el sol brillando cada vez con más fuerza a medida que descendía hacia las lejanas cumbres de los montes. Barriendo todo nuestro alrededor con los prismáticos, podía ver aquí y allá puntos que se movían solos, en parejas, de a tres y en mayor número: los lobos se estaban congregando para su presa. Cada instante parecía una eternidad mientras esperábamos. El viento soplaba ahora con ráfagas furiosas y la nieve era arrastrada con furia al abalanzarse sobre nosotros en remolinos circulares. A veces no veíamos a un brazo de distancia ante nosotros; pero en otras ocasiones, al pasar junto a nosotros el viento de sonido hueco, parecía despejar el espacio de aire a nuestro alrededor para que pudiéramos ver a lo lejos. Últimamente habíamos estado tan acostumbrados a vigilar la salida y la puesta del sol que sabíamos con bastante precisión cuándo ocurriría; y sabíamos que antes de mucho el sol se pondría. Era difícil creer que, según nuestros relojes, hubiera pasado menos de una hora de espera en aquel refugio rocoso antes de que los distintos grupos empezaran a confluir estrechamente sobre nosotros. El viento soplaba ahora con ráfagas más feroces y amargas, y de manera más constante desde el norte. Aparentemente había alejado de nosotros las nubes de nieve, pues, salvo por ráfagas ocasionales, la nieve cesó de caer. Podíamos distinguir claramente a los individuos de cada bando, los perseguidos y los perseguidores. Curiosamente, los perseguidos no parecían darse cuenta, o al menos no les importaba, de que eran perseguidos; sin embargo, parecían apresurarse con velocidad redoblada a medida que el sol descendía más y más sobre las cumbres de los montes. Se acercaban cada vez más. El Profesor y yo nos agachamos tras nuestra roca

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