sus prismáticos de la funda, se subió a lo alto de la roca y comenzó a escrutar el horizonte. De repente exclamó:— —¡Mire, señora Mina, mire, mire! Me levanté de un salto y me puse a su lado sobre la roca; él me entregó los prismáticos y señaló. La nieve caía ahora con más fuerza y remolineaba con fiereza, pues empezaba a soplar un viento fuerte. Sin embargo, a veces había pausas entre las ráfagas de nieve y podía ver a lo largo de un gran trecho. Desde la altura en que nos encontrábamos era posible divisar una gran distancia y, allá a lo lejos, más allá del páramo blanco de nieve, pude ver el río extendiéndose como una cinta negra en curvas y rizos a medida que serpenteaba. Justo delante de nosotros y no muy lejos —de hecho, tan cerca que me extrañaba no haberlo notado antes— venía un grupo de hombres a caballo que avanzaban apresuradamente. En medio de ellos había un carro, un carro largo de escalera que oscilaba de un lado a otro, como la cola de un perro al menearse, con cada abrupta irregularidad del camino. Silueteados contra la nieve como estaban, pude ver por las ropas de los hombres que eran campesinos o gitanos de algún tipo. Sobre el carro había un gran arca cuadrada. El corazón me dio un vuelco al verla, pues sentí que el final se acercaba. La tarde ya estaba tocando a su fin, y bien sabía yo que a la puesta del sol la Cosa, que hasta entonces había estado prisionera allí, recobraría la libertad y podría, de entre muchas formas posibles, eludir toda persecución. Con temor me volví hacia el Profesor; para mi consternación, sin embargo, él no estaba allí. Un instante después, lo vi abajo. Alrededor de la roca había trazado un círculo, como aquel en el que nos habíamos refugiado la noche anterior. Cuando hubo terminado, se detuvo de nuevo a mi lado, diciendo:—
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XXVII. Diario de Mina Harker
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