La señora Dalloway dijo que compraría las flores ella misma.
Pues Lucy tenía mucho trabajo por delante. Desquiciarían las puertas; los hombres de Rumpelmayer estaban al llegar.
Y luego, pensó Clarissa Dalloway, qué mañana tan hermosa, fresca como si se la hubieran regalado a unos niños en la playa.
¡Qué diversión! ¡Qué chapuzón! Pues así le había parecido siempre a ella cuando, con un leve chirrido de los quicios, que aún podía oír ahora, abría de par en par los balcones franceses y se lanzaba en Bourton al aire libre.
Qué fresco, qué calma, más tranquilo que este por supuesto, era el aire a primera hora de la mañana; como el golpe de una ola; el beso de una ola; frío y cortante y sin embargo (para una muchacha de dieciocho años como era entonces) solemne, al sentir, tal como estaba allí junto a la ventana abierta, que algo terrible iba a suceder; al mirar las flores, los árboles con el humo elevándose en espirales y los grajos alzándose, cayendo; al estar de pie y mirar hasta que Peter Walsh dijo: «¿Meditando entre los vegetales?»—¿era eso?—«Prefiero los hombres a las coles»—¿era eso?
Debió de decirlo una mañana en el desayuno cuando ella había salido a la terraza—Peter Walsh. Uno de estos días volvería de la India, en junio o julio, no recordaba cuál, porque sus cartas eran horriblemente aburridas; lo que uno recordaba eran sus frases; sus ojos, su navaja, su sonrisa, su malhumor y, cuando millones de cosas se habían desvanecido por completo—¡qué extraño era!—, unas pocas frases como esta sobre las coles.
Se puso un poco rígida en el bordillo, esperando a que pasara la furgoneta de Durtnall.
Una mujer encantadora, pensó Scrope Purvis (conociéndola como uno conoce a la gente que vive en la puerta de al lado en Westminster); con un aire de pájaro, de arrendajo, azul verdosa, ligera, vivaz, a pesar de haber pasado de los cincuenta y de habérsele puesto el pelo muy blanco desde su enfermedad.
Allí se quedó posada, sin verlo, esperando para cruzar, muy erguida.
Por haber vivido en Westminster —¿cuántos años ya? más de veinte—, uno siente aun en medio del tráfico, o al despertarse de noche, Clarissa estaba segura, un silencio particular, o solemnidad; una pausa indescriptible; una tensión (pero eso podía ser su corazón, afectado, decían, por la gripe) antes de que dé la hora el Big Ben. ¡Ya! Allá resonó su estruendo. Primero un aviso, musical; luego la hora, irrevocable. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire. Qué tontos somos, pensó, al cruzar Victoria Street. Pues sólo Dios sabe por qué se ama tanto, cómo se lo ve así, inventándolo, construyéndolo a su alrededor, derrumbándolo, creándolo cada instante de nuevo; pero las mamarrachas más veraces, los más abatidos desdichados sentados en los umbrales (la bebida es su perdición) hacen lo mismo; no se les puede aplicar, sentía la certeza, ninguna ley del Parlamento precisamente por eso: aman la vida. En los ojos de la gente, en el balanceo, el paso firme y el arrastrar de pies; en el bramido y el alboroto; los carruajes, automóviles, omnibuses, furgonetas, hombres sándwich que avanzaban arrastrando los pies y los brazos; bandas de música; organillos; en el triunfo y el tintineo y el extraño y agudo canto de algún aeroplano allá arriba estaba lo que amaba; la vida; Londres; este momento de junio.
Porque era mediados de junio. La guerra había terminado, salvo para alguien como la señora Foxcroft, anoche en la Embajada, consumiéndose de pena porque aquel muchacho encantador había muerto y ahora la antigua casa solariega tendría que pasar a manos de un primo; o para Lady Bexborough, que inauguró un bazar, según decían, con el telegrama en la mano: John, su preferido, muerto; pero había terminado; gracias al cielo, terminado. Era junio. Los reyes estaban en Palacio.
Y en todas partes, aunque aún era muy temprano, se sentía un latido, un revuelo de ponis al galope, el golpeteo de los bates de críquet; Lords, Ascot, Ranelagh y todo lo demás; envuelto en la suave red del aire gris azulado de la mañana que, a medida que avanzara el día, iría deshilachándose y dejaría caer sobre sus céspedes y campos a los ponis brincones, cuyas pezuñas delanteras apenas tocaban el suelo para luego saltar de nuevo, a los jóvenes veloces y a las muchachas riendo en sus muselinas transparentes que, incluso ahora, tras bailar toda la noche, sacaban a correr a sus absurdos perritos lanudos; e incluso ahora, a estas horas, discretas y ancianas damas de la alta sociedad salían disparadas en sus automóviles en misiones misteriosas; y los tenderos se ajetreaban en sus escaparates con sus pastas y diamantes, sus preciosos y antiguos broches verde mar con engastes del siglo XVIII para tentar a los estadounidenses (pero había que hacer economía, no comprar cosas a la ligera para Elizabeth), y ella también, amándolo como lo amaba con una pasión absurda y fiel, siendo parte de ello, ya que su gente había sido cortesana antaño en tiempos de los Jorge, ella también, esa misma noche, iba a encenderse e iluminarse; a dar su fiesta.
Pero qué extraño, al entrar en el Parque, el silencio; la niebla; el zumbido; los patos felices que nadan despacio; las aves abuchacadas que caminan tambaleándose; y quién iba a venir por allí con la espalda apoyada en los edificios del Gobierno, de la manera más apropiada, portando una cartera de ministro estampada con las Armas Reales, quién iba a ser sino Hugh Whitbread; su viejo amigo Hugh, ¡el admirable Hugh!
—¡Buenos días, Clarissa! —dijo Hugh, con bastante exageración, pues se conocían desde niños—. ¿A dónde vas?
—Me encanta pasear por Londres —dijo la señora Dalloway—. De verdad, es mejor que pasear por el campo.
Acababan de venir —por desgracia— a ver a los médicos. Otra gente venía a ver cuadros; a ir a la ópera; a sacar a sus hijas; los Whitbread venían «a ver a los médicos». Infinidad de veces había visitado Clarissa a Evelyn Whitbread en un sanatorio. ¿Estaba enferma Evelyn otra vez? Evelyn andaba bastante indispuesta, dijo Hugh, insinuando mediante una especie de puchero o hinchazón de su muy bien cubierto, varonil, extremadamente apuesto y perfectamente entallado cuerpo (iba siempre casi demasiado arreglado, pero supuestamente tenía que ser así, con su puestecito en la Corte) que su esposa tenía alguna dolencia interna, nada grave, que, como vieja amiga, Clarissa Dalloway comprendería perfectamente sin necesidad de que él lo especificara. Ah, sí, claro que la comprendía; ¡qué lata!; y se sentía muy fraternal y extrañamente consciente al mismo tiempo de su sombrero. ¿No era el sombrero adecuado para primera hora de la mañana, era eso? Pues Hugh siempre la hacía sentirse, mientras se apresuraba, levantando el sombrero de forma bastante ostentosa y asegurándole que podría pasar por una muchacha de dieciocho años, y por supuesto que iba a venir a su fiesta esta noche, Evelyn insistía absolutamente, solo que tal vez llegaría un poco tarde después de la fiesta en el Palacio a la que tenía que llevar a uno de los muchachos de Jim; ella siempre se sentía un poco insignificante al lado de Hugh; como una colegiala; pero encariñada con él, en parte por haberlo conocido de toda la vida, aunque de verdad creía que era un buen tipo a su manera, a pesar de que Richard casi se volvía loco con él y, en cuanto a Peter Walsh, jamás de los jamases la había perdonado por que le cayera bien.
Podía recordar escena tras escena en Bourton: Peter furioso; Hugh no era, por supuesto, rival para él de ningún modo, pero tampoco un imbécil redomado como aseguraba Peter; ni un mero maniquí de peluquería.
Cuando su anciana madre le pedía que dejara de cazar o que la llevara a Bath, lo hacía sin decir una palabra; era verdaderamente desinteresado, y en cuanto a decir, como hacía Peter, que no tenía corazón, ni cerebro, nada más que los modales y la educación de un caballero inglés, eso no era más que su querido Peter en su peor momento; y podía llegar a ser intolerable; podía llegar a ser imposible; pero adorable para pasear con él en una mañana como esta.
(Junio había sacado todas las hojas de los árboles. Las madres de Pimlico amamantaban a sus pequeños. Cruzaban mensajes desde la flota hasta el Almirantazgo. Arlington Street y Piccadilly parecían rozar el aire mismo del parque y levantar sus hojas con fervor, brillantemente, sobre olas de aquella vitalidad divina que Clarissa amaba. Bailar, cabalgar, lo había adorado todo.)
Pues podían separarse por cientos de años, ella y Peter; ella nunca escribía una carta y las de él eran ramas secas; pero de repente le asaltaba la idea, si estuviera conmigo ahora, ¿qué diría?—algunos días, algunas visiones que se lo devolvían con serenidad, sin la antigua amargura; lo cual tal vez era la recompensa de haberse importado la gente; volvían en medio de St. James’s Park en una hermosa mañana—en verdad que sí. Pero Peter—por muy hermoso que fuera el día, y los árboles y la hierba, y la niña de rosa—Peter nunca veía nada de todo aquello. Se ponía las gafas, si ella se lo mandaba; miraba. Le interesaba el estado del mundo; Wagner, la poesía de Pope, los caracteres de la gente eternamente, y los defectos del alma de ella. ¡Cómo la regañaba! ¡Cómo discutían! Ella se casaría con un primer ministro y se pararía en lo alto de una escalinata; la anfitriona perfecta la llamaba él (había llorado por ello en su dormitorio), tenía madera de anfitriona perfecta, decía.
De modo que todavía se encontraba discutiendo en St. James’s Park, todavía demostrando que había tenido razón —y así era— en no casarse con él. Pues en el matrimonio tiene que haber un poco de manga ancha, un poco de independencia entre personas que viven juntas día tras día en la misma casa; lo cual Richard le daba a ella, y ella a él. (¿Dónde estaría él esta mañana, por ejemplo? En alguna comisión, nunca preguntaba cuál). Pero con Peter todo tenía que ser compartido; todo profundizado. Y era intolerable, y cuando llegó aquella escena en el pequeño jardín junto a la fuente, tuvo que romper con él o se habrían destrozado, arruinados los dos, estaba convencida; aunque había llevado consigo durante years como una flecha clavada en el corazón el dolor, la angustia: ¡y luego el horror del momento en que alguien le dijo en un concierto que él se había casado con una mujer conocida en el barco rumbo a la India! Nunca olvidaría todo aquello. Fría, desalmada, mojigata, la llamó. Jamás pudo entender cómo le importaba ella. Pero aquellas mujeres indias presumiblemente sí —papanatas tontas, bonitas, frívolas—. Y ella derrochaba su compasión. Pues él era muy feliz, le aseguró —perfectamente feliz, aunque nunca había hecho nada de lo que hablaban—; toda su vida había sido un fracaso. Aquello todavía la enfadaba.
Había llegado a las puertas del parque. Se detuvo un momento, mirando los ómnibus en Piccadilly.
Ya no diría de nadie en el mundo que era esto o aquello.
Se sentía muy joven; al mismo tiempo, indeciblemente anciana.
Atravesaba todo como un cuchillo; al mismo tiempo estaba fuera, contemplándolo.
Tenía la sensación constante, al mirar los taxis, de estar fuera, fuera, mar adentro y sola; siempre tenía la sensación de que era muy, muy peligroso vivir tan solo un día.
No es que se creyera inteligente, ni mucho menos fuera de lo común.
Cómo se había abierto paso en la vida con las pocas ramitas de conocimiento que la Fräulein Daniels les daba, no lograba comprenderlo.
No sabía nada; ningún idioma, ninguna historia; apenas leía un libro ahora, salvo memorias en la cama; y, sin embargo, para ella era absolutamente absorbente; todo esto; los taxis pasando; y no diría de Peter, no diría de sí misma, soy esto, soy aquello.
Su único don era conocer a la gente casi por instinto, pensó, mientras seguía andando. Si la metías en una habitación con alguien, se le erizaba el lomo como a un gato; o ronroneaba.
Devonshire House, Bath House, la casa de la cacatúa de porcelana, las había visto todas iluminadas una vez; y recordaba a Sylvia, a Fred, a Sally Seton—¡tanta gente!; y bailando toda la noche; y los carros avanzando pesadamente hacia el mercado; y volviendo a casa en coche a través del Parque. Recordaba haber tirado una vez un chelín al Serpentine.
Pero todo el mundo recordaba; lo que a ella le encantaba era esto, aquí, ahora, frente a ella; la señora gorda del carruaje.
¿Importaba entonces, se preguntó, caminando hacia Bond Street, importaba que ella tuviera que desaparecer inevitablemente por completo; todo esto debía seguir sin ella; le resentía eso; o no se volvía consolador creer que la muerte terminaba de veras? sino que de algún modo en las calles de Londres, en el flujo y reflujo de las cosas, aquí, allá, ella sobrevivía, Peter sobrevivía, vivían el uno en el otro, siendo ella parte, estaba segura, de los árboles de su casa; de la casa de allí, fea, desparramada en mil pedazos tal como era; parte de gente que nunca había conocido; tendida como una bruma entre la gente que mejor conocía, que la alzaba en sus ramas como había visto a los árboles alzar la bruma, pero se extendía muchísimo, su vida, ella misma.
Pero ¿qué estaba soñando mientras miraba el escaparate de la librería Hatchards? ¿Qué intentaba recuperar? ¿Qué imagen de alba blanca en el campo, mientras leía en el libro abierto:
Ya no temas el calor del sol, ni las furias del invierno.
Esta última época de la experiencia del mundo había engendrado en todos ellos, en todos los hombres y mujeres, un pozo de lágrimas.
Lágrimas y dolores; valor y resistencia; un porte perfectamente recto y estoico.
Piense, por ejemplo, en la mujer que ella más admiraba, Lady Bexborough, inaugurando el bazar.
Allí estaban las Excursiones y alegrías de Jorrocks; estaban Soapy Sponge, y las Memorias de la señora Asquith y Caza mayor en Nigeria, todos abiertos de par en par. Había montones y montones de libros; pero ninguno que pareciera exactamente el adecuado para llevarle a Evelyn Whitbread al sanatorio.
Nada que sirviera para divertirla y hacer que aquella mujer indefectiblemente seca y chuchurrida pusiera, cuando Clarissa entraba, una cara cordial aunque fuera por un instante; antes de instalarse para la habitual e interminable charla sobre las dolencias de las mujeres.
Cuánto deseaba aquello —que la gente pusiera cara de alegría al verla entrar—, pensó Clarissa, dio media vuelta y emprendió el camino de regreso hacia Bond Street, molesta, porque era una tontería tener otros motivos para hacer las cosas. Mucho antes habría preferido ser de esas personas como Richard que hacían las cosas por sí mismas, en tanto que ella, pensó, esperando para cruzar, la mitad del tiempo hacía las cosas no de manera simple, no por ellas mismas; sino para hacer que la gente pensara esto o aquello; perfecta idiotez, lo sabía (y en ese momento el policía levantó la mano), pues a nadie se engañaba ni por un segundo.
¡Ah, si pudiera volver a vivir su vida!, pensó, pisando la acera, ¡si al menos hubiera tenido otro aspecto!
Ella habría sido, en primer lugar, morena como Lady Bexborough, con una piel de cuero curtido y hermosos ojos. Habría sido, como Lady Bexborough, lenta y majestuosa; más bien grandota; interesada en la política como un hombre; con una casa de campo; muy digna, muy sincera.
En lugar de lo cual tenía una figura delgada y enjuta como una vara de guisantes; una carita ridícula, con pico de pájaro. Que se erguía bien era verdad; y tenía bonitas manos y pies; y vestía bien, teniendo en cuenta que gastaba poco.
Pero a menudo ahora este cuerpo que llevaba (se detuvo a mirar un cuadro holandés), este cuerpo, con todas sus capacidades, no parecía nada—absolutamente nada. Tenía la extraña sensación de ser invisible; de no ser vista; de no ser conocida; de que ya no había más bodas ni más tener hijos, sino solo este asombroso y más bien solemne avance con todos los demás, calle arriba por Bond Street, esto de ser la señora Dalloway; ni siquiera Clarissa ya; esto de ser la señora Richard Dalloway.
Bond Street la fascinaba; Bond Street temprano por la mañana en plena temporada; sus banderas ondeando; sus tiendas; sin ostentación; sin brillo; un rollo de tweed en la tienda donde su padre se había comprado los trajes durante cincuenta años; unas pocas perlas; salmón sobre un bloque de hielo.
“Eso es todo”, dijo, mirando hacia la pescadería.
“Eso es todo”, repitió, deteniéndose un momento ante el escaparate de una tienda de guantes donde, antes de la guerra, se podían comprar guantes casi perfectos. Y su viejo tío William solía decir que a una dama se la conoce por los zapatos y por los guantes. Se había girado en la cama una mañana, en plena guerra. Había dicho: “Ya he tenido bastante”.
Guantes y zapatos; sentía pasión por los guantes; pero su propia hija, su Elizabeth, no daba un bledo por ninguno de los dos.
Ni un ápice, pensó, subiendo por Bond Street hacia una tienda donde le guardaban flores para cuando daba una fiesta.
Elizabeth, en verdad, era a su perro a quien más quería. Toda la casa olía hoy a alquitrán.
Aun así, más valía la pobre Grizzle que la señorita Kilman; ¡más valía el moquillo y el alquitrán y todo lo demás que estar encerrada en un dormitorio cargado con un libro de oraciones! Más valía cualquier cosa, se inclinaba a pensar.
Pero tal vez fuera solo una etapa, como decía Richard, de esas por las que pasan todas las chicas. Tal vez fuera enamorarse. ¿Pero por qué de la señorita Kilman? A quien habían tratado muy mal, por supuesto; había que tener eso en cuenta, y Richard decía que era muy capaz, con una mente verdaderamente histórica.
De todos modos eran inseparables, y Elizabeth, su propia hija, iba a comunión; y cómo se vestía, cómo trataba a la gente que venía a almorzar no le importaba en absoluto, ya que su experiencia le indicaba que el éxtasis religioso volvía a la gente insensible (al igual que las causas); embotaba sus sentimientos, pues la señorita Kilman haría cualquier cosa por los rusos, se moría de hambre por los austriacos, pero en privado infligía un verdadero tormento, tan insensible era, vestida con un abrigo impermeable verde.
Año tras año llevaba aquel abrigo; sudaba; no pasaba cinco minutos en la habitación sin hacerte sentir su superioridad, tu inferioridad; lo pobre que era; lo rica que tú eras; cómo vivía en un suburbio sin un cojín ni una cama ni una alfombra ni lo que fuera, con toda el alma enmohecida por aquel resentimiento clavado en ella, su destitución de la escuela durante la guerra—¡pobre, amargada, desdichada criatura!
Porque no era a ella a quien una odiaba, sino a su idea, la cual sin duda había congregado en su seno muchísimo que no pertenecía a la señorita Kilman; se había convertido en uno de esos espectros con los que uno combate por la noche; uno de esos espectros que se nos ponen a horcajadas y nos sorben media sangre vital, dominadores y tiranos; ¡pues sin duda con otra tirada de dados, de haber salido cara la negra y no la blanca, habría amado a la señorita Kilman! Pero no en este mundo. No.
Le irritaba, sin embargo, tener removiéndose dentro de sí a este monstruo brutal; ¡oír ramitas crujir y sentir pezuñas plantadas en las profundidades de ese bosque cubierto de hojas, el alma!; no estar nunca del todo satisfecha, ni del todo segura, pues en cualquier momento el bruto se agitaría, este odio, que, sobre todo desde su enfermedad, tenía el poder de hacerla sentir raspada, lastimada en la columna; le causaba dolor físico, ¡y hacía que todo placer en la belleza, en la amistad, en estar bien, en ser amada y en hacer de su hogar un sitio encantador temblara, oscilara y se doblara como si en verdad hubiera un monstruo hozando en las raíces, como si toda la panoplia de la satisfacción no fuera más que amor propio!, ¡este odio!
¡Tonterías, tonterías!, se dijo a sí misma, empujando las puertas de vaivén de la floristería Mulberry.
Avanzó, ligera, alta, muy erguida, para ser recibida de inmediato por la señorita Pym, de rostro abotonado, cuyas manos siempre estaban de un rojo brillante, como si las hubiera tenido metidas en agua fría con las flores.
Había flores: espuelas de caballero, guisantes de olor, ramos de lila; y claveles, masas de claveles. Había rosas; había lirios. Ah, sí —así respiraba el dulce olor a tierra y jardín mientras se quedaba hablando con la señorita Pym, que le debía ayuda y la creía amable, pues amable había sido años atrás; muy amable, pero se veía más mayor este año, girando la cabeza de un lado a otro entre los lirios, las rosas y los penachos ondeantes de las lilas, con los ojos medio cerrados, sorbiendo, tras el estrépito de la calle, el delicioso aroma, la exquisitez del frescor. Y entonces, al abrir los ojos, qué frescas, como ropa con volantes recién salida de la lavandería colocada en bandejas de mimbre, se veían las rosas; y oscuros y estirados los claveles rojos, con la cabeza erguida; y todos los guisantes de olor desparramados en sus boles, teñidos de violeta, blanco nieve, pálidos— como si fuera el atardecer y muchachas con vestidos de muselina salieran a cortar guisantes de olor y rosas después de que el soberbio día de verano, con su cielo casi azul negruzco, sus espuelas de caballero, sus claveles, sus alcatraces, hubiera terminado; y fuera el momento entre las seis y las siete en que cada flor —rosas, claveles, lirios, lila— brilla; blanca, violeta, roja, naranja intenso; cada flor parece arder por sí misma, suavemente, con pureza en los bancales brumosos; ¡y cómo le encantaban las polillas grisáceas revoloteando de entrada y salida, sobre el heliotropo, sobre las enaguas!
Y mientras empezó a ir con la señorita Pym de frasco en frasco, eligiendo, tonterías, tonterías, se decía a sí misma, cada vez más suavemente, como si esta belleza, este aroma, este color, y el que la señorita Pym la quisiera, confiara en ella, fueran una ola que dejaba fluir sobre sí misma y sobrepasar aquel odio, aquel monstruo, sobrepasarlo todo; y la alzaba más y más cuando —¡oh! ¡un pistolazo en la calle de fuera!
—Querida, esos automóviles —dijo la señorita Pym, acercándose a la ventana para mirar, y volviendo y sonriendo disculpualmente con las manos llenas de guisantes de olor, como si esos automóviles, esos neumáticos de automóvil, fueran todos culpa suya.
La violenta explosión que hizo dar un salto a la señora Dalloway y acudir a la ventana a la señorita Pym para disculparse procedía de un automóvil que se había detenido junto a la acera precisamente enfrente del escaparate de la tienda de Mulberry.
Los transeúntes, que por supuesto se detuvieron y se quedaron mirando, apenas tuvieron tiempo de ver un rostro de la mayor importancia contra la tapicería gris perla, antes de que una mano masculina corriera la cortinilla y ya no quedara nada por ver salvo un cuadrado gris perla.
Sin embargo, los rumores comenzaron a circular de inmediato desde mitad de Bond Street hasta Oxford Street por un lado, y hasta la perfumería de Atkinson por el otro, deslizándose invisible e inaudiblemente como una nube, raudos y vaporosos sobre las colinas, cayendo en verdad con algo de la sobriedad y la quietud repentinas de una nube sobre rostros que un segundo antes habían estado completamente alborotados.
Pero ahora el misterio los había rozado con su ala; habían escuchado la voz de la autoridad; el espíritu de la religión andaba suelto con los ojos vendados de apretadamente y los labios abiertos de par en par.
Pero nadie sabía de quién era el rostro que se había visto. ¿Era el del Príncipe de Gales, el de la Reina, el del Primer Ministro? ¿De quién era el rostro? Nadie lo sabía.
Edgar J. Watkiss, con su rollo de tubería de plomo alrededor del brazo, dijo audiblemente, en tono humorístico por supuesto: «El coche del Pr-rime Ministro».
Septimus Warren Smith, que se vio incapaz de avanzar, lo oyó.
Septimus Warren Smith, de unos treinta años, rostro pálido, nariz aguileña, con zapatos marrones y un abrigo deslucido, de ojos color avellana que tenían esa mirada de aprensión que hace que perfectos desconocidos se sientan también aprensivos.
El mundo ha levantado el látigo; ¿dónde caerá?
Todo se había detenido. El latido de los motores sonaba como un pulso que tamborileara de forma irregular a través de todo un cuerpo.
El sol se volvió extraordinariamente caluroso porque el carruaje de motor se había detenido frente al escaparate de Mulberry; las ancianas en la parte alta de los ómnibus desplegaron sus sombrillas negras; aquí una sombrilla verde, allá una roja se abrían con un pequeño chasquido.
La señora Dalloway, que se acercaba a la ventana con los brazos llenos de guisantes de olor, miró hacia fuera con su carita rosada fruncida por la intriga.
Todo el mundo miró el carruaje de motor. Septimus miró. Los chicos en bicicleta saltaron a tierra. El tráfico se acumulaba. Y allí seguía el carruaje de motor, con las cortinillas bajadas, y sobre ellas un curioso patrón parecido a un árbol, pensó Septimus, y esta gradual confluencia de todo hacia un solo centro ante sus ojos, como si algún horror hubiera aflorado casi a la superficie y estuviera a punto de estallar en llamas, lo aterró.
El mundo oscilaba, temblaba y amenazaba con estallar en llamas. Soy yo quien está bloqueando el paso, pensó. ¿Acaso no lo estaban mirando y señalando?; ¿acaso no estaba pesado allí, arraigado al pavimento, con un propósito? ¿Pero con qué propósito?
—Sigamos, Septimus —dijo su esposa, una mujercita de grandes ojos en un rostro cetrino y puntiagudo; una muchacha italiana.
Pero la propia Lucrezia no pudo evitar mirar el automóvil y el dibujo de los árboles en los visillos. ¿Sería la Reina la que iba ahí dentro—la Reina de compras?
El chófer, que había estado abriendo algo, girando algo, cerrando algo, subió al pescante.
—Vamos —dijo Lucrezia.
Pero su marido, pues ya llevaban cuatro o cinco años casados, dio un brinco, se sobresaltó y dijo: «¡Muy bien!», enfadado, como si ella lo hubiera interrumpido.
La gente tenía que fijarse; la gente tenía que ver. La gente, pensó, mirando a la muchedumbre que contemplaba el automóvil; los ingleses, con sus niños y sus caballos y su ropa, que a su manera admiraba; pero ahora eran «la gente», porque Septimus había dicho: «Me suicidaré»; algo espantoso de decir. ¿Y si le hubieran oído? Miró a la multitud. ¡Socorro, socorro!, quería gritarles a los pinches de carnicería y a las mujeres. ¡Socorro!
¡Tan solo el otoño pasado, ella y Septimus habían estado de pie en el Embankment arropados en la misma capa y, como Septimus leía un periódico en vez de hablar, ella se lo había arrebatado y se había reído en la cara del viejo que los había visto! Pero el fracaso se oculta. Tenía que llevárselo a algún parque.
“Ahora cruzaremos”, dijo ella.
Ella tenía derecho a su brazo, aunque estuviera desprovisto de sensibilidad. Él le daría a ella, que era tan ingenua, tan impulsiva, de apenas veinticuatro años, sin amigos en Inglaterra, que había dejado Italia por amor a él, un trozo de hueso.
El automóvil, con las cortinillas bajadas y un aire de insondable reserva, avanzó hacia Piccadilly; la gente seguía mirándolo fijamente y agitando los rostros a ambos lados de la calle con el mismo hálito oscuro de veneración, aunque nadie sabía si iba dirigido a la Reina, al Príncipe o al Primer Ministro.
El rostro en sí solo había sido visto una vez por tres personas durante unos segundos. Incluso el sexo era ahora motivo de discusión.
Pero no cabía duda de que la grandeza iba sentada en su interior; la grandeza desfilaba, oculta, por Bond Street, a un palmo de distancia de la gente corriente que ahora tal vez se hallaba, por primera y última vez, al alcance de la voz de la majestad de Inglaterra, del símbolo perdurable del Estado que conocerán los curiosos anticuarios, que cernirán las ruinas del tiempo, cuando Londres no sea más que un sendero cubierto de hierba y todos aquellos que se apresuran por la acera este miércoles por la mañana no sean sino huesos mezclados en su polvo con unas pocas alianzas de boda y los empastes de oro de innumerables dientes picados.
El rostro del automóvil será entonces conocido.
Probablemente sea la Reina, pensó la señora Dalloway, al salir de lo de Mulberry con sus flores: la Reina.
Y por un segundo adoptó una expresión de extrema dignidad de pie junto a la florería bajo la luz del sol mientras el coche pasaba a paso de hombre, con las cortinillas bajadas.
La Reina yendo a algún hospital; la Reina inaugurando algún bazar, pensó Clarissa.
El gentío era tremendo para la hora que era. Lords, Ascot, Hurlingham, ¿qué era?, se preguntaba, pues la calle estaba cortada.
La clase media británica, sentada de lado en lo alto de los ómnibus con paquetes y paraguas, sí, incluso abrigos de piel en un día como este, resultaba, pensaba ella, más ridícula, más distinta a cualquier cosa que hubiera existido jamás de lo que uno pudiera imaginar; y la reina misma detenida; la reina misma incapaz de pasar.
Clarissa estaba suspendida a un lado de Brook Street; Sir John Buckhurst, el viejo juez, al otro, con el coche entre ambos (Sir John había sentado jurisprudencia durante años y le gustaba una mujer bien vestida), cuando el chófer, inclinándose apenas un instante, le dijo o le indicó algo al policía, quien saludó, levantó el brazo, sacudió la cabeza, hizo a un lado el ómnibus y el coche pasó.
Lenta y silenciosamente emprendió la marcha.
Clarissa lo adivinó; Clarissa lo sabía, por supuesto; había visto algo blanco, mágico, circular, en la mano del lacayo, un disco grabado con un nombre —¿el de la Reina, el del Príncipe de Gales, el del Primer Ministro?— que, por la fuerza de su propio brillo, se abría paso abrasador (Clarissa vio cómo el coche se empequeñecía, desaparecía), para fulgurar entre candelabros, estrellas rutilantes, pechos rígidos de hojas de roble, Hugh Whitbread y todos sus colegas, los caballeros de Inglaterra, esa noche en el Palacio de Buckingham.
Y Clarissa, también, daba una fiesta. Se puso un poco rígida; así se pararía en lo alto de su escalera.
El coche se había ido, pero había dejado una ligera ondulación que recorrió las tiendas de guantes, de sombreros y de sastrería a ambos lados de Bond Street. Durante treinta segundos todas las cabezas se inclinaron en la misma dirección: hacia el escaparate. Eligiendo un par de guantes —¿debían ser hasta el codo o por encima, de color limón o gris pálido?—, las damas se detenían; cuando la frase terminaba, algo había ocurrido. Algo tan insignificante en cada caso particular que ningún instrumento matemático, por capaz que fuera de transmitir sacudidas a China, habría podido registrar la vibración; y sin embargo, en su plenitud, bastante formidable y, en su llamamiento común, emotivo; pues en todas las sombrererías y sastrerías los desconocidos se miraban y pensaban en los muertos; en la bandera; en el Imperio. En una taberna de una callejiza trasera, un colonial insultó a la Casa de Windsor, lo que dio lugar a palabras mayores, vasos de cerveza rotos y una trifulca general, que resonó extrañamente al otro lado en los oídos de unas muchachas que compraban ropa blanca interior pasada con cinta de pura blancura para sus bodas. Pues la agitación superficial del coche que pasaba, al disiparse, rozó algo muy profundo.
Deslizándose por Piccadilly, el automóvil dobló hacia St. James’s Street.
Hombres altos, hombres de físico robusto, hombres bien vestidos con sus frac, sus chalecos blancos y el cabello peinado hacia atrás que, por razones difíciles de distinguir, estaban de pie en el ventanal de White’s con las manos detrás de las faldas de sus abrigos, mirando hacia afuera, percibieron instintivamente que la grandeza iba pasando, y la pálida luz de la presencia inmortal cayó sobre ellos como había caído sobre Clarissa Dalloway.
Al instante se pusieron aún más rectos, y retiraron las manos, y parecieron listos para acompañar a su Soberano, si fuera necesario, hasta la boca del cañón, como sus antepasados lo habían hecho antes que ellos. Los bustos blancos y las pequeñas mesas al fondo cubiertas con ejemplares del Tatler y botellas de agua de seltz parecieron aprobarlo; parecieron indicar el trigo fecundo y las casas solariegas de Inglaterra; y devolver el frágil zumbido de las ruedas del motor como las paredes de una galería de los susurros devuelven una sola voz amplificada y hecha sonora por la fuerza de una catedral entera.
Moll Pratt, envuelta en su chal y con sus flores en la acera, le deseó lo mejor al querido muchacho (era el Príncipe de Wales sin lugar a dudas) y habría arrojado a St. James’s Street el precio de un tarro de cerveza —un ramo de rosas— por pura alegría y desprecio a la pobreza si no hubiera visto la mirada del gendarme sobre ella, desanimando la lealtad de una vieja irlandesa.
Los centinelas en St. James’s saludaron; el policía de la reina Alejandra dio su aprobación.
Una pequeña multitud, entretanto, se había congregado a las puertas del Palacio de Buckingham.
Apáticos, pero confiados, pobres todos ellos, esperaban; * miraban el Palacio mismo con la bandera izada; * a Victoria, ondeando sobre su montículo, admiraban sus terrazas de agua corriente, sus geranios; * distinguían de entre los automóviles en el Mall primero a éste, luego a aquél; * prodigaban emoción, en vano, sobre plebeyos que daban un paseo; * retenían su tributo para guardarlo intacto mientras pasaba este coche y el otro; * y todo el tiempo dejaban que el rumor se acumulara en sus venas y estremeciera los nervios de sus muslos ante la idea de la Realeza mirándoles;
la Reina inclinándose; el Príncipe saludando; ante la idea de la vida celestial divinamente concedida a los Reyes; de los caballerizos y las profundas reverencias; de la antigua casa de muñecas de la Reina; de la princesa María casada con un inglés, y el Príncipe—¡ah, el Príncipe!, que decían que se parecía maravillosamente al viejo rey Eduardo, pero era muchísimo más esbelto.
El Príncipe vivía en St. James’s; pero podía venir por la mañana a visitar a su madre.
Eso dijo Sarah Bletchley con su bebé en brazos, balanceando el pie de arriba abajo como si estuviera junto a su propia repisa de chimenea en Pimlico, pero sin quitar los ojos de The Mall, mientras Emily Coates escudriñaba las ventanas del Palacio y pensaba en las doncellas, las innumerables doncellas, en los dormitorios, los innumerables dormitorios. Unida a un caballero de edad avanzada con un terrier escocés, a hombres sin ocupación, la multitud crecía. El pequeño señor Bowley, que tenía habitaciones en The Albany y estaba lacrado sobre las fuentes más profundas de la vida, pero que podía ser deslacrado de pronto, inoportunamente, sentimentalmente, por esta clase de cosas —mujeres pobres esperando a ver pasar a la reina—, mujeres pobres, niños simpáticos, huérfanos, viudas, la guerra —chist, chist—, tenía en realidad lágrimas en los ojos. Una brisa que soplaba muy tibiamente por The Mall entre los árboles escasos, pasando junto a los héroes de bronce, sacudió alguna bandera ondeando en el pecho británico del señor Bowley, y este se quitó el sombrero cuando el auto dobló hacia The Mall, lo sostuvo en alto a medida que el auto se acercaba, permitió que las pobres madres de Pimlico se apretaran contra él y se mantuvo muy erguido. El auto avanzó.
De pronto, la señora Coates levantó la vista hacia el cielo. El ruido de un aeroplano perforó ominosamente los oídos de la multitud. ¡Ahí venía, sobrevolando los árboles, soltando humo blanco por la parte trasera que se rizaba y torcía, escribiendo algo de verdad! ¡haciendo letras en el cielo! Todos miraron hacia arriba.
Cayendo a plomo, el aeroplano se disparó verticalmente hacia arriba, describió un rizo, corrió, descendió, se elevó, y hiciera lo que hiciese, fuera adonde fuese, iba desprendiendo y agitando tras de sí una espesa barra rizada de humo blanco que se rizaba y enroscaba en el cielo formando letras.
¿Pero qué letras? ¿Era una C? ¿Una E, luego una L?
Tan solo un momento se quedaron quietas; luego se movieron y se fundieron y se borraron allá arriba en el cielo, y el aeroplano se alejó raudo y de nuevo, en un espacio limpio del cielo, comenzó a escribir una K, ¿una E, tal vez una Y?
—Blaxo —dijo la señora Coates con voz tensa y sobrecogida, mirando fijamente hacia arriba, y su bebé, que yacía tieso y pálido en sus brazos, miró fijamente hacia arriba.
—Kreemo —murmuró la señora Bletchley, como sonámbula. Con el sombrero sostenido con absoluta quietud en la mano, el señor Bowley miraba fijamente hacia arriba.
A lo largo de todo el Mall la gente se detenía a mirar hacia el cielo. Al mirar, el mundo entero quedó en absoluto silencio, y una bandada de giotas surcó el cielo, primero una gaviota al frente, luego otra, y en este extraordinario silencio y paz, en esta palidez, en esta pureza, las campanas dieron las once, y el sonido se desvaneció allá arriba, entre las gaviotas.
El aeroplano viró, corrió y se abalanzó exactamente a donde le placía, con rapidez, con libertad, como un patinador—
—Eso es una mi —dijo la señora Bletchley
—o un bailarín—
—Es caramelo duro —murmuró el señor Bowley—
(y el coche entró por las puertas y nadie lo miró), y apagando el humo, lejos y más lejos se precipitó, y el humo se desvaneció y se congregó alrededor de las anchas formas blancas de las nubes.
Se había ido; estaba detrás de las nubes. No había ningún sonido. Las nubes a las que las letras E, G o L se habían adherido se movían libremente, como si estuvieran destinadas a cruzar de oeste a este en una misión de la mayor importancia que jamás sería revelada, y sin embargo, ciertamente así era: una misión de la mayor importancia.
Luego, de repente, como un tren que sale de un túnel, el aeroplano salió de nuevo de las nubes, con el zumbido perforando los oídos de toda la gente en The Mall, en Green Park, en Piccadilly, en Regent Street, en Regent’s Park, y la estela de humo se curvó detrás y cayó y se elevó y escribió una letra tras otra, pero ¿qué palabra estaba escribiendo?
Lucrezia Warren Smith, sentada junto a su esposo en un banco del Regent’s Park en el Broad Walk, levantó la vista.
—¡Mira, mira, Septimus! —gritó ella.
Porque el doctor Holmes le había dicho que hiciera que su marido (que no tenía absolutamente nada grave, sino que estaba un poco indispuesto) se interesara por cosas ajenas a él mismo.
Así pues, pensó Septimus, mirando hacia arriba, me están enviando señales. No en palabras propiamente dichas; es decir, aún no sabía leer ese idioma; pero era bastante clara, esta belleza, esta belleza exquisita, y las lágrimas se le llenaron los ojos al mirar las palabras de humo que languidecían y se deshacían en el cielo y le otorgaban, en su caridad inagotable y su bondad risueña, una forma tras otra de belleza inimaginable y le señalaban su intención de proporcionarle, gratis, para siempre, con solo mirar, ¡belleza, más belleza! Las lágrimas le rodaban por las mejillas.
Era caramelo blando; anunciaban caramelo blando, le dijo una niñera a Rezia. Juntas empezaron a deletrear c … a … r …
“K … R …” dijo la niñera, y Septimus le oyó decir «Kay Arr» muy cerca del oído, con voz profunda y suave, como un órgano melodioso, pero con una aspereza en la voz semejante a la de un saltamontes, que le rascó la columna deliciosamente y envió a su cerebro ondas de sonido que, al chocar, se quebraban.
¡Un descubrimiento maravilloso en verdad!: ¡que la voz humana en ciertas condiciones atmosféricas (porque hay que ser científico, ante todo científico) puede infundir vida a los árboles!
Por fortuna, Rezia le puso la mano con un peso tremendo en la rodilla, de modo que quedó agobiado, traspasado, o la excitación de los olmos alzándose y cayendo, alzándose y cayendo con todas sus hojas iluminadas y el color aclarándose y espesándose del azul al verde de una ola hueca, como plumas en las cabezas de los caballos, plumas en las de las damas, tan orgullosamente se alzaban y caían, tan soberbiamente, lo habrían vuelto loco.
Pero no iba a volverse loco. Cerraría los ojos; no vería más.
Pero le hacían gestos; las hojas estaban vivas; los árboles estaban vivas. Y al estar las hojas conectadas por millones de fibras con su propio cuerpo, allí en el banco, lo abanicaban arriba y abajo; cuando la rama se estiraba él, también, hacía esa afirmación. Los gorriones aleteando, elevándose y cayendo en fuentes irregulares formaban parte del diseño; el blanco y el azul, barrados por ramas negras. Los sonidos hacían armonías con premeditación; los espacios entre ellos eran tan significativos como los sonidos. Un niño lloró. Con toda justicia a lo lejos sonó una bocina. Todo tomado en conjunto significaba el nacimiento de una nueva religión—
—¡Septimus! —dijo Rezia.
Él dio un violento sobresalto. La gente tenía que notarlo.
—Voy a caminar hasta la fuente y volver —dijo ella.
Porque ya no lo soportaba más. El doctor Holmes podía decir que no pasaba nada. ¡Mucho antes preferiría que estuviera muerto!
No podía sentarse a su lado cuando él se quedaba así mirando, sin verla, y lo volvía todo terrible; el cielo y los árboles, los niños jugando, tirando de carritos, haciendo sonar silbatos, cayéndose; todo era terrible. Y él no quería matarse; y no podía decírselo a nadie.
«Septimus ha estado trabajando demasiado», eso era todo lo que podía decirle a su propia madre.
Amar vuelve a uno solitario, pensaba. No podía decírselo a nadie, ni siquiera a Septimus ahora, y al mirar atrás, lo veía sentado en su abrigo raído, solo, en el banco, encorvado, mirando fijamente. Y era de cobardes que un hombre dijera que iba a matarse, pero Septimus había luchado; era valiente; ya no era Septimus.
Se puso su cuello de encaje. Se puso su sombrero nuevo y él ni se dio cuenta; y él era feliz sin ella. ¡Nada podía hacerla feliz sin él! ¡Nada! Era egoísta. Así son los hombres. Pues no estaba enfermo. El doctor Holmes dijo que no le pasaba nada.
Extendió la mano ante ella. ¡Mira! Su alianza se le resbalaba; se había vuelto tan delgada. Era ella quien sufría, pero no tenía a nadie a quien contárselo.
Lejos quedaban Italia y las casas blancas y la habitación donde sus hermanas sentíanse a hacer sombreros, y las calles atestadas todas las tardes de gente caminando, riendo a carcajadas, ¡no medio vivas como la gente de aquí, acurrucadas en sillones de tijera, mirando unas pocas flores feas metidas en tiestos!
“Pues deberías ver los jardines de Milán”, dijo en voz alta. ¿Pero a quién?
No había nadie. Sus palabras se esfumaron. Así se esfuma un cohete. Sus chispas, tras abrirse paso rozando la noche, se rinden ante ella, la oscuridad desciende, se derrama sobre los perfiles de casas y torres; las laderas desoladas se suavizan y se desploman. Pero aunque se hayan ido, la noche está llena de ellas; despojadas de color, vacías de ventanas, existen con más pesadez, emiten lo que la luz franca del día no logra transmitir—el problema y la zozobra de las cosas congregadas allí en la oscuridad; apiñadas en la oscuridad; despojadas del alivio que el alba trae cuando, lavando las paredes de blanco y gris, salpicando cada cristal de ventana, levantando la bruma de los campos, mostrando a las vacas rojo-marrones paciendo pacíficamente, todo se engalana una vez más a la vista; vuelve a existir.
—¡Estoy sola; estoy sola! —gritó, junto a la fuente de Regent’s Park (mirando fijamente al indio y su cruz), como tal vez a medianoche, cuando se pierden todos los límites, el país vuelve a su forma ancestral, tal como lo vieron los romanos, tendido nublado, al desembarcar, y las colinas no tenían nombres y los ríos serpenteaban no sabían dónde—, tal era su oscuridad; cuando de repente, como si se extendiera un anaquel y ella se parara en él, dijo cómo era su esposa, casada hacía años en Milán, su esposa, ¡y nunca, nunca diría que él estaba loco!
Al volverse, la estantería cayó; abajo, abajo cayó ella. Pues él se había ido, pensaba ella —ido, tal como había amenazado, a suicidarse—, ¡a tirarse debajo de un carro! Pero no; ahí estaba; todavía sentado solo en el banco, con su abrigo raído, las piernas cruzadas, mirando fijamente, hablando en voz alta.
Los hombres no deben cortar los árboles. Hay un Dios.
(Apuntaba tales revelaciones en los sobres por detrás.)
Cambiad el mundo. Nadie mata por odio. Hágase saber (lo puso por escrito).
Esperó. Escuchó. Un gorrión posado en la barandilla de enfrente piuló Septimus, Septimus, cuatro o cinco veces y continuó, alargando sus notas, para cantar de forma fresca y penetrante en palabras griegas cómo no hay crimen y, unido a otro gorrión, cantaron con voces prolongadas y penetrantes en palabras griegas, desde los árboles en la pradera de la vida más allá de un río donde los muertos caminan, cómo no hay muerte.
Ahí estaba su mano; allí el muerto. Cosas blancas se agolpaban tras las verjas de enfrente. Pero no se atrevía a mirar. ¡Evans estaba tras las verjas!
—¿Qué dices? —dijo Rezia de repente, sentándose a su lado.
¡Interrumpida otra vez! Siempre estaba interrumpiendo.
Lejos de la gente —tenían que alejarse de la gente, dijo (incorporándose de un salto)—, justo allí enfrente, donde había unos sillas bajo un árbol y la larga pendiente del parque descendía como una pieza de tela verde con un toldo de techo de humo azul y rosa muy arriba, y había un baluarte de casas lejanas e irregulares difuminadas por el humo, el tráfico zumbaba en círculo y, a la derecha, animales de color pardo estiraban los largos cuellos por encima de las empalizadas del zoo, ladrando, aullando. Allí se sentaron bajo un árbol.
—Mira —le suplicó, señalando a un pequeño grupo de muchachos que cargaban bates de críquet, y uno arrastró los pies, giró sobre sus talones y volvió a arrastrarlos, como si estuviera haciendo de payaso en el music-hall.
—Mira —le suplicó ella, pues el doctor Holmes le había dicho que le hiciera reparar en las cosas reales, que fuera a un teatro de variedades, que jugara al críquet; ese era el juego exacto, había dicho el doctor Holmes, un buen juego al aire libre, justo el juego para su marido.
“Mira”, repitió ella.
Mira, le ordenaba lo invisible, la voz que ahora se comunicaba con aquel que era el mayor de los hombres, Septimus, arrebatado recientemente de la vida a la muerte, el Señor que había venido a renovar la sociedad, que yacía como una colcha, una frazada de nieve azotada tan solo por el sol, eternamente intacto, sufriendo por siempre, el chivo expiatorio, el eterno sufriente, pero él no lo quería, gimió, apartando de sí con un ademán de la mano aquel sufrimiento eterno, aquella eterna soledad.
—Mira —repitió, pues él no debía hablar solo en voz alta fuera de casa.
«Oh, mira», le suplicó ella. ¿Pero qué había que mirar? Unas pocas ovejas. Eso era todo.
El camino hacia la estación de metro de Regent’s Park—podrían decirle el camino hacia la estación de metro de Regent’s Park—, quería saber Maisie Johnson. Hacía apenas dos días que había venido de Edimburgo.
—¡Por ahí no, hacia allá! —exclamó Rezia, apartándola con un gesto para que no viera a Septimus.
Ambos parecían extraños, pensó Maisie Johnson. Todo parecía muy extraño.
En Londres por primera vez, llegada para ocupar un puesto en la oficina de su tío en Leadenhall Street, y ahora paseando por Regent’s Park por la mañana, aquella pareja en los asientos le dio un vuelco: la joven parecía extranjera, el hombre tenía un aspecto extraño; de modo que, si llegara a ser muy anciana, todavía lo recordaría y haría resonar de nuevo entre sus recuerdos cómo había paseado por Regent’s Park en una hermosa mañana de verano cincuenta años atrás.
Pues solo tenía diecinueve años y por fin se había salido con la suya, venir a Londres; y ahora, qué extraño era todo: esta pareja a la que había pedido indicaciones, y la muchacha que se había sobresaltado y retirado la mano de un golpe, y el hombre —que le pareció terriblemente raro—; peleándose, tal vez; separándose para siempre, tal vez; algo pasaba, bien lo sabía ella; y ahora toda esta gente (pues regresó al Broad Walk), los estanques de piedra, las flores bien cortadas, los hombres y mujeres ancianos, inválidos la mayoría en sillas de ruedas— todo parecía, después de Edimburgo, tan extraño.
Y Maisie Johnson, al unirse a aquella compañía de pasos lentos, miradas vagas y besada por la brisa —con las ardillas posándose y arreglándose el pelaje, las fuentes de gorriones revoloteando por las migas, los perros ocupados con las verjas, ocupados unos con otros, mientras el aire suave y cálido los envolvía y confería a la mirada fija y sin sorpresa con la que recibían la vida algo caprichoso y enternecido—, Maisie Johnson sintió de veras que tenía que exclamar ¡Ay! (pues aquel joven del banco le habíadado un vuelco al corazón. Algo pasaba, bien lo sabía).
¡Horror! ¡horror!, quería gritar. (Había dejado a su gente; ellos le habían advertido lo que pasaría).
¿Por qué no se había quedado en casa?, exclamó, girando el pomo de la barandilla de hierro.
Esa muchacha, pensó la señora Dempster (que guardaba los mendrugos para las ardillas y a menudo almorzaba en Regent’s Park), no sabe nada todavía; y la verdad es que le parecía mejor ser un poco robusta, un poco blanda, un poco moderada en las expectativas de una.
Percy bebió. Bueno, más vale tener un hijo, pensó la señora Dempster. Ella las había pasado canutas, y no pudo evitar sonreír ante una muchacha así. Ya te casarás, que guapa eres de sobra, pensó la señora Dempster. Cásate, pensó, y entonces lo sabrás. Ay, los cocineros, y todo eso. Cada hombre tiene sus manías.
Pero si yo hubiera elegido así como así de haberlo sabido, pensó la señora Dempster, y no pudo evitar el deseo de susurrarle algo a Maisie Johnson; de sentir en la arrugada bolsa de su viejo y gastado rostro el beso de la compasión. Porque había sido una vida dura, pensó la señora Dempster. ¿Qué no le había entregado? Rosas; figura; los pies también. (Se llevó los nudosos bultos bajo la falda).
Rosas, pensó con sardonismo. Pura basura, querida mía.
Pues, en realidad, entre comer, beber y aparearse, los días malos y los buenos, la vida no había sido una mera cuestión de rosas; y es más, déjeme decirle que ¡Carrie Dempster no tenía el menor deseo de cambiar su suerte por la de ninguna mujer en Kentish Town!
Pero, imploraba, piedad. Piedad por la pérdida de las rosas. Piedad le pedía a Maisie Johnson, de pie junto a los arriates de jacintos.
¡Ah, pero ese aeroplano! ¿No había anhelado siempre la señora Dempster ver tierras extranjeras? Tenía un sobrino, misionero.
Se elevó y disparó. Ella siempre iba al mar en Margate, sin perder de vista la tierra, pero no les tenía paciencia a las mujeres que le temían al agua.
Dio un giro y cayó. Se le encogió el estómago. Otra vez arriba. Hay un buen mozo a bordo, apostaba la señora Dempster, y lejos y más lejos se fue, veloz y esfumándose, lejos y más lejos disparó el aeroplano: remontándose sobre Greenwich y todos los mástiles; sobre la pequeña isla de iglesias grises, San Pablo y las demás hasta que, a ambos lados de Londres, se extendían los campos y oscuros bosques pardos donde los aventureros tordos, saltando audaces, ojeando veloces, arrebataban el caracol y lo golpeaban contra una piedra, una, dos, tres veces.
Más y más lejos se disparó el aeroplano, hasta no ser más que una chispa brillante; una aspiración; una concentración; un símbolo (tal le pareció al señor Bentley, que pasaba enérgicamente el rodillo por su franja de césped en Greenwich) del alma del hombre; de su determinación, pensó el señor Bentley, dando la vuelta al cedro, de salir de su cuerpo, más allá de su casa, mediante el pensamiento, Einstein, la especulación, las matemáticas, la teoría de Mendel—más y más lejos se disparó el aeroplano.
Luego, mientras un hombre de aspecto deslucido e indefinido que llevaba una bolsa de cuero se quedaba en las escaleras de la catedral de St. Paul y dudaba, porque dentro había qué bálsamo, qué gran bienvenida, cuántas tumbas con estandartes ondeando sobre ellas, muestras de victorias no sobre ejércitos, sino sobre, pensaba él, ese maldito espíritu de búsqueda de la verdad que me deja actualmente sin empleo, y más que eso, la catedral ofrece compañía, pensaba, te invita a ser miembro de una sociedad; los grandes hombres pertenecen a ella; los mártires han muerto por ella; por qué no entrar, pensaba, poner esta bolsa de cuero rellena de panfletos ante un altar, una cruz, el símbolo de algo que se ha elevado más allá de la búsqueda y la pesquisa y el choque de palabras y se ha vuelto todo espíritu, incorpóreo, fantasmal—por qué no entrar? pensaba y mientras dudaba salió volando el aeroplano sobre Ludgate Circus.
Era extraño; reinaba el silencio. No se oía ningún sonido por encima del tráfico.
Parecía ir sin guía; impulsado por su propia voluntad. Y ahora, ascendiendo en curvas cada vez más altas, recto hacia arriba, como algo que asciende en éxtasis, en puro deleite, desde atrás brotaba humo blanco en bucles, escribiendo una T, una O, un F.
—¿Qué están mirando? —le preguntó Clarissa Dalloway a la criada que le abrió la puerta.
El recibidor de la casa era fresco como una cripta. La señora Dalloway se llevó la mano a los ojos y, mientras la criada cerraba la puerta y ella oía el susurro de las faldas de Lucy, se sintió como una monja que ha abandonado el mundo y siente cómo se cierran a su alrededor los velos familiares y la respuesta a sus viejos devociones. La cocinera silbaba en la cocina. Oyó el tecleo de la máquina de escribir. Era su vida y, inclinando la cabeza sobre la mesa del recibidor, se inclinó bajo su influjo, se sintió bendecida y purificada, diciéndose a sí misma, al coger el bloc con el recado telefónico, cómo momentos así son brotes en el árbol de la vida, flores de la oscuridad son, pensaba (como si una hermosa rosa hubiera florecido solo para sus ojos); ni por un momento creía en Dios; pero tanto más, pensaba, cogiendo el bloc, hay que retribuir en la vida cotidiana a los criados, sí, a los perros y a los canarios, sobre todo a Richard, su marido, que era el cimiento de aquello —de los alegres sonidos, de las luces verdes, de la cocinera silbando incluso, pues la señora Walker era irlandesa y silbaba todo el día—, hay que devolver de este depósito secreto de momentos exquisitos, pensaba, levantando el bloc, mientras Lucy permanecía a su lado, intentando explicar cómo
—El señor Dalloway, señora—
Clarissa leyó en el bloc telefónico: «A lady Bruton le gustaría saber si el señor Dalloway almorzará hoy con ella».
“El señor Dalloway, señora, me mandó decirle que comerá fuera de casa”.
“¡Querida!”, dijo Clarissa, y Lucy compartió —tal como esta pretendía— su desilusión (pero no la punzada); sintió la concordia entre ambas; captó la indirecta; pensó en cómo ama la gente bien; doró su propio porvenir con calma; y, tomando la sombrilla de la señora Dalloway, la manejó como un arma sagrada que una Diosa, tras haberse comportado honorablemente en el campo de batalla, abandona, y la colocó en el paragüero.
—No temas más —dijo Clarissa.
No temas más el calor del sol; pues la sacudida de que Lady Bruton invitara a Richard a almorzar sin ella hizo que el instante en el que había estado se estremeciera, como una planta en el lecho del río siente la sacudida de un remo al pasar y se estremece: así se mecía; así se estremecía.
Millicent Bruton, cuyas fiestas de almuerzo se decía que eran extraordinariamente divertidas, no la había invitado.
Ninguna celotipia vulgar podía separarla de Richard. Pero temía al tiempo mismo, y leía en el rostro de Lady Bruton, como si hubiera sido una esfera grabada en piedra impasible, el mermarse de la vida; cómo año tras año su porción era recortada; cuán poco era ya capaz el margen restante de estirarse, de absorber, como en los años juveniles, los colores, sales, tonos de la existencia, de modo que ella llenaba la estancia en la que entraba, y sentía a menudo, al quedarse un momento titubeante en el umbral de su salón, un suspense exquisito, tal como podría detener a un buzo antes de sumergirse mientras el mar se oscurece y se ilumina bajo él, y las olas que amenazan con romper, pero solo quiebran suavemente su superficie, ruedan y ocultan y engarzan de perlas las algas apenas al volverse.
Puso el bloc en la mesa del vestíbulo. Empezó a subir despacio, con la mano en la barandilla, como si hubiera salido de una fiesta en la que ahora un amigo, ahora otro, le hubieran devuelto el brillo de su cara, de su voz; hubiera cerrado la puerta, salido y quedado a solas, una sola figura contra la noche aterradora, o más bien, para ser exacta, contra la mirada fija de esta prosaica mañana de junio; suave con el fulgor de pétalos de rosa para algunos, ella lo sabía, y lo sentía, al detenerse junto a la ventana abierta de la escalera por la que entraban persianas que batían, perros que ladraban, entraba, pensó, sintiéndose de pronto marchitada, envejecida, sin senos, la molienda, el soplo, la floración del día, allá fuera, fuera de la ventana, fuera de su cuerpo y de su cerebro que ahora fallaban, ya que Lady Bruton, cuyas fiestas de almuerzo se decía que eran extraordinariamente divertidas, no la había invitado.
Como una monja que se retira, o un niño que explora una torre, subió las escaleras, se detuvo ante la ventana, llegó al baño.
Allí estaba el linóleo verde y un grifo goteando.
Había un vacío en el corazón de la vida; una habitación en el desván.
Las mujeres deben quitarse sus ricas prendas. Al mediodía deben despojarse de sus ropas.
Atravesó el acerico y dejó su sombrero amarillo de plumas sobre la cama. Las sábanas estaban limpias, tensas en una amplia banda blanca de lado a lado. Cada vez más estrecha sería su cama.
La vela se había consumido hasta la mitad y ella había avanzado mucho en las Memorias del barón de Marbot. Había estado leyendo hasta tarde sobre la retirada de Moscú. Y es que el Parlamento se alargaba tanto que Richard, tras la enfermedad de ella, insistía en que debía dormir sin que la molestaran. Y la verdad es que prefería leer sobre la retirada de Moscú. Él lo sabía.
De modo que la habitación era una buhardilla; la cama, estrecha; y, al estar allí acostada leyendo, ya que dormía mal, no lograba disipar una virginidad conservada a través de la maternidad que se aferraba a ella como una sábana.
Encantadora en su niñez, de pronto llegó un momento —por ejemplo, en el río bajo los bosques de Clieveden— en el que, debido a cierta contracción de este espíritu frío, ella le había fallado. Y luego en Constantinopla, y una y otra vez.
Ella veía bien lo que le faltaba. No era belleza; no era inteligencia. Era algo central y osmótico; algo cálido que rompía las superficies y ondulaba el frío contacto del hombre y la mujer, o de las mujeres entre sí. Pues eso alcanzaba a percibir vagamente.
Se sentía disgustada por ello, abrigaba un escrúpulo adquirido Dios sabe dónde, o, según sentía, enviado por la Naturaleza (que invariablemente es sabia); sin embargo, a veces no podía resistirse a ceder ante el encanto de una mujer, no de una niña, sino de una mujer que le confesaba, como a menudo le hacían, algún lío, alguna tontería. Y ya fuera por lástima, o por la belleza de ellas, o por ser ella mayor, o por algún accidente —como un perfume tenue, o un violín en la casa de al lado (tan extraña es el poder de los sonidos en ciertos momentos)—, sin duda sentía entonces lo que los hombres sentían.
Solo por un momento; pero era suficiente. Era una súbita revelación, un tinte semejante a un rubor que uno intentaba contener y luego, al extenderse, se rendía a su expansión, y corría hasta el límite más lejano y allí vibraba y sentía que el mundo se acercaba, henchido de algún significado asombroso, de cierta presión de éxtasis, ¡que rompía su fina piel y brotaba y fluía con un alivio extraordinario sobre las grietas y las llagas!
Entonces, durante ese instante, había visto una iluminación; una cerilla ardiendo en un azafrán; un significado interior casi expresado. Pero el cierre se retiraba; lo duro se ablandaba. Había terminado: el momento.
Frente a tales momentos (con las mujeres también) se contrastaba (mientras ella se quitaba el sombrero) la cama y el barón Marbot y la vela medio consumida.
Despierta en la cama, el suelo crujía; la casa iluminada se oscurecía de repente, y si ella levantaba la cabeza alcanzaba a oír el chasquido del picaporte soltado con la mayor suavidad posible por Richard, que subía de calcetines y luego, las más de las veces, ¡dejaba caer su bolsa de agua caliente y juraba! ¡Cómo se reía ella!
Pero esta cuestión del amor (pensó, guardando el abrigo), este enamorarse de mujeres. Tomemos a Sally Seton; su relación en los viejos tiempos con Sally Seton. ¿No había sido eso, después de todo, amor?
Se sentó en el suelo—esa fue su primera impresión de Sally—, se sentó en el suelo con los brazos alrededor de las rodillas, fumando un cigarrillo. ¿Dónde habría sido? ¿En casa de los Manning? ¿En la de los Kinloch-Jones? En alguna fiesta (dónde, no podía precisarlo), pues tenía el recuerdo clarísimo de haberle dicho al hombre que la acompañaba: «¿Quién es esa?». Y él se lo había dicho, y le había comentado que los padres de Sally no se llevaban bien (¡cuánto la había escandalizado eso: que los padres de uno se pelearan!). Pero en toda la noche no pudo apartar los ojos de Sally. Poseía una belleza extraordinaria del tipo que ella más admiraba, morena, de ojos grandes, con esa cualidad que, como ella misma no poseía, siempre envidiaba: una especie de desenfreno, como si pudiera decir cualquier cosa, hacer cualquier cosa; una cualidad mucho más común en los extranjeros que en las inglesas. Sally siempre decía que tenía sangre francesa en las venas, que un antepasado había estado con María Antonieta, le habían cortado la cabeza y había dejado un anillo de rubí.
Quizás aquel verano vino a alojarse en Bourton, presentándose de improviso sin un céntimo en el bolsillo, una noche después de cenar, y alterando tanto a la pobre tía Helena que jamás se lo perdonó.
Había habido alguna disputa en casa. Literalmente no tenía ni un céntimo aquella noche cuando fue a verlos; había empeñado un broche para poder bajar. Se había marchado de arrebato en un ataque de furia.
Se quedaron levantados hasta las tantas de la noche charlando. Fue Sally quien le hizo sentir, por primera vez, cuán protegida era la vida en Bourton. Ella no sabía nada de sexo, ni de problemas sociales. Había visto una vez a un viejo que se había desplomado muerto en un campo; había visto vacas justo después de que nacieran sus terneros.
Pero a la tía Helena nunca le gustó que se discutiera de nada (cuando Sally le regaló un libro de William Morris, tuvieron que envolverlo en papel de estraza).
Allí se sentaban, hora tras hora, hablando en su dormitorio en lo más alto de la casa, hablando de la vida, de cómo iban a reformar el mundo. Tenían la intención de fundar una sociedad para abolir la propiedad privada, y de hecho tenían una carta escrita, aunque no enviada. Las ideas eran de Sally, por supuesto, pero muy pronto ella estaba igual de entusiasmada: leía a Platón en la cama antes de desayunar; leía a Morris; leía a Shelley horas y horas.
El poder de Sally era asombroso, su don, su personalidad. Estaba su manera de tratar las flores, por ejemplo. En Bourton siempre ponían unos floreros pequeños y rígidos a todo lo largo de la mesa. Sally salía, cogía malvarrosas, dalias —toda clase de flores que jamás se habían visto juntas—, les cortaba los tallos y las ponía a flotar sobre el agua en fuentes. El efecto era extraordinario al entrar a cenar con la luz del poniente. (Por supuesto, la tía Helena pensaba que era un pecado tratar las flores así). Luego se le olvidaba la esponja y corría por el pasillo desnuda. Aquella doncella vieja y hosca, Ellen Atkins, andaba refunfuñando: «¿Y si alguno de los caballeros la hubiera visto?». Cierto es que escandalizaba a la gente. Era descuidada, decía papá.
Lo extraño, al recordarlo, era la pureza, la integridad de su sentimiento hacia Sally. No era como el sentimiento de una hacia un hombre. Era completamente desinteresado y, además, poseía una cualidad que solo podía existir entre mujeres, entre mujeres recién salidas de la adolescencia.
Era protector, por su parte; brotaba de un sentimiento de complicidad mutua, del presentimiento de algo destinado a separarlas (hablaban siempre del matrimonio como de una catástrofe), lo cual conducía a esa hidalguía, a ese sentimiento protector que era mucho más de su parte que de la de Sally.
Porque en aquellos días era completamente temeraria; hacía las cosas más idióticas por bravuconería; daba paseos en bicicleta por el pretil de la terraza; fumaba puros. Absurda, era muy absurda. Pero el encanto era arrollador, al menos para ella, hasta el punto de poder recordar cómo se quedaba de pie en su dormitorio, en lo más alto de la casa, sosteniendo entre las manos la jarra de agua caliente y diciendo en voz alta: «Está bajo este techo. … ¡Está bajo este techo!».
No, las palabras ya no significaban absolutamente nada para ella. Ni siquiera podía captar el eco de su antigua emoción. Pero podía recordar cómo se quedaba helada de emoción y se arreglaba el pelo en una especie de éxtasis (ahora el viejo sentimiento empezaba a volver a ella, mientras se quitaba las horquillas, las dejaba sobre el tocador y empezaba a peinarse), con los grajos revoloteando arriba y abajo en la luz rosada del atardecer, y vistiéndose, y bajando las escaleras, y sintiendo al cruzar el vestíbulo: «Si hubiera de morir ahora, ahora sería dichosa del todo».
Ese era su sentimiento —el sentimiento de Otelo—, y ella lo sentía, estaba convencida, con tanta intensidad como Shakespeare pretendía que Otelo lo sintiera, ¡todo porque bajaba a cenar con un vestido blanco para encontrarse con Sally Seton!
Llevaba gasa rosa—¿era posible? Parecía, de todos modos, toda luz, resplandeciente, como algún pájaro o globo aerostático que hubiera volado hacia adentro, enganchándose por un momento a una zarza. Pero nada es tan extraño cuando uno está enamorado (¿y qué era esto sino estar enamorado?) como la completa indiferencia de los demás. La tía Helena simplemente se alejaba después de cenar; papá leía el periódico. Peter Walsh podría haber estado allí, y la vieja señorita Cummings; Joseph Breitkopf desde luego que sí, pues venía todos los veranos, pobre viejo, semanas y semanas, y fingía leer alemán con ella, pero en realidad tocaba el piano y cantaba a Brahms sin voz alguna.
Todo aquello no era más que el telón de fondo para Sally. Estaba de pie junto a la chimenea hablando, con esa hermosa voz que hacía que todo lo que decía pareciera una caricia, con papá, que había empezado a sentirse atraído bastante en contra de su voluntad (nunca superó el hecho de haberle prestado uno de sus libros y haberlo encontrado empapado en la terraza), cuando de repente ella dijo: «¡Qué lágrima estar encerrados!» y todos salieron a la terraza y se pusieron a pasear de arriba abajo.
Peter Walsh y Joseph Breitkopf seguían dale que te pego con Wagner. Ella y Sally se quedaron un poco atrás. Entonces llegó el momento más exquisito de toda su vida al pasar junto a una urna de piedra con flores dentro. Sally se detuvo; cogió una flor; la besó en los labios.
¡El mundo entero podría haber dado un vuelco! Los demás desaparecieron; allí estaba ella a solas con Sally. Y sintió que le habían hecho un regalo, envuelto, y le habían dicho simplemente que lo guardara, que no lo mirara—un diamante, algo infinitamente precioso, envuelto, que, mientras caminaban (de arriba abajo, de arriba abajo), ella descubría, o cuyo resplandor traspasaba la cobertura, ¡la revelación, el sentimiento religioso!—cuando el viejo Joseph y Peter se cruzaron con ellas:
—¿Observando las estrellas? —dijo Peter.
¡Era como chocar de cara contra un muro de granito en la oscuridad! ¡Fue impactante; fue horrible!
No por ella misma. Sentía únicamente cómo estaban maltratando ya a Sally, cómo la maltrataban; sentía su hostilidad; sus celos; su determinación de irrumpir en la intimidad de ellas. Todo esto lo vio tal como se ve un paisaje en un relámpago, y a Sally (¡nunca la había admirado tanto!) abriéndose paso con hidalguía, invicta. Ella se echó a reír. Hizo que el viejo Joseph le dijera los nombres de las estrellas, lo cual a él le gustaba hacer con mucha seriedad. Se quedó allí de pie: escuchó. Oyó los nombres de las estrellas.
—¡Oh, qué horror! —se dijo, como si hubiera sabido desde siempre que algo iba a interrumpir, a amargar su momento de felicidad.
Sin embargo, cuánto le debía a Peter Walsh más tarde. Siempre que pensaba en él, pensaba en sus discusiones por alguna razón; porque deseaba tanto su buena opinión, quizás. Le debía palabras: «sentimental», «civilizada»; surgían todos los días de su vida como si él la custodiara. Un libro era sentimental; una actitud ante la vida, sentimental. «Sentimental», tal vez estuviera siendo ella al pensar en el pasado. Qué pensaría, se preguntaba, cuando volviera.
¿Que había envejecido? ¿Diría eso, o vería ella que él pensaba, al regresar, que ella había envejecido? Era verdad. Desde su enfermedad se había vuelto casi blanca.
Dejando el broche sobre la mesa, le dio un espasmo repentino, como si, mientras cavilaba, las garras heladas hubieran tenido la oportunidad de clavarse en ella. Aún no era vieja. Acababa de estrenar su cincuenta y dos cumpleaños. Meses y meses de él seguían intactos. ¡Junio, julio, agosto! Cada uno seguía casi entero y, como para atrapar la gota que cae, Clarissa (caminando hacia el tocador) se adentró en el corazón mismo del instante, lo inmovilizó allí —el instante de esta mañana de junio sobre la cual pesaban todas las demás mañanas—, contemplando de nuevo el espejo, el tocador y todos los frascos, reuniéndose por entero en un solo punto (mientras miraba en el espejo), viendo el delicado rostro rosado de la mujer que esa misma noche iba a dar una fiesta; de Clarissa Dalloway; de ella misma.
¡Cuántos millones de veces había visto su rostro, y siempre con la misma contracción imperceptible!
Frunció los labios al mirarse al espejo. Era para darle expresión a su cara. Ese era su ser: incisivo; dardo; definido. Ese era su ser cuando algún esfuerzo, algún llamamiento a ser ella misma, unía las piezas, ella sola sabía cuán diferentes, cuán incompatibles y compuestas así para el mundo únicamente en un solo centro, en un solo diamante, en una sola mujer que se sentaba en su salón y creaba un punto de encuentro, una radiancia sin duda en algunas vidas grises, un refugio al que acudían los solitarios, tal vez; había ayudado a los jóvenes, que se lo agradecían; había intentado ser siempre la misma, sin mostrar jamás un indicio de todas sus otras facetas —defectos, celos, vanidades, sospechas, como esta de que Lady Bruton no la hubiera invitado a almorzar—, lo cual, pensó (pasándose el peine por el cabello por última vez), ¡es totalmente vil!
Ahora bien, ¿dónde estaba su vestido?
Sus vestidos de noche colgaban en el armario. Clarissa, hundiendo la mano en la suavidad, separó con cuidado el vestido verde y lo llevó a la ventana. Lo había roto. Alguien le había pisado la falda. Había sentido cómo cedía en la fiesta de la Embajada, allá arriba, entre los pliegues. Con la luz artificial el verde brillaba, pero ahora perdía su color bajo el sol. Lo arreglaría. Sus criadas tenían demasiado que hacer. Se lo pondría esta noche. Llevaría sus sedas, sus tijeras, su —¿cómo se llamaba?—, su dedal, por supuesto, a la planta baja, al salón, pues también tenía que escribir y comprobar que todo estuviera más o menos en orden.
Extraño, pensó, deteniéndose en el rellano y reuniendo aquella forma de diamante, aquella sola persona, ¡extraño cómo una señora conoce el mismo momento, el mismo temple de su casa!
Débiles sonidos ascendían en espirales por el hueco de la escalera;
- el susurro de una fregona;
- golpecitos;
- llamadas;
- un estrépito cuando se abrió la puerta de calle;
- una voz repitiendo un recado en el sótano;
- el tintineo de la plata sobre una bandeja;
- plata limpia para la fiesta.
Todo era para la fiesta.
(Y Lucy, entrando en el salón con la bandeja extendida, puso los candelabros gigantes sobre la chimenea, el cofre de plata en el medio, giró el delfín de cristal hacia el reloj.
Vendrían; se detendrían; hablarían con los tonos afectados que ella podía imitar, damas y caballeros. De todos, su ama era la más hermosa—ama de la plata, de la ropa blanca, de la porcelana; pues el sol, la plata, las puertas desquiciadas, los hombres de Rumpelmayer, le daban, mientras colocaba el abrecartas sobre la mesa incrustada, una sensación de algo logrado.
¡He aquí! ¡He aquí!, decía, hablándoles a sus viejos amigos en la panadería, donde había empezado a servir en Caterham, mirando de reojo al espejo. Ella era Lady Angela, sirviendo a la princesa María, cuando entró la señora Dalloway.)
—¡Ay, Lucy —dijo ella—, qué bonita se ve la plata!
“Y cómo”, dijo, enderezando el delfín de cristal, “¿cómo disfrutaste de la obra anoche?”.
- “¡Oh, tuvieron que irse antes del final!”, dijo.
- “¡Tenían que estar de vuelta a las diez!”, dijo.
- “Así que no saben qué pasó”, dijo.
“Eso parece mala suerte”, dijo (pues sus criados se quedaban hasta más tarde, si se lo pedían). “Eso parece una pena”, dijo, tomando el viejo cojín de aspecto calvo del centro del sofá y poniéndolo en los brazos de Lucy, y dándole un pequeño empujón, y exclamando:
—¡Lléveselo! ¡ entrégueselo a la señora Walker de mi parte! ¡Lléveselo! —gritó.
Y Lucy se detuvo en la puerta del salón, sosteniendo el cojín, y dijo, muy tímidamente, poniéndose un poco rosada, que si no podía ayudar a remendar ese vestido.
Pero, dijo la señora Dalloway, ya tenía bastante entre manos, bastante suyo que hacer como para ocuparse de eso.
—Pero, gracias, Lucy, oh, gracias —dijo la señora Dalloway—, y gracias, gracias —seguía diciendo (sentándose en el sofá con el vestido sobre las rodillas, las tijeras, las sedas)—, gracias, gracias —seguía diciendo en agradecimiento a sus criados en general por ayudarla a ser así, a ser lo que quería, bondadosa, de generoso corazón. A sus criados les gustaba ella. Y luego este vestido suyo... ¿dónde estaba el desgarrón? y ahora tenía que enhebrar la aguja. Este era un vestido favorito, uno de los de Sally Parker, casi el último que hizo jamás, ay, pues Sally se había retirado ya, vivía en Ealing, y si alguna vez tengo un momento —pensó Clarissa (pero nunca volvería a tener un momento jamás)—, iría a verla a Ealing. Porque era un personaje, pensó Clarissa, una verdadera artista. Pensaba en pequeñas cosas insólitas; sin embargo, sus vestidos nunca eran estrambóticos. Podías llevarlos en Hatfield; en el Palacio de Buckingham. Los había llevado en Hatfield; en el Palacio de Buckingham.
El silencio descendió sobre ella, calmado, satisfecho, mientras su aguja, al estirar la seda suavemente hasta su apacible pausa, reunía los pliegues verdes y los sujetaba, con gran levedad, al cinturón.
Así en un día de verano las olas se acumulan, pierden el equilibrio y caen; se acumulan y caen; y el mundo entero parece estar diciendo «eso es todo» cada vez con más peso, hasta que incluso el corazón en el cuerpo que yace al sol en la playa dice también, eso es todo.
No temas más, dice el corazón. No temas más, dice el corazón, confiando su carga a algún mar, que suspira colectivamente por todas las penas, y renueva, comienza, acumula, deja caer.
Y el cuerpo a solas escucha a la abeja que pasa; la ola que rompe; el perro que ladra, muy lejos, ladrando y ladrando.
—¡Cielos, el timbre de la puerta principal! —exclamó Clarissa, deteniendo la aguja. Indignada, escuchó.
—La señora Dalloway me recibirá —dijo el anciano en el vestíbulo—. Oh, sí, me recibirá —repitió, haciéndose a un lado a Lucy con mucha benevolencia y subiendo las escaleras a toda velocidad—. Sí, sí, sí —murmuraba mientras subía—. Me recibirá. Después de cinco años en la India, Clarissa me recibirá.
“¿Quién puede—qué puede—”, preguntó la señora Dalloway (pensando que era indignante que la interrumpieran a las once de la mañana del día en que iba a dar una fiesta), al oír un paso en la escalera.
Oyó una mano sobre la puerta. Hizo ademán de ocultar su vestido, como una virgen protegiendo su castidad, respetando la intimidad. Ahora el pomo de latón resbaló. Ahora se abrió la puerta, y entró... ¡por un solo segundo no pudo recordar cómo se llamaba! ¡Tanta era su sorpresa al verlo, tanta su alegría, su timidez, su absoluta estupefacción al ver que Peter Walsh se le presentaba inesperadamente por la mañana! (No había leído su carta.)
—¿Y tú cómo estás? —dijo Peter Walsh, temblando literalmente; tomándole las dos manos; besándole las dos manos.
Ha envejecido, pensó él, sentándose. No voy a contarle nada de eso, pensó, porque ha envejecido. Me está mirando, pensó, sintiendo que le invadía una repentina vergüenza, a pesar de haberle besado las manos.
Metiendo la mano en el bolsillo, sacó una gran navaja y abrió la hoja hasta la mitad.
Exactamente igual, pensó Clarissa; la misma mirada extraña; el mismo traje a cuadros; un poco torcido el rostro, un poco más delgado, más seco, tal vez, pero se ve estupendamente bien, e igualito a siempre.
“¡Qué celestial es volver a verte!”, exclamó.
Él tenía el cuchillo fuera. Es tan típico de él, pensó.
Había llegado a la ciudad apenas anoche, dijo; tendría que irse al campo enseguida; y ¿cómo estaba todo, cómo estaba todos—Richard? ¿Elizabeth?
—¿Y todo esto qué es? —dijo, inclinando su cortaplumas hacia el vestido verde de ella.
Él va muy bien vestido, pensó Clarissa; sin embargo, siempre me critica.
Allí está remendando su vestido; remendando su vestido como de costumbre, pensó; allí ha estado sentada todo el tiempo que he estado en la India; remendando su vestido; holgazaneando; yendo a fiestas; corriendo a la Cámara de los Comunes y vuelta y todo eso, pensó, volviéndose cada vez más irritado, cada vez más agitado, porque no hay nada en el mundo tan malo para ciertas mujeres como el matrimonio, pensó; y la política; y tener un marido conservador, como el admirable Richard.
Así es, así es, pensó, cerrando su navaja con un chasquido.
“Richard está muy bien. Richard está en una comisión”, dijo Clarissa.
Y abrió las tijeras, y dijo que si le importaba que terminara de arreglarse el vestido, pues tenían una fiesta esa noche.
—Lo cual no voy a pedirte que hagas —dijo ella—. ¡Querido Peter! —dijo.
Pero era delicioso oírselo decir: ¡mi querido Peter! En verdad, todo era tan delicioso: la plata, las sillas; ¡todo tan delicioso!
¿Por qué no iba a invitarlo a su fiesta?, preguntó él.
Ahora, por supuesto, pensó Clarissa, ¡es encantador! ¡perfectamente encantador! Ahora recuerdo lo imposible que era decidirse jamás —y ¿por qué me decidí— a no casarse con él?—, se preguntó, ¿aquel terrible verano?
—¡Pero es tan extraordinario que haya venido esta mañana! —exclamó, poniendo las manos, una encima de otra, sobre su vestido.
—¿Te acuerdas —dijo—, de cómo se agitaban las persianas en Bourton?
—Lo hicieron —dijo; y recordó haber desayunado solo, con mucha incomodidad, con el padre de ella; que había muerto; y él no le había escrito a Clarissa. Pero nunca se había llevado bien con el viejo Parry, aquel viejo querulante y pusilánime, el padre de Clarissa, Justin Parry.
“A menudo desearía haberme llevado mejor con tu padre”, dijo.
“Pero nunca le gustó nadie que—nuestros amigos”, dijo Clarissa; y habría querido morderse la lengua por recordarle así a Peter que había querido casarse con ella.
Por supuesto que sí, pensó Peter; a mí también casi se me parte el corazón, pensó; y se vio abrumado por su propio dolor, que se alzaba como una luna contemplada desde una terraza, fantasmalmente hermosa con la luz del día hundido.
Fui más infeliz de lo que jamás he vuelto a ser, pensó. Y como si en verdad estuviera sentado allí en la terraza, se arrimó un poco hacia Clarissa; extendió la mano; la alzó; la dejó caer.
Allí sobre ellos pendía, aquella luna. Ella también parecía estar sentada con él en la terraza, a la luz de la luna.
“Herbert lo tiene ahora”, dijo ella.
“Nunca voy allí ahora”, dijo ella.
Luego, tal como sucede en una terraza a la luz de la luna, cuando una persona empieza a avergonzarse de estar ya aburrida y, sin embargo, como la otra se queda callada, muy quieta, mirando tristemente la luna, no le apetece hablar, mueve un pie, se aclara la garganta, repara en algún adorno de hierro en la pata de una mesa, revuelve una hoja, pero no dice nada—así hizo Peter Walsh ahora. Pues ¿para qué volver así al pasado?, pensó. ¿Para qué obligarle a pensar en ello otra vez? ¿Para qué hacerlo sufrir, cuando ella lo había torturado de un modo infernal? ¿Para qué?
—¿Te acuerdas del lago? —dijo con voz brusca, bajo la presión de una emoción que le estrujó el corazón, le entumeció los músculos de la garganta y le contrajo los labios en un espasmo al decir «lago».
Pues era una niña que arrojaba pan a los patos, entre sus padres, y al mismo tiempo una mujer adulta que se acercaba a sus padres, los cuales estaban junto al lago, sosteniendo su vida entre los brazos, la cual, a medida que se acercaba a ellos, se hacía más y más grande en sus brazos, hasta convertirse en una vida entera, una vida completa, que depositaba junto a ellos diciendo: «¡Esto es lo que he hecho con ella! ¡Esto!».
¿Y qué había hecho con ella? ¿Qué, en efecto?, sentada allí cosiendo esta mañana con Peter.
Miró a Peter Walsh; su mirada, atravesando todo aquel tiempo y toda aquella emoción, llegó hasta él con duda; se posó en él con lágrimas; y se alzó y echó a volar, como un pájaro que toca una rama, se alza y echa a volar.
Con toda sencillez, se secó los ojos.
“Sí”, dijo Peter. “Sí, sí, sí”, dijo, como si ella sacara a la superficie algo que francamente le dolía al subir.
¡Basta! ¡Basta!, quería gritar. Pues no era viejo; su vida no había terminado; ni mucho menos. Apenas acababa de cumplir cincuenta años. ¿Se lo diré, pensó, o no? Le gustaría confesarlo todo sin reservas. Pero ella es demasiado fría, pensó; cosiendo, con las tijeras; Daisy parecería una cualquiera al lado de Clarissa. Y me tomaría por un fracasado, lo cual soy en el sentido de ellos, pensó; en el sentido de los Dalloway.
¡Ah, sí!, de eso no le cabía duda; era un fracasado, comparado con todo aquello —la mesa incrustada, el cortapapeles con mango, el delfín y los candelabros, las fundas de los sillones y las viejas y valiosas estampas inglesas coloreadas—, ¡era un fracasado! ¡Detesto la beatería de todo este asunto!, pensó; obra de Richard, no de Clarissa; salvo que se casó con él.
(Aquí entró Lucy en la habitación, trayendo plata, más plata, aunque encantadora, esbelta, graciosa parecía, pensó, al inclinarse para dejarla).
¡Y esto ha estado pasando todo el tiempo!, pensó; semana tras semana; la vida de Clarissa; mientras yo—, pensó; y de inmediato todo pareció irradiar de él; viajes; cabalgatas; peleas; aventuras; partidas de bríッジ; amoríos; trabajo; ¡trabajo, trabajo!; y sacó la navaja con toda naturalidad —su vieja navaja con mango de asta que Clarissa pondría las manos en el fuego a que la tenía desde hacía treinta años— y apretó el puño con fuerza sobre ella.
Qué costumbre tan extraordinaria era esa, pensó Clarissa; jugar siempre con un cuchillo. Y hacer que una se sintiera siempre, además, frívola; vacua; una simple cotorra tonta, como solía hacer.
Pero yo también, pensó, y, tomando su aguja, convocó, como una Reina cuyos guardias se han dormido y la han dejado desprotegida (la había tomado totalmente por sorpresa esta visita; la había alterado) de modo que cualquiera puede pasearse y echarle una mirada allí donde yace con las zarzas curvándose sobre ella, convocó en su ayuda las cosas que hacía; las cosas que le gustaban; su marido; Elizabeth; su yo, en suma, que Peter apenas conocía ya, para que todos acudieran a su alrededor y repelieran al enemigo.
—Bueno, ¿y a ti qué te ha pasado? —dijo ella.
Así, antes de que empiece una batalla, los caballos hovan el suelo; sacuden la cabeza; la luz brilla en sus flancos; se arquean sus cuellos. Así Peter Walsh y Clarissa, sentados el uno al lado del otro en el sofá azul, se desafiaron mutuamente.
Sus facultades se agitaban y se debatían dentro de él. Reunió de distintas partes toda clase de cosas: elogios; su carrera en Oxford; su matrimonio, del cual ella no sabía absolutamente nada; cómo había amado; y cómo, en suma, había cumplido con su deber.
—¡Millones de cosas! —exclamó, y, urgido por el cúmulo de fuerzas que ahora corrían de aquí para allá dándole la sensación, a la vez aterradora y sumamente estimulante, de ser lanzado por los aires sobre los hombros de personas a las que ya no podía ver, se llevó las manos a la frente.
Clarissa se sentó muy derecha; tomó aliento.
—Estoy enamorado —dijo, aunque no a ella, sino a alguien alzada en la oscuridad de modo que no podías tocarla, sino que debías dejar tu guirnalda sobre la hierba en la oscuridad.
—Enamorado —repitió, hablando ahora con cierta sequedad a Clarissa Dalloway—; enamorado de una muchacha en la India. Había depositado su guirnalda. Clarissa podía hacer con aquello lo que quisiera.
—¡Enamorado! —dijo.
¡Que él, a su edad, se dejara tragar con su pajarita por ese monstruo! ¡Y no tiene carne en el cuello; sus manos son rojas; y es seis meses mayor que yo!
su propia mirada le devolvió el destello; pero en su corazón sintió, a pesar de todo, él está enamorado. Eso lo tiene, sintió; él está enamorado.
Pero el indomable egoísmo que siempre atropella a las huestes que se le oponen, el río que dice adelante, adelante, adelante; aun cuando, como ella admite, tal vez no haya para nosotros meta alguna, aun así, adelante, adelante; este indomable egoísmo tiñó de color sus mejillas; la hizo parecer muy joven; muy rosada; de ojos muy brillantes mientras estaba sentada con el vestido sobre las rodillas y la aguja sostenida hacia el extremo de la seda verde, temblando un poco.
¡Él estaba enamorado!
No de ella. De alguna mujer más joven, por supuesto.
—¿Y quién es ella? —preguntó ella.
Ahora esta estatua debe ser bajada de su altura y colocada entre ellos.
—Una mujer casada, por desgracia —dijo—; la esposa de un mayor del ejército de la India.
Y con una curiosa dulzura irónica sonrió al presentarla de este modo tan ridículo ante Clarissa.
(A pesar de todo, está enamorado, pensó Clarissa.)
—Tiene —continuó con mucha sensatez—, dos hijos pequeños; un niño y una niña; y he venido a ver a mis abogados por lo del divorcio.
¡Ahí están! pensó. ¡Haz con ellos lo que quieras, Clarissa! ¡Ahí están! Y segundo a segundo le parecía que la mujer del comandante del ejército de la India (su Daisy) y sus dos pequeños hijos se volvían más y más hermosos a medida que Clarissa los miraba; como si él hubiera prendido fuego a una pastilla gris en un plato y se hubiera alzado un hermoso árbol en el aire vivaz y salino de su intimidad (porque de algún modo nadie lo comprendía, sentía con él, como Clarissa)—su exquisita intimidad.
Lo adulaba; lo engañaba, pensaba Clarissa; perfilando a la mujer, la esposa del mayor del ejército de la India, con tres golpes de cuchillo. ¡Qué desperdicio! ¡Qué insensatez! Toda su vida Peter se había dejado engañar así; primero al ser expulsado de Oxford; luego al casarse con la chica del barco rumbo a la India; ahora la esposa de un mayor del ejército de la India—¡menos mal que se había negado a casarse con él! Aun así, estaba enamorado; su viejo amigo, su querido Peter, estaba enamorado.
—Pero ¿qué va a hacer usted? —le preguntó ella.
Oh, los abogados y procuradores, los señores Hooper y Grateley de Lincoln’s Inn, iban a encargarse de eso, dijo él.
Y se limó las uñas con la navaja de bolsillo, ni más ni menos.
¡Por el amor de Dios, deja ese cuchillo en paz!, se gritó a sí misma con irreprimible irritación; era su tonta falta de convencionalismos, su debilidad; su absoluta falta de la más mínima idea de lo que los demás estaban sintiendo lo que la irritaba, lo había irritado siempre; y ahora, a su edad, ¡qué necedad!
—Todo eso ya lo sé, pensó Peter; sé contra qué me enfrento, pensó, pasando el dedo por el filo de su navaja, Clarissa y Dalloway y todos los demás; pero le voy a enseñar a Clarissa— y entonces, para su absoluta sorpresa, lanzado de repente por aquellas fuerzas incontrolables, arrojado por el aire, rompió a llorar; lloró; lloró sin la menor vergüenza, sentado en el sofá, con las lágrimas corriéndole por las mejillas.
Y Clarissa se había inclinado hacia adelante, le había tomado la mano, lo había atraído hacia sí, lo había besado—en realidad había sentido el rostro de él contra el suyo antes de poder reprimir el ondear de plumas plateadas que centelleaban como hierba de la pampa en un vendaval tropical en su pecho, las cuales, al calmarse, la dejaron tomando la mano de él, dándole palmaditas en la rodilla y, sintiéndose al recostarse extraordinariamente a sus anchas con él y despreocupada, de golpe le vino a la mente: ¡Si me hubiera casado con él, esta alegría habría sido mía todo el día!
Todo había terminado para ella. La sábana estaba estirada y la cama era estrecha. Había subido sola a la torre y los había dejado cogiendo moras bajo el sol. La puerta se había cerrado, y allí, entre el polvo del yeso caído y los restos de nidos de pájaros, qué distante se había visto el paisaje, y los sonidos llegaban tenues y fríos (una vez en Leith Hill, recordaba), y ¡Richard, Richard!, gritó, como quien duerme por la noche se sobresalta y extiende una mano en la oscuridad en busca de ayuda.
Al almorzar con Lady Bruton, aquello volvió a su mente. Me ha dejado; estoy sola para siempre, pensó, cruzando las manos sobre las rodillas.
Peter Walsh se había levantado y cruzado hacia la ventana y se había quedado de espaldas a ella, agitándose un pañuelo bandana de un lado a otro. Tenía un aspecto magistral, seco y desolado, con los omóplatos delgados levantándole ligeramente la americana; sonándose la nariz con violencia.
Lléveme con usted, pensó Clarissa impulsivamente, como si él estuviera a punto de emprender directamente algún gran viaje; y luego, al momento siguiente, fue como si los cinco actos de una obra que había sido muy emocionante y conmovedora hubieran terminado y ella hubiera vivido toda una vida en ellos y se hubiera fugado, hubiera vivido con Peter, y aquello ya hubiera acabado.
Ahora era el momento de marcharse, y, como una mujer reúne sus cosas, su capa, sus guantes, sus prismáticos de teatro, y se levanta para salir del teatro a la calle, se levantó del sofá y fue hacia Peter.
Y era horriblemente extraño, pensó, cómo ella aún tenía el poder, al venir tintineando, crujiendo, aún tenía el poder al cruzar la habitación, de hacer que la luna, que él aborrecía, se alzara en Bourton sobre la terraza en el cielo de verano.
—Dime —dijo, cogiéndola por los hombros—. ¿Eres feliz, Clarissa? ¿Richard...
La puerta se abrió.
—Aquí está mi Elizabeth —dijo Clarissa, con emoción, con histrionismo, tal vez.
—¿Cómo le va? —dijo Elizabeth, adelantándose.
El sonido del Big Ben dando las y media resonó entre ellos con una energía extraordinaria, como si un joven, fuerte, indiferente y desconsiderado, estuviera balanceando unas mancuernas de un lado a otro.
—¡Hola, Elizabeth! —gritó Peter, metiéndose el pañuelo en el bolsillo, acercándose a ella con rapidez, diciendo «Adiós, Clarissa» sin mirarla, saliendo de la habitación apresuradamente y bajando las escaleras corriendo para abrir la puerta del vestíbulo.
“¡Peter! ¡Peter!”, gritó Clarissa, persiguiéndolo hasta el rellanillo.
“¡Mi fiesta esta noche! ¡Recuerda mi fiesta esta noche!”,
gritó, teniendo que alzar la voz contra el estruendo del aire libre, y, abrumada por el tráfico y el sonido de todos los relojes dando las horas, su voz gritando “¡Recuerda mi fiesta esta noche!” sonó frágil, delgada y muy lejana cuando Peter Walsh cerró la puerta.
Acuérdate de mi fiesta, acuérdate de mi fiesta, dijo Peter Walsh al bajar por la calle, hablándose a sí mismo rítmicamente, al compás del flujo del sonido, del sonido directo y rotundo del Big Ben dando la media hora. (Los círculos de plomo se disolvieron en el aire.) ¿Oh, estas fiestas?, pensó; las fiestas de Clarissa. ¿Por qué da estas fiestas?, pensó. No es que la culpara a ella ni a este pelele de hombre con frac y clavel en el ojal que venía hacia su encuentro. Solo una persona en el mundo podía estar como estaba él, enamorado. Y allí estaba él, este hombre afortunado, él mismo, reflejado en el escaparate de un fabricante de automóviles en Victoria Street. Toda la India quedaba a sus espaldas; llanuras, montañas; epidemias de cólera; un distrito dos veces más grande que Irlanda; decisiones que había tomado a solas —él, Peter Walsh—; que ahora estaba, por primera vez en su vida realmente, enamorado. Clarissa se había vuelto dura, pensó; y un tanto sensacionalista además, sospechaba, al mirar los grandes automóviles capaces de hacer —¿cuántas millas con cuántos galones? Pues tenía cierta inclinación por la mecánica; había inventado un arado en su distrito, había encargado carretillas a Inglaterra, pero los culís no querían usarlas, todo lo cual Clarissa ignoraba por completo.
La forma en que dijo «¡Aquí está mi Elizabeth!»: aquello le molestó. ¿Por qué no simplemente «Aquí está Elizabeth»? Era fingido. Y a Elizabeth tampoco le gustaba.
(Aún los últimos temblores de la gran voz retumbante agitaban el aire a su alrededor; la media hora; todavía temprano; apenas las once y media todavía.)
Pues él comprendía a los jóvenes; le gustaban. Siempre había algo frío en Clarissa, pensaba. Ella siempre había tenido, incluso de muchacha, una especie de timidez que en la mediana edad se convierte en convencionalismo, y entonces se acabó todo, se acabó todo, pensó, mirando con bastante tristeza las profundidades vítreas, y preguntándose si al presentarse a esa hora la habría molestado; abrumado de vergüenza de repente por haber sido un tonto; haber llorado; haberse mostrado emotivo; habérselo contado todo, como de costumbre, como de costumbre.
Al cruzar una nube por delante del sol, el silencio cae sobre Londres; y cae sobre la mente. El esfuerzo cesa. El tiempo flamea en el mástil. Allí nos detenemos; allí nos plantamos. Rígido, tan solo el esqueleto de la costumbre sostiene el armazón humano.
Donde no hay nada, se dijo Peter Walsh sintiéndose hueco, completamente vacío por dentro. Clarissa me rechazó, pensó. Se quedó allí pensando, Clarissa me rechazó.
Ah —dijo Santa Margarita—, como una anfitriona que entra en su salón en el mismo momento en que da la hora y encuentra ya allí a sus invitados.
No llego tarde. No, son exactamente las once y media, dice.
Sin embargo, aunque tiene toda la razón, su voz, por ser la voz de la anfitriona, se muestra reacia a imponer su individualidad. Algún dolor por el pasado la retiene; alguna preocupación por el presente.
Son las once y media, dice, y el sonido de St. Margaret’s se desliza en los recovecos del corazón y se entierra en círculos y más círculos de sonido, como algo vivo que quisiera confesarse, dispersarse, quedar, con un temblor de deleite, en reposo; como la propia Clarissa, pensó Peter Walsh, bajando las escaleras en punto hora vestida de blanco. Es la propia Clarissa, pensó con profunda emoción y un recuerdo de ella extraordinariamente nítido y a la vez desconcertante, como si esta campana hubiera entrado en la habitación años atrás, donde se sentaban en algún momento de gran intimidad, y hubiera pasado de uno a otro y se hubiera marchado, como una abeja con miel, cargada con el instante. ¿Pero qué habitación? ¿Qué momento? ¿Y por qué había sido tan profundamente feliz cuando daba el reloj?
Entonces, al languidecer el eco de Santa Margarita, pensó, ella ha estado enferma, y el sonido expresó languidez y sufrimiento. Era su corazón, recordó; y la repentina estridencia del último golpe doblaba por una muerte que sorprende en plena vida, con Clarissa desplomándose allí donde estaba, en su salón.
¡No! ¡No!, gritó. ¡Ella no está muerta! No soy viejo, gritó, y marchó calle arriba por Whitehall, como si rodara hacia él, vigoroso, sin fin, su porvenir.
No era viejo, ni estirado, ni estaba seco en lo más mínimo. En cuanto a importarle lo que dijeran de él —los Dalloway, los Whitbread y su camarilla—, no le importaba un bledo, ni un bledo (aunque era verdad que tendría que ver, tarde o temprano, si Richard no podía ayudarle a conseguir algún trabajo). A zancadas, con la mirada fija, fulminó con los ojos la estatua del duque de Cambridge. Lo habían expulsado de Oxford, es verdad. Había sido socialista, en cierto modo un fracasado, es verdad. Aun así, el porvenir de la civilización está, pensaba, en manos de jóvenes como ese; de jóvenes como él lo había sido treinta años atrás; con su amor por los principios abstractos; haciendo que les mandaran libros desde Londres hasta un pico en el Himalaya; leyendo ciencia; leyendo filosofía. El porvenir está en manos de jóvenes como ese, pensaba.
Un rumor como el rumor de las hojas en un bosque vino de atrás, y con él un sonido crujiente y de golpes regulares que, al alcanzarlo, tamborileó sus pensamientos, con paso firme, calle arriba por Whitehall, sin que él hiciera nada.
Muchachos de uniforme, cargando fusiles, marchaban con los ojos al frente, marchaban, con los brazos rígidos, y en el rostro una expresión como las letras de una inscripción grabada alrededor de la base de una estatua que alababa el deber, la gratitud, la fidelidad, el amor a Inglaterra.
Era, pensó Peter Walsh, empezando a marchar al compás de ellos, un entrenamiento excelente.
Pero no parecían robustos. Eran larguiruchos en su mayoría, muchachos de dieciséis años que, mañana, tal vez estarían detrás de cuencos de arroz, de barras de jabón en los mostradores.
Ahora llevaban sobre sí, sin mezcla de placer sensual ni de preocupaciones cotidianas, la solemnidad de la corona que habían traído desde Finsbury Pavement hasta la tumba vacía. Habían hecho su juramento. El tráfico lo respetaba; las furgonetas se detenían.
No puedo seguirles el paso, pensó Peter Walsh mientras marchaban por Whitehall, y a buen seguro, seguían marchando, pasándole de largo, pasando junto a todos, de su modo firme, como si una sola voluntad moviera piernas y brazos de forma uniforme, y la vida, con sus variedades, sus indiscreciones, hubiera quedado sepultada bajo un pavimento de monumentos y coronas, y narcotizada hasta convertirse en un cadáver rígido y a la vez de mirada fija debido a la disciplina. Había que respetarlo; uno podía reírse; pero había que respetarlo, pensó. Allí van, pensó Peter Walsh, deteniéndose en el borde de la acera; y todas las estatuas exhaltadas, Nelson, Gordon, Havelock, las negras y espectaculares imágenes de grandes soldados, se quedaban mirando al frente, como si ellos también hubieran hecho la misma renuncia (Peter Walsh sentía que él también la había hecho, la gran renuncia), pisoteados por las mismas tentaciones, y hubieran conseguido al fin una mirada marmórea. Pero esa mirada no la quería para sí lo más mínimo Peter Walsh; aunque pudiera respetarla en los demás. Podía respetarla en los muchachos. Todavía no conocen los sufrimientos de la carne, pensó, mientras los muchachos que marchaban desaparecían en dirección a The Strand—todo por lo que yo he pasado, pensó, al cruzar la calle y detenerse bajo la estatua de Gordon, Gordon a quien de muchacho había adorado; Gordon de pie, solitario, con una pierna levantada y los brazos cruzados—pobre Gordon, pensó.
Y como aún nadie sabía que él estaba en Londres, excepto Clarissa, y la tierra, tras el viaje, todavía le parecía una isla, lo sobrecogió la extrañeza de hallarse a solas, vivo, desconocido, a las once y media en Trafalgar Square.
¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Y por qué, al fin y al cabo, lo hace uno?, pensó, pareciéndole el divorcio pura fantasía.
Y su mente se quedó llana como un pantano, y tres grandes emociones lo arrollaron: la comprensión; una vasta filantropía; y finalmente, como fruto de las otras, un deleite irreprimible y exquisito; como si dentro de su cerebro, por mano ajena, se tensaran cuerdas, se movieran persianas, y él, sin tener nada que ver en ello, estuviera sin embargo a la entrada de infinitas alamedas por las que, si se empeñaba, podría vagar.
No se había sentido tan joven en años.
¡Había escapado! Era absolutamente libre —como ocurre en el derrumbe de la costumbre cuando la mente, como una llama desatada, se inclina y se dobla y parece a punto de desprenderse de su base—. ¡No me he sentido tan joven en años!, pensó Peter, escapando (solo por una hora o dos, por supuesto) de ser precisamente lo que era, y sintiéndose como un niño que sale corriendo al aire libre y ve, mientras corre, a su vieja niñera saludando desde la ventana equivocada. Pero es extraordinariamente atractiva, pensó, mientras, al cruzar la plaza de Trafalgar en dirección a Haymarket, venía una joven que, al pasar junto a la estatua de Gordon, parecía, según pensaba Peter Walsh (susceptible como era), desprenderse de velo tras velo, hasta convertirse en la mismísima mujer que él siempre había tenido en mente; joven, pero majestuosa; alegre, pero discreta; morena, pero encantadora.
Enderezándose y tanteando furtivamente su navaja, emprendió la marcha tras ella para seguir a esta mujer, a esta emoción, que parecía, aun de espaldas, arrojar sobre él una luz que los conectaba, que lo distinguía a él, como si el estrépito azaroso del tráfico hubiera susurrado con las manos en bocina su nombre, no Peter, sino su nombre íntimo con el que se llamaba a sí mismo en sus propios pensamientos.
«Usted», dijo ella, tan solo «usted», diciéndolo con sus guantes blancos y sus hombros.
Entonces la capa larga y fina que el viento agitaba al pasar ella frente a la tienda de Dent en Cockspur Street se desplegó con una bondad envolvente, una ternura doliente, como de unos brazos que se abrieran para acoger al cansado—
Pero no está casada; es joven; bastante joven, pensó Peter, mientras el clavel rojo que la había visto llevar al cruzar Trafalgar Square volvía a arder ante sus ojos y a enrojecer los labios de ella.
Pero ella esperaba en el bordillo. Había cierta dignidad en ella.
No era mundana, como Clarissa; no era rica, como Clarissa. ¿Era, se preguntó mientras ella se movía, respetable?
Ingeniosa, con la lengua parpadeante de un lagarto, pensó (porque hay que inventar, hay que permitirse un poco de distracción), un ingenio frío y paciente, un ingenio huidizo; no ruidoso.
Ella se movió; ella cruzó; él la siguió. Avergonzarla era lo último que deseaba. Aun así, si se detenía, él diría «Ven a tomar un helado», diría, y ella respondería, con total sencillez, «Ay, sí».
Pero otras personas se interpusieron entre ellos en la calle, estorbándole el paso, borrándola de su vista. Él la persiguió; ella cambió. Había color en sus mejillas; burla en sus ojos; él era un aventurero, temerario, pensaba, rápido, audaz, en verdad (desembarcado como había lo hecho anoche de la India) un bucanero romántico, despreocupado de todas esas malditas normas de decencia, batas amarillas, pipas, cañas de pescar en los escaparates; y la respetabilidad y las fiestas nocturnas y los ancianos pulcros que llevaban chalecos blancos bajo los chalecos. Él era un bucanero.
Y dale y dale que se iba ella, cruzando Piccadilly y subiendo por Regent Street, delante de él, su capa, sus guantes, sus hombros combinándose con los flecos y los encajes y las boas de plumas en los escaparates para crear el espíritu de la elegancia y el capricho que se desvanecía desde las tiendas hacia la acera, como la luz de una lámpara que titila de noche sobre los setos en la oscuridad.
Riendo y encantadora, había cruzado Oxford Street y Great Portland Street y doblado por una de las callejuelas, y ahora, y ahora, se acercaba el gran momento, porque ahora aminoraba el paso, abría el bolso y, con una sola mirada en su dirección, pero no hacia él, una sola mirada que se despedía, resumía toda la situación y la desestimaba triunfalmente, para siempre, ¡había introducido la llave, abierto la puerta y se había ido!
La voz de Clarissa diciendo, Acuérdate de mi fiesta, Acuérdate de mi fiesta, le zumbaba en los oídos. La casa era una de esas casas rojas y planas con cestas colgantes de flores de vaga impropiedad. Había terminado.
Bueno, ya he tenido mi diversión; la he tenido, pensó, mirando hacia arriba a las cestas colgantes de geranios pálidos. Y quedó hecha añicos —su diversión, pues estaba medio inventada, como él bien sabía; inventada, esta escapada con la muchacha; inventada, tal como uno se inventa la mejor parte de la vida, pensó—, inventándose a sí mismo; inventándola a ella; creando un entretenimiento exquisito, y algo más. Pero curioso era, y muy cierto; todo esto uno jamás podría compartirlo—hecho añicos.
Se volvió; subió por la calle, pensando en encontrar algún lugar donde sentarse hasta que fuera la hora de Lincoln’s Inn—de los señores Hooper y Grateley. ¿Dónde iría? No importaba. Calle arriba, pues, hacia Regent’s Park. Sus botas sobre el pavimento marcaban un «no importa»; pues era temprano, aún muy temprano.
Era también una mañana espléndida. Como el pulso de un corazón perfecto, la vida latía directamente por las calles.
No había titubeos ni dudas. Barriendo y girando, con precisión, puntualidad, sin ruido, allí, exactamente en el momento justo, el automóvil se detuvo ante la puerta. La muchacha, de medias de seda, emplumada, evanescente, pero no especialmente atractiva para él (pues él ya había tenido su época de aventuras), bajó.
Mayordomos admirables, perros chow de color leonado, zaguanes pavimentados con losetas blancas y negras, con persianas blancas que se mecían, vio Peter a través de la puerta abierta y los aprobó. Una realización espléndida a su manera, después de todo, Londres; la temporada; la civilización.
Viniendo como venía de una respetable familia angloindia que durante al menos tres generaciones había administrado los asuntos de un continente (es extraño, pensó, el sentimiento que tengo al respecto, detestando como detestaba la India, el imperio y el ejército), había momentos en que la civilización, incluso de esta clase, se le antojava tan querida como una posesión personal; momentos de orgullo por Inglaterra; por los mayordomos; los perros chow; las muchachas en su seguridad.
Bastante ridículo, pero aun así ahí está, pensó. Y los médicos y hombres de negocios y mujeres capaces, todos ocupados en sus asuntos, puntuales, alerta, robustos, le parecían del todo admirables, buenos tipos a quienes uno confiaría su vida, compañeros en el arte de vivir, que lo sacarían a uno adelante.
Entre una cosa y otra, el espectáculo era en verdad muy tolerable; y se sentaría a la sombra a fumar.
Ahí estaba Regent’s Park. Sí. De niño había paseado por Regent’s Park —qué curioso, pensó, cómo el recuerdo de la infancia sigue volviendo a mí—, resultado de haber visto a Clarissa, tal vez; porque las mujeres viven mucho más en el pasado que nosotros, pensó. Se apegan a los lugares; y a sus padres —una mujer siempre está orgullosa de su padre. Bourton era un lugar bonito, un lugar muy bonito, pero yo nunca pude congeniar con el viejo, pensó. Hubo una escena tremenda una noche— una discusión sobre algo o lo que fuera, qué, no lo recordaba. Política presumiblemente.
Yes, he remembered Regent’s Park; the long straight walk; the little house where one bought air-balls to the left; an absurd statue with an inscription somewhere or other. He looked for an empty seat. He did not want to be bothered (feeling a little drowsy as he did) by people asking him the time. An elderly grey nurse, with a baby asleep in its perambulator—that was the best he could do for himself; sit down at the far end of the seat by that nurse.
Es una muchacha de aspecto extraño, pensó, recordando de pronto a Elizabeth tal como había entrado en la habitación y se había detenido junto a su madre.
Había crecido; toda una mujercita, no precisamente bonita; más bien hermosa; y no debía de tener más de dieciocho años. Probablemente no se llevaba bien con Clarissa.
«Ahí está mi Elizabeth»—esa clase de cosas—¿por qué no simplemente «Aquí está Elizabeth»?—intentando hacer creer, como la mayoría de las madres, que las cosas son lo que no son.
Confía demasiado en su encanto, pensó. Exagera.
El humo rico y benigno del cigarro bajaba fresco por su garganta; lo exhaló de nuevo en aros que desafiaron al aire con valor por un momento; azules, circulares —intentaré hablar a solas con Elizabeth esta noche, pensó—; luego empezaron a tambalearse en formas de reloj de arena y a difuminarse; qué formas tan extrañas adoptan, pensó. De repente cerró los ojos, levantó la mano con esfuerzo y tiró la colilla pesada de su cigarro. Un gran pincel barrió con suavidad su mente, barriendo sobre ella ramas en movimiento, voces de niños, arrastrar de pies y gente que pasa, y el tráfico zumbante, el tráfico que sube y baja. Hundido, hundido se sumergió en los penachos y plumas del sueño, se hundió y quedó amortajado.
La enfermera gris reanudó su labor de punto mientras Peter Walsh, en el asiento caluroso a su lado, comenzó a roncar.
Con su vestido gris, moviendo las manos infatigable pero silenciosamente, parecía la defensora de los derechos de los durmientes, una de esas presencias espectrales que surgen al atardecer en bosques hechos de cielo y ramas.
El viajero solitario, merodeador de senderos, perturbador de helechos y devastador de grandes plantas de cicuta, al levantar la vista, ve de repente la figura gigantesca al fondo del camino.
Por convicción tal vez ateo, se ve sorprendido por momentos de extraordinaria exaltación.
Nada existe fuera de nosotros salvo un estado mental, piensa; un deseo de consuelo, de alivio, de algo que esté fuera de estos miserables pigmeos, de estos hombres y mujeres débiles, feos, abyectos.
Pero si es capaz de concebirla, entonces de algún modo ella existe, piensa, y avanzando por el sendero con los ojos fijos en el cielo y las ramas, rápidamente las dota de feminidad; ve con asombro cuán graves se vuelven; cuán majestuosamente, a medida que la brisa las agita, dispensan con un oscuro temblor de hojas caridad, comprensión, absolución, y luego, lanzándose de repente a lo alto, confunden su aspecto devoto con una orgía salvaje.
Tales son las visiones que ofrecen grandes cuernos de la abundancia repletos de fruta al solitario viajero, o le murmuran al oído como sirenas que retozan perezosas sobre las verdes olas del mar, o se estrellan en su rostro como ramilletes de rosas, o emergen a la superficie como pálidos rostros que los pescadores vadean las inundaciones para abrazar.
Tales son las visiones que flotan incesantemente, marchan a su lado, le ponen las caras delante, de la cosa real; a menudo abrumando al viajero solitario y arrebatándole la sensación de la tierra, el deseo de regresar, y dándole a cambio una paz general, como si (piensa mientras avanza por el sendero del bosque) toda esta fiebre de vivir fuera la sencillez misma; y miríadas de cosas fundidas en una sola cosa; y esta figura, hecha de cielo y ramas como está, hubiera surgido del mar turbulento (es un hombre maduro, de más de cincuenta años ahora) como una forma que pudiera ser absorbida de las olas para derramar desde sus magníficas manos compasión, comprensión, absolución.
Así, piensa, ojalá no vuelva jamás a la luz de la lámpara; a la salita; no termine nunca mi libro; no sacuda nunca mi pipa; no llame nunca con la campanilla a la señora Turner para que recoja; antes bien, déjame caminar derecho hacia esta gran figura, que, con una sacudida de cabeza, me montará en sus serpentinas y dejará que me desvanezca en la nada con el resto.
Tales son las visiones.
El viajero solitario cruza pronto el bosque; y allí, acudiendo a la puerta con los ojos protegidos, posiblemente para aguardar su regreso, con las manos en alto, con el delantal blanco ondeando al viento, hay una anciana que parece (tan poderosa es esta debilidad) buscar, sobre un desierto, a un hijo perdido; buscar a un jinete destruido; ser la figura de la madre cuyos hijos han muerto en las batallas del mundo.
Así, a medida que el viajero solitario avanza por la calle del pueblo donde las mujeres están de pie tejiendo y los hombres cavan en el huerto, la tarde se vuelve ominosa; las figuras inmóviles; como si un destino augusto, conocido por ellas, aguardado sin miedo, estuviera a punto de barrerlas hacia la aniquilación total.
Dentro, entre las cosas ordinarias, el aparador, la mesa, el alféizar con sus geranios, de repente el contorno de la patrona, inclinada para retirar el mantel, se ablanda con la luz, un emblema adorable que solo el recuerdo de los fríos contactos humanos nos prohíbe abrazar.
Toma la mermelada; la encierra en el aparador.
—¿No hay nada más por esta noche, señor?
Pero ¿a quién responde el viajero solitario?
Así que la anciana enfermera tejía sobre el bebé dormido en Regent’s Park.
Así que Peter Walsh roncó.
Se despertó con extrema rapidez, diciéndose a sí mismo: «La muerte del alma».
—¡Señor, Señor! —se dijo en voz alta, estirándose y abriendo los ojos—. La muerte del alma.
Las palabras se adhirieron a cierta escena, a cierta habitación, a cierto pasado con el que había estado soñando. Se volvió más nítido; la escena, la habitación, el pasado con el que había estado soñando.
Fue en Bourton aquel verano, a principios de los noventa, cuando estaba tan apasionadamente enamorado de Clarissa. Había muchísima gente allí, riendo y charlando, sentados alrededor de una mesa después de tomar el té, y la habitación estaba bañada en una luz amarilla y llena de humo de cigarrillo. Hablaban de un hombre que se había casado con su criada, uno de los hacendados vecinos, había olvidado su nombre. Se había casado con su criada, y la habían llevado a Bourton de visita; había sido una visita horrible. Ella iba vestida de forma absurdamente recargada, «como una cacatúa», había dicho Clarissa, imitándola, y no paraba de hablar. No callaba, no callaba nunca. Clarissa la imitaba. Entonces alguien dijo —fue Sally Seton— si cambiaba realmente algo en los sentimientos de uno saber que, antes de casarse, ella había tenido un hijo. (Por aquel entonces, ante un público mixto, era algo muy atrevido de decir). Todavía podía ver a Clarissa poniéndose de un rosa brillante; contrayéndose de algún modo; y diciendo: «¡Ay, nunca más podré volver a hablarle!». A lo que siguió una sensación de que todo el grupo sentado alrededor de la mesa del té se tambaleaba. Fue muy incómodo.
Él no la había culpado por importarle el hecho, ya que en aquellos días una muchacha criada como ella no sabía nada, pero era su modo de ser lo que le molestaba; tímido; duro; algo arrogante; poco imaginativo; puritano.
«La muerte del alma».
Había dicho aquello instintivamente, etiquetando el momento como solía hacerlo: la muerte del alma de ella.
Todos titubearon; todos parecieron inclinarse al hablar ella, y luego erguirse de otro modo. Él alcanzaba a ver a Sally Seton, como una niña que ha hecho una travesura, inclinándose hacia adelante, bastante sonrojada, con ganas de hablar pero con miedo, y es que Clarissa intimidaba a la gente.
(Era la mejor amiga de Clarissa, siempre andaba por allí, totalmente distinta a ella, un ser atractivo, guapa, morena, con la fama en aquellos días de ser muy atrevida y él solía regalarle puros, que ella se fumaba en su dormitorio. O bien había estado prometida con alguien o se había peleado con su familia y al viejo Parry les tenía la misma ojeriza a ambos, lo cual era un gran vínculo.)
Entonces Clarissa, todavía con aires de estar ofendida con todos ellos, se levantó, puso cualquier pretexto y se fue, sola. Al abrir la puerta, entró aquel gran perrovejuno que perseguía a las ovejas. Se abalanzó sobre él, se desvivió en arrobos. Era como si le dijera a Peter —todo iba dirigido a él, lo sabía—: «Sé que hace un momento te he parecido ridícula por lo de esa mujer; ¡pero mira qué extraordinariamente comprensiva soy; mira cómo quiero a mi Rob!».
Tenían siempre esta extraña facultad de comunicarse sin palabras. Ella advertía al instante cuando él la criticaba. Entonces hacía algo muy evidente para defenderse, como este embrollo con el perro, pero a él nunca la engañaba, siempre veía a través de Clarissa. No es que dijera nada, por supuesto; se limitaba a quedarse allí sentado con cara de mal humor. Así era como solían empezar sus discusiones.
Ella cerró la puerta. Al punto él cayó en una profunda depresión. Todo aquello le pareció inútil—seguir enamorado; seguir discutiendo; seguir reconciliándose—, y se alejó solo, entre cocheras y cuadras, mirando a los caballos. (El lugar era bastante modesto; los Parry nunca habían estado muy boyantes; pero siempre había palafreneros y muchachos de caballeriza por allí—a Clarissa le encantaba montar— y un viejo cochero—¿cómo se llamaba?—, una vieja niñera, la vieja Moody, la vieja Goody, algún nombre así la llamaban, a quien uno iba a visitar a una salita llena de fotografías, llena de jaulas de pájaros).
¡Fue una tarde horrible! Se puso cada vez más sombrío, y no solo por eso; por todo. Y no podía verla; no podía explicarle; no podía aclararlo todo.
Siempre había gente por allí; ella seguía como si nada hubiera pasado. Esa era la parte diabólica de ella: esta frialdad, esta rigidez, algo muy profundo en ella, que había sentido otra vez esta mañana al hablar con ella; una impenetrabilidad.
Y, Dios sabe que la amaba. Ella tenía una extraña habilidad para tocarle a uno los nervios, para convertirle los nervios en cuerdas de violín, sí.
Había entrado a cenar bastante tarde, por una idea estúpida de hacerse notar, y se había sentado al lado de la vieja señorita Parry—la tía Helena—, la hermana del señor Parry, a quien se suponía que le correspondía presidir.
Allí estaba sentada con su chal de cachemira blanca, con la cabeza apoyada contra la ventana—una anciana formidable, pero amable con él, pues él le había conseguido una flor rara, y ella era una gran botánica, que marchaba con botas gruesas y una caja negra de coleccionista colgada entre los hombros.
Se sentó a su lado y no pudo hablar. Todo parecía pasar a toda velocidad ante él; se limitó a sentarse allí, comiendo.
Y entonces, a mitad de la cena, se obligó por primera vez a mirar hacia donde estaba Clarissa. Ella le hablaba a un joven a su derecha. Tuvo una revelación repentina.
«Se casará con ese hombre», se dijo a sí mismo.
Ni siquiera sabía su nombre.
Pues claro que fue aquella tarde, aquella misma tarde, cuando Dalloway había venido de visita; y Clarissa le llamó «Wickham»; ese fue el principio de todo.
Alguien lo había traído; y Clarissa se equivocó de apellido. Se lo presentó a todo el mundo como Wickham.
Al fin él dijo: «¡Me llamo Dalloway!», esa fue la primera impresión que tuvo de Richard: un joven rubio, bastante torpe, sentado en una silla de playa, soltando de repente: «¡Me llamo Dalloway!».
Sally se quedó con la copla; desde entonces lo llamó siempre «¡Me llamo Dalloway!».
Por entonces era presa de revelaciones. Esta —que ella se casaría con Dalloway— resultaba deslumbrante, abrumadora en aquel momento. Había una especie de... ¿cómo decirlo?, una especie de soltura en sus maneras hacia él; algo maternal; algo apacible. Hablaban de política. Durante toda la cena intentó escuchar lo que decían.
Después recordaría haber estado de pie junto a la silla de la anciana señorita Parry en el salón. Clarissa se acercó, con sus modales perfectos, como una verdadera anfitriona, y quiso presentarlo a alguien; le habló como si nunca antes se hubieran visto, lo cual lo enfureció.
Aun así, ya entonces la admiraba por eso. Admiraba su valor; su instinto social; admiraba su capacidad para sacar las cosas adelante.
«La perfecta anfitriona», le dijo, ante lo cual ella se estremece entera.
Pero él pretendía que lo sintiera. Habría hecho cualquier cosa para herirla después de verla con Dalloway. Así que ella lo dejó. Y él tuvo la sensación de que todos estaban reunidos en una conspiración en su contra —riendo y hablando— a sus espaldas.
Allí se quedó de pie junto a la silla de la señorita Parry como si lo hubieran tallado en madera, hablando él de flores silvestres. ¡Nunca, nunca había sufrido de forma tan infernal! Debió de haber olvidado incluso fingir que escuchaba; al fin despertó; vio a la señorita Parry con aspecto bastante turbado, bastante indignado, con los ojos saltones fijos en él. ¡Poco faltó para que gritara que no podía prestar atención porque estaba en el Infierno!
La gente empezó a salir de la habitación. Los oyó hablar de ir a buscar capas; de que hacía frío en el agua, y cosas así. Iban a dar un paseo en barca por el lago a la luz de la luna, una de las ideas locas de Sally. Podía oírla describiendo la luna. Y todos salieron. Se quedó completamente solo.
—¿No quieres ir con ellos? —dijo la tía Helena—¡la vieja señorita Parry!—, lo había adivinado. Y él se giró y allí estaba Clarissa otra vez. Había vuelto para buscarlo. Su generosidad—su bondad— lo abrumó.
—Vamos —dijo ella—. Están esperando.
¡Jamás se había sentido tan feliz en toda su vida! Sin decir una palabra hicieron las paces. Caminaron hacia el lago. Disfrutó de veinte minutos de felicidad perfecta. Su voz, su risa, su vestido (algo vaporoso, blanco, carmesí), su espíritu, su audacia; hizo que todos desembarcaran y exploraran la isla; asustó a una gallina; se echó a reír; cantó. Y durante todo ese tiempo, él sabía perfectamente que Dalloway se estaba enamorando de ella; ella se estaba enamorando de Dalloway; pero eso no parecía importar. Nada importaba. Se sentaron en el suelo y hablaron—él y Clarissa. Entraban y salían el uno en la mente del otro sin ningún esfuerzo. Y entonces, en un segundo, todo terminó. Se dijo a sí mismo mientras subían a la barca: «Ella se casará con ese hombre», apagadamente, sin ningún resentimiento; pero era algo evidente. Dalloway se casaría con Clarissa.
Dalloway los acercó en los remos. No dijo nada. Pero de algún modo, mientras lo veían ponerse en marcha, saltando a su bicicleta para recorrer veinte millas a través del bosque, tambaleándose camino abajo, agitando la mano y desapareciendo, era obvio que él sentía, instintivamente, enormemente, con fuerza, todo aquello; la noche; el romanticismo; Clarissa. Se merecía tenerla.
Para sí mismo, era un absurdo. Sus exigencias a Clarissa (ahora podía verlo) eran absurdas. Pedía cosas imposibles. Armaba escenas terribles. Ella aún lo habría aceptado, tal vez, de haber sido menos absurdo. Sally lo creía así. Le escribió cartas durante todo aquel verano; cómo habían hablado de él; cómo lo había alabado, ¡cómo había estallado Clarissa en lágrimas! Fue un verano extraordinario —todo cartas, escenas, telegramas— que llegaban a Bourton temprano por la mañana, rondando hasta que se levantaban los sirvientes; espantosos tête-à-têtes con el viejo señor Parry en el desayuno; la tía Helena formidable pero amable; Sally arrastrándolo a conversar en la huerta; Clarissa en cama con dolores de cabeza.
La escena final, la terrible escena que él creía que había importado más que nada en toda su vida (tal vez fuera una exageración, pero aun así así se lo parecía ahora), ocurrió a las tres de la tarde de un día calurosísimo.
Fue una minucia lo que condujo a ello: Sally diciendo algo sobre Dalloway durante el almuerzo y llamándolo «Mi nombre es Dalloway», tras lo cual Clarissa de repente se puso rígida, se sonrojó, a su manera, y soltó cortante: «Ya hemos tenido bastante de esa broma floja».
Eso fue todo; pero para ella era exactamente como si hubiera dicho: «Solo me estoy divirtiendo contigo; tengo un acuerdo con Richard Dalloway».
Así se lo tomó. Llevaba noches sin dormir. «Esto tiene que acabarse de un modo u otro», se dijo. Le mandó una nota con Sally pidiéndole que se encontrara con él junto a la fuente a las tres. «Ha pasado algo muy importante», garabateó al final de la misma.
La fuente estaba en medio de un pequeño arbustedo, lejos de la casa, con arbustos y árboles alrededor. Allí llegó ella, incluso antes de la hora, y se quedaron con la fuente entre los dos, cuyo caño (estaba roto) goteaba agua sin cesar.
¡Cómo se graban las imágenes en la mente! Por ejemplo, el verde intenso del musgo.
Ella no se movía. «Dime la verdad, dime la verdad», seguía diciendo él. Sentía como si fuera a estallarle la frente. Ella parecía encogida, petrificada. Ella no se movía. «Dime la verdad», repitió, cuando de repente aquel viejo Breitkopf asomó la cabeza cargando con el Times; los miró fijamente; se quedó boquiabierto; y se marchó. Ninguno de los dos se movió. «Dime la verdad», repitió. Sentía que estaba chocando contra algo físicamente duro; ella era inflexible. Era como el hierro, como el pedernal, rígida hasta la espina dorsal. Y cuando ella dijo: «No sirve de nada. No sirve de nada. Esto es el fin» —después de que él hubiera hablado durante horas, al parecer, con las lágrimas rodándole por las mejillas— fue como si ella le hubiera golpeado en la cara. Ella se dio la vuelta, lo dejó, se fue.
—¡Clarissa! —gritó—. ¡Clarissa!
Pero ella nunca volvió. Había terminado. Se marchó esa misma noche. Nunca volvió a verla.
—¡Fue horrible —gritó—, horrible, horrible!
Aun así, el sol calentaba. Aun así, uno terminaba por superar las cosas. Aun así, la vida se apañaba para ir sumando día tras día. Aun así, pensó bostezando y empezando a prestar atención —el parque de Regent’s había cambiado muy poco desde que era un muchacho, a excepción de las ardillas—, aun así, cabía suponer que había compensaciones— cuando la pequeña Elise Mitchell, que había estado recogiendo piedrecitas para añadirlas a la colección de guijarros que ella y su hermano hacían en la chimenea de la guardería, dejó caer de golpe su puñado sobre las rodillas de la niñera y salió disparada de nuevo a toda velocidad contra las piernas de una señora. Peter Walsh soltó una carcajada.
Pero Lucrezia Warren Smith se decía a sí misma: Es perverso; ¿por qué tengo que sufrir?, se preguntaba, mientras caminaba por el sendero ancho.
No; ya no lo soporto más, se decía, tras haber dejado a Septimus, que ya no era Septimus, diciendo cosas duras, crueles, perversas, hablándose a sí mismo, hablando con un muerto, en aquel banco de allí; cuando la niña tropezó de lleno con ella, cayó de bruces y rompió a llorar.
Eso era más bien consolador. La puso de pie, le sacudió el vestido, la besó.
Pero ella por su parte no había hecho nada malo; había amado a Septimus; había sido feliz; había tenido un hermoso hogar, y allí vivían aún sus hermanas, haciendo sombreros. ¿Por qué iba a sufrir?
El niño volvió corriendo directamente junto a su niñera, y Rezia la vio regañada, consolada, tomada en brazos por la niñera que dejó el tejido, y el hombre de aspecto amable le dio su reloj para que lo soplara y se abriera para consolarla; pero ¿por qué habría de estar expuesta? ¿Por qué no dejarla en Milán? ¿Por qué torturarla? ¿Por qué?
Ligeramente agitados por las lágrimas, el ancho camino, la enfermera, el hombre de gris, el carrito de niño, subían y bajaban ante sus ojos.
Verse mecida por esta malévola torturadora era su sino. ¿Pero por qué?
Era como un pájaro refugiado bajo el hueco delgado de una hoja, que parpadea ante el sol cuando la hoja se mueve; se sobresalta ante el crujido de una ramita seca. Estaba expuesta; la rodeaban los árboles enormes, las vastas nubes de un mundo indiferente; expuesta; torturada; ¿y por qué debía sufrir? ¿Por qué?
Frunció el ceño; zapateó enérgicamente. Tenía que volver con Septimus, ya que casi era la hora de ir a ver a Sir William Bradshaw.
Tenía que volver y decirle, volver con él, que seguía allí sentado en la silla verde bajo el árbol, hablando solo, o hablándole a aquel difunto, Evans, a quien ella solo había visto una vez, un instante, en la tienda.
Le había parecido un hombre simpático y tranquilo; un gran amigo de Septimus, y lo habían matado en la guerra. Pero esas cosas les pasan a todos. Todo el mundo tiene amigos a los que mataron en la guerra.
Todo el mundo renuncia a algo cuando se casa. Ella había renunciado a su hogar. Había venido a vivir aquí, a esta ciudad horrible.
Pero Septimus se dejaba pensar en cosas horribles, como ella también podía hacerlo, si lo intentaba. Se había vuelto cada vez más extraño. Decía que la gente hablaba detrás de las paredes del dormitorio. A la señora Filmer le parecía raro. También veía cosas: había visto la cabeza de una vieja en medio de un helecho. Sin embargo, podía ser feliz cuando quería. Fueron a Hampton Court en la azotea de un autobús, y fueron perfectamente felices. Todas las florecitas rojas y amarillas estaban abiertas en el césped, como lámparas flotantes, decía él, y hablaban y charlaban y se reían, inventando historias.
De repente él dijo: «Ahora nos suicidaremos», cuando estaban parados junto al río, y lo miró con una mirada que ella le había visto en los ojos cuando pasaba un tren, o un ómnibus—una mirada como si algo lo fascinara—; y ella sintió que él se alejaría de ella y lo agarró del brazo.
Pero al volver a casa iba perfectamente tranquilo, perfectamente razonable. Discutía con ella sobre matarse; y le explicaba lo malvadas que eran las personas; cómo podía verlas inventando mentiras mientras pasaban por la calle. Conocía todos sus pensamientos, decía; lo sabía todo. Conocía el significado del mundo, decía.
Luego, cuando volvieron, apenas podía caminar. Se tumbó en el sofá y la obligó a tomarle la mano para evitar caer, ¡caer, gritaba, en las llamas!, y veía rostros que se reían de él, llamándolo con nombres horribles y repugnantes, desde las paredes, y manos que señalaban alrededor del biombo.
Sin embargo, estaban completamente solos.
Pero él empezó a hablar en voz alta, respondiendo a la gente, discutiendo, riendo, llorando, exaltándose mucho y haciéndola anotar cosas. Eran puras tonterías; sobre la muerte; sobre la señorita Isabel Pole. Ella no lo soportaría más. Volvería.
Ya estaba cerca de él, podía verlo mirando fijamente el cielo, murmurando, con las manos entrelazadas. Sin embargo, el doctor Holmes decía que no le pasaba nada. ¿Qué había pasado entonces?, ¿por qué se había ido, entonces, por qué, cuando ella se sentaba a su lado, él se sobresaltaba, le fruncía el ceño, se alejaba y le señalaba la mano, le tomaba la mano y la miraba aterrorizado?
¿Sería que se había quitado la alianza?
«Se me ha quedado la mano muy delgada —dijo—. La he guardado en el bolso», le contó.
Él le soltó la mano. Su matrimonio había terminado, pensó, con agonía, con alivio. La cuerda estaba cortada; cabalgaba; era libre, tal como estaba decretado que él, Septimus, el señor de los hombres, fuera libre; solo (ya que su esposa se había quitado el anillo de bodas; ya que lo había abandonado), él, Septimus, estaba solo, convocado de antemano ante la masa de los hombres para escuchar la verdad, para aprender el significado que ahora al fin, tras todos los afanes de la civilización —griegos, romanos, Shakespeare, Darwin, y ahora él mismo—, iba a sérsele entregado por entero.
… «¿A quién?», preguntó en voz alta.
«Al primer ministro», respondieron las voces que susurraban sobre su cabeza.
El secreto supremo debía ser revelado al Gabinete; primero, que los árboles están vivos; segundo, que no hay crimen; tercero, el amor, el amor universal, murmuró, jadeando, temblando, extrayendo con dolor estas profundas verdades que requerían, tan hondas como eran, tan difíciles, un inmenso esfuerzo para ser pronunciadas, pero el mundo había cambiado por completo gracias a ellas para siempre.
—Ningún crimen; amor; —repitió, buscando a tientas su tarjeta y su lápiz, cuando un skye terrier le husmeó los pantalones y él dio un salto presa de una angustia terrorífica.
¡Se estaba convirtiendo en un hombre! ¡No podía ver cómo ocurría! ¡Era horrible, terrible ver a un perro convertirse en hombre!
De inmediato, el perro se trotó y se alejó.
El Cielo era divinamente misericordioso, infinitamente benévolo. Lo perdonó, absolvió su debilidad.
Pero ¿cuál era la explicación científica (porque ante todo hay que ser científico)? ¿Por qué podía ver a través de los cuerpos, ver hacia el futuro, cuando los perros se convertirían en hombres? Era la ola de calor presumiblemente, actuando sobre un cerebro sensibilizado por eones de evolución.
Hablando científicamente, la carne se había fundido del mundo. Su cuerpo fue macerado hasta que solo quedaron las fibras nerviosas. Fue extendido como un velo sobre una roca.
Se recostó en su silla, exhausto pero sostenido. Se quedó descansando, esperando, antes de volver a interpretar, con esfuerzo, con agonía, para la humanidad. Yacía muy alto, sobre la espalda del mundo. La tierra vibraba bajo él. Flores rojas crecían a través de su carne; sus hojas rígidas crujían junto a su cabeza. La música empezó a repiquetear contra las rocas allá arriba. Es la bocina de un coche ahí abajo en la calle, murmuró; pero allá arriba rebotaba de roca en roca, se dividía, chocaba en colisiones de sonido que se elevaban en columnas suaves (que la música fuera visible era un descubrimiento) y se convertía en un himno, un himno entrelazado ahora por la flauta de un pastorcito (Eso es un viejo tocando el pito junto al mesón, murmuró) que, mientras el muchacho permanecía quieto, brotaba burbujeante de su instrumento, y luego, al subir más alto, entonaba su exquisita queja mientras el tráfico pasaba por debajo. La elegía de este muchacho se toca en medio del tráfico, pensó Septimus. Ahora se retira a las nieves, y las rosas lo rodean —las rosas rojas y espesas que crecen en la pared de mi dormitorio, se recordó a sí mismo. La música se detuvo. Tiene su centavo, dedujo, y ha seguido hasta el siguiente mesón.
Pero él mismo seguía alto sobre su roca, como un marinero ahogado sobre una roca.
Me asomé por la borda del bote y caí, pensó. Me fui bajo el mar. He estado muerto, y sin embargo ahora estoy vivo, pero dejadme descansar aún; suplicaba (¡volvía a hablar consigo mismo—era horrible, horrible!); y así como, antes de despertar, las voces de los pájaros y el ruido de las ruedas tañen y parlotean en extraña armonía, haciéndose cada vez más fuertes y el durmiente se siente arrastrado hacia las orillas de la vida, así se sintió él arrastrado hacia la vida, el sol calentando más, los gritos sonando más fuertes, algo tremendo a punto de suceder.
No tenía más que abrir los ojos; pero un peso los abrumaba; un miedo. Hizo un esfuerzo; empujó; miró; vio Regent’s Park ante él. Largas serpentinas de luz solar lamían sus pies. Los árboles se agitaban, blandían sus ramas. Te damos la bienvenida, parecía decir el mundo; te aceptamos; creamos. Belleza, parecía decir el mundo. Y como para probarlo (científicamente) hacia dondequiera que mirase —a las casas, a las barandillas, a los antílopes estirándose sobre las empalizadas—, la belleza brotaba al instante. Observar una hoja temblando en la corriente de aire era una alegría exquisita. Allá arriba en el cielo las golondrinas picaban, se desviaban, se lanzaban hacia dentro y hacia fuera, dando vueltas y más vueltas, pero siempre con perfecto control como si gomas elásticas las sostuvieran; y las moscas subiendo y bajando; y el sol iluminando ahora esta hoja, ahora aquella, en señal de burla, deslumbrándolas con oro suave y de puro buen humor; y de vez en cuando alguna campanada (bien podría ser la bocina de un auto) repiqueteando divinamente sobre los tallos de hierba—todo esto, por tranquilo y razonable que fuera, hecho de cosas corrientes como estaba, era la verdad ahora; la belleza, esa era la verdad ahora. La belleza estaba en todas partes.
—Es la hora —dijo Rezia.
La palabra «tiempo» abrió su cáscara; vertió sus riquezas sobre él; y de sus labios cayeron como conchas, como virutas de un cepillo, sin que él los hiciera, palabras duras, blancas, imperecederas, y volaron para unirse a sus lugares en una oda al Tiempo; una oda inmortal al Tiempo. Él cantaba. Evans respondió desde detrás del árbol. Los muertos estaban en Tesalia, cantaba Evans, entre las orquídeas. Allí esperaban a que terminara la guerra, y ahora los muertos, ahora el propio Evans—
—¡Por el amor de Dios, no vengas! —gritó Septimus—. Pues no podía contemplar a los muertos.
Pero las ramas se abrieron. Un hombre de gris se acercaba hacia ellos de verdad. ¡Era Evans! Pero no llevaba barro ni heridas; no había cambiado.
Debo contárselo a todo el mundo, exclamó Septimus, levantando la mano (mientras el hombre muerto del traje gris se acercaba más), levantando la mano como una figura colosal que ha lamentado el destino del hombre durante siglos en el desierto a solas con las manos presionadas contra la frente, surcos de desesperación en las mejillas, y que ahora ve luz en el confín del desierto que se ensancha y golpea a la figura de color negro de hierro (y Septimus medio se levantó de la silla), y con legiones de hombres postrados a sus espaldas él, el doliente gigante, recibe por un solo instante en su rostro el todo—
—Pero soy tan infeliz, Septimus —dijo Rezia intentando que se sentara.
Los millones se lamentaban; durante edades enteras habían penado. Él se volvería, en unos momentos les hablaría, solo unos momentos más, de este alivio, de este gozo, de esta asombrosa revelación—
—La hora, Septimus —repitió Rezia—. ¿Qué hora es?
Él estaba hablando, estaba empezando, este hombre tenía que notarlo. Las estaba mirando.
—Te diré la hora —dijo Septimus, muy despacio, muy adormilado, sonriendo misteriosamente—. Mientras estaba allí sentado sonriendo al difunto del traje gris, dio el cuarto: las doce menos cuarto.
Y eso es ser joven, pensó Peter Walsh al pasar junto a ellos. Tener una escena espantosa —la pobre muchacha tenía un aspecto totalmente desesperado— en plena mañana. Pero de qué trataba, se preguntó, qué le estaría diciendo el joven del abrigo para ponerla así; en qué aprieto terrible se habrían metido para verse los dos tan desesperados en una hermosa mañana de verano. Lo divertido de volver a Inglaterra, después de cinco años, era el modo en que hacía, al menos los primeros días, que las cosas resaltaran como si uno nunca las hubiera visto antes; amantes peleándose bajo un árbol; la vida familiar y doméstica de los parques. Jamás había visto Londres tan encantador —la suavidad de las lejanías; la suntuosidad; elverdor; la civilización, después de la India, pensó, mientras cruzaba la hierba paseando.
Esta susceptibilidad a las impresiones había sido su perdición, sin duda. A su edad todavía tenía, como un muchacho o incluso una muchacha, estos cambios de humor; días buenos, días malos, sin motivo alguno, la felicidad provocada por un rostro bonito, la más absoluta miseria al ver a una mujer desaliñada.
Después de la India, por supuesto, uno se enamoraba de cada mujer que encontraba. Había en ellas una frescura; hasta la peor vestida iba mejor que hace cinco años, sin duda; y, a su juicio, la moda nunca había sido tan favorecedora; los largos abrigos negros; la esbeltez; la elegancia; y luego esa deliciosa y aparentemente universal costumbre del maquillaje.
Todas las mujeres, incluso las más respetables, lucían rosas floreciendo bajo cristal; labios cortados con cuchillo; rizos de tinta china; había diseño, arte, en todas partes; sin lugar a dudas se había producido algún tipo de cambio. ¿En qué pensaban los jóvenes?, se preguntó Peter Walsh.
Aquellos cinco años—de 1918 a 1923—habían sido, según sospechaba, de algún modo muy importantes. La gente tenía otro aspecto. Los periódicos parecían distintos. Ahora, por ejemplo, había un hombre que escribía con toda naturalidad en uno de los semanarios respetables sobre inodoros. Eso no se habría podido hacer diez años atrás—escribir con toda naturalidad sobre inodoros en un semanario respetable. Y luego esto de sacar una barrita de carmín o una borla de polvos y arreglarse en público. A bordo del barco de vuelta había muchísimos jóvenes y chicas—Betty y Bertie, recordaba en particular—, que se coqueteaban con toda naturalidad; la anciana madre los miraba con su labor de punto, tan fresca como una lechuga. La chica se detenía y se polvi-zaba la nariz delante de todo el mundo. Y no estaban prometidos; simplemente se lo pasaban bien; sin que nadie saliera herido en sus sentimientos. Más dura que una piedra era ella—Betty No-sé-cuántos—; pero una bellísima persona. Sería una esposa estupenda a los treinta años—se casaría cuando le conviniera casarse; se casaría con algún hombre rico y viviría en una gran casa cerca de Mánchester.
¿Quién había sido ahora la que había hecho aquello?, se preguntó Peter Walsh, al entrar en el Broad Walk—¿haberse casado con un hombre rico y vivir en una gran casa cerca de Manchester? ¿Alguien que le había escrito una carta larga y efusiva hacía muy poco sobre «hortensias azules»? Había sido ver unas hortensias azules lo que le hizo pensar en él y en los viejos tiempos—¡Sally Seton, por supuesto! Era Sally Seton—¡la última persona en el mundo de quien uno habría esperado que se casara con un hombre rico y viviera en una gran casa cerca de Manchester, la indómita, la audaz, la romántica Sally!
Pero de toda aquella vieja camarilla, los amigos de Clarissa —los Whitbread, los Kinderley, los Cunningham, los Kinloch-Jones—, Sally era probablemente la mejor. Al menos intentaba agarrar las cosas por el buen mango. Al menos calaba a Hugh Whitbread —el admirable Hugh— cuando Clarissa y los demás se rendían a sus pies.
“¿Los Whitbread?” podía oírla diciendo. “¿Quiénes son los Whitbreads? Carboneros. Gente respetable de comercio”.
A Hugh lo detestaba por alguna razón. No pensaba en nada más que en su propia apariencia, decía ella. Debería haber sido duque. Con toda seguridad se casaría con una de las princesas reales.
Y por supuesto Hugh sentía el respeto más extraordinario, más natural y más sublime por la aristocracia británica que jamás hubiera conocido ser humano alguno. Hasta Clarissa tenía que reconocerlo.
¡Vaya, pero si era un encanto, tan desinteresado, que renunciaba a la caza para complacer a su anciana madre—se acordaba de los cumpleaños de sus tías, etcétera!
Sally, para ser justos con ella, veía a través de todo aquello. Una de las cosas que él mejor recordaba era una discusión un domingo por la mañana en Bourton sobre los derechos de las mujeres (aquel tema antediluviano), cuando Sally de repente perdió los estribos, se encendió y le dijo a Hugh que él representaba todo lo más detestable de la vida de la clase media británica.
Le dijo que lo consideraba responsable de la situación de «escasas chicas en Piccadilly» —¡Hugh, el perfecto caballero, el pobre Hugh!—, ¡jamás un hombre había tenido una expresión más horrorizada!
Lo hizo a propósito, dijo después (pues solían reunirse en el huerto y poner en común sus impresiones). «No ha leído nada, no ha pensado nada, no ha sentido nada», podía oírla decir con esa voz tan enfática que llegaba mucho más lejos de lo que ella se imaginaba. Los mozos de cuadra tenían más vida que Hugh, decía. Era un ejemplar perfecto del tipo de escuela privada inglesa, decía. Ningún país salvo Inglaterra podría haberlo producido. Estaba verdaderamente rencorosa, por algún motivo; le guardaba algún tipo de resentimiento. Algo había pasado —olvidaba el qué— en el fumadero. ¿La había insultado —besado?—. ¡Increíble!
Nadie creía ni una palabra en contra de Hugh, por supuesto. ¿Quién podría? ¡Besar a Sally en la sala de fumadores! Si hubiera sido alguna honorable Edith o lady Violet, tal vez; pero no esa pordiosera de Sally sin un céntimo caídas a su nombre, y un padre o una madre jugando en Montecarlo. Pues de todas las personas que jamás había conocido, Hugh era el mayor estirado —el más obsequioso—, no, no se arrastraba exactamente. Era demasiado pedante para eso. Un ayuda de cámara de primera categoría era la comparación obvia—alguien que caminaba detrás cargando maletas; en quien se podía confiar para enviar telegramas—indispensable para las anfitrionas.
Y había encontrado su trabajo —se había casado con su honorable Evelyn; había conseguido algún puestecillo en la Corte, cuidaba las bodegas del Rey, lustraba las hebillas de los zapatos imperiales, iba por ahí con calzones cortos y gorgueras de encaje. ¡Qué despiadada es la vida! ¡Un puestecillo en la Corte!
Se había casado con esta dama, la honorable Evelyn, y vivían por allícerca, según creía (mirando las pomposas casas que daban al parque), pues había almorzado allí una vez en una casa que tenía, como todas las posesiones de Hugh, algo que ninguna otra casa podría tener jamás: armarios para la ropa blanca, tal vez. Tenía uno que ir a verlos, tenía uno que pasar muchísimo tiempo admirando siempre lo que fuera: armarios para la ropa blanca, fundas de almohada, muebles de roble antiguo, cuadros que Hugh había conseguido por cuatro chavos. Pero la señora Hugh a veces estropeaba la función. Era una de esas mujeres discretas, insignificantes y ratoniles que admiran a los hombres grandes. Era casi imperceptible. De pronto soltaba algo totalmente inesperado, algo incisivo. Quizá le quedaban los restos de los modales distinguidos. El carbón de vapor era un poco demasiado fuerte para ella; espesaba la atmósfera. Y así vivían allí, con sus armarios para la ropa blanca, sus viejos maestros y sus fundas de almohada ribeteadas con encaje auténtico a razón de cinco o diez mil al año presumiblemente, mientras él, que era dos años mayor que Hugh, andaba mendigando un empleo.
A los cincuenta y tres años tenía que venir a pedirles que lo metieran en alguna oficina de secretario, que le consiguieran un puesto de celador enseñando latín a los chiquillos, a las órdenes de algún mandarín de despacho, algo que le rindiera quinientas libras al año; porque si se casaba con Daisy, aun con su pensión, jamás podrían arreglarse con menos.
Whitbread podría hacerlo, presumiblemente; o Dalloway. No le importaba pedirle nada a Dalloway. Era una excelente persona; un poco limitado; un poco espeso de entendederas; sí; pero una excelente persona. Lo que emprendiera lo hacía de la misma manera práctica y sensata; sin un ápice de imaginación, sin una chispa de brillantez, pero con la amabilidad inexplicable de su tipo.
Tendría que haber sido un terrateniente; la política era un desperdicio para él. Estaba en su elemento al aire libre, con caballos y perros; qué bueno era, por ejemplo, cuando aquel gran perro peludo de Clarissa quedó atrapado en un cepo y se desgarró media pata, y Clarissa se desmayó y Dalloway lo hizo todo; vendó, hizo tablillas; le dijo a Clarissa que no fuera tonta. Tal vez por eso a ella le gustaba; tal vez eso era lo que necesitaba.
«Vamos, querida, no seas tonta. Sostén esto, trae aquello»,
hablando todo el tiempo con el perro como si fuera un ser humano.
Pero ¿cómo podía tragarse todo ese rollo sobre la poesía? ¿Cómo podía dejar que él despotricara sobre Shakespeare? Con toda seriedad y solemnidad, Richard Dalloway se ponía en pie y soltaba que ningún hombre decente debería leer los sonetos de Shakespeare porque equivalía a escuchar tras las rendijas de las puertas (además de que no aprobaba esa clase de relación). Ningún hombre decente debería permitir que su esposa visitara a la hermana de una difunta esposa. ¡Increíble! Lo único que se podía hacer era bombardearlo con almendras azucaradas; aquello fue durante una cena. Pero Clarissa se lo tragaba todo; le parecía que era tan sincero por su parte, tan independiente; ¡vaya a saber Dios si no lo consideraba la mente más original que jamás había conocido!
Ese era uno de los nexos entre Sally y él. Había un jardín donde solían pasear, un lugar amurallado, con rosales y coles gigantescas —podía recordar a Sally arrancando una rosa, deteniéndose para exclamar ante la belleza de las hojas de col a la luz de la luna (era extraordinario con qué viveza le volvía todo a la memoria, cosas en las que no había pensado en años), mientras le suplicaba, medio riendo por supuesto, que se fuera con Clarissa, que la salvara de los Hugh y los Dalloway y de todos los demás «caballeros perfectos» que le «asfixiarían el alma» (ella escribía resmas de poesía en aquellos días), que harían de ella una mera anfitriona, fomentarían su mundanalidad. Pero hay que hacerle justicia a Clarissa. De todos modos, no iba a casarse con Hugh. Tenía una idea perfectamente clara de lo que quería. Sus emociones estaban todas en la superficie. Por dentro, era muy astuta —una jueza de carácter mucho mejor que Sally, por ejemplo— y, a pesar de todo, puramente femenina; con ese don extraordinario, ese don de mujer, de crear un mundo propio allí donde estuviera. Entraba en una habitación; se quedaba, como él la había visto a menudo, en un umbral con mucha gente a su alrededor. Pero era a Clarissa a quien uno recordaba. No es que fuera llamativa; nada hermosa en absoluto; no había nada pintoresco en ella; nunca decía nada especialmente ingenioso; allí estaba, sin embargo; allí estaba.
¡No, no, no! ¡Ya no estaba enamorado de ella! Solo sentía, después de verla aquella mañana, entre sus tijeras y sus sedas, preparándose para la fiesta, que no lograba alejar su pensamiento; ella volvía una y otra vez como un durmiente que lo sacudiera en un vagón de tren; lo cual no era estar enamorado, por supuesto; era pensar en ella, criticarla, empezar de nuevo, después de treinta años, intentando explicarla.
Lo obvio que cabía decir de ella era que era mundana; se preocupaba demasiado por el rango y la alta sociedad y por triunfar en la vida, lo cual era cierto en cierto sentido; ella se lo había admitido. (Siempre se le podía arrancar una confesión si uno se tomaba la molestia; era honesta.) Lo que ella diría era que odiaba a los fachas, a los carcamales, a los fracasados, como él supuestamente; pensaba que la gente no tenía derecho a andar por ahí con desgana y las manos en los bolsillos; había que hacer algo, ser algo; y esos grandes potentados, esas duquesas, esas venerables y viejas condesas que uno encontraba en su salón, por indeciblemente lejanas que él las sintiera de cualquier cosa que importara un bledo, representaban algo real para ella. Lady Bexborough, dijo una vez, se mantenía erguida (también la propia Clarissa; jamás se relajaba en ningún sentido de la palabra; era derecha como una flecha, un poco rígida de hecho). Decía que tenían una clase de valor que, cuanto mayores se hacían, más respetaba ella.
En todo esto había mucho de Dalloway, por supuesto; mucho de ese espíritu cívico, del Imperio británico, de la reforma arancelaria, de clase dirigente, que se le había ido pegando, como suele ocurrir. Con el doble de ingenio que él, tenía que ver las cosas a través de sus ojos—una de las tragedias de la vida conyugal. Con un criterio propio, siempre andaba citando a Richard—¡como si uno no pudiera saber al dedillo lo que pensaba Richard con leer el Morning Post por la mañana! Estas fiestas, por ejemplo, eran todas para él, o para la idea que ella tenía de él (haciéndole justicia a Richard, habría sido más feliz cultivando la tierra en Norfolk).
Hizo de su salón un lugar de reunión; tenía debilidad para ello.
Una y otra vez la había visto tomar a algún joven inexperto, moldearlo, transformarlo, despertarlo; ponerlo en marcha.
Una infinidad de gente aburrida se congregaba a su alrededor, por supuesto. Pero aparecían personas extrañas e inesperadas; a veces un artista; a veces un escritor; especímenes raros en aquella atmósfera.
Y detrás de todo eso estaba esa red de visitas, de dejar tarjetas, de ser amable con la gente; de ir de un lado para otro con ramos de flores, pequeños obsequios; Fulano iba a Francia—tenía que llevar un cojín neumático; un verdadero desgaste para sus fuerzas; todo ese tráfico interminable que las mujeres de su calaña mantienen; pero lo hacía con sinceridad, por un instinto natural.
Curiosamente, era una de las escépticas más empedernidas que jamás había conocido, y posiblemente (esta era una teoría que él solía inventarse para explicársela, tan transparente en algunos aspectos, tan inescrutable en otros), posiblemente se decía a sí misma: Como somos una raza condenada, encadenada a un barco que se hunde (sus lecturas favoritas de niña eran Huxley y Tyndall, y a estos les encantaban las metáforas náuticas), como todo el asunto es una mala broma, hagamos, al menos, nuestra parte; mitiguemos los sufrimientos de nuestros compañeros de prisión (de nuevo Huxley); decoremos la mazmorra con flores y cojines neumáticos; seamos tan decentes como buenamente podamos. Esos rufianes, los Dioses, no se saldrán con la suya en todo —siendo la idea de ella que los Dioses, que nunca perdían la oportunidad de herir, frustrar y arruinar las vidas humanas, se ponían muy de mal humor si, a pesar de todo, uno se portaba como una dama—. Esa fase vino justo después de la muerte de Sylvia —aquel horrible asunto—. Ver a tu propia hermana morir aplastada por un árbol (todo por culpa de Justin Parry, por toda su negligencia) ante tus propios ojos, además una chica en el umbral de la vida, la más dotada de todos, según decía siempre Clarissa, era como para volver a cualquiera un amargado. Más tarde tal vez ya no estaba tan segura; creía que no había Dioses; que nadie tenía la culpa; y así fue como desarrolló esta religión atea de hacer el bien por el bien mismo.
Y por supuesto disfrutaba de la vida enormemente. Estaba en su naturaleza disfrutar (aunque Dios sabe que tenía sus reservas; era un mero boceto, sentía a menudo, el que incluso él, después de todos estos años, podía hacerse de Clarissa).
De todos modos, no había amargura en ella; nada de ese sentido de virtud moral que resulta tan repulsivo en las buenas mujeres. Disfrutaba prácticamente de todo.
Si caminabas con ella por Hyde Park, ahora era un lecho de tulipanes, ahora un niño en un cochecito, ahora algún drama absurdo y diminuto que se inventaba sobre la marcha.
(Muy probablemente, les habría hablado a esos amantes, de haberlos creído infelices.)
Poseía un sentido del humor verdaderamente exquisito, pero necesitaba a la gente, siempre a la gente, para sacarlo a relucir, con el resultado inevitable de que desperdiciaba el tiempo almorzando, cenando, dando esas fiestas incansables suyas, diciendo tonterías, diciendo cosas que no sentía, embotando el filo de su mente, perdiendo su discernimiento. Allí se sentaba ella a la cabecera de la mesa, esforzándose enormemente con algún viejo carcamal que pudiera ser útil para Dalloway —conocían a los aburridos más espantosos de Europa— o entraba Elizabeth y todo tenía que ceder ante ella. Estaba en un instituto, en la etapa inarticulada la última vez que él había estado allí, una muchacha de ojos redondos y cara pálida, que no tenía nada de su madre, una criatura silenciosa y flemática, que se lo tomaba todo con naturalidad, dejaba que su madre armara alboroto por ella, y luego decía «¿Puedo irme ya?» como una niña de cuatro años; marchándose, le explicó Clarissa, con esa mezcla de diversión y orgullo que el propio Dalloway parecía despertar en ella, a jugar al hockey. Y ahora Elizabeth ya se había «presentado en sociedad», presumiblemente; lo consideraba un vejorio, se reía de los amigos de su madre.
Ah well, so be it. The compensation of growing old, Peter Walsh thought, coming out of Regent’s Park, and holding his hat in hand, was simply this; that the passions remain as strong as ever, but one has gained—at last!—the power which adds the supreme flavour to existence—the power of taking hold of experience, of turning it round, slowly, in the light.
Era una confesión terrible (se volvió a poner el sombrero), pero ahora, a los cincuenta y tres años, uno casi ya no necesitaba a la gente.
La vida misma, cada momento de ella, cada gota de ella, aquí, en este instante, ahora, al sol, en Regent’s Park, era suficiente. Demasiado, en verdad.
Toda una vida era demasiado corta para extraer, ahora que uno había adquirido el poder, todo el sabor; para exprimir hasta la última pizca de placer, cada matiz de significado; los cuales eran ahora mucho más sólidos de lo que solían ser, mucho menos personales.
Era imposible que volviera a sufrir jamás como Clarissa lo había hecho sufrir. ¡Durante horas enteras (¡quiera Dios que uno pueda decir estas cosas sin que lo oigan!), durante horas y días no pensaba en Daisy.
¿Sería que entonces estuvo enamorado de ella, recordando la miseria, la tortura, la extraordinaria pasión de aquellos días? Era algo totalmente distinto, algo mucho más placentero; la verdad, por supuesto, era que ahora era ella la que estaba enamorada de él. Y tal vez esa fuera la razón por la cual, cuando el barco por fin zarpó, sintió un alivio extraordinario, no deseaba otra cosa que estar solo; le molestó encontrar en su camarote todas aquellas pequeñas atenciones —cuchillos de tabaco, notas, una manta para el viaje—. Todo el mundo, de ser sincero, diría lo mismo; a partir de los cincuenta uno no quiere a la gente; uno no quiere seguir diciéndoles a las mujeres que son bonitas; eso es lo que diría la mayoría de los hombres de cincuenta, pensó Peter Walsh, si fueran sinceros.
Pero luego esos ataques asombrosos de emoción—prorrumpir en lágrimas esta mañana, ¿a qué se debió todo eso? ¿Qué pudo haber pensado Clarissa de él? Lo habría tomado por un tonto seguramente, y no por primera vez.
Era los celos lo que estaba en el fondo de aquello—los celos que sobreviven a cualquier otra pasión de la humanidad, pensó Peter Walsh, sosteniendo su navaja con el brazo extendido. Había estado viendo al mayor Orde, decía Daisy en su última carta; lo decía a propósito, bien lo sabía; lo decía para darle celos; podía verla arrugando la frente mientras escribía, preguntándose qué podría decir para herirlo; y sin embargo daba igual; ¡estaba furioso!
Todo aquel lío de venir a Inglaterra y ver a los abogados no era para casarse con ella, sino para impedir que se casara con cualquier otro. Eso era lo que lo atormentaba, eso era lo que lo abrumaba cuando veía a Clarissa tan serena, tan fría, tan absorta en su vestido o en lo que fuera; al darse cuenta de lo que le podría haber ahorrado, de lo que lo había reducido a ser—un viejo llorón, mocoso y estúpido.
Pero las mujeres, pensó, cerrando la navaja, no saben lo que es la pasión. No conocen su significado para los hombres. Clarissa era fría como un carámbano. Allí se sentaba en el sofá a su lado, le dejaba tomar su mano, le daba un beso—Aquí estaba en el cruce.
Un sonido lo interrumpió; un sonido débil y tembloroso, una voz que brotaba sin dirección, vigor, principio ni fin, fluyendo débil y agudamente y con una total ausencia de significado humano hacia
ee um fah um so foo swee too eem oo—
la voz sin edad ni sexo, la voz de un manantial ancestral que brota de la tierra; la cual salía, justo enfrente de la estación de metro de Regent’s Park, de una alta figura trémula, como un embudo, como una bomba oxidada, como un árbol batido por el viento eternamente estéril de hojas que deja que el viento le recorra las ramas arriba y abajo cantando
ee um fah um so foo swee too eem oo and rocks and creaks and moans in the eternal breeze.
A través de todas las eras—cuando el pavimento era hierba, cuando era pantano, a través de la era del colmillo y el mamut, a través de la era del amanecer silencioso, la mujer ajada—pues llevaba falda—con la mano derecha al aire, la izquierda aferrada al costado, cantaba al amor—el amor que ha durado un millón de años, cantaba, el amor que perdura, y hace millones de años su amante, muerto desde hacía siglos, había paseado, tarareaba, con ella en mayo; pero en el curso de los tiempos, largos como días de verano, y llameantes, recordaba, sin más que ásteres rojos, él se había marchado; la enorme hoz de la muerte había barrido aquellas inmensas colinas, y cuando al fin apoyó su cabeza canosa e inmensamente anciana sobre la tierra, convertida ya en una mera ceniza de hielo, suplicó a los dioses que depositaran a su lado un ramo de brezo morado, allí en su alto lugar de sepultura que los últimos rayos del último sol acariciaban; pues entonces el desfile del universo habría terminado.
Mientras la anciana canción brotaba frente a la estación de metro de Regent’s Park, la tierra seguía pareciendo verde y florida; todavía, aunque saliera de una boca tan basta, un mero agujero en la tierra, embarrado también, apelmazado con fibras de raíces y hierbas enmarañadas, todavía la vieja canción burbujeante y musical, empapando las raíces nudosas de edades infinitas, y esqueletos y tesoros, fluía en riachuelos por la acera y a lo largo de Marylebone Road, y hacia Euston, fertilizando, dejando una mancha húmeda.
Aún recordando cómo una vez, en algún mayo primigenio, había paseado con su amante, esta bomba oxidada, esta anciana ajada con una mano al descubierto para las monedas y la otra apretándose el costado, seguiría allí dentro de diez millones de años, recordando cómo una vez había paseado en mayo, allí donde ahora fluye el mar, con quién no importaba; era un hombre, oh sí, un hombre que la había amado.
Pero el paso de las eras había difuminado la claridad de aquel lejano día de mayo; las flores de pétalos brillantes eran canosas y de escarcha plateada; y ella ya no veía, cuando le suplicaba (como lo hacía ahora con toda claridad) «mírame a los ojos con tus dulces ojos fijamente», ya no veía ojos marrones, patillas negras ni rostro tostado por el sol, sino tan solo una silueta amenazante, una forma de sombra, a la que, con la frescura pajarera de los muy ancianos, todavía gorjeaba «dame tu mano y déjame apretarla suavemente» (Peter Walsh no pudo evitar darle una moneda a la pobre criatura al subir a su taxi), «y si alguien debiera ver, ¿qué importa?», exigía; y su puño se apretaba contra su costado, y sonreía, guardándose el chelín en el bolsillo, y todas las miradas fisgoneras e inquisitivas parecían borrarse, y las generaciones venideras —la acera estaba abarrotada de atareada gente de clase media— se desvanecían, como hojas, para ser pisoteadas, para ser empapadas y maceradas y convertidas en mantillo por aquella eterna primavera—
ee um fah um so foo swee too eem oo
—Pobre anciana —dijo Rezia Warren Smith, esperando para cruzar.
¡Oh, pobre viejo infeliz!
¿Y si fuera una noche lluviosa? ¿Y si el padre de una, o alguien que la hubiera conocido en tiempos mejores, hubiera pasado por casualidad y la hubiera visto de pie allí, en la cuneta? ¿Y dónde dormía por la noche?
Alegremente, casi con júbilo, el hilo invencible del sonido se elevaba en el aire como el humo de la chimenea de una cabaña, serpenteando entre hayas limpias y desembocando en un penacho de humo azul entre las hojas más altas.
«Y si alguien lo ve, ¿qué más da?»
Como era tan infeliz, desde hacía ya semanas y semanas, Rezia le encontraba significado a las cosas que sucedían, a veces incluso sentía que tenía que parar a la gente en la calle, si parecían personas buenas y bondadosas, solo para decirles «soy infeliz»; y aquella anciana que cantaba en la calle «si alguien llegara a ver, ¿qué importa?», de pronto la convenció por completo de que todo iba a salir bien.
Iban a ver a sir William Bradshaw; pensaba que su nombre sonaba bien; curaría a Septimus enseguida. Y luego había un carro de cervecería, y los caballos grises llevaban mechones de paja verticales en las colas; había carteles de periódicos. Era un sueño tonto, tonto, eso de ser infeliz.
Así que cruzaron, el señor y la señora Septimus Warren Smith, y, después de todo, ¿había algo en ellos que llamara la atención, algo que hiciera sospechar a un transeúnte: he aquí a un joven que lleva en su interior el mayor mensaje del mundo y que es, además, el hombre más feliz del mundo y el más desgraciado?
Tal vez caminaban más despacio que los demás, y había algo titubeante, rezagado, en el paso del hombre, pero ¿qué había más natural para un empleado que no había estado en el West End un día laborable a estas horas en años, que ir mirando el cielo, mirando esto, aquello y lo otro, como si Portland Place fuera una habitación en la que hubiera entrado cuando la familia está fuera, con las lámparas de araña cubiertas de fundas de holanda y la conserje, mientras deja entrar largos haces de luz polvorienta sobre sillones desiertos de aspecto extraño, levantando una esquina de las largas persianas, explicando a los visitantes qué lugar tan maravilloso es, qué maravilloso, pero al mismo tiempo, piensa él, mientras mira las sillas y las mesas, qué extraño.
A simple vista, habría podido pasar por empleado, pero de los mejores; pues llevaba zapatos marrones; sus manos eran instruidas; lo mismo su perfil —su perfil anguloso, aballenado, inteligente, sensible—; mas no del todo sus labios, pues eran flojos; y sus ojos (como suelen ser los ojos), meros ojos; avellana, grandes; de modo que era, en suma, un caso fronterizo, ni una cosa ni la otra, capaz de acabar con una casa en Purley y un automóvil, o de seguir alquilando pisos en callejuelas secundarias toda la vida; uno de esos hombres medio instruidos, autodidactas, cuya instrucción se aprende por entero en libros tomados a préstamo en bibliotecas públicas, leídos por la noche después de la faena diaria, por consejo de conocidos autores consultados por carta.
En cuanto a las otras experiencias, esas solitarias por las que uno pasa a solas, en su dormitorio, en la oficina, caminando por los campos y las calles de Londres, él las había tenido; se había ido de casa, siendo apenas un muchacho, a causa de su madre; ella mentía; porque había bajado a tomar el té por quincuagésima vez con las manos sin lavar; porque no veía ningún futuro para un poeta en Stroud; y así, haciéndole una confidencia a su hermanita, se había marchado a Londres dejando atrás una nota absurda, de esas que los grandes hombres han escrito y el mundo ha leído más tarde, cuando la historia de sus luchas se ha vuelto famosa.
Londres se ha tragado a muchos millones de jóvenes llamados Smith; no le ha importado lo más mínimo que sus padres les pusieran nombres de pila estrambóticos como Septimus para distinguirlos. Alojado cerca de Euston Road, había tenido experiencias y más experiencias, de esas que en dos años le cambian a uno el rostro, de óvalo rosado e inocente, a una cara enjuta, contraída, hostil. Pero de todo esto, ¿qué habría podido decir el más observador de sus amigos sino lo que dice un jardinero cuando abre la puerta del invernadero por la mañana y descubre una nueva flor en su planta?:—Ha florecido; ha florecido por vanidad, ambición, idealismo, pasión, soledad, coraje, pereza, las semillas de siempre, que mezcladas unas con otras (en una habitación cerca de Euston Road), lo volvieron tímido y tartamudo, lo hicieron desear superarse, lo hicieron enamorarse de la señorita Isabel Pole, que daba conferencias sobre Shakespeare en Waterloo Road.
¿No era acaso como Keats?, se preguntó; y reflexionó sobre cómo podría inculcarle el gusto por Antonio y Cleopatra y lo demás; le prestaba libros; le escribía papelitos con cartas; y encendía en él un fuego de esos que solo arden una vez en la vida, sin calor, agitando una llama de oro rojo infinitamente etérea e insustancial sobre la señorita Pole; Antonio y Cleopatra; y la calle Waterloo Road.
Él la creía hermosa, la juzgaba impecablemente sabia; soñaba con ella, le escribía poemas que ella, sin hacer caso del tema, le corregía con tinta roja; una tarde de verano la vio paseando con un vestido verde por una plaza.
«Ha florecido», habría dicho el jardinero, de haber abierto la puerta; de haber entrado, es decir, cualquier noche por estas fechas, y haberlo encontrado escribiendo; haberlo encontrado rompiendo lo que escribía; haberlo encontrado terminando una obra maestra a las tres de la madrugada y saliendo corriendo a recorrer las calles, y visitando iglesias, y ayunando un día, bebiendo al otro, devorando a Shakespeare, a Darwin, La historia de la civilización y a Bernard Shaw.
Algo pasaba, lo sabía el señor Brewer; el señor Brewer, el gestor principal de Sibleys y Arrowsmiths, subastadores, tasadores, agentes inmobiliarios y de fincas; algo pasaba, pensó, y, siendo paternal con sus muchachos, y teniendo en altísima estima las capacidades de Smith, y vaticinando que él, en diez o quince años, heredaría el sillón de cuero del despacho interior bajo la claraboya rodeado de cajas de caudales, «si conserva la salud», decía el señor Brewer, y ese era el peligro—tenía un aspecto delicado—; le aconsejaba jugar al fútbol, lo invitaba a cenar y estaba viendo el modo de plantearse recomendarle un aumento de sueldo, cuando sucedió algo que echó por tierra muchos de los cálculos del señor Brewer, se llevó a sus jóvenes más capaces y, a la postre, tan entrometidos e insidiosos eran los dedos de la guerra europea, hizo añicos una reproducción de escayola de Ceres, abrió un boquete en los arriates de geranios y arruinó por completo los nervios de la cocinera en el domicilio del señor Brewer en Muswell Hill.
Septimus fue uno de los primeros en ofrecerse como voluntario. Fue a Francia a salvar una Inglaterra que consistía casi por completo en las obras de Shakespeare y la señorita Isabel Pole con un vestido verde paseando por una plaza.
Allí, en las trincheras, el cambio que el señor Brewer deseaba cuando aconsejaba el fútbol se produjo al instante; desarrolló la hombría; fue ascendido; atrajo la atención, e incluso el afecto, de su oficial, de apellido Evans.
Era el caso de dos perros jugando en una alfombra de hogar; uno mordisqueando un papel arrugado, gruñendo, chasqueando los dientes, dando un mordisco, de vez en cuando, en la oreja del viejo perro; el otro tendido, somnoliento, parpadeando ante el fuego, levantando una pata, dándose la vuelta y gruñendo de buen humor. Tenían que estar juntos, compartir el uno con el otro, luchar el uno con el otro, pelearse el uno con el otro.
Pero cuando Evans (Rezia, que solo lo había visto una vez, lo llamó «un hombre tranquilo», un hombre fornido y pelirrojo, poco efusivo en compañía de mujeres), cuando Evans murió, justo antes del Armisticio, en Italia, en septiembre, Septimus, lejos de mostrar emoción alguna o de reconocer que aquello era el fin de una amistad, se felicitó a sí mismo por sentir muy poco y de un modo muy razonable.
La guerra le había enseñado. Era sublime. Había pasado por todo el espectáculo —amistad, guerra europea, muerte—, había ascendido, aún no tenía treinta años y estaba destinado a sobrevivir.
Tenía razón en eso. Las últimas bombas lo pasaron por alto. Las vio estallar con indiferencia.
Cuando llegó la paz estaba en Milán, alojado en la casa de un mesonero con un patio, flores en macetas, mesitas al aire libre, hijas que hacían sombreros, y con Lucrecia, la hija menor, se comprometió una tarde en que le asaltó el pánico de que no podía sentir.
Porque ahora que todo había terminado, la tregua firmada y los muertos enterrados, tenía, sobre todo al atardecer, estos repentinos estallidos de miedo. No podía sentir.
Al abrir la puerta de la habitación donde las muchachas italianas sesentaban a hacer sombreros, podía verlas; podía oírlas; estaban frotando alambre entre cuentas de colores en platillos; giraban moldes de bucanrán de un lado a otro; la mesa estaba llena de plumas, lentejuelas, sedas, cintas; las tijeras repiqueteaban sobre la mesa; pero algo le fallaba; no podía sentir.
Aun así, el repiqueteo de las tijeras, las risas de las muchachas, los sombreros que se confeccionaban lo protegían; tenía la certeza de estar a salvo; tenía un refugio. Pero no podía quedarse sentado allí toda la noche. Había momentos de vigilia al amanecer. La cama se hundía; él se hundía.
¡Ah, las tijeras y la luz de la lámpara y los moldes de bucanrán! Le pidió a Lucrezia que se casara con él, la menor de las dos, la alegre, la frívola, con esos deditos de artista que ella levantaba para decir: «Todo está en ellos». La seda, las plumas, qué sé yo qué más cobraban vida bajo sus manos.
—Lo que más importa es el sombrero —solía decir, cuando salían a pasear juntas. Cada sombrero que pasaba lo examinaba; y la capa y el vestido y el porte de la mujer.
El mal vestir, el exceso de arreglo, los censuraba, no con fiereza, más bien con ademanes impacientes de las manos, semejantes a los de un pintor que rechaza una impostura evidente, bienintencionada y chillona; y luego, con generosidad, mas siempre con sentido crítico, recibía con agrado a una dependienta que se había apañado su faldita con gracia, o alababa por completo, con entusiasmo y comprensión profesional, a una dama francesa que descendía de su carruaje, envuelta en chinchilla, abrigos, perlas.
—¡Qué belleza! —murmuraba, dándole un codazo a Septimus para que lo viera. Pero la belleza estaba detrás de un cristal. Ni siquiera el gusto (a Rezia le gustaban los helados, los chocolates, las cosas dulces) le provocaba ya placer. Dejó la taza sobre la mesita de mármol. Miró a la gente de afuera; parecían felices, congregándose en medio de la calle, gritando, riendo, disputando por nada. Pero él no podía saborear, no podía sentir. En la tetería, entre las mesas y los camareros parlanchines, lo invadió un miedo espantoso: no podía sentir. Podía razonar; podía leer, a Dante por ejemplo, con toda facilidad («Septimus, deja ya el libro», decía Rezia, cerrando suavemente el Infierno), podía sumar su cuenta; su cerebro funcionaba a la perfección; la culpa de que no pudiera sentir tenía que ser, por lo tanto, del mundo.
—Los ingleses son muy silenciosos —dijo Rezia. Le gustaba, decía. Respetaba a esos ingleses y quería ver Londres, y los caballos ingleses, y los trajes hechos a medida, y recordaba haber oído lo maravillosas que eran las tiendas, de parte de una tía que se había casado y vivía en Soho.
Podría ser posible, pensó Septimus, mirando Inglaterra desde la ventanilla del tren, al salir de Newhaven; podría ser posible que el mundo en sí careciera de significado.
En la oficina lo ascendieron a un puesto de considerable responsabilidad. Estaban orgullosos de él; había ganado cruces.
«Has cumplido con tu deber; ahora nos toca a nosotros...», comenzó el señor Brewer; y no pudo terminar, tan placentera era su emoción.
Alquilaron unos alojamientos admirables cerca de Tottenham Court Road.
Aquí abrió Shakespeare una vez más. Aquel asunto del muchacho sobre la embriaguez del lenguaje —Antonio y Cleopatra— se había marchitado por completo.
¡Cómo aborrecía Shakespeare a la humanidad —el ponerse la ropa, el engendrar hijos, la sordidez de la boca y del vientre! Esto se le revelaba ahora a Septimus; el mensaje oculto en la belleza de las palabras. La señal secreta que una generación le transmite, disfrazada, a la siguiente es la repugnancia, el odio, la desesperación. Dante, lo mismo. Esquilo (traducido), lo mismo.
Allí estaba Rezia sentada a la mesa adornando sombreros. Adornaba sombreros para las amigas de la señora Filmer; adornaba sombreros hora tras hora. Parecía pálida, misteriosa, como un lirio, ahogado, bajo el agua, pensó él.
“Los ingleses son tan serios”, solía decir, rodeando a Septimus con los brazos, con la mejilla contra la suya.
El amor entre hombre y mujer le resultaba repulsivo a Shakespeare. El asunto de la cópula le parecía inmundicia hacia el final. Pero, decía Rezia, ella tenía que tener hijos. Llevaban cinco años casados.
Fueron juntos a la Torre; al Museo Victoria and Albert; se quedaron de pie entre la multitud para ver al Rey inaugurar el Parlamento. Y estaban las tiendas—sombrererías, tiendas de vestidos, tiendas con bolsos de cuero en el escaparate, donde ella se quedaba mirando fijamente. Pero tenía que tener un muchacho.
Debe de tener un hijo como Septimus, dijo. Pero nadie podía ser como Septimus; tan bondadoso; tan serio; tan inteligente. ¿No podía leer ella también a Shakespeare? ¿Era Shakespeare un autor difícil?, preguntó.
No se pueden traer niños a un mundo como este. No se puede perpetuar el sufrimiento, ni aumentar la casta de estos animales lujuriosos, que no tienen emociones duraderas, sino solo caprichos y vanidades, arrastrándolos ahora en una dirección, ahora en otra.
La observó recortar, dar forma, como se observa a un pájaro saltar, revolotear en la hierba, sin atreverse a mover un dedo. Pues la verdad es (que ella lo ignore) que los seres humanos no tienen ni bondad, ni fe, ni caridad más allá de lo que sirve para aumentar el placer del momento. Cazan en jaurías. Sus jaurías recorren el desierto y desaparecen gritando en la espesura. Abandonan al caído. Están revestidos de muecas. Ahí estaba Brewer en la oficina, con su bigote engominado, su alfiler de corbata de coral, su chaleco blanco y sus emociones placenteras —todo frialdad y viscosidad por dentro—, con sus geranios arruinados en la Guerra, con los nervios de su cocinera destrozados; o Amelia Cómo-se-llamaba, sirviendo tazas de té puntualmente a las cinco —una arpía mezquina, obcena, que sonreía con lascivia y burla—, y los Tom y los Bertie con sus pecheras almidonadas exudando espesas gotas de vicio. Jamás lo vieron dibujándolos desnundos haciendo de las suyas en su cuaderno. En la calle, las furgonetas pasaban rugiendo; la brutalidad bramaba en los carteles; hombres quedaban atrapados en minas; mujeres quemadas vivas; y una vez una hilera mutilada de lunáticos, que paseaban o eran exhibidos para diversión del populazo (que se reía a carcajadas), desfiló a paso corto, asintiendo y con una sonrisa boba, por Tottenham Court Road, cada cual infligiendo su indito dolor casi pidiendo disculpas, mas triunfante. ¿Y se volvería loco?
A la hora del té, Rezia le contó que la hija de la señora Filmer esperaba un hijo. ¡Ella no podía envejecer y no tener hijos! ¡Estaba muy sola, era muy infeliz! Lloró por primera vez desde que se habían casado.
A lo lejos oyó sus sollozos; los oyó con precisión, los notó claramente; los comparó con el pistón de una máquina. Pero no sintió nada.
Su mujer estaba llorando, y él no sentía nada; solo que, cada vez que ella sollozaba de aquel modo profundo, de aquel modo silencioso, de aquel modo desesperado, él descendía un peldaño más hacia el abismo.
Por fin, con un gesto melodramático que adoptó mecánicamente y con plena conciencia de su insinceridad, dejó caer la cabeza entre las manos.
Ahora se había rendido; ahora los demás debían ayudarlo.
Había que mandar a buscar a alguien.
Se dio por vencido.
Nada lograba sacarlo de su estado. Rezia lo acostó. Fue a buscar un médico: el doctor Holmes de la señora Filmer. El doctor Holmes lo examinó. No le pasaba absolutamente nada, dijo el doctor Holmes. ¡Oh, qué alivio! ¡Qué hombre tan amable, qué hombre tan bueno!, pensó Rezia. Cuando se sentía así, él iba al Music Hall, dijo el doctor Holmes. Se tomaba un día libre con su esposa y jugaba al golf. ¿Por qué no probar dos tabletas de bromuro disueltas en un vaso de agua antes de acostarse? Estas viejas casas de Bloomsbury, dijo el doctor Holmes, golpeando la pared con los nudillos, suelen estar llenas de boiserie muy fina, que los propietarios tienen la necedad de empapelar por encima. El otro día sin ir más lejos, al visitar a un paciente, sir Alguien Algo en Bedford Square—
De modo que no había excusa; nada en absoluto de qué quejarse, salvo el pecado por el cual la naturaleza humana lo había condenado a muerte; eso no lo sentía.
No le había importado cuando mataron a Evans; eso era lo peor; pero todos los demás crímenes levantaban la cabeza y le agitaban los dedos, y se burlaban y mofaban desde el pie de la cama en las primeras horas de la madrugada ante el cuerpo postrado que reconocía su degradación; cómo se había casado con su mujer sin amarla; le había mentido; la había seducido; había ultrajado a la señorita Isabel Pole, y estaba tan picado y marcado por el vicio que las mujeres se estremecían al verlo por la calle.
El veredicto de la naturaleza humana sobre un miserable así era la muerte.
El Dr. Holmes vino de nuevo. Grande, de tez sonrosada, apuesto, sacudiéndose el polvo de las botas, mirándose en el espejo, desestimó todo aquello —dolores de cabeza, insomnio, temores, sueños—; síntomas nerviosos y nada más, dijo. Si el Dr. Holmes se encontraba siquiera media libra por debajo de las once piedras y seis libras, le pedía a su esposa otro plato de gachas en el desayuno. (Rezia aprendería a cocinar gachas). Pero, continuó, la salud depende en gran medida de nosotros mismos. Entréguese a intereses externos; adopte alguna afición. Abrió el Shakespeare —Antonio y Cleopatra—; hizo a un lado el Shakespeare. Alguna afición, dijo el Dr. Holmes, pues ¿no le debía su propia salud excelente (y trabajaba tanto como cualquier hombre en Londres) al hecho de que siempre podía desconectarse de sus pacientes para pensar en muebles antiguos? ¡Y qué peine tan bonito, si se le permitía decirlo, llevaba la señora Warren Smith!
Cuando el maldito imbécil volvió, Septimus se negó a recibirlo.
¿De veras? —dijo el doctor Holmes, con una sonrisa amable—. La verdad es que tuvo que darle un empujoncito amistoso a esa encantadora señora Smith antes de poder pasar a la recámara de su marido.
—Así que estás decaído —dijo amablemente, sentándose al lado de su paciente. ¡Vaya que le había hablado de suicidarse a su esposa, toda una muchacha, una extranjera, verdad! ¿No le daba eso una idea muy extraña de los maridos ingleses? ¿No se tenía acaso un deber para con la esposa? ¿No sería mejor hacer algo en vez de quedarse en la cama?
Pues contaba con cuarenta años de experiencia a sus espaldas; y Septimus podía creerle al doctor Holmes bajo su palabra: no le pasaba absolutamente nada. Y la próxima vez que viniera el doctor Holmes esperaba encontrar a Smith levantado y sin preocupar a esa encantadora mujercita que era su esposa.
La naturaleza humana, en suma, se le había venido encima; la bestia repugnante, con las ventanas de la nariz rojas como la sangre. Holmes se le había venido encima. El doctor Holmes venía con bastante regularidad todos los días.
Una vez que tropiezas —escribió Septimus en el reverso de una postal—, la naturaleza humana se te viene encima. Holmes se te viene encima.
Su única oportunidad era escapar, sin que Holmes se enterara; a Italia, a cualquier parte, a cualquier parte, lejos del doctor Holmes.
Pero Rezia no podía comprenderle. El doctor Holmes era un hombre muy bondadoso. Estaba tan interesado en Septimus. Solo quería ayudarles, decía. Tenía cuatro hijos pequeños y la había invitado a tomar el té, le dijo a Septimus.
De modo que estaba abandonado. El mundo entero clamaba: Mántate, mátate, por el bien de todos. ¿Pero por qué iba a matarse por el bien de ellos? La comida era agradable; el sol ardía; y esto de matarse, ¿cómo se hace, con un cuchillo de mesa, de forma fea, con ríos de sangre, aspirando el gas de una tubería?
Estaba demasiado débil; apenas podía levantar la mano. Además, ahora que estaba completamente solo, condenado, abandonado, como lo están los que van a morir, había un lujo en ello, un aislamiento lleno de sublimidad; una libertad que los apegados jamás podrán conocer.
Holmes había ganado, por supuesto; la bestia de las fosas nasales rojas había ganado. Pero ni el propio Holmes podía tocar esta última reliquia que vagaba por el confín del mundo, este paria, que miraba hacia atrás las regiones habitadas, que yacía, como un marinero ahogado, en la orilla del mundo.
Fue en ese momento (Rezia se había ido de compras) cuando se produjo la gran revelación. Una voz habló desde detrás del biombo. Evans estaba hablando. Los muertos estaban con él.
—¡Evans, Evans! —gritó.
El señor Smith estaba hablando en voz alta solo, le gritó la criada Agnes a la señora Filmer en la cocina.
«Evans, Evans», había dicho cuando ella llevó la bandeja.
Pegó un brinco, vaya que sí. Salió zumbando escaleras abajo.
Y Rezia entró con sus flores, y cruzó la habitación, y puso las rosas en un jarrón, sobre el cual el sol dio de lleno, y este empezó a reír, dando saltos por la estancia.
Había tenido que comprar las rosas, dijo Rezia, a un pobre hombre en la calle. Pero ya estaban casi muertas, dijo, arreglando las rosas.
Así que había un hombre afuera; Evans probablemente; y las rosas, que según Rezia estaban medio muertas, habían sido cortadas por él en los campos de Grecia.
«La comunicación es salud; la comunicación es felicidad, la comunicación—» murmuró él.
—¿Qué estás diciendo, Septimus? —preguntó Rezia, loca de terror, pues él estaba hablando solo.
Mandó a Agnes a toda velocidad en busca del doctor Holmes. Su marido, dijo, estaba loco. Apenas la conocía.
—¡Bruto! ¡Bruto! —gritó Septimus al ver entrar en la habitación a la naturaleza humana, es decir, al doctor Holmes.
—¿Y de qué se trata todo esto? —dijo el doctor Holmes de la manera más amable del mundo—. ¿Diciendo tonterías para asustar a su esposa?
Pero le daría algo para hacerlo dormir. Y si eran ricos, dijo el doctor Holmes, mirando irónicamente alrededor de la habitación, que fueran a Harley Street sin falta; si no tenían confianza en él, dijo el doctor Holmes, con una mirada no tan amable.
Eran exactamente las doce; las doce del Big Ben, cuyo tañido se dejaba llevar por la zona norte de Londres; fundido con el de otros relojes, mezclado de un modo tenue y etéreo con las nubes y los jirones de humo, y se apagaba allá arriba entre las gaviotas; las doce dieron cuando Clarissa Dalloway tendió su vestido verde sobre la cama, y los Warren Smith caminaban por Harley Street. Las doce era la hora de su cita. Probablemente, pensaba Rezia, aquella era la casa de Sir William Bradshaw con el coche gris delante. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire.
En efecto, lo era: el automóvil de Sir William Bradshaw; bajo, potente, gris, con iniciales entrelazadas y discretas en la portezuela, como si la pompa de la heráldica resultara incongruente, siendo este hombre el asistente fantasmal, el sacerdote de la ciencia; y, tal como el automóvil era gris, a juego con su sobria suavidad, pieles grises y mantas de color gris plateado se amontonaban en su interior para abrigar a su señoría mientras esperaba.
Porque a menudo el sir William viajaba sesenta millas o más hacia el campo para visitar a los ricos, a los afligidos, que podían permitirse los muy elevados honorarios que el sir William cobraba muy justamente por sus consejos.
Su señoría esperó con las mantas sobre las rodillas durante una hora o más, recostada, pensando a veces en el paciente, a veces, de forma excusable, en la muralla de oro que crecía minuto a minuto mientras esperaba; la muralla de oro que crecía entre ellos y todos los apuros y zozobras (los había soportado con valentía; habían tenido sus luchas) hasta sentirse encajada en un océano tranquilo, donde solo soplan vientos de especias; respetada, admirada, envidiada, sin apenas nada que desear, aunque lamentaba su corpulencia; grandes cenas todos los jueves por la noche para la profesión; un bazar ocasional que inaugurar; la Realeza saludada; muy poco tiempo, ay, con su esposo, cuyo trabajo crecía y crecía; un muchacho que iba bien en Eton; le habría gustado también una hija; intereses tenía, sin embargo, de sobra; el bienestar infantil; la rehabilitación del epiléptico y la fotografía, de modo que si había una iglesia en construcción o una iglesia en ruinas, sobornaba al sacristán, conseguía la llave y tomaba fotografías que apenas se distinguían de la obra de los profesionales, mientras esperaba.
El mismo Sir William ya no era joven. Había trabajado muchísimo; se había ganado el puesto a base de pura capacidad (siendo hijo de un tendero); amaba su profesión; figuraba excelentemente en las ceremonias y hablaba bien; todo lo cual, para cuando fue nombrado caballero, le había conferido un aspecto pesado, un aspecto cansado (siendo incesante el flujo de pacientes, y las responsabilidades y privilegios de su profesión tan onerosos), cuyo cansancio, junto con sus canas, aumentaba la extraordinaria distinción de su presencia y le otorgaba la reputación (de suma importancia al tratar casos nerviosos) no solo de habilidad fulminante y precisión casi infalible en el diagnóstico, sino de simpatía; tacto; comprensión del alma humana. Pudo ver desde el primer momento en que entraron en la habitación (los Warren Smith se llamaban); estuvo seguro en cuanto vio al hombre; era un caso de extrema gravedad. Era un caso de colapso total —colapso físico y nervioso total, con todos los síntomas en una fase avanzada—, constató en dos o tres minutos (anotando las respuestas a las preguntas, murmuradas discretamente, en una tarjeta rosa).
¿Cuánto tiempo llevaba el Dr. Holmes atendiéndolo?
Seis semanas.
¿Le recetó un poco de bromuro? ¿Dijo que no le pasaba nada? Ah, sí (¡esos médicos de cabecera!, pensó sir William. Le llevaba la mitad de su tiempo enmendar sus torpezas. Algunas eran irreparables).
—¿Sirvió usted con gran distinción en la guerra?
El paciente repitió la palabra «guerra» en tono interrogativo.
Estaba atribuyendo a las palabras significados de índole simbólica. Un síntoma grave, que debía anotarse en la ficha.
—¿La guerra? —preguntó el paciente—. ¿La guerra europea?, ¿esa pequeña trifulca de colegiales con pólvora? ¿Había servido con distinción? Realmente lo había olvidado. En la guerra misma había fracasado.
—Sí, sirvió con la más alta distinción —le aseguró Rezia al médico—; fue ascendido.
—¿Y tienen el concepto más elevado de usted en su oficina? —murmuró sir William, echando un vistazo a la carta de términos muy generosos del señor Brewer—. ¿De modo que no tiene nada de qué preocuparse, ninguna angustia financiera, nada?
Había cometido un crimen espantoso y había sido condenado a muerte por la naturaleza humana.
—He cometido —empezó diciendo—, he cometido un delito...
—Él no ha hecho absolutamente nada malo —le aseguró Rezia al doctor.
Si el señor Smith quería esperar, dijo sir William, hablaría con la señora Smith en la habitación de al lado.
Su esposo estaba muy grave, dijo sir William. ¿Amenazaba con suicidarse?
—¡Oh, sí que lo hizo —exclamó ella—. Pero no lo decía en serio —dijo.
—Claro que no. Era simplemente una cuestión de descanso —dijo sir William—; de descanso, descanso, descanso; un largo reposo en cama. Había un hogar encantador en el campo donde cuidarían perfectamente de su esposo.
- ¿Lejos de ella? —preguntó.
- Desgraciadamente, sí; las personas que más nos importan no nos convienen cuando estamos enfermos.
Pero él no estaba loco, ¿verdad? Sir William dijo que nunca hablaba de «locura»; lo llamaba carecer de sentido de la proporción. Pero a su marido no le gustaban los médicos. Se negaría a ir allí.
Breve y amablemente, sir William le explicó el estado de las cosas. Había amenazado con matarse. No había alternativa. Era una cuestión de ley. Estaría acostado en una hermosa casa en el campo. Las enfermeras eran admirables. Sir William lo visitaría una vez por semana.
Si la señora Warren Smith estaba bien segura de no tener más preguntas que hacer —él nunca apresuraba a sus pacientes—, regresarían con su marido. Ella ya no tenía más preguntas que hacer—ni a sir William.
Así regresaron al más encumbrado de la humanidad; al criminal que se enfrentaba a sus jueces; a la víctima expuesta en las alturas; al fugitivo; al marinero ahogado; al poeta de la oda inmortal; al Señor que había pasado de la vida a la muerte; a Septimus Warren Smith, que estaba sentado en el sillón bajo la claraboya mirando fijamente una fotografía de Lady Bradshaw con traje de la Corte, mascullando mensajes sobre la belleza.
—Hemos tenido nuestra pequeña charla —dijo Sir William.
«Él dice que estás muy, muy enfermo», gritó Rezia.
“Hemos estado organizando que vayas a una residencia”, dijo Sir William.
—¿Una de las casas de Holmes? —se burló Septimus.
El sujeto causaba una impresión desagradable.
Pues había en sir William, cuyo padre había sido comerciante, un respeto natural por la buena cuna y la ropa, que la dejadez irritaba; además, de manera más profunda, había en sir William, que nunca había tenido tiempo para leer, un rencor, muy enterrado, contra las personas cultas que entraban en su consulta e insinuaban que los médicos, cuya profesión somete a constante tensión a todas las facultades superiores, no son hombres educados.
—Uno de mis hogares, señor Warren Smith —dijo—, donde le enseñaremos a descansar.
Y solo quedaba una cosa más.
Estaba bastante seguro de que, cuando el señor Warren Smith estaba bien, era el último hombre en el mundo que asustaría a su esposa. Pero había hablado de matarse.
—Todos tenemos nuestros momentos de depresión —dijo sir William.
Una vez que caes, se repitió Septimus a sí mismo, la naturaleza humana se te viene encima. Holmes y Bradshaw se te vienen encima. Peinan el desierto. Vuelan chillando hacia la espesura. El potro y el tornillo de banco se aplican. La naturaleza humana es implacable.
—¿Le asaltaban a veces ciertos impulsos? —preguntó Sir William, con el lápiz sobre una tarjeta rosa.
—Eso era asunto suyo —dijo Septimus.
“Nadie vive solo para sí mismo”, dijo sir William, mirando de reojo la fotografía de su esposa con traje de corte.
—Y tiene usted una brillante carrera por delante —dijo Sir William—. Sobre la mesa estaba la carta del señor Brewer—. Una carrera excepcionalmente brillante.
Pero ¿y si confesaba? ¿Y si comunicaba? ¿Lo dejarían ir entonces, sus torturadores?
“Yo... yo...” tartamudeó.
¿Pero cuál era su crimen? No podía recordarlo.
“¿Sí?” Lo animó Sir William. (Pero se hacía tarde.)
Amor, árboles, no hay delito—¿cuál era su mensaje?
Él no podía recordarlo.
—Yo—yo— tartamudeó Septimus.
“Trate de pensar lo menos posible en usted mismo”, dijo amablemente sir William. En verdad, no estaba para andar suelto.
¿Había algo más que quisieran preguntarle? Sir William haría todos los arreglos (le murmuró a Rezia) y se lo haría saber entre las cinco y las seis de esa tarde, murmuró.
“Confíen todo en mí”, dijo, y los despidió.
¡Jamás, jamás había sentido Rezia una agonía semejante en su vida!
¡Había pedido ayuda y se había visto abandonada! ¡Él les había fallado!
Sir William Bradshaw no era un hombre agradable.
—El mantenimiento de ese automóvil por sí solo debe costarle una buena suma —dijo Septimus, en cuanto salieron a la calle.
Se aferró a su brazo. Los habían abandonado.
¿Pero qué más quería?
A sus pacientes les concedía tres cuartos de hora; y si en esta ciencia exigente que trata de algo de lo que, al fin y al cabo, no sabemos nada—el sistema nervioso, el cerebro humano— un médico pierde el sentido de la proporción, como médico fracasa. La salud es lo que debemos tener; y la salud es proporción; de modo que cuando un hombre entra en tu consulta y dice que es Cristo (una ilusión común), y tiene un mensaje, como la mayoría de ellos, y amenaza, como a menudo hacen, con matarse, uno invoca la proporción; ordena reposo en cama; reposo en la soledad; silencio y reposo; reposo sin amigos, sin libros, sin mensajes; seis meses de reposo; hasta que un hombre que entró pesando siete piedras y seis libras sale pesando doce.
La proporción, la proporción divina, la diosa de sir William, se había adquirido recorriendo los hospitales, pescando salmones, engendrando un hijo en Harley Street con lady Bradshaw, que pescaba salmones ella misma y sacaba fotografías apenas distinguibles de la obra de los profesionales. Adorando la proporción, sir William no solo prosperó él mismo, sino que hizo prosperar a Inglaterra, aisló a sus lunáticos, prohibió el parto, penalizó la desesperación, imposibilitó que los incapacitados propagaran sus opiniones hasta que ellos también compartieron su sentido de la proporción —el de él, si eran hombres, el de lady Bradshaw, si eran mujeres (ella bordaba, hacía punto, pasaba cuatro de cada siete noches en casa con su hijo)—, de modo que no solo sus colegas lo respetaban, sus subordinados lo temían, sino que los amigos y parientes de sus pacientes sentían por él la más viva gratitud por insistir en que aquellos Cristos y Cristas proféticos, que profetizaban el fin del mundo o la llegada de Dios, bebieran leche en la cama, tal como ordenaba sir William; sir William con sus treinta años de experiencia en esta clase de casos y su instinto infalible, esto es locura, esto es sensatez; de hecho, su sentido de la proporción.
Pero la Proporción tiene una hermana, menos sonriente, más formidable, una Diosa ocupada incluso ahora —en el calor y las arenas de la India, el lodo y los pantanos de África, los arrabales de Londres, doquier en suma que el clima o el diablo tienta a los hombres a caer de la verdadera fe que es la suya— ocupada incluso ahora en derribar santuarios, destrozar ídolos y erigir en su lugar su propio rostro severo. Conversión es su nombre y se deleita con las voluntades de los débiles, gustando de impresionar, de imponer, adorando sus propios rasgos estampados en el rostro del populazo. En Hyde Park Corner, sobre un tonel, se halla predicando; se envuelve en blanco y camina penitente disfrazada de amor fraterno a través de fábricas y parlamentos; ofrece ayuda, pero desea poder; aparta de un golpe brutal a los disidentes o descontentos; otorga su bendición a aquellos que, mirando hacia arriba, captan sumisamente de sus ojos la luz de los suyos propios.
Esta señora también (Rezia Warren Smith lo intuía) habitaba en el corazón de sir William, aunque oculta, como suele estarlo, bajo algún disfraz plausible; algún nombre venerable: amor, deber, sacrificio propio.
¡Cómo trabajaría —cuánto se esforzaría por recaudar fondos, propagar reformas, fundar instituciones!
Pero la conversión, diosa quisquillosa, prefiere la sangre al ladrillo, y se deleita con la sutilísima fiesta de la voluntad humana.
Por ejemplo, Lady Bradshaw.
Quince años atrás se había venido abajo. No era algo que se pudiera señalar con precisión; no había habido ninguna escena, ningún quiebre; solo el hundimiento lento, anegado, de su voluntad en la de él.
Dulce era su sonrisa, rápida su sumisión; la cena en Harley Street, de ocho o nueve platos, alimentando a diez o quince invitados de la clase profesional, transcurría fluida y urbana.
Solo al avanzar la noche, cierta ligereza apagada, o incomodidad tal vez, un tic nervioso, un titubeo, un tropiezo y una confusión indicaban lo que en verdad resultaba penoso creer: que la pobre señora mentía.
Una vez, hacía mucho, había pescado salmón en libertad: ahora, presta a sociar el anhelo que encendía con tanta unción el ojo de su marido en busca de dominio, de poder, se encogía, se oprimía, se recortaba, se podaba, retrocedía, miraba de reojo; de modo que, sin saber con precisión qué hacía la velada desagradable y causaba esa presión en la parte alta de la cabeza (la cual bien podía atribuirse a la conversación profesional, o a la fatiga de un gran médico cuya vida, decía Lady Bradshaw, «no es suya sino de sus pacientes»), desagradable era: de modo que los invitados, al dar las diez el reloj, respiraban el aire de Harley Street casi con arrebato; alivio que, sin embargo, se les negaba a sus pacientes.
Allí en la habitación gris, con los cuadros en la pared y los valiosos muebles, bajo la claraboya de vidrio esmerilado, aprendieron el alcance de sus transgresiones; acurrucados en sillones, lo vieron realizar, para beneficio de ellos, un curioso ejercicio con los brazos, que lanzaba hacia delante y volvía a llevar bruscamente a la cadera, para demostrar (si el paciente se mostraba obstinado) que Sir William era el dueño de sus propios actos, lo cual el paciente no era.
Unos cuantos se venían abajo sin fuerzas; sollozaban, se rendían; otros, inspirados sabe Dios por qué desmedida locura, llamaban a sir William estafador maldito a la cara; ponían en duda, de manera aún más impía, la vida misma.
¿Para qué vivir?, exigían saber.
Sir William respondía que la vida era buena. Ciertamente, lady Bradshaw con plumas de avestruz colgaba sobre la repisa de la chimenea, y en cuanto a sus ingresos, ascendían a doce mil libras al año bien buenas.
Pero a nosotros, protestaban ellos, la vida no nos ha otorgado semejante generosidad.
Él asentía. Carecían de sentido de la proporción. ¿Y tal vez, después de todo, no hay Dios?
Se encogía de hombros. En suma, ¿este vivir o no vivir es asunto nuestro? Pero en eso se equivocaban.
Sir William tenía un amigo en Surrey donde enseñaban lo que Sir William admitía francamente que era un arte difícil: el sentido de la proporción. Había, además, afecto familiar; honor; valor; y una brillante carrera. Todos ellos tenían en Sir William a un defensor resuelto. Si le fallaban, tenía para apoyarse a la policía y al bien de la sociedad, que, según observaba muy calmadamente, se encargarían, allá en Surrey, de que estos impulsos antisociales, engendrados más que nada por la falta de buena sangre, se mantuvieran bajo control.
Y entonces salió furtivamente de su escondite y montó en su trono aquella Diosa cuyo deseo es pisotear la oposición, estampar indeleblemente en los santuarios ajenos su propia imagen.
Desnudos, indefensos, los exhaustos, los desamparados recibieron la impronta de la voluntad de Sir William. Él se abalanzaba; devoraba. Encerraba a la gente.
Fue esta combinación de decisión y humanidad lo que hizo a Sir William tan entrañable para los familiares de sus víctimas.
Pero Rezia Warren Smith gritó, caminando por Harley Street, que no le gustaba ese hombre.
Triturando y rebanando, dividiendo y subdividiendo, los relojes de Harley Street mordisqueaban el día de junio, aconsejaban la sumisión, defendían la autoridad y señalaban a coro las supremas ventajas de tener sentido de la proporción, hasta que el montón del tiempo quedó tan disminuido que un reloj comercial, suspendido sobre una tienda en Oxford Street, anunció, cordial y fraternalmente, como si para los señores Rigby y Lowndes fuera un placer dar la información gratis, que era la una y media.
Mirando hacia arriba, parecía que cada letra de sus nombres correspondía a una de las horas; de forma inconsciente, uno se sentía agradecido con Rigby y Lowndes por darle a uno una hora ratificada por Greenwich; y esta gratitud (según cavilaba Hugh Whitbread, deteniéndose allí frente al escaparate de la tienda) adoptaba naturalmente más tarde la forma de comprarle a Rigby y Lowndes calcetines o zapatos.
Así cavilaba. Era su costumbre. No profundizaba. Rozaba las superficies; las lenguas muertas, las vivas, la vida en Constantinopla, París, Roma; la equitación, la caza, el tenis, lo había sido una vez.
Los maliciosos afirmaban que ahora mont guardia en el Palacio de Buckingham, vestido con medias de seda y calzones cortos, sobre lo que nadie sabía. Pero lo hacía con extrema eficacia. Había flotado sobre la crema de la sociedad inglesa durante cincuenta y cinco años. Había conocido a primeros ministros. Se entendía que sus afectos eran profundos.
Y si era cierto que no había tomado parte en ninguno de los grandes movimientos de la época ni había ocupado cargos importantes, una o dos reformas humildes abonaban su cuenta;
- una mejora en los refugios públicos era una;
- la protección de los búhos en Norfolk otra;
- las sirvientas tenían motivos para estarle agradecidas;
y su nombre al pie de las cartas al Times, pidiendo fondos, apelando al público para proteger, para preservar, para limpiar la basura, para reducir el humo y erradicar la inmoralidad en los parques, imponía respeto.
Y una magnífica figura formaba también, deteniéndose un momento (mientras el sonido de la media hora se apagaba) para mirarse con ojo crítico y magistral los calcetines y los zapatos; impecable, sólido, como si contemplase el mundo desde cierta eminencia y vistiera a la altura de las circunstancias; pero consciente de las obligaciones que el tamaño, la riqueza y la salud entrañan, y observando con puntualidad, aun cuando no fuera estrictamente necesario, pequeñas cortesías, ceremonias antiquísimas que dotaban a sus maneras de cierta calidad, de algo que imitar, de algo por lo que recordarle, pues jamás almorzaba, por ejemplo, con Lady Bruton, a quien conocía desde hacía veinte años, sin llevarle en la mano extendida un ramo de claveles y preguntarle a la señorita Brush, la secretaria de Lady Bruton, por su hermano en Sudáfrica; lo cual, por algún motivo, a la señorita Brush, carente como estaba de todo atributo de encanto femenino, le sentaba tan mal que respondía: «Gracias, le va muy bien en Sudáfrica», cuando, desde hacía seis años, le iba muy mal en Portsmouth.
La propia Lady Bruton prefería a Richard Dalloway, que llegó en el momento siguiente. De hecho, se encontraron en el umbral.
A Lady Bruton le gustaba más Richard Dalloway, por supuesto. Estaba hecho de una pasta mucho más fina. Pero no iba a permitir que destrozaran a su pobre y querido Hugh. Nunca olvidaba su amabilidad —había sido verdaderamente extraordinariamente amable—, olvidaba en qué ocasión exacta. Pero lo había sido—extraordinariamente amable. De todos modos, la diferencia entre un hombre y otro no es tan grande. Nunca le había visto el sentido a descuartizar a la gente, como hacía Clarissa Dalloway —descuartizarlos y volver a pegarlos pieza a pieza—; al menos no a los sesenta y dos años. Aceptó los claveles de Hugh con su angulosa y hosca sonrisa. No iba a venir nadie más, dijo. Los había reunido allí bajo falsos pretextos, para que la sacaran de un apuro—
—Pero comamos primero —dijo ella.
Y así comenzó un silencioso y exquisito ir y venir a través de las puertas de vaivén de criadas con delantales y cofias blancas, sirvientas no por necesidad, sino adeptas a un misterio o gran engaño practicado por las anfitrionas de Mayfair de la una y media a las dos, cuando, con un ademán, el tráfico cesa, y surge en su lugar esta profunda ilusión, en primer lugar, sobre la comida: cómo no se paga; y luego cómo la mesa se cubre por sí sola de cristal y plata, manteles individuales, platillos de fruta roja; finas capas de crema marrón tapan el rodaballo; en cacerolas nadan pollos trinchados; coloreado, indómito, arde el fuego; y con el vino y el café (no pagados) se alzan alegres visiones ante ojos pensativos; ojos suavemente especulativos; ojos para los que la vida parece musical, misteriosa; ojos ahora encendidos para observar con benevolencia la belleza de los claveles rojos que Lady Bruton (cuyos movimientos eran siempre angulosos) había colocado junto a su plato, de modo que Hugh Whitbread, sintiéndose en paz con el universo entero y al mismo tiempo completamente seguro de su posición, dijo, apoyando el tenedor,
“¿No quedarían encantadores contra su encaje?”
A la señorita Brush le disgustó enormemente esta confidencia. Lo consideraba un sujeto maleducado. Le hacía gracia a Lady Bruton.
Lady Bruton levantó los claveles, sosteniéndolos con bastante rigidez, con casi la misma actitud con que el General sostenía el pergamino en el cuadro situado a sus espaldas; permaneció inmóvil, hechizada.
¿Cuál era ahora, la bisnieta del General? ¿tataranieta?, se preguntó Richard Dalloway. Sir Roderick, Sir Miles, Sir Talbot—eso era. Era notable cómo en aquella familia el parecido persistía en las mujeres. Ella misma debería haber sido general de dragones.
Y Richard habría servido a sus órdenes, de buen grado; le tenía el mayor respeto; abrigaba esas ideas románticas sobre ancianas de abolengo y bien plantadas, y le habría gustado, con su buen humor, traer a almorzar con ella a algunos jóvenes exaltados de su conocimiento; ¡como si un tipo como el suyo pudiera criarse a base de amables entusiastas bebedores de té!
Él conocía su región. Conocía a su gente. Había una parra, que aún daba frutos, bajo la cual Lovelace o Herrick—ella nunca leía un solo verso de poesía por iniciativa propia, pero así corría la historia—se había sentado.
Más valía esperar para plantearles la cuestión que la preocupaba (acerca de hacer un llamamiento al público; y de ser así, en qué términos y demás), más valía esperar a que tomaran el café, pensó Lady Bruton; y así dejó los claveles a un lado de su plato.
—¿Cómo está Clarissa? —preguntó de repente.
Clarissa siempre decía que a lady Bruton no le caía bien. En verdad, lady Bruton tenía fama de interesarse más por la política que por la gente; de hablar como un hombre; de haber metido las narices en alguna intriga notoria de los años ochenta, que ahora empezaba a mencionarse en las memorias.
Desde luego, había una hornacina en su salón, y una mesa en esa hornacina, y una fotografía sobre esa mesa del general sir Talbot Moore, ya difunto, que había escrito allí (una tarde de los ochenta) en presencia de lady Bruton, con su conocimiento, tal vez su consejo, un telegrama ordenando el avance de las tropas británicas en una ocasión histórica. (Conservaba la pluma y contaba la historia).
Así pues, cuando ella preguntaba con aire displicente «¿Cómo está Clarissa?», a los maridos les costaba convencer a sus mujeres y, en verdad, por muy devotos que fueran, albergaban en secreto dudas ellos mismos sobre su interés por las mujeres que a menudo estorbaban a sus maridos, les impedían aceptar puestos en el extranjero y tenían que ser llevadas a la costa en plena temporada parlamentaria para recuperarse de la gripe.
No obstante, las mujeres sabían infaliblemente que su pregunta, «¿Cómo está Clarissa?», era la señal de una bienhechora, de una compañera casi silenciosa, cuyas expresiones (media docena tal vez en el transcurso de una vida) denotaban el reconocimiento de cierta camaradería femenina que iba por debajo de las comidas de hombres y unía a lady Bruton y a la señora Dalloway, que rara vez se veían, y cuando lo hacían parecían indiferentes y hasta hostiles, en un vínculo singular.
“Me encontré con Clarissa en el Parque esta mañana”, dijo Hugh Whitbread, zambulléndose en la cacerola, deseoso de rendirse este pequeño homenaje, pues le bastaba con venir a Londres para encontrarse con todo el mundo de golpe; pero codicioso, uno de los hombres más codiciosos que jamás hubiera conocido, pensó Milly Brush, que observaba a los hombres con inquebrantable rectitud y era capaz de una devoción eterna, hacia su propio sexo en particular, al ser nudosa, raspada, angulosa y carecer por completo de encanto femenino.
—¿Sabes quién está en la ciudad? —dijo Lady Bruton, acordándose de repente—. Nuestro viejo amigo, Peter Walsh.
Todos sonrieron. ¡Peter Walsh! Y el señor Dalloway se alegró sinceramente, pensó Milly Brush; y el señor Whitbread solo pensaba en su pollo.
¡Peter Walsh! Los tres, Lady Bruton, Hugh Whitbread y Richard Dalloway, recordaban lo mismo: cuán apasionadamente había estado enamorado Peter; cómo había sido rechazado; se había marchado a la India; se había dado un batacazo; había hecho un desastre de su vida; y a Richard Dalloway también le tenía muchísimo afecto al buen viejo.
Milly Brush vio aquello; vio una profundidad en el castaño de sus ojos; lo vio dudar; reflexionar; lo cual le interesaba, tal como el señor Dalloway le interesaba siempre, pues se preguntaba en qué estaría pensando, qué estaría pensando sobre Peter Walsh.
Que Peter Walsh había estado enamorado de Clarissa; que volvería justo después de almorzar y encontraría a Clarissa; que le diría, con todas las letras, que la amaba. Sí, diría eso.
Milly Brush en otro tiempo casi podría haberse enamorado de estos silencios; y el señor Dalloway era siempre tan fiable; además, todo un caballero.
Ahora, a los cuarenta, a Lady Bruton le bastaba con asentir, o volver la cabeza con un punto de brusquedad, y Milly Brush captaba la señal, por muy sumida que estuviera en esas reflexiones de un espíritu independiente, de un alma incorrupta a la que la vida no podía engañar, porque la vida no le había ofrecido una chuchería del más mínimo valor; ni un rizo, sonrisa, labio, mejilla, nariz; nada en absoluto; a Lady Bruton le bastaba con asentir, y se le daba orden a Perkins de que apresurara el café.
“Sí; Peter Walsh ha vuelto”, dijo Lady Bruton.
Era vagamente halagador para todos ellos. Había regresado, golpeado, fracasado, a sus costas seguras. Pero ayudarlo, pensaban, era imposible; había algún defecto en su carácter.
Hugh Whitbread dijo que por supuesto uno podía mencionar su nombre a fulano de tal. Arrugó el ceño lúgubre y pomposamente al pensar en las cartas que escribiría a los jefes de las oficinas gubernamentales sobre «mi viejo amigo, Peter Walsh», y todo eso. Pero no conduciría a nada—a nada permanente, debido a su carácter.
«Metido en un lío con alguna mujer», dijo Lady Bruton. Todos habían adivinado que eso era lo que estaba detrás de todo.
—Sin embargo —dijo lady Bruton, deseosa de cambiar de tema—, le oiremos toda la historia al propio Peter.
(El café tardó mucho en llegar.)
“¿La dirección?”, murmuró Hugh Whitbread; y hubo al instante un rizo en la gris marea del servicio que rodeaba a Lady Bruton día tras día, recogiéndola, interceptándola, envolviéndola en un fino tejido que amortiguaba las conmociones, mitigaba las interrupciones y extendía en torno a la casa de Brook Street una fina red donde las cosas quedaban atrapadas y eran extraídas con precisión, al instante, por el canoso Perkins, que llevaba treinta años con Lady Bruton y ahora anotaba la dirección; se la entregó al señor Whitbread, quien sacó su cartera, alzó las cejas y, deslizándola entre documentos de la más alta importancia, dijo que conseguiría que Evelyn lo invitara a almorzar.
(Esperaban para servir el café hasta que el señor Whitbread hubiera terminado.)
Hugh era muy lento, pensó Lady Bruton. Se estaba poniendo gordo, notó. Richard siempre se mantenía en plena forma.
Empezaba a perder la paciencia; todo su ser se centraba de manera rotunda, innegable y dominadora, barriendo toda esta fruslería innecesaria (Peter Walsh y sus asuntos), en aquel tema que acaparaba su atención, y no solo su atención, sino aquella fibra que era la espina dorsal de su alma, aquella parte esencial suya sin la cual Millicent Bruton no sería Millicent Bruton: aquel proyecto de emigrar a jóvenes de ambos sexos nacidos de padres respetables y establecerlos con buenas perspectivas de salir adelante en Canadá.
Ella exageraba. Quizá había perdido el sentido de la proporción. La emigración no era para los demás el remedio evidente, la concepción sublime. No era para ellos (ni para Hugh, ni para Richard, ni siquiera para la devota señorita Brush) la liberadora de ese egoísmo reprimido que una mujer marcial y enérgica, bien alimentada, de buena cuna, impulsos directos, sentimientos tajantes y escasa capacidad introspectiva (amplia y sencilla —¿por qué no podía ser todo el mundo amplio y sencillo?, se preguntaba ella) siente surgir en su interior una vez pasada la juventud, y que debe descargar sobre algún objeto —puede ser la Emigración, puede ser la Emancipación; pero sea lo que fuere, este objeto en torno al cual se secreta a diario la esencia de su alma se vuelve inevitablemente prismático, lustroso, mitad espejo, mitad piedra preciosa; ahora cuidadosamente oculto por si la gente se burla de él; ahora orgullosamente exhibido. La emigración se había convertido, en suma, en gran medida en Lady Bruton.
Pero tenía que escribir. Y una carta al Times, solía decirle a la señorita Brush, le costaba más que organizar una expedición a Sudáfrica (lo cual había hecho durante la guerra). Tras una mañana de lucha empezando, rompiendo papeles, volviendo a empezar, solía sentir la inutilidad de su propia condición de mujer como no la sentía en ninguna otra ocasión, y recurría con gratitud al pensamiento de Hugh Whitbread, quien poseía —nadie podía dudarlo— el arte de escribir cartas al Times.
Un ser tan diferentemente constituido que ella, con tal dominio del lenguaje; capaz de expresar las cosas como los editores gustan de expresarlas; tenía pasiones que no se podían calificar simplemente de codicia.
Lady Bruton a menudo suspendía el juicio sobre los hombres en deferencia a la misteriosa concordancia en la que ellos, pero ninguna mujer, se hallaban con las leyes del universo; sabían expresar las cosas; sabían lo que se decía; de modo que si Richard la aconsejaba, y Hugh escribía para ella, estaba segura de estar en lo cierto de algún modo.
De modo que dejó que Hugh se comiera su soufflé; preguntó por la pobre Evelyn; esperó a que estuvieran fumando, y entonces dijo,
«Milly, ¿traerías los periódicos?»
Y la señorita Brush salió, volvió; puso unos papeles sobre la mesa; y Hugh sacó su estilográfica; su estilográfica de plata, que llevaba veinte años de servicio, según dijo, desenroscando el capuchón.
Todavía estaba en perfecto estado; se la había enseñado a los fabricantes; no había razón, dijeron, para que se estropeara jamás; lo cual de algún modo redundaba en mérito de Hugh, y en mérito de los sentimientos que su pluma expresaba (tal era la sensación de Richard Dalloway) mientras Hugh se ponía a escribir con cuidado mayúsculas rodeadas de círculos en el margen, reduciendo así maravillosamente los enredos de Lady Bruton al sentido, a una gramática tal que el director del Times —sentía Lady Bruton, observando la maravillosa transformación— tenía que respetar.
Hugh era lento. Hugh era tenaz. Richard decía que había que correr riesgos. Hugh proponía modificaciones por consideración a los sentimientos de la gente que, según dijo un tanto agrio cuando Richard se rio, «había que tener en cuenta», y leyó en voz alta: «cómo, por lo tanto, somos de la opinión de que los tiempos están maduros… la juventud superflua de nuestra población en constante aumento… lo que debemos a los muertos…», lo cual a Richard le pareció puro relleno y pamplinas, pero sin daño alguno, por supuesto, y Hugh siguió redactando sentimientos por orden alfabético de la más alta nobleza, sacudiéndose la ceniza del puro del chaleco y resumendo de vez en cuando los progresos que habían hecho hasta que, por fin, leyó en voz alta el borrador de una carta que Lady Bruton sentía la certeza de que era una obra maestra.
¿Podía su propio significado sonar así?
Hugh no podía garantizar que el editor lo fuera a publicar; pero se reuniría con alguien en el almuerzo.
Tras lo cual lady Bruton, que rara vez hacía algo elegante, se metió todos los claveles de Hugh en la pechera del vestido y, abriendo los brazos de par en par, lo llamó «¡Mi primer ministro!».
Qué habría hecho sin los dos, no lo sabía. Se levantaron. Y Richard Dalloway se fue a pasear, como de costumbre, para echar un vistazo al retrato del general, porque tenía la intención, siempre que tuviera un momento libre, de escribir una historia de la familia de lady Bruton.
Y Millicent Bruton estaba muy orgullosa de su familia. Pero podían esperar, podían esperar, decía, mirando el retrato; queriendo decir que su familia, de militares, administradores, almirantes, había sido de hombres de acción, que habían cumplido con su deber; y el primer deber de Richard era hacia su país, pero era un buen rostro, decía; y todos los papeles estaban listos para Richard allí en Aldmixton cuando llegara el momento; el Gobierno laborista, quería decir.
«¡Ah, las noticias de la India!», exclamó.
Y entonces, mientras estaban de pie en el vestíbulo sacando guantes amarillos de la fuente sobre la mesa de malaquita y Hugh le ofrecía a la señorita Brush con una cortesía bastante innecesaria algún boleto descartado u otro cumplido, que ella detestaba desde el fondo de su corazón y la hacía ruborizarse como un ladrillo, Richard se volvió hacia Lady Bruton, con el sombrero en la mano, y dijo:
“¿Nos veremos en nuestra fiesta esta noche?”, tras lo cual Lady Bruton recuperó la magnificencia que la redacción de cartas había hecho añicos.
Podía ir; o podía no ir. Clarissa tenía una energía maravillosa. A Lady Bruton las fiestas la aterraban. Pero claro, se estaba haciendo vieja.
Eso dio a entender, de pie en el umbral; hermosa; muy erguida; mientras su chow se estiraba a sus espaldas, y la señorita Brush desaparecía en el fondo con las manos llenas de papeles.
Y Lady Bruton subió pesada, majestuosamente, a su habitación, se tendió, con un brazo extendido, en el sofá.
Suspiraba, roncaba, no porque estuviera dormida, solo amodorrada y pesada, amodorrada y pesada, como un campo de tréboles bajo el sol en este caluroso día de junio, con las abejas revoloteando por todas partes y las mariposas amarillas.
Siempre volvía a aquellos campos en Devonshire, donde había saltado los arroyos sobre Patty, su poni, con Mortimer y Tom, sus hermanos.
Y estaban los perros; estaban las ratas; estaban su padre y su madre en el césped bajo los árboles, con el servicio de té fuera, y los arriates de dalias, las malvarrosas, la hierba de las pampas; ¡y ellos, pequeños bribones, siempre traidoramente metidos en alguna travesura!, escabulléndose de vuelta por el arbustedo para que no los vieran, todos desaliñados de alguna fechoría.
¡Lo que solía decir la vieja niñera sobre sus vestidos!
Ay Dios, se acordaba —era miércoles en Brook Street. Aquellos hombres tan buenos y amables, Richard Dalloway, Hugh Whitbread, habían ido en este día caluroso por las calles cuyo rumor le llegaba a ella, tendida en el sofá. El poder era suyo, la posición, los ingresos. Había vivido en la vanguardia de su tiempo. Había tenido buenos amigos; conocido a los hombres más capaces de su época. El Londres murmurante fluía hacia ella, y su mano, apoyada en el respaldo del sofá, se curvaba sobre un bastón imaginario como el que habrían empuñado sus abuelos, sosteniendo el cual parecía, adormecida y pesada, mandar batallones que marchaban hacia Canadá, y aquellos buenos muchachos caminando por Londres, ese territorio suyo, ese pedacito de alfombra, Mayfair.
Y se alejaban más y más de ella, unidos a ella por un hilo delgado (ya que habían almorzado con ella) que se estiraría y se estiraría, volviéndose más y más delgado a medida que caminaban por Londres; como si los amigos de uno estuvieran unidos al propio cuerpo, tras almorzar con ellos, por un hilo delgado, que (mientras ella dormitaba allí) se volvía borroso con el sonido de las campanas, dando las horas o llamando a los oficios, como el hilo de una sola araña se emborrona con las gotas de lluvia y, cargado, se hunde.
Así durmió.
Y Richard Dalloway y Hugh Whitbread dudaron en la esquina de Conduit Street en el mismo momento en que Millicent Bruton, tendida en el sofá, dejó que el hilo se rompiera; roncó.
Vientos encontrados embates daban en la esquina de la calle. Miraron el escaparate de una tienda; no deseaban comprar ni hablar sino separarse, solo que, con vientos encontrados batiendo la esquina, con una suerte de lapso en las mareas del cuerpo, dos fuerzas encontrándose en un torbellino, la mañana y la tarde, hicieron una pausa.
Un cartel de periódico se elevó por los aires, gallardo, como una cometa al principio, luego se detuvo, descendió en picada, aleteó; y el velo de una dama colgaba. Toldos amarillos temblaban. La velocidad del tráfico matutino disminuyó, y carros solitarios traqueteaban despreocupados por calles semivacías.
En Norfolk, en lo que Richard Dalloway medio pensaba, un viento suave y cálido soplaba hacia atrás los pétalos; confundía las aguas; alborotaba las hierbas en flor. Los segadores, que se habían tumbado bajo los setos para dormir la fatiga matutina, separaban cortinas de briznas verdes; movían globos temblorosos de cicuta para ver el cielo; el cielo azul, inquebrantable y ardiente del verano.
Consciente de que estaba mirando una copa jacobina de plata con dos asas, y de que Hugh Whitbread admiraba con condescendencia y aires de connoisseur un collar español cuyo precio pensaba preguntar por si a Evelyn le gustaba, Richard seguía aletargado; no podía pensar ni moverse. La vida había arrojado estos restos; escaparates llenos de pasta de colores, y uno se quedaba allí plantado con el letargo de los viejos, tieso con la rigidez de los viejos, mirando hacia dentro. A Evelyn Whitbread podría gustarle comprar este collar español; pues bien podría ser. Tenía que bostezar. Hugh iba a entrar en la tienda.
—¡Así es! —dijo Richard, siguiéndole.
Sabe Dios que él no quería ir a comprar collares con Hugh. Pero hay mareas en el cuerpo. La mañana se encuentra con la tarde. Llevado como una frágil balandra sobre hondas, hondísimas aguas, el bisabuelo de Lady Bruton, y sus memorias, y sus campañas en Norteamérica, se anegaron y se hundieron. Y Millicent Bruton también. Se fue a pique. A Richard le importaba un bledo lo que fuera de la Emigración; en cuanto a aquella carta, si el editor la publicaba o no. El collar pendía estirado entre los admirables dedos de Hugh. Que se lo regalara a una muchacha, si tenía que comprar joyas; a cualquier muchacha, a cualquier muchacha en la calle. Porque la futilidad de esta vida le golpeaba a Richard con bastante fuerza: comprar collares para Evelyn. Si hubiera tenido un muchacho, le habría dicho: Trabaja, trabaja. Pero tenía a su Elizabeth; adoraba a su Elizabeth.
—Me gustaría ver al señor Dubonnet —dijo Hugh a su manera seca y mundana.
Resultaba que este Dubonnet tenía las medidas del cuello de la señora Whitbread o, lo que era aún más extraño, conocía sus opiniones sobre la joyería española y el alcance de sus posesiones en esa línea (de lo cual Hugh no lograba acordarse).
Todo lo cual le parecía a Richard Dalloway tremendamente extraño. Pues él nunca le hacía regalos a Clarissa, salvo un brazalete hacía dos o tres años, que no había sido un éxito. Ella nunca se lo ponía. Le dolía recordar que nunca se lo ponía.
Y como el hilo solitario de una araña que, tras oscilar aquí y allá, se adhiere a la punta de una hoja, así la mente de Richard, recuperándose de su letargo, se fijó ahora en su esposa, Clarissa, a quien Peter Walsh había amado con tanta pasión; y Richard tuvo una repentina visión de ella allí en el almuerzo; de sí mismo y de Clarissa; de su vida juntos; y acercó hacia sí la bandeja de joyas antiguas y, tomando primero este broche y luego aquel anillo, «¿Cuánto cuesta esto?», preguntó, aunque dudaba de su propio gusto. Quería abrir la puerta del salón y entrar ofreciendo algo; un regalo para Clarissa. ¿Pero qué?
Pero Hugh había vuelto a ponerse en pie. Era indeciblemente pomposo. En verdad, después de tratar allí durante treinta y cinco años, no iba a dejarse intimidar por un simple muchacho que no conocía su oficio.
Porque Dubonnet, al parecer, no estaba, y Hugh no compraría nada hasta que al señor Dubonnet le placiera estar; ante lo cual el joven se sonrojó y realizó su correcta reverencia. Todo era perfectamente correcto. ¡Y, sin embargo, Richard no le habría podido decir eso ni aunque le fuera la vida en ello!
Por qué aquella gente aguantaba semejante maldita insolencia, era algo que no cabía en su cabeza. Hugh se estaba volviendo un imbécil intolerable. Richard Dalloway no soportaba más de una hora de su compañía.
Y, levantándose el bombín a modo de despedida, Richard dobló la esquina de Conduit Street ansioso, sí, muy ansioso, por recorrer aquel hilo de araña que lo unía a Clarissa; iría directo a verla, a Westminster.
Pero él quería entrar trayendo algo. ¿Flores? Sí, flores, ya que no confiaba en su buen gusto para el oro; cualquier cantidad de flores, rosas, orquídeas, para celebrar lo que era, se mire como se mire, un acontecimiento; este sentimiento hacia ella cuando hablaron de Peter Walsh en el almuerzo; y nunca hablaban de eso; ni por asomo habían hablado de eso en años; lo cual, pensó, apretando sus rosas rojas y blancas juntas (un enorme ramo envuelto en papel de seda), es el mayor error del mundo.
Llega el momento en que ya no se puede decir; a uno le da demasiada vergüenza decirlo, pensó, guardándose las pocas monedas de cambio en el bolsillo, emprendiendo la marcha con su gran ramo apretado contra el cuerpo hacia Westminster para decir de frente, con todas las letras (piense ella lo que piense de él), tendiéndole sus flores: «Te quiero».
¿Por qué no? En verdad era un milagro pensando en la guerra, y en miles de pobres muchachos, con toda la vida por delante, amontonados, ya medio olvidados; era un milagro. Ahí estaba él, cruzando Londres para decirle a Clarissa con todas las letras que la amaba. Cosa que uno nunca dice, pensó. En parte por pereza; en parte por vergüenza. Y Clarissa —costaba pensar en ella—, salvo a tirones, como en el almuerzo, cuando la vio con toda claridad; toda su vida en común.
Se detuvo en el cruce; y repitió —siendo simple por naturaleza y sin corromper, por haber andado a pie y cazado; siendo tenaz y terco, por haber defendido a los oprimidos y seguido sus instintos en la Cámara de los Comunes; conservado en su sencillez y al mismo tiempo vuelto un tanto taciturno, un tanto rígido— repitió que era un milagro que se hubiera casado con Clarissa; un milagro; su vida había sido un milagro, pensó, dudando antes de cruzar.
Pero le hervía la sangre al ver a criaturas de cinco o seis años cruzando Piccadilly solas. La policía debería haber detenido el tráfico de inmediato. No se hacía ilusiones respecto a la policía de Londres. De hecho, estaba reuniendo pruebas de sus malas prácticas; y aquellos vendedores ambulantes, a los que no se permitía estacionar sus carritos en las calles; y las prostitutas, ¡santo Dios!, la culpa no era de ellas, ni tampoco de los jóvenes, sino de nuestro detestable sistema social y demás; todo lo cual reflexionaba, se le veía reflexionar, gris, tenaz, pulcro, aseado, mientras cruzaba el Parque para decirle a su esposa que la amaba.
Pues lo decía con todas las letras, en cuanto entraba en la habitación. Porque es una lástima infinita no decir nunca lo que uno siente, pensaba, mientras cruzaba Green Park y observaba con agrado cómo a la sombra de los árboles familias enteras, familias pobres, se estiraban a sus anchas; niños dando patadas al aire; tomando la leche; bolsas de papel tiradas por ahí, que bien podría recoger (si alguien ponía objeciones) alguno de esos caballeros gordos con librea; pues opinaba que todos los parques y todas las plazas, durante los meses de verano, debían estar abiertos a los niños (la hierba del parque se encendía y se apagaba, iluminando a las pobres madres de Westminster y a sus bebés gateantes, como si una lámpara amarilla se moviera por debajo).
Pero ¿qué se podía hacer por las vagabundas como aquella pobre criatura, apoyada sobre el codo (como si se hubiera arrojado a la tierra, libre de todo vínculo, para observar con curiosidad, especular con osadía, sopesar los porqués y los forqués, descarada, de labios flojos, socarrona)?, no lo sabía.
Llevando sus flores como un arma, Richard Dalloway se le acercó; pasó junto a ella abstraído; aún hubo tiempo para que saltara una chispa entre ambos—ella se rio al verle, él sonrió de buen humor, considerando el problema de la vagabunda; no es que fueran a hablar jamás.
Pero él le diría a Clarissa que la amaba, con todas las letras. Había estado celoso, en otro tiempo, de Peter Walsh; celoso de él y de Clarissa. Pero ella le había dicho a menudo que había hecho bien en no casarse con Peter Walsh; lo cual, conociendo a Clarissa, era evidentemente verdad; ella necesitaba apoyo. No es que fuera débil; pero necesitaba apoyo.
En cuanto al Palacio de Buckingham (como una vieja prima donna frente al público, todo de blanco), no se le puede negar cierta dignidad, consideró, ni despreciar lo que, al fin y al cabo, representa para millones de personas (una pequeña multitud esperaba en la verja para ver salir al rey) como un símbolo, por absurdo que sea; un niño con una caja de bloques lo habría hecho mejor, pensó, al mirar el monumento a la reina Victoria (a quien recordaba con sus gafas de concha paseando en coche por Kensington), su montículo blanco, su maternalismo ondulante; pero le gustaba estar gobernado por el descendiente de Horsa; le gustaba la continuidad; y la sensación de transmitir las tradiciones del pasado.
Era una gran época para haber vivido. En verdad, su propia vida era un milagro; que no se equivoque al respecto; aquí estaba, en la flor de la vida, caminando hacia su casa en Westminster para decirle a Clarissa que la amaba. La felicidad es esto, pensó.
Es esto, dijo, al entrar en Dean’s Yard.
Big Ben empezaba a dar las horas, primero el aviso, musical; luego la hora, irrevocable.
Las comidas en compañía arruinan toda la tarde, pensó, al acercarse a su puerta.
El sonido del Big Ben inundó el salón de Clarissa, donde estaba sentada, sumamente molesta, ante su mesa de escribir; preocupada; molesta. Era perfectamente cierto que no había invitado a Ellie Henderson a su fiesta; pero lo había hecho a propósito. Ahora la señora Marsham escribía que «le había dicho a Ellie Henderson que le pediría a Clarissa; a Ellie le apetecía muchísimo venir».
¿Pero por qué tenía que invitar a todas las mujeres aburridas de Londres a sus fiestas? ¿Por qué se metía la señora Marsham? Y ahí estaba Elizabeth encerrada todo este tiempo con Doris Kilman. No alcanzaba a concebir nada más nauseabundo. Rezar a estas horas con esa mujer.
Y el sonido de la campana inundó la habitación con su ola melancólica; la cual retrocedió, y se recomponía para caer una vez más, cuando oyó, de manera desconcertante, algo que manoseaba, algo que arañaba la puerta. ¿Quién a estas horas? ¡Las tres, Dios mío! ¡Las tres ya! Pues con abrumadora franqueza y dignidad el reloj dio las tres; y no oyó nada más; ¡sino que el picaporte giró y entró Richard!
¡Qué sorpresa! Entró Richard, ofreciendo flores. Ella le había fallado, una vez en Constantinopla; y lady Bruton, cuyas almuerzos se decía que eran extraordinariamente divertidos, no la había invitado. Él estaba ofreciendo flores—rosas, rosas rojas y blancas. (Pero no se atrevía a decirle que la amaba; no con tantas palabras.)
—Pero qué bonitos, dijo, tomando sus flores. Ella comprendía; comprendía sin que él hablara; su Clarissa. Los puso en floreros sobre la chimenea.
¡Qué bonitos se veían!, dijo. ¿Y había estado divertido?, preguntó. ¿Había preguntado por ella lady Bruton? Peter Walsh había vuelto. La señora Marsham había escrito. ¿Tenía que invitar a Ellie Henderson? Esa mujer, Kilman, estaba arriba.
—Pero sentémonos cinco minutos —dijo Richard.
Todo parecía tan vacío. Todas las sillas estaban contra la pared. ¿Qué habían estado haciendo? Ah, era para la fiesta; no, no se había olvidado de la fiesta. Peter Walsh había vuelto. Ah, sí; ella lo había tenido. Y se iba a divorciar; y estaba enamorado de alguna mujer de por allá. Y no había cambiado lo más mínimo. Allí estaba ella, remendando su vestido. …
—Pensando en Bourton —dijo ella.
—Hugh estaba almorzante —dijo Richard.
¡Ella también lo había conocido! Bueno, se estaba volviendo absolutamente intolerable.
Comprándole collares a Evelyn; más gordo que nunca; un imbécil intolerable.
«Y me vino a la cabeza: “Podría haberme casado contigo”», dijo, pensando en Peter sentado allí con su pequeña pajarita; con aquel cuchillo, abriéndolo, cerrándolo. «Tal cual era siempre, ya sabes».
Hablaban de él en el almuerzo, dijo Richard.
(Pero no podía decirle que la amaba. Le tomó la mano. La felicidad es esto, pensó.)
Habían estado escribiendo una carta al Times para Millicent Bruton. Para eso era prácticamente para lo único que servía Hugh.
“¿Y nuestra querida señorita Kilman?”, preguntó.
Clarissa pensó que las rosas eran absolutamente encantadoras; primero apretadas en un ramo; ahora, por su propia voluntad, separándose.
“Kilman llega justo cuando acabamos de almorzar —dijo—. Elizabeth se pone rosada. Se encierran. Supongo que estarán rezando”.
¡Señor! No le gustó; pero estas cosas pasan si las dejas estar.
—Con gabardina y paraguas —dijo Clarissa.
No había dicho «Te quiero»; pero le sostenía la mano.
La felicidad es esto, es esto, pensó.
“Pero ¿por qué habría de invitar a mis fiestas a todas las mujeres aburridas de Londres?”, dijo Clarissa. Y si la señora Marsham daba una fiesta, ¿acaso invitaba a sus invitados?
“Pobre Ellie Henderson”, dijo Richard; era de lo más extraño cuánto le importaban a Clarissa sus fiestas, pensó.
Pero Richard no tenía la menor idea de cómo debía ser una habitación. Sin embargo... ¿qué iba a decir?
Si a ella le preocupaban estas fiestas, él no la dejaría darlas.
¿Deseaba haberse casado con Peter? Pero él tenía que irse.
Tenía que marcharse, dijo, levantándose. Pero se quedó un momento de pie, como si fuera a decir algo; y ella se preguntó: ¿el qué? ¿Por qué? Ahí estaban las rosas.
“¿Algún comité?”, preguntó ella, mientras él abría la puerta.
—Armenios —dijo—; o tal vez albaneses.
Y hay una dignidad en las personas; una soledad; incluso entre marido y mujer un abismo; y eso hay que respetarlo, pensaba Clarissa, viéndole abrir la puerta; pues uno no renunciaría a ello por sí mismo, ni se lo quitaría, en contra de su voluntad, a su marido, sin perder la independencia, el propio respeto—algo, al fin y al cabo, de un valor incalculable.
Regresó con una almohada y un edredón.
—Una hora de descanso completo después del almuerzo —dijo. Y se fue.
¡Cómo se le parecía! Seguiría diciendo «Una hora de descanso absoluto después de almorzar» hasta el fin de los tiempos, porque un médico se lo había ordenado una vez. Era típico en él tomarse al pie de la letra lo que decían los médicos; parte de su adorable, divina sencillez, que nadie poseía en igual medida; lo que hacía que él fuera a hacer las cosas mientras ella y Peter desperdiciaban el tiempo discutiendo. Ya iba a mitad de camino hacia la Cámara de los Comunes, hacia sus armenios, sus albaneses, después de haberla instalado en el sofá, mirando sus rosas. Y la gente diría: «Clarissa Dalloway es una mimada». A ella le importaban mucho más sus rosas que los armenios. Perseguidos hasta la extinción, mutilados, congelados, víctimas de la crueldad y la injusticia (ella se lo había oído decir a Richard una y otra vez)—no, no lograba sentir nada por los albaneses, ¿o eran los armenios? pero amaba sus rosas (¿no ayudaba eso a los armenios?)—, las únicas flores que soportaba ver cortadas. Pero Richard ya estaba en la Cámara de los Comunes; en su comité, tras haber resuelto todos sus apuros. Pero no; ay, eso no era verdad. Él no veía las razones en contra de invitar a Ellie Henderson. Lo haría, por supuesto, tal como él deseaba. Puesto que él había traído los cojines, ella se tumbaría.
… Pero—pero—¿por qué de repente se sentía, sin motivo alguno que pudiera descubrir, desesperadamente infeliz? Como una persona que ha dejado caer un grano de perla o de diamante en la hierba y separa los altos tallos con mucho cuidado, a un lado y a otro, y busca aquí y allá en vano, y al fin lo avista allí en las raíces, así fue repasando una y otra cosa; no, no era que Sally Seton dijera que Richard jamás llegaría al Gabinete porque tenía un cerebro de segunda (le vino a la memoria); no, eso no le importaba; ni tampoco tenía que ver con Elizabeth ni con Doris Kilman; eso eran hechos. Era un sentimiento, cierto sentimiento desagradable, más temprano ese día tal vez; algo que Peter había dicho, combinado con cierta depresión propia, en su dormitorio, al quitarse el sombrero; y lo que Richard había dicho se había sumado a ello, ¿pero qué había dicho? Ahí estaban sus rosas. ¡Sus fiestas! ¡Eso era! ¡Sus fiestas! Ambos la criticaban con gran injusticia, se reían de ella muy injustamente, por sus fiestas. ¡Eso era! ¡Eso era!
Pues ¿cómo iba a defenderse? Ahora que sabía lo que era, se sentía perfectamente feliz.
Creían, o al menos Peter creía, que le gustaba imponerse; le gustaba tener gente famosa a su alrededor; grandes nombres; era simplemente una snob, en suma. Bueno, pues Peter podía pensarlo.
Richard simplemente consideraba una tontería que le gustara la emoción sabiendo que era mala para su corazón. Era una actitud infantil, pensaba.
Y los dos se equivocaban por completo. Lo que le gustaba era simplemente la vida.
—Para eso es por lo que lo hago —dijo, hablando en voz alta, para la vida.
Como estaba tumbada en el sofá, recluida, exenta, la presencia de esta cosa que sentía tan evidente se volvió físicamente existente; con ropajes de sonido de la calle, soleados, con aliento cálido, susurrando, inflando los estores. Pero supongamos que Peter le dijera: «Sí, sí, pero tus fiestas, ¿qué sentido tienen tus fiestas?», todo lo que ella podría decir era (y no se podía esperar que nadie lo entendiera): Son una ofrenda; lo que sonaba a horror de vago. ¿Pero quién era Peter para dar a entender que la vida era coser y cantar?—¿Peter siempre enamorado, siempre enamorado de la mujer equivocada? ¿Qué es tu amor?, le podría decir ella. Y ella sabía su respuesta; cómo es la cosa más importante del mundo y ninguna mujer la entendía jamás. Muy bien. ¿Pero acaso podía algún hombre entender tampoco lo que ella quería decir? ¿sobre la vida? No se podía imaginar a Peter ni a Richard tomándose la molestia de dar una fiesta sin ningún motivo en absoluto.
Pero yendo más hondo, por debajo de lo que la gente decía (¡y estos juicios, qué superficiales, qué fragmentarios son!), en su propia mente ahora, ¿qué significaba para ella, esta cosa que llamaba vida?
Ay, era muy extraña. Aquí estaba Fulano en South Kensington; alguien por Bayswater; y alguien más, digamos, en Mayfair.
Y sentía de un modo bastante continuo la sensación de la existencia de ellos; y sentía qué desperdicio; y sentía qué lástima; y sentía que con tal de que pudieran ser reunidos; así que lo hacía.
Y era una ofrenda; combinar, crear; ¿pero a quién?
Una ofrenda por el mero hecho de ofrendar, tal vez. Sea como fuere, era su regalo.
No poseía ninguna otra cosa de la más mínima importancia; no sabía pensar, ni escribir, ni siquiera tocar el piano. Confundía a los armenios con los turcos; le encantaba el éxito; aborrecía la incomodidad; necesitaba caer bien; hablaba un sinfín de tonterías; y hasta el día de hoy, si se le preguntaba qué era el Ecuador, no lo sabía.
Aun así, que un día siguiera a otro; miércoles, jueves, viernes, sábado; que uno se despertara por la mañana; viera el cielo; caminara por el parque; se encontrara con Hugh Whitbread; luego de repente entrara Peter; luego estas rosas; bastaba.
Después de eso, ¡qué increíble era la muerte!—que aquello debiera terminar; y que nadie en el mundo entero fuera a saber cuánto lo había amado todo; cómo, en cada instante …
La puerta se abrió. Elizabeth sabía que su madre estaba descansando. Entró muy silenciosamente. Se quedó completamente quieta.
¿Sería que algún mongol había naufragado en la costa de Norfolk (como decía la señora Hilbery), se había mezclado con las damas Dalloway, tal vez hacía cien años? Porque los Dalloway, por lo general, eran de pelo claro; de ojos azules; Elizabeth, por el contrario, era morena; tenía ojos chinos en un rostro pálido; un misterio oriental; era amable, considerada, callada.
De niña, había tenido un sentido del humor perfecto; pero ahora, a los die77, por qué, Clarissa no lograba entender en absoluto, se había vuelto muy seria; como un jacinto, envuelto en verde brillante, con capullos apenas tinturados, un jacinto al que no le ha dado el sol.
Se quedó muy quieta y miró a su madre; pero la puerta estaba entreabierta, y al otro lado de la puerta estaba Miss Kilman, como Clarissa bien sabía; Miss Kilman con su gabardina, escuchando todo lo que decían.
Sí, la señorita Kilman estaba en el descansillo y llevaba un impermeable; pero tenía sus razones.
Primero, era barato; segundo, tenía más de cuarenta años; y, al fin y al cabo, no se vestía para gustar.
Era pobre, además; pobrecionalmente pobre. De otro modo no estaría aceptando trabajos de gente como los Dalloway; de gente rica, a la que le gustaba ser bondadosa.
El señor Dalloway, para hacerle justicia, había sido bondadoso. Pero la señora Dalloway, no. Había sido meramente condescendiente. Venía de la peor de todas las clases: los ricos, con un barniz de cultura.
Tenían cosas caras por todas partes; cuadros, alfombras, montones de sirvientes. Consideraba que tenía perfecto derecho a cualquier cosa que los Dalloway hicieran por ella.
Se había sentido engañada. Sí, la palabra no era una exageración, pues ¿acaso una muchacha no tiene derecho a cierta clase de felicidad? Y ella nunca había sido feliz, entre lo torpe que era y lo pobre.
Y entonces, justo cuando pudo haber tenido una oportunidad en la escuela de la señorita Dolby, vino la guerra; y ella nunca había sido capaz de decir mentiras. La señorita Dolby pensó que sería más feliz con gente que compartiera sus puntos de vista sobre los alemanes. Había tenido que marcharse. Era verdad que la familia era de origen alemán —escribían el apellido Kiehlman en el siglo XVIII—, pero su hermano había muerto. ¡La echaron porque no quiso fingir que todos los alemanes eran unos villanos—cuando tenía amigos alemanes, cuando los únicos días felices de su vida los había pasado en Alemania! Y, al fin y al cabo, ella sabía leer historia.
Había tenido que aceptar lo que pudiera conseguir. El señor Dalloway la había encontrado trabajando para los Cuáqueros. Le había permitido (y eso fue verdaderamente generoso por su parte) enseñarle historia a su hija. También daba algunas conferencias de Extensión Universitaria y cosas así.
Luego Nuestro Señor había acudido a ella (y aquí siempre inclinaba la cabeza). Había visto la luz hacía dos años y tres meses. Ahora no envidiaba a mujeres como Clarissa Dalloway; las compadecía.
Los compadecía y los despreciaba desde el fondo de su corazón, mientras estaba de pie sobre la alfombra blanda, mirando el viejo grabado de una niña con un manguito. Con todo este lujo en marcha, ¿qué esperanza había de un estado de cosas mejor? En vez de estar tumbada en un sofá —«Mi madre está descansando», había dicho Elizabeth—, debería haber estado en una fábrica; detrás de un mostrador; ¡la señora Dalloway y todas las demás elegantes damas!
Amarga y ardiente, la señorita Kilman había entrado en una iglesia hacía dos años y tres meses. Había escuchado predicar al reverendo Edward Whittaker; cantar a los niños; había visto descender las luces solemnes, y ya fuera por la música o por las voces (ella misma, cuando se quedaba sola por la tarde, encontraba consuelo en el violín; pero el sonido era espantoso; no tenía oído), los sentimientos cálidos y turbulentos que hervían y bramaban en su interior se habían calmado mientras estaba allí sentada, y había llorado copiosamente, y había ido a visitar al señor Whittaker a su casa particular en Kensington.
Era la mano de Dios, dijo él. El Señor le había mostrado el camino.
Así que ahora, siempre que los sentimientos cálidos y dolorosos hervían en su interior, este odio hacia la señora Dalloway, este resentimiento contra el mundo, pensaba en Dios. Pensaba en el señor Whittaker. La rabia daba paso a la calma. Un sabor dulce le llenaba las venas, sus labios se entreabrían y, plantada de manera imponente en el descansillo con su abrigo impermeable, contemplaba con una serenidad firme y siniestra a la señora Dalloway, que salía con su hija.
Elizabeth dijo que había olvidado sus guantes.
Eso era porque la señorita Kilman y su madre se odiaban. No soportaba verlas juntas. Subió corriendo las escaleras a buscar sus guantes.
Pero la señorita Kilman no odiaba a la señora Dalloway.
Clavando en Clarissa sus grandes ojos color grosela espinosa, observando su pequeño rostro rosado, su cuerpo delicado, su aire de frescura y elegancia, la señorita Kilman sintió: ¡Tonta! ¡Simple! ¡Tú, que no has conocido ni la pena ni el placer; que has desperdiciado tu vida!
Y surgió en ella un deseo irrefrenable de vencerla; de desenmascararla. Si hubiera podido derribarla, la habría aliviado. Pero no era el cuerpo; era el alma y su burla lo que deseaba someter; hacerle sentir su dominio. Si tan solo pudiera hacerla llorar; si pudiera arruinarla; humillarla; ponerla de rodillas gritando: ¡Tienes razón!
Pero esta era la voluntad de Dios, no la de la señorita Kilman. Tenía que ser una victoria religiosa. Por eso la fulminó con la mirada; por eso la miró con saña.
Clarissa estaba verdaderamente horrorizada. ¡Esta mujer era una cristiana! ¡Esta mujer le había arrebatado a su hija! ¡Ella, en contacto con presencias invisibles! ¡Pesada, fea, vulgar, sin bondad ni gracia, conocía el sentido de la vida!
—¿Vas a llevar a Elizabeth a los Grandes Almacenes? —dijo la señora Dalloway.
La señorita Kilman dijo que sí. Se quedaron allí de pie. La señorita Kilman no iba a mostrarse complaciente. Siempre se había ganado la vida por sus propios medios. Su conocimiento de la historia moderna era de un rigor absoluto. Destinaba, de sus escasos ingresos, una buena parte a causas en las que creía; mientras que esta mujer no hacía nada, no creía en nada; criaba a su hija... pero aquí venía Elizabeth, un poco sin aliento, la hermosa muchacha.
Así que iban a las Galerías. Era extraño, mientras la señora Kilman se quedaba allí de pie (y vaya si se quedaba, con el poder y la taciturnidad de algún monstruo prehistórico acorrazado para un combate primigenio), cómo, segundo a segundo, la idea de ella disminuía, cómo el odio (que iba dirigido a las ideas, no a las personas) se desmoronaba, cómo perdía su malignidad, su tamaño, y se convertía segundo a segundo meramente en la señora Kilman, con un impermeable, a la que Dios sabe que a Clarissa le habría gustado ayudar.
Ante este achicamiento del monstruo, Clarissa se echó a reír. Al despedirse, se rio.
Allí se fueron juntas, la señorita Kilman y Elizabeth, escaleras abajo.
Con un impulso repentino, con una angustia violenta, pues aquella mujer le estaba arrebatando a su hija, Clarissa se inclinó sobre la barandilla y gritó: «¡Acuérdate de la fiesta! ¡Acuérdate de nuestra fiesta de esta noche!».
Pero Elizabeth ya había abierto la puerta de calle; pasaba una camioneta; no contestó.
¡El amor y la religión!, pensó Clarissa, volviendo al salón, con un cosquilleo por todo el cuerpo. ¡Qué detestables, qué detestables son!
Pues ahora que el cuerpo de la señorita Kilman ya no estaba ante ella, la abrumaba: la idea. Las cosas más crueles del mundo, pensó, al verlas torpes, calurosas, dominantes, hipócritas, fisgonas, celosas, infinitamente crueles y sin escrúpulos, vestidas con un abrigo impermeable, en el descansillo; el amor y la religión.
¿Había intentado ella misma convertir alguna vez a alguien? ¿No deseaba acaso simplemente que todo el mundo fuera uno mismo?
Y contempló desde la ventana a la anciana de enfrente subiendo las escaleras. Que subiera las escaleras si quería; que se detuviera; luego que, como Clarissa la había visto hacer a menudo, llegara a su dormitorio, separara las cortinas y desapareciera de nuevo en el fondo. De algún modo se respetaba eso: a esa anciana mirando por la ventana, totalmente ajena a que la estaban observando.
Había algo solemne en ello, pero el amor y la religión destruirían eso, fuera lo que fuese, la intimidad del alma. La odiosa Kilman la destruiría. Aun así, era una visión que le dan ganas de llorar.
El amor también destruía. Todo lo que estaba bien, todo lo que era verdad se había ido. Pensemos en Peter Walsh, por ejemplo. Ahí había un hombre, encantador, inteligente, con ideas sobre todo. Si uno quería saber sobre Pope, digamos, o sobre Addison, o simplemente hablar tonterías, sobre cómo era la gente, qué significaban las cosas, Peter lo sabía mejor que nadie. Fue Peter quien la había ayudado; Peter quien le había prestado libros. Pero miren a las mujeres que amaba: vulgares, triviales, mediocres. Pensemos en Peter enamorado: había ido a verla después de todos estos años, y ¿de qué habló? De sí mismo. ¡Pasión horrible!, pensó. ¡Pasión degradante!, pensó, pensando en Kilman y en su Elizabeth caminando hacia los Almacenes del Ejército y la Armada.
Big Ben dio las y media.
Qué extraordinario era, extraño, sí, conmovedor, ver a la anciana (habían sido vecinas tantísimos años) alejarse de la ventana, como si estuviera atada a aquel sonido, a aquella cuerda. Por gigante que fuera, aquello tenía algo que ver con ella. Abajo, abajo, en medio de las cosas ordinarias, cayó el dedo, volviendo solemne el momento. Se vio obligada, según imaginaba Clarissa, por aquel sonido, a moverse, a irse, ¿pero a dónde? Clarissa trató de seguirla mientras ella giraba y desaparecía, y todavía alcanzaba a ver su cofia blanca moviéndose al fondo del dormitorio. Todavía estaba allí, de un lado para otro en el otro extremo de la habitación. ¿Para qué credos, oraciones y gabardinas? cuando, pensaba Clarissa, eso es el milagro, eso es el misterio; se refería a aquella anciana, a quien podía ver yendo de la cómoda al tocador. Todavía podía verla. Y el misterio supremo que Kilman diría haber resuelto, o Peter diría haber resuelto, pero que Clarissa no creía que ninguno de los dos tuviera la más remota idea de resolver, era simplemente este: aquí había una habitación; allí otra. ¿Resolvía eso la religión, o el amor?
El amor—pero aquí el otro reloj, el reloj que siempre daba las dos con dos minutos de retraso respecto al Big Ben, entró arrastrando los pies con el regazo lleno de baratijas, que dejó caer de golpe como si el Big Ben estuviera muy bien con su majestad dictando ley, tan solemne, tan justa, pero ella debía recordar toda clase de pequeñeces además— la señora Marsham, Ellie Henderson, copas para helados—toda clase de pequeñeces llegaron inundando, batiéndose y bailando a remolque de aquella campanada solemne que yacía plana como una barra de oro sobre el mar.
La señora Marsham, Ellie Henderson, copas para helados. Tenía que telefonear ahora mismo.
Con locuacidad, con turbación, sonó el reloj rezagado, que llegó a la zaga del Big Ben con el regazo lleno de fruslerías.
Machacadas, deshechas por el asalto de los carruajes, la brutalidad de las furgonetas, el ansioso avance de miríadas de hombres angulosos, de mujeres ostentosas, las cúpulas y agujas de oficinas y hospitales, las últimas reliquias de este regazo lleno de baratijas parecieron romperse, como la espuma de una ola extenuada, contra el cuerpo de la señorita Kilman, que se detuvo un momento en la calle para murmurar: «Es la carne».
Era la carne lo que debía dominar. Clarissa Dalloway la había insultado. Eso se lo esperaba. Pero no había triunfado; no había dominado la carne. Fea, torpe, Clarissa Dalloway se había reído de ella por ser así; y había reavivado los deseos carnales, pues le importaba tener el aspecto que tenía junto a Clarissa. Tampoco sabía hablar como ella. ¿Pero por qué desear parecerse a ella? ¿Por qué? Despreciaba a la señora Dalloway desde el fondo de su corazón. No era seria. No era buena. Su vida era un tejido de vanidad y engaño. Sin embargo, Doris Kilman había sido vencida. De hecho, había estado a punto de romper a llorar cuando Clarissa Dalloway se reía de ella. «Es la carne, es la carne», murmuraba (siendo su costumbre hablar en voz alta), intentando someter este sentimiento turbulento y doloroso mientras caminaba por Victoria Street. Rezaba a Dios. No podía evitar ser fea; no podía permitirse comprar ropa bonita. Clarissa Dalloway se había reído, pero concentraría su mente en otra cosa hasta llegar al buzón. Al menos tenía a Elizabeth. Pero pensaría en otra cosa; pensaría en Rusia; hasta llegar al buzón.
Qué bonito debe ser, decía, en el campo, luchando, como le había dicho el señor Whittaker, contra ese rencor violento hacia el mundo que la había despreciado, se había burlado de ella, la había rechazado, empezando por esta indignidad: la imposición de su cuerpo poco amable que la gente no soportaba ver. Se peinara como se peinase, su frente seguía siendo como un huevo, calva, blanca. Ninguna ropa le sentaba bien. Podía comprar lo que fuera. Y para una mujer, por supuesto, eso significaba no cruzarse nunca con el sexo opuesto. Nunca sería la primera para nadie. A veces, últimamente, le había parecido que, salvo por Elizabeth, la comida era lo único para lo que vivía; sus comodidades; su cena, su merienda; su bolsa de agua caliente por la noche. Pero uno debe luchar; vencer; tener fe en Dios. El señor Whittaker había dicho que estaba allí por un propósito. ¡Pero nadie conocía la agonía! Él decía, señalando el crucifijo, que Dios lo sabía. ¿Pero por qué tenía que sufrir ella mientras otras mujeres, como Clarissa Dalloway, se escapaban? El conocimiento viene a través del sufrimiento, decía el señor Whittaker.
Ella había pasado el buzón de correos, y Elizabeth había entrado en la fresca y marrón sección de tabaco de los Almacenes del Ejército y la Marina mientras ella aún seguía murmurando para sus adentros lo que el señor Whittaker había dicho acerca de que el conocimiento llega a través del sufrimiento y de la carne.
«La carne», murmuró.
¿Qué departamento quería ella?
Elizabeth la interrumpió.
—Enaguas —dijo de repente, y se encaminó a grandes zancadas directamente hacia el ascensor.
Subieron. Elizabeth la guiaba por aquí y por allá; la guiaba en su abstracción como si hubiera sido una niña grande, un acorazado torpe.
Allí estaban las enaguas, marrones, recatadas, a rayas, frívolas, macizas, endebles; y ella escogía, en su abstracción, pomposamente, y la dependienta la creía loca.
Elizabeth se preguntó bastante, mientras envolvían el paquete, en qué estaría pensando la señorita Kilman.
Deben tomar el té, dijo la señorita Kilman, reaccionando, recomponiéndose. Tomaron el té.
A Elizabeth le sorprendía un poco que la señorita Kilman pudiera tener hambre. Era su forma de comer, comiendo con intensidad, para luego mirar, una y otra vez, un plato de pasteles azucarados en la mesa de al lado; después, cuando una señora y un niño se sentaron y el niño cogió el pastel, ¿podría importarle de verdad a la señorita Kilman? Sí, a la señorita Kilman le importaba. Había querido ese pastel, el rosado. El placer de comer era casi el único placer puro que le quedaba, ¡y que encima se vieran frustrados hasta sus deseos en eso!
Cuando la gente es feliz, tiene una reserva, le había dicho a Elizabeth, de la cual echar mano, mientras que ella era como una rueda sin cubierta (le gustaban mucho esos metáforas), sacudida por cada guijarro, solía decir, quedándose después de la clase, de pie junto a la chimenea con su bolsa de libros, su «cartera», como la llamaba, un martes por la mañana, terminada la clase.
Y también hablaba de la guerra. A fin de cuentas, había gente que no creía que los ingleses tuvieran invariablemente razón. Había libros. Había mítines. Había otros puntos de vista. ¿Le gustaría a Elizabeth ir con ella a escuchar a fulano de tal (un anciano de aspecto de lo más extraordinario)?
Luego la señorita Kilman la llevó a no sé qué iglesia en Kensington y tomaron el té con un clérigo. Le había prestado libros. Ley, medicina, política, todas las profesiones están abiertas a las mujeres de su generación, decía la señorita Kilman. Pero para ella, su carrera estaba totalmente arruinada y ¿era acaso culpa suya?
¡Dios santo!, dijo Elizabeth, no.
Y su madre venía a llamar a la puerta para decir que había llegado un cesto de Bourton y que si a la señorita Kilman le apetecían unas flores. Con la señorita Kilman ella era siempre muy, muy amable, pero la señorita Kilman estrujaba las flores haciéndolas un manojo, y carecía por completo de charla trivial, y lo que le interesaba a la señorita Kilman aburría a su madre, y la señorita Kilman y ella hacían una pareja terrible juntas; y la señorita Kilman se hinchaba y tenía un aspecto muy ordinario. Pero, en cambio, la señorita Kilman era rematadamente lista. Elizabeth jamás había pensado en los pobres. Ellos vivían con todo lo que deseaban—su madre desayunaba en la cama todos los días; Lucy se lo subía; y a ella le gustaban las viejas porque eran duquesas y descendían de algún lord. Pero la señorita Kilman dijo (una de aquellas mañanas de martes en que la lección había terminado): «Mi abuelo tenía una tienda de aceites y pinturas en Kensington». La señorita Kilman era completamente distinta a cualquier persona que ella conociera; a una la hacía sentirse tan poca cosa.
Miss Kilman tomó otra taza de té. Elizabeth, con su porte oriental, su misterio inescrutable, se sentaba perfectamente erguida; no, no quería nada más. Buscó sus guantes—sus guantes blancos. Estaban debajo de la mesa. ¡Ah, pero no debía irse! ¡Miss Kilman no podía dejarla marchar! ¡esta juventud que era tan hermosa, esta muchacha a quien amaba de verdad! Su mano grande se abría y se cerraba sobre la mesa.
Pero tal vez aquello resultaba de algún modo un poco soso, pensaba Elizabeth. Y la verdad es que le apetecía irse.
Pero dijo la señorita Kilman: «Aún no he terminado del todo».
Por supuesto, entonces, Elizabeth esperaría. Pero allí dentro hacía bastante calor.
—¿Vas a ir a la fiesta esta noche? —dijo la señorita Kilman.
Elizabeth supuso que iría; su madre quería que fuera. No debía dejar que las fiestas la absorbieran, dijo la señorita Kilman, jugueteando con las últimas dos pulgadas de un eclair de chocolate.
No le gustaban mucho las fiestas, dijo Elizabeth.
La señorita Kilman abrió la boca, proyectó ligeramente la barbilla y se tragó los últimos centímetros del pastel de chocolate, luego se limpió los dedos y dio vueltas al té en su taza.
Estaba a punto de partirse en dos, sentía. La agonía era tan tremenda. Si pudiera aferrarla, si pudiera estrecharla, si pudiera hacerla suya absoluta y para siempre y luego morir; eso era todo lo que quería.
Pero estar sentada aquí, sin poder pensar en nada que decir; ver a Elizabeth volviéndose en su contra; sentirse repulsiva incluso para ella—era demasiado; no lo soportaba. Los gruesos dedos se curvaron hacia adentro.
—Nunca voy a las fiestas —dijo la señorita Kilman, solo para evitar que Elizabeth fuera—. A mí no me invita nadie —y supo, al decirlo, que era ese egoísmo lo que la arruinaba; el señor Whittaker se lo había advertido; pero no podía evitarlo. Había sufrido horriblemente—. ¿Por qué iban a invitarme? —dijo—. Soy fea, soy infeliz.
Sabía que era idiota. Pero era toda esa gente que pasaba —la gente con paquetes que la despreciaba— la que la obligaba a decirlo. Como fuera, ella era Doris Kilman. Tenía su título universitario. Era una mujer que se había abierto camino en el mundo. Sus conocimientos de historia moderna eran más que respetables.
“No me compadezco a mí misma”, dijo. “Compadezco” —tenía la intención de decir “a tu madre”, pero no, no podía, no ante Elizabeth—. “Compadezco mucho más a los demás”.
Como una pobre bestia que hubiera sido conducida ante una verja con un fin desconocido, y se quedara allí con el anhelo de salir galopando, Elizabeth Dalloway permaneció en silencio.
¿Iba la señorita Kilman a decir algo más?
—No me olvides del todo —dijo Doris Kilman; su voz tembló.
Directamente hasta el otro extremo del campo galopó la muda criatura aterrorizada.
La gran mano se abrió y se cerró.
Elizabeth volvió la cabeza. Se acercó la camarera. Había que pagar en la caja, dijo Elizabeth, y se marchó, arrancándole, según sintió la señora Kilman, las entrañas mismas del cuerpo, estirándolas a medida que cruzaba la sala, y luego, con una última torsión, inclinando la cabeza muy cortésmente, se fue.
Se había ido.
La señorita Kilman se sentó a la mesa de mármol entre los éclairs, golpeada una, dos, tres veces por sacudidas de sufrimiento.
Se había ido. La señora Dalloway había triunfado. Elizabeth se había ido. La belleza se había ido; la juventud se había ido.
Así que se sentó. Se levantó, dio tumbos entre las mesitas, balanceándose ligeramente de lado a lado, y alguien fue tras ella con su enagua, y perdió el rumbo, y se vio cercada por baúles especialmente preparados para llevar a la India; luego se metió entre los ajuares de parto y la ropita de bebé; a través de todas las mercancías del mundo, perecederas y permanentes, jamones, medicamentos, flores, artículos de papelería, de diversos olores, ora dulces, ora agrios, avanzó tambaleándose; se vio así tambaleándose con el sombrero ladeado, muy roja de la cara, de cuerpo entero en un espejo; y al fin salió a la calle.
La torre de la catedral de Westminster se alzó ante ella, la morada de Dios. En medio del tráfico, ahí estaba la morada de Dios.
Con paso decidido se encaminó con su paquete hacia aquel otro santuario, la abadía, donde, alzando las manos formando una tienda ante su rostro, se sentó junto a los que también se habrían acogido allí en busca de refugio; los feligreses de la más variada índole, despojados ya de rango social, casi de sexo, al tiempo que alzaban las manos ante el rostro; pero una vez que se las quitaban, al instante devotos, hombres y mujeres de clase media, ingleses, algunos de los cuales deseaban ver las figuras de cera.
Pero la señorita Kilman se puso las manos a modo de tienda ante la cara. Ahora estaba abandonada; ahora, de nuevo acompañada. Nuevos fieles entraban de la calle para reemplazar a los paseantes, y todavía, mientras la gente contemplaba el lugar y desfilaba junto a la tumba del Soldado Desconocido, todavía se cubría los ojos con los dedos e intentaba en esta doble oscuridad, pues la luz de la abadía carecía de cuerpo, aspirar por encima de las vanidades, los deseos, los bienes terrenales, librarse tanto del odio como del amor.
Le temblaban las manos. Parecía luchar. Sin embargo, para otros Dios era accesible y el camino hacia Él, llano. El señor Fletcher, jubilado del Tesoro, la señora Gorham, viuda del famoso abogado, se acercaban a Él con sencillez y, terminadas sus oraciones, se reclinaban, disfrutaban de la música (el órgano sonaba con dulce estruendo) y veían a la señorita Kilman al final del banco, rezando, rezando, y, hallándose aún en el umbral de su submundo, pensaban en ella con simpatía como en un alma que vagaba por el mismo territorio; un alma esculpida en sustancia inmaterial; no una mujer, un alma.
Pero el señor Fletcher tenía que irse. Tenía que pasar junto a ella, y como él mismo iba impecable, hecho un pincel, no pudo evitar sentirse un poco turbado por el desaliño de la pobre señora; el pelo suelto, el paquete en el suelo. Ella no lo dejó pasar de inmediato. Pero, mientras él se quedaba mirando a su alrededor, los mármoles blancos, los cristales grises de las ventanas y los tesoros acumulados (pues estaba sumamente orgulloso de la Abadía), la amplitud, la robustez y la fuerza de ella, sentada allí cambiando de postura las rodillas de vez en vez (tan abrupto era el acercamiento a su Dios, tan recios sus deseos), lo impresionaron, como habían impresionado a la señora Dalloway (no pudo sacársela de la cabeza en toda esa tarde), al reverendo Edward Whittaker y a Elizabeth también.
Y Elizabeth esperó en Victoria Street un autobús. Qué agradable era estar al aire libre. Pensó que tal vez no tenía por qué irse a casa todavía. Qué agradable era estar al aire libre. Así que se subiría a un autobús. Y ya, incluso mientras estaba allí de pie, con su ropa tan bien cortada, aquello estaba empezando. … La gente empezaba a compararla con álamos, el amanecer, jacintos, cervatillos, agua corriente y lirios de jardín; y eso le hacía la vida imposible, porque prefería con mucho que la dejaran en paz haciendo lo que le gustaba en el campo, pero no paraban de compararla con lirios, y tenía que ir a fiestas, y Londres era tan sombrío en comparación con estar sola en el campo con su padre y los perros.
Los autobuses llegaban en picada, frenaban, arrancaban de nuevo: caravanas estridentes, relucientes de barniz rojo y amarillo. ¿Pero en cuál debería subir? No tenía preferencias. Desde luego, no iba a abrirse paso a empujones. Se inclinaba a la pasividad. Lo que necesitaba era expresarse, pero tenía los ojos hermosos, chinos, orientales, y, como decía su madre, con unos hombros tan lindos y erguida como iba, siempre era un encanto mirarla; y últimamente, sobre todo por la noche, cuando se interesaba por algo —pues nunca parecía exaltada—, se ponía casi hermosa, muy majestuosa, muy serena. ¿En qué estaría pensando? Todos los hombres se enamoraban de ella, y estaba verdaderamente aburrida hasta la coronilla. Porque aquello estaba empezando. Su madre alcanzaba a verlo: los cumplidos estaban empezando. Que no le importara más aquello —por ejemplo, su ropa— a veces preocupaba a Clarissa, pero tal vez era lo mejor con todos aquellos perritos y cobayas contagiados de moquillo, y eso le confería un encanto. Y ahora estaba esa extraña amistad con la señorita Kilman. Bueno, pensaba Clarissa hacia las tres de la madrugada, leyendo al barón Marbot porque no podía dormir, eso prueba que tiene corazón.
De repente Elizabeth dio un paso al frente y subió al ómnibus con total soltura, ante la mirada de todos. Tomó asiento en la parte superior. La criatura impetuosa —un pirata— arrancó, salió disparada; tuvo que agarrarse a la barandilla para mantener el equilibrio, porque un pirata era, temerario, sin escrúpulos, arremetiendo sin compasión, esquivando peligrosamente, arrebatando un pasajero con audacia, o ignorándolo, colándose como una anguila y con arrogancia en medio de todo, para luego precipitarse insolente con todo el velador desplegado calle arriba hacia Whitehall. ¿Y pensó Elizabeth por un solo instante en la pobre señorita Kilman, que la amaba sin celos, para quien ella había sido una cervatilla en campo abierto, una luna en un claro del bosque? Estaba encantada de ser libre. El aire fresco era delicioso. Había hecho tantaureado en la tienda del Ejército y la Marina. Y ahora era como ir a caballo, ir precipitándose calle arriba por Whitehall; y a cada movimiento del ómnibus el hermoso cuerpo del abrigo color ante respondía con soltura como un jinete, como el mascarón de proa de un barco, pues la brisa le alborotaba ligeramente el cabello; el calor daba a sus mejillas la palidez de la madera pintada de blanco; y sus hermosos ojos, al no tener ninguna mirada con que cruzarse, miraban al frente, vacíos, brillantes, con la fija e increíble inocencia de la escultura.
Era siempre el hablar de sus propios sufrimientos lo que hacía a la señorita Kilman tan insoportable. ¿Y tenía razón?
Si aquello de estar en comités y dedicar horas y horas cada día (apenas lo veía en Londres) era lo que ayudaba a los pobres, su padre lo hacía, sabe Dios —si era eso a lo que se refería la señorita Kilman con ser cristiana—, pero era tan difícil de decir.
¡Oh, le gustaría ir un poco más lejos! ¿Era otro penique hasta Strand? Pues aquí tenía otro penique. Iría hacia Strand.
Le gustaban las personas enfermas. Y todas las profesiones están abiertas a las mujeres de su generación, dijo la señorita Kilman. Así que ella podría ser doctora. Podría ser granjera. Los animales a menudo están enfermos. Podría poseer mil acres y tener gente bajo su mando. Iría a verlos a sus cabañas. Esto era Somerset House. Uno podía ser un muy buen agricultor—y eso, por extraño que parezca aunque la señorita Kilman tuviera su parte en ello, se debía casi por completo a Somerset House. Parecía tan espléndido, tan serio, ese gran edificio gris. Y le gustaba la sensación de la gente trabajando. Le gustaban esas iglesias, como formas de papel gris, que surcaban la corriente del Strand. Aquí era muy diferente a Westminster, pensó, al bajarse en Chancery Lane. Era tan serio; era tan atareado. En suma, le gustaría tener una profesión. Se convertiría en doctora, en granjera, posiblemente entraría en el Parlamento, si lo consideraba necesario, todo por culpa del Strand.
Los pies de aquella gente ocupada en sus asuntos, las manos poniendo piedra sobre piedra, las mentes ocupadas eternamente no en charlas triviales (comparar a las mujeres con álamos —lo cual era bastante emocionante, por supuesto, pero muy tonto—), sino en pensamientos sobre barcos, negocios, leyes, administración, y todo ello tan majestuoso (estaba en el Temple), alegre (estaba el río), devoto (estaba la Iglesia), la hicieron decidirse firmemente, dijera lo que dijese su madre, a convertirse en granjera o en doctora. Pero, por supuesto, era bastante perezosa.
Y era mucho mejor no decir nada al respecto. Parecía una tontería.
Era el tipo de cosas que a veces ocurrían, cuando uno estaba a solas: edificios sin nombre de arquitecto, multitudes de personas que volvían de la ciudad y tenían más poder que los clérigos solitarios de Kensington, que cualquiera de los libros que la señorita Kilman le había prestado, para estimular lo que yacía aletargado, torpe y tímido en el suelo arenoso de la mente para que rompiera la superficie, como un niño que de repente estira los brazos; era simplemente eso, tal vez, un suspiro, un estiramiento de brazos, un impulso, una revelación, que tiene sus efectos para siempre, y luego volvía a hundirse en el suelo arenoso.
Tenía que irse a casa. Tenía que vestirse para la cena. ¿Pero qué hora era?, ¿dónde había un reloj?
Miró hacia arriba por Fleet Street. Caminó un trecho corto hacia St. Paul’s, con timidez, como alguien que se adentra de puntillas, explorando de noche una casa extraña con una vela, en tensión por miedo a que el dueño de pronto abriera de par en par la puerta de su dormitorio y le preguntara a qué venía, ni osaba aventurarse por callejuelas pintorescas, traicioneras bocacalles, del mismo modo que en una casa extraña no osaba abrir puertas que pudieran ser las de los dormitorios, o las del salón, o conducir directamente a la despensa.
Pues ningún Dalloway bajaba a diario por the Strand; ella era una pionera, una rezagada, que se arriesgaba y confiaba.
En muchos aspectos, sentía su madre, era extremadamente inmadura, como una niña todavía, apegada a las muñecas, a las viejas zapatillas; un bebé perfecto; y eso tenía su encanto.
Pero luego, por supuesto, en la familia Dalloway existía la tradición del servicio público. Abadesas, rectoras, directoras, dignatarias, en la república de mujeres—sin ser ninguna de ellas brillante, eran eso.
Avanzó un poco más en dirección a St. Paul’s. Le gustaba la cordialidad, la hermandad, la maternidad, la fraternidad de aquel estruendo. Le parecía algo bueno.
El ruido era tremendo; y de repente se oyeron trompetas (los desempleados) que bramaban y resonaban en medio del estruendo; música militar; como si la gente marchara; y, sin embargo, aunque estuvieran muriendo—aunque alguna mujer hubiera dado su último suspiro y quienquiera que estuviera vigilando, abriendo la ventana de la habitación donde acababa de consumar ese acto de suprema dignidad, hubiera mirado hacia Fleet Street, aquel estruendo, aquella música militar habría subido triunfante hasta él, consoladora, indiferente.
No era consciente. No había en ello reconocimiento alguno de la propia fortuna o del destino, y por esa misma razón, incluso para aquellos aturdidos por vigilar los últimos estertores de la conciencia en los rostros de los moribundos, resultaba consolador.
El olvido en las personas quizás hiera, su ingratitud corroa, pero esta voz, fluyendo sin fin, año tras año, se lo llevaría todo; este voto; esta furgoneta; esta vida; esta procesión, los envolvería a todos por completo y se los llevaría, como en el torrente bravo de un glaciar el hielo retiene una astilla de hueso, un pétalo azul, unos robles, y los hace rodar.
Pero era más tarde de lo que pensaba. A su madre no le gustaría que anduviera por ahí sola de ese modo. Volvió sobre sus pasos hacia el Strand.
Una ráfaga de viento (a pesar del calor, soplaba bastante viento) arrojó un velo negro y tenue sobre el sol y sobre la Strand. Los rostros se desvanecieron; los ómnibus perdieron de repente su brillo.
Pues aunque las nubes eran de un blanco montañoso, de modo que uno podía imaginarse cortando a golpe de hacha duros cascotes, con amplias laderas doradas, praderas de celestiales jardines de recreo en sus flancos, y tenían toda la apariencia de moradas estables reunidas para la asamblea de los dioses por encima del mundo, había un movimiento perpetuo entre ellas.
Se intercambiaban señales cuando, como para cumplir algún plan ya trazado, ora menguaba una cumbre, ora todo un bloque de tamaño piramidal que había mantenido inalterablemente su puesto avanzaba hacia el centro o guiaba solemne la procesión hacia un nuevo fondeadero.
Por fijas que parecieran en sus puestos, en reposo con perfecta unanimidad, nada podía ser más fresco, más libre, más sensible superficialmente que la superficie blanca como la nieve o encendida de oro; cambiar, marchar, desmantelar la solemne asamblea era inmediatamente posible; y a pesar de la grave fijeza, de la acumulada robustez y solidez, ora proyectaban luz sobre la tierra, ora oscuridad.
Con calma y competencia, Elizabeth Dalloway subió al ómnibus de Westminster.
Idas y venidas, gestos, señales, de modo que la luz y la sombra que un momento hacían la pared gris, y al siguiente los plátanos amarillo brillante, que un momento hacían el Strand gris, y al siguiente los ómnibus amarillo brillante, le parecieron a Septimus Warren Smith, tendido en el sofá de la sala, al ver el acuoso resplandor dorado encenderse y apagarse con la asombrosa sensibilidad de alguna criatura viva sobre las rosas, sobre el papel pintado.
Afuera los árboles arrastraban sus hojas como redes por las profundidades del aire; el rumor del agua llenaba la habitación y a través de las olas llegaban las voces de los pájaros cantando.
Todas las fuerzas vertían sus tesoros sobre su cabeza, y su mano reposaba allí en el respaldo del sofá, tal como había visto reposar su mano cuando se bañaba, flotando, en la cresta de las olas, mientras muy lejos en la orilla oía ladrar a los perros que ladraban muy lejos.
No temas más, dice el corazón en el cuerpo; no temas más.
No tenía miedo. A cada momento la naturaleza manifestaba con algún indicio risueño, como aquella mancha de oro que recorría la pared—allí, allí, allí—, su determinación de mostrar, agitando sus plumas, sacudiendo sus bucles, arrojando su manto de aquí para allá, bellamente, siempre bellamente, y arrimándose para susurrar a través de sus manos ahuecadas las palabras de Shakespeare, su significado.
Rezia, sentada a la mesa y retorciéndose un sombrero en las manos, lo observaba; lo vio sonreír. Estaba feliz, entonces. Pero ella no podía soportar verlo sonreír.
No era el matrimonio; no era ser el marido de una para andar con esas rarezas, sobresaltándose siempre, riendo, sentado hora tras hora en silencio, o aferrándose a ella y diciéndole que escribiera.
El cajón de la mesa estaba lleno de esos escritos; sobre la guerra; sobre Shakespeare; sobre grandes descubrimientos; de cómo no hay muerte. Últimamente se había mostrado agitado de repente sin motivo (y tanto el doctor Holmes como sir William Bradshaw decían que la agitación era lo peor para él), y agitaba las manos y gritaba ¡que conocía la verdad! ¡Lo sabía todo!
Ese hombre, su amigo que había muerto, Evans, había venido, decía. Estaba cantando detrás del biombo. Ella lo anotaba tal como él lo decía. Algunas cosas eran muy hermosas; otras, pura tontería. Y él siempre se detenía a mitad de camino, cambiando de opinión; queriendo añadir algo; oyendo algo nuevo; escuchando con la mano en alto. Pero ella no oía nada.
Y una vez encontraron a la muchacha que arreglaba la habitación leyendo uno de esos periódicos muerta de risa. Era una pena terrible. Porque eso hacía que Septimus exclamara contra la crueldad humana: cómo se destrozaban los unos a los otros. A los caídos, decía, los destrozaban. «Holmes nos persigue», solía decir, y se inventaba historias sobre Holmes; Holmes comiendo gachas de avena; Holmes leyendo a Shakespeare —haciéndose rugir de risa o de rabia, pues el doctor Holmes le parecía la encarnación de algo horrible—. «La naturaleza humana», lo llamaba. Luego estaban las visiones. Se había ahogado, solía decir, y yacía en un acantilado con las gaviotas chillando sobre él. Se asomaba por el borde del sofá hacia el mar. O escuchaba música. En realidad no era más que un organillo o algún buhonero gritando en la calle. Pero «¡Qué hermoso!», solía gritar, y las lágrimas le corrían por las mejillas, lo cual para ella era lo más terrible de todo: ver llorar a un hombre como Septimus, que había luchado, que era valiente. Y se quedaba escuchando hasta que de repente exclamaba que se caía, ¡cayendo en picado hacia las llamas! Ella, de lo vívido que era, llegaba a buscar las llamas. Pero no había nada. Estaban solos en la habitación. Era un sueño, solía decirle para calmarlo al fin, pero a veces ella también se asustaba. Suspiró mientras se sentaba a coser.
Su suspiro era tierno y encantador, como el viento al atardecer en las afueras de un bosque.
Ahora dejó las tijeras; ahora se giró para coger algo de la mesa. Un pequeño revuelo, un pequeño crujido, un pequeño repiqueteo fueron dando forma a algo allí, sobre la mesa, donde ella se sentaba a coser.
A través de sus pestañas podía ver su silueta difuminada; su cuerpecito negro; su cara y sus manos; sus movimientos al girarse en la mesa, al coger un carrete, o al buscar (era dada a perder las cosas) su hilo de seda.
Estaba haciéndole un sombrero a la hija casada de la señora Filmer, cuyo nombre era... él había olvidado su nombre.
—¿Cómo se llama la hija casada de la señora Filmer? —preguntó él.
—Señora Peters —dijo Rezia—. Le temía que fuera demasiado pequeño —dijo, sosteniéndolo frente a ella. La señora Peters era una mujer grandota; pero no le caía bien. Fue solo porque la señora Filmer se había portado tan bien con ellos...—«Me dio uvas esta mañana», dijo—, que Rezia quería hacer algo para demostrar que estaban agradecidos. La otra tarde había entrado a la habitación y había encontrado a la señora Peters, que creía que ellos habían salido, tocando el gramófono.
—¿Era verdad? —preguntó. ¿Estaba ella poniendo el gramófono? Sí; se lo había contado en su momento; había encontrado a la señora Peters poniendo el gramófono.
Comenzó, con muchísima cautela, a abrir los ojos para ver si el gramófono estaba realmente allí. Pero las cosas reales —las cosas reales eran demasiado emocionantes—. Debía ser prudente. No iba a volverse loco. Primero miró las revistas de moda en el estante inferior, luego, poco a poco, el gramófono de corneta verde. Nada podía ser más exacto. Y así, cobrando valor, miró el aparador; el plato de plátanos; el grabado de la reina Victoria y el príncipe consorte; la repisa de la chimenea, con el jarrón de rosas. Ninguna de estas cosas se movía. Todas estaban quietas; todas eran reales.
—Es una mujer con una lengua ponzoñosa —dijo Rezia.
—¿A qué se dedica el señor Peters? —preguntó Septimus.
—Ah —dijo Rezia, intentando recordar—. Le había oído decir a la señora Filmer que viajaba para alguna empresa—. Ahora mismo está en Hull —dijo.
—¡Ahora mismo! —Lo dijo con su acento italiano. Ella misma lo dijo.
Se tapó los ojos con la mano para poder ver solo un trozo de su rostro cada vez, primero la barbilla, luego la nariz, después la frente, por si estuviera deformado o tuviera alguna marca terrible. Pero no, allí estaba ella, perfectamente natural, cosiendo, con esos labios fruncidos que ponen las mujeres, esa actitud, esa expresión melancólica propia de cuando se cose. Pero no había nada terrible en ello, se aseguró a sí mismo, mirando una segunda, una tercera vez su rostro, sus manos: ¿qué había de espantoso o repugnante en ella mientras estaba allí sentada a plena luz del día, cosiendo?
La señora Peters tenía una lengua maliciosa. El señor Peters estaba en Hull. ¿Por qué, entonces, la furia y la profecía? ¿Por qué huir azotado y proscrito? ¿Por qué hacer que las nubes lo hicieran temblar y sollozar? ¿Por qué buscar verdades y transmitir mensajes mientras Rezia se clavaba alfileres en la pechera del vestido y el señor Peters estaba en Hull?
Milagros, revelaciones, agonías, soledad, caer a través del mar, hundiéndose, hundiéndose en las llamas, todo se había consumido, pues al ver a Rezia adornando el sombrero de paja para la señora Peters, tuvo la sensación de una colcha de flores.
“Es demasiado pequeño para la señora Peters”, dijo Septimus.
¡Por primera vez en días estaba hablando como solía hacerlo! Por supuesto que era —absurdamente pequeño, dijo. Pero la señora Peters lo había elegido.
Se lo quitó de las manos. Dijo que era el sombrero del mono de un organillero.
¡Cómo le regocijaba eso! Desde hacía semanas no se reían así juntos, bromeando en privado como la gente casada. Lo que quería decir era que si la señora Filmer hubiera entrado, o la señora Peters o quien fuera, no habrían entendido de qué se reían ella y Septimus.
—Listo —dijo, colocando un alfiler con una rosa a un lado del sombrero—. ¡Nunca se había sentido tan feliz! ¡Nunca en su vida!
Pero eso era todavía más ridículo, decía Septimus. Ahora la pobre mujer parecía un cerdo en una feria.
(Nadie la había hecho reír nunca como Septimus.)
¿Qué tenía en su costurero? Tenía cintas y cuentas, borlas, flores artificiales. Los volcó sobre la mesa. Él empezó a juntar colores extraños; pues aunque no tenía dedos, ni siquiera era capaz de hacer un paquete, tenía un ojo maravilloso, y a menudo acertaba, a veces de un modo absurdo, por supuesto, pero a veces con un acierto maravilloso.
“¡Tendrá un sombrero hermoso!”, murmuró, levantando éste y aquél, mientras Rezia se arrodillaba a su lado, mirando por encima de su hombro.
Ahora ya estaba terminado—es decir, el diseño; ella debía coserlo. Pero debía tener mucho, muchísimo cuidado, dijo, en dejarlo tal y como él lo había hecho.
Así que cosía. Cuando cosía, pensaba él, producía un sonido como el de una tetera en el fogón; burbujeante, murmurante, siempre atareada, sus fuertes deditos puntiagudos pellizcando y hurgando; su aguja destellando recta.
El sol podía entrar y salir, sobre las borlas, sobre el papel pintado, pero él esperaría, pensaba, estirando los pies, mirando su calcetín anillado al final del sofá; esperaría en este lugar cálido, este bolsillo de aire quieto, con el que a veces se tropieza en la espesura de un bosque al atardecer, cuando, debido a un desnivel del terreno, o a alguna disposición de los árboles (hay que ser científico ante todo, científico), el calor perdura y el aire golpea la mejilla como el ala de un pájaro.
—Ahí está —dijo Rezia, haciendo girar el sombrero de la señora Peters en la punta de los dedos—. Por ahora bastará. Más tarde... —su frase se fue disolviendo gota a gota, como un grifo contento que se hubiera dejado abierto.
Fue maravilloso. Nunca había hecho nada que lo hiciera sentirse tan orgulloso. Era tan real, tan sustancial, el sombrero de la señora Peters.
—Míralo nada más —dijo él.
Sí, siempre le alegraría ver ese sombrero.
Él se había convertido en sí mismo entonces, se había reído entonces. Habían estado solos el uno con el otro.
Siempre le gustaría ese sombrero.
Él le dijo que se lo probara.
—¡Pero debo de tener un aspecto rarísimo! —exclamó, corriendo hacia el espejo y mirando primero a un lado y luego al otro. Luego se lo arrancó de nuevo, porque llamaron a la puerta. ¿Sería Sir William Bradshaw? ¿Había mandado avisar tan pronto?
¡No! Era solo la niña del periódico de la tarde.
Lo que siempre ocurría, ocurrió entonces; lo que ocurría todas las noches de sus vidas.
La niña pequeña se chupaba el dedo junto a la puerta; Rezia se hincaba de rodillas; Rezia arrullaba y besaba; Rezia sacaba una bolsa de caramelos del cajón de la mesa. Pues así ocurría siempre. Primero una cosa, luego otra. Así lo iba construyendo, primero una cosa y luego otra.
Bailando, dando brincos, vuelta tras vuelta daban por la habitación.
Él tomó el periódico. En Surrey se habían agotado las existencias, leyó. Había una ola de calor. Rezia repitió: en Surrey se habían agotado las existencias. Había una ola de calor, haciéndolo parte del juego que jugaba con la nieta de la señora Filmer, ambas riendo, charlando al mismo tiempo, en su juego.
Estaba muy cansado. Estaba muy feliz. Dormiría. Cerró los ojos. Pero en cuanto dejó de ver nada, los sonidos del juego se volvieron más tenues y extraños y sonaron como los gritos de personas que buscan y no encuentran, y se alejan cada vez más. ¡Lo habían perdido!
Se incorporó terrorizado. ¿Qué vio? El plato de plátanos en el aparador. No había nadie (Rezia se había llevado al niño con su madre; era la hora de acostarse). Eso era: estar solo para siempre. Esa era la condena pronunciada en Milán cuando entró en la habitación y los vio recortar formas de bocací con las tijeras; estar solo para siempre.
Él estaba solo con el aparador y los plátanos. Estaba solo, expuesto en esta desolada eminencia, estirado—pero no en la cima de una colina; no en un risco; en el sofá de la salita de la señora Filmer. En cuanto a las visiones, los rostros, las voces de los muertos, ¿dónde estaban? Había un biombo delante de él, con espadañas negras y golondrinas azules. Donde una vez había visto montañas, donde había visto rostros, donde había visto la belleza, había un biombo.
—¡Evans! —gritó.
No hubo respuesta. Un ratón había chillado, o se había movido una cortina. Esas eran las voces de los muertos. La pantalla, el cubo del carbón, el aparador seguían allí para él. Que se enfrentara entonces a la pantalla, al cubo del carbón y al aparador… pero Rezia irrumpió en la habitación charlando.
Había llegado una carta. Los planes de todo el mundo habían cambiado. La señora Filmer no iba a poder ir a Brighton después de todo. No había tiempo de avisar a la señora Williams, y la verdad es que a Rezia le parecía muy, muy molesto, cuando vio el sombrero y pensó... tal vez... ella... podría hacerle un pequeño arreglo... Su voz se apagó en una melodía satisfecha.
“¡Ah, maldita sea!”, exclamó (era una broma entre ellos, aquello de decir palabrotas); la aguja se había roto.
- Sombrero, niña, Brighton, aguja.
Lo fue construyendo; primero una cosa, luego otra, lo fue construyendo, cosiendo.
Ella quería que él dijera si al mover la rosa había mejorado el sombrero. Estaba sentada en el extremo del sofá.
Eran perfectamente felices ahora, dijo, de repente, dejando el sombrero. Pues ahora podía decirle cualquier cosa. Podía decir lo que se le pasara por la cabeza. Eso fue casi lo primero que había sentido por él, aquella noche en el café cuando él había entrado con sus amigos ingleses. Había entrado con cierta timidez, mirando a su alrededor, y su sombrero se había caído al colgarlo. Eso lo recordaba. Sabía que era inglés, aunque no de los ingleses grandes que admiraba su hermana, pues siempre era delgado; pero tenía un hermoso color fresco; y con su gran nariz, sus ojos brillantes, su manera de sentarse un poco encorvado, le hacía pensar, a menudo le había dicho, en un joven halcón, aquella primera noche en que lo vio, cuando jugaban al dominó, y él había entrado—en un joven halcón; pero con ella era siempre muy amable. Nunca lo había visto desatado ni borracho, solo sufriendo a veces por esta terrible guerra, pero aun así, cuando ella entraba, él lo dejaba todo a un lado. Cualquier cosa, cualquier cosa en el mundo entero, cualquier pequeño fastidio con su trabajo, cualquier cosa que se le ocurriera decir se lo contaría, y él lo comprendía al instante. Su propia familia ni siquiera era igual. Al ser mayor que ella y ser tan listo—¡qué serio era, queriendo que leyera a Shakespeare antes de que pudiera siquiera leer un cuento infantil en inglés!—al ser mucho más experimentado, él podía ayudarla. Y ella también podía ayudarlo a él.
Pero este sombrero ahora. Y luego (se hacía tarde) sir William Bradshaw.
Se llevó las manos a la cabeza, esperando a que él dijera si le gustaba el sombrero o no, y mientras ella estaba allí sentada, esperando, con la mirada baja, él podía sentir su mente, como un pájaro, cayendo de rama en rama, y posándose siempre, con toda justicia; podía seguir su mente, mientras ella permanecía allí sentada en una de esas posturas desgarbadas y laxas que le salían de forma natural y, si él decía algo, enseguida sonreía, como un pájaro que se posa con todas las garras firmes sobre la rama.
Pero él se acordaba.
Bradshaw dijo: «Las personas que más queremos no nos convienen cuando estamos enfermos».
Bradshaw dijo que había que enseñarle a descansar. Bradshaw dijo que debían separarse.
—«Debe», «debe», ¿por qué «debe»? ¿Qué poder tenía Bradshaw sobre él? —¿Qué derecho tiene Bradshaw a decirme «debe»? —exigió.
—Es porque hablaste de suicidarte —dijo Rezia—. (Por suerte, ahora podía decirle cualquier cosa a Septimus).
¡Así que estaba en su poder! ¡Holmes y Bradshaw iban tras él! ¡La bestia de las fosas nasales rojas estaba husmeando en cada rincón secreto!
¡«Debe», podía decir!
¿Dónde estaban sus papeles? ¿Las cosas que había escrito?
Ella le trajo sus papeles, las cosas que él había escrito, cosas que ella había escrito para él. Los desparramó sobre el sofá. Los miraron juntos. Diagramas, diseños, hombrecitos y mujercitas agitando bastones por brazos, con alas—¿lo eran?—en la espalda; círculos trazados alrededor de chelines y seispeniques—los soles y las estrellas; precipicios en zigzag con alpinistas ascendiendo atados con cuerda, exactamente iguales a cuchillos y tenedores; marinas con caritas riendo desde lo que tal vez fuesen olas: el mapa del mundo. ¡Quémalos!, gritó. Ahora sus escritos; cómo cantan los muertos tras los arbustos de rododendros; odas al Tiempo; conversaciones con Shakespeare; Evans, Evans, Evans—sus mensajes de ultratumba; no corten los árboles; díganselo al Primer Ministro. Amor universal: el significado del mundo. ¡Quémalos!, gritó.
Pero Rezia puso sus manos sobre ellos. Algunos eran muy hermosos, pensó. Los ataría (pues no tenía sobre) con un trozo de seda.
Aun si se lo llevaban, dijo, ella iría con él. No podían separarlos en contra de su voluntad, dijo.
Alisando los bordes con cuidado, arregló los papeles y ató el paquete casi sin mirar, sentada junto a él, pensó, como si todos sus pétalos la rodearan.
Era un árbol en flor; y a través de sus ramas asomaba el rostro de una legisladora, que había alcanzado un santuario donde ya no temía a nadie; ni a Holmes; ni a Bradshaw; un milagro, un triunfo, el último y más grande.
Tambaleándose la vio subir la pavorosa escalinata, cargada con Holmes y Bradshaw, hombres que nunca pesaban menos de once stones y seis libras, que mandaban a sus esposas a la Corte, hombres que ganaban diez mil libras al año y hablaban de la proporción; que discrepaban en sus veredictos (pues Holmes decía una cosa y Bradshaw otra), pero que aun así eran jueces; que mezclaban la visión y el aparador; que no veían nada con claridad, pero que mandaban, pero que imponían castigos.
Sobre ellos triunfó.
—¡Ya está! —dijo ella. Los papeles estaban atados. Nadie debía alcanzarlos. Los guardaría.
Y, dijo ella, nada debía separarlos. Se sentó a su lado y lo llamó con el nombre de aquel halcón o cuervo que, siendo malicioso y un gran destructor de cosechas, era exactamente igual a él. Nadie podía separarlos, dijo.
Luego se levantó para ir al dormitorio a hacer las maletas, pero al oír voces abajo y pensar que tal vez el doctor Holmes había llamado, corrió escaleras abajo para evitar quesubiera.
Septimus podía oírla hablando con Holmes en la escalera.
—Estimada señora, he venido como amigo —decía Holmes.
—No. No le permitiré ver a mi esposo —dijo ella.
Podía verla, como a una gallinita, con las alas extendidas impidiéndole el paso. Pero Holmes perseveró.
—Mi querida señora, permítame… —dijo Holmes, haciéndola a un lado (Holmes era un hombre de complexión robusta).
Holmes venía subiendo la escalera. Holmes abriría la puerta de golpe. Holmes diría: «Atemorizado, ¿eh?». Holmes lo atraparía. Pero no; no Holmes; no Bradshaw.
Incorporándose con bastante inestabilidad, cojeando de hecho de un pie a otro, contempló el bonito y limpio cuchillo de pan de la señora Filmer, con la palabra «Pan» esculpida en el mango. Ah, pero uno no debe estropear eso. ¿La estufa de gas? Pero ya era demasiado tarde. Holmes venía. Podría haber conseguido unas cuchillas de afeitar, pero Rezia, que siempre se encargaba de esa clase de cosas, las había empacado.
Solo quedaba la ventana, la gran ventana de la pensión de Bloomsbury, el asunto tedioso, molesto y bastante melodramático de abrir la ventana y arrojarse al vacío. Era la idea que ellos tenían de la tragedia, no la suya ni la de Rezia (porque ella estaba con él). A Holmes y a Bradshaw les gustaba ese tipo de cosas.
(Se sentó en el alféizar).
Pero esperaría hasta el último momento. No quería morir. La vida era buena. El sol calentaba. ¿Solo los seres humanos? Bajando por la escalera de enfrente, un viejo se detuvo y se quedó mirándolo. Holmes estaba en la puerta.
—¡Se los voy a dar! —gritó, y se arrojó con fuerza, violentamente, sobre la verja del semisótano de la señora Filmer.
“¡El cobarde!”, exclamó el doctor Holmes, abriendo la puerta de un golpe. Rezia corrió a la ventana; vio; comprendió. El doctor Holmes y la señora Filmer chocaron el uno contra la otra. La señora Filmer se sacudió el delantal y la hizo ocultar los ojos en el dormitorio. Hubo un gran ir y venir de carreras escalera arriba y escalera abajo. El doctor Holmes entró —pálido como un papel, temblando entero, con un vaso en la mano—. Tenía que ser valiente y beber algo, dijo (¿Qué era? Algo dulce), porque su esposo estaba horrible y trágicamente destrozado, no recuperaría el conocimiento, ella no debía verlo, había que ahorrarle todo lo posible, tendría que pasar por la investigación forense, pobre joven. ¿Quién podría haberlo previsto? Un impulso repentino, nadie tenía la más mínima culpa (le dijo a la señora Filmer). Y por qué demonios lo había hecho, el doctor Holmes no lograba comprenderlo.
Le pareció, al beber aquella sustancia dulce, que estaba abriendo unos ventanales largos, saliendo a algún jardín. ¿Pero dónde? El reloj estaba dando —la una, las dos, las tres: qué sensato era el sonido; en comparación con todos aquellos golpes y susurros; como el propio Septimus.
Se estaba durmiendo. Pero el reloj seguía dando las horas, las cuatro, las cinco, las seis y la señora Filmer agitando el delantal (no traerían el cadáver aquí, ¿verdad?) parecía parte de aquel jardín; o una bandera. Una vez había visto una bandera ondear lentamente desde un mástil cuando se hospedaba con su tía en Venecia. A los hombres muertos en combate se les saluda así, y Septimus había estado en la guerra. De sus recuerdos, la mayoría eran felices.
Se puso el sombrero y atravesó corrales de maíz —¿dónde habrá sido?— hasta llegar a cierta colina, en algún lugar cerca del mar, pues había barcos, gaviotas, mariposas; se sentaron en un acantilado. En Londres también, allí se sentaban, y, entre sueños, llegaban a ella a través de la puerta del dormitorio, la lluvia cayendo, susurros, crujidos entre el maíz seco, la caricia del mar, según le parecía, encajándolos en su concha arqueada y susurrándole a ella tendida en la orilla, esparcida sentía, como flores voladoras sobre alguna tumba.
—Ha muerto —dijo, sonriéndole a la pobre anciana que la vigilaba con sus honestos ojos azul claro fijos en la puerta.
(No lo traerían aquí, ¿verdad?)
Pero la señora Filmer le quitó importancia con un gesto desdefioso. ¡Oh, no, oh, no! Se lo estaban llevando ahora. ¿No se lo debían decir? Los casados debían estar juntos, pensaba la señora Filmer. Pero debían hacer lo que dijese el doctor.
«Déjenla dormir», dijo el Dr. Holmes, tomándole el pulso. Ella vio la gran silueta de su cuerpo recortada en la oscuridad contra la ventana. Así que ese era el Dr. Holmes.
Uno de los triunfos de la civilización, pensó Peter Walsh. Es uno de los triunfos de la civilización, mientras sonaba la aguda y clara campanilla de la ambulancia. Con rapidez, con limpieza, la ambulancia se apresuró hacia el hospital, tras haber recogido al instante, con humanidad, a algún pobre diablo; alguien golpeado en la cabeza, abatido por la enfermedad, atropellado tal vez hacía un minuto más o menos en uno de estos cruces, como le podría suceder a uno mismo.
Eso era la civilización. Le llamó la atención al volver de Oriente: la eficiencia, la organización, el espíritu comunitario de Londres. Cada carro o carruaje se apartaba por propia iniciativa para dejar pasar la ambulancia. Tal vez era mórbido; o más bien conmovedor, el respeto que mostraban por aquella ambulancia con su víctima dentro: hombres ocupados que corrían a casa pero que al pasar se acordaban al instante de alguna esposa; o presumiblemente de lo fácil que habría sido estar ahí, estirados en una camilla con un médico y una enfermera. …
Ah, pero pensar se volvía mórbido, sentimental, en cuanto uno empezaba a conjurar médicos, cadáveres; un ligero destello de placer, una especie de lujuria también, sobre la impresión visual le advertía a uno que no debía seguir con esa clase de cosas —fatal para el arte, fatal para la amistad. Es verdad.
Y sin embargo, pensó Peter Walsh, mientras la ambulancia doblaba la esquina, aunque la aguda y clara campanilla aún se hacía oír por la calle siguiente y más lejos todavía al cruzar Tottenham Court Road, repitiendo su constante tañido, es el privilegio de la soledad; en la intimidad uno puede hacer lo que le plazca. Uno podría llorar si nadie lo viera. Había sido su perdición —esa sensibilidad— en la sociedad angloindia; no llorar en el momento oportuno, ni reír tampoco.
Llevo dentro de mí, pensó, de pie junto al buzón, algo que ahora podría disolverse en lágrimas. Por qué, solo el Cielo lo sabe. La belleza de algún tipo probablemente, y el peso del día, que, comenzando con aquella visita a Clarissa, lo había agotado con su calor, su intensidad, y el goteo, goteo, de una impresión tras otra hacia aquel sótano donde se acumulaban, hondo, oscuro, y que nadie sabría jamás.
En parte por esa razón, por su secreto, completo e inviolable, había encontrado la vida como un jardín desconocido, lleno de giros y recodos, sorprendente, sí; de verdad le dejaban a uno sin aliento, esos momentos; acogiéndole allí, junto al buzón enfrente del Museo Británico, uno de ellos, un momento en el que las cosas confluían; esta ambulancia; y la vida y la muerte. Era como si lo hubieran succionado hasta lo más alto de un tejado con aquel torrente de emoción y el resto de él, como una playa blanca salpicada de conchas, hubiera quedado al descubierto. Había sido su perdición en la sociedad angloindia: esa sensibilidad.
Clarissa una vez, al subir con él a un ómnibus a cualquier parte, Clarissa superficialmente al menos, tan fácil de conmover, ahora desesperada, ahora de excelente humor, toda temblorosa en aquellos días y tan buena compañera, descubriendo escenas pintorescas, nombres, gente desde lo alto de un autobús, pues solían explorar Londres y traer bolsas llenas de tesoros del mercado de Caledonian—Clarissa tenía una teoría en aquellos días—tenían montones de teorías, siempre teorías, como suelen tener los jóvenes.
Era para explicar la sensación que tenían de insatisfacción; el no conocer a la gente; el no ser conocidos.
Pues, ¿cómo podían conocerse? Uno se encontraba todos los días; luego no por seis meses, o años.
Era poco satisfactorio, convenían, lo poco que se conocía a la gente.
Pero ella dijo, sentado el autobús que subía por Shaftesbury Avenue, que se sentía a sí misma en todas partes; no «aquí, aquí, aquí»; y golpeteaba el respaldo del asiento; sino en todas partes.
Agitó la mano, mientras subía por Shaftesbury Avenue. Ella era todo eso.
De modo que, para conocerla a ella, o a cualquiera, había que buscar a las personas que los completaban; incluso los lugares. Extrañas afinidades tenía con gente a la que nunca había hablado, alguna mujer en la calle, algún hombre detrás de un mostrador—incluso árboles, o graneros.
Terminó en una teoría trascendental que, con su horror a la muerte, le permitía creer, o decir que creía (a pesar de todo su escepticismo), que dado que nuestras apariciones, la parte de nosotros que aparece, son tan momentáneas en comparación con la otra, la parte invisible de nosotros, que se extiende ampliamente, lo invisible tal vez sobreviviera, se recuperara de algún modo ligado a esta o aquella persona, o incluso rondara ciertos lugares después de la muerte. Tal vez—tal vez.
Mirando atrás a lo largo de esa larga amistad de casi treinta años, su teoría funcionaba hasta cierto punto.
Breves, fragmentarios, a menudo dolorosos como habían sido sus encuentros reales, entre sus ausencias y las interrupciones (esta mañana, por ejemplo, entró Elizabeth, como un potrillo de patas largas, hermosa, tonta, justo cuando él empezaba a hablar con Clarissa), el efecto de estos en su vida era incalculable. Había un misterio en ello. Te daban un grano afilado, agudo, incómodo: el encuentro real; horriblemente doloroso las más de las veces; sin embargo, en la ausencia, en los lugares más inverosímiles, florecía, se abría, esparcía su aroma, te dejaba tocar, probar, mirar a tu alrededor, captar toda la sensación y la comprensión, después de años de yacer perdido.
Así se le había aparecido ella; a bordo de un barco; en el Himalaya; sugerida por las cosas más extrañas (así Sally Seton, ¡generosa y entusiasmada tonta!, pensaba en él cuando veía hortensias azules). Ella le había influido más que ninguna otra persona que hubiera conocido. Y siempre de este modo, presentándose ante él sin que él lo deseara, fresca, distinguida, crítica; o arrebatadora, romántica, evocando algún campo o cosecha inglesa. La veía más a menudo en el campo, no en Londres. Una escena tras otra en Bourton. …
Había llegado a su hotel.
Cruzó el vestíbulo, con sus montones de sillones y sofás rojizos, sus plantas de hojas en punta y aspecto marchito.
Cogió su llave del gancho. La señorita le entregó unas cartas.
Subió las escaleras—la veía más a menudo en Bourton, a finales del verano, cuando se quedaba allí una semana, o incluso quince días, como se hacía en aquellos días. Primero, en la cima de alguna colina, allí se quedaba de pie, con las manos apretadas contra el cabello, la capa ondeando al viento, señalando, gritándoles—veía el Severn allá abajo. O en un bosque, haciendo hervir la tetera—muy torpe con los dedos; el humo haciendo una reverencia, soplándoles en la cara; su carita rosada asomando; pidiéndole agua a una anciana en una cabaña, que salía a la puerta para verlos marchar.
Ellos caminaban siempre; los demás iban en coche. A ella le aburría conducir, no le gustaba ningún animal, salvo aquel perro.
Caminaban leguas por las carreteras. Ella se apartaba para orientarse, lo guiaba de regreso a través del campo; y todo el tiempo discutían, hablaban de poesía, hablaban de gente, hablaban de política (entonces ella era radical); sin reparar en nada salvo cuando se detenía, exclamaba ante un paisaje o un árbol, y lo hacía mirar con ella; y vuelta a empezar, por campos de rastrojo, ella caminando delante, con una flor para su tía, sin cansarse nunca de caminar a pesar de su delicadeza; para descender sobre Bourton en la penumbra.
Luego, después de cenar, el viejo Breitkopf abría el piano y cantaba sin voz alguna, y ellos se quedaban hundidos en los sillones, intentando no reír, pero rompiendo siempre a reír, riendo, riendo… riéndose de nada. Se suponía que Breitkopf no se daba cuenta. Y luego, por la mañana, coqueteando de aquí para allá como una lavandera frente a la casa.
¡Oh, era una carta de ella! Ese sobre azul; aquella era su letra. Y tendría que leerla. ¡He aquí otro de esos encuentros, condenados a ser dolorosos! Leer su carta exigía un esfuerzo del diablo.
«Qué celestial había sido verle. Tenía que decírselo».
Eso era todo.
Pero aquello le molestó. Le irritó. Habría preferido que no lo hubiera escrito.
Al venir a sumarse a sus pensamientos, fue como un codazo en las costillas.
¿Por qué no podía dejarlo en paz? Después de todo, se había casado con Dalloway, y había vivido con él en perfecta felicidad todos estos años.
Estos hoteles no son lugares consoladores. Ni mucho más lejos. Un sinfín de personas había colgado sus sombreros en aquellas clavijas. Hasta las moscas, si uno se ponía a pensar en ello, se habían posado en las narices de otra gente.
En cuanto a la pulcritud que lo golpeaba en pleno rostro, no era tanto pulcritud como desnidez, frigidez; algo que tenía que ser. Alguna matrona árida hacía su ronda al alba olisqueando, escudriñando, obligando a fregar a criadas de nariz azulada, como si el siguiente visitante fuera un trozo de carne destinado a servirlo en una bandeja perfectamente limpia.
Para dormir, una cama; para sentarse, un sillón; para lavarse los dientes y afeitarse la barbilla, un vaso, un espejo. Libros, cartas, bata, resbalaban sobre la impersonalidad del crin de caballo como impertinencias incongruentes.
Y fue la carta de Clarissa lo que le hizo ver todo aquello. «Celestial verte. ¡Ya tenía que decirlo él!». Dobló el papel; lo apartó de un empujón; ¡nada le obligaría a volver a leerlo!
Para hacerle llegar esa carta antes de las seis, debió de haberse sentado a escribirla en cuanto él la dejó; sellarla; enviar a alguien al correo. Era, como suele decirse, muy propio de ella.
La visita la había alterado. Había sentido muchísimo; por un momento, al besarle la mano, se había arrepentido, lo había envidiado incluso, recordado tal vez (pues él le vio en la mirada que así era) algo que él había dicho—cómo cambiarían el mundo si ella se casaba con él tal vez; en cambio, era esto; era la mediana edad; era la mediocridad—; luego se obligó con su indomable vitalidad a apartar todo aquello, habiendo en ella un hilo de vida cuya dureza, resistencia, capacidad para vencer obstáculos y llevarla triunfante a través de todo, él no había conocido igual.
Sí; pero habría una reacción en cuanto él saliera de la habitación. Sentiría una profunda lástima por él; pensaría qué diablos podía hacer para complacerlo (desdeñando siempre la única cosa), y él podía verla con las lágrimas rodándole por las mejillas ir a su mesa camilla y escribir de un trazo aquella única línea que él encontraría esperándole. …
«¡Qué celestial verte!»
Y lo decía en serio.
Peter Walsh se había desatado ya los botines.
Pero no habría sido un éxito, su matrimonio. Lo otro, después de todo, se daba con tanta mayor naturalidad.
Era extraño; era verdad; mucha gente lo sentía. Peter Walsh, que había cumplido de manera meritoria, que ocupaba los puestos habituales con competencia, que era querido pero al que se consideraba un poco excéntrico, que se daba aires —era extraño que tuviera, sobre todo ahora que tenía el pelo gris, un aspecto satisfecho; un aspecto de tener reservas—.
Era esto lo que lo hacía atractivo para las mujeres, a quienes gustaba la sensación de que no era del todo varonil. Había algo inusual en él, o algo detrás de él.
Podía ser que fuera un hombre de letras —nunca venía a verte sin coger el libro de la mesa (ahora estaba leyendo, con los cordones de las botas arrastrando por el suelo)—; o que fuera un caballero, lo cual se manifestaba en la forma en que sacudía las cenizas de su pipa y, por supuesto, en sus modales con las mujeres.
Pues era muy encantador y bastante ridículo lo fácil que una muchacha sin un gramo de sentido podía envolverlo. Pero bajo su propio riesgo. Es decir, aunque fuera de lo más condescendiente y, de hecho, con su alegría y buena educación resultara fascinante estar con él, solo era hasta cierto punto. Ella decía algo—no, no; él calaba eso. No iba a tolerar eso—no, no.
Luego podía gritar y estremecerse y doblarse de la risa con alguna broma entre hombres. Era el mejor crítico de cocina de la India. Era un hombre. Pero no la clase de hombre a la que uno tenía que respetar —lo cual era un alivio—; no como el comandante Simmons, por ejemplo; ni lo más mínimo parecido a eso, pensaba Daisy cuando, a pesar de sus dos pequeños hijos, solía compararlos.
Se quitó las botas. Se vació los bolsillos. Junto con la navaja salió una instantánea de Daisy en la galería; Daisy toda de blanca, con un fox terrier sobre las rodillas; muy encantadora, muy morena; la mejor que había visto de ella.
Al fin y al cabo, todo surgía con naturalidad; con mucha más naturalidad que Clarissa. Sin barullos. Sin molestias. Sin remilgos ni zozobras. Viento en popa.
Y la morena, adorablemente bonita chica de la galería exclamó (él podía oírla) ¡Claro que sí, claro que le daría todo! exclamó (no tenía sentido de la prudencia), ¡todo cuanto quería! exclamó, corriendo a su encuentro, sin importar quién pudiera estar mirando. Y solo tenía veinticuatro años. Y tenía dos hijos. ¡Vaya, vaya!
Pues la verdad es que se habías metido en un buen lío a su edad. Y se dio cuenta al despertarse por la noche con bastante fuerza. ¿Y si se casaban? Para él todo iría muy bien, ¿pero y ella?
Mrs. Burgess, una buena mujer y nada habladora, en quien él se había confiado, creía que esta ausencia suya en Inglaterra, supuestamente para ver a unos abogados, podría servir para hacer que Daisy recapacitara, que pensara en lo que significaba.
Era una cuestión de su posición, decía Mrs. Burgess; la barrera social; renunciar a sus hijos. Acabaría siendo una viuda con pasado algún día de estos, arrastrándose por los suburbios, o más probablemente, sin discriminación (ya sabes, decía, en lo que se convierten esas mujeres, con tanto tinte).
Pero Peter Walsh descartó todo aquello con un gesto de desdén. No tenía intención de morirse todavía.
De todos modos, ella tenía que decidir por sí misma; juzgar por sí misma, pensó, dando pasitos por la habitación en calcetines, alisándose la camisa de etiqueta, pues tal vez iría a la fiesta de Clarissa, o tal vez iría a uno de los Halls, o tal vez se instalaría a leer un libro absorbente escrito por un hombre al que había conocido en Oxford. Y si se retiraba, eso era lo que haría: escribir libros. Iría a Oxford y hojearía papeles en la Bodleiana.
En vano la muchacha morena, de una belleza adorable, corrió hasta el extremo de la terraza; en vano agitó la mano; en vano gritó que le importaba un bledo lo que dijera la gente.
Allí estaba él, el hombre por el que ella daba la vida, el perfecto caballero, el fascinante, el distinguido (y su edad no le importaba en lo más mínimo), deambulando a paso corto por una habitación de un hotel en Bloomsbury, afeitándose, lavándose, continuando, mientras cogía jarras y dejaba navajas, con sus cotilleos en la Bodleian, para llegar a la verdad sobre uno que otro pequeño asunto que le interesaba.
Y se ponía a charlar con quien fuera, y así llegaba a despreciar cada vez más las horas precisas del almuerzo, y a faltar a sus citas, y cuando Daisy le pedía, como solía hacerlo, un beso, una escena, no daba la talla (a pesar de que le profesaba una sincera devoción); en resumen, tal vez fuera más feliz, como decía la señora Burgess, que ella lo olvidase, o lo recordara meramente tal como era en agosto de 1922, como una figura de pie en la encrucijada al atardecer, que se vuelve más y más remota a medida que el pescante se aleja a toda velocidad, llevándola a ella firmemente sujeta al asiento trasero, aunque tenga los brazos extendidos, y al ver cómo la figura mengua y desaparece ella aún grita que haría cualquier cosa en el mundo, cualquier cosa, cualquier cosa, cualquier cosa.
Él nunca sabía lo que la gente pensaba. Le resultaba cada vez más difícil concentrarse.
Se ensimismó; se ocupó de sus propios asuntos; ora hosco, ora alegre; dependiente de las mujeres, ausente, temperamental, cada vez más incapaz (según pensaba mientras se afeitaba) de comprender por qué Clarissa no podía simplemente buscarles un alojamiento y ser amable con Daisy; presentársela.
Y entonces él podía simplemente—¿simplemente hacer qué? simplemente rondar y planear (en ese momento estaba de hecho ocupado clasificando varias llaves, papeles), abalanzarse y saborear, estar solo, en resumen, bastarse a sí mismo; y, sin embargo, nadie por supuesto dependía más de los demás (se abrochó el chaleco); aquello había sido su perdición. No podía mantenerse alejado de los salones de fumadores, le gustaban los coroneles, le gustaba el golf, le gustaba el bridge y, sobre todo, la compañía de las mujeres, y la finura de su camaradería, y su fidelidad y audacia y grandeza en el amor que, aunque tenía sus inconvenientes, le parecía (y el rostro oscuro, adorablemente bonito, estaba sobre los sobres) tan enteramente admirable, una flor tan espléndida para crecer en la cresta de la vida humana, y sin embargo no lograba estar a la altura, siendo siempre propenso a ver las cosas desde todos los ángulos (Clarissa le había socavado algo para siempre), y a cansarse muy pronto de la devoción muda y a desear variedad en el amor, aunque le pondría furioso que Daisy quisiera a alguien más, ¡furioso! pues era celoso, de un temperamento celoso e incontrolable. ¡Sufría torturas!
¿Pero dónde estaba su cuchillo; su reloj; sus sellos, su cartera, y la carta de Clarissa que no volvería a leer pero en la que le gustaba pensar, y la fotografía de Daisy?
Y ahora a cenar.
Estaban comiendo.
Sentadas en mesitas alrededor de floreros, vestidas o desvestidas, con sus chales y bolsos a un lado, con su aire de falsa compostura —pues no estaban acostumbradas a tantos platos en la cena— y de confianza —pues podían pagarlo— y de tensión —pues se habían pasado el día correteando por Londres de compras, de turismo—; y su curiosidad natural —pues miraban a su alrededor y hacia arriba cuando el apuesto caballero con gafas de pasta entró—; y su bondad —pues les habría encantado hacer cualquier pequeño favor, como prestar un horario de trenes o dar información útil—; y su deseo, latiendo en su interior, tironéandolas subterráneamente, de entablar de algún modo conexiones, aunque solo fuera un lugar de nacimiento (Liverpool, por ejemplo) en común o amigos con el mismo apellido; con sus miradas furtivas, silencios extraños y súbitas retiradas hacia la broma familiar y el aislamiento; allí estaban sentadas cenando cuando el señor Walsh entró y ocupó su lugar en una mesita junto a la cortina.
No es que dijera nada, pues al estar solo solo podía dirigirse al camarero; era su manera de mirar la carta, de señalar con el índice un vino determinado, de arrimarse a la mesa, de entregarse a la cena con seriedad y no con gula, lo que se ganó su respeto; el cual, al tener que permanecer callado durante la mayor parte de la comida, estalló en la mesa donde se sentaban los Morris cuando se le oyó decir al señor Walsh al finalizar la cena: «Peras Bartlett».
Por qué había hablado con tanta moderación pero firmeza, con el aire de un disciplinario seguro de sus legítimos derechos fundamentados en la justicia, no lo sabían ni el joven Charles Morris, ni el viejo Charles, ni la señorita Elaine ni la señora Morris.
Pero cuando dijo «Peras Bartlett», sentado a solas en su mesa, sintieron que él contaba con su apoyo en alguna demanda justa; que era el defensor de una causa que de inmediato pasó a ser la suya, de modo que sus ojos se cruzaron con los suyos con complicidad, y cuando todos llegaron a la sala de fumadores al mismo tiempo, una breve charla entre ellos se volvió inevitable.
No era muy profunda—se limitaba a que Londres estaba abarrotado; había cambiado en treinta años; que al señor Morris le gustaba más Liverpool; que la señora Morris había estado en la exposición floral de Westminster, y que todos habían visto al Príncipe de Gales. Sin embargo, pensó Peter Walsh, ninguna familia en el mundo puede compararse con los Morris; ninguna en absoluto; y sus relaciones mutuas son perfectas, y les importa un bledo las clases altas, y les gusta lo que les gusta, y Elaine se está preparando para el negocio familiar, y el chico ha ganado una beca en Leeds, y la anciana (que tiene más o menos su misma edad) tiene otros tres hijos en casa; y tienen dos automóviles, pero el señor Morris todavía remienda los zapatos los domingos: es soberbio, es absolutamente soberbio, pensó Peter Walsh, balanceándose un poco hacia adelante y hacia atrás con su copa de licor en la mano entre las sillas de felpa roja y los ceniceros, sintiéndose muy satisfecho de sí mismo, porque los Morris lo querían. Sí, les gustaba un hombre que decía «peras Bartlett». Le querían, sentía él.
Iba a ir a la fiesta de Clarissa. (Los Morris se habían marchado; pero volverían a verse). Iba a ir a la fiesta de Clarissa porque quería preguntarle a Richard qué hacían en la India—los tontos conservadores. ¿Y qué obra ponían? Y música. … Ah, sí, y pura charla.
Porque esta es la verdad de nuestra alma, pensó, de nuestro yo, que como un pez habita los mares profundos y maniobra entre la penumbra, abriéndose paso entre los troncos de algas gigantescas, sobre espacios parpadeantes de sol y más y más adentro en la penumbra, el frío, la profundidad, lo inescrutable; de pronto se dispara hacia la superficie y retoza en las olas arrugadas por el viento; es decir, tiene la necesidad imperiosa de rozar, raspar, encenderse, charlando. ¿Qué pretendía el Gobierno —Richard Dalloway lo sabría— respecto a la India?
Como era una noche muy calurosa y los repartidores de periódicos pasaban con carteles que pregonaban en grandes letras rojas que había una ola de calor, se colocaron sillones de mimbre en las escaleras del hotel y allí, bebiendo a sorbos, fumando, indiferentes, se sentaban los caballeros. Peter Walsh estaba sentado allí.
Uno habría podido imaginarse que aquel día, el día londinense, apenas estaba empezando. Como una mujer que se hubiera quitado el vestido de percal y el delantal blanco para ataviarse de azul y perlas, el día cambió, se quitó lo pesado, adoptó la gasa, se trocó en tarde y, con el mismo suspiro de júbilo que exhala una mujer al dejar caer las enaguas al suelo, también él se sacudió el polvo, el calor, el color; el tráfico se raleó; los automóviles, tintineantes, veloces, sucedieron al rumor pesado de las furgonetas; y aquí y allá, entre el espeso follaje de las plazas, pendía una luz intensa.
Me rindo, parecía decir la tarde, a medida que palidecía y se desvanecía sobre los almenares y salientes, moldeados, puntiagudos, de hoteles, pisos y bloques de tiendas; me desvanezco, empezaba a decir ella, desaparezco, pero Londres no quiso saber nada de eso, y lanzó sus bayonetas al cielo, la inmovilizó, la obligó a participar en su jolgorio.
Pues la gran revolución del horario estival del señor Willett había tenido lugar desde la última visita de Peter Walsh a Inglaterra. El atardecer prolongado era una novedad para él. Estimulante, más bien. Pues mientras los jóvenes pasaban con sus maletines, terriblemente contentos de ser libres, orgullosos también, silenciosamente, de pisar este famoso pavimento, una alegría de cierto tipo, barata, de oropel, si se quiere, pero éxtasis al fin y al cabo, enrojecía sus rostros. Además iban bien vestidos; medias rosas; bonitos zapatos. Ahora tendrían dos horas de cine. Afilaba, refinaba la luz vespertina de color azul amarillento; y sobre las hojas de la plaza brillaba lúvida, lívida —parecían bañadas en agua de mar—, el follaje de una ciudad sumergida.
Le asombraba la belleza; era alentador también, pues donde el angloindio retornado se sentaba por derecho propio (conocía a montones) en el Club Oriental resumiendo biliosamente la ruina del mundo, allí estaba él, tan joven como siempre; envidiando a los jóvenes su época estival y todo lo demás, y sospechando más que de sobra por las palabras de una muchacha, por la risa de una criada —cosas intangibles a las que no se les podía hincar el mano— ese cambio en toda la acumulación piramidal que en su juventud había parecido inamovible. Sobre ellos había presionado; los había agobiado, a las mujeres especialmente, como aquellas flores que la tía Helena de Clarissa solía prensar entre hojas de secante gris con el diccionario de Littré encima, sentada bajo la lámpara después de cenar.
Ahora estaba muerta. Había oído hablar de ella, por Clarissa, a causa de la pérdida de la vista en un ojo. Le parecía de lo más adecuado —una de las obras maestras de la naturaleza— que la vieja señorita Parry se fuera convirtiendo en cristal. Moriría como un pájaro en una helada, aferrada a su percha. Pertenecía a una época distinta, pero al ser tan íntegra, tan completa, se mantendría siempre en pie en el horizonte, de un blanco marmóreo, eminente, como un faro que señalara alguna etapa pasada en este largo, larguísimo y aventurero viaje, en esta interminable (buscó una moneda de cobre para comprar un periódico y leer sobre el Surrey y el Yorkshire; había sostenido esa moneda de cobre millones de veces; el Surrey volvía a estar todo out) —en esta interminable vida.
Pero el críquet no era un simple juego. El críquet era importante. Nunca podía evitar leer sobre críquet. Primero leía los resultados en las últimas noticias, luego cómo hacía un día caluroso; después, sobre un caso de asesinato.
Haber hecho las cosas millones de veces las enriquecía, aunque pudiera decirse que les quitaba la capa superficial. El pasado enriquecía, y la experiencia, y haberse importado una o dos personas, y haber adquirido así el poder del que carecen los jóvenes, el de abreviar, hacer lo que a uno le gusta, importarle un bledo lo que la gente diga e ir y venir sin grandes expectativas (dejó el periódico sobre la mesa y se alejó), lo cual, sin embargo (y buscó su sombrero y su abrigo), no era del todo cierto en su caso, no esta noche, pues allí estaba, dispuesto a ir a una fiesta, a su edad, con la firme creencia de que estabapor vivir una experiencia.
¿Pero qué clase de experiencia?
Belleza de cualquier modo. No la belleza burda de la vista. No era belleza pura y simple—Bedford Place desembocando en Russell Square. Era rectitud y vaciamiento, por supuesto; la simetría de un corredor; pero también eran ventanas iluminadas, un piano, un gramófono sonando; una sensación de gozo escondida, pero que de vez en cuando emergía cuando, a través de la ventana sin cortinas, de la ventana abierta, se veía a grupos sentados a las mesas, a jóvenes girando lentamente, conversaciones entre hombres y mujeres, sirvientas mirando ociosamente hacia fuera (un extraño comentario el suyo, una vez hecho el trabajo), medias secándose en los alféizares superiores, un loro, unas cuantas plantas. Absorbente, misteriosa, de infinita riqueza, esta vida. Y en la gran plaza donde los taxis disparaban y viraban tan rápido, había parejas demorándose, retozando, abrazándose, encogidas bajo la lluvia de un árbol; eso era conmovedor; tan silenciosas, tan absortas, que uno pasaba, discretamente, tímidamente, como ante la presencia de alguna ceremonia sagrada interrumpir la cual habría sido impío. Eso era interesante. Y así hasta adentrarse en el resplandor y la estridencia.
Su gabardina clara se abría con el viento, caminaba con una idiosincrasia indescriptible, inclinado un poco hacia adelante, dando tropezones, con las manos a la espalda y la mirada todavía un tanto avispada; iba tropezando por Londres, rumbo a Westminster, observando.
¿Todo el mundo estaba cenando fuera, entonces?
Aquí un lacayo abría las puertas para dejar salir a una dama anciana de paso altivo, con zapatos de hebilla y tres plumas de avestruz moradas en el pelo. Se abrían puertas para damas envueltas como momias en chales de flores brillantes, damas con la cabeza descubierta.
Y en los barrios respetables, de pilares de estuco a través de pequeños antejardines, con peinetas ligeramente prendidas en el pelo (tras haber subido corriendo a ver a los niños), acudían mujeres; los hombres las esperaban, con los abrigos abiertos al viento, y el motor arrancaba.
Todo el mundo estaba saliendo. Entre estas puertas que se abrían, y el descenso y la partida, parecía como si todo Londres estuviera embarcándose en botecitos amarrados a la orilla, meciéndose sobre las aguas, como si todo aquel lugar se fuera a la deriva en un carnaval.
Y Whitehall parecía patinado, batido de plata como estaba, patinado por arañas, y había una sensación de mosquitos en torno a las farolas de arco; hacía tanto calor que la gente se quedaba de pie charlando.
Y aquí, en Westminster, había un juez jubilado, supuestamente, sentado con toda firmeza en la puerta de su casa, vestido completamente de blanco. Un angloindio, supuestamente.
Y aquí un escándalo de mujeres que pelean, mujeres borrachas; aquí solo un policía y casas imponentes, casas altas, casas con cúpula, iglesias, parlamentos, y el bocinazo de un vapor en el río, un grito hueco y brumoso.
Pero era su calle, esta, la de Clarissa; los taxis doblaban la esquina a toda prisa, como el agua alrededor de los pilares de un puente, atraídos, le parecía a él, porque llevaban a gente que iba a su fiesta, la fiesta de Clarissa.
El frío caudal de impresiones visuales le fallaba ahora, como si el ojo fuese una taza que rebosaba y dejaba que el resto corriera por sus paredes de porcelana sin registrarse.
El cerebro debía despertarse ahora. El cuerpo debía contraerse ahora, al entrar en la casa, la casa iluminada, donde la puerta estaba abierta, donde los automóviles aguardaban y mujeres radiantes descendían: el alma debía armarse de valor para resistir.
Abrió la hoja grande de su navaja.
Lucy bajó corriendo escaleras abajo a toda velocidad, tras haber entrado un momento en el salón para alisar una funda, enderezar una silla, detenerse un instante y sentir que quienquiera que entrara tenía que pensar qué limpio, qué luminoso, qué maravillosamente cuidado estaba todo al ver la hermosa platería, los morillos de latón, las nuevas fundas de las sillas y las cortinas de cretona amarilla: evaluó cada cosa; oyó un murmullo de voces; ¡la gente ya subía del comedor; tenía que volar!
El primer ministro iba a venir, dijo Agnes: eso había oído decir en el comedor, dijo, entrando con una bandeja de vasos.
¿Importaba, importaba lo más mínimo, un primer ministro más o menos? No marcaba ninguna diferencia a estas horas de la noche para la señora Walker entre platos, cacerolas, coladores, sarténes, pollo en aspic, heladeras, cortezas de pan mondadas, limones, soperas y fuentes de pudín que, por mucho que friegasen en el fregadero, parecía que se le venían encima, sobre la mesa de la cocina, en las sillas, mientras el fuego ardía con furia, las luces eléctricas brillaban con fuerza y aún había que servir la cena.
Todo lo que sentía era que un primer ministro más o menos no le importaba un bledo a la señora Walker.
Las señoras ya estaban subiendo las escaleras, dijo Lucy; las señoras iban subiendo, una por una, yendo la señora Dalloway la última y casi siempre mandando algún recado a la cocina: «Dale recuerdos míos a la señora Walker», eso fue una noche.
A la mañana siguiente repasaban los platos —la sopa, el salmón; el salmón, como bien sabía la señora Walker, como de costumbre poco hecho, pues ella siempre se ponía nerviosa con el pudin y se lo dejaba a Jenny; así pasaba, que el salmón siempre quedaba poco hecho.
Pero alguna señora de pelo claro y adornos de plata había dicho, según Lucy, a propósito del plato principal, que si de verdad era casero; aunque lo que traía de cabeza a la señora Walker era el salmón, mientras hacía girar los platos una y otra vez, y abría y cerraba los tiros; y llegaba una carcajada del comedor; una voz que hablaba; luego otra carcajada: los señores divirtiéndose una vez que se habían marchado las señoras.
El tokay, dijo Lucy entrando a toda prisa. El señor Dalloway había mandado a buscar el tokay, de las bodegas del Emperador, el Tokay Imperial.
Llegó flotando desde la cocina.
Por encima del hombro, Lucy contó lo preciosa que estaba la señorita Elizabeth; no podía apartar los ojos de ella; con su vestido rosa, y el collar que el señor Dalloway le había regalado.
Jenny tenía que acordarse del perro, el fox terrier de la señorita Elizabeth, el cual, como mordía, había tenido que ser encerrado y quizá, pensaba Elizabeth, necesitara algo. Jenny tenía pero que muy presente al perro.
Pero Jenny no iba a subir las escaleras con toda esa gente por allí. ¡Ya había un coche a la puerta! ¡Habían timbrado al timbre, y los caballeros seguían en el comedor, bebiendo tokay!
Allí, iban subiendo las escaleras; esa fue la primera en llegar, y ahora irían llegando cada vez más rápido, de modo que la señora Parkinson (contratada para fiestas) dejaría la puerta del vestíbulo entreabierta, y el vestíbulo se llenaría de caballeros esperando (se quedaban esperando, alisándose el pelo) mientras las señoras se quitaban las capas en la habitación del fondo del pasillo; donde la señora Barnet las ayudaba, la vieja Ellen Barnet, que llevaba cuarenta años con la familia, y venía todos los veranos a ayudar a las señoras, y recordaba a las madres cuando eran niñas, y aunque muy modesta sí daba la mano; decía «su señoría» muy respetuosamente, pero tenía un modo humorístico de ser, al mirar a las señoritas, y ayudando con tantísimo tacto a lady Lovejoy, que tenía algún problemita con su corpiño interior.
Y no podían evitar sentir, lady Lovejoy y la señorita Alice, que se les concedía algún pequeño privilegio en cuestión de cepillo y peine por haber conocido a la señora Barnet: «Treinta años, su señoría», le apuntó la señora Barnet.
Las señoritas no solían usar colorete, decía lady Lovejoy, cuando se alojaban en Bourton en los viejos tiempos. Y la señorita Alice no necesitaba colorete, decía la señora Barnet, mirándola con cariño.
Allí se sentaba la señora Barnet, en el ropero, acomodando las pieles, alisando los mantones de españoles, ordenando el tocador, y sabiendo perfectamente, a pesar de las pieles y los bordados, qué señoras eran agradables y cuáles no. La querida anciana, decía lady Lovejoy, subiendo las escaleras, la vieja niñera de Clarissa.
Y entonces Lady Lovejoy se puso rígida.
«Lady y señorita Lovejoy», le dijo al señor Wilkins (contratado para fiestas). Él tenía unos modales admirables, mientras se inclinaba y se enderezaba, se inclinaba y se enderezaba y anunciaba con perfecta imparcialidad: «Lady y señorita Lovejoy… Sir John y Lady Needham… Señorita Weld… Señor Walsh».
Sus modales eran admirables; su vida familiar debía de ser irreprochable, excepto que parecía imposible que un ser de labios verdosos y mejillas afeitadas hubiera caído jamás en la molestia de tener hijos.
«¡Qué encanto verla!» dijo Clarissa. Se lo decía a todo el mundo. ¡Qué encanto verla! Estaba en su peor momento: efusiva, insincera. Fue un gran error haber venido. Debería haberse quedado en casa y leer su libro, pensó Peter Walsh; debería haber ido a un music-hall; debería haberse quedado en casa, pues no conocía a nadie.
¡Ay, Dios mío, iba a ser un fracaso; un fracaso rotundo, Clarissa lo sentía en los huesos mientras el buen viejo Lord Lexham se quedaba allí disculpándose por su esposa, que se había resfriado en la fiesta en el jardín del Palacio de Buckingham! Podía ver a Peter por el rabillo del ojo, criticándola, allí, en aquel rincón.
¿Por qué, al fin y al cabo, hacía esas cosas? ¿Por qué buscar cumbres y pararse empapada en fuego? ¡Bien podía consumirla de todos modos! ¡Reducirla a cenizas! ¡Cualquier cosa era mejor, era mejor blandir la propia antorcha y arrojarla a la tierra que consumirse y languidecer poco a poco como cierta Ellie Henderson! Era extraordinario cómo Peter la ponía en esos estados con solo venir y pararse en un rincón. La obligaba a verse a sí misma; a exagerar. Era idiótico. Pero ¿por qué venía entonces, meramente a criticar? ¿Por qué siempre tomaba, y nunca daba? ¿Por qué no arriesgar el propio pequeño punto de vista? Ahí se iba, alejándose, y ella tenía que hablarle. Pero no tendría la oportunidad. La vida era eso: humillación, renuncia.
Lo que lord Lexham estaba diciendo era que su esposa no se pondría las pieles en la fiesta en el jardín porque «querida, todas las mujeres son iguales» (¡teniendo lady Lexham setenta y cinco años por lo menos!).
Era encantador cómo se mimaban el uno al otro, esa anciana pareja. A ella le gustaba el viejo lord Lexham. Sí que le importaba su fiesta, y le revolvía el estómago saber que todo estaba saliendo mal, que estaba resultando un completo fracaso.
Cualquier cosa, cualquier explosión, cualquier horror era preferible a que la gente deambulara sin rumbo, de pie en un rincón formando un grupito como Ellie Henderson, sin importarle siquiera mantenerse erguida.
Suavemente la cortina amarilla con todas las aves del paraíso se abrevó hacia fuera y pareció como si hubiera un batir de alas hacia la habitación, justo hacia afuera, para luego ser absorbidas de nuevo. (Pues las ventanas estaban abiertas).
¿Habría corriente, se preguntó Ellie Henderson? Era propensa a los catarros. Pero no importaba que al día siguiente se levantara estornudando; eran las muchachas con sus hombros desnudos en quienes pensaba, educada para pensar en los demás por un viejo padre, un inválido, difunto vicario de Bourton, pero él ya había muerto; y sus catarros nunca se le bajaban al pecho, jamás.
Eran las muchachas en las que pensaba, las jóvenes con los hombros desnudos, habiendo sido ella misma siempre una criatura insignificante, de cabello escaso y perfil escueto; aunque ahora, pasada la cincuentena, empezaba a brillar a través de ella un rayo apacible, algo purificado hasta adquirir distinción por años de abnegación, pero oscurecido de nuevo, perpetuamente, por su desconcertante respetabilidad, por su miedo pánico, que surgía de una renta de trescientas libras y de su estado de indefensión (no podía ganar ni un centavo) y eso la volvía tímida, y año tras año cada vez más incapacitada para tratar con gente bien vestida que hacía este tipo de cosas todas las noches de la temporada, limitándose a decirle a sus doncellas «Me pondré tal cosa», mientras que Ellie Henderson salía nerviosa a comprar flores rosadas baratas, media docena, y luego se echaba un chal sobre su viejo vestido negro.
Pues su invitación para la fiesta de Clarissa había llegado a última hora. No estaba muy contenta con ello. Tenía una especie de corazonada de que Clarissa no había querido invitarla este año.
¿Por qué habría de hacerlo? En realidad no había ninguna razón, salvo que se conocían de toda la vida. De hecho, eran primas. Pero claro, se habían ido distanciando bastante, ya que Clarissa era muy solicitada. Para ella, ir a una fiesta era todo un acontecimiento. Era un auténtico placer tan solo ver los vestidos tan bonitos.
¿No era aquella Elizabeth, ya crecida, con el cabello peinado a la moda, con el vestido rosa? Sin embargo, no podía tener más de diecisiete años. Era muy, muy guapa. Pero las muchachas, cuando salían a la sociedad por primera vez, ya no parecían llevar blanco como antes. (Tenía que recordarlo todo para contárselo a Edith).
Las muchachas llevaban vestidos rectos, ceñidísimos, con las faldas muy por encima de los tobillos. No le sentaba bien a nadie, pensó.
Así pues, con su mala vista, Ellie Henderson se inclinó bastante hacia adelante, y no era tanto que a ella le importara no tener con quién hablar (apenas conocía a nadie allí), pues sentía que todos eran personas muy interesantes de observar; políticos presumiblemente; amigos de Richard Dalloway; sino que era el propio Richard quien sentía que no podía permitir que la pobre criatura siguiera allí parada toda la noche sola.
—Bueno, Ellie, ¿y cómo te trata el mundo? —dijo con su modo afable, y Ellie Henderson, poniéndose nerviosa, ruborizándose y sintiendo que era extraordinariamente amable de su parte venir a hablar con ella, contestó que, en realidad, mucha gente sentía más el calor que el frío.
“Sí, los tienen”, dijo Richard Dalloway. “Sí”.
¿Pero qué más se podía decir?
—Hola, Richard —dijo alguien, cogiéndolo por el codo, y, válgame Dios, ahí estaba el viejo Peter, el viejo Peter Walsh. ¡Le encantaba verlo, muchísimo! No había cambiado ni un ápice. Y allá se fueron juntos cruzando la estancia, dándose golpecitos cariñosos, como si hacía mucho que no se veían, pensó Ellie Henderson, viéndolos marchar, segura de conocer la cara de aquel hombre. Un hombre alto, de mediana edad, de ojos bastante bonitos, oscuros, con gafas, y un cierto parecido a John Burrows. Edith seguro que lo sabría.
La cortina con su vuelo de aves del paraíso volvió a soplar hacia fuera. Y Clarissa vio—vio a Ralph Lyon apartarla a golpes y seguir hablando. ¡Así que no era un fracaso después de todo! Iba a salir bien ahora—su fiesta. Había empezado. Se había puesto en marcha. Pero aún estaba por verse. Tenía que quedarse allí por el momento. La gente parecía entrar en tropel.
El coronel y la señora Garrod… el señor Hugh Whitbread… el señor Bowley… la señora Hilbery… lady Mary Maddox… el señor Quin… entonó Wilkin. Intercambió seis o siete palabras con cada uno, y siguieron adelante, entraron en las habitaciones; en algo ahora, no en la nada, desde que Ralph Lyon había descorrido la cortina.
Y, sin embargo, por su parte, le costaba demasiado esfuerzo. No lo estaba disfrutando. Se parecía demasiado a ser —simplemente cualquiera, de pie allí; cualquiera podría hacerlo; y sin embargo, a esta cualquiera la admiraba un poco, no podía evitar sentir que ella, de algún modo, había hecho que esto sucediera, que marcaba una etapa, este poste en el que sentía haberse convertido, pues, curiosamente, había olvidado por completo qué aspecto tenía, pero se sentía como una estaca clavada en lo alto de su escalera. Cada vez que daba una fiesta tenía esta sensación de ser algo que no era ella, y de que todos eran irreales en un sentido; mucho más reales en otro. Era, pensaba, en parte por su ropa, en parte por verse sacados de sus costumbres ordinarias, en parte por el fondo, era posible decir cosas que no se podían decir de ningún otro modo, cosas que requerían un esfuerzo; era posible ir mucho más hondo. Pero no para ella; al menos por ahora no.
“¡Qué encantamiento verle!”, dijo.
¡El querido y viejo Sir Harry! Él conocía a todo el mundo.
Y lo que tenía de extraño era la sensación que uno experimentaba al verlos subir las escaleras uno tras otro, la señora Mount y Celia, Herbert Ainsty, la señora Dakers—¡vaya, y Lady Bruton!
—¡Qué enormemente amable de tu parte venir! —dijo, y lo decía en serio—; era curioso cómo, de pie allí, uno sentía que ellos seguían, seguían, algunos bastante mayores, algunos…
¿Qué nombre? ¿Lady Rosseter? Pero ¿quién demonios era Lady Rosseter?
«¡Clarissa!». ¡Esa voz! ¡Era Sally Seton! ¡Sally Seton!, ¡después de todos estos años! Emergía a través de una neblina. Porque ella no había tenido ese aspecto, Sally Seton, cuando Clarissa agarró la jarra de agua caliente, ¡al pensar en ella bajo este techo, bajo este techo! ¡No con ese aspecto!
Todos apelotonados, avergonzados, riendo, las palabras salían atropelladas: de paso por Londres; me enteré por Clara Haydon; ¡qué oportunidad de verte! Así que me colé, sin invitación. …
Uno podía dejar la lata de agua caliente con toda tranquilidad. El brillo se le había apagado. Sin embargo, era extraordinario verla de nuevo, más vieja, más feliz, menos hermosa.
Se besaron, primero en una mejilla, luego en la otra, junto a la puerta del salón, y Clarissa se volvió, con la mano de Sally en la suya, y vio sus habitaciones llenas, oyó el estruendo de las voces, vio los candeleros, las cortinas al viento y las rosas que Richard le había regalado.
—Tengo cinco chicos enormes —dijo Sally.
Tenía el egoísmo más simple, el deseo más patente de que la consideraran siempre la primera, y Clarissa la quería por seguir siendo así.
—¡No lo puedo creer! —exclamó, encendiéndose de puro placer ante el recuerdo del pasado.
Pero, ay, Wilkins; Wilkins la reclamaba; Wilkins emitía con voz de autoridad imperiosa, como si hubiera que amonestar a toda la compañía y apartar a la anfitriona de su frivolidad, un solo nombre:
«El primer ministro», dijo Peter Walsh.
¿El primer ministro? ¿De verdad? Se maravilló Ellie Henderson. ¡Qué cosa que contarle a Edith!
No se le podía reír. Tenía un aspecto de lo más corriente. Uno bien podría habérselo imaginado detrás de un mostrador despachando galletas—pobre hombre, todo ataviado con galones dorados. Y, a decir verdad, mientras hacía su ronda, primero acompañado por Clarissa y luego por Richard, lo hizo muy bien. Intentaba aparentar alguien importante. Era divertido de ver. Nadie lo miraba. Seguían hablando sin más, aunque era perfectamente evidente que todos sabían, que sentían hasta la médula de los huesos, que aquella majestad desfilaba ante ellos; aquel símbolo de lo que todos representaban, la sociedad inglesa. La anciana Lady Bruton, que por lo demás lucía espléndida, muy vigorosa con sus encajes, se acercó flotando, y ambos se retiraron a una salita que de inmediato quedó vigilada, custodiada, mientras una especie de revuelo y susurro recorría a todos abiertamente: ¡el Primer Ministro!
¡Señor, señor, qué esnobismo el de los ingleses!, pensó Peter Walsh, de pie en el rincón. ¡Cómo les encantaba disfrazarse con encajes de oro y rendir pleitesía! ¡Ahí está! Ese debía de ser —¡por Júpiter que lo era!— Hugh Whitbread, husmeando por los dominios de los grandes, un poco más gordo, un poco más blanco, ¡el admirable Hugh!
Parecía siempre como si estuviera de servicio, pensaba Peter, un ser privilegiado pero secreto, que atesoraba secretos que moriría por defender, aunque solo fuera algún insignificante chismorreo soltado por un lacayo de palacio que mañana saldría en todos los periódicos.
Tales eran sus chucherías, sus baratijas, jugando con las cuales se había vuelto canoso, había llegado al borde de la vejez, gozando del respeto y el afecto de todos los que tenían el privilegio de conocer a este prototipo del hombre de las escuelas públicas inglesas.
Inevitablemente uno se inventaba cosas así sobre Hugh; ese era su estilo; el estilo de aquellas admirables cartas que Peter había leído a miles de millas de distancia, a través del mar, en el Times, y había dado gracias a Dios por estar fuera de aquel pernicioso barullo, aunque solo fuera para oír parlotear a los babuinos y a los culíes apalear a sus mujeres.
Un joven de tez aceitunada de una de las Universidades aguardaba servil. A él lo patrocinaría, lo iniciaría, le enseñaría cómo salir adelante.
Pues no le gustaba nada más que hacer bondades, hacer palpitar los corazones de las ancianas con la alegría de ser recordadas en su vejez, en su aflicción, creyéndose del todo olvidadas, y sin embargo, ahí estaba el querido Hugh llegando en coche y pasando una hora hablando del pasado, recordando nimiedades, alabando el pastel casero, aunque Hugh pudiera comer pastel con una Duquesa cualquier día de su vida y, a juzgar por su aspecto, probablemente pasaba una buena cantidad de tiempo en esa agradable ocupación.
El Todojuzgador, el Misericordioso, tal vez podría disculpar. Peter Walsh no tenía piedad. Villagranos tiene que haber, y, Dios sabe, los canallas a los que cuelgan por machacarle los sesos a una muchacha en un tren hacen en conjunto menos daño que Hugh Whitbread y su bondad.
Míralo ahora, de puntillas, avanzando danzarín, haciendo reverencias y cumplidos, mientras el primer ministro y Lady Bruton salían, dando a entender a los ojos de todo el mundo que él tenía el privilegio de decirle algo, algo privado, a Lady Bruton al pasar.
Ella se detuvo. Movió su distinguida y anciana cabeza. Probablemente le estaba agradeciendo alguna muestra de servilismo.
Tenía a sus aduladores, funcionarios menores de oficinas gubernamentales que corrían de un lado para otro trampeando pequeños asuntos en su nombre, a cambio de los cuales ella les invitaba a almorzar. Pero procedía del siglo dieciocho. Ella era de otra pasta.
Y ahora Clarissa escoltaba a su primer ministro salón abajo, danzando con donaire, chispeante, con la majestad de sus cabellos grises. Llevaba pendientes y un vestido de sirena verde plateada.
Zarandeándose en las olas y trenzando sus cabellos parecía, conservando aún ese don; ser; existir; resumirlo todo en el instante a su paso; se giró, enredó su chal en el vestido de otra mujer, lo desenganchó, rió, todo con la más perfecta soltura y el talante de una criatura que flota en su elemento.
Pero la edad la había rozado; incluso del modo en que una sirena podría contemplar en su espejo el sol poniente en una tarde muy clara sobre las olas. Había un hálito de ternura; su severidad, su prudencia, su rigidez se habían caldeado por completo ahora, y tenía a su alrededor, al despedirse del hombre de recargados galones dorados que se esforzaba por parecer importante —y buena suerte para él—, una dignidad inexpresiva; una cordialidad exquisita; como si le deseara el bien a todo el mundo y debiera ahora, hallándose en el mismo dintel y borde de las cosas, despedirse.
Eso le hizo pensar a él. (Pero no estaba enamorado.)
En verdad, pensó Clarissa, el primer ministro se había portado muy bien al venir. Y, al caminar junto a él por la estancia, con Sally allí y Peter allí y Richard muy complacido, con toda esa gente más bien inclinada, tal vez, a la envidia, había sentido esa intoxicación del momento, esa dilatación de los nervios del corazón mismo hasta parecer vibrar, bañado, erguido;—sí, pero al fin y al cabo era lo que los demás sentían, eso; pues, aunque le encantaba y sentía cómo le hormigueaba y escocía, aún estas apariencias, estos triunfos (el querido viejo Peter, por ejemplo, pensándola tan brillante), tenían una vacuidad; a distancia de un brazo se hallaban, no en el corazón; y podía ser que estuviera envejeciendo, pero ya no la satisfacían como antes; y de pronto, al ver al primer ministro bajar las escaleras, el borde dorado del cuadro de Sir Joshua de la niña con muf hizo que Kilman acudiera de golpe; Kilman su enemiga. Eso era satisfactorio; eso era real. ¡Ah, cómo la odiaba—ardiente, hipócrita, corrupta; con todo ese poder; la seductora de Elizabeth; la mujer que se había arrastrado dentro para robar y profanar (Richard diría: ¡Qué tontería!). La odiaba: la amaba. Lo que uno quería eran enemigos, no amigos—no la señora Durrant y Clara, Sir William y Lady Bradshaw, la señorita Truelock y Eleanor Gibson (a quienes vio subir). Tendrían que encontrarla si la querían. ¡Ella estaba por la fiesta!
Allí estaba su viejo amigo Sir Harry.
—¡Querido Sir Harry! —dijo, acercándose al excelente anciano que había producido más cuadros malos que cualesquiera otros dos académicos juntos de todo St. John’s Wood (representaban siempre ganado vacuno de pie en charcas al atardecer absorbiendo humedad, o bien indicando, pues poseía un cierto repertorio de gestos, mediante la elevación de una pata delantera y el testarazo de las astas, «La llegada del desconocido»—; todas sus actividades, cenar fuera, las carreras de caballos, se basaban en ganado de pie absorbiendo humedad en charcas al atardecer).
—¿De qué se ríe? —le preguntó ella.
Pues Willie Titcomb y sir Harry y Herbert Ainsty se estaban riendo todos. Pero no. Sir Harry no podía contarle a Clarissa Dalloway (por mucho que la estimara; de su tipo la creía perfecta, y amenazaba con pintarla) sus historias de los espectáculos de variedades. Bromeaba con ella sobre su fiesta. Echaba de menos su coñac. Estos círculos, decía, le venían grandes. Pero le caía bien; la respetaba, a pesar de su maldita, difícil refinación de clase alta, que hacía imposible pedirle a Clarissa Dalloway que se sentara en su rodilla.
Y se acercó aquel fuego fatuo errante, aquella fosforescencia vagoide, la vieja señora Hilbery, tendiendo las manos hacia el fulgor de su risa (acerca del duque y la dama), la cual, al oírla al otro lado de la sala, pareció tranquilizarla respecto a una cuestión que a veces la preocupaba si se despertaba temprano por la mañana y no le apetecía llamar a su doncella para pedir una taza de té: cuán cierto es que hemos de morir.
“Ellos no nos cuentan sus historias”, dijo Clarissa.
—¡Querida Clarissa! —exclamó la señora Hilbery. Esta noche, decía, se parecía tanto a su madre la primera vez que la vio paseando por un jardín con un sombrero gris.
Y a Clarissa en verdad se le llenaron los ojos de lágrimas. ¡Su madre, paseando por un jardín! Pero ay, tenía que marcharse.
Pues ahí estaba el profesor Brierly, que daba clases sobre Milton, hablando con el pequeño Jim Hutton (que era incapaz, incluso para una fiesta como esta, de conseguir corbata y chaleco o de aplastarse el pelo), y aun a esa distancia se estaban peleando, podía ver.
Pues el profesor Brierly era un tipo muy raro. Con todos esos títulos, honores, cátedras entre él y los escribidores, sospechaba al instante de un ambiente poco favorable a su extraña mezcla; su erudición prodigiosa y su timidez; su encanto invernal sin cordialidad; su inocencia mezclada con esnobismo; temblaba si se percataba, por el pelo desaliñado de una dama, por las botas de un joven, de un inframundo, muy respetable sin duda, de rebeldes, de jóvenes fervientes; de aspirantes a genios, e insinuaba con una pequeña sacudida de cabeza, con un bufido —¡Hum!—, el valor de la moderación; de cierta formación ligera en los clásicos para poder apreciar a Milton.
El profesor Brierly (Clarissa podía verlo) no se estaba llevando bien con el pequeño Jim Hutton (que llevaba calcetines rojos, pues los negros estaban en la lavandería) a propósito de Milton. Ella interrumpió.
Ella dijo que le encantaba Bach. A Hutton también. Ese era el vínculo entre ellos, y Hutton (un poeta muy malo) siempre sintió que la señora Dalloway era, con mucho, la mejor de las grandes damas que se interesaban por el arte.
Era curioso lo estricta que era. En cuanto a la música, era puramente impersonal. Era bastante estirada. ¡Pero qué encanto tenía a la vista! Lograba que su casa fuera tan agradable a no ser por sus Profesores.
Clarissa estuvo a punto de llevárselo a rastras y sentarlo al piano en la habitación del fondo. Pues él tocaba de forma divina.
—¡Pero el ruido! —dijo ella—. ¡El ruido!
“La señal de una fiesta exitosa”.
Asintiendo con elegancia, el profesor se apartó con delicadeza.
—Él lo sabe todo en el mundo entero sobre Milton —dijo Clarissa.
—¿De veras? —dijo Hutton, que imitaba al profesor por todo Hampstead; el profesor sobre Milton; el profesor sobre la moderación; el profesor marchándose de puntillas.
Pero tenía que hablar con aquella pareja, dijo Clarissa, lord Gayton y Nancy Blow.
No que añadieran de manera perceptible al ruido de la fiesta. No hablaban (de manera perceptible) mientras permanecían de pie hombro con hombro junto a las cortinas amarillas. Pronto se marcharían a otra parte, juntos; y nunca tenían mucho que decir bajo ninguna circunstancia. Miraban; eso era todo. Eso era suficiente. Se veían tan pulcros, tan sanos, ella con un rubor de polvos y pintura color albaricoque, pero él escrupulosamente lavado y enjuagado, con ojos de pájaro, de modo que ninguna bola podía pasársele ni ninguna jugada sorprenderle. Golpeaba, saltaba, con precisión, en el sitio. Las bocas de los ponis temblaban al final de sus riendas. Tenía sus honores, monumentos ancestrales, estandartes colgando en la iglesia de su pueblo. Tenía sus deberes; sus arrendatarios; una madre y unas hermanas; había pasado todo el día en Lord’s, y de eso hablaban —de críquet, de primos, de cine— cuando la señora Dalloway se acercó. Al señor Gayton le gustaba muchísimo ella. Y a la señorita Blow también. Tenía unos modales tan encantadores.
—¡Es angélico... es encantador de tu parte haber venido! —dijo. Le encantaba Lord’s; le encantaba la juventud, y Nancy, vestida a un costo enorme por los más grandes artistas de París, estaba allí luciendo como si su cuerpo simplemente hubiera hecho brotar, por voluntad propia, un volante verde.
—Tenía la intención de que hubiera baile —dijo Clarissa.
Porque los jóvenes no sabían hablar. ¿Y para qué habrían de hacerlo?
- Gritar, abrazarse, columperse, levantarse al alba;
- llevar azúcar a los ponis;
- besar y acariciar los hocicos de adorables chows;
- y luego, con todo el cuerpo vibrando y sudoroso, zambullirse y nadar.
Pero los enormes recursos de la lengua inglesa, el poder que confiere, a fin de cuentas, de comunicar sentimientos (a su edad, ella y Peter se habrían pasado la tarde entera discutiendo), no eran para ellos.
Se endurecerían de jóvenes. Serían extraordinariamente buenos con la gente de la propiedad, pero solos, tal vez, un tanto aburridos.
—¡Qué lástima! —dijo ella—. Tenía la esperanza de que hubiera baile.
¡Fue extraordinariamente amable de su parte haber venido! ¡Pero hablar de bailar! Las habitaciones estaban abarrotadas.
Allí estaba la vieja tía Helena con su chal. Ay, tenía que dejarlos—Lord Gayton y Nancy Blow. Allí estaba la vieja señorita Parry, su tía.
Porque la señorita Helena Parry no había muerto: la señorita Parry estaba viva. Tenía más de ochenta años. Subía las escaleras lentamente con un bastón. La sentaban en una silla (Richard se había encargado de ello). A la gente que había conocido Birmania en los años setenta siempre la llevaban ante ella. ¿Adónde se había ido Peter? Solían ser muy amigos. Pues a la mención de la India, o incluso de Ceilán, sus ojos (solo uno era de vidrio) se profundizaban lentamente, se volvían azules, contemplaban, no a seres humanos —no tenía recuerdos tiernos, ni orgullosas ilusiones sobre virreyes, generales, motines—, eran orquídeas lo que veía, y puertos de montaña y a sí misma transportada a lomos de culíes en los años sesenta por cumbres solitarias; o descendiendo para arrancar orquídeas (flores sorprendentes, jamás vistas antes) que pintaba a la acuarela; una indómita inglesa, irritada si la molestaba la guerra, digamos, que había dejado caer una bomba en su misma puerta, de su profunda meditación sobre las orquídeas y su propia figura viajando en los años sesenta por la India—, pero aquí estaba Peter.
«Ven y habla con la tía Helena sobre Birmania», dijo Clarissa.
Y sin embargo, ¡no había cruzado palabra con ella en toda la noche!
“Hablaremos luego”, dijo Clarissa, conduciéndolo hacia la tía Helena, con su chal blanco y su bastón.
—Peter Walsh —dijo Clarissa.
Eso no significaba nada.
Clarissa se lo había pedido. Era agotador; era ruidoso; pero Clarissa se lo había pedido. Así que había venido. Era una pena que vivieran en Londres —Richard y Clarissa—. Tan solo por la salud de Clarissa habría sido mejor vivir en el campo. Pero a Clarissa siempre le había gustado la vida social.
—Ha estado en Birmania —dijo Clarissa.
Ah. No pudo resistir la tentación de recordar lo que Charles Darwin había dicho sobre su pequeño libro acerca de las orquídeas de Birmania.
(Clarissa debe hablar con Lady Bruton).
Sin duda ya estaría olvidado, su libro sobre las orquídeas de Birmania, pero había alcanzado tres ediciones antes de 1870, le dijo a Peter. Ella se acordaba de él ahora. Había estado en Bourton (y la había dejado, recordaba Peter Walsh, sin decir una palabra en el salón aquella noche cuando Clarissa le había pedido que fuera a remar).
“A Richard le gustó muchísimo su almuerzo”, le dijo Clarissa a lady Bruton.
—Richard fue de la mayor ayuda posible —respondió Lady Bruton—. Me ayudó a escribir una carta. ¿Y usted cómo está?
—¡Oh, perfectamente bien! —dijo Clarissa. (A Lady Bruton le disgustaba la enfermedad en las esposas de los políticos).
—¡Y ahí está Peter Walsh! —dijo lady Bruton (pues nunca se le ocurría nada que decirle a Clarissa, aunque le caía bien. Tenía muchas virtudes excelentes, pero no tenían nada en común ella y Clarissa. Habría sido mejor que Richard se hubiera casado con una mujer con menos encanto, que le hubiera ayudado más en su trabajo. Había perdido su oportunidad de entrar en el Gabinete).
—¡Ahí está Peter Walsh! —dijo, dándole la mano a aquel pecador encantador, aquel hombre tan capaz que debería haberse hecho un nombre pero no lo había hecho (siempre con problemas con las mujeres), y, por supuesto, a la vieja señorita Parry. ¡Una anciana maravillosa!
Lady Bruton se inclinaba junto a la silla de la señorita Parry, una granadera fantasmal, envuelta en negro, que invitaba a Peter Walsh a almorzar; cordial; pero sin charla trivial, sin recordar nada en absoluto de la flora o la fauna de la India. Había estado allí, por supuesto; se había hospedado con tres virreyes; pensaba que algunos de los civiles británicos en la India eran muchachos extraordinariamente magníficos; pero ¡qué tragedia era la situación de la India!
El primer ministro se lo acababa de contar (la vieja señorita Parry, acurrucada en su chal, no se preocupaba por lo que el primer ministro le acababa de contar), y a Lady Bruton le gustaría conocer la opinión de Peter Walsh, ya que él venía directamente del centro, y haría que Sir Sampson se encontrara con ella, porque de verdad le quitaba el sueño por las noches, la necedad de aquello, la maldad, podría decirse, siendo hija de un militar.
Era una vieja ahora, ya no servía para mucho. Pero su casa, sus criados, su buena amiga Milly Brush—¿se acordaba de ella?—, todos estaban allí deseando que los utilizaran si—si podían ser de ayuda, en resumen.
Pues jamás hablaba de Inglaterra, mas esta isla de hombres, esta querida, querida tierra, le corría por las venas (sin haber leído a Shakespeare), y si alguna mujer hubo capaz de ponerse el casco y disparar la flecha, de mandar tropas al ataque, de gobernar con indomable justicia a hordas bárbaras y yacer bajo un escudo, sin nariz, en una iglesia, o de formar un túmulo de hierba verde en alguna colina primigenia, esa mujer era Millicent Bruton.
Inhabilitada por su sexo y también por cierta deserción de la facultad lógica (le parecía imposible escribir una carta al Times), tenía siempre a mano la idea del Imperio, y había adquirido por su asociación con aquella diosa acorazada su porte de baqueta, su robustez de actitud, de modo que uno no podía imaginarla ni siquiera en la muerte separada de la tierra ni vagando por territorios sobre los cuales, en alguna forma espiritual, la bandera británica hubiera dejado de ondear.
Ser extranjero incluso entre los muertos —¡no, no! ¡Imposible!
¿Pero era Lady Bruton (a quien solía conocer)? ¿Era Peter Walsh con las sienes grises? Se preguntó Lady Rosseter (que había sido Sally Seton). Desde luego, era la anciana señorita Parry... la vieja tía que solía estar tan enfadada cuando se quedaba en Bourton. ¡Jamás olvidaría haber corrido por el pasillo desnuda, y que la mandaran llamar de parte de la señorita Parry! ¡Y Clarissa! ¡oh, Clarissa! Sally la cogió del brazo.
Clarissa se detuvo junto a ellos.
—Pero no puedo quedarme —dijo ella—. Vendré más tarde. Esperen —dijo, mirando a Peter y a Sally. Tenían que esperar, quería decir, hasta que toda esta gente se hubiera ido.
«Volveré», dijo, mirando a sus viejos amigos, Sally y Peter, que se estrechaban las manos, y Sally, recordando el pasado sin duda, se reía.
Pero su voz había perdido su antigua y arrebatadora riqueza; sus ojos no brillaban como antes, cuando fumaba puros, cuando corría por el pasillo a por su bolsa de aseo, sin una sola prenda de ropa encima, y Ellen Atkins preguntaba: ¿Y si se la hubieran encontrado los caballeros? Pero todo el mundo la perdonaba. Robó un pollo de la despensa porque tenía hambre por la noche; fumaba puros en su dormitorio; se dejó un libro de valor incalculable en la barca. Pero todo el mundo la adoraba (excepto tal vez papá). Era su calidez; su vitalidad—pintaba, escribía. Las ancianas del pueblo hasta el día de hoy no olvidaban preguntar por «su amiga de la capa roja que parecía tan alegre». Acusó a Hugh Whitbread, nada menos (y ahí estaba, su viejo amigo Hugh, hablando con el embajador de Portugal), de besarla en el salón de fumadores para castigarla por decir que las mujeres debían tener derecho al voto. Los hombres vulgares lo hacían, decía. Y Clarissa recordaba haber tenido que persuadirla para que no lo denuncie en las plegarias familiares—cosa que era capaz de hacer con su osadía, su temeridad, su amor melodramático por ser el centro de todo y armar escándalos, y estaba destinado, solía pensar Clarissa, a terminar en alguna tragedia espantosa; su muerte; su martirio; en lugar de lo cual se había casado, de manera totalmente inesperada, con un calvo con una gran flor en el ojal que poseía, según decían, hilaturas de algodón en Mánchester. ¡Y tenía cinco chicos!
Ella y Peter se habían instalado juntos. Estaban hablando: les parecía de lo más natural, eso de estar hablando. Hablaban del pasado. Con los dos (incluso más que con Richard) compartía su pasado; el jardín; los árboles; el viejo Joseph Breitkopf cantando a Brahms sin voz; el papel pintado de la salita; el olor de las esteras. Una parte de esto tenía que ser siempre de Sally; tenía que ser siempre de Peter. Pero ella tenía que dejarlos. Ahí estaban los Bradshaw, a quienes no soportaba.
Tiene que acercarse a Lady Bradshaw (de gris y plateado, equilibrándose como un león marino al borde de su estanque, ladrando en busca de invitaciones, duquesas, la típica esposa de un hombre exitoso), tiene que acercarse a Lady Bradshaw y decirle…
Pero Lady Bradshaw se le adelantó.
—Llegamos espantosamente tarde, querida señora Dalloway; apenas nos atrevimos a entrar —dijo ella.
Y sir William, que tenía un aspecto muy distinguido, con el pelo gris y los ojos azules, dijo que sí; no habían podido resistir la tentación. Le hablaba a Richard de aquel proyecto de ley probablemente, que querían sacar adelante en los Comunes. ¿Por qué el verlo hablar con Richard la encogía por dentro? Tenía el aspecto de lo que era, un gran médico. Un hombre absolutamente a la cabeza de su profesión, muy poderoso, bastante ajado. Porque piénsese en qué casos llegaban hasta él: gente en lo más hondo de la miseria; personas al borde de la demolición mental; maridos y mujeres. Tenía que decidir cuestiones de una dificultad espantosa. Y sin embargo—lo que ella sentía era que a una no le gustaría que sir William la viera infeliz. No; a ese hombre no.
—¿Qué tal está su hijo en Eton? —le preguntó a Lady Bradshaw.
Acababa de perder el de las once, dijo lady Bradshaw, por culpa de las paperas. Su padre lo sentía aún más que él, pensaba ella,
«siendo —dijo— un gran muchacho él mismo».
Clarissa miró a Sir William, que hablaba con Richard. No parecía un muchacho; en lo más mínimo parecía un muchacho.
Una vez había ido con alguien a pedirle consejo. Él había tenido toda la razón; había sido sumamente sensato. ¡Pero, Dios mío, qué alivio volver a salir a la calle! Había algún pobre infeliz sollozando, recordaba, en la sala de espera. Pero ella no sabía qué era lo que le pasaba a sir William; qué era exactamente lo que le desagradaba. Solo Richard coincidía con ella: «no le gustaba su estilo, no le gustaba su olor». Pero era extraordinariamente capaz. Estaban hablando de este proyecto de ley. Algún caso, mencionaba sir William, bajando la voz. Tenía relación con lo que decía sobre los efectos retardados del shell shock. Tenía que haber alguna disposición al respecto en el proyecto de ley.
Bajando la voz, acogiendo a la señora Dalloway en el refugio de una feminidad compartida, un orgullo común por las ilustres cualidades de los maridos y su triste tendencia a trabajar demasiado, Lady Bradshaw (pobre gansa; no le caía mal a nadie) le susurró que, «justo cuando íbamos a salir, llamaron por teléfono a mi marido, un caso muy triste. Un joven (eso es lo que Sir William le está contando al señor Dalloway) se había suicidado. Había estado en el ejército».
¡Vaya!, pensó Clarissa, en plena fiesta, aquí llega la muerte, pensó.
Siguió adelante, hacia la pequeña habitación a la que el primer ministro había entrado con Lady Bruton. Tal vez hubiera alguien allí. Pero no había nadie.
Las sillas aún conservaban la huella del primer ministro y Lady Bruton, ella vuelta con deferencia, él sentado con firmeza, con autoridad. Habían estado hablando de la India.
No había nadie. El esplendor de la fiesta cayó al suelo, tan extraña sensación era entrar sola con sus galas.
¿Qué negocio tenían los Bradshaw con hablar de la muerte en su fiesta?
Un joven se había matado. Y hablaban de ello en su fiesta—los Bradshaw hablaban de la muerte.
Se había matado—¿pero cómo? Siempre su cuerpo lo revivía, cuando le contaban, por primera vez, de repente, de un accidente; su vestido ardía, su cuerpo se quemaba. Se había lanzado por una ventana. Había saltado el suelo hacia arriba; a través de él, tropezando, magullándose, se clavaban las herrumbradas estacas. Allí yacía con un sordo, sordo, sordo golpeteo en el cerebro, y luego una asfixia de negrura.
Así lo veía ella. ¿Pero por qué lo había hecho? ¡Y los Bradshaw hablaban de ello en su fiesta!
Ella había arrojado una vez un chelín al Serpentine, nunca nada más. Pero él lo había desperdiciado.
Seguían viviendo (ella tendría que volver; las habitaciones seguían llenas de gente; no paraban de llegar). Ellos (durante todo el día había estado pensando en Bourton, en Peter, en Sally), ellos envejecerían.
Había algo que importaba; algo envuelto en cháchara, afeado, oscurecido en su propia vida, dejado caer cada día en la corrupción, las mentiras, la cháchara. Esto lo había conservado él.
La muerte era un desafío. La muerte era un intento de comunicarse; la gente sintiendo la imposibilidad de alcanzar el centro que, místicamente, los eludía; la cercanía se apartaba; el éxtasis se desvanecía; uno estaba solo. Había un abrazo en la muerte.
Pero este joven que se había suicidado, ¿se había precipitado aferrando su tesoro? «Si hubiera de morir ahora, sería ahora cuando fuese más feliz», se había dicho a sí misma una vez, bajando vestida de blanco.
O estaban los poetas y los pensadores. Supóngase que él hubiera tenido esa pasión, y hubiera acudido a Sir William Bradshaw, un gran médico, aunque para ella oscuramente perverso, sin sexo ni lujuria, sumamente educado con las mujeres, pero capaz de un ultraje indescriptible —violar tu alma, eso era—, si este joven hubiera acudido a él, y Sir William le hubiera impresionado, así, con su poder, ¿no podría haber dicho entonces (de hecho ella lo sentía ahora): La vida se vuelve intolerable; hacen que la vida sea intolerable, hombres como ese?
Luego (lo había sentido apenas esta mañana) estaba el terror; la incapacidad abrumadora, los padres entregándole a una en las manos esta vida, para ser vivida hasta el final, para ser recorrida con serenidad; había en lo más hondo de su corazón un miedo terrible. Aún ahora, con bastante frecuencia, si Richard no hubiera estado allí leyendo el Times, de modo que ella pudiera acurrucarse como un pájaro y revivir poco a poco, haciendo rugir ese deleite immeasurable, frotando palo contra palo, una cosa con otra, habría perecido. Se habíia salvado. Pero aquel joven se había suicidado.
De algún modo era su desastre, su desgracia. Era su castigo ver hundirse y desaparecer aquí a un hombre, allá a una mujer, en esta profunda oscuridad, y ella obligada a quedarse allí de vestido de noche. Había intrigado; había robado. Nunca fue totalmente admirable. Había querido el éxito, a Lady Bexborough y todo lo demás. Y una vez había paseado por la terraza en Bourton.
Extraño, increíble; nunca había sido tan feliz. Nada podía ser lo suficientemente lento; nada durar demasiado. Ningún placer podía igualar —pensó, enderezando las sillas, empujando un libro en el estante— a esto de haber terminado con los triunfos de la juventud, perderse en el proceso de vivir para encontrarlo, con una sacudida de deleite, mientras el sol se alzaba, mientras el día se hundía.
Muchas veces había ido, en Bourton cuando todos hablaban, a mirar el cielo; o lo había visto entre los hombros de la gente en la cena; lo había visto en Londres cuando no podía dormir.
Se acercó a la ventana.
Contenía, por absurda que fuera la idea, algo de ella misma, este cielo del campo, este cielo sobre Westminster.
Apartó las cortinas; miró. ¡Vaya, pero qué sorpresa!, ¡en la habitación de enfrente la anciana la miraba fijamente! Se iba a acostar.
Y el cielo. Sería un cielo solemne, había pensado, sería un cielo oscurecido, apartando la mejilla con hermosura. Pero allí estaba: de un pálido ceniciento, recorrido a prisa por nubes vastas y afiladas. Era nuevo para ella. Debía haberse levantado viento.
Se iba a acostar, en la habitación de en frente. Era fascinante observarla, moviéndose de un lado a otro, aquella anciana, cruzando la estancia, acercándose a la ventana.
¿Podía verla ella?
Era fascinante, mientras la gente aún reía y gritaba en el salón, observar a aquella anciana, con total tranquilidad, preparándose para acostarse. Ahora bajó la persiana.
El reloj empezó a dar las horas. El joven se había suicidado; pero ella no le compadecía; con el reloj dando las horas, una, dos, tres, no le compadecía, con todo esto sucediendo.
¡Ahí está! ¡La anciana había apagado su luz! toda la casa estaba a oscuras ahora con esto sucediendo, repitió, y le vinieron a la cabeza las palabras: No temas más al calor del sol.
Ella tenía que volver con ellos. ¡Pero qué noche tan extraordinaria! Se sentía de algún modo muy parecida a él—el joven que se había suicidado. Se sentía satisfecha de que lo hubiera hecho; de haberlo tirado todo por la borda mientras ellos seguían viviendo. El reloj estaba dando las horas. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire.
Pero tenía que volver. Tenía que reunirse. Tenía que encontrar a Sally y a Peter. Y entró desde el cuartito.
“Pero ¿dónde está Clarissa?”, dijo Peter. Estaba sentado en el sofá con Sally. (Después de todos estos años, de verdad no podía llamarla «Lady Rosseter»).
«¿A dónde se ha ido esta mujer?», preguntó. «¿Dónde está Clarissa?».
Sally suponía, y Peter también a decir verdad, que había personas importantes, políticos, a los que ninguno de los dos conocía salvo de vista en las revistas ilustradas, con los que Clarissa tenía que portarse bien, con los que tenía que hablar. Ella estaba con ellos. Sin embargo, ahí estaba Richard Dalloway, que no estaba en el Gabinete. ¿No había tenido éxito, suponía Sally? Por su parte, ella casi nunca leía los periódicos. A veces veía su nombre mencionado. Pero entonces... bueno, ella llevaba una vida muy solitaria, en los páramos, como diría Clarissa, entre grandes mercaderes, grandes fabricantes, hombres que, al fin y al cabo, hacían cosas. ¡Ella también había hecho cosas!
“¡Tengo cinco hijos!”, le dijo él.
¡Señor, Señor, qué cambio se había operado en ella! La blandura de la maternidad; su egoísmo también. La última vez que se habían visto, recordaba Peter, había sido entre las coles a la luz de la luna, las hojas «como bronce áspero», había dicho ella, con su vena literaria; y ella había arrancado una rosa.
Lo había traído de aquí para allá toda esa noche espantosa, tras la escena junto a la fuente; él tenía que tomar el tren de la medianoche. ¡Cielos, había llorado!
Ese era su viejo truco, abrir una navaja, pensó Sally, siempre abriendo y cerrando una navaja cuando se ponía nervioso.
Habían sido muy, muy íntimos, ella y Peter Walsh, cuando él estaba enamorado de Clarissa, y había tenido lugar aquella escena terrible y ridícula por causa de Richard Dalloway durante el almuerzo.
Ella había llamado a Richard «Wickham». ¿Por qué no llamar a Richard «Wickham»? ¡Clarissa se había encorajinado! y la verdad es que no se habían vuelto a ver desde entonces, ella y Clarissa, ni media docena de veces tal vez en los últimos diez años.
Y Peter Walsh se había marchado a la India, y le habían llegado noticias vagas de que se había casado infelizmente, y no sabía si tenía hijos, y no podía preguntárselo, porque él había cambiado.
Tenía un aspecto bastante marchito, pero más bondadoso, sentía ella, y le tenía un afecto verdadero, pues estaba vinculado a su juventud, y todavía conservaba un pequeño ejemplar de Emily Brontë que él le había regalado, ¿y no iba a escribir, acaso?
Por entonces él iba a escribir.
—¿Has escrito? —le preguntó, extendiendo la mano, su mano firme y bien formada, sobre la rodilla de un modo que él recordaba.
—¡Ni una palabra! —dijo Peter Walsh, y ella se echó a reír.
Todavía era atractiva, todavía era un personaje, Sally Seton. Pero ¿quién era ese Rosseter? Había llevado dos camelias el día de su boda; era lo único que Peter sabía de él. «Tienen miríadas de sirvientes, millas de invernaderos», había escrito Clarissa; algo así. Sally lo reconoció con una carcajada.
“Sí, tengo diez mil al año” —si era antes de pagar los impuestos o después, no lo recordaba, pues su marido, “a quien debes conocer”, decía, “a quien te gustaría”, decía, se encargaba de todo eso por ella.
Y Sally solía ir hecha unos trapos. Había empeñado el anillo de su bisabuelo —que le había regalado María Antonieta—, ¿lo recordaba bien?, para venir a Bourton.
Oh sí, Sally se acordaba; todavía lo tenía, un anillo de rubíes que María Antonieta le había regalado a su bisabuelo. Por entonces nunca tenía un céntimo en el bolsillo, y ir a Bourton siempre significaba algún apuro espantoso. Pero ir a Bourton había significado tanto para ella —la había mantenido en su sano juicio, creía, de lo infeliz que había sido en su casa. Pero todo aquello era cosa del pasado —todo había terminado ya, decía. Y el señor Parry había muerto; y la señorita Parry seguía viva. ¡Jamás había tenido un susto igual en su vida!, decía Peter. Había estado completamente seguro de que ella había muerto. ¿Y el matrimonio había sido, suponía Sally, un éxito? Y aquella joven tan hermosa, tan segura de sí misma, era Elizabeth, allí al lado de las cortinas, de rosa.
(Era como un álamo, era como un río, era como un jacinto, pensaba Willie Titcomb. ¡Oh, qué mucho mejor era estar en el campo y hacer lo que le gustaba! Podía oír a su pobre perro aullar, Elizabeth estaba segura.)
No se parecía en nada a Clarissa, dijo Peter Walsh.
—¡Oh, Clarissa! —dijo Sally.
Lo que Sally sentía era simplemente esto. Le debía a Clarissa una cantidad enorme. Habían sido amigas, no conocidas, amigas, y todavía veía a Clarissa toda de blanco deambulando por la casa con las manos llenas de flores; hasta el día de hoy las plantas de tabaco le hacían pensar en Bourton. Pero —¿lo entendía Peter?—, le faltaba algo. ¿Le faltaba qué? Tenía encanto; tenía un encanto extraordinario. Pero para ser franca (y sentía que Peter era un viejo amigo, un amigo de verdad —¿importaba la ausencia? ¿importaba la distancia? A menudo había querido escribirle, pero rompía las cartas, aunque sentía que él comprendía, porque la gente comprende sin necesidad de decir las cosas, como uno se da cuenta al envejecer, y vieja era, había estado esa tarde a ver a sus hijos a Eton, donde tenían las paperas), para ser bien franca, entonces, ¿cómo había podido hacerlo Clarissa? ¿casarse con Richard Dalloway? ¿un deportista, un hombre al que solo le importaban los perros? Literalmente, cuando entraba en la habitación olía a caballerizas. ¿Y luego todo esto? Agitó la mano.
Era Hugh Whitbread, que paseaba con su chaleco blanco, apagado, gordo, ciego, ajeno a todo lo que parecía, salvo a la satisfacción personal y al bienestar.
“Él no va a reconocernos”, dijo Sally, y en verdad no le faltaba valor —¡así que ese era Hugh! ¡el admirable Hugh!
—¿Y qué hace él? —le preguntó a Peter.
Le lustró las botas al Rey o contó botellas en Windsor, le contó ella a Peter.
¡Peter se guardó la lengua afilada! Pero Sally debía ser franca, dijo Peter. Aquel beso ahora, el de Hugh.
En los labios, le aseguró, en el fumadero una tarde.
Fue directa hacia Clarissa hecha una furia. ¡Hugh no hacía esas cosas!
Clarissa dijo, ¡el admirable Hugh! Los calcetines de Hugh eran, sin excepción, los más hermosos que jamás había visto, y ahora su traje de noche. ¡Perfecto!
¿Y tenía hijos?
“Todo el mundo en la sala tiene seis hijos en Eton”, le dijo Peter, excepto él. Él, gracias a Dios, no tenía ninguno. Ni hijos, ni hijas, ni esposa.
Bueno, a él no parecía importarle, dijo Sally. Él parecía más joven, pensó, que cualquiera de ellos.
Pero había sido una tontería en muchos aspectos, decía Peter, casarse así; «era una completa tonta», decía, pero, decía, «nos lo pasamos de maravilla», pero ¿cómo podía ser eso?, se preguntaba Sally; ¿qué quería decir?; y qué extraño era conocerle y sin embargo no saber ni una sola cosa de lo que le había pasado. ¿Y lo diría por orgullo?
Es muy probable, pues al fin y al cabo debía de resultarle mortificante (aunque fuera un bicho raro, una especie duendecillo, para nada un hombre corriente), debía de ser solitario a su edad no tener hogar, ningún sitio adonde ir. Pero tendría que quedarse con ellos semanas y semanas. Claro que sí; le encantaría quedarse con ellos, y así fue como salió a la luz.
En todos estos años los Dalloway no habían ido ni una sola vez. Una y otra vez los habían invitado. Clarissa (pues era Clarissa, por supuesto) no quiso ir. Porque, decía Sally, Clarissa era una snob en el fondo —había que reconocerlo, una snob. Y era eso lo que se interponía entre ellas, estaba convencida. Clarissa pensaba que se había casado por debajo de su clase, siendo su marido —y ella estaba orgullosa de ello— hijo de un minero. Cada centavo que tenían lo había ganado él. De pequeño (su voz temblaba) había cargado con grandes sacos.
(Y así seguiría, sentía Peter, hora tras hora; el hijo del minero; la gente creía que se había casado por debajo de su clase; sus cinco hijos; y cuál era la otra cosa—plantas, hortensias, lindas, unos lirios de hibisco rarísimos que jamás crecen al norte del canal de Suez, pero ella, con un solo jardinero en un suburbio cerca de Mánchester, tenía bancales de ellos, ¡positivamente bancales! De todo eso se había librado Clarissa, tan poco maternal como era.)
¿Que era una snob? Sí, en muchos aspectos.
¿Dónde estaba ella, todo este tiempo? Se estaba haciendo tarde.
—Sin embargo —dijo Sally—, cuando me enteré de que Clarissa iba a dar una fiesta, sentí que no podía no venir, tenía que verla otra vez (y me estoy quedando en Victoria Street, prácticamente al lado). Así que vine sin invitación. Pero —susurró—, dime, anda. ¿Quién es este?
Era la señora Hilbery, que buscaba la puerta. ¡Qué tarde se estaba haciendo! Y, murmuraba, a medida que la noche avanzaba, a medida que la gente se iba, uno encontraba viejos amigos; rincones y recovecos tranquilos; y las vistas más encantadoras. ¿Sabían, preguntaba, que estaban rodeados por un jardín encantado? Luces y árboles y maravillosos lagos resplandecientes y el cielo. ¡Unas cuantas lamparitas de hadas, había dicho Clarissa Dalloway, en el jardín trasero! ¡Pero ella era una maga! Era un parque.
… Y no sabía sus nombres, pero sabía que eran amigos, amigos sin nombres, canciones sin palabras, siempre las mejores. Pero había tantas puertas, lugares tan inesperados, que no encontraba el camino.
—La vieja señora Hilbery —dijo Peter—; ¿pero quién era esa? ¿Esa señora junto a la cortina toda la noche, sin hablar?
Conocía su cara; la relacionaba con Bourton. ¿No solía acaso cortar ropa interior en la gran mesa de la ventana? Davidson, ¿era ese su nombre?
“Oh, esa es Ellie Henderson”, dijo Sally.
Clarissa era en verdad muy dura con ella. Era una prima, muy pobre. Clarissa era dura con la gente.
—Más bien lo era —dijo Peter. Sin embargo —dijo Sally, a su manera efusiva, con un torrente de aquel entusiasmo por el que a Peter solía encantarle, aunque ahora le temiera un poco, dada la efusión que podía alcanzar—, ¡qué generosa era Clarissa con sus amigos! ¡Y qué cualidad tan rara resultaba ser, y cómo a veces por la noche o el día de Navidad, al contar sus bendiciones, anteponía esa amistad! Eran jóvenes; eso era todo. Clarissa tenía el corazón puro; eso era todo. Peter la creería sensata. Y así era. Pues había llegado a sentir que era lo único que valía la pena decir: lo que uno sentía. La inteligencia era una tontería. Había que decir simplemente lo que uno sentía.
—Pero no sé —dijo Peter Walsh— lo que siento.
Pobre Peter, pensó Sally. ¿Por qué no vendría Clarissa a hablar con ellos? Eso era lo que él tanto deseaba. Ella lo sabía. Todo el tiempo él solo pensaba en Clarissa, y jugaba inquieto con su navaja.
No había encontrado la vida sencilla, dijo Peter. Sus relaciones con Clarissa no habían sido sencillas. Le había arruinado la vida, dijo.
(Habían sido muy íntimos—él y Sally Seton, era absurdo no decirlo.)
Uno no podía estar enamorado dos veces, dijo. ¿Y qué podía decir ella? Aun así, es mejor haber amado (pero él la creería sentimental—solía ser muy agudo). Tenía que ir a quedarse con ellos en Mánchester.
Eso es muy cierto, dijo. Todo muy cierto. Le encantaría ir a quedarse con ellos, en cuanto hubiera hecho lo que tenía que hacer en Londres.
Y Clarissa se había preocupado por él más de lo que jamás se había preocupado por Richard. De eso Sally estaba segura.
—¡No, no, no! —dijo Peter (Sally no debería haber dicho eso; había ido demasiado lejos). Aquel buen muchacho; allí estaba al fondo de la sala, discutiendo animadamente, el mismo de siempre, el querido viejo Richard. ¿Con quién estaba hablando?, preguntó Sally, ¿aquel hombre de aspecto tan distinguido? Viviendo en plena naturaleza como vivía, tenía una curiosidad insaciable por saber quién era la gente. Pero Peter no lo sabía. No le gustaba su pinta, dijo; probablemente era un ministro del gabinete. De todos ellos, Richard le parecía el mejor, dijo; el más desinteresado.
“¿Pero qué ha hecho él?”, preguntó Sally. Trabajo público, suponía. ¿Y eran felices juntos?, preguntó Sally (ella misma era extremadamente feliz); porque, admitía, no sabía nada de ellos, solo sacaba conclusiones precipitadas, como suele hacerse, pues ¿qué se puede saber ni siquiera de la gente con la que uno vive todos los días?, preguntó.
¿No somos todos prisioneros? Había leído una obra de teatro maravillosa sobre un hombre que rascaba en la pared de su celda, y había sentido que eso era verdad acerca de la vida: uno rasca en la pared. Desesperanzada ante las relaciones humanas (la gente era tan difícil), a menudo iba a su jardín y obtenía de sus flores una paz que los hombres y las mujeres nunca le daban.
Pero no; a él no le gustaban las coles; prefería a los seres humanos, dijo Peter. En efecto, los jóvenes son hermosos, dijo Sally, mientras miraba a Elizabeth cruzar la habitación. ¡Qué distinta de Clarissa a su edad! ¿Podría sacar algo en claro de ella? No abriría los labios. No mucho, todavía no, admitió Peter. Era como un lirio, dijo Sally, un lirio al borde de un estanque.
Pero Peter no estaba de acuerdo en que no sepamos nada. Lo sabemos todo, dijo; al menos él, sí.
Pero estos dos, susurró Sally, estos dos que venían ahora (y de verdad tenía que irse si Clarissa no llegaba pronto), este hombre de aspecto distinguido y su mujer de apariencia bastante vulgar que habían estado hablando con Richard—¿qué se podía saber de gente así?
“Que son unos malditos farsantes”, dijo Peter, mirándolos con desdén.
Hizo reír a Sally.
Pero Sir William Bradshaw se detuvo en la puerta para mirar un cuadro. Buscó en la esquina el nombre del grabador. Su mujer también miró. Sir William Bradshaw se interesaba tanto por el arte.
Cuando uno era joven —dijo Peter—, estaba demasiado excitado para conocer a la gente. Ahora que uno era viejo, cincuenta y dos para ser exactos (Sally tenía cincuenta y cinco, de cuerpo, decía, pero su corazón era como el de una muchacha de veinte); ahora que uno era maduro entonces —dijo Peter—, uno podía observar, uno podía comprender, y uno no perdía el poder de sentir —dijo. No, eso es verdad —dijo Sally. Ella sentía con más profundidad, más apasionadamente, cada año. Aumentaba —dijo él—, ay, tal vez, pero uno debía alegrarse de ello; seguía aumentando según su experiencia. Había alguien en la India. Le gustaría hablarle a Sally de ella. Le gustaría que Sally la conociera. Estaba casada —dijo. Tenía dos hijos pequeños. Todos debían ir a Mánchester —dijo Sally—, él tenía que prometérselo antes de marcharse.
—Ahí va Elizabeth —dijo él—, ella no siente ni la mitad de lo que sentimos nosotros, aún no.
—Pero —dijo Sally, viendo a Elizabeth dirigirse hacia su padre—, se nota que se adoran el uno al otro.
Ella podía percibirlo por la forma en que Elizabeth se acercó a su padre.
Porque su padre la había estado mirando, mientras hablaba con los Bradshaw, y había pensado para sus días: ¿quién es esa muchacha tan encantadora? Y de repente se dio cuenta de que era su Elizabeth, ¡y no la había reconocido, tan bonita se veía con su vestido rosa!
Elizabeth había sentido que la miraba mientras hablaba con Willie Titcomb. Así que fue hacia él y se quedaron juntos, ahora que la fiesta casi había terminado, mirando a la gente que se iba y las habitaciones cada vez más vacías, con cosas esparcidas por el suelo.
Hasta Ellie Henderson se iba, casi la última de todas, aunque nadie le había dirigido la palabra, pero ella había querido verlo todo, para contárselo a Edith. Y Richard y Elizabeth se alegraban bastante de que hubiera terminado, pero Richard estaba orgulloso de su hija. Y no tenía la intención de decírselo, pero no pudo evitar contárselo.
La habíamulado —él le dijo— y se había preguntado: ¿quién es esa muchacha tan encantadora?, ¡y era su hija! Eso sí que la hizo feliz. Pero su pobre perro estaba aullando.
“Richard ha mejorado. Tienes razón”, dijo Sally. “Iré a hablar con él. Le daré las buenas noches. ¿Qué importa el cerebro —dijo Lady Rosseter, poniéndose en pie—, comparado con el corazón?”.
—Iré —dijo Peter, pero se quedó sentado un momento más.
¿Qué es este terror? ¿Qué es este éxtasis? —pensó para sus adentros—. ¿Qué es lo que me llena de una emoción tan extraordinaria?
Es Clarissa, dijo.
Porque allí estaba ella.