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I

Tan pronto se abrió el horno, el pescado despedía un olor excelente.

A la sombra, junto a la casa de Rahéro, se sentaron a comer,

Y despejaron las hojas, en silencio, o lanzaron una broma y rieron

Y levantando los boles de coco, enterraron sus rostros y bebieron.

Pero comieron principalmente en silencio; y tan pronto acabó la comida,

Rahéro fingió recordar y midió la hora por el sol

Y «Támatéa», dijo, «es hora de ponerse en marcha, muchacho».

Así Támatéa se levantó, haciendo siempre lo que le mandaban, y con descuido echó el cesto al hombro, y amablemente saludó a su huésped; y de nuevo el rumbo de su marcha bordeaba la costa bramadora.

Mucho anduvo; y al fin divisó un verde apacible, y los troncos y sombras de las palmeras, y techos de bohíos entre ellas. Allí estaba sentado, en la puerta de su palacio, el rey en un asiento regio, y los aitos se erguían armados en torno, y los yottowas se sentaban a sus pies.

Pero el miedo era un gusano en su corazón; el miedo avivaba sus ojos; y examinaba los rostros de los hombres en busca de traiciones y sopesaba sus discursos en busca de mentiras. A él llegó Támatéa, con el cesto colgado de la mano, y le rindió la debida pleitesía de pie, como se paran los vasallos.

En silencio escuchó el rey, y cerró los ojos en su rostro, albergando pensamientos odiosos y los infundados temores de los viles; en silencio aceptó el regalo y despidió al dador. Así Támatéa se marchó, dándole la espalda al día.

¡Y he aquí que, mientras el rey meditaba, un rumor surgió en la muchedumbre; los yottowas se codearon y susurraron, el común de la

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