La historia de los precios es uno de los temas más interesantes que pueden ocupar la investigación. Así como se ha llamado a la lengua poesía fósil, de la cual pueden extraerse los mecanismos primitivos de la mente del hombre, la historia de su progreso en el bienestar material se halla envuelta en la historia de los precios que en diversos periodos se han podido obtener por las mercancías, ya sean de primera necesidad, de utilidad general o simplemente ornamentales.
Los precios de los libros, investigados y registrados con tanta competencia por el Sr. Wheatley en las páginas siguientes, constituyen un pequeño pero significativo sector de un gran tema. Si no tuviéramos constancia del precio de ningún otro artículo de comercio, aun así percibiríamos en ellos un índice del avance del mundo en riqueza, gusto e inteligencia general.
Aun teniendo en cuenta la caída en el valor del dinero, seguiría siendo evidente que hoy en día se pueden permitir precios por los libros que en una época anterior habrían estado fuera de toda duda; y no lo es menos que, mientras algunas clases de libros han aumentado en valor con el nivel realzado de riqueza, otras se han adaptado a las necesidades de los pobres.
Debemos rastrear el efecto de las mejoras mecánicas en la disminución de los precios de las cosas, y el de la moda y la curiosidad en su aumento. Deberíamos ver la enorme influencia de la escasez al forzar el valor de los productos, mientras aprendemos al mismo tiempo que esta no era el único agente, sino que el mérito intrínseco normalmente debe cooperar con ella en cierta medida, y que los precios deben guardar cierta relación con la razón inherente de las cosas.
Debió de ser, por ejemplo, totalmente imprevisto por los primeros impresores que los libros que anunciaban con tanta exaltación como más baratos que los manuscritos a los que sustituían se volvieran con el tiempo más caros, pero podemos discernir que esta metamorfosis del valor relativo fue racional e inevitable.
Finalmente, las fluctuaciones de los precios ofrecerían una clave sobre la condición intelectual de la época.
Observando, por ejemplo, el gran declive que, por regla general, ha tenido lugar en el valor de las primeras ediciones de los clásicos, concluiríamos que o bien los escritores clásicos eran menos estimados en general que antes, o bien se había hecho tal progreso en su estudio que las ediciones antiguas se habían vuelto inadecuadas; y ambas conclusiones estarían bien fundamentadas.
Los libros ocupan una posición intermedia entre los productos corrientes y las obras de arte.
Como estas últimas, son en teoría el fruto de un talento excepcional. El más humilde de los escritores se considera en cierta medida superior a sus lectores por el tiempo que dure la lectura; no tendría excusa para dirigirse a ellos si no supusiera que es capaz de transmitirles algún placer que no habrían podido alcanzar sin su ayuda, o de informarles de algo, por insignificante que sea, que de no ser por él habría permanecido desconocido.
Pero mientras que en las artes el precio suele ser proporcional al mérito intelectual real o supuesto de la producción, en los libros casi puede decirse que rige la regla inversa. El buen cuadro o la estatua no pueden reproducirse como obra original; se pueden hacer copias hasta el infinito, pero ninguna cantidad de copias menoscaba el valor del original único.
Asimismo, una obra de este tipo, sea absolutamente perfecta o no, una vez terminada queda completa para siempre y no admite más mejoras. Pero el libro permite una multiplicación indefinida, y la medida en que esto ocurre suele ser proporcional a su valor intelectual. Son los más grandes autores, los Homeros, los Shakespeares, los que por lo general resultan más fáciles y baratos de adquirir.
Parece, por lo tanto, que, aunque los grandes libros indudablemente exigen mayor poder intelectual para su producción que las grandes obras de arte, su misma superioridad tiende a depreciarlos en comparación al fomentar su difusión.
No podría haber un ejemplo más claro del poder de la escasez para determinar el precio; y, de hecho, la rareza de un libro es el elemento más importante en su valor comercial. Sin embargo, el mérito intrínseco desempeña su papel, aunque secundario. Hay algunos casos en los que fracasa rotundamente.
El valor comercial de las producciones de los prototipógrafos holandeses, por ejemplo, probablemente no aumentaría en lo más mínimo si pudieran transformarse de fragmentos de aburridos libros de texto en hojas de sabios y poetas.
Las bulas papales relativas a los turcos en Chipre, que tienen el honor de ser los primeros documentos salidos íntegros de una imprenta europea, difícilmente ganarían en valor comercial si fueran breves que anunciaran la fundación de la Biblioteca Vaticana o anuncios oficiales de la caída de Constantinopla.
Por otra parte, la primera edición de Virgilio, uno de los libros más raros, sería sin duda menos valorada si, siendo igualmente rara, fuera la editio princeps de un autor latino de inferior reputación.
Por lo general, se comprobará que la celebridad de un autor es un factor considerable para determinar el valor de un libro; pero, si bien la rareza sin celebridad logrará mucho, la celebridad sin rareza, o alguna otra circunstancia adventicia carente de relación con el valor intelectual del libro, logrará muy poco.
Muchas otras circunstancias además de la escasez contribuirán a hacer que un libro sea muy apreciado y, por consiguiente, costoso. Algunas de estas resultan obvias de inmediato, como el papel de calidad, la buena impresión, una bella encuadernación o el autógrafo de un hombre célebre. Un libro será valorado porque ha sido objeto de una condena judicial, o porque es un ejemplar que contiene una lámina por lo general ausente o mutilada, o tal vez solo porque presenta una errata corregida en otros ejemplares. El reciente descubrimiento por parte del señor Sidney Lee de una peculiaridad única en el infolio de Shakespeare de la baronesa Burdett-Coutts probablemente haya duplicado el valor del libro.
A veces esas causas son muy singulares. El rey Carlos Primero dejó caer un folleto en el fango; la mancha permanece hasta el día de hoy y centuplica el valor de un impreso que solo se habría devaluado si se le hubiera caído de los dedos a un lord de cámara.
Tal hecho introduce el elemento del sentimiento, un factor poderoso y de influencia de largo alcance; pues el cuáquero o masón que colecciona literatura de interés para su sociedad, o el patriota local que adquiere los libros impresos en su ciudad natal, incita a otros a coleccionarlos también y eleva el valor de todo el conjunto.
Junto con la escasez y la gran belleza, nada, quizás, le confiere tanta estabilidad al valor de un libro como estar dirigido a un círculo pequeño pero bien definido de lectores.
Los libros sobre ajedrez y pesca con caña son ejemplos familiares. No son tan numerosos como para desalentar a un coleccionista, y cada uno difiere de los demás en algún rasgo suficiente para hacerlo indispensable para un coleccionista ambicioso de completitud.
Cierta descripción de libros despertaría un vivo interés si pudieran identificarse con certeza: aquellos que no son valiosos ahora, pero que están a punto de serlo.
Probablemente pueda considerarse que casi cualquier libro que logre existir durante quinientos años verá su valor aumentado al final de este periodo, pero algunas clases habrán resultado ser inversiones mucho mejores que otras.
Dos pueden señalarse con considerable confianza: los libros ilustrados, que retratan las modas y los humores de la época para la posteridad, y los periódicos.
Nada aumenta tanto de valor como un periódico; las hojas de hoy, que tal vez no contengan nada de interés para ningún lector contemporáneo, serán inestimables para el historiador y el anticuario de los siglos venideros. Fructifican en silencio e imperceptiblemente enriquecen a su poseedor. Su valor intelectual, así como el pecuniario, aumenta al permanecer inmóviles.
Nada retrata tan fielmente una época para sus sucesores; valen más que todas las historias y todas las novelas. Su conservación —que implica su reunión en un solo lugar en aras de la accesibilidad y de la comparación entre sí y con los libros— es una encomienda trascendental cuyo descuido asestaría un duro golpe a la investigación histórica, arqueológica y sociológica, e infligiría un grave daño a las épocas venideras.
R. GARNETT.
Marzo de 1898.