Es difícil determinar el papel preciso que desempeñó el jedive en el acto final del drama revolucionario: la manifestación militar del 9 de septiembre en el palacio de Abdin. Según Ninet y ciertos otros escritores, hubo un acuerdo previo completo y una comunidad de acción entre Teufik aquel día y los líderes militares con el objetivo de provocar la caída de Riaz y, con ella, la de la tutela consular en la que Teufik se encontraba enredado. Pero esto solo es verdad en un sentido general.
El propio Arabi siempre me aseguró que durante el verano de 1881 no tuvo relaciones personales con el jedive más allá de aquellas de carácter oficial que conllevaba su servicio como coronel de uno de los regimientos de la guardia. Solo en tres ocasiones habló con Su Alteza, y en ellas no se tocó ningún asunto político entre ambos. Al mismo tiempo, es muy seguro que la idea de una manifestación con los objetivos mencionados había sido sugerida de vez en cuando durante el verano por Teufik a los oficiales a través de la mediación de su edecán, Alí Fehmi.
Alí Fehmi, aunque había estado involucrado con Arabi en los sucesos de Kasr-el-Nil y había sido arrestado con él, fue sin embargo recibido de nuevo en el favor del jedive, quien pensaba seguir utilizándose de él en la doble capacidad de espía de los oficiales fellahin y de intermediario con ellos, en caso de necesitarlo. La vinculación de Alí Fehmi con la Corte a través de su matrimonio le pareció a Teufik una garantía de su fidelidad, y fue debido a que finalmente se puso por completo del lado de Arabi, a pesar de sus lazos cortesanos, por lo que el resentimiento de Teufik fue después tan amargo hacia él.
Teufik, sin embargo, era un hombre, tal como lo hemos visto, de humores cambiantes, y mientras aún contaba con la ayuda del ejército para librarse de Riaz, también se dejaba llevar por ocasionales arrebatos de celos ante la popularidad de Arabi, que crecía rápidamente. Esta popularidad fue muy marcada durante todos los meses de verano y lo puso en comunicación con innumerables jeques rurales y notables, para quienes la idea de emancipación de los fellahin que él predicaba resultaba naturalmente afín. Se empezó a hablar de él en las provincias como "el wahhíd", el "único", y en verdad merecía tal apelativo, pues era el único hombre de origen puramente fellah que había conseguido durante siglos resistir con éxito la tiranía de la casta turco-circasiana reinante.
No se encarecerá demasiado el hecho de que el movimiento nacional de 1881 fue esencialmente un movimiento fellah, que tenía por objeto la emancipación de los fellahin, y que iba dirigido principalmente contra el inicuo Gobierno turco, que había arruinado el país, y solo de manera incidental contra el control anglofrances cuando este último se declaró abiertamente aliado y defensor de dicha tiranía.
Otros intereses, sin embargo, se sumaron naturalmente al movimiento; y, además de ser buscado por los notables fellahin, Arabi pronto se vio abordado como aliado por los constitucionalistas declarados, muchos de los cuales pertenecían a la casta gobernante y se mostraban en su interior tan contrarios a la libertad de los fellahin como el propio Riaz.
La idea de una Constitución en la mente de los hombres de esta clase era una en la que el poder supremo, aunque arrebatado al jedive, debía permanecer en manos de la oligarquía turco-circasiana, a la que consideraban la única capaz de gobernar el país.
El jefe de estos constitucionalistas turcos era Sherif Pasha, y en el transcurso del verano se halló en estrecha correspondencia indirecta con Arabi como medio para lograr la Constitución que le abriera el camino para la reanudación de su cargo. Arabi, siempre comprensivo con el plan constitucional, se prestó de buen grado a la idea, tanto más cuanto que Sultan Pasha, el más poderoso de los notables fellahin, era a su vez un firme constitucionalista y actuó como intermediario entre él y Sherif.
Se convino entre todos que, cuando se presentara un momento favorable, Arabi sumaría el peso de la influencia del ejército a cualquier presión que fuera necesario ejercer sobre el jedive para obtener su consentimiento a la demanda constitucional. Tampoco el jedive era en modo alguno reacio a lo solicitado, ya que esto incluía necesariamente la destitución de Riaz, un objetivo que seguía siendo para él de primordial importancia; y, en el momento en que este sentimiento predominaba en su mente, animó a Arabi, por mediación de Ali Fehmi, a seguir adelante con su plan y le aseguró su aprobación.
El primer mensaje recibido por Arabi en este sentido fue muy característico de los métodos indirectos y tímidos de intriga de Teufik.
Hablando un día con Alí Fehmi sobre el creciente poder del ejército como influencia política, dijo: «Ustedes tres, Arabi, Abdel Aal y usted, son tres soldados; conmigo hacen cuatro». Y le encargó que transmitiera esta declaración como un mensaje a Arabi.
A esto le siguieron insinuaciones mucho más directas, de modo que pronto se dio por seguro que cualquier manifestación por parte del ejército que exigiera la destitución de Riaz contaría con la aprobación secreta del Jedive, si no con su favor abierto.
Era necesario, para presionar a los Cónsules, que el Jedive pareciera ceder ante una necesidad física al consentir un cambio de ministros.
No obstante, cuando llegó realmente el momento de la acción, era muy poco seguro qué postura adoptaría el jedive.
La crisis se produjo de este modo. En el mes de agosto, Riaz Pasha, que hasta entonces había despreciado el movimiento fellah por considerarlo demasiado insignificante como para ser peligroso, se alarmó por primera vez. Creía que podía hacer frente al papel desempeñado en él por los soldados mediante algunos de esos métodos irregulares que constituyen la venerable tradición del gobierno turco. Había acosado a Arabi y a sus compañeros coroneles con espías y había intentado constantemente involucrarlos, a través de la policía, en alguna disputa personal o altercado callejero que los pusiera en su poder, pero siempre en vano.
Los soldados recibían invariablemente advertencia de cualquier plan serio a través de su amigo en el Ministerio de la Guerra, Mahmud Sami, y se mantenían constantemente en guardia. Se había acordado también entre Mahmud Sami y Arabi que, si alguna vez el ministro se veía obligado a retirarse del Ministerio de la Guerra, ello constituiría una señal para los oficiales fellaheen de que debían temer lo peor, incluso aunque no llegaran a saber nada al respecto por boca del propio ministro.
Cuando, por lo tanto, en agosto Riaz perdió la paciencia, se enemistó con el ministro de la Guerra y se anunció que Mahmud Sami había dimitido, los oficiales comprendieron que el momento de la acción, en lo que a ellos respecta, no podía demorarse por mucho tiempo. Riaz había insistido ante Mahmud Sami en el destierro de El Cairo de los dos principales coroneles con sus regimientos y había conseguido que el jedive, en uno de sus arrebatos de celos por la popularidad de Arabi, lo secundara al ordenarlo; y cuando Mahmud Sami puso objeciones, se le comunicó su destitución de manera fulminante.
El jedive y Riaz se encontraban todavía entonces en Alejandría por la temporada estival, y a Mahmud Sami, en desgracia, se le había ordenado por carta que abandonara El Cairo de inmediato para dirigirse a su aldea, por lo que no había tenido tiempo de comunicarse con sus amigos militares. Estos, sin embargo, sabían que se avecinaban problemas, y esto resultaba tanto más evidente cuanto que el sucesor de Mahmud Sami no era otro que cierto general circasiano de la peor calaña reaccionaria, Daoud Pasha Yeghen, cuñado del jedive, a quien sabían especialmente enemigo suyo.
En los primeros días de septiembre la corte regresó a El Cairo y los coroneles, tras haber consultado únicamente a Sultan Pasha y a sus aliados civiles más íntimos, se prepararon para una acción inmediata. Estaban resueltos a que, por muy inclinado que el jedive pudiera estar ahora en contra suya, llevarían a cabo la manifestación proyectada e insistirían en un cambio de gabinete como garantía de su seguridad personal. Veían con suficiente claridad que, si se permitían ser separados los unos de los otros y alejados de El Cairo, a Riaz le resultaría fácil arruinarles uno por uno. Lo mínimo que podían esperar de él era la destitución del servicio, y era mucho más probable que fueran arrestados y juzgados por amotinamiento en relación con sus actos de febrero. Formaba parte también de su programa obtener un aumento del ejército, al que añadieron la exigencia de la Constitución, que a todos les parecía la única garantía permanente contra el gobierno arbitrario.
La crisis estalló repentinamente el 8 de septiembre. Daoud Bajá, quien como la mayoría de los hombres de su clase sentía un desprecio supremo por los oficiales fellahin y no anticipaba ninguna resistencia por parte de ellos, emitió su orden para la marcha de los dos regímenes, el de Arabi a Alejandría y el de Abd-el-Aal a Damieta, y al recibirla los coroneles decidieron actuar de inmediato.
Que contaban con la tolerancia del Jedive, si no con su simpatía, es algo seguro, y conocían demasiado bien su débil carácter como para dudar de que, independientemente de lo que hubiera decidido en consejo con Riaz el día anterior, el día de la prueba se pondría del lado de los batallones más fuertes.
Lo único que les causaba verdadera inquietud era la actitud de Ali Fehmi, aunque también con él contaban casi con seguridad como un amigo. Ali Fehmi y su regimiento, el primero de la guardia, habían sido exceptuados de la orden ministerial de expulsión de El Cairo y seguían alojados en los cuarteles de Abdin, y si el Jedive era realmente hostil hacia ellos y Ali obedecía las órdenes, el resultado podría ser un conflicto.
Por lo demás, la manifestación tenía todas las probabilidades de ser pacífica. No obstante, para reducir al mínimo el riesgo de un malentendido, enviaron un aviso por escrito al Jedive informándole de sus planes y, como prueba de que no albergaban ninguna hostilidad hacia su persona, declararon que no marcharían a su residencia en el barrio de Ismailie, sino a Abdin, el palacio oficial, y le rogaron que acudiera allí a recibirlos y a escuchar sus quejas.
El resto quizá se narre mejor con las propias palabras de Arabi: «A la mañana siguiente —dice en su relato más completo del asunto—, escribí una carta exponiendo nuestras demandas y se la envié al Jedive en el Palacio de Ismaïlyeh, diciéndole que marcharíamos al Palacio de Abdin a la hora del Asr (media tarde) para recibir allí su respuesta. Y la razón de ir a Abdin, y no a Ismaïlyeh, donde vivía, era que Abdin era su residencia oficial, y no queríamos alarmar a las damas de su casa. Pero si él no hubiera venido a Abdin, habríamos marchado a Ismaïlyeh. Cuando, por tanto, el Jedive recibió nuestro mensaje, mandó llamar a Riaz Pasha, a Khairi Pasha y a Stone Pasha (el estadounidense), y fueron primero al cuartel de Abdin, donde tanto el Jedive como Riaz Pasha hablaron a los soldados, y le dieron órdenes a Ali Fehmi para que, con su regimiento, ocupara el palacio de Abdin. Y Ali Fehmi accedió, y apostó a sus hombres en las habitaciones superiores fuera de la vista, para que estuvieran listos para dispararnos desde las ventanas. Pero no sé si les entregaron cartuchos de bala o no. Luego el Jedive, con los generales, se dirigió a la Kaláa (ciudadela), y hablaron allí a los soldados en el mismo sentido, pidiendo a Fuda Bey que apoyara al Jedive contra nosotros, y el Jedive le regañó y le amenazó diciendo "te meteré en la cárcel". Pero los soldados rodearon el carruaje, y el Jedive se asustó y se marchó. Y continuó, por consejo de Riaz, hacia Abbassiyeh para hablar conmigo. Pero yo ya había marchado con mi regimiento por el barrio de Hassaniyeh hacia Abdin. Y ellos se detuvieron a preguntar por la artillería y se les dijo que esta también había ido a Abdin».
"Y cuando el Jedive llegó a Abdin, nos encontró ocupando la plaza, estando la artillería y la caballería ante la entrada oeste y yo, con mis tropas, ante la entrada principal. Y ya cuando llegué ante el Palacio había enviado recado a Ali Fehmi, quien, según había oído, estaba allí y había hablado con él, y él había retirado a sus hombres del Palacio, y ellos y Ali Fehmi se unieron a nosotros. Y el Jedive entró por la puerta trasera en el lado este, y al poco salió hacia nosotros con sus generales y ayudantes de campo, aunque no vi a Colvin con él, si bien pudo haber estado allí. Y el Jedive me mandó desmontar y desmonté. Y me mandó guardar la espada, y guardé la espada; pero los oficiales, mis amigos, se acercaron conmigo para evitar una traición, unos cincuenta en número, y algunos de ellos se colocaron entre él y el palacio. Y, cuando hube entregado mi mensaje y presentado mis tres demandas al jedive, él dijo «Soy el jedive del país y haré lo que me plazca» (en el dialecto popular egipcio) «ana Khedeywi el beled, wa amal zay ma inni awze». Yo repliqué: «No somos esclavos y jamás, a partir de este día en adelante, seremos heredados» (nahnu ma abid, wa la nurithu bad el yom). Es decir: «Jamás seremos, como los esclavos, objeto de ser legados por testamento de un amo a otro». Él no dijo nada más, sino que dio media vuelta y volvió al palacio. Y al poco nos enviaron a Cookson con un intérprete, y este preguntó por qué, siendo soldado, yo exigía un parlamento. Y yo dije que era para poner fin al gobierno arbitrario, y señalé a la multitud de ciudadanos que nos respaldaban detrás de los soldados. Entonces me amenazó, diciendo «Pero traeremos un ejército británico»; y se produjo una larga discusión entre nosotros. Y él regresó seis o siete veces al palacio, y salió de nuevo seis o siete veces hacia mí, hasta que finalmente me informó de que el jedive había aceptado todo. Y el jedive propuso a Haidar Pasha para sustituir a Riaz, pero yo no consentí. Y cuando se me pidió que lo dijera, nombré a Sherif Pasha, porque se había manifestado a favor de un Mejliss-el Nawwab, Consejo de Notables. Yo había conocido un poco a Sherif en años anteriores, cuando servía en el ejército. Y esa misma tarde el jedive mandó llamarme, fui a verle al Palacio de Ismaïlia y le agradecí que hubiera accedido a nuestras peticiones, pero él se limitó a decir: «Ya basta, ve ahora y ocupa Abdin, pero que sea sin música en las calles»."
Esto me parece un relato muy directo y coincide con todo lo demás que he podido averiguar sobre los acontecimientos del día a través de testimonios nativos, y de un modo general incluso con los Blue Books.
El papel del jedive en los hechos estuvo lejos de ser heroico según dicho relato, pero se trató menos de un caso de cobardía física por su parte de lo que sugiere la versión oficial inglesa. Sabía perfectamente que no corría ningún peligro por parte de los soldados, ni había nada de lo que le hubieran pedido que no estuviera muy dispuesto a conceder o al menos a prometer. Estaba, como suele decirse, en situación de ganar pase lo que pase, y estaba al tanto de mucho de lo que, para Cookson y Colvin, era un completo misterio.
Estos dos ingleses, mencionados por Arabi, eran respectivamente Sir Charles Cookson, el cónsul británico en Alejandría encargado temporalmente de la Agencia Inglesa ante la ausencia de Malet, que se encontraba de permiso en el Cairo, y Sir Auckland Colvin, el controlador financiero inglés. Eran casi los únicos representantes del cuerpo oficial extranjero entonces en Egipto —pues M. de Sinkiewicz, el nuevo ministro francés, aún no había llegado, y M. de Blignières, el colega francés de Colvin, también estaba ausente—. Tenían, por lo tanto, el papel principal que desempeñar al aconsejar al Jedive e informar del asunto a la metrópoli.
Colvin, un funcionario indio con las tradiciones del arte de gobierno angloindio y que sospechaba muy poco del semiacuerdo que existía entre Tewfik y los oficiales, era partidario absoluto de las medidas violentas y recomendó que el Jedive adoptara hacia ellos una actitud como la que Mohamed Ali habría podido tomar con éxito sesenta años antes, pero que era totalmente inadecuada para las circunstancias reales. Su consejo fue que, sin más que una breve deliberación, disparara a Arabi con una pistola de su propia mano.
Cookson, que conocía mejor la timidez de Tewfik, aunque también ignoraba su parcial colusión con los oficiales, era partidario del compromiso y efectuó precisamente la solución que Tewfik había planeado durante tanto tiempo obtener, a saber, la destitución de Riaz y la llamada de Sherif. Su relato del asunto puede leerse con provecho en los Blue Books, al igual que la narración que hizo Colvin en el Times, al cual comunicó el relato publicado, y en el Pall Mall Gazette, del que era corresponsal habitual. La publicidad dada de este modo a su actuación granjeó los agradecimientos del Gobierno inglés para ambos funcionarios y, para Colvin, el honor de la investidura de caballero y una posición política en Egipto que hasta entonces no poseía.
Y así terminó el asunto. Riaz, quien con el recuerdo de las aventuras de Nubar y Osman Rifky no había tomado parte en la discusión con los soldados, sino que había permanecido prudentemente dentro del Palacio, recibió esa misma noche su destitución y se retiró a Alejandría y desde allí a Europa para permanecer allí hasta que le llegara ayuda de las Potencias protectoras; y Sherif Pasha, tras cierta muestra de renuencia, fue instalado como primer ministro en su lugar.
Todo Egipto se despertó a la mañana siguiente para enterarse de que no solo se había llevado a cabo una revuelta, sino una revolución, y de que el largo reinado del gobierno arbitrario había llegado, según se esperaba, a su fin para siempre. El Jedive había prometido convocar a los Notables y conceder una Constitución, y de ahí en adelante la tierra de los faraones, de los mamelucos y de los pachás turcos iba a ser gobernada según las leyes de la justicia y administrada no por extranjeros, sino por los representantes del propio pueblo egipcio.
Los tres meses que siguieron a este notable acontecimiento fueron la época políticamente más feliz que Egipto ha conocido jamás. Me alegro de haber tenido el privilegio de presenciarlo con mis propios ojos y de conocerlo así no meramente de oídas, o dudaría de su realidad, tan poco se parecía a nada de lo que hasta entonces había visto o es probable, temo, que vuelva a ver jamás.
Todos los partidos nativos y, por el momento, toda la población de El Cairo estaban unidos en la realización de una gran idea nacional, el jedive no menos al parecer que el resto. Estaba encantado, ahora que la crisis había terminado, con el éxito de su complot para deshacerse de Riaz y, con él, de los aspectos más molestos del Control Dual, y confiaba en que Xerif le libraría tarde o temprano de Arabi.
Xerif y los magnates liberales turcos no estaban menos eufóricos por su regreso al poder, e incluso los turcos reaccionarios, que no estaban en absoluto de acuerdo con Riaz, compartían lo que consideraban un triunfo contra Europa. Los soldados se vieron libres de la pesadilla de peligro que tanto tiempo había pesado sobre ellos, y los reformadores civiles se regocijaban por las libertades civiles que ahora consideraban aseguradas. Los que más habían dudado y se habían reticenteado por más tiempo reconocieron que el recurso a la fuerza con su victoria sin sangre se había visto justificado por los resultados.
En todo Egipto surgió un grito de júbilation como no se había escuchado en el Nilo desde hacía cientos de años, y es literalmente cierto que en las calles de El Cairo los hombres se detenían, aunque fueran extraños, para abrazarse y regocijarse juntos ante el asombroso nuevo reinado de libertad que había comenzado de repente para ellos, como la aurora tras una larga noche de miedo. La prensa, bajo la censura ilustrada del jeque Mohammed Abdu, libre más que nunca de sus viejos trabas, difundía las noticias rápidamente, y los hombres al fin podían reunirse y hablar sin miedo en todas partes de las provincias sin el temor a los espías o a la interferencia policial.
Todas las clases estaban contagiadas del mismo espíritu feliz, musulmanes, cristianos, judíos, hombres de todas las religiones y todas las razas, incluidos no pocos europeos de los que estaban en absoluto íntimamente conectados con la vida nativa. Incluso los cónsules extranjeros no podían dejar de confesar que el nuevo régimen era mejor que el viejo, que Riaz había cometido errores y que Arabi, si no había tenido toda la razón, al menos no había estado totalmente equivocado.
La actitud de Arabi tanto hacia el Jedive como hacia los nuevos ministros fue correcta y digna. Tuvo varias entrevistas con Tewfik que, al menos por parte de Arabi, revistieron un carácter de la mayor cordialidad, mientras que con el Jerife y Mahmud Sami (restituido como ministro de la Guerra) se mostró plenamente dispuesto, una vez concluida su obra y obtenida la libertad del país, a hacerse a un lado y dejar su desarrollo en manos de sus amigos civiles.
Todos sus discursos de aquella época —y algunos de ellos pueden leerse en los Libros Azules— se mantienen en este sentido razonable y lo revelan profundamente imbuido de aquellas ideas humanitarias, elevadas y románticas, que constituyeron el rasgo principal de su carrera política. No hay en ellos ni rastro de otra cosa que no sea una amplia simpatía hacia los hombres de todas las clases y credos, ni es posible detectar animadversión alguna, ni siquiera hacia el control financiero europeo, cuya benéfica influencia sobre Egipto él, por el contrario, reconoce gustosamente.
El viejo régimen del absolutismo turco es cosa del pasado y ha terminado —ese es el tema de la mayoría de los discursos— y ha comenzado una nueva era de libertad nacional, paz y buena voluntad para todos los hombres.
El 2 de octubre, quince días después de la investidura del Jerife en el ministerio, vemos a Arabi abandonar El Cairo con su regimiento rumbo a Ras-el-Wady en medio del entusiasmo universal de una ciudad agradecida.
Por entonces, solo había una nube visible en el horizonte egipcio: la posible hostilidad del sultán ante la idea de una Constitución.
Abdul Hamid, tras coquetear un tiempo con el constitucionalismo en Constantinopla, se había revelado al fin como su enemigo implacable y, ese mismo verano, había ordenado el juicio simulado y la condena de Midhat, su defensor más destacado.
La aparición, por tanto, de una Comisión Especial en El Cairo a principios de octubre, en representación del sultán y con instrucciones de indagar en lo que sucedía en Egipto, alteró hasta cierto punto los ánimos y sin duda aceleró la marcha tanto de Arabi a Ras el Wadi como de Abdel Aal a Damieta.
Sin embargo, la visita de los comisarios transcurrió en calma. Los nuevos ministros pudieron explicar que en el movimiento político, que ya era abiertamente nacional, no se abrigaba ninguna deslealtad hacia el sultán. Por el contrario, la suerte de Túnez había convencido a los egipcios de que su única salvación frente a la agresión europea residía en fortalecer, y no en aflojar, el vínculo que los unía al Imperio otomano, y de que en realidad el objetivo de la revolución había sido impedir que el Control Financiero de Francia e Inglaterra siguiera invadiendo la independencia política de Egipto.
Todo marchaba de la mejor manera y el país se encontraba ahora satisfecho y pacificado. Alí Bajá Nizami, el comisario jefe, pudo regresar en consecuencia con un informe favorable de la situación, el cual se vio reforzado por el segundo comisario, Ahmed Bajá Ratib, quien tuvo la oportunidad de conversar en persona con Arabi de camino a Suez y La Meca.
Esta entrevista, que tuvo importantes consecuencias posteriores para el desarrollo de la situación política, tuvo lugar en el tren entre Zagazig y Tel-el-Kebir; Arabi me había asegurado que por su parte había sido fortuita, ya que él había ido a Zagazig a visitar a sus amigos Ahmed Eff. Shemsi y Suliman Pasha Abaza y se encontraba de regreso a casa.
«Mientras regresaba —me ha contado— en tren a Ras-el-Wady, casualmente Ahmed Pasha Ratib se dirigía a Suez, pues iba de peregrinación a La Meca. Y me encontré en el mismo vagón con él, e intercambiamos cortesías como extraños; yo le pregunté su nombre y él me preguntó el mío, y me habló de su peregrinación y de otras cosas. Pero no habló de su misión ante el jedive, ni yo se lo pregunté. Sin embargo, le dije que yo era leal al sultán como cabeza de nuestra religión, y también le relaté todo lo sucedido, y él dijo: "Hiciste bien". Y en Ras-el-Wady lo dejé, y él me envió un Corán desde Yeda y más tarde, a su regreso a Estambul, me escribió diciendo que había hablado favorablemente de mí al sultán y, por último, recibí la carta dictada por el sultán al jeque Mohammed Zaffer diciéndome las cosas que usted ya sabe».
La Comisión otomana pasó, por tanto, sin acarrear ningún problema inmediato. Coincidió con la llegada a Alejandría de un cañonero francés y uno inglés, que habían sido enviados allí por los dos gobiernos en el momento de recibir la noticia de la manifestación de Abdín; y tanto los cañoneros como los comisionados se marcharon el mismo día de octubre.
Por entonces Malet había regresado a su puesto, al igual que Sinkiewicz, y acordaron entre ambos que la situación no requería ninguna intervención activa. De hecho, Malet escribió por entonces en los términos más favorables a su gobierno tanto sobre los nuevos ministros como sobre Arabi, en cuya honradez y cuyo patriotismo, aunque no había tenido comunicación personal con él, se inclinaba ahora a creer.
Fue en esta encrucijada de los asuntos de Egipto cuando a principios de noviembre regresé a El Cairo. No había recibido noticias recientes de mis amigos de Al-Azhar y no sabía nada de lo que había ocurrido allí durante el verano más allá de lo que todo el mundo sabía, y ni siquiera era mi intención al salir de Londres hacer otra cosa que pasar por el Canal de Suez de camino (pues tal era de nuevo mi plan para el invierno) hacia Arabia.
Me había interesado profundamente la crisis de la que era testigo todo el mundo mahometano, y todavía esperaba poder tomar parte personal en los grandes acontecimientos que veía inminentes —apenas sabía cuáles, excepto que debían ser como ayudante en la causa de la libertad árabe y mahometana.
Cuando se produjo la revuelta en Argelia con motivo de la agresión francesa a Túnez, le había escrito a mi amigo Seyyid Mohammed Abd-el-Kader en Damasco pidiéndole una presentación para su líder, Abu Yemama, pero esto no me lo había podido conceder, y también había intentado en vano descubrir el paradero del jeque Jemal-ed-din Afghani en América, donde, tras vagar dos años por la India, se decía que estaba, y ahora mis pensamientos volvían una vez más a Arabia, a la que había llegado a considerar como una tierra sagrada, la cuna de la libertad oriental y de la verdadera religión.
Curiosamente, no sospechaba que en el movimiento nacional de Egipto residía ya para mí el principal interés en el islam, por decirlo así, al alcance de la mano, y fue un mero accidente lo que determinó que participara en lo que allí se avecinaba, aunque fuera como mero espectador.
La razón de mi ceguera e indiferencia fue que en Inglaterra los acontecimientos de septiembre se habían presentado en la prensa como puramente militares, y ni siquiera en el Ministerio de Asuntos Exteriores se tenía conocimiento de su verdadera significado.
Comparto con la mayoría de los amantes de la libertad una desconfianza hacia los soldados profesionales como defensores de cualquier causa que no sea la de la tiranía, y me costaba creer, incluso tanto como a Malet, que Arabi tuviera un propósito honesto en lo que había hecho.
Sabía también que el jeque Mohammed Abdu y el resto de mis amigos de Al-Azhar eran partidarios de métodos distintos a los de la violencia, y que las reformas que tanto tiempo llevaban predicando requerirían, en su opinión, toda una vida para materializarse. Parecía imposible comprender que los sucesos de un solo verano las hubieran hecho madurar ya.
En cuanto a la prometida Constitución, la prensa de Londres declaraba que no era más que habladurías, un pretexto del tipo de los que el ex Jedive Ismaïl había utilizado contra Wilson, y se decía que Malet había manifestado que seguiría siendo solo una promesa porque el Sultán, a quien había visto en Constantinopla de regreso a Egipto, jamás lo permitiría.
La Comisión Otomana acrecentó mi desconfianza hacia todo el movimiento y el hecho de que Arabi hubiera exigido un aumento del ejército hasta la cifra de 18.000 hombres. Estas eran las opiniones comunes de la época en Inglaterra y yo no poseía ningún conocimiento especial para corregirlas.
Recuerdo que, poco antes de marcharme de Londres, cuando visité a mi primo Philip Currie en el Ministerio de Asuntos Exteriores, me sorprendió al expresar la opinión de que tal vez había algo más en el Movimiento Nacional en Egipto de lo que aparentaba la superficie. «Malet —dijo—, se inclina bastante ahora a creer en él. Me extraña que no vayas allí. Quizá encuentres en Arabi justo al hombre que has estado buscando».
Él conocía por supuesto mis ideas, que nunca se había tomado del todo en serio ni como algo más que un capricho romántico, y sus palabras fueron pronunciadas a la ligera y nos reímos juntos sin entrar en discusión. Sin embargo, después las traje a la memoria y me extrañó haber mostrado tan poca receptividad. Mis pensamientos, no obstante, estaban fijos en otra parte.
Vale la pena consignar que la noche antes de partir ofrecí una cena en el Travellers' Club a tres de mis entonces bastante íntimos amigos: John Morley, que recientemente se habíaconvertido en director de la «Pall Mall Gazette» además de ser director de la «Fortnightly Review»; Sir Alfred Lyall, y nuestro cónsul en Yida, Zohrab.
Con ellos mantuve una larga conversación sobre asuntos mahometanos y orientales, y quedó acordado entre Morley y yo que, si encontraba al adalid de la reforma árabe que andaba buscando, se lo haría saber y él haría todo lo posible por dar a conocer preeminentemente sus reivindicaciones ante el público inglés.
Morley aún no estaba en el Parlamento, pero ya ostentaba una posición de gran influencia ante el Gobierno gracias a su relación personal con Chamberlain; su periódico, el «Pall Mall», era uno de los pocos que leía Mr. Gladstone, el único, creo, en cuya solidez de criterio tenía alguna confianza.
Fue una cena agradable y todos mantuvimos puntos de vista bastante entusiastas en cuanto a las posibilidades del futuro del islam. Sobre el tema de Egipto, sin embargo, Morley se encontraba por desgracia ya bajo otras influencias que no eran las mías. Su corresponsal para la «Pall Mall Gazette» no era otro que el interventor financiero, Sir Auckland Colvin, y así sucedió que, cuando llegó la crisis en primavera, se situó, en contra de lo que cabría esperar de él, del lado oficial y financiero inglés, y como uno de los más firmes defensores de las medidas violentas para la supresión de la libertad.
En mi camino a Egipto ocurrió un incidente al que tendré que volver cuando se considere su verdadera importancia. En la estación de Charing Cross encontré a Dilke y a su secretario privado, Austin Lee, que iban, como yo, a París, e hice todo el viaje en su compañía.
Dilke estaba ese día de muy buen humor. Su íntimo amigo Gambetta acababa de suceder, el 15 de noviembre, a St. Hilaire como primer ministro francés; y Dilke, que durante los últimos seis meses había sido el comisionado inglés en París para la negociación de la renovación del Tratado de Comercio con Francia sin haber logrado concluirla, regresaba ahora a su trabajo confiado en que, con el cambio en el Quai d'Orsay, ya no tendría ninguna dificultad.
Gambetta, por su parte, tenía un plan propio en el que Dilke, como subsecretario del Ministerio de Asuntos Exteriores, podía serle de gran utilidad. St. Hilaire había hecho un lío terrible con la invasión de Túnez y había dejado todo el norte de África en llamas para que su sucesor lo resolviera. Gambetta había llegado al poder decidido a tomar medidas drásticas y, como suele decirse, a «agarrar el toro por los cuernos» con ambas manos. Estaba lleno de aprensión ante un levantamiento panislámico general y veía en el movimiento nacional de El Cairo tan solo una nueva y peligrosa manifestación de «fanatismo» musulmán. Estaba estrechamente vinculado también, a través de su origen judío, con los grandes intereses financieros implicados en Egipto, y se había propuesto mejorar la titubeante agresión de St. Hilaire contra Túnez forzando también nuestra intervención en Egipto.
En esto quería que nuestro Gobierno fuera con él y se uniera a una cruzada antiislámica en nombre de la civilización y, como primera medida, que reforzara el control del Doble Control europeo en El Cairo. Sobre ambos asuntos, el Tratado de Comercio y Egipto, Dilke se mostró de lo más comunicativo, aunque no puso todas las íes sobre los puntos, tratando al primero como un interés especial inglés y al segundo como uno especialmente francés. Era una cuestión de honor partidario para el Gobierno liberal, que era esencialmente un gobierno librecambista, demostrar al mundo que sus declaraciones de libre comercio no les impedían obtener la reciprocidad de otras naciones o términos comerciales favorables de gobiernos proteccionistas, y Dilke sabía que sería un tanto a su favor si lograba la renovación de las concesiones francesas.
Estaba tan ansioso por ello que recuerdo claramente haberme dicho a mí mismo, en voz baja, al despedirnos en la Gare du Nord: «Ese hombre pretende vender Egipto a cambio de su Tratado de Comercio». Y los acontecimientos no demostraron que fuera otra cosa que una profecía exacta. Se verá un poco más adelante que, en aras de la trivial ventaja de obtener ciertas reducciones menores en los aranceles de importación aplicados a los bienes ingleses en Francia, nuestro Gobierno liberal sacrificó todo el asunto de la libertad en Egipto y, en gran medida, de la reforma mahometana en todo el mundo. Pero de todo esto a su debido tiempo.
Mi viaje a El Cairo aquel invierno fue, como ya he explicado, algo fortuito, casi diría que providencial, si no temiera dar a mi actuación personal en Egipto demasiada importancia y un significado demasiado elevado. El barco que debía traerme a los criados y el equipo de campamento, tras estar a punto de naufragar en el golfo de Vizcaya, encaló en el Canal, y me vi obligado a esperar en Suez.
Salí hacia El Cairo con la intención de estar allí solo unos días. Se había rumoreado en Inglaterra que los ulemas de al-Azhar se habían apartado de sus ideas de reforma y habían adoptado las posturas panislámicas y reaccionarias del sultán. Con cierto desconfianza ante el resultado, envié un recado a mi viejo amigo de la universidad, el jeque Mohammed Jalil, y entonces ocurrió otro curioso accidente. En respuesta a mi nota en la que le rogaba que fuera a verme al Hôtel du Nil, donde me había alojado, ¡vean por dónde!, en vez del joven ulema a quien tanto conocía, apareció otro jeque de al-Azhar con el mismo nombre, el jeque Mohammed Jalil al-Hajrasi, un perfecto desconocido que me saludó con la bienvenida propia de un extraño.
El recién llegado había recibido mi recado y, creyendo que procedía de un comerciante europeo con el que tenía tratos por asuntos de su pueblo natal en la provincia de Sharkia, había seguido los pasos del mensajero de cerca. Este Mohammed al-Hajrasi, aunque era un hombre de menor valor intrínseco que mi verdadero amigo, era una persona de cierta importancia en al-Azhar y demostró ser, en aquel momento, quizás aún más interesante para mí de lo que el otro habría podido ser, debido a que mantenía una estrecha relación con los líderes de lo que entonces se denominaba el partido militar en El Cairo y conocía personalmente a Arabi.
Mi propio Mohammed Jalil no lo conocía y, según comprobé poco después, ni él ni su maestro principal, el jeque Mohammed Abdu, me habrían servido de intermediarios con ellos, ya que, como ya he dicho, habían desaprobado la injerencia del ejército en los asuntos políticos en septiembre y, aunque se regocijaban por el resultado, todavía se mantenían hasta cierto punto al margen.
Hajrasi, sin embargo, una vez repuesto de su sorpresa al descubrir que yo era inglés y no el hombre que esperaba, no mostró reparo alguno en hablar de Arabi y de sus actos; y cuando pasé a explicarle mis puntos de vista sobre una reforma basada en los árabes, se mostró de inmediato confiado y me expuso sus propias ideas, que no difirieron mucho de las mías. Me dijo que era uno de los principales jeques del rito shafií y que mantenía estrechas relaciones con el partido liberal reformista de La Meca, el cual se encontraba entonces en abierta oposición a Abdul Hamid y anhelaba un nuevo califato árabe.
Este fue un gran punto de contacto entre nosotros, y no tardamos en realizar un pleno intercambio de ideas; y creo que no podría darse mejor prueba de la maravillosa libertad de pensamiento y de palabra que caracterizó aquellos días en Egipto que el hecho de que este eminente jeque religioso, quien sin duda un año antes habría guardado sus secretos celosamente en el pecho, quizás incluso ante un amigo, de repente desatara así su lengua en elocuente respuesta a mis preguntas y me revelara, a mí, un europeo y un perfecto desconocido, sus aspiraciones políticas más peligrosas. Ello se debió sin duda, en parte, a la presencia de mi docto profesor de árabe, Sabunji, a quien había tenido la feliz ocurrencia de traer conmigo desde Londres para suplir mis escasos recursos en esa lengua.
Fue así como supe por primera vez, a través de Hajrasi, los detalles de lo que había estado ocurriendo en El Cairo durante el verano y la verdadera postura de los soldados con respecto al Partido Nacional; hechos que poco después me confirmaron otras varias fuentes, entre ellas mis amigos de siempre, Mohamed Jalil y Mohamed Abdu.
Sabunji, además, que poseía un verdadero talento para este tipo de tareas, andaba entonces ocupadísimo por toda la ciudad recabando noticias para mí, de modo que en muy pocos días llegamos a saber entre los dos casi todo lo que estaba sucediendo.
Tampoco tardamos en entablar conocimiento con algunos de los oficiales fellahin que habían participado con Arabi en la manifestación, especialmente con Eid Diab y Ali Fehmi, quienes me causaron una grata impresión.
Los asuntos que se debatían principalmente en aquel momento eran, en primer lugar, el carácter del Jedive: ¿se podía confiar en él o no para que cumpliera las promesas que había hecho? Había prometido una Constitución, pero ¿iba a ser esto un traspaso real de poder a unos ministros responsables ante una Cámara Representativa, o tan solo la convocatoria de una Cámara de Notables con facultades meramente consultivas?
Se desconfiaba de Tewfik en este punto, y existía la creencia generalizada de que Malet lo aconsejaba para eludir de ese modo su compromiso; pues Malet, como ya se ha dicho, acababa de llegar de Constantinopla y había declarado que el sultán nunca consentiría un gobierno constitucional auténtico.
La sección más avanzada de los nacionalistas estaba exasperada contra toda la dinastía de Mohamed Alí y, en especial, contra la rama a la que pertenecía Tewfik, su padre Ismaíl y su abuelo Ibrahim, una raza cruel y traicionera que había traído desgracias incalculables a los fellahin, había arruinado al país moral y financieramente y, debido a su mala conducta, había provocado la intervención extranjera. En segundo lugar, estaba la cuestión de las reformas. Ahora que la prensa era libre, se comenzaban a lanzar ataques contra diversos abusos flagrantes: la injusticia de los impuestos que, bajo el Control Financiero extranjero, favorecían a los europeos a expensas de la población nativa; la multiplicación innecesaria de cargos bien remunerados ocupados por extranjeros, franceses e ingleses; el control obtenido por estos sobre la administración de los ferrocarriles y la administración de los dominios que habían pasado a manos de los representantes de los Rothschild; el escándalo de que se siguiera concediendo una subvención de 9.000 libras al año, a pesar de la pobreza de la tierra, a la Ópera Europea de El Cairo. Se estaba librando una campaña, especialmente a través del diario «Taif», editado por un joven impulsivo y genial, Abdalá Nadim, contra los burdeles, las tabernas y los infames cafés chantants que, bajo la protección de las «Capitulaciones», habían invadido El Cairo, para dolor e ira de los musulmanes devotos. Había también un eco del resentimiento experimentado por todos los musulmanes en aquel entonces debido a la incursión francesa en Túnez, donde se afirmaba que se habían profanado mezquitas y ultrajado a mujeres musulmanas. No obstante, el ambiente en El Cairo entre los cristianos nativos y los musulmanes nativos era de total cordialidad. Los coptos estaban, por lo general, totalmente con la revolución, y su patriarca se llevaba de maravilla con el ministerio, del cual Butros Pasha era un miembro destacado y respetado. Incluso los judíos nativos, con su Gran Rabino, apoyaban sin reservas la reforma constitucional. Para los oficiales, el asunto de mayor preocupación era naturalmente el del prometido aumento del ejército, el cual afirmaban que era necesario en vista de lo ocurrido en Túnez, donde se había visto que el Bey carecía por completo de una fuerza militar suficiente para defender su país. El máximo legal permitido por el e_firman_ del Sultán en Egipto era de 18.000 hombres, y el ejército debía elevarse hasta ese número.
Mi primera intervención de índole activa en los asuntos de los nacionalistas se produjo de este modo.
Hacia finales de noviembre, mi amigo el jeque Mohamed el Hajrasi me informó de una agitación que se estaba produciendo entre los estudiantes de la mezquita de al-Azhar, especialmente los de los ritos safí y malikí, para destituir al actual sheykh el islam o, como se le llama más comúnmente, sheykh el jama, la cabeza del rito hanefí, Mohamed el Abbasi. La razón que se me dio fue que, al ser un candidato del jedive, no se podía confiar en que emitiera una fetua (opinión jurídica) honesta sobre la legalidad del gobierno constitucional, y que se creía que sería utilizado para rechazar una fetua a su favor y dar así al jedive una excusa para retractarse de su plena promesa.
El rito hanefí ha sido siempre el rito de la Corte en Egipto —los virreyes turcos, ya desde la época del sultán Selim, se habían usurpado el privilegio del nombramiento de la Corte—, y el Gobierno siempre ha nombrado a un hanefí para el supremo cargo religioso. Al mismo tiempo, la gran mayoría de los estudiantes, que suman en total unos 15.000, han sido y son de los otros dos ritos, y ahora se iba a intentar, de acuerdo con las ideas revolucionarias de la época, volver a la forma más antigua de nombramiento, a saber, por elección general.
El Hajrasi había venido a consultarme sobre esto porque cundía la idea de que Malet estaba detrás del jedive en el apoyo que este prestaba a el Abbasi y en el plan de eludir su promesa constitucional. Pensaba que yo tal vez podría eliminar la dificultad si acudía a Malet y empleaba mi influencia con él en su favor. Accedí a ello muy de buena gana, con el resultado de que hallé a Malet totalmente ignorante de todo el asunto y muy dispuesto a afirmar que las disputas religiosas de los ulemas quedaban fuera de su jurisdicción, y que no intervendría en favor de ninguna de las partes.
Así pues, el 5 de diciembre, por votación de los estudiantes, el Abbasi fue destituido de su cargo y un jeque del rito safí, el Embabeh, fue nombrado en su lugar. El Embabeh no había sido el candidato más popular, pues la mayoría de los estudiantes se habían decantado por el malikí el Aleysh, un hombre de gran valor y autoridad religiosa que más tarde desempeñaría un papel principal durante la guerra y moriría en la prisión durante los primeros meses de la ocupación inglesa, creyéndose por lo general que fue envenenado a causa de su testimonio sincero durante el juicio de Arabi. Embabeh, un hombre netamente inferior a él, obtuvo los votos únicamente como resultado de un compromiso, ya que el jedive había rechazado a el Aleysh. Cuatro días mil estudiantes votaron en esta elección y solo hubo veinticinco disidentes.
El pequeño servicio así prestado dio a mis amigos entre los nacionalistas confianza en mi voluntad y capacidad para servirles, y me pidieron que retrasara mi partida y me quedara al menos unas semanas para ayudarles a superar sus dificultades venideras. Accedí gustoso a ello, viendo en el desarrollo de un movimiento tan afín a mis ideas un trabajo de la misma clase que andaba buscando y uno en el que podía ser de verdadera utilidad, como intérprete de sus ambiciones, perfectamente legítimas, tanto ante Malet en la Agencia como en la metrópoli ante Gladstone.
En las semanas siguientes vi a Malet casi a diario y adquirí una influencia considerable sobre él.
Aunque no mostraba antipatía hacia los Nacionalistas, lo hallé muy mal informado en cuanto a sus opiniones y objetivos. No conocía personalmente a ninguno de sus líderes, salvo al jerife Pachá, y dependía, en lo referente al rumbo general de los asuntos, de lo que el jerife y el jedive tuvieran a bien contarle.
Para lo que ocurría en la calle, no tenía a nadie en quien confiar excepto en su dragomán griego Aranghi, quien recogía sus noticias en los cafés del barrio europeo. Por consiguiente, tenía escasos medios para comprender la situación, ni tampoco Sinkiewicz, su nuevo colega francés, estaba mucho mejor informado.
Malet se encontraba también en una perplejidad terrible respecto a los verdaderos deseos de su propio Gobierno. Lord Granville acababa de escribirle el conocido despacho del 4 de noviembre, en el que había manifestado en términos vagos la simpatía del Gobierno de Su Majestad por las reformas en Egipto. Pero esto podía significar casi cualquier cosa, y no constituía ninguna guía sobre la actitud que debía adoptar si surgía un nuevo conflicto entre el jedive y los Nacionalistas, o entre ambos unidos y los interventores financieros.
Sobre todo, tenía dudas acerca de la postura de Mr. Gladstone en el asunto de la Constitución. Fue, por tanto, un verdadero alivio para él encontrar en mí a alguien que tenía una política definida que sugerir, y la mía era muy clara: debía apoyar a los Nacionalistas.
También pude asegurarle respecto a Gladstone que no debía dudar de que, cuando el Primer Ministro conociera los hechos, tenía que estar del lado constitucional.
También recibí apoyo, junto con Malet, en este punto de ciertos amigos míos ingleses a quienes encontré en El Cairo, visitantes de invierno, a quienes pude inclinar hacia mis puntos de vista. Entre estos los más destacados eran dos exmiembros de la Cámara de los Comunes, Lord Houghton, que en su juventud había sido un defensor entusiasta de la libertad en Oriente, y Sir William Gregory, antiguo seguidor de Gladstone y conocido liberal.
A mediados de diciembre había logrado convencer a casi todo el elemento inglés en El Cairo sobre mi perspectiva del caso. Incluso Sir Auckland Colvin, el controlador financiero inglés, que tres meses antes le había dado al Jedive el heroico consejo de fusilar a Arabi, se declaraba convertido y medio inclinado a llegar a un acuerdo con la revolución.