Mientras estos grandes acontecimientos sucedían en el Nilo, yo, en mi hogar de Crabbet, pasé el verano con bastante tristeza. Mis simpatías, por supuesto, seguían estando todas con los egipcios, pero estaba incomunicado de todo medio de comunicación con ellos, y la fiebre bélica era demasiado intensa durante las primeras semanas de los combates como para que mis palabras ulteriores sirvieran de algo.
Públicamente guardé silencio. Todo lo que pude hacer fue preparar una «Apología» del movimiento nacional y de mi propia relación con él —pues este era ahora atacado con virulencia en la prensa1— y esperar el desenlace de la campaña.
No obstante, aunque caído en profunda desgracia ante el Gobierno, no perdí del todo el contacto con Downing Street. Vi a Hamilton una o dos veces y le sometí las pruebas de mi «Apologia» tanto a él como a Mr. Gladstone antes de que se publicara, y esto me fue tenido por ellos en cuenta como un acto de rectitud.
Apareció en el número de septiembre de «The Nineteenth Century Review», en un momento favorable, cuando el primer destello de gloria militar se había desvanecido y la gente sensata empezaba a preguntarse qué diablos estábamos haciendo en Egipto. Escrito desde el corazón aún más que desde la cabeza, mi alegato tuvo un éxito muy superior al esperado y, tomado en relación con una gira antimilitarista emprendida en las provincias por Sir Wilfrid Lawson, Mr. Seymour Keay y algunos otros radicales auténticos, tocó por fin la llamada conciencia «no conformista» del país e hizo girar la marea de la opinión decididamente a mi favor.
Esto me animó. Por entonces, además, me llegó una carta del general Gordon, fechada en «Ciudad del Cabo, a 3 de agosto», en la que manifestaba su simpatía por la causa que yo venía defendiendo, lo cual me regocijó no poco. Decía así:
"Cape Town, 3, 8, 82. "*My Dear Mr. Blunt*, "You say in 'Times' you are going to publish an account of what passed between you and the Government. Kindly let me have a copy addressed as enclosed card. I have written a MS. bringing things down from Cave's mission to the taking of office by Cherif, it is called 'Israel in Egypt,' and shall follow it with a sequel, 'The Exodus.' I do not know whether I shall print it, for it is not right to rejoice over one's enemies. I mean *official* enemies. What a fearful mess Malet and Colvin have made, and one cannot help remarking the *finale* of all Dilke's, Colvin's, and Malet's secretiveness. Dilke, especially, in the House evaded every query on the plea that British interests would suffer. Poor thing. I firmly believe he knows no more of his policy than the Foreign Office porter did; he had none. Could things have ended worse if he had said everything? I think not. No more Control—no more employés drawing £373,000 a year—no more influence of Consuls-General, a nation hating us—no more Tewfik—no more interest—a bombarded town, Alexandria—these are the results of the grand secret diplomacy. Colvin will go off to India, Malet to China—we shall know no more of them. All this because Controllers and Consuls-General would not let Notables see the Budget when Cherif was in office. As for Arabi, whatever may become of him individually, he will live for centuries in the people; they will never be 'your obedient servants' again. "Believe me, yours sincerely, "C. G. Gordon."
El valor que para mí tenía esta carta lo comprendí de inmediato, pues, aunque caído en desgracia ante el Ministerio de Asuntos Exteriores, el nombre de Gordon era un talismán en la mente popular, y especialmente para esa «conciencia noconformista» que, como he dicho, empezaba ahora a apoyarme y, por consiguiente, según sabía, a Gladstone; y fue basándome en su texto como inicié una nueva correspondencia con Hamilton.
El señor Gladstone había declarado en el Parlamento que yo era la «única excepción desafortunada», entre los ingleses que conocían Egipto, a la aprobación general de la guerra; y le envié, a través de Hamilton, una copia de la carta de Gordon, al tiempo que llamaba su atención sobre los relatos que habían empezado a aparecer en los periódicos acerca de ciertas atrocidades de venganza en las que Taufik y sus nuevos ministros circasianos se habían complacido en Alejandría con los prisioneros nacionalistas hechos durante la guerra.
- Se contaba que se le habían infligido torturas a Mahmud Fehmi, el general de ingenieros, y que el torniquete y el kurbash se estaban usando sin reservas.
Pregunté si tal era el estado de cosas que el señor Gladstone había enviado tropas a Egipto para restablecer. La carta trajo una respuesta rápida e interesante, y una que demostró serme de utilidad pocos días después, cuando llegó el momento de abogar para que Arabi no fuera ajusticiado por el jedive sin un juicio justo.
"10, Downing Street, Whitehall, "*8 de septiembre de 1882*. "Difícilmente necesito decir que el Sr. Gladstone ha estado muy preocupado por los rumores acerca de estas 'atrocidades'. No puedo llamarlas de otro modo. Se enviaron instrucciones inmediatas para averiguar la verdad sobre ellas y protestar enérgicamente en caso de que se confirmaran. Me alegra decir que, según nuestra información actual, las afirmaciones parecen carecer de fundamento. Se han dado las órdenes más estrictas para el trato humano de los prisioneros. Parece haber cierta duda sobre si se aplicó el tormento de los pulgares a un espía en un caso; y se van a iniciar indagaciones rigurosas con demandas péremptorias de explicaciones y garantías contra su repetición. Puede estar bien seguro de que el Sr. Gladstone condenará las 'atrocidades egipcias' con la misma fuerza que las 'atrocidades búlgaras'. "No puedo evitar pensar que la opinión que usted y el Gordon Chino tienen de Arabi se modificaría un tanto si hubieran visto algunos de los documentos que he leído. "Hace unos meses (esto, por favor, es estrictamente privado) se hicieron ciertas indagaciones sobre el Gordon Chino. Tenía sugerencias que hacer acerca de Irlanda, y el resultado de estas indagaciones fue, según mi mejor recuerdo, que no estaba en su sano juicio."
El último párrafo es históricamente curioso. La prueba que Gordon había dado al Gobierno del señor Gladstone de no hallarse en su sano juicio era que había escrito, durante una gira por el oeste de Irlanda, a un miembro del Gobierno, lord Northbrook, recomendando un plan de Compra de Tierras y, si mal no recuerdo, el Home Rule como remedio para los males irlandeses.
Me hallaba así una vez más en una situación de relación semiamistosa con Downing Street y de cierta influencia considerable en el país cuando la gloria culminante de la guerra, la noticia de la gran victoria de Tel-el-Kebir, llegó a Inglaterra, y poco después la de que Arabi era prisionero de Drury Lowe en El Cairo. Lo rotundo del éxito militar enrareció por un momento todas las cabezas inglesas, y fue una suerte para mí haber dicho lo mío quince días antes de que se produjera, pues de otro modo me habría sido imposible hacer oír mi voz, ni ante el público ni en Downing Street, en medio del griterío general de triunfo.
Tuvo como resultado inmediato confirmar al Gobierno en todas sus posturas más violentas, y volver a endurecer el corazón de Mr. Gladstone, que había estado virando un poco de nuevo hacia los nacionalistas, como la piedra inferior de un molino. El peligro ahora era que, para justificar ante su propia conciencia la inmensa matanza de campesinos semiarmados que se había perpetrado en Tel-el-Kebir, se entregara a algún acto ostentoso de venganza contra Arabi, como chivo expiatorio de sus propios errores.
Su única excusa para toda esta brutalidad militar era la ficción de que estaba lidiando con un maleante militar, un hombre proscrito por sus crímenes y, como tal, desprovisto de cualquier consideración ya fuera como patriota o incluso como general reconocido de un ejército civilizado. Tengo razones para saber que, si Arabi hubiera sido capturado en el campo de batalla de Tel-el-Kebir, la intención de Wolseley era aplicarle el breve beneficio de un consejo de guerra sumarísimo, lo que significa fusilarlo en el acto, y que fue solo la intervención de Sir John Adye, un general de mucha más edad y años de servicio que Wolseley, lo que lo impidió más tarde —habiéndole representado Adye a Wolseley la ignominia que supondría para el ejército británico que el comandante regular de una fuerza armada, a la que había hecho falta someter con 30.000 soldados, no recibiera el trato honorable concedido universalmente a los prisioneros de guerra.
También en el país, sé igualmente que Bright, en protesta indignada, le cantó las cuarenta sobre el mismo asunto en persona a Gladstone. No debe creerse en absoluto, sin embargo, que otra cosa que no fuera la abrumadora presión de la opinión pública ejercida, como describiré en breve, frustró la determinación de nuestro Gobierno, de un modo u otro, de hacer que Arabi pagara con su vida el precio de su propio crimen político. Mr. Gladstone estaba tan resuelto a ello como Lord Granville o cualquiera de los Lores whigs de su gabinete. Para explicar cómo se forzó su mano en dirección a la humanidad, debo entrar en detalles.
La capitulación de El Cairo y la rendición de Arabi ante Drury Lowe se anunciaron en el Times del día 16, y junto a ellas, un telegrama de su corresponsal en Alejandría, Moberley Bell, quien representaba la postura oficial anglojediviva, exigiendo un «castigo ejemplar» para once de los líderes nacionales que nombró, incluido Arabi.
Sabía que esto solo podía significar que se había decidido una maquinación de la más gravedad, por lo que telegramé de inmediato a Button para preguntarle cuál era la situación en los círculos oficiales. Su primera respuesta fue tranquilizadora.
«Me cuesta creer que haya el menor peligro de que fusilen a nadie. No obstante, deberías tomar medidas inmediatas para pedir un trato clemente».
Dos horas después, sin embargo, llegó un segundo mensaje suyo.
«No me gusta el tono oficial respecto a tus amigos. Escríbeme en privado una carta que pueda enseñarle a mi jefe».
Por su «jefe» se refería, por supuesto, a Chenery, el director del Times, con quien, como ya he dicho, mantenía una relación muy estrecha. En consecuencia, le escribí enseguida a Hamilton:
"No creo que deba haber peligro de muerte para los prisioneros tomados en El Cairo, pero si lo hubiera, confío en que me lo hará saber a tiempo, ya que tengo ciertas sugerencias que hacer respecto a la extrema dificultad de conseguirles un juicio justo en este momento y otros asuntos".
A esto hay que añadir el hecho significativo de que no recibí respuesta durante dos días, y luego una displicente, en el sentido de que Hamilton estaba a punto de marchar de Londres al campo, "y por lo tanto sería una mala persona de quien depender para cualquier indicio como el que yo deseaba".
Pero no iba a dejarme despachar tan fácilmente y, saltándome a Hamilton, escribí una vez más directamente al Sr. Gladstone. Hice esto tras consultarlo con Button y con Broadley, a quien conocí en su casa la tarde del día 19. Decidimos que este último era el hombre adecuado para nuestro propósito, y que la mejor oportunidad de salvar la vida de Arabi y de los demás prisioneros sería que yo me llevara a Broadley conmigo de inmediato y lo presentara como su defensor legal.
Button, que conocía los entresijos de la mayoría de los asuntos, estaba seguro de que no había tiempo que perder, y medio contratamos a Broadley por unos honorarios de 300 libras, que después aumentaron a 800 libras con complementos.
Mientras tanto, Button prestó un gran servicio a la causa en aquella crisis inmediata al conseguir que a la mañana siguiente se anunciara en el Times que Arabi y sus compañeros no iban a ser ejecutados sin el consentimiento del Gobierno inglés, y que iban a ser defendidos por un abogado competente. Por supuesto, no teníamos la más mínima autoridad en qué basar esta afirmación, pero el hecho de que el Times lo hubiera anunciado hacía muy difícil que el Gobierno se desdijera de una decisión tan humanitaria públicamente atribuida a él.
Mi carta al señor Gladstone, enviada en la misma tarde, era la siguiente:
"*19 de sept. de 1882.* "Mi estimado señor: "Ahora que la resistencia militar de los egipcios ha llegado a su fin, y que Arabi y sus principales líderes se han rendido ante las fuerzas de Su Majestad, me atrevo una vez más a dirigirme a usted en interés de la justicia, tanto como en el de aquellos a quienes los azares de la guerra han arrojado así de repente en sus manos. Parecería estar previsto que pronto se constituya un Consejo de Guerra para juzgar y sentenciar a los líderes militares por rebelión y, en el caso de algunos de ellos, un tribunal civil para investigar su supuesta conexión con ciertos procedimientos violentos. Si esto fuera cierto, le ruego encarecidamente que preste atención a ciertas circunstancias del caso que parecen requerir una cuidadosa consideración. "1. Los miembros del propuesto Consejo de Guerra, si son egipcios y nombrados por el Jedive, difícilmente pueden ser agentes libres o estar libres de influencia en sus sentimientos hacia los prisioneros. Serían elegidos entre los pocos oficiales que abrazaron la causa del Jedive y serían necesariamente partidarios. "2. Aun si este no fuera el caso, el falso testimonio nativo es tan común en Egipto, y la falsificación de documentos árabes tan fácil, que se puede depositar poca confianza en el testimonio aportado. Este último tendría que ser sometido a expertos antes de ser aceptado con alguna certeza. "3. El testimonio nativo, si es favorable a los prisioneros, se dará bajo temor. Habrá un fuerte incentivo para retenerlo, y un incentivo igualmente fuerte en el deseo de congraciarse con el tribunal para ofrecer testimonio desfavorable. Los expertos encargados de examinar los documentos, si son nativos, estarán igualmente sujetos a estas influencias. "4. Cabe esperar que el testimonio de los europeos radicados en Egipto, aunque se dé sin miedo a las consecuencias, esté fuertemente teñido de resentimiento. Estos europeos son, al parecer, parte en cierto modo del litigio. Muchos de ellos habrán perdido propiedades o habrán sufrido daños en su comercio durante los recientes disturbios, o tendrán insultos personales que vengar. El tono vindictivo de los ingleses en Egipto se hace patente cada día en sus cartas publicadas por la prensa inglesa. "5. No bastará, para garantizar la plena justicia a los prisioneros, con que la única forma observada sea la asistencia ordinaria del representante de Su Majestad, a través de un dragomán o de otro modo, a las actuaciones. El sentimiento político probablemente ha sido demasiado intenso en El Cairo durante los últimos seis meses como para permitir una observación totalmente imparcial. "6. Si se incorporan oficiales ingleses al Consejo de Guerra, como cabe esperar que ocurra, estos ignorarán o casi ignorarán el idioma hablado por los prisioneros, y no podrán examinar por sí mismos los documentos ni interrogar a los testigos. Necesariamente estarán en manos de sus intérpretes, quienes, si no se les vigila, podrán alterar o distorsionar las palabras empleadas en detrimento de los prisioneros. Casi todos los dragomanos de los consulados son cristianos levantinos violentamente hostiles a los árabes musulmanes, mientras que puede afirmarse con seguridad que no hay ingleses en Egipto que sean a la vez plenamente competentes y totalmente imparciales que puedan ser contratados con esta capacidad. El árabe es un idioma poco conocido entre nuestros funcionarios, y su vinculación con los recientes disturbios es demasiado reciente como para haberlos dejado políticamente serenos. "Parecería, por tanto, que a menos que se tomen medidas especiales, existe un grave peligro de que se produzca un error judicial en el juicio. "Para remediar este mal en la medida de lo posible, he decidido, por mi cuenta y la de algunos de mis amigos, asegurar los servicios de un abogado inglés competente para los principales prisioneros, y viajar con él a El Cairo para recabar pruebas para la defensa. También me acompañará el reverendo Sr. Sabunji como intérprete, y seguiré el proceso en nombre de los prisioneros. Mi conocimiento del árabe es demasiado imperfecto para actuar solo, pero el Sr. Sabunji es amigo de los principales prisioneros y está eminentemente capacitado para hablar en su nombre. Conoce bien el inglés, el francés, el turco y el italiano, y es probablemente el mayor arabista viviente. Los prisioneros confían plenamente en él y creo también que confían plenamente en mí. Solo así, tal vez, obtendrán lo que considero que les corresponde: una audiencia plena, justa y —hasta cierto punto— incluso amistosa. "Para concluir, tal vez no sea ocioso prometerle que, mientras estemos en esta labor, tanto yo como quienes me acompañan evitaremos escupulosamente toda injerencia en la política contemporánea. Consideraré un gran favor que se me informe a la mayor brevedad posible sobre cuál será la naturaleza exacta del juicio y cuáles serán los principales cargos presentados. Espero también que se nos otorguen todas las facilidades a mí y a los míos en Egipto para llevar a tarea a buen término, y no me cabe duda de que su sentido personal de la justicia lo aprobará. "Quedo de usted, &c., "Wilfrid Scawen Blunt."
Esta carta, que yo sabía que le sería difícil al Sr. Gladstone rechazar con una negativa, especialmente tras sus recientes garantías sobre las «atrocidades egipcias» y las «atrocidades búlgaras», la envié de inmediato a Downing Street, tras haberme pasado por allí antes y haberme reunido con Hamilton, a quien le expuse mi plan.
No obstante, no me dio muchos ánimos, como lo demuestra su respuesta a otra nota que le envié a la mañana siguiente. Mi nota decía que le estaba escribiendo a Arabi, para preguntarle cómo debía enviarse la carta y expresando la esperanza de tener una respuesta de su jefe antes del viernes, el próximo día de correo.
La respuesta de Hamilton sugiere dilación:
"Su carta, siento decirlo, acaba de perder la saca anoche. Me llegó unos tres minutos demasiado tarde; pero en cualquier caso no creo que deba contar con una respuesta muy inmediata. Mr. Gladstone se encuentra de un lado para otro y, además, con toda probabilidad tendrá que consultar con alguien antes de dar una respuesta. Yo mismo ignoro por completo las cuestiones que sus proyectadas actuaciones puedan plantear y, por lo tanto, no me compete arriesgar una opinión. Pero ¿no cabe dudar de si, según el derecho internacional o la prescripción, un hombre puede ser defendido por un abogado extranjero? Igualmente ignoro lo relativo a la entrega de cartas a los prisioneros de guerra; pero supongo que ninguna comunicación podría llegar a Arabi sino a través y con el permiso del Jedive y de nuestro comandante en jefe. En cualquier caso, Malet será probablemente su mejor medio de comunicación".
Conforme a esta sugerencia escribí una carta a Arabi informándole de nuestros planes de defensa legal y la adjunté, junto con un borrador de la carta, a Malet, y por mayor precaución envié ambas en mano al Ministerio de Asuntos Exteriores para que fueran remitidas, con una nota dirigida a Lord Tenterden encomendándola a su cuidado.
Por un singular accidente, sin embargo, tanto la nota como la carta me fueron devueltas con el mensaje de que su señoría había fallecido repentinamente esa mañana, y me vi obligado, dado que el correo estaba por partir, a enviarlas por el mismo conducto —el criado de Button, Mitchell— al castillo de Walmer, donde se encontraba Lord Granville, y llegó justo a tiempo.
Por los acontecimientos posteriores se verá que el paquete, aunque despachado a El Cairo, no fue entregado más allá de las manos de Malet y, en ese caso, con la instrucción de que mi carta a Arabi me fuera devuelta. La carta oficial que Malet me dirigió cumpliendo con su deber es prueba suficiente, si alguna se necesitara, para demostrar cuán lejos estaba el Gobierno de cooperar en absoluto con mi propósito de conseguir a los prisioneros un juicio justo. Es sumamente formal e inequívoca:
"El Cairo, *4 de octubre de 1882*. "Señor: "Siguiendo instrucciones del Secretario de Estado Principal de Su Majestad, le devuelvo adjunta la carta para Arabi Pasha que me envió para ser remitida en su carta del 22 del mes pasado. "Quedo de usted, etc., Edward B. Malet."
Mi carta a Arabí había sido la siguiente:
"*A mi honorable amigo H. E. Ahmed Pasha Arabi.* "Que Dios le guarde tanto en la adversidad como en la buena fortuna. "Como soldado y patriota, habrá comprendido las razones que me han impedido escribirle o enviarle mensaje alguno durante la reciente y desafortunada guerra. Ahora, sin embargo, que la guerra ha terminado, espero demostrarle que nuestra amistad no ha sido de palabras solamente. Parece probable que sea sometido a juicio, ya sea por rebelión o por algún otro cargo cuya naturaleza apenas conozco aún, y que, a menos que sea defendido con fuerza y habilidad, corre gran riesgo de ser condenado precipitadamente. He decidido, por tanto, con su aprobación, venir a El Cairo para ayudarle con cuantas pruebas pueda aportar, y traer conmigo a un honesto y culto abogado inglés para que dirija su defensa; y he informado al Gobierno inglés de mi propósito. Le ruego, por tanto, sin demora, que me autorice a actuar en su nombre en este asunto, pues su asentimiento formal es necesario; y haría bien en enviarme de inmediato un telegrama, y también una carta escrita, que me autoricen a contratar un abogado en su nombre. Varios ingleses de mentalidad liberal y de alta posición se unirán a mí para cubrir todos los gastos de su causa. También puede contar conmigo, en lo personal, para velar, durante su cautiverio, por que a su familia no le falte lo necesario. Y que Dios le dé valor para soportar el mal con el bien. "Wilfrid Scawen Blunt. "*22 de sept. de 1882.* "Crabbet Park, Threebridges, Sussex."
La respuesta de Gladstone, que llegó antes de lo que esperaba, muestra tan poca disposición a favorecer cualquier idea de un juicio justo como la del Ministerio de Asuntos Exteriores. Llegó en esta forma de parte de Hamilton:
10 Downing Street, "*22 de sept. de 1882*. "El Sr. Gladstone ha leído la carta que usted le ha dirigido acerca del juicio de Arabi y de su propuesta de emplear abogados ingleses. Todo lo que puede decir en el momento presente es que someterá su solicitud a la atención de Lord Granville, con quien lo consultará, pero que no puede ofrecerle ninguna seguridad de que esta pueda ser atendida".
Esto era un desánimo muy claro, aunque sin llegar a una negativa directa, y unas pocas palabras añadidas por Hamilton en una nota separada lo fueron aún más:
«Confieso —dice— que cuanto más lo pienso, mayor es el número de dificultades que se presentan a mi mente envueltas por una propuesta como la suya. Supongo que sabrá algo más sobre el asunto dentro de un día o dos, pero no por mi parte, puesto que, como sabe, me marcho».
Me hallaba, por tanto, todavía sumido en dudas, mientras la situación se volvía cada día más crítica. No me atrevía a marchar a Egipto sin haber recibido una respuesta definitiva, pues sabía que en El Cairo sería impotente si no iba provisto de alguna autoridad gubernamental, y probablemente ni siquiera se me permitiría ver a los prisioneros, mientras que Broadley, cansado de esperar, había regresado a Túnez.
La sesión parlamentaria había terminado y todo el mundo se marchaba de Londres; el trabajo de los ministros quedaba en manos de subsecretarios y todos los asuntos estaban prácticamente paralizados.
Mientras tanto, la cuestión de la muerte de Arabi se debatía acaloradamente en la prensa, y todos los periódicos chovinistas clamaban por su ejecución, alzándose solo aquí y allá una débil voz de protesta. El comité egipcio de Sir Wilfrid Lawson, que tan buena labor había hecho durante el verano, había enmudecido, y del propio Lawson recibí justo entonces una carta de lo más desalentadora:
«Dudo mucho —decía— que le permitan a Arabi tener nada parecido a un juicio justo. Saben muy bien que, si lo hacen, este terminará con su propia condena, y los “estadistas” son demasiado astutos para dejarse arrastrar a algo así. En cualquier caso, haces bien en intentar conseguir juego limpio para él».
Todo lo que pude hacer fue seguir en Londres, importunando aún a Downing Street para obtener una respuesta y continuando azuzando al «Times». Por consiguiente, tras esperar cinco días más, volví a escribir a Gladstone para pedirle una respuesta definitiva, ya que la situación en El Cairo se había vuelto sumamente crítica.
"*27 de septiembre de 1882.* "Le escribí hace unos diez días manifestándole mi intención de contratar a un abogado inglés competente para Arabi Pasha y los demás principales prisioneros egipcios en caso de que fuesen llevados a juicio, y de ir yo mismo a El Cairo para recabar pruebas en su favor y presenciar el proceso; y le rogué que me avisara con prontitud de cualquier decisión que pudiera tomarse al respecto. "Su respuesta, a través del Sr. Hamilton, aunque sin darme ninguna garantía de que se permitiría un abogado inglés, parecía sugerir que mi propuesta sería considerada; y, en consecuencia, retuve de manera provisional a un abogado eminente para que actuara en nombre de los prisioneros, en caso de que se decidiera que fuesen defendidos de ese modo. En vista también de la necesidad legal de obtener el consentimiento de los prisioneros para este acuerdo, escribí, bajo sobre dirigido a Sir Edward Malet, a Arabi Pasha, rogándole que autorizara mi defensa en estos términos, carta a la cual aún no he recibido respuesta; ni he recibido ninguna comunicación adicional por parte de usted o de Lord Granville, a quien me informó que se remitiría el asunto. "Ahora, sin embargo, veo publicado en el 'Times', procedente de El Cairo, que un Tribunal Militar para juzgar a todos los infractores será designado a más tardar mañana, siendo el párrafo el siguiente: "'El Tribunal Militar para juzgar a todos los infractores será designado mañana. El jedive, Sherif y Riaz insisten firmemente en la necesidad absoluta de la pena capital para los principales infractores, una opinión de la cual hay pocos disidentes, si es que hay alguno. Sherif, cuya amabilidad de carácter es bien conocida, me dijo hoy: "No es porque tenga rencor a ninguno de ellos, sino porque es absolutamente necesario para la seguridad de todos los que desean vivir en el país. Una expedición inglesa es algo excelente, pero ni ustedes ni nosotros queremos que se repita cada doce meses."'2 "Si esta afirmación es cierta, parecería confirmar mis peores sospechas en cuanto a la decisión predeterminada de los asesores del jedive de quitar la vida a los prisioneros, y justificar todos mis argumentos sobre la improbabilidad de que obtengan un juicio justo. Me atrevo, por lo tanto, a instar una vez más a que se les conceda una defensa jurídica adecuada, tal como he sugerido; y, en cualquier caso, a rogarle que me libere de más dudas y, si ha de ser así, de responsabilidad en el asunto, declarando claramente si se permitirá o denegará un abogado inglés en el caso de Arabi Pasha y los principales prisioneros, y si se me pueden prometer las facilidades adecuadas en Egipto para comunicarme con los prisioneros y obtener una interpretación competente para ellos. "En el estado actual del sentimiento oficial en El Cairo, sería manifiestamente imposible para mí, y para aquellos que me he propuesto llevar conmigo, trabajar eficazmente en favor de los prisioneros sin una protección diplomática especial e incluso asistencia. "La urgencia del caso debe serme de disculpa ante usted para rogarle una respuesta inmediata."
Esta última carta, sin embargo, nunca llegó a su destino. Gladstone había abandonado Londres, y Horace Seymour, su secretario a cargo de la correspondencia, a cuyo sobre guardado había yo enviado la misiva, se la entregó, ya fuera por orden o no, al Ministerio de Asuntos Exteriores.
"El Sr. Gladstone", explicó, "se encuentra fuera de la ciudad, así que al recibir ayer su carta envié la comunicación posterior que le dirigió directamente al Ministerio de Asuntos Exteriores.... Lo hice porque él había puesto su carta anterior en manos de lord Granville, tal como Hamilton le informó, y también porque deduje de su nota que esto cumpliría con sus deseos y ahorraría tiempo. Entiendo que próximamente recibirá una respuesta oficial de lord Granville en la que se le transmitirá el punto de vista del Gobierno sobre los asuntos a los que se refiere".
Por lo tanto, Gladstone había transferido su responsabilidad de decir "sí" o "no" a Granville, y como Granville también estaba fuera de la ciudad, por supuesto, quedó en manos de los empleados del Ministerio de Asuntos Exteriores gestionarlo a su manera. A pesar de la promesa de Seymour de que el punto de vista del Gobierno me sería transmitido en breve, toda la respuesta que recibí fue una firmada por "Julian Pauncefote", en la que se afirmaba que el Sr. Gladstone había remitido mis dos cartas del 19 y del 27 a lord Granville, y que lord Granville lidiaba con el pesar de no considerarse justificado para entablar correspondencia conmigo sobre el tema.
Fue así como Gladstone, que se había encasquillado en que Arabi fuera ejecutado ni más ni menos que el Ministerio de Asuntos Exteriores, eludió finalmente la responsabilidad con la que yo había intentado comprometerlo. Ofrezco el incidente en detalle tanto como ejemplo de astucia oficial como por su importancia histórica.
Esta respuesta «Pauncefote» nos decidió a no perder más tiempo. En consulta con Button y con lord De la Warr, que había venido a Londres y había estado trabajando para obtener una respuesta de lord Granville por vías independientes, y que ahora se ofreció a compartir conmigo los costes del juicio si conseguíamos uno (una promesa que, debo señalar, lord De la Warr no cumplió), se acordó que debíamos telegrafiar de inmediato a Broadley en Túnez para que se mantuviera listo para viajar a Egipto, y que mientras tanto enviaríamos a El Cairo en el correo de esa misma noche al primer abogado sin causa que encontráramos como ayudante de Broadley hasta su llegada, y que estuviera en el lugar de los hechos para actuar según lo dictaran las circunstancias.
Lord Granville no había accedido, ni tenía en ese momento la menor intención de acceder, a la comparecencia de un abogado inglés en representación de los prisioneros. Pero el «Times», como hemos visto, ya había comprometido al Gobierno con la declaración de que Arabi no sería ejecutado sin su consentimiento y de que sería defendido por un abogado competente; y esto no tuvieron el descaro de desmentirlo públicamente. Y ahora la influencia de Button sobre Chenery era tan grande que confiaba en poder volver a forzar la mano de lord Granville en el asunto de los abogados ingleses mediante la insistencia del «Times» en un juicio justo.
Todo aquel día, por consiguiente, registramos los Inns of Court, que estaban casi vacíos por ser tiempo de vacaciones, y solo en el último momento tuvimos la suerte de dar con el hombre que buscábamos.
Este era Mark Napier, mejor agente para nuestro propósito no podríamos haber hallado, un luchador ingenioso y resuelto, con un buen conocimiento de la ley y difícil de rechazar. Poseía además la inmensa ventaja, por ser hijo de un antiguo embajador británico, de comprender los usos y maneras habituales de la diplomacia, así como de hablar francés con fluidez, un requisito muy necesario en El Cairo.
Una vez accedió a marchar, recibió nuestras breves instrucciones, las cuales consistían en que debía dirigirse directamente a Malet y decirle que había llegado como abogado de Arabi, e insistir en ver a su cliente. Esto era todo lo que por el momento podía esperar lograr, y si conseguía hacer esto, haría mucho. Si Malet se negaba, debía protestar y aprovechar cada resquicio que se le brindara para enfatizar dicha negativa. Por encima de todo, debía mantenernos informados constantemente por telegrama de cuanto sucediera, mientras que nosotros, por nuestra parte, daríamos la batalla no con menos energía en el Ministerio de Asuntos Exteriores y en la prensa.
Mark, como he dicho, tenía la gran ventaja de haber recibido una formación diplomática y, por tanto, no se dejaría impresionar por el prestigio y el misterio de los que la diplomacia se halla revestida para los de fuera, y que le confieren gran parte de su fuerza. No habríamos podido dar con mejor hombre ni por casualidad. Partió, según lo previsto, aquella misma noche en el correo de Brindisi, llevando consigo una clave de cifrado y dos o tres cartas de presentación. Eso, junto con un bolso de mano, era todo su equipaje.
En cuanto a mí, De la Warr, que conocía el temperamento del Ministerio de Asuntos Exteriores y su furia personal contra mí, insistió mucho en que no fuera a El Cairo, y a esto accedí.
En El Cairo solo habría estado vigilado por espías, posiblemente arrestado y enviado de regreso a casa, mientras que aquí podía continuar con mucha más eficacia la campaña de prensa que, por supuesto, era la única que realmente podía ganar nuestra batalla.
Esa misma noche, Button se las ingenió para dar un nuevo golpe maestro en el «Times». De la Warr había logrado obtener de Granville la garantía de que el jedive concedería todas las oportunidades razonables para la defensa.
Esta garantía era, por supuesto, ilusoria en lo que respecta a un juicio verdaderamente justo, ya que la única asistencia jurídica que los prisioneros podían conseguir entonces en El Cairo era la de los diversos abogados levantinos que ejercían en los tribunales internacionales, y de estos no se podía fiar uno más que de los aterrorizados abogados nativos para servir honradamente a sus clientes diciendo toda la verdad, aunque una defensa de esta índole superficial bastaría para servir al propósito de nuestro Gobierno de poder ratificar, sin riesgo de un conflicto con la opinión pública inglesa, las sentencias de muerte previstas.
Se pretendía que el juicio en el tribunal egipcio concluyera en un par de días y, tras probar la «rebelión», proceder de inmediato a la ejecución; y los abogados ingleses habrían sido, sin duda, excluidos del proceso por considerarse una intervención absurda de extranjeros sin estatus legal en el país.
Las palabras de Granville a De la Warr no habían sido más que estas:
"No tengo motivo para dudar de que el jedive, en quien reside la autoridad competente, brindará todas las oportunidades razonables para la defensa de Arabi que no impliquen demoras extraordinarias o innecesarias, y recae en los prisioneros y sus amigos tomar las medidas que consideren oportunas bajo su propia responsabilidad".
Esto Blunt lo reprodujo hábilmente a la mañana siguiente en el «Times» de la siguiente manera:
«Lord Granville ha escrito que se concederán todas las facilidades razonables a los prisioneros en Egipto y a sus amigos para obtener asesoramiento legal para su defensa. Por lo tanto, se le ha enviado un telegrama al Sr. Broadley para que se dirija inmediatamente a El Cairo».
A partir de la enojada recriminación de Lord Granville a Lord De la Warr (véase el Libro Azul), resulta evidente cuán poca intención tenía de que sus palabras fueran interpretadas de ese modo. Sin embargo, una vez publicadas en el «Times», no podía retractarse de esa postura con ninguna decencia; y así, mediante un ardid muy sencillo, volvimos a forzar su mano y, esta vez, en un punto que, a la postre, nos dio la victoria en toda la batalla.3
Sin embargo, estuvimos a punto de que nos escatimaran nuestro justo juicio después de todo, y una circunstancia singularmente fea de la situación a nuestros ojos fue la repentina reaparición, justo entonces en El Cairo, de Colvin, el hombre de todos el más interesado, después del Jedive, en impedir la publicidad.
El objetivo del Ministerio de Asuntos Exteriores era claramente ahora apresurar el juicio, de modo que terminara antes de que Broadley tuviera tiempo de llegar, pues Túnez carecía entonces y carece aún de toda comunicación directa con Egipto, y era probable que transcurrieran diez días antes de que él pudiera estar allí. Del envío de Napier no tenían conocimiento.
Se dieron órdenes, por tanto, inmediatamente como primer paso, de que Arabi fuera trasladado de la segura custodia del ejército británico a la mala custodia de la policía jedivial, donde la comunicación con el mundo exterior le sería eficazmente bloqueada sin que el gobierno inglés incurriera por ello en ningún oprobio.
Esto se hizo el 4 de octubre, dos días antes de la llegada de Napier; y el juicio se fijó para el 14, mientras que Broadley no logró llegar a El Cairo hasta el 18. Nada salvo la inesperada aparición de Napier en la Agencia Inglesa desbarató el plan concertado.
Un paso más dado para acelerar el fin y dificultar la defensa inglesa fue seleccionar el código militar criminal francés para su uso en el consejo de guerra, una forma que, bajo un gobierno sin escrúpulos, otorga grandes ventajas a la fiscalía.
Según este código, se permite un interrogatorio exhaustivo del prisionero y de los testigos antes de que estos hayan visto a sus abogados, por lo que es fácil intimidarlos, si adoptan una actitud valiente, para que no repitan su testimonio en el juicio.
Así, tanto Arabi como otros de sus compañeros de prisión fueron visitados en secreto durante el intervalo entre el interrogatorio y el día fijado para el juicio por varios eunucos del Jedive, quienes los agredieron brutalmente y los maltrataron en sus celdas con el fin de "quebrar su espíritu".
Por último, se permitió al Gobierno egipcio declarar que no se permitiría abogar a ningún abogado que no lo hiciera en árabe, excluyendo así a los que estábamos enviando en ayuda de los prisioneros. Estos detalles me los telegrafió Napier poco después de su llegada y nos causaron gran preocupación.
Todo lo que el Gobierno inglés había hecho, en cierta medida, para proteger a los prisioneros de la violencia desregulada del Jedive fue nombrar a dos ingleses con conocimientos de árabe para que estuvieran presentes en los procedimientos.
Estos, por un gran golpe de buena fortuna, eran hombres honrados y humanos y, da la casualidad, viejos amigos míos: Sir Charles Wilson, con quien había viajado en 1881 de Alepo a Esmirna (que no debe confundirse con Sir C. Rivers Wilson), y Ardern Beaman, a quien había conocido en Damasco y que ahora era el intérprete oficial de Malet en la Agencia.
Ambos hombres habían quedado favorablemente impresionados por la digna actitud de Arabi durante los días de su detención como prisionero de guerra inglés, y ahora le brindaban gustosamente a Napier la poca ayuda privada que podían.
Con el propio Malet logró Napier al menos conseguir que su condición y la del procurador Eve, a quien por fortuna había encontrado en El Cairo, fuesen reconocidas como representantes legales de los amigos de Arabi, aunque no pudo obtener de él ninguna promesa definitiva ni más que una vaga garantía de que se permitiría a un abogado inglés representar al propio Arabi.
Sus solicitudes para ver a su cliente eran postergadas constantemente por Malet, quien lo remitía a Riaz Pasha, el ministro del Interior Jedivial, el cual se negaba con la misma persistencia, y mientras tanto el juicio se precipitaba con toda premura, de modo que para Napier resultaba evidente que estaban jugando con él y que el proceso concluiría antes de que se hubiera decidido claramente la cuestión sobre la admisibilidad de un abogado inglés.
Así estaban las cosas cuando el 12 de octubre recibí un aviso repentino de De la Warr, que aún seguía en comunicación con el Ministerio de Asuntos Exteriores:
"Por lo que sé, a menos que se tomen medidas enérgicas, la vida de Arabi corre un gran peligro. Probablemente usted haya recibido información del Sr. Napier".
Con esta mala noticia corrí de inmediato a las habitaciones de Button y allí, por fortuna, lo encontré, y como toda su información coincidía con la mía, acordamos que debía hacerse un llamamiento supremo al público, y que el Ministerio de Asuntos Exteriores debía ser atacado directa y enérgicamente, y Gladstone comprometido y obligado a hacer una declaración de principios.
En consecuencia, me senté y escribí una carta final a Gladstone, en la que no ahorré nada en mi ira de acusación contra Granville y tuve el cuidado de insistir en su propia conexión con el asunto, y en sus tempranas simpatías hacia el líder nacionalista, y, sin molestarnos en pedir una respuesta en Downing Street, Button la "metió de lleno" en el "Times" de la mañana siguiente, y Chenery, generosamente, le dio plena visibilidad y llamó la atención sobre ella en un artículo de fondo.
Él se había enterado de que la intención del Gobierno era que el juicio comenzara el sábado, que la sentencia se dictara el lunes y que la ejecución de Arabi siguiera inmediatamente. Ya era viernes, así que solo teníamos tres días (uno de ellos domingo, en que no se publican periódicos) para despertar el sentimiento inglés contra este coup de Jarnac.
Afortunadamente fue suficiente. Creo que fue en esta ocasión cuando Bright, al enterarse por mi carta de cómo estaban las cosas, fue a ver a Gladstone y le dijo personal y claramente que quedaría deshonrado para toda la historia como un renegado de sus principios más humanos si permitía la perpetración de tan gran crimen.
Sea como fuere, el Ministerio de Asuntos Exteriores capituló ante nosotros allí mismo y, admitiendo nuestra alegación de la necesidad de un juicio justo, dio instrucciones a Malet para que retirara su oposición y tratara favorablemente al abogado enviado a Arabi.
El siguiente telegrama de Napier anuncia nuestro éxito:
"Granville ha ordenado a Malet que exija que Arabi sea defendido por un abogado inglés. Se espera que los procedimientos sean largos".
He considerado necesario entrar en detalles muy minuciosos al narrar estas primeras fases del juicio de Arabi, porque solo de este modo es posible refutar la falsa y absurda leyenda surgida en Egipto en el sentido de que existió desde el principio algún acuerdo secreto entre Gladstone y Arabi para que se le perdonara la vida.
Puedo dar fe de ello, y los documentos que he citado lo demuestran en gran medida, de que, lejos de abrigar ningún sentimiento de piedad hacia el "archirrebelde", ni de tener ningún entendimiento con él, Gladstone se había unido a Granville en el propósito de asegurar su muerte, a través de la voluntaria mediación del jedive, mediante un juicio que no fuera más que una mera formalidad y que no removiera ninguna cuestión, por ser este el método más seguro y rápido para garantizar el silencio y una justificación a sus propios y enormes errores morales de los últimos seis meses en Egipto.
No fue ningún remordimiento de conciencia lo que impidió a Gladstone llevar el plan hasta el final, sino tan solo la repentina voz del público inglés que, en el último momento, lo asustó y le advirtió que era peligroso para su reputación seguir adelante con el plan completo.
Esta es la pura verdad del asunto, cualesquiera que sean las interpretaciones que los apologistas del señor Gladstone le den para salvaguardar su reputación humanitaria, o lo que al respecto puedan imaginar los escritores políticos franceses deseosos de hallar una explicación a una clemencia mostrada hacia Arabi tras la guerra, la cual les ha parecido inexplicable salvo bajo la suposición de alguna profunda intriga anterior entre el primer ministro inglés y el líder de la rebelión egipcia.
Pasado este punto supremo de peligro, no era del todo difícil prever que el juicio difícilmente podía terminar de otra manera que no fuera de forma negativa.
Un juicio justo en un tribunal público en el que el basurero quedivo fuera removido con una horca inglesa y saqueado en busca de crímenes olvidados era un pensamiento que Tewfik no podía contemplar sin terror, mientras que para el Gobierno británico también habría revelaciones destructivas de la teoría de los acontecimientos pasados construida sobre la base de mentiras oficiales y de su propia necesidad de encontrar excusas para su violencia.
El Sultán, asimismo, tenía que ser salvaguardado de revelaciones prematuras. El peligro para la vida de los prisioneros no había terminado, pero parecía haber una perspectiva razonable de que el asunto terminara en un compromiso si no podíamos conseguir una absolución.
El cambio de situación en El Cairo es anunciado por Napier ya el 16 de octubre; y contaré el resto de mi relato del juicio principalmente en forma de telegramas y cartas.
*Napier to Blunt, Oct. 20th*: > "It is believed the Egyptian Government will try to quash the trial altogether, and that the chief prisoners will be directed to leave the country. I have not sufficient facts at my command to form a judgment on this point, but I think it not unlikely."
Y de nuevo de Broadley, recién llegado a El Cairo:
*De Broadley a Blunt, 20 de octubre*: > «Borelli Bey, el fiscal del Gobierno, admitió con franqueza que el Gobierno egipcio no contaba con ninguna ley o procedimiento en el que basarse, pero sugirió que deberíamos ponernos de acuerdo sobre un procedimiento. Admitió que los miembros del tribunal eran unos títeres y unos incompetentes. Esperaba que yo calmara al sultán y tratara a Taufik con la mayor *doucement* posible».
*Napier a Blunt, 20 de oct.*: > «Creo que ahora podemos garantizar una confesión abierta de todos los hechos. Permitir que el juicio continúe le costaría al Jedive el trono».
El principal peligro al que tuvimos que hacer frente era el deseo, aún no extinguido en el Ministerio de Asuntos Exteriores, de lograr por todos los medios posibles formular algún cargo criminal contra Arabi que justificara su muerte.
Chenery me escribe el 21 de octubre:
"Entre la gente importante hay un fuerte sentimiento en contra suya [Arabi] debido al supuesto motivo de que estuvo implicado en la masacre de Alejandría, o la consintió. Es casi seguro que el asunto surja en el juicio".
Este peligro, sin embargo, no parecía apremiante en El Cairo, y desde luego era uno de los que la fiscalía tenía menos probabilidades de tocar, siendo el propio Jedive el culpable en ese caso. Nada es más llamativo en los interrogatorios que el esmero puesto por los miembros del Tribunal en evitar preguntas que apuntaran en esa dirección y la ausencia en ese punto de toda prueba que pudiera incriminar a alguien.
No obstante, para nuestro Gobierno era de gran importancia política que se le probara esto a Arabi, pues en ello habían basado toda su empeñosa insistencia en forzar un conflicto y, sin ello, su moral excusa para la intervención se derrumbaba por completo.
Lo mismo cabía decir respecto a otro pretexto absurdo, defendido personalmente por Gladstone, de que se había producido un uso indebido de la bandera blanca durante la evacuación de Alejandría, una suposición de la que se había aferrado en uno de sus discursos y de la que había hecho un crimen especial, a pesar de que en verdad la retirada de tropas mientras ondea una bandera blanca está permitida según todos los usos de la guerra.
Por lo demás, la costa parecía bastante libre de peligro, pues era evidente que el público británico ya no permitiría que nuestro Gobierno aprobara la muerte de Arabi por meras razones políticas.
Mientras tanto, en El Cairo las cosas marchaban prósperamente. El 22, Broadley y Napier fueron admitidos en la celda de Arabí y no tardaron en hallar en lo que estos pudieron contarles los cimientos de una sólida defensa.
La actitud de Arabí en prisión era perfectamente digna, pues, cualquiera que hubiese sido su falta de valor físico, poseía valor moral en alto grado, y su comportamiento contrastaba favorablemente con el de la gran mayoría de quienes habían sido arrestados con él, sin dejar de impresionar a cuantos lo veían.
Sin la menor vacilación, escribió en los días siguientes una historia general de todos los asuntos políticos en los que se había visto envuelto, y lo hizo de una forma franca y convincente. No menos franco se mostró al denunciarei maltrato que había recibido desde su traslado a su prisión actual por parte de esos bribones, los eunucos del Jedive, enviados por la noche por su amo para agredirlo e insultarle.
No pocos de los prisioneros habían sido tratados de este modo vergonzoso; sin embargo, debido a una singular falta de valor moral, la mayor parte no se atrevió a expresar con palabras claras un crimen que implicaba personalmente al cobarde tirano que había sido restituido como amo sobre ellos. Nada resulta más lamentable en las declaraciones que la actitud servil adoptada por casi todos los declarantes hacia la persona del Jedive, a pesar de lo aborrecido que había sido por ellos y lo despreciado que estaba ni un mes antes.
Un acontecimiento aún más importante fue la recuperación, de entre sus escondites, de los papeles más importantes de Arabí, los cuales habían sido ocultados en su casa y que ahora indicó que debían buscarse y ponerse en manos de Broadley. Con gran dificultad se logró que su hijo y su esposa, presas del terror, permitieran el registro —pues ellos también habían sido "visitados" por los sirvientes del Jedive—, pero al fin los valiosos documentos fueron asegurados y llevados a Broadley por el ya mencionado criado de Arabí, Mohammed Sid Ahmed.
Resultaron de un valor supremo, ya que incluían las cartas escritas por orden del Sultán a Arabí y otras de índole igualmente comprometedora. La noticia del descubrimiento sembró el pánico en el Palacio y pareció haber grandes posibilidades de que el juicio fuera abandonado.
Napier, escribiéndome el 30 de octubre, dice:
«El hecho es que creo que ahora somos nosotros los amos, y que el jedive y su camarilla estarían encantados de escabullirse del juicio con la menor demora posible. La lealtad del criado de Arabi y la constancia de su esposa nos permitieron recuperar todos sus papeles excepto uno. Ahora están guardados en una caja fuerte en la habitación de Beaman en el Consulado... El Gobierno no puede hacer frente a nuestra defensa. Ofrecerán un compromiso, el exilio conservando toda su propiedad. ¿Qué mejor se podría conseguir?... Este asunto probablemente tendrá que considerarse pronto».
Se comprenderá que el cambio en el aspecto de los asuntos en El Cairo encontró eco, y más que eco, en la prensa de Londres. El Cairo estaba lleno de corresponsales de periódicos, y Broadley, que era un maestro consumado en las artes del periodismo, pronto los tuvo en su mayoría de su parte.
Su hospitalidad (a expensas mías) fue pródiga, y no se escatimaron el «pollo y el champán». Malet y Colvin, que en los viejos tiempos eran supremos, eran ahora totalmente incapaces de contener el torrente de noticias, y una revelación sucedía a otra, todas destructivas de la teoría que le habían impuesto al Gobierno de que Arabi y el ejército habían sido los únicos en oponerse a las demandas inglesas y de que el movimiento nacional había sido algo menos que universal.
Colvin había caído en el descrédito en el Ministerio de Asuntos Exteriores por ser un guía falso, y la incapacidad de Malet era por fin plenamente reconocida. Lord Granville, furioso por nuestro éxito y viendo que la situación política en Egipto derivaba en un lío sin esperanza, hizo lo que probablemente era su curso más prudente al someter todo el asunto a Lord Dufferin para que lo resolviera.
Button me avisó con antelación de este nuevo paso y de que la primera tarea de Dufferin al llegar a El Cairo sería lograr un acuerdo sobre el juicio. Mi carta de instrucciones a Broadley en vista de la situación así creada merece ser insertada aquí:
*Blunt a Broadley, 2 de noviembre de 1882.* > "Deseo reiterar mis ideas y esperanzas al emprender la defensa de Arabi y la de sus compañeros, las cuales, si se materializan, me compensarán del costo, aunque sea mayor de lo que originalmente había considerado probable. Por supuesto, el objetivo principal era salvar la vida de los prisioneros, y eso creo que ya podemos considerarlo logrado, pues la opinión pública se ha manifestado en Inglaterra y, al haber fracasado tan rotundamente la investigación preliminar en el asunto de los disturbios de junio y el incendio de Alejandría, ninguna prueba que pudiera presentarse ahora ni ningún veredicto emitido por los jueces podría volver a ponerlos en peligro. Desde su llegada, sin embargo, y gracias a su habilidad y buena fortuna, nos ha caído un As en la manga. En lugar de que los papeles de Arabi estén bajo llave en el Ministerio de Asuntos Exteriores, están en nuestro poder y, como usted me dice hoy, nuestra defensa es perfecta, al tiempo que ostentamos una posición tan dominante sobre el enemigo que bien podemos dictarle condiciones. No podemos, por tanto, conformarnos con nada que sea menos que una absolución honorable o el abandono del juicio. En la actualidad, esto último parece lo más probable. Lord Dufferin ha recibido la orden de marchar a Egipto; el primer ministro tanteó ayer el terreno en busca de un compromiso y, por todo lo que oigo, en breve se harán propuestas para algún arreglo del asunto con el que se eviten el escándalo y el descrédito de una revelación. Depende, por tanto, enteramente de nosotros salvar no solo la vida de Arabi, sino su honor y su libertad, y también, creo, la vida y la libertad de todos los presos políticos inculpados con él. > "Creo que Lord Dufferin hará un fuerte intento para conseguir que Arabi acepte el confinamiento en las islas Andamán, o en alguna parte del Imperio Británico donde permanezca como preso político tratado con benevolencia, pero sin permitírsele estar en libertad. Creo también que procurará obtener de él la cesión de sus papeles. No se debe permitir que ninguno de estos intentos triunfe, y todas las propuestas que los incluyan deben ser rechazadas. No es asunto nuestro salvar el honor del sultán o del jedive, ni librar a Lord Granville de un apuro, y consideraré nuestro fracaso como algo grave si no conseguimos mucho más. Pienso que Arabi debería, en primer lugar, declarar que exige un juicio para limpiar su honor y, en especial, para demostrar la inocencia de quienes actuaron con él durante la guerra, es decir, la nación entera; o bien, si no es sometido a juicio, que se retiren los cargos contra ellos además de los que pesan sobre él. Debe haber, de hecho, una amnistía general; asimismo, debería conservar sus papeles, aunque probablemente podría dar su palabra de que no se publicarían durante una serie de años. No podemos, dadas las circunstancias, oponernos rotundamente al exilio, porque supongo que se argumentará que el jedive podría exiliarlo por decreto, pero incluso de esto haría yo una cuestión de favor, porque la Constitución de febrero de 1882 (que espero que haya estudiado detenidamente, y que es un documento muy valioso por el hecho de haber sido confirmada tanto por el sultán como concedida por el jedive) prohíbe dicho exilio. Aun así, habría que ceder en ese punto. No obstante, deberíamos rechazar cualquier cosa que se parezca al encarcelamiento. El jedive podría exiliarlo de Egipto, y el sultán del Imperio otomano, pero ninguno tendría derecho a fijar el lugar ni la naturaleza de su residencia más allá de ellos. > "Tampoco podría el Gobierno inglés, habiendo entregado a Arabi al jedive para ser juzgado, permitir que se le llevara de vuelta sin ser juzgado para que Inglaterra lo tratara como a un criminal. El Gobierno inglés lo ha reconocido al negarse a recibirlo de vuelta en esas condiciones. Menos aún podría encarcelarlo si se le llevara así sin ser juzgado. Es, por tanto, evidente que, a menos que sea juzgado y condenado, debe abandonar Egipto como un hombre libre. Tampoco puede ser privado legalmente en Egipto de su rango y paga. Pero supongo que aceptará retirarse únicamente con su rango militar y un pequeño sustento para librarlo de la pobreza absoluta y de la necesidad de trabajar con sus manos. Pienso que estos términos serían dignos, y son términos en los que podemos insistir. De lo contrario, insto a la necesidad de una defensa a capa y espada, y confío sinceramente en que no escuche ninguna propuesta que pueda hacerse sobre un juicio *pro formá* y dejar caer al jedive *doucement*, como propuso Borelli. Debe haber una revelación real y honesta de *todos* los hechos, o una retirada honorable de *todos* los cargos. Confío en que cooperará plenamente conmigo para obtener este resultado, sin tener en cuenta los sentimientos de cónsules, embajadores o virreyes. No significan nada para nosotros, y el honor y la causa de nuestro cliente lo son todo. Su habilidad diplomática está, no me cabe duda, a la altura de la de Lord Dufferin, y será una gran partida que ganar. Usted ha conseguido que Malet hiciera lo que quería, y así hará que lo haga Dufferin. Si logra esto, no hablaremos más de los honorarios. Adjunto una carta de presentación para Lord Dufferin."
Lo siguiente, procedente del señor Beaman, intérprete oficial de Malet y testigo de indudable autoridad, es de la más alta importancia histórica. Beaman se había hecho cargo de la Agencia en El Cairo durante las últimas semanas previas al bombardeo y, al ser un buen arabista, conocía el verdadero estado de las cosas mejor que cualquier otra persona empleada allí. Había sido nombrado pocos días antes de la fecha de su carta para supervisar, por parte de Malet, el juicio:
*Beaman a Blunt, El Cairo, 6 de noviembre de 1882.* > "... Este es nuestro último día antes de la suspensión... La gente de Palacio está hecha un lío con la llegada de lord Dufferin, que llega mañana. La llegada de Broadley ha sido una agonía para ellos, pero esto es el golpe definitivo. Creo que Dufferin es un hombre que enseguida se dará cuenta de cómo es nuestro amigo Tewfik, y como me han dicho que escucha a todo el mundo, la Embajada temporal estará mejor informada, espero, de lo que la Agencia lo ha estado nunca. Tuve mucho trato con nativos de todas las clases y partidos antes del bombardeo, y conocía el juego por completo desde los cuatro flancos: inglés, turco, arabista y de Tewfik. Cada uno era completamente distinto. Como no habría podido revelar mis fuentes, y como la gente no habría aceptado mi palabra sobre las cosas que podría haber contado, me guardé la información para mí, pero le he dado buenos indicios a Sir Charles Wilson, quien ahora tiene una idea más justa de la cuestión egipcia que cualquiera de nuestros funcionarios aquí. Es un hombre sumamente cauto, con una gran dosis de perspicacia y verdadero juicio que no permite que se tergiverse. A través de él he podido hacer llegar a Malet datos que jamás le habría contado al propio Malet. Creo ahora que Malet ha perdido por completo cualquier respeto que pudiera haber tenido por el Jedive. En todas nuestras actuaciones ha procedido con la mayor lealtad hacia nosotros, aunque totalmente en contra de sus propios intereses... Ya sabes cuán profundamente comprometido estaba con el Jedive, y para él es un trago bastante amargo ver caer su ídolo del castillo de naipes que se está desmoronando... Creo que el asunto de Ibrahim Agha por sí solo basta para mostrar al Jedive tal como es en realidad. Me enteré de toda la historia directamente desde Palacio, de cómo el *titunji*, el mayordomo de pipas del Jedive, le había besado la mano al Jedive y pedido permiso para escupir en la cara de los prisioneros, y fue a raíz de esto que Sir Charles Wilson hizo averiguaciones y comprobó que era todo verdad. Sin embargo, como era evidente que el Jedive tenía un trapo muy sucio que lavar en este asunto, se dejó estar. Sugerí, cuando todos los testigos juraron en falso, que se les administrara el juramento de triple divorcio, y Sir Charles Wilson también era partidario de ello, pero se silenció. La propia familia de Su Alteza ya no disimula ni niega el asunto entre ellos. Y este es el hombre por el que vinimos a Egipto.4 > "Si mi posición aquí no me atara para no aconsejar a Broadley, podría darle suficientes indicios para su contrainterrogatorio como para destituir al Jedive mañana mismo. Espero que aun así salga a la luz. El primer hombre del que hay que deshacerse es Riaz. Está haciendo estragos en todo Egipto. El otro día dijo: 'Los egipcios son serpientes y la forma de evitar que las serpientes se propaguen es aplastarlas bajo los pies. Así aplastaré yo a los egipcios'. Y lo está haciendo".
Así estaban las cosas en la primera semana de noviembre, fecha de la llegada de lord Dufferin a El Cairo. Era una circunstancia afortunada para nosotros, los que defendíamos la causa de la justicia en Inglaterra, que el Parlamento celebrara aquel año un periodo de sesiones en otoño. Esto trajo en nuestra ayuda a la Cámara de los Comunes a varios diputados de primer orden en capacidad de combate —Churchill, Wolff, Gorst, Lawson, Labouchere, además de Robert Bourke, lord John Manners, W. J. Evelyn y el actual lord Wemyss, de la oposición tory oficial, junto con dos o tres diputados irlandeses. Percy Wyndham, para su honor, había sido el único tory que votó con la minoría de veintiuno en contra de la guerra.