Desde que se escribió el primer breve prólogo a mi manuscrito hace doce años, han ocurrido acontecimientos que parecen indicar que al fin ha llegado el momento previsto en él en que, en beneficio del público y sin riesgo de indiscreción grave en lo que a los particulares respecta, se puede revelar toda la verdad al mundo.
Ya en 1904 el manuscrito original había sido profundamente revisado, y en su parte puramente egipcia remodelado bajo circunstancias que añaden un gran valor histórico a la obra.
Mi viejo amigo egipcio, el jeque Mohammed Abdu, de quien tanto se habla en ella, había establecido su residencia campestre a las puertas de mi casa en Sheykh Obeyd, y me vi en contacto casi diario con él, un incidente de lo más precioso del cual no dejé de sacar el pleno provecho.
Aquel gran filósofo y patriota —hoy, por desgracia, perdido para nosotros, pues murió en Alejandría el 11 de julio de 1905, coincidiendo el día con el vigesimotercer aniversario del bombardeo de dicha ciudad—, tras muchas vicisitudes de mala y buena fortuna, había alcanzado en el año 1899 la posición suprema en Egipto de gran muftí, y habiendo adquirido así un ámbito de influencia aún mayor que nunca con sus compatriotas, tenía en su corazón el legado de un relato verdadero de los acontecimientos de su época, acontecimientos que habían sido extrañamente malinterpretados por ellos y revestidos de leyendas del todo fantásticas e irreales.
Sobre este asunto me hablaba a menudo, lamentando su falta de tiempo libre para completar la obra histórica, y cuando le hablé de mis propias memorias, me instó con mucha fuerza a publicarlas, si no en inglés, al menos con su ayuda en árabe, y se comprometió a revisarlas conmigo y a velar por que toda aquella parte de ellas que se relacionaba con asuntos de su conocimiento fuera relatada de manera exacta y completa.
Habíamos sido amigos personales y aliados políticos casi desde la fecha de mi primera visita a Egipto, y al estar su jardín contiguo al mío, nos resultaba fácil trabajar juntos y comparar nuestros recuerdos de los hombres y las cosas que habíamos conocido.
Fue de este modo como mi historia de una época tan memorable para ambos tomó su forma definitiva, y pude (¡qué fortuna!) completarla y obtener de su parte su aprobación e imprimatur antes de que su inesperada muerte cerrara para siempre la principal fuente de conocimiento que sin duda era él sobre el movimiento político que condujo a la revolución de 1881, y de las intrigas que la arruinaron el año siguiente.
La muerte del Muftí, un duro golpe tanto para mí como para Egipto, pospuso indefinidamente nuestro plan de publicar en árabe, ni hasta el presente año el momento ha parecido políticamente propicio para la producción de mi obra en inglés.
Los acontecimientos, sin embargo, de 1906, y ahora la retirada de Lord Cromer de la escena egipcia, han cambiado tan por completo la situación que siento que ya no debo demorarme, al menos en lo que respecta a mi deber hacia mis propios compatriotas.
Nosotros los ingleses nos enfrentamos hoy en nuestras relaciones con Egipto al mismo problema que malinterpretamos y sobre el cual titubeamos de forma tan desastrosa hace una generación, y si aquellos de nosotros que somos responsables de las decisiones públicas han de «reexaminar su posición allí, política y moralmente», en palabras de mi primer prólogo, con honradez o con algún provecho, es necesario que se les presente primero el pasado tal como fue realmente y no tal como se les ha presentado durante tanto tiempo a través de los falaces documentos de sus Libros Azules oficiales.
Probablemente no me equivoque al afirmar que ni lord Cromer en El Cairo, ni sir Edward Grey desde la metrópoli, ni tampoco el sucesor de lord Cromer, sir Eldon Gorst, poseen un conocimiento exacto de lo que ocurrió en Egipto hace veinticinco años; y esto a pesar del tardío reconocimiento de lord Cromer hacia el movimiento reformista de 1881 y de su elogio al jeque Mohammed Abdu, repetido tan recientemente como en su último informe anual.
Debe recordarse que lord Cromer no estuvo en El Cairo durante ninguna parte del período revolucionario aquí descrito y que, hasta hace muy poco, siempre ha dado por sentado que la «verdad oficial» al respecto era la única verdad.
Por esta razón he decidido por fin proceder a la publicación, ofreciendo el texto de mis Memorias tal como quedó concluido en enero de 1905, el texto idéntico que mi amigo aprobó, suprimiendo únicamente ciertos pasajes breves que aún me parecen demasiado personales con respecto a individuos vivos, y que pudieron omitirse sin perjuicio para el completo valor histórico del volumen.
Puedo decir sinceramente que en todo lo que he escrito mi único y gran propósito ha sido revelar la vérité vraie tal como me es conocida en aras de una Historia desorientada.
Si hay en absoluto una segunda razón por mi parte, debe buscarse en una promesa hecha públicamente ya en el número de septiembre de 1882 de la Nineteenth Century Review de que completaría algún día mi Apología personal respecto a los acontecimientos entonces contemporáneos.
En aquel tiempo y por consideración hacia Mr. Gladstone, y por la esperanza que abrigaba de que aun repararía el daño que había hecho a la libertad en Egipto, me abstuve, frente a muchas invectivas, de exculparme mediante una revelación completa de las circunstancias ocultas que constituían mi justificación. No podía limpiarme por completo sin relatar hechos técnicamente confidenciales, y decidí guardar silencio.
Existe, sin embargo, un límite para el deber de reserva que se debe a los hombres públicos en los asuntos públicos, y confío en que mi abstención de un cuarto de siglo disculpará ante los espíritus justos que ahora, al fin, aclare mi conducta de la única manera posible para mí, a saber, mediante una exposición completa y detallada de todo el drama de intriga financiera y debilidad política tal como entonces se me reveló, fundamentándolo con los documentos contemporáneos que aún conservo.
Si las susceptibilidades de algunas personas en altas esferas se ven tocadas por un relato demasiado sincero, solo puedo responder que la necesidad de hablar me ha sido impuesta por su propia y prolongada falta de franqueza y generosidad.
Durante todos estos años, ninguno de los que sabían la verdad ha dicho una sola palabra confesional en mi favor. Bastará con que repita junto a Raleigh:
Wilfrid Scawen Blunt.
Newbuildings Place, Sussex.
Abril, de 1907.