Ignashka, que se ocupaba de todo, se acercó al trineo y empezó a empujar al durmiente.
—Digo, una sola copa lo ha dejado fuera de combate. ¡Si estás congelado, dilo de una vez! —dijo, sacudiéndolo.
El hombre dormido masculló algunas palabras ofensivas.
—¡Muchachos, con vida! —dijo Ignashka, y volvió a correr hacia adelante, y de nuevo reanudamos la marcha, y con tanta rapidez en verdad que el pequeño caballo alazán de tiro de mi trineo, al que no dejaban de fustigar en la grupa, rompió más de una vez en un galope torpe.