¿Puede ser la profecía una ciencia? La ciencia, en cualquier caso, parece aspirar a la profecía.
A menudo se nos dice que la prueba de una hipótesis radica en los acontecimientos que predice; pero es una prueba que se aplica con demasiada poca frecuencia.
Nos sorprende cuando los biólogos la aplican de forma sistemática a la teoría de la evolución.
Los historiadores también nos dicen que el estudio del pasado nos ayudará a prever el futuro, pero en su práctica apenas logran alcanzar el presente.
El órgano del conocimiento humano presenta, en efecto, un espectáculo curioso: un vasto sistema de cimientos, pero ni rastro del edificio que dichos cimientos han de sostener. Al menos tal era el caso hasta hace poco. En los pequeños volúmenes proféticos publicados recientemente podemos ver, tal vez, el esbozo preliminar de su imponente alzado.
Y así surge otra pregunta.
¿Cuál es el futuro de la profecía?
La investigación psíquica aún podría sorprendernos. Es posible que facultades latentes de adivinación se agazapen en la mente humana, pero sin duda es prematuro buscar iluminación por este medio. Menos sensacional pero más significativo es el surgimiento de la función profética en la labor de la ciencia misma, y en el pausado progreso de nuestra vida intelectual general en el siglo veinte.
Fue esta función profética del pensamiento científico la que el autor se propuso investigar en este pequeño libro, pero, al igual que otros escritores de la serie, se vio tentado a «probar» algunos principios provisionales que parecían prometedores. Quizá el futuro revele algunas imprecisiones en su pronóstico, pero la digresión ha valido la pena.
Una cosa, al menos, es segura. La organización a gran escala se extiende a la labor de la ciencia. En nuestros experimentos pasados nos hemos preocupado demasiado por los acontecimientos de corta duración, por el tipo de resultados que podíamos obtener para una publicación rápida y por ciclos que entran dentro del margen de una vida individual.
Aún hoy disponemos de datos insuficientes para decidir si los inviernos fríos se suceden en periodos de setenta u ochenta años, un problema ridículamente fácil que un poco de organización habría resuelto. Pero cada año aumentará el fondo de datos cuidadosamente registrados. Los hombres están aprendiendo a cooperar a través del tiempo. Los experimentos iniciados por el padre son continuados por el hijo, y las generaciones sucesivas registrarán los resultados.
La organización proporciona una alternativa viable a la invención de Matusalenes; aunque simplificaría considerablemente las cosas si la Naturaleza pudiera hallar el modo de acoger la sugerencia del señor Shaw.
Más que en ninguna otra parte tal vez, este tipo de organización es necesario para la experimentación sociológica y biológica. Por ese camino obtendremos el conocimiento sobre el cual podrá basarse la profecía científica.
Mientras tanto, especulemos. La especulación no es un pecado mortal, sino una ayuda para alcanzar la verdadera perspectiva, y es sugerente de buenas hipótesis. Tampoco es necesario que nuestras especulaciones, ni siquiera ahora, estén totalmente en el aire. Contamos con las amplias tendencias del pasado sobre las cuales basar nuestra previsión.
El peligro radica en un intento prematuro de dilucidar los detalles. Los profetas antiguos intentaban prever acontecimientos particulares, los más nuevos se contentan con las tendencias generales. El conocimiento no crece como un cristal mediante acumulaciones minuciosas, sino como una obra de arte, desde el contorno hasta el detalle, guiado por la inspiración —que, en la ciencia, es la especulación—.
C. A. M.