Los hechos sacados a la luz en la esfera de la industria tienen aplicación en la política, así que volvámonos hacia la política y las artes de gobierno. Consideren los políticos, por ejemplo, el descubrimiento de que la incidencia de la neurosis de guerra en el combate, y de los trastornos nerviosos en tiempos de paz, es mayor en las ocupaciones peligrosas que son también las más propensas a la agitación industrial.
Tales hechos nos impiden ver al trabajador descontento ya sea como un idealista martirizado, o como un mero criminal. El caso es equiparable a la sugerencia de que la deserción y la simulación en los ejércitos exhaustos son síntomas o «reacciones de defensa» ante una neurosis de guerra incipiente. Nos imponen un punto de vista más desapasionado y más terapéutico.
El criminal en general empieza a ser considerado bajo esta luz. Dirijámonos ahora al anarquista, y el psicoanalista le explicará que sus actividades son síntomas menores de su «complejo de padre», que el encarcelamiento, por ejemplo, no hará más que intensificar.
Del conocimiento de las condiciones de estas cosas procede el control. Posiblemente las medidas punitivas sean genuinamente causas contrarrestantes. Quizá, sin embargo, la ciencia empírica declare que el mejor tratamiento para un anarquista es hacerle alcalde, y el mejor remedio para un partido laborista militante sea un periodo de gobierno supervisado sensatamente por nuestros funcionarios permanentes.
El futuro estudiante de los asuntos sociales se ocupará de la investigación científica de las fuentes del poder y de sus reservas sociales. El «partido en el poder», como se le llama caritativamente, no tiene gran cosa. La opinión pública parece tener mucho más. De hecho, la función principal de un gobierno, hoy en día, parece ser la de llevar a cabo el programa de la oposición.1
La oposición está relativamente libre de críticas; el Gobierno se mueve temeroso de estas, amenazado por el desgaste en sus elecciones parciales y por una debacle general ante cualquier convocatoria electoral.
Under such conditions the essential tasks of government are very much the same of whatever political colour the party in power may be.
First and foremost it has to deal with emergencies, whether spontaneously arising or organized by the opposition, in such a way as to preserve its popularity with the public.
It has also to carry out more or less efficiently the routine work of government, and it has to prepare for the next election by enshrining its most permanent tactical advantages within the framework of the Constitution.
Any time and energy that may be left can be devoted to carrying out its ‘programme’ and in dealing with what it conceives to be the fundamental disorders of society.
Un «programa electoral», como un sueño, tiene un contenido manifiesto y un contenido latente.
El contenido manifiesto se extrae de los incidentes del día y de las demandas populares. El latente está constituido por aquellas políticas más profundas para cuya promoción puede recurrirse a esta verborrea.
La distinción entre el contenido manifiesto y el latente no se debe, como se afirma con frecuencia, a una mera deshonestidad política, sino a las necesidades del caso; a la necesidad de la mente del grupo primitivo de una «Causa» y de un signo exterior y visible de una doctrina económica interior y espiritual.
Con la creciente complejidad y el carácter científico que es probable que el contenido latente adquiera en el futuro, el sacramentalismo político cobrará cada vez más importancia.
¿Cómo afectará esto al problema de nuestros actuales descontentos?
Viendo la situación con franqueza, encontramos en la sociedad dos fuerzas poderosas y opuestas. Adoptemos las etiquetas convenientes y llamémoslas Capital y Trabajo.
Nos llevaría demasiado lejos discutir en detalle las perspectivas de éxito de cada uno de los diversos remedios sugeridos para su enemistad. En general, me parece que todas las propuestas dependen para su éxito de la persuasión a gran escala, e ignoran las causas fundamentales de la inquietud y el conflicto.
Incluso el trabajo, me parece, está equivocado acerca de las causas de sus problemas, y cabría esperar que el trabajo fuera el que mejor las conociera. Pero incluso pedir esto sería tan irrazonable como pedirle a un paciente que diagnostique y recete para su propia enfermedad.
La solución, me atrevo a pensar, llegará por las líneas en las que siempre se ha encontrado antes la única solución a cualquier problema: por las líneas del pensamiento exacto y científico y de la investigación fragmentaria.
El reconocimiento de esto, combinado con la atención prestada al aparente poder de la opinión pública en la política moderna, ha llevado a muchos a suponer que el remedio último radica en la difusión de la educación y del pensamiento exacto y científico en el seno de nuestras grandes democracias.
Pero, en lo personal, dudo de la posibilidad de difundir algo, y menos que nada los hábitos científicos o las actitudes mentales. Ello parecería violar la regla de la diferenciación. Tampoco logro convencerme de que haya existido jamás, ni de que sea probable que llegue a existir, una democracia en ningún sentido importante.
Basta con que este espíritu científico sea explotado por quienes empuñan las riendas del poder, y es porque me parece que estos empiezan a vislumbrar las posibilidades que ofrece por lo que creo que la revolución verdaderamente significativa está por venir.
Lo que se llama «opinión pública» es hoy en día un artículo cuidadosamente manufacturado por empresas totalmente al margen de las leyes de fábricas.
Por supuesto, incluso un despotismo es una «democracia» en el sentido irrelevante de que el mandato del déspota depende de un cierto tipo de consentimiento. Lo que ha sucedido últimamente es que ha evolucionado un nuevo tipo de líder.
- El viejo líder gobernaba mediante un cierto tipo de fuerza obvia.
- El nuevo gobernante practica un arte.
Es, además, un estudioso de la ciencia de la persuasión. Apela directamente a las masas a través de diversos medios, y no tanto inspira confianza como sugiere que él es tan solo un portavoz más articulado de su voluntad.
El contraste se parece bastante al existente entre la coacción y el hipnotismo, dos formas obvias de hacer que la gente haga lo que uno desea; y la transición de la una a la otra no me parece que pueda describirse adecuadamente como un paso hacia la democracia.
El futuro, al parecer, verá el empleo científico de estos poderes. Mucho se ha aprendido mediante métodos empíricos rudimentarios. Los periódicos, las agencias de publicidad y los departamentos de propaganda poseen un cúmulo de conocimientos del que los políticos están comenzando a servirse sabiamente.
Pronto tal vez presten atención a Mr. Bertrand Russell, quien en su profético volumen prevé el desarrollo de la psicología glandular. Sabemos que, mediante inyecciones adecuadas, el estado emocional de una persona puede cambiar, y Russell sugiere que una simple operación como la vacunación obligatoria convertirá al bolchevique más exaltado en alguien con el temperamento del vicario más apacible.
Las glándulas de la docilidad estarán bajo control gubernamental.
La sugerencia me parece demasiado simple, y propia del tipo mecanicista de profecía. Su suprema simplicidad es, en este contexto, su supremo defecto. La única defensa contra la democracia es un modo complicado de gobierno. Si los métodos de gobierno son a prueba de tontos, entonces cualquiera puede ponerlos en práctica; y un repentino golpe de Estado, o la invasión de media docena de salvajes no inoculados, serían un desastre irrevocable.
Es, creo yo, principalmente mediante el desarrollo de la propaganda conducida científicamente como el mundo podrá ver algún día el abandono de la fuerza.
No estará implicado ningún cambio radical de mentalidad. Se tratará simplemente de que se habrá descubierto un arma más eficaz, un arma que es tanto preventiva como correctiva en su uso.
Se suele coincidir en que la mentalidad militar es conservadora hasta el borde de la pura estupidez, pero incluso la mentalidad militar está empezando a contagiarse de las nuevas ideas. Bajo la influencia del capitán Liddell Hart, el representante militar de la escuela profética que nos ocupa, sin duda llegará a reconocer «el objetivo moral de la guerra».2
Incluso este autor es conservador al considerar los tanques y los aeroplanos como las principales armas del futuro. Con respecto al futuro inmediato puede que tenga razón. Pero la implicación de su tesis general es que todas estas armas acabarán cediendo el paso a otras más sutiles de diseño psicológico.
Apenas menos eficaz que el «rayo de la muerte» para doblegar la voluntad del enemigo es el rumor de que se ha inventado uno. Y los rumores se pueden inventar a diario en la Oficina de Propaganda de Su Majestad.
¿Y por qué detenerse en el control del miedo? ¿Por qué no aplicar la psicología en toda la vida mental del enemigo? Tal vez, en la última de todas las guerras para acabar con la guerra, la victoria recaiga en el bando que primero haga reír a su enemigo. El poder del sentido del humor, en cualquier caso, es un arma terrible en la negociación de la paz. A nuestros difuntos enemigos no les habría ido tan mal de haber estado menos escasamente dotados de él en la guerra.
El humor tiene sus aplicaciones tanto en la paz como en la guerra. Bajo una Dirección Científica universal, el Gobierno rivalizará con los ferrocarriles subterráneos por el control de la risa pública. La Iglesia católica, al alistar la ayuda de Chesterton y Ronald Knox contra sus irrefutables pero sombríos adversarios, se ha situado por una vez en la historia moderna a la vanguardia de una causa ganadora.
El arma encierra curiosas posibilidades, pero es difícil de emplear.
Un ingenio rápido y sensible a las tendencias de la moda constituye el requisito esencial para desempeñar el cargo de Ministro de Humor Público.
Pues el chiste es la más efímera de todas las obras de arte. Hoy en día se requieren años de paciente investigación para captar las gracias de la antigüedad clásica, y páginas de solemne argumentación para defender el gusto de Shakespeare en su vertiente humorística. Las diferencias de humor separan a una época de otra y a una clase social de otra. Es el eslabón más débil el que une a los intelectuales con la causa obrera.
Cabría esperar que esta arma favoreciera a las instituciones establecidas, ya que solo los bien alimentados y prósperos pueden reír con alborozo, pero, por la misma razón, los chistes de María Antonieta eran ininteligibles para los hambrientos. Por consiguiente, los periodistas sufridos y tenaces saldrán a la palestra y ocuparán su lugar entre los asesores expertos del futuro Ministerio de Talentos.