La educación será tal vez uno de los campos más interesantes de la futura gestión científica. En la actualidad sabemos unos pocos fragmentos de unas pocas ciencias y un puñado de hechos históricos. Completamos el cuadro con teorías y tratamos torpemente de hacer que otras personas memoricen estas cosas.
Llamamos a este proceso Educación. Hemos inventado algunos ingenios para descubrir lo que olvidan, y los llamamos Exámenes. Recientemente hemos inventado algunos trucos para exponer lo que no pueden hacer, y los llamamos Tests Mentales. Envolvemos todo esto en un ovillo de filosofía laxa, y lo llamamos La Ciencia de la Educación.
Profesamos, es verdad, algunas metas más elevadas. Intentamos, según decimos, enseñar a nuestros alumnos a pensar. Intentamos moldear sus caracteres y tratamos de producir buenos ciudadanos.
¿Pero en qué se resume todo al final? La manera más eficaz descubierta hasta ahora de enseñar a la gente a pensar es que el propio profesor piense en voz alta y confíe en que sus alumnos cojan el truco.
¿Cómo nos proponemos moldear el carácter de un niño? Mediante preceptos morales, buen ejemplo, deporte sano, un ambiente edificante y una aplicación sin principios del castigo y la recompensa.
- Nuestros hijos se aburren con los preceptos.
- Bostezan en nuestra presencia y se burlan de nuestros preceptos en nuestra ausencia; se escapan a la primera oportunidad y «hacen de su capa un sayo»*, y luego redescubren nuestra vieja moralidad por sí mismos.
- Los más audaces inventan una nueva propia, probablemente algo mejor que lo que intentamos enseñarles.
Nuestros buenos ejemplos producen dos efectos alternativos. Si al niño lecaemos bien por casualidad, imitará nuestras acciones y la moralidad se convertirá en una mímica vacía. Quizá, por otro lado, tengamos un manierismo desafortunado o algún parecido inocente con un terror olvidado, y el niño nos tenga tirria. El buen ejemplo se toma como modelo de lo que hay que evitar. Por contrasugestión, toma el camino opuesto en la medida de sus posibilidades.
Los hijos de los clérigos podrían proporcionarnos material para una teoría de la educación moral.
Nuestros deportes sanos... pero ¿para qué seguir? No es mi intención ridiculizar las mejores cosas que la sabiduría de los siglos ha producido. Mi única tesis es que nuestros métodos educativos son desesperadamente tentativos, inciertos en sus efectos, justificables solo sobre la base de que aún no podemos ver con claridad ninguna otra cosa que hacer. Pero las cosas cambiarán.
Ya existe una ciencia de la educación, porque mentes científicas están pensando en los problemas que esta presenta. Están experimentando y, al menos, están sacando a la luz nuestra ignorancia. Experimentos similares a los de la Administración Científica están produciendo resultados similares.
Empezamos a saber cosas importantes sobre la mente, su desarrollo natural y el método mediante el cual funciona.
Ya sabemos bastante sobre las condiciones de la memoria, lo suficiente al menos para condenar, si nos atreviéramos a reflexionar sobre las implicaciones de nuestro conocimiento, muchas prácticas educativas venerables.
Algunos de nuestros descubrimientos más importantes se alinean fácilmente con los resultados de la psicología industrial.
Parece haber, por ejemplo, una tasa natural de trabajo adecuada para el aprendizaje, unos ritmos apropiados de impresión, descanso y recuerdo, mediante cuyo funcionamiento el conocimiento se arraiga firmemente en la mente.
Cuando se ignoran estos ritmos, se producen los nefastos efectos de la memorización intensiva de última hora. Nuestros métodos educativos en la escuela y en la universidad rompen y aplastan todos estos ritmos, y los estudiantes salen al mundo con mentes mutiladas.
Los ritmos de la vida, sin embargo, presentan en todos los campos posibilidades de una modificación extensa. Que muchas necesidades exigen una satisfacción rítmica es bien sabido, pero aquí hay margen para una investigación y experimentación detalladas. Ninguno de estos periodos naturales parece estar absolutamente fijo más allá de toda posibilidad de alteración.
Los ritmos de la digestión probablemente varían con las modas de la época y de la clase social, según estén de moda las meriendas-cenas o las cenas tardías. Podrían, bajo ciertas condiciones, haber dependido de las mareas; y los cambios en nuestros hábitos de alimentación probablemente producirían variaciones sumamente interesantes.
¿Por qué habríamos de dormir toda la noche y trabajar todo el día? Nuestros hábitos al respecto se formaron en los días antes de que el fuego fuera robado a los dioses, y son también hábitos derrochadores.
La luz artificial algún día bien podría llegar a ser tan barata como el agua, y el hombre cambiará su modo de tomar el descanso. Algunos experimentadores sostienen que la parte más valiosa del sueño se encuentra en los primeros minutos. El resto de la noche lo pasamos en sueños y despertando gradualmente.
Apliquemos el principio de las pausas de descanso de una manera exhaustiva. Los períodos de sueño distribuidos podrían resultar en una gran economía. A la gente se le enseñará a recostarse, digamos, una vez cada dos horas y a dormir durante veinte minutos. Así se inaugurará el día de veinticuatro horas y surgirá una raza de Napoleones enérgicos.
Pero volviendo a la educación general.
¿Por qué el periodo de aprendizaje debe concentrarse totalmente en los primeros años de la vida? Los periodos de estudio distribuidos demostrarán sin duda ser más eficaces, digamos dos horas todos los días, o dos días a la semana, o, si se prefiere, dos meses continuos al año a lo largo de toda la vida.
Así podría llegar la solución a una variedad de problemas. Tenemos, ante todo, los problemas de la educación misma. En la actualidad organizamos la vida de un niño de modo que a un periodo de memorización intensiva le sigue el cese abrupto de la vida intelectual en el momento en que el intelecto apenas empieza a madurar.
Está el problema de la fatiga industrial, debida más a menudo a la monotonía que al trabajo arduo. Las investigaciones recientes ofrecen respaldo científico al refrán de que un cambio de labor equivale a unas vacaciones. Las actividades educativas proporcionarán el cambio necesario. Ya muchos trabajadores pasan sus tardes en clases y sus únicas vacaciones en una escuela de verano.
Por último, existe el problema en constante crecimiento de la prolongación de la infancia.
- En condiciones más simples, un niño estaba adecuadamente preparado para fines prácticos a la edad de diez años o incluso antes.
- Hoy en día se consideran necesarios catorce años, mientras que el profesional tiene casi treinta antes de estar apto para ganarse la vida, y aún hay más por aprender.
Dada una investigación científica exitosa en esta dirección, volvemos a los métodos de los primeros tiempos de la Revolución Industrial con niños empleados en cada fábrica.
Bajo una supervisión racional, puede resultar un gran avance. La educación moral que solo la vida práctica puede dar comenzará en el momento oportuno.
Los niños estarán protegidos de los peligros de padres negligentes o demasiado solícitos. Adquirirán a una edad temprana el tan necesario sentido de la responsabilidad y la independencia, y su trabajo paralelo en la escuela adquirirá cierta apariencia de significado e interés.
Además de nuevos ritmos y periodos de estudio, se emplearán nuevos métodos. Probablemente el plan de estudios en sí sea lo primero en ser revisado.
A pesar de una buena cantidad de conocimientos pertinentes, nadie ha ideado aún de manera coherente una respuesta a la pregunta: ¿Qué se le debe enseñar a un niño?
Liberado de los supuestos de la psicología de las facultades y de sus actuales enredos con los sistemas externos de exámenes, el curso de estudios prescrito para el niño común omitiría mucho de lo que ahora se incluye e incluiría mucho de lo que ahora se ignora.
Además, el orden de presentación tanto de las asignaturas como del material de cada asignatura sufrirá una alteración profunda. Los cambios a este respecto ya han comenzado con buen pie, y los cambios iniciados a ciegas avanzan hacia la iluminación.
Las cosas avanzan hacia un triple control de la vida individual, uno que grosso modo se corresponde con el antiguo control de la Iglesia y del Estado, con la añadida colaboración de la industria organizada.
Al representante moderno de la Iglesia —cualquiera que sea la forma definitiva que adopte esta institución— le corresponde la función de guiar al individuo para su propio bien personal. Es un servicio que la Iglesia bien podría haber seguido prestando, de no ser por su insistencia en cuestiones doctrinales.
Lo que en la práctica fue una especie de huelga del ministerio religioso, respondida con un boicot por parte del gran público, ha llevado al desarrollo de una labor de esquiroles por parte del psicoanálisis y de profesores desinteresados.
En la actualidad, la organización manifiesta todo el desconcierto de un suministro de emergencia. Los niños en escuelas masificadas no pueden obtener una orientación individual adecuada, y la labor del psicoanalista es curativa únicamente en casos excepcionales, y no, como debería ser, universalmente preventiva.
Aun así, el sentimiento avanza en la dirección de acordar que hay que hacer algo más, aunque todavía no ha surgido nada parecido a una política constructiva de orientación personal.
Las actividades del Estado a este respecto probablemente aumentarán. En épocas anteriores, un hombre podía nacer, vivir y morir en relativa privacidad. Ahora, se toma nota oficial al menos de su nacimiento, su matrimonio, sus ingresos, la mayoría de sus delitos, algunas de sus enfermedades al menos; y su muerte también queda registrada.
El registro de datos sobre el individuo se extenderá a los expedientes educativos, aptitudes e incapacidades, y a todo lo relevante para su vida social. Gran parte de esto será realizado por instituciones del tipo que nuestras actuales «oficinas de orientación profesional» presagian de manera vaga y rudimentaria.
En última instancia, se desarrollará un servicio público más o menos controlado por el Estado para mediar entre la Educación y la Industria. Cuando la vida se organize más plenamente en un sistema de ritmos entrelazados, la unidad del Sistema Educativo secundario será una institución que abarcará la fábrica, la escuela y la clínica bajo una sola junta directiva con sus representantes industriales, educativos y médicos; y el plan tripartito sin duda se adoptará tanto en los grados superiores como en los inferiores.
Temprano en la vida se diagnosticarán algunas de las principales tendencias y habilidades del niño, y este será enviado a la escuela y a la industria correspondientes.
Los casos dudosos y oscuros, junto con los tipos «polifacéticos», serán enviados a una «educación general», durante la cual, sin embargo, serán sometidos a un examen más minucioso.
A la edad de diez o doce años, el rumbo futuro del niño debería conocerse con bastante claridad en sus líneas generales y carácter general, y a los dieciséis se habrá especializado más o menos en un determinado tipo de estudios. No obstante, no de forma completa.
Para hacer frente al problema de las fluctuaciones comerciales y al consiguiente desempleo, y como medida preventiva contra la monotonía industrial, a cada persona se le enseñará probablemente una variedad de ocupaciones, logrando un equilibrio adecuado a cada caso de trabajo intelectual y manual. El sistema de vocaciones múltiples funcionaría probablemente en combinación con alguna forma de servicio militar industrial obligatorio, ya que por entonces una mayor sabiduría en el gobierno debería haber socavado los prejuicios populares al respecto.
Ante la perspectiva de cambios tan profundos en nuestras instituciones educativas, uno se pregunta qué va a ser de nuestras antiguas y venerables universidades.
Podrían, de manera coherente con todo lo dicho, preservar sus funciones como centros especializados de estudios; pero es más probable que, mucho antes de que se haya desarrollado un sistema racional de educación, hayan cambiado de carácter hasta volverse irreconocibles.
En momentos optimistas, aunque tal vez cortos de miras, se suele suponer que, con la creciente demanda de educación, su porvenir está asegurado y que adquirirán una importancia cada vez mayor, gozando de una popularidad y un respeto en constante aumento.
Consideremos, sin embargo, por un momento el instructivo paralelo de la Santa Iglesia Católica, cuya desafortunada historia es hoy en día un tópico. Las causas de su decadencia no creo que incluyan una que se sugiere con frecuencia.
Los hombres no son hoy menos religiosos ni necesitan menos de sus sagrados ministerios. El cambio se ha producido no por una disminución de la demanda, sino por la competencia y un aumento de la oferta.
Los hombres todavía necesitan las cosas de las que la Iglesia antaño poseía un monopolio casi absoluto. Necesitan algún tipo de filosofía, alguna orientación personal en el difícil arte de la vida moral y muchas otras cosas que antes solo la Iglesia podía dar.
La invención de la imprenta hizo posible al novelista. El novelista se vio adoptado como guía, filósofo y amigo.
La generación más joven actual adquiere su perspectiva general de los novelistas y dramaturgos, que ejercen una influencia casi sacerdotal.
El psicoanalista ofrece orientación personal. Ejerce las funciones sacerdotales del confesionario y de exorcizar demonios; mientras que Coué y sus discípulos ofrecen una nueva técnica de oración.
La validez de estas prácticas no es aquí mi tema, sino el hecho de que la gente está obteniendo lo que quiere. S continuamente se encuentran nuevas formas de satisfacer viejas demandas, ¿y no podrían encontrarse pronto las Universidades en la posición de la Iglesia?
Varias cosas harían plausible esta sugerencia.
En primer lugar, la educación ya se está ofreciendo como un producto comercial. Aparte de los autoeducadores que la prensa produce quincenalmente, existen institutos de entrenamiento mental y colegios por correspondencia.
Las universidades, en la actualidad, pueden permitirse ignorar esta competencia. Tienen, según creen, el atractivo del prestigio tradicional, las ventajas del sistema de tutorías, la atmósfera general de cultura y, confiamos en que sigan teniéndolos, a los eruditos más distinguidos.
Pero el prestigio tradicional es un cimiento resbaladizo para cualquier institución hoy en día. La prueba que se está aplicando es la de la eficiencia práctica. Los métodos improvisados en las finanzas universitarias ya están siendo examinados por comisiones reales y por expertos financieros.
Lo siguiente será que comiencen a escrutar los métodos educativos empleados. Además, las instituciones más nuevas ya se están viendo obligadas a moldearse según el modelo de una oficina comercial moderna. Pronto adoptarán esos complementos tan probados del progreso comercial: los métodos modernos de publicidad, por ejemplo.
Cuando surgió la imprenta, los sacerdotes, sin duda, preservaron su seguridad en sí mismos confiando en la eficacia peculiar de la palabra hablada. Se aferraron al sermón y desdeñaron el arma de los panfletistas.
Al compararse con los institutos de enseñanza por correspondencia, las Universidades recurren a un argumento similar. Un día, sin embargo, los institutos de enseñanza por correspondencia se darán cuenta de las posibilidades de la radio como complemento de sus métodos.
Cuando, con la asistencia de su influyente consejo de administración, alguna compañía nacional de radiodifusión obtenga finalmente su licencia, se planteará la siguiente situación:
- Unos sueldos extraordinarios atraerán a los más distinguidos exponentes de las diversas artes y ciencias a las estaciones centrales de radiodifusión.
- Colegios de distrito dotados de vigilantes automáticos pasarán lista a los estudiantes en las diversas conferencias.
Estas serán impartidas por un altavoz sincronizado con un cine televisivo que proyectará la pizarra del conferenciante y otro material ilustrativo.
La economía lograda al impartir clases a, digamos, medio millón o, con igual facilidad, diez millones de estudiantes permitirá que cualquiera siga los cursos de los más ilustres exponentes de su materia.
Los estudiantes europeos de psicología, por ejemplo, asistirán, digamos, a las 9 a. m. a la clase del profesor Stout, seguidos a las 10 por el doctor Sigmund Freud, y a las 11 por el profesor G. E. Moore.
Tampoco será necesario que estos hombres distinguidos repitan sus conferencias hasta que tengan algo nuevo que decir, pues los dictáfonos se incluirán entre los oyentes, y otra tanda de universitarios adquirirá su sabiduría a través del fonógrafo de transmisión.
Se objetará que una organización comercial tan carente de alma jamás podría reemplazar a nuestras actuales instituciones culturales. Pero aquí, de nuevo, considero que la objeción es de una fuerza puramente transitoria.
La diferenciación progresiva que he mencionado como un aspecto importante de la evolución ha producido la antítesis entre el comercio y la vida cultural. La diferenciación, sin embargo, se ve en gran medida contrarrestada por los procesos de integración; y dicha integración podemos verla en curso en el mundo de los negocios.
Las aplicaciones comerciales del arte, además de influir en los dividendos de nuestras compañías ferroviarias, deben de estar ejerciendo un efecto cultural sobre sus consejos de administración; y la cultura se filtra de muchas maneras.
El merecidamente famoso refinamiento del graduado de Oxford está encontrando un campo de expresión lucrativo en la mercadotecnia moderna. Un vendedor moderno habla hoy en día considerablemente mejor inglés que su cliente, y el camarero promedio tiene mejores modales que el propietario del hotel.
Es inconcebible que el empleador siga sin verse afectado en absoluto por sus subordinados cultos y refinados. Quizás este sea el secreto del crecimiento de aquellas Sociedades Doletas cuyo propósito, según entendemos, es proporcionar esa educación liberal que ahora exigen los hombres de negocios ocupados.
Cuando los capitanes de la industria hayan dominado este asunto de ser cultos y hayan visto sus posibilidades en los asuntos prácticos, sus propios talentos peculiares se aplicarán en esferas cada vez más amplias, de las cuales la educación será probablemente la primera.