- Cómo Cortés asigna puestos particulares a los doce bergantines, considerándose el decimotercero inservible.
Cortés, nuestros oficiales y todas las tropas estábamos ahora convencidos de que era imposible abrirnos paso luchando hacia la ciudad por las calzadas, a menos que estuviéramos cubiertos a cada lado por un par de bergantines.
Nuestro general unió por tanto cuatro de estos a la división de Alvarado, reteniendo él mismo otros seis cerca de su cuartel general, el cual había establecido donde estaba estacionado Oli; los dos restantes los envió a Sandoval, pues no se consideraba que el bergantín más pequeño tuviera el volumen suficiente para hacer frente a las grandes canoas, por lo que fue retirado del servicio por completo y los hombres fueron distribuidos entre las tripulaciones de los otros doce.
Tan pronto como los bergantines llegaron a nuestro apostadero, Alvarado colocó dos a cada lado de la calzada, los cuales debían cubrirnos mientras avanzábamos al asalto de los puentes. Luchamos ahora con mejor éxito que antes, pues los bergantines mantenían alejadas a las canoas y les impedían atacar nuestros flancos; de modo que logramos forzar algunos de los puentes y destruir varias de las trincheras del enemigo.
El conflicto, sin embargo, no fue menos intenso; al contrario, los mexicanos hicieron tan buen uso de sus lanzas, flechas y hondas que, aunque nuestros jubones estaban gruesamente acolchados con algodón, hirieron a la mayor parte de nuestra gente; ni desistieron del ataque hasta que llegó la noche; pero nos llevaban una gran ventaja, y era que podían relevar sus tropas de vez en cuando, enviando hombres frescos, y podían arrojar innumerables cantidades de piedras, flechas y lanzas sobre nuestros bergantines desde las azoteas de las casas. En verdad no encuentro expresión más apropiada que llover, aunque solo aquellos que estuvieron presentes en la ocasión pueden sentir su verdadera fuerza.
Si lográbamos a veces, con el mayor esfuerzo, tomar por la fuerza una trinchera o un puente, y omitíamos apostar un destacamento fuerte para custodiarlo, el enemigo regresaba por la noche, abría otra brecha en la calzada, levantaba trincheras más grandes y cavaba foso profundos, los cuales se llenaban de agua inmediatamente, y los cubrían ligeramente para que nos hundiéramos en ellos en medio de la batalla del día siguiente, momento en que las canoas acudían apresuradamente para aprovechar la confusión y llevarse prisioneros a nuestros hombres.
Con este fin, un gran número de canoas acechaba en lugares donde estaban fuera del alcance de nuestros bergantines, aunque siempre listas y a la mano por si se requería su auxilio.
Pero el enemigo se había ingeniado de otro modo para inutilizar nuestros bergantines en ciertos puntos del lago, hincando en el agua gran cantidad de estacas cuyas puntas quedaban justo por debajo de la superficie; de modo que a menudo era imposible que nuestras embarcaciones las evitasen y, en consecuencia, encallaban, dejando a nuestras tropas expuestas a los ataques de las canoas.
Ya he mencionado antes cuán poca utilidad nos prestaba la caballería en nuestras operaciones sobre la calzada; pues cada vez que hacían retroceder a los mexicanos hasta los puentes, estos se lanzaban al agua y se retiraban detrás de las trincheras que habían levantado en la misma calzada, donde otros cuerpos del enemigo aguardaban listos para recibirlos, armados con lanzas sumamente largas, con las cuales, y con diversos tipos de proyectiles, herían gravemente a nuestros caballos; de modo que los dueños de los animales eran muy reacios a arriesgarlos en tan desigual combate, pues en aquel tiempo el precio ordinario de un caballo era de 800 a 1000 pesos.
Cuando llegó la noche y nos libró de los ataques del enemigo, regresamos a nuestro campamento y atendimos nuestras heridas, las cuales vendamos con lienzos empapados en aceite. Había asimismo entre nuestras tropas un soldado llamado Juan Catalán, que ensalmaba las heridas, y el Señor Jesucristo bendijo los esfuerzos de este hombre de tal manera que invariablemente tenía éxito en sus curaciones.
En verdad, si todos nuestros heridos, cada día que renovábamos el ataque, se hubiesen quedado en nuestro campamento, ninguna de las compañías habría podido salir jamás con más de veinte hombres a la vez. Cuando nuestros amigos de Tlascalla observaron cómo este hombre ensalmaba las heridas y cómo todos los heridos acudían a él en busca de ayuda, le llevaron asimismo a todos los suyos, y estos eran tan numerosos que su única ocupación durante todo el día consistía en ensalmar heridas.
Nuestros oficiales y alféreces fueron los más expuestos a las armas enemigas y, en consecuencia, resultaron heridos con mayor frecuencia; por lo cual cada día se nombraba a un nuevo grupo de hombres para portar nuestras hechas girones banderas.
Con todas estas penalidades que debíamos sufrir, al menos se pensará que teníamos comida en abundancia. Pero de esto también fuimos privados, y nos habríamos tenido por afortunados si tan solo hubiéramos tenido algún alimento reconstituyente para nuestros heridos; ¡ni una sola torta de maíz teníamos!
¡Miserable era en verdad nuestra angustia! El único medio que teníamos para mantener el alma en el cuerpo era comiendo hierbas y cerezas, y al final ya no tuvimos otra cosa con qué subsistir que higos silvestres; las divisiones de Cortés y de Sandoval no corrieron mejor suerte que la nuestra, y los mexicanos asimismo continuaban el ataque contra ellos desde la mañana hasta la noche.
Todos y cada uno de los benditos días que amanecían se veían obligados a avanzar luchando y abriéndose paso hasta los puentes a lo largo de la calzada; pues los mexicanos, y las tropas que se hallaban en las otras poblaciones del lago, simplemente aguardaban la aurora, cuando se daban las señales desde la cumbre del gran templo de Huitzilopochtli para lanzarse sobre ambos por tierra y por agua.
Las operaciones de los sitiados se llevaron a cabo con perfecto orden, y se había determinado de antemano hacia dónde debían dirigir el ataque los diferentes cuerpos de sus tropas.
Como empezamos a experimentar que nuestro avance diario por la calzada nos costaba cada vez una pérdida de hombres, además de que obteníamos poca ventaja con ello, pues los mexicas regresaban por la noche y volvían a tomar posesión de los puntos que habíamos forzado, decidimos alterar nuestro plan de operaciones y tomamos posición en una parte más espaciosa de la calzada, donde se alzaban varias torres juntas y donde podríamos acuartelarnos para pasar la noche.
Aunque estábamos aquí en condiciones miserables y no teníamos nada que nos protegiera de la lluvia, ni que nos cubriera de los rayos penetrantes del sol, no habríamos de ser disuadidos de nuestro propósito. Las mujeres indígenas que horneaban nuestro pan se veían obligadas a permanecer atrás, en Tlacupa, protegidas por nuestra caballería y los tlaxcaltecas, quienes al mismo tiempo cubrían nuestra retaguardia para que el enemigo no nos cayera encima desde tierra firme.
Tomadas estas precauciones, comenzamos a llevar a cabo nuestro objetivo principal, que era hacernos dueños de las casas de los suburbios y de los canales intermedios.
Estos últimos fueron entonces inmediatamente cegados, y las casas derribadas; pues, como ya he mencionado, era difícil destruirlas mediante el fuego, ya que estaban separadas y se levantaban sobre el agua.
Fue desde los tejados de las casas de donde recibimos más daño por parte del enemigo, de modo que, al destruirlas, obtuvimos una ventaja considerable.
Siempre que tomábamos una de las trincheras enemigas, un puente, o forzábamos cualquier otra posición fuerte, nos veíamos obligados a ocupar el lugar noche y día con nuestras tropas, lo cual organizábamos de la siguiente manera:—Cada compañía hacía guardia por turnos; la primera desde el atardecer hasta la medianoche; la segunda desde la medianoche hasta un par de horas antes del amanecer; y la tercera desde ese momento hasta la mañana, momento en el cual eran relevados por otros cuarenta hombres. La guardia era relevada cada vez por un número igual, aunque ninguno de estos turnos abandonaba el lugar; sino que, cuando llegaban los siguientes, los anteriores se tendían en el suelo desnudo y tomaban un poco de reposo; de modo que, cuando llegaba el día, siempre había ciento veinte hombres reunidos y listos para la acción. En otras noches, cuando esperábamos algún ataque repentino, la totalidad de los hombres desfilaba de una vez y permanecía bajo las armas hasta que el enemigo se acercaba.
Teníamos motivos de sobra para estar en guardia, pues supimos por boca de varios oficiales mexicanos, a quienes habíamos hecho prisioneros en los distintos combates, que Cuauhtémoc y sus capitanes habían tomado la firme resolución de caer un día o una noche de repente sobre nuestro campamento en la calzada; y deducían que, tras habernos destruido, podrían apoderarse fácilmente de las otras dos calzadas ocupadas por Sandoval y Cortés.
Para llevar a cabo este golpe definitivo, los nueve pueblos situados en la laguna, además de Tlacupa, Escapuzalco y Tenayucan, debían cooperar con ellos. Mientras así fuésemos atacados por todas partes, pretendían llevarse a las mujeres indias junto con nuestro equipaje, que habíamos dejado atrás en Tlacupa.
Tan pronto como recibimos esta información, dimos aviso de ella a los tlascaltecas y a nuestra caballería, que se hallaban acuartelados en Tlacupa, ordenándoles que estuvieran muy sobre aviso y con la vista fija en el horizonte día y noche.
No pasó mucho tiempo antes de que el enemigo pusiera su plan en marcha; pues a medianoche una inmensa muchedumbre de mexicanos se nos vino encima a la carga; un par de horas más tarde, otra tropa semejante; y con la luz del día, una tercera se precipitó al ataque.
Unas veces avanzaban con el mayor de los silencios; otras se lanzaban furiosos con alaridos espantosos; y era terrible contemplar la innumerable cantidad de lanzas, piedras y flechas que hacían llover sobre nosotros. Aunque hirieron a muchos de los nuestros, mantuvimos valientemente nuestra posición y los repelimos con gran pérdida.
Los mexicanos habían atacado al mismo tiempo a la caballería y a los tlascaltecas en tierra firme, en Tlacupa; estos últimos sufrieron grandes daños, ya que nunca solían estar muy prevenidos durante la noche.
De este modo, en medio de la lluvia, el viento y las heladas, con el lodo hasta los tobillos y cubiertos de heridas, soportábamos pacientemente nuestras fatigas con un mendrugo de pastel de maíz, unas cuantas hierbas y higos para calmar nuestra hambre, que se hacía tanto más roedora debido a los incesantes esfuerzos de nuestras fuerzas corporales.
Sin embargo, por valientemente que lucháramos, avanzábamos muy despacio, y las pequeñas ventajas que obteníamos nos costaban un buen número de muertos y heridos.
Los puentes que forzábamos eran reconquistados con la misma frecuencia por el enemigo, y si rellenábamos una abertura en la calzada, se abrían nuevas brechas, y esto continuó día tras día, hasta que los mexicanos alteraron su plan de operaciones, como pronto se verá.
Después de enumerar de este modo estas continuas escenas de derramamiento de sangre y matanza que tuvieron lugar en nuestro campamento, y en los de Cortés y Sandoval, el lector preguntará: ¿qué ventaja habíamos obtenido al destruir el acueducto de Chapultepec?
He de confesar que muy poca; pues el enemigo recibía durante la noche un abundante suministro de agua, así como de provisiones, procedente de los pueblos que rodeaban México, por medio de sus canoas ligeras.
Para cortar estos suministros, Cortés determinó que dos bergantines patrullaran el lago durante toda la noche para capturar estas canoas, y se acordó que las provisiones que en ellas se encontraran fueran distribuidas equitativamente entre las tres divisiones.
Aunque sentimos considerablemente la ausencia de nuestros bergantines durante los ataques que el enemigo nos hizo en el transcurso de la noche, pronto comenzamos a notar la gran ventaja que habíamos obtenido al disminuir de esta manera los suministros del enemigo.
No pasaba día sin que nuestros bergantines capturaran varios de estos transportes cargados de maíz, aves y otras necesidades de la vida, aunque unos pocos siempre lograban eludir nuestras embarcaciones y colarse en la ciudad.
Los mexicanos, por lo tanto, estaban decididos, de ser posible, a librarse de estos molestos bergantines, y pensaron en la siguiente estratagema:
- Equiparon treinta piraguas grandes, tripuladas por sus mejores remeros y sus guerreros más valientes, las cuales sacaron durante la noche y las ocultaron entre los juncos del lago, donde no podían ser vistas por los bergantines.
A poca distancia del lugar donde las piraguas yacían ocultas, se habían hincado estacas en el agua contra las cuales se pretendía que nuestras dos embarcaciones chocaran. En el crepúsculo, el enemigo envió dos o tres canoas cubiertas con ramas verdes, como si estuvieran cargadas de provisiones para México; y estas recibieron instrucciones de alejarse en una dirección en la que se presuponía que serían perseguidas por nuestros bergantines.
En cuanto nuestros bergantines divisaron las dos canoas, se lanzaron en su persecución, manteniéndose estas últimas muy cerca de los carrizales y acercándose continuamente al lugar donde las piraguas yacían en emboscada.
Cuanto mayores esfuerzos hacían las canoas por escapar, más anhelosos eran nuestros bergantines en la persecución, y cuando estos se hallaban muy cerca del sitio donde las piraguas estaban ocultas, estas últimas salieron de repente de entre los carrizales y atacaron a los bergantines por todas partes.
En un instante, todos los oficiales, soldados y marineros resultaron heridos, ni pudieron los bergantines buscar refugio en la huida, pues habían quedado enredados entre las estacas.
En este desafortunado suceso perdimos uno de los bergantines y a dos de nuestros oficiales; uno de ellos, llamado Portillo, hombre de gran valor y que había servido en Italia, murió en el acto; el otro fue Pedro Barba, un oficial muy hábil, que falleció a causa de sus heridas tres días después.
Ambos bergantines pertenecían a la división de Cortés, y este sintió profundamente la pérdida que así habíamos sufrido; pero muy poco después se la devolvimos al enemigo con la misma moneda, como se verá en breve.
Mientras tanto, Cortés y Sandoval, con sus divisiones, tuvieron muchos y duros encuentros con el enemigo, pero en especial Cortés, ya que insistía en que todas las casas que se tomaban debían ser derribadas de inmediato y los huecos de la calzada, rellenados. De modo que cada pulgada de terreno quedó segura y nivelada, y de ella se tomó posesión.
Alvarado había recibido instrucciones similares de nuestro general, y no debía cruzar ningún puente o canal antes de que la parte que cruzaba la calzada estuviera completamente rellenada; ni avanzar más allá de ninguna casa hasta que estuviera arrasada hasta el suelo.
Estas órdenes se cumplieron estrictamente, y con la madera y las piedras de las casas que derribábamos fuimos tapando las aberturas de las calzadas.
En todas estas operaciones, y de hecho durante todo el sitio, nuestros amigos los tlascaltecas nos prestaron los servicios más eficaces.
Cuando los mexicanos descubrieron que así íbamos demoliendo poco a poco sus casas y rellenando los canales, decidieron cambiar su plan de operaciones y comenzaron por abrir una amplia y profunda brecha en aquella parte de la calzada situada entre nosotros y la ciudad; profundizaron el lago a ambos lados de esta abertura y levantaron trincheras cerca de ella; luego clavaron fuertes estacas en el agua para impedir el paso de nuestros bergantines o para que encallaran al venir en nuestra ayuda.
Además de esto, gran número de canoas llenas de hombres acechaban constantemente en lugares donde no podíamos verlas, con la orden de no lanzarse sobre nosotros hasta que hubiéramos avanzado hacia las trincheras de la calzada.
Un domingo por la mañana, grandes cuerpos del enemigo avanzaron hacia nosotros desde tres puntos distintos y nos atacaron con tanta fiereza que nos costó muchísimo mantener nuestras posiciones.
Se me había olvidado mencionar que Alvarado había apostado a la mitad de la caballería en la calzada, pues ya no corrían tanto peligro de morir, ya que la mayor parte de las casas estaban en ruinas y había más espacio para maniobrar sin quedar expuestos a los ataques del enemigo desde los tejados o desde el lago.
El enemigo, como acabo de decir, avanzó valientemente desde tres puntos diferentes: un cuerpo desde el sector donde se había abierto la profunda brecha en la calzada, el otro desde la dirección donde las casas yacían en ruinas, y el tercero por el lado de Tlacupa, de modo que nos vimos casi rodeados.
Nuestra caballería, junto con los tlascaltecas, tuvo la fortuna de abrirse paso a través de las densas multitudes que cayeron sobre nuestra retaguardia, mientras nuestra infantería se oponía con valor a los otros dos cuerpos, los cuales, tras unos instantes de lucha desesperada, comenzaron a ceder terreno; pero esto no era sino una estratagema de los mexicanos para permitirnos tomar posesión de la primera trinchera, y tras una breve resistencia retrocedieron incluso más allá de la segunda.
Pensábamos que ya habíamos ganado la victoria, y atravesamos la parte poco profunda del agua en vigorosa persecución del enemigo hasta unos grandes edificios y torres; mientras ellos, para engañarnos con mayor eficacia, sevolvían constantemente para lanzarnos sus flechas; y, cuando menos lo esperábamos, se volvieron repentinamente contra nosotros y en un instante nos vimos rodeados y atacados con excesiva furia por todas partes.
Era imposible resistir su abrumadora superioridad numérica, y comenzamos a retirarnos hacia la calzada lo mejor que pudimos, con nuestras filas firmemente cerradas. La primera abertura en la calzada que acabábamos de arrebatar al enemigo ya estaba ocupada por numerosas canoas, por lo que nos vimos obligados a dirigirnos hacia la abertura que el enemigo había cortado recientemente, donde el agua era muy profunda y se habían cavado otros grandes hoyos adicionales. Aquí no nos quedó otro recurso que abrirnos paso, ya fuera nadando o vadear; pero la mayoría de nosotros cayó en los hondos hoyos, momento en el cual las canoas acudieron al instante para sacar partido de nuestra peligrosa situación.
En esta ocasión cinco de los nuestros fueron hechos prisioneros, y llevados inmediatamente a la presencia de Quauhtemoctzin; y la mayoría de nosotros resultamos gravemente heridos. Los bergantines ciertamente hicieron todo lo posible por socorrernos, pero no pudieron acercarse lo suficiente, debido a las gruesas estacas que habían hincado en el agua, entre las cuales se quedaron atascados, y fueron asaltados al instante por una lluvia de proyectiles desde los tejados y las innumerables canoas, por lo cual dos de los remeros fueron muertos y la mayor parte de la tropa a bordo resultó herida.
Era en verdad una verdadera maravilla que todos nosotros no pereciéramos en estas profundas brechas. Yo mismo me encontraba en extremo peligro, pues varios mexicanos ya me habían echado mano, pero logré liberar uno de mis brazos, y el Todopoderoso me dio fuerzas para abrirme paso entre el enemigo, aunque fui gravemente herido en el brazo, y justo cuando había alcanzado un lugar seguro caí al suelo sin aliento y agotado.
Este repentino decaimiento de las fuerzas se debió sin duda a los extraordinarios esfuerzos que había hecho para librarme de las garras del enemigo, y a la cantidad de sangre que había perdido. Me di por perdido cuando los mexicanos me echaron mano, y encomendé mi alma a Dios y a la santa Virgen.
Alvarado, con la caballería, tuvo mucho trabajo para rechazar a los numerosos cuerpos que atacaban nuestra retaguardia por el lado de Tlacupa, y no había avanzado hasta este temible paso; solo hubo un soldado de caballería, recién llegado de España, que se aventuró demasiado y pereció con su caballo. Alvarado ya venía en nuestra ayuda, con un pequeño grupo de jinetes, pero por fortuna no antes de que hubiéramos logrado nuestra retirada más allá de la profunda brecha; pues, de haber llegado unos minutos antes, sin duda habríamos dado media vuelta, nos habríamos abierto paso de nuevo hacia la ciudad y los mexicanos sin duda nos habrían aniquilado hasta el último hombre.
Esta batalla tuvo lugar un domingo, y los mexicanos estaban tan alboroctados por la victoria que habían obtenido sobre nosotros, que cayeron sobre nuestro campamento con renovado coraje, y en tan gran número que sin duda lo habrían tomado por asalto de no ser por nuestra artillería y el valor desesperado que mostramos para la conservación de nuestras vidas.
Durante esta noche, todos nosotros permanecimos bajo las armas listos para el combate, y los caballos permanecieron listos, ensillados y enfrenados.
Cortés estaba sumamente afligido por la derrota que habíamos sufrido, y despachó una carta a Alvarado por medio de uno de los bergantines en la cual le ordenaba que, bajo ninguna circunstancia, en el futuro pasara más allá de una brecha o abertura en la calzada antes de que estuviera completamente rellenada; y que mantuviera los caballos ensillados todo el día y la noche, y guardara la mayor vigilancia.
Habiéndonos enseñado la prudencia nuestra reciente derrota, nos dispusimos a tapar la abertura más grande con la mayor rapidez, y terminamos la obra en cuatro días; aunque fue una labor de gran dificultad y estuvimos todo el tiempo expuestos a los ataques del enemigo, que mató a seis de los nuestros e hirió a varios más.
Durante la noche, cada compañía montó guardia por turnos para evitar que los mexicas destruyeran el trabajo del día.
Como los mexicanos estaban acampados frente a nosotros, podíamos observar cómo regulaban sus guardias nocturnas:
- eran relevados cuatro veces durante la noche, y los hombres se apostaban a tales distancias alrededor de una gran hoguera, que se mantenía encendida hasta la mañana, que no podían ser vistos excepto en los momentos en que avivaban el fuego o cuando el siguiente turno venía a relevarlos.
Algunas noches el fuego se apagaba debido a la lluvia, pero era avivado al instante; aunque todo se hacía con el mayor silencio y no se intercambiaba una sola palabra, pues solo se comunicaban entre sí mediante silbidos.
Muchas veces, cuando oíamos que se acercaba la guardia a relevar el turno, nuestros ballesteros y mosqueteros les disparaban a ciegas, pero sin causarles el menor daño, ya que estaban apostados en lugares que, incluso a plena luz del día, estaban fuera del alcance de nuestros disparos, particularmente detrás de una profunda zanja que habían cavado recientemente y reforzado con una empalizada y un parapeto.
Los mexicanos nunca dejaban de devolvernos la gentileza y nos lanzaban unas cuantas flechas de la misma manera.
El combate en la calzada se renovaba a diario, y siempre hacíamos nuestros ataques en el mejor orden posible, de modo que pronto nos volvimos dueños del foso recién mencionado, detrás del cual el enemigo acampaba por las noches, pero cada vez teníamos que enfrentarnos a vastos cuerpos de hombres, y todos nosotros resultábamos más o menos heridos.
Después de luchar todo el día hasta el anochecer, naturalmente no había más que hacer que regresar a nuestra posición anterior; pero cada vez que iniciábamos nuestra retirada, otros cuerpos del enemigo se abalanzaban furiosos sobre nosotros.
Los mexicanos confiaban en que, tarde o temprano, lograrían aniquilarnos durante una de estas retiradas, y se lanzaban sobre nosotros con la misma furia de los tigres, acercándose tanto que nos veíamos obligados a combatir pie con pie.
Pero pasado algún tiempo, cuando nos hubimos habituado más a su modo de pelear, primero mandamos a los tlascaltecas que se retiraran de la calzada; pues estos eran muy numerosos y se deleitaban combatiendo con los mexicas bajo nuestra protección inmediata, aunque solo estorbaban nuestros movimientos, de lo cual los enemigos eran lo suficientemente astutos para sacar ventaja.
Tan pronto como consideramos a los tlascaltecas lo suficientemente adelantados, cerramos firmemente nuestras filas y comenzamos nuestra retirada, la cual iba cubierta por nuestros ballesteros y escopeteros, y por los cuatro bergantines, que nos acompañaban al mismo paso, dos a cada lado de la calzada.
Al llegar a nuestro campamento, curamos nuestras heridas con vendas empapadas en aceite tibio y cenamos las tortas de maíz, las hierbas y los higos que nos habían enviado desde Tlacupa.
Terminado esto, se volvió a apostar un fuerte destacamento para la noche en la abertura de la calzada, y al romper el día se reanudó la batalla.
Tal era nuestra vida, día tras día; y por muy temprano que saliéramos a marchar, siempre encontrábamos al enemigo dispuesto a recibirnos, o ya se habían adelantado hasta nuestros puestos avanzados para desafiarnos al combate con los insultos más injuriosos.
Cortés, con su división, no corrió mejor suerte que nosotros; los combates continuaban día y noche, y muchos de sus hombres resultaron muertos y heridos. Por lo demás, las cosas estaban para él exactamente igual que para nosotros en la calzada de Tlacuba, y dos bergantines aún seguían navegando por el lago durante la noche para interceptar las canoas cargadas de agua y provisiones destinadas a México.
En cierta ocasión fueron capturados dos mexicanos distinguidos, quienes informaron a Cortés que cuarenta piraguas y un gran número de canoas se hallaban ocultas entre los juncos del lago para hacer un nuevo intento contra los dos bergantines.
Nuestro general dio a estos hombres muchas gracias por lo que les había comunicado, les hizo algunos regalos y les prometió concederles tierras considerables después de que México fuera tomado; ellos le describieron entonces el lugar donde las piraguas armadas yacían en emboscada, y los diferentes sitios donde se habían hincado las estacas gruesas, con las cuales se pretendía que los bergantines chocaran mientras perseguían a las piraguas en su huida simulada.
Cortés estaba ahora decidido a pagar a los enemigos con la misma moneda, y por la noche ocultó seis de nuestros bergantines en un lugar donde los carrizos eran muy espesos, a una milla aproximadamente del sitio donde las piraguas yacían en emboscada. Cada bergantín estaba completamente cubierto de ramas verdes, y se ordenó a los hombres a bordo que no hicieran el menor ruido durante toda la noche.
Muy temprano a la mañana siguiente, Cortés ordenó a otro de nuestros bergantines que saliera como de costumbre para interceptar los convoyes de provisiones que se dirigían a México.
Los dos distinguidos mexicanos antes mencionados fueron llevados a bordo para señalar el lugar donde las piraguas permanecían ocultas, ya que nuestro bergantín debía navegar expresamente en esa dirección.
Tan pronto como los mexicanos observaron que el bergantín se acercaba, sacaron dos de sus canoas al lago para tentar al bergantín a que los persiguiera. La estratagema estaba urdida por ambas partes de la misma manera exacta, y ahora solo faltaba ver cuál superaría a la otra.
Nuestro bergantín persiguió de cerca a las dos canoas, que se alejaban en dirección a las piraguas ocultas, pero de repente dio media vuelta como si no osara aventurarse más cerca de la costa.
En el instante en que las piraguas notaron que el bergantín retrocedía, salieron precipitadamente de entre los juncos y remaron a toda velocidad en su persecución.
El bergantín fingió buscar su salvación en la huida y puso rumbo hacia donde nuestras otras seis se hallaban ocultas, mientras las piraguas lo seguían con la mayor confianza.
Cuando estos se hallaron lo bastante cerca, se disparó un tiro como señal para los bergantines españoles, los cuales, a su vez, se lanzaron sobre las piraguas y canoas con la mayor velocidad, y embistieron a varias de ellas hasta vararlas en el fondo.
En ese momento llegó también el otro bergantín que había fingido la huida, de modo que muchas de las canoas fueron capturadas, y numerosos enemigos resultaron muertos y heridos.
Desde aquel instante los mexicanos jamás volvieron a intentar semejantes estratagemas en el lago, ni osaron aventurarse tan cerca de nuestro vecindario con sus convoyes de provisiones.
Cuando los habitantes de aquellos pueblos situados en la laguna vieron que íbamos obteniendo diariamente nuevas victorias tanto por tierra como por agua, y que nuestros aliados de Chalco, Tezcuco, Tlascalla y otras regiones se unían cada vez más estrechamente a nosotros, empezaron a considerar las grandes pérdidas que sufrían continuamente y el número de prisioneros que hacíamos.
Los jefes de estos pueblos celebraron, por tanto, una conferencia entre ellos, la cual terminó con el envío de una embajada a Cortés para pedir la paz y suplicar humildemente perdón por el pasado; añadiendo que se habrían visto obligados a obedecer las órdenes de Cuauhtémoc.
Cortés se alegró extraordinariamente de ver que esta gente volvía en sí, y los demás que pertenecíamos a las divisiones de Alvarado y Sandoval nos felicitamos asimismo por esta circunstancia.
Nuestro general recibió amablemente a los embajadores y les dijo que sus pueblos ciertamente se habían merecido un castigo severo, pero que, a pesar de ello, los perdonaría. Los pueblos que solicitaron la paz en esta ocasión fueron Iztapalapan, Huitzilopuzco, Cojohuacan, Mizquic y todos los demás pueblos situados en aquella parte del lago que contenía agua dulce.
En esta ocasión Cortés declaró que no alteraría su posición actual hasta que México mismo hubiera pedido la paz, o que la ciudad fuera conquistada por la fuerza de las armas.
A las poblaciones antes mencionadas se les ordenó ahora que nos auxiliaran con todas sus canoas y tropas en el asedio de la metrópoli, y que nos abastecieran de víveres. Prometieron fielmente obedecer estas órdenes, se nos unieron con todos sus hombres armados, pero fueron muy remisos en el suministro de provisiones.
En nuestra división, a las órdenes de Alvarado, no había espacio para alojar a ninguna de estas nuevas tropas, como bien podrán imaginar quienes hayan visitado este país durante los meses de junio, julio y agosto, ya que todos los alrededores están cubiertos de agua.
Los combates en las calzadas, entretanto, continuaron sin interrupción, y poco a poco fuimos tomando una serie de templos, casas, puentes y canales; estos últimos los rellenábamos al instante con las ruinas de los edificios que derribábamos, y cada palmo de terreno que le ganábamos al enemigo era asegurado inmediatamente por nuestras tropas; aun así, con todos nuestros esfuerzos y nuestra vigilancia, el enemigo lograba abrir nuevas brechas en la calzada, tras las cuales levantaba nuevas trincheras.
Como las tres compañías que componían nuestra división consideraban una deshonra que una compañía se empleara constantemente en rellenar los canales mientras las otras luchaban, Alvarado, para acabar con todo sentimiento de celos, dispuso que las tres compañías desempeñaran las mismas funciones por turno.
Siguiendo este modo de operar, en el cual fuimos hábilmente auxiliados por los tlascaltecas, fuimos derribando poco a poco todo lo que se nos ponía por delante, de modo que al fin la ciudad quedó a la vista. Fue solo por la tarde, cuando regresamos a nuestro campamento, que las tres compañías volvieron a estar bajo las armas, pues en ese momento era cuando más temíamos al enemigo.
Cortés y Sandoval pasaron asimismo por fatigas semejantes día y noche. Por tierra eran atacados incesantemente por inmensas densidades del enemigo, y desde el lago por innumerables canoas armadas.
Cortés marchó en una ocasión con su división por la calzada, para forzar una abertura muy ancha y profunda que los mexicanos habían fortificado mediante una empalizada y un terraplén, defendidos por un gran cuerpo de tropas. Cortés, al ver que era imposible cruzar dicha abertura si no era a nado, ordenó a sus hombres que lo intentaran; pero fueron atacados con tanta furia por el enemigo desde las trincheras y los apostados en los tejados, quienes literalmente les llovían piedras encima, mientras las canoas los atacaban por cada lado de la abertura, que un gran número de sus hombres resultaron heridos y unos pocos muertos.
Aquí los bergantines quedaron totalmente inútiles debido a las grandes estacas que se habían hincado en el agua. Cortés y la totalidad de sus tropas estuvieron a menudo al borde de la destrucción; tal como fue, tuvo cuatro hombres muertos y más de treinta heridos.
A fuerza de duro combate, logró por fin forzar este formidable punto; pero el día estaba ya tan avanzado que no quedó tiempo para rellenar la amplia abertura, por lo que tocó a retirada, debiendo abrirse paso de nuevo combatiendo entre densas muchedumbres del enemigo, que hirieron a todos sus hombres y a la mayor parte de los tlascaltecas.
Quauhtemoctzin determinó entonces adoptar un nuevo plan de operaciones, y este lo comenzó el día de San Juan, en el mes estival, el mismo día en que hicimos nuestra segunda entrada en México, después de la derrota de Narváez.
Este día, al parecer, lo había fijado el monarca a propósito para atacar las tres divisiones al mismo tiempo con toda su fuerza armada, tanto por tierra como por agua. Su firme propósito era destruirnos a todos de un golpe, y sus ídolos lo alentaban a hacer el intento.
El ataque debía comenzar antes del amanecer, cuando aún estaba oscuro, y los mexicanos se habían blindado contra la posibilidad de que recibiéramos ayuda de los bergantines hincando una gran cantidad de estacas adicionales en el agua. Se nos vinieron encima con tanta fiereza y determinación que sin duda habrían asaltado nuestro propio campamento si los ciento veinte hombres que hacían la guardia no hubieran sido veteranos curtidos en el servicio.
Estuvimos ciertamente muy cerca de nuestra destrucción, y tuvimos quince hombres heridos, de los cuales dos murieron en el espacio de ocho días. Las dos noches siguientes el enemigo hizo salidas de manera similar, pero en ambas ocasiones los repusimos con pérdidas considerables. Cortés y Sandoval fueron asimismo atacados de la misma manera.
Cuauhtemoctzin, con sus capitanes y papas, viendo que por este camino no se nos ganaba ninguna ventaja, determinó atacar nuestra posición en Tlacupa con todas sus fuerzas unidas. Esto se llevó a cabo en consecuencia tan pronto como comenzó a amanecer, y nos cayeron encima por todas partes con gran intrepidez, desorganizando nuestra línea; pero en este momento plugo al Todopoderoso refrescar nuestras fuerzas; nuestras tropas volvieron a agruparse y a su vez arremetieron con valentía contra el furioso enemigo.
Nuestros bergantines también nos prestaron la ayuda que pudieron, y la caballería, con las lanzas en ristre, picó espuelas a los caballos, mientras nuestros ballesteros y mosqueteros se esforzaban al máximo; los demás, armados de espada, embistiendo y tajando entre los enemigos con gran valor, de modo que al fin los hicimos retroceder. Esta fue una batalla más terrible que cualquiera de las que habíamos librado en las calzadas. El propio Alvarado resultó herido en la cabeza y ocho de los nuestros murieron.
Si los tlaxcaltecas hubiesen acampado asimismo esta noche en la calzada, sin duda habríamos sufrido con mayor rigor, pues su número habría estorbado nuestros movimientos; pero la experiencia nos había enseñado prudencia, y cada noche les ordenábamos retirarse a Tlacupa, y solo nos considerábamos seguros cuando teníamos la certeza de que habían abandonado la calzada.
En este combate dimos muerte a un gran número de enemigos, y entre los muchos prisioneros que hicimos había cuatro personajes de alto rango.
Para este entonces el lector estará ciertamente cansado de leer sobre batallas que se renovaban todos los días; pero no las he exagerado, pues durante los noventa y tres días que estuvimos sitiando esta gran y fuerte ciudad, nos vimos obligados a luchar tanto de día como de noche casi sin interrupción; y ciertamente, de todos estos numerosos combates, estoy al menos obligado a mencionar los sucesos más destacados.
Si deseara relatar cada circunstancia nunca terminaría, y mi libro se parecería a Amadís de Gaula y a otras novelas semejantes, cuyos autores no encuentran fin para sus bonitas historias. Seré, sin embargo, lo más breve posible en mi relato posterior de este sitio, y me apresuraré hacia el día de San Hipólito, en que sometimos esta vasta ciudad y tomamos prisioneros a Cuauhtémoc y a todos sus capitanes.
Pero, antes de alcanzar tal éxito, sufrimos grandes penalidades y todos estuvimos a punto de perecer en el intento, en particular la división bajo el mando de Cortés, como el lector verá en breve.