El mismo (Continuación)
No basta con que el pueblo reunido haya fijado una vez la constitución del Estado dando su sanción a un cuerpo de leyes; no basta con que haya establecido un gobierno perpetuo o provisto de una vez por todas a la elección de magistrados.
Además de las asambleas extraordinarias que las circunstancias imprevistas puedan exigir, debe haber asambleas periódicas y fijas que no puedan ser abolidas ni prorrogadas, de modo que el día señalado el pueblo sea legítimamente convocado por la ley, sin necesidad de ninguna convocatoria formal.
Pero, aparte de estas asambleas autorizadas por su sola fecha, toda asamblea del pueblo que no sea convocada por los magistrados designados para ese propósito, y de acuerdo con las formas prescritas, debe ser considerada ilegal, y todos sus actos como nulos y sin valor, porque la orden de reunirse debe proceder de la propia ley.
La mayor o menor frecuencia con que las legítimas asambleas deben reunirse depende de tantas consideraciones que no se pueden dar reglas exactas al respecto. Tan solo puede decirse en general que cuanto más fuerte es el gobierno, más a menudo debe mostrarse el Soberano.
Esto, se me dirá, puede servir para una sola ciudad; pero ¿qué se ha de hacer cuando el Estado comprende varias? ¿Debe dividirse la autoridad soberana? ¿O ha de concentrarse en una sola ciudad a la que todas las demás queden sujetas?
Ni lo uno ni lo otro, replico.
- Primero, la autoridad soberana es una y simple, y no puede dividirse sin ser destruida.
- En segundo lugar, una ciudad no puede, del mismo modo que una nación, ser hecha legítimamente súbdita de otra, porque la esencia del cuerpo político radica en la reconciliación de la obediencia y la libertad, y las palabras súbdito y soberano son correlativos idénticos cuya idea se reúne en la única palabra «ciudadano».
Digo además que la unión de varias ciudades en una sola es siempre mala, y que, si queremos realizar tal unión, no debemos esperar evitar sus desventajas naturales. Es inútil aducir abusos propios de los grandes Estados contra quien desea ver únicamente pequeños; mas ¿cómo dar a los pequeños Estados la fuerza para resistir a los grandes, tal como antiguamente las ciudades griegas resistieron al Gran Rey, y más recientemente Holanda y Suiza han resistido a la Casa de Austria?
No obstante, si el Estado no puede reducirse a los límites justos, aún queda un recurso: no permitir ninguna capital, hacer que la sede del gobierno se mude de ciudad en ciudad, y convocar por turno en cada una de ellas a los Estados Provinciales del país.
Poblar el territorio de manera uniforme, extender por todas partes los mismos derechos, llevar a cada rincón de este la abundancia y la vida: por estos medios el Estado llegará a ser al mismo tiempo tan fuerte y tan bien gobernado como sea posible.
Recordad que las murallas de las ciudades se edifican con los escombros de las casas del campo. Por cada palacio que veo erigirse en la capital, mi mente contempla un país entero despoblado.