Kingston—Comentarios instructivos sobre la historia antigua de Inglaterra—Observaciones instructivas sobre el roble tallado y la vida en general—Triste caso del joven Stivvings—Reflexiones sobre la antigüedad—Me olvido de que voy al timón—Interesante resultado—El laberinto de Hampton Court—Harris como guía.
Era una mañana gloriosa, de finales de primavera o principios de verano, según se prefiera, cuando el delicado brillo de la hierba y del follaje adquiere un tono verde más intenso; y el año se asemeja a una hermosa doncella, que tiembla con extraños latidos que despiertan al borde de la feminidad.
Las pintorescas calles secundarias de Kingston, allí donde bajaban hasta la orilla del agua, se veían muy pintorescas bajo la luz del sol fulgurante; el río centelleante con sus barcazas a la deriva, el camino de sirga arbolado, los villas bien cuidadas de la otra orilla, Harris, con una chaqueta roja y naranja, esforzándose a los remos, los vistazos lejanos del viejo y gris palacio de los Tudor, todo componía una estampa soleada, tan brillante pero serena, tan llena de vida y, sin embargo, tan apacible que, a pesar de lo temprano que era, sentí cómo me adentraba con somnolienta placidez en un estado de ensoñación.
Pensé en Kingston, o «Kyningestun», como se llamaba antaño en los días en que los «kinges» sajones eran coronados allí.
El gran César cruzó el río en ese lugar, y las legiones romanas acamparon en sus laderas elevadas. César, al igual que, en años posteriores, Isabel, parece haberse detenido en todas partes: solo que él era más respetable que la buena reina Bess; no se alojaba en las tabernas.
Le chiflaba la hostelería a la Reina Virgen de Inglaterra. No queda apenas taberna de cierto atractivo en un radio de diez millas alrededor de Londres en la que, al parecer, no se haya asomado, o hecho alto, o dormido, en algún momento u otro.
Me pregunto ahora si, suponiendo que Harris, digamos, enmendara la vida y se convirtiera en un hombre grande y bueno, y llegara a primer ministro, y muriera, pondrían letreros en las tabernas que él había frecuentado:
«Harris se tomó un vaso de amarga en esta casa»; «Harris se tomó dos de escocés con soda aquí en el verano del 88»; «A Harris lo echaron de aquí a patadas en diciembre de 1886».
No, ¡habría demasiadas! Serían las casas en las que nunca había entrado las que se harían famosas.
«¡Única casa en el sur de Londres en la que Harris nunca se ha tomado una copa!»
La gente acudiría en masa para ver qué le pasaba.
¡Cuánto debió de haber odiado el pobre e imbécil rey Edwy a Kyningestun! El banquete de coronación había sido demasiado para él. Quizá la cabeza de jabalí rellena de grageas no le sentó bien (a mí no me sentaría, lo sé) y ya había tenido suficiente vino de Xerez y aguamiel; así que se escabulló del ruidoso festín para robar una hora de tranquilidad a la luz de la luna con su amada Elgiva.
Tal vez, desde el ventanal, de pie y de la mano, estuvieran contemplando la serena luz de la luna sobre el río, mientras desde los lejanos salones flotaba el bullicioso jolgorio en ráfagas intermitentes de estrépito y tumulto apenas percibidos.
Entonces el brutal Odón y san Dunstan irrumpen a empujones en la apacible habitación, y lanzan groseros insultos a la reina de dulce rostro, y arrastran al pobre Edwy de vuelta al estridente bullicio de la pelea de borrachos.
Años más tarde, al estruendo de la música bélica, reyes sajones y juergas sajonas fueron enterrados uno al lado del otro, y la grandeza de Kingston se desvaneció por un tiempo, para resurgir una vez más cuando Hampton Court se convirtió en el palacio de los Tudor y los Estuardo, y las barcazas reales tensaban sus amarras en la orilla del río, y galanes de capas brillantes pavoneaban por las escalinatas acuáticas para gritar: «¡Hola, barquero! Válgame Dios, muchas gracias».
Muchas de las viejas casas de los alrededores hablan muy claramente de aquellos días en que Kingston era un municipio real, y nobles y cortesanos vivían allí, cerca de su Rey, y el largo camino hacia las puertas del palacio bullía todo el día de acero entrechocado y palafrenes briosos, de sedas y terciopelos crujientes, y de rostros hermosos.
Las grandes y espaciosas casas, con sus ventanas ajimezadas y reticuladas, sus enormes chimeneas y sus tejados a dos aguas, exhalan el espíritu de los tiempos de calzas y jubones, de petos bordados con perlas y de juramentos rebuscados. Fueron levantadas en los días «en que los hombres sabían construir». Los duros ladrillos rojos no han hecho sino afianzarse con el tiempo, y sus escaleras de roble no crujen ni gimen cuando intentas bajarlas en silencio.
Hablando de escaleras de roble, me recuerda que hay una magnífica escalera de roble tallado en una de las casas de Kingston. Ahora es una tienda, en la plaza del mercado, pero evidentemente fue en su día la mansión de algún personaje importante.
Un amigo mío, que vive en Kingston, entró allí a comprar un sombrero un día y, en un momento de inconsciencia, se metió la mano en el bolsillo y lo pagó allí mismo.
El dependiente (conoce a mi amigo) se quedó naturalmente un poco desconcertado al principio; pero, recuperándose con rapidez y sintiendo que había que hacer algo para fomentar esta clase de cosas, le preguntó a nuestro héroe si le gustaría ver un poco de roble tallado antiguo y de buena calidad.
Mi amigo dijo que sí y el dependiente, acto seguido, lo condujo a través de la tienda y subió por la escalera de la casa.
Los balaustres eran una pieza de artesanía soberbia y toda la pared de la subida estaba revestida de paneles de roble, con una talla que habría hecho honor a un palacio.
Desde las escaleras, pasaron al salón, que era una habitación grande y luminosa, decorada con un papel de pared un tanto llamativo aunque alegre, sobre un fondo azul.
No había nada, sin embargo, que llamara la atención en la estancia, y mi amigo se preguntó por qué lo habían llevado allí.
El propietario se acercó al papel y lo golpeteó. Emitió un sonido a madera.
“Roble —explicó—. Todo roble tallado, hasta el techo, exactamente igual que el que vio en la escalera”.
“¡Pero, gran César! hombre —expostuló mi amigo—; no querrás decir que has cubierto roble tallado con papel pintado azul, ¿verdad?”
—Sí —fue la respuesta—, fue un trabajo costoso. Por supuesto, primero tuve que forrarlo todo con friso de madera. Pero ahora la habitación se ve alegre. Antes era de un lúgubre espantoso.
No puedo decir que culpe del todo al hombre (lo cual es sin duda un gran alivio para su conciencia). Desde su punto de vista, que sería el del cabeza de familia medio, deseando tomarse la vida con la mayor ligereza posible, y no el de un maníaco de las tiendas de antigüedades, hay razón de su parte.
El roble tallado es muy agradable de contemplar y de tener en pequeña cantidad, pero es sin duda un tanto deprimente vivir rodeado de él, para aquellos cuya inclinación no va por ese camino. Sería como vivir en una iglesia.
No, lo triste en su caso era que él, a quien no le importaba el roble tallado, tuviera el salón revestido con él, mientras que la gente a la que sí le importa tiene que pagar precios desorbitados para conseguirlo. Parece ser la regla de este mundo. Cada cual tiene lo que no quiere, y los demás tienen lo que él sí quiere.
Los hombres casados tienen esposas y parece que no las quieren; y los jóvenes solteros claman que no pueden conseguirlas.
Los pobres que apenas pueden mantenerse a sí mismos tienen ocho hijos sanos.
Las parejas ricas y ancianas, sin nadie a quien dejar su dinero, mueren sin hijos.
Luego están las chicas con novios.
Las chicas que tienen novios nunca los quieren. Dicen que preferirían estar sin ellos, que les molestan, y que por qué no van a hacerle el amor a la señorita Smith y a la señorita Brown, que son feas y mayores, y no tienen ningún novio.
Ellas mismas no quieren novios. Nunca piensan en casarse.
No sirve de nada pensar en estas cosas; lo ponen a uno tan triste.
Había un muchacho en nuestra escuela, solíamos llamarle Sandford y Merton. Su verdadero nombre era Stivvings. Era el muchacho más extraordinario con el que me he topado. Creo que de verdad le gustaba estudiar.
Se metía en líos terribles por quedarse sentado en la cama leyendo griego; y en cuanto a los verbos irregulares franceses, simplemente no había forma de apartarle de ellos.
Estaba lleno de ideas extrañas y antinaturales sobre ser un orgullo para sus padres y una honra para la escuela, y anhelaba ganar premios, crecer y ser un hombre inteligente, y tenía toda esa clase de ideas pusilánimes.
Nunca conocí a una criatura tan extraña, aunque inofensiva, tenedlo en cuenta, como un niño recién nacido.
Pues aquel muchacho solía enfermar unas dos veces por semana, de modo que no podía ir al colegio. Jamás ha habido un muchacho tan dado a enfermar como aquel tal Sandford y Merton.
Si había alguna enfermedad conocida en un radio de diez millas a la redonda, él la contraía, y de qué manera.
Le daba bronquitis en plena canícula, y cogía la fiebre del heno por Navidad. Tras un periodo de sequía de seis semanas, le sobrevenía una fiebre reumática; y salía a una niebla de noviembre para volver a casa con una insolación.
Un año lo anestesiaron con gas risueño, pobre muchacho, y le sacaron todos los dientes, y le pusieron una dentadura postiza, porque sufría muchísimo de dolor de muelas; y luego se le convirtió en neuralgia y dolor de oído.
Nunca se quedaba sin resfriado, excepto una vez durante nueve semanas que tuvo escarlatina; y siempre tenía sabañones.
Durante el gran susto del cólera de 1871, nuestro vecindario se libró singularmente de él. Solo hubo un caso conocido en toda la parroquia: ese caso fue el joven Stivvings.
Tenía que guardar cama cuando estaba enfermo, y comer pollo, natillas y uvas de invernadero; y se quedaba allí tumbado y sollozaba porque no le dejaban hacer los ejercicios de latín y le quitaban la gramática alemana.
Y los demás muchachos, que habríamos sacrificado diez trimestres de nuestra vida escolar con tal de estar enfermos un solo día, y que no teníamos el menor deseo de dar a nuestros padres excusa alguna para vanagloriarse de nosotros, no conseguíamos pillar ni siquiera una tortícolis.
Hacíamos el tonto en las corrientes de aire, y eso nos sentaba bien y nos despejaba; y tomábamos cosas para ponernos malos, y nos ponían gordos y nos daban apetito. Nada de lo que se nos ocurría parecía ponernos enfermos hasta que empezaban las vacaciones.
Entonces, el día en que cerraba el colegio, nos entraban resfriados, tos ferina y toda clase de dolencias, que duraban hasta que volvían a empezar las clases; momento en el que, a pesar de todo lo que maquináramos para evitarlo, nos poníamos buenos de repente otra vez y estábamos mejor que nunca.
Así es la vida; y no somos más que hierba que es cortada, y metida en el horno y horneada.
Para volver a la cuestión del roble tallado, debían de tener muy buenas nociones de lo artístico y lo bello, nuestros tatarabuelos.
Vaya, todos nuestros tesoros artísticos de hoy no son más que los lugares comunes desenterrados de hace tres o cuatro años.
Me pregunto si hay una verdadera belleza intrínseca en los viejos platos de sopa, jarras de cerveza y apagavelas que tanto apreciamos ahora, o si es solo el halo de la antigüedad que brilla a su alrededor lo que les confiere su encanto a nuestros ojos.
El «azul antiguo» que colgamos en nuestras paredes como adorno eran los utensilios domésticos cotidianos de hace unos siglos; y los pastores rosas y las pastoras amarillas que ahora pasamos para que todos nuestros amigos se deshagan en elogios y fingan que los entienden, eran los desvalorizados adornos de la chimenea que la madre del siglo XVIII le habría dado al bebé para que chupara cuando lloraba.
¿Será lo mismo en el futuro? ¿Serán siempre los preciados tesoros de hoy las baratijas baratas de anteayer?
¿Se alinearán hileras de nuestros platos soperos con el patrón del sauce sobre las repisas de las chimeneas de los grandes en los años 2000 y pico?
¿Las tazas blancas con borde de oro y la hermosa flor de oro en su interior (de especie desconocida), que nuestras criadas Sarah Jane ahora rompen con pura ligereza de espíritu, serán cuidadosamente remendadas, colocadas sobre una repisa y desempolvadas únicamente por la dueña de la casa?
Ese perro de porcelana que adorna el dormitorio de mis habitaciones amuebladas.
Es un perro blanco. Sus ojos azules. Su nariz es de un rojo delicado, con manchas. Su cabeza está dolorosamente erguida, su expresión es la de una amabilidad llevada al borde de la imbecilidad.
No lo admiro yo mismo. Considerado como obra de arte, puedo decir que me irrita. Amigos desconsiderados se burlan de él, y hasta mi propia dueña de casa no siente admiración por él y disculpa su presencia por la circunstancia de que su tía se lo regaló.
Pero de aquí a 200 años es más que probable que ese perro sea desenterrado de algún sitio, sin las patas y con la cola rota, y que lo vendan como porcelana antigua y lo metan en una vitrina.
Y la gente se lo irá pasando y lo admirará. Les llamará la atención la maravillosa profundidad del color de la nariz, y especularán sobre lo hermoso que sin duda debió de ser el trozo de cola que le falta.
Nosotros, en esta época, no vemos la belleza de ese perro. Lo conocemos demasiado bien. Es como la puesta de sol y las estrellas: su hermosura no nos maravilla porque nos son comunes a la vista.
Lo mismo ocurre con ese perro de porcelana. En 2288 la gente se desvivirá por él. La fabricación de tales perros se habrá convertido en un arte perdido. Nuestros descendientes se preguntarán cómo lo hicimos y dirán cuán ingeniosos éramos. Se nos mencionará con afecto como «esos grandes y viejos artistas que florecieron en el siglo diecinueve y produjeron aquellos perros de porcelana».
Del «samplers» que la hija mayor hizo en la escuela se hablará como de un «tapiz de la era victoriana», y será casi de valor incalculable.
Las tazas azules y blancas de la posada de carretera actual serán buscadas, por agrietadas y desportilladas que estén, y se venderán a precio de oro, y los ricos las usarán para ponche de clarete; y los viajeros de Japón comprarán todos los «Regalos de Ramsgate» y «Souvenirs de Margate» que hayan escapado a la destrucción, y se los llevarán de vuelta a Edo como antiguas curiosidades inglesas.
Llegados a este punto, Harris soltó los remos, se levantó de su asiento, se echó de espaldas y estiró las piernas en el aire. Montmorency aulló, dio una voltereta, los bártulos superiores saltaron y todas las cosas salieron rodando.
Me sorprendió un poco, pero no perdí los estribos. Le dije, con bastante amabilidad:
«¡Hola! ¿Y eso a qué viene?»
“¿Para qué es eso? ¿Por qué—”
No, bien pensado, no voy a repetir lo que dijo Harris.
Puede que yo tuviera la culpa, lo reconozco; pero nada justifica la violencia verbal ni la grosería de expresión, sobre todo en un hombre que ha recibido una educación esmerada, como sé que la ha recibido Harris.
Yo estaba pensando en otras cosas y olvidé, como cualquiera puede comprender fácilmente, que iba gobernando el timón, con el resultado de que nos habíamos enredado bastante con el camino de sirga. Al principio era difícil distinguir qué éramos nosotros y qué era la orilla de Middlesex del río; pero al cabo de un rato lo averiguamos y nos separamos.
Harris, sin embargo, dijo que ya había hecho bastante por un rato, y propuso que me tocara a mí; así que, como ya estábamos metidos en faena, salí, tomé la sirga y tirué de la barca pasada Hampton Court.
¡Qué muro viejo y entrañable es ese que corre a lo largo del río! Nunca paso junto a él sin sentirme mejor con solo verlo. Un muro viejo tan maduro, luminoso y dulce; ¡qué cuadro tan encantador formaría, con el liquen trepando por aquí, el musgo creciendo por allá, una tímida y joven parra asomándose por lo alto en este punto para ver qué pasa en el ajetreado río, y la sobria y vieja hiedra apiñándose un poco más allá!
Hay cincuenta matices, tintes y tonos en cada diez yardas de ese viejo muro. Si tan solo supiera dibujar y supiera pintar, estoy seguro de que podría hacer un boceto precioso de ese viejo muro. A menudo he pensado que me gustaría vivir en Hampton Court. Parece tan apacible y tan tranquilo, y es un lugar viejo y entrañable para deambular por él temprano por la mañana, antes de que andé mucha gente por ahí.
Pero, bueno, supongo que en realidad no me importaría mucho llegado el momento de la verdad. Sería tan espantosamente aburrido y deprimente por la noche, cuando tu lámpara proyectara sombras extrañas en las paredes revestidas de paneles, y el eco de pasos distantes resonara por los fríos pasillos de piedra, y ahora se acercara, y ahora se apagara, y todo fuera un silencio de muerte, salvo el latido del propio corazón.
Somos criaturas del sol, los hombres y las mujeres. Amamos la luz y la vida. Por eso nos aglomeramos en los pueblos y las ciudades, y el campo se vuelve cada vez más desierto año tras año. Bajo la luz del sol—de día, cuando la Naturaleza está viva y atareada a nuestro alrededor—, nos gustan bastante las laderas abiertas y los bosques profundos; pero por la noche, cuando nuestra Madre Tierra se ha dormido y nos ha dejado despiertos, ¡oh!, el mundo parece tan solitario, y nos asustamos, como niños en una casa silenciosa. Entonces nos sentamos y sollozamos, y añoramos las calles iluminadas por gas, el sonido de las voces humanas y el latido cómplice de la vida humana. Nos sentimos tan indefensos y tan pequeños en la gran quietud, cuando los árboles oscuros susurran con el viento nocturno. Hay tantos fantasmas rondando, y sus suspiros silenciosos nos ponen tan tristes. Juntémonos en las grandes ciudades, encendamos enormes hogueras de un millón de picos de gas, gritemos y cantemos juntos, y sintámonos valientes.
Harris me preguntó si alguna vez había estado en el laberinto de Hampton Court. Dijo que entró una vez para enseñarle el camino a otra persona. Se lo había estudiado en un plano, y era tan sencillo que parecía una tontería, apenas digno de los dos peniques que cobraban por la entrada.
Harris dijo que creía que aquel plano debía de haber sido elaborado como una broma pesada, porque no se parecía en nada a la realidad y solo servía para confundir. Era un primo de provincias el que Harris llevaba.
Él dijo:
“Entraremos aquí solo para que puedas decir que has estado, pero es muy sencillo. Es absurdo llamarlo laberinto. No tienes más que tomar siempre el primer desvío a la derecha. Daremos una vuelta de diez minutos y luego iremos a almorzar”.
Conocieron a algunas personas poco después de haber entrado, las cuales dijeron que llevaban allí tres cuartos de hora y que ya habían tenido más que suficiente.
Harris les dijo que podían seguirlo, si querían; él acababa de entrar y luego daría media vuelta y volvería a salir. Dijeron que era muy amable por su parte, se quedaron atrás y lo siguieron.
Recogieron a varias otras personas que querían acabar de una vez, a medida que avanzaban, hasta que hubieron absorbido a todas las personas del laberinto.
Gente que había perdido toda esperanza de entrar o salir alguna vez, o de volver a ver su hogar y a sus amigos, cobró ánimo al ver a Harris y a su grupo, y se unió a la comitiva, bendiciéndolo.
Harris dijo que calculaba que debía de haber unas veinte personas siguiéndole en total; y una mujer con un bebé, que había estado allí toda la mañana, se empeñó en agarrarse de su brazo por miedo a perderlo.
Harris siguió girando a la derecha, pero parecía un largo camino, y su primo dijo que suponía que era un laberinto muy grande.
—Oh, de los más grandes de Europa —dijo Harris.
—Sí, debe de serlo —respondió el primo—, porque ya hemos caminado buenas dos millas.
Harris empezó a encontrarlo bastante extrañísimo él mismo, pero resistió hasta que, por fin, pasaron junto a la mitad de un bollo de pan con pasas que estaba en el suelo, del cual el primo de Harris juró que se había percatado allí hacía siete minutos. Harris dijo: «¡Oh, imposible!», pero la mujer con el bebé dijo: «De eso nada», ya que ella misma se lo había quitado al niño y lo había tirado ahí, justo antes de encontrarse con Harris. Añadió además que ojalá nunca se hubiera cruzado con Harris, y expresó la opinión de que era un impostor. Eso enfureció a Harris, quien sacó su mapa y explicó su teoría.
—El mapa puede estar bastante bien —dijo uno de los miembros del grupo—, si sabes en qué parte de él estamos ahora.
Harris no lo sabía, y sugirió que lo mejor que podían hacer era volver a la entrada y empezar de nuevo.
Con respecto a la parte de empezar de nuevo no había mucho entusiasmo; pero en cuanto a la conveniencia de regresar a la entrada hubo total unanimidad, de modo que dieron media vuelta y siguieron a Harris de nuevo, en dirección contraria.
Pasaron unos diez minutos más, y entonces se encontraron en el centro.
Harris pensó al principio en fingir que eso era lo que había estado intentando hacer; pero la muchedumbre tenía un aspecto peligroso, y decidió tratarlo como un accidente.
De todos modos, ya tenían algo por dónde empezar entonces. Sabían dónde estaban, y volvieron a consultar el mapa, y la cosa parecía más sencilla que nunca, y se pusieron en marcha por tercera vez.
Y tres minutos más tarde estaban de nuevo en el centro.
Después de eso, sencillamente no pudieron llegar a ninguna otra parte. Tomaran el camino que tomasen, los devolvía al centro. Al cabo de un rato se volvió tan rutinario, que algunas de las personas se detuvieron allí y esperaron a que los demás dieran la vuelta y volvieran con ellos.
Harris sacó su mapa de nuevo, al cabo de un rato, pero verlo solo enfureció a la turba, y le dijeron que se fuera a rizar el pelo con él. Harris dijo que no podía evitar la sensación de que, hasta cierto punto, se había vuelto impopular.
Todos se volvieron locos al fin, y se pusieron a gritar pidiendo al vigilante, y el hombre vino y subió por la escalera de mano de afuera, y les gritó indicaciones.
Pero a estas alturas todos sus cabezas estaban en un remolino tan confuso que eran incapaces de comprender nada, de modo que el hombre les dijo que se quedaran donde estaban, y él iría con ellos.
Se acurrucaron juntos y esperaron; y él bajó y entró.
Era un guardián joven, por capricho del destino, y nuevo en el oficio; y cuando entró, no pudo encontrarlos, y anduvo vagando por ahí, intentando llegar hasta ellos, y entonces se perdió.
Le divisaban, de vez en cuando, corriendo de un lado para otro al otro lado del seto, y él los veía y corría para llegar hasta ellos, y ellos se quedaban esperando allí unos cinco minutos, y entonces él volvía a aparecer exactamente en el mismo lugar y les preguntaba dónde habían estado.
Tuvieron que esperar a que uno de los viejos celadores volviera de almorzar para poder salir.
Harris dijo que le parecía un laberinto muy bueno, a juzgar por lo que él entendía, y acordamos que intentaríamos convencer a George de que entrara en él, a la vuelta.