Después de que hubo salido del Salón del Trono, traté de asimilar las condiciones del lugar para pintar.
El salón era grande y espacioso, pero la luz era falsa, ya que la parte superior de los ventanales estaba cubierta con cortinillas de papel. El único lugar del salón donde había algún tipo de luz para pintar era frente a las grandes puertas de vidrio de espejo, y este era un espacio muy pequeño para comenzar un cuadro tan grande.
Para iluminar tanto el retrato como a la modelo, me vería obligado a colocar mi lienzo muy cerca del trono donde ella iba a sentarse; y, tratándose de un retrato tan grande como el que iba a pintar, esto suponía una gran desventaja.
Cuando pensé que tenía que pintar allí, y empezar de inmediato sobre el lienzo que había de ser la obra definitiva, ¡se me encogió el corazón!
Su Majestad deseaba, por encima de todo, tener un retrato grande, y me habían dicho que no entendería que empezara en un lienzo pequeño ni que hiciera estudios preliminares; que, si no empezaba en el lienzo grande de inmediato, probablemente no me concedería más sesiones; de hecho, esa misma mañana nos habían dicho en el Ministerio de Asuntos Exteriores que Su Majestad solo iba a concederme dos sesiones, ¡así que no había alternativa!
No cabían poses preliminares, ni la posibilidad de elegir entre varios bocetos, y solo contaría con unos pocos instantes para elegir la pose, que debía ser la definitiva, y yo ignoraba por completo las posibilidades de mi modelo y sus características.
Por fortuna, apenas tuve unos instantes para considerar todas estas circunstancias adversas, ¡pues Su Majestad no tardó en regresar! Iste vestida con una túnica de color amarillo imperial, brocada con matices realistas de glicinias y ricamente bordada en perlas. Estaba