Hay, en los escritos del doctor Tillotson, un argumento contra la presencia real que es tan conciso, elegante y fuerte como pueda suponerse que lo sea un argumento contra una doctrina tan poco digna de una refutación seria. Se reconoce por todos lados, dice ese docto prelado, que la autoridad, ya sea de la escritura o de la tradición, se funda meramente en el testimonio de los apóstoles, quienes fueron testigos oculares de aquellos milagros de nuestro Salvador con los cuales probó su misión divina. Nuestra evidencia, pues, de la verdad de la religión cristiana es menor que la evidencia de la verdad de nuestros sentidos; porque, incluso en los primeros autores de nuestra religión, no era mayor; y es evidente que debe disminuir al pasar de ellos a sus discípulos; ni puede nadie depositar tanta confianza en el testimonio de aquellos como en el objeto inmediato de sus sentidos. Pero una evidencia más débil jamás puede destruir a una más fuerte; y por lo tanto, aunque la doctrina de la presencia real estuviera las mil veces claramente revelada en la escritura, iría directamente en contra de las reglas del recto raciocinio darle nuestro asentimiento. Contradice al sentido, aunque tanto la escritura como la tradición, sobre las que se supone edificada, no traigan consigo una evidencia tal como el sentido; cuando se las considera meramente como evidencias externas, y no se las trae al pecho de cada cual por la operación inmediata del Espíritu Santo.
Nada es tan conveniente como un argumento decisivo de esta clase, que al menos debe reducir al silencio a la más arrogante intolerancia y superstición, y librarnos de sus impertinentes peticiones.
Me halaga pensar que he descubierto un argumento de similar naturaleza que, de ser acertado, constituirá para los sabios y eruditos un freno perpetuo contra toda clase de ilusión supersticiosa y, por consiguiente, será útil mientras el mundo perdure.
Pues durante todo ese tiempo, supongo, se hallarán relatos de milagros y prodigios en toda la historia, sagrada y profana.
Aunque la experiencia sea nuestra única guía en el razonamiento acerca de cuestiones de hecho, debe reconocerse que esta guía no es del todo infalible, sino que en algunos casos es propicia a conducirnos a errores.
Quien en nuestro clima esperara mejor tiempo en cualquier semana de junio que en una de diciembre, razonaría justamente y conforme a la experiencia; pero es cierto que puede ocurrirle, a la postre, que se encuentre equivocado.
Sin embargo, podemos observar que, en tal caso, no tendría motivo para quejarse de la experiencia, porque esta comúnmente nos informa de antemano de la incertidumbre mediante esa contrariedad de acontecimientos que podemos aprender de una diligente observación.
No todos los efectos se siguen con igual certeza de sus supuestos causas. Se descubre que algunos acontecimientos han estado constantemente unidos en todos los países y todas las edades; otros se descubre que han sido más variables y que a veces defraudan nuestras expectativas; de modo que, en nuestros razonamientos concernientes a cuestiones de hecho, existen todos los grados imaginables de seguridad, desde la más alta certeza hasta la especie más baja de evidencia moral.
Un hombre sabio, por lo tanto, proporcióna su creencia a la evidencia. En aquellas conclusiones que se fundan en una experiencia infalible, espera el acontecimiento con el más alto grado de seguridad, y considera su pasada experiencia como una prueba plena de la existencia futura de ese acontecimiento. En otros casos, procede con más cautela: sopesa los experimentos opuestos; considera qué lado está respaldado por el mayor número de experimentos; hacia ese lado se inclina, con duda y vacilación; y cuando por fin fija su juicio, la evidencia no excede lo que llamamos propiamente probabilidad. Toda probabilidad, pues, supone una oposición de experimentos y observaciones, en la que se halla que un lado contrabalancea al otro y produce un grado de evidencia proporcional a la superioridad. Cien instancias o experimentos de un lado y cincuenta de otro ofrecen una expectativa dudosa de cualquier acontecimiento; aunque cien experimentos uniformes, con uno solo que sea contradictorio, generan razonablemente un grado bastante fuerte de seguridad. En todos los casos, debemos sopesar los experimentos opuestos, cuando son opuestos, y deducir el número menor del mayor, con el fin de conocer la fuerza exacta de la evidencia superior.
Para aplicar estos principios a un caso particular; podemos observar que no hay especie de razonamiento más común, más útil e incluso necesaria para la vida humana que la que se deriva del testimonio de los hombres y de los informes de testigos presenciales y espectadores.
Esta especie de razonamiento, tal vez, se pueda negar que esté fundada en la relación de causa y efecto. No voy a disputar sobre una palabra. Bastará con observar que nuestra seguridad en cualquier argumento de este tipo no se deriva de ningún otro principio que no sea nuestra observación de la veracidad del testimonio humano y de la conformidad habitual de los hechos con los informes de los testigos.
Siendo una máxima general que ningún objeto tiene conexión alguna descubrible con otro, y que todas las inferencias que podemos extraer de uno a otro se fundan meramente en nuestra experiencia de su conjunción constante y regular, es evidente que no debemos hacer una excepción a esta máxima en favor del testimonio humano, cuya conexión con cualquier evento parece, en sí misma, tan poco necesaria como cualquier otra.
Si la memoria no fuera tenaz hasta cierto punto, si los hombres no tuvieran comúnmente inclinación hacia la verdad y un principio de probidad; si no fueran sensibles a la vergüenza al ser descubiertos en una falsedad: si estas, digo, no fueran descubiertas por la experiencia como cualidades inherentes a la naturaleza humana, jamás depositaríamos la menor confianza en el testimonio humano. Un hombre delirante, o notorio por su falsedad y villanía, no tiene ningún género de autoridad ante nosotros.
Y así como la evidencia, derivada de testigos y del testimonio humano, se funda en la experiencia pasada, también varía con la experiencia, y se considera ya sea como una prueba o como una probabilidad, según que la conjunción entre cualquier clase particular de informe y cualquier clase de objeto se haya hallado constante o variable. Hay una serie de circunstancias que deben tomarse en consideración en todos los juicios de esta índole; y la norma última, por la cual determinamos todas las disputas que puedan surgir al respecto, se deriva siempre de la experiencia y de la observación. Cuando esta experiencia no es del todo uniforme en ningún sentido, viene acompañada de una contradicción inevitable en nuestros juicios, y de la misma oposición y destrucción mutua de argumentos que en cualquier otro tipo de evidencia. Con frecuencia dudamos acerca de los informes ajenos. Ponderamos las circunstancias opuestas que causan cualquier duda o incertidumbre; y cuando descubrimos una superioridad en algún lado, nos inclinamos hacia ella; pero aun así con una disminución de la certeza, en proporción a la fuerza de su antagonista.
Esta contrariedad de las pruebas, en el presente caso, puede derivarse de varias causas diferentes: de la oposición de testimonios contrarios; del carácter o el número de los testigos; de la manera en que emiten su testimonio; o de la unión de todas estas circunstancias. Abrigos sospechas sobre cualquier cuestión de hecho cuando los testigos se contradicen entre sí; cuando son pocos o de dudoso carácter; cuando tienen un interés en lo que afirman; cuando emiten su testimonio con vacilación o, por el contrario, con aseveraciones demasiado violentas. Hay muchos otros detalles del mismo tipo que pueden disminuir o destruir la fuerza de cualquier argumento derivado del testimonio humano.
Supongamos, por ejemplo, que el hecho que el testimonio se esfuerza por establecer participa de lo extraordinario y lo maravilloso; en ese caso, la evidencia resultante del testimonio admite una disminución, mayor o menor, en proporción a cuán inusual sea el hecho. La razón por la cual otorgamos algún crédito a los testigos e historiadores no deriva de ninguna conexión que percibamos a priori entre el testimonio y la realidad, sino de que estamos acostumbrados a hallar una conformidad entre ambos. Pero cuando el hecho atestiguado es de aquellos que rara vez han caído bajo nuestra observación, se produce aquí una pugna entre dos experiencias opuestas, una de las cuales destruye a la otra, en la medida de su fuerza, y la superior solo puede operar sobre la mente mediante la fuerza que le resta. El mismo principio de experiencia que nos otorga un cierto grado de seguridad en el testimonio de los testigos nos otorga también, en este caso, otro grado de seguridad en contra del hecho que se esfuerzan por establecer; de cuya contradicción surge necesariamente un contrapeso y una destrucción mutua de la creencia y la autoridad.
«No creería tal historia ni me la contara Catón», era un dicho proverbial en Roma, incluso durante la vida de aquel patriota filosófico. Se admitía que la incredulidad de un hecho podía invalidar a una autoridad tan grande.
El príncipe indio, que se negaba a creer las primeras relaciones acerca de los efectos de la helada, razonaba con justicia; y, naturalmente, se requería un testimonio muy sólido para lograr su asentimiento a hechos que surgían de un estado de naturaleza con el que no estaba familiarizado, y que guardaban tan poca analogía con aquellos acontecimientos de los cuales había tenido una experiencia constante y uniforme.
Aunque no eran contrarios a su experiencia, no se conformaban a ella.
Pero para aumentar la probabilidad en contra del testimonio de los testigos, supongamos que el hecho que afirman, en vez de ser sólo maravilloso, es realmente milagroso; y supongamos también que el testimonio, considerado aparte y en sí mismo, equivale a una prueba completa; en tal caso, hay prueba contra prueba, de las cuales debe prevalecer la más fuerte, pero aún así con una disminución de su fuerza, en proporción a la de su antagonista.
Un milagro es una violación de las leyes de la naturaleza; y como una experiencia firme e inalterable ha establecido estas leyes, la prueba en contra de un milagro, por la propia naturaleza del hecho, es tan completa como cualquier argumento basado en la experiencia pueda posiblemente concebirse.
¿Por qué es más que probable que todos los hombres deban morir; que el plomo no pueda, por sí mismo, permanecer suspendido en el aire; que el fuego consuma la madera y sea extinguido por el agua; a menos que sea porque estos sucesos son acordes con las leyes de la naturaleza, y se requiere una violación de dichas leyes, o en otras palabras, un milagro para impedirlos?
Nada se considera un milagro si ocurre alguna vez en el curso ordinario de la naturaleza. No es un milagro que un hombre, en aparente buena salud, muera de repente: porque este tipo de muerte, aunque más inusual que cualquier otra, se ha observado con frecuencia.
Pero es un milagro que un hombre muerto vuelva a la vida; porque eso jamás se ha observado en ninguna época o país. Debe existir, por tanto, una experiencia uniforme en contra de todo acontecimiento milagroso, de otro modo el acontecimiento no merecería tal denominación.
Y como una experiencia uniforme equivale a una prueba, existe aquí una prueba directa y completa, derivada de la naturaleza del hecho, en contra de la existencia de cualquier milagro; ni puede tal prueba ser destruida, ni el milagro hacerse creíble, sino mediante una prueba opuesta que le sea superior.
La consecuencia evidente es (y es una máxima general digna de nuestra atención),
«Que ningún testimonio es suficiente para establecer un milagro, a menos que el testimonio sea de tal índole que su falsedad sea más milagrosa que el hecho que intenta establecer; y aun en ese caso hay una destrucción mutua de argumentos, y el superior solo nos otorga una certeza adecuada al grado de fuerza que queda tras deducir el inferior».
Cuando alguien me dice que ha visto a un hombre muerto resucitado, considero inmediatamente en mi interior si es más probable que esta persona engañe o sea engañada, o que el hecho que relata haya ocurrido realmente.
Pesa un milagro contra el otro; y según la superioridad que descubro, emito mi decisión y rechazo siempre el mayor milagro. Si la falsedad de su testimonio fuera más milagrosa que el acontecimiento que relata, entonces, y solo entonces, podrá pretender merecer mi creencia u opinión.