Puede parecer un intento muy extravagante el de los escépticos destruir la razón mediante argumentos y raciocinio; sin embargo, este es el gran objetivo de todas sus indagaciones y disputas. Se esfuerzan por encontrar objeciones tanto a nuestros razonamientos abstractos como a aquellos que se refieren a cuestiones de hecho y de existencia.
La principal objeción contra todos los razonamientos abstractos se deriva de las ideas de espacio y tiempo; ideas que, en la vida ordinaria y a una vista superficial, son muy claras e inteligibles, pero que, cuando pasan por el examen de las ciencias profundas (y son el objeto principal de estas ciencias), proporcionan principios que parecen llenos de absurdos y contradicciones.
Ningún dogma sacerdotal, inventado a propósito para dominar y someter la razón rebelde de la humanidad, ha chocado jamás tanto con el sentido común como la doctrina de la divisibilidad infinita de la extensión, con sus consecuencias; tal y como son pomposamente expuestas por todos los geómetras y metafísicos, con una especie de triunfo y exultación.
Una cantidad real, infinitamente menor que cualquier cantidad finita, que contiene cantidades infinitamente menores que sí misma, y así in infinitum; este es un edificio tan audaz y prodigio, que resulta demasiado pesado para que lo sostenga ninguna pretendida demostración, porque choca con los principios más claros y naturales de la razón humana.
Pero lo que hace que el asunto sea más extraordinario es que estas opiniones, aparentemente absurdas, están respaldadas por una cadena de razonamiento de la mayor claridad y naturalidad; ni nos es posible admitir las premisas sin aceptar las consecuencias.
Nada puede ser más convincente y satisfactorio que todas las conclusiones relativas a las propiedades de los círculos y los triángulos; y sin embargo, una vez aceptadas estas, ¿cómo podemos negar que el ángulo de contacto entre un círculo y su tangente es infinitamente menor que cualquier ángulo rectilíneo, que a medida que se aumenta el diámetro del círculo in infinitum, este ángulo de contacto se hace aún menor, también in infinitum, y que el ángulo de contacto entre otras curvas y sus tangentes puede ser infinitamente menor que los que hay entre cualquier círculo y su tangente, y así sucesivamente, in infinitum?
La demostración de estos principios parece tan inatacable como la que prueba que los tres ángulos de un triángulo son iguales a dos rectos, a pesar de que esta última opinión sea natural y sencilla, y la primera esté llena de contradicción y absurdo.
La razón parece verse aquí arrojada a una especie de asombro y desconcierto que, sin necesidad de las sugerencias de ningún escéptico, le infunde desconfianza en sí misma y en el terreno que pisa.
Ve una luz plena que ilumina ciertos lugares, pero esa luz linda con la oscuridad más profunda. Y entre ambas se halla tan deslumbrada y confusa que apenas puede pronunciarse con certeza y seguridad acerca de un solo objeto.
El absurdo de estas osadas determinaciones de las ciencias abstractas parece volverse, de ser posible, aún más palpable con respecto al tiempo que a la extensión.
Un número infinito de partes reales del tiempo, que transcurren sucesivamente y se agotan una tras otra, parece una contradicción tan evidente que cabría pensar que ningún hombre, cuyo juicio no esté corrompido —en vez de mejorado— por las ciencias, sería jamás capaz de admitirla.
Aun así, la razón debe permanecer inquieta y desasosegada, incluso respecto a ese escepticismo al que se ve empujada por estas aparentes absurdidades y contradicciones.
Cómo una idea clara y distinta puede contener circunstancias contrarias a sí misma, o a cualquier otra idea clara y distinta, es absolutamente incomprensible; y es, tal vez, tan absurdo como cualquier proposición que pueda formularse.
De modo que nada puede ser más escéptico, ni estar más lleno de duda y vacilación, que este mismo escepticismo, el cual surge de algunas de las conclusiones paradoxales de la geometría o la ciencia de la cantidad.
Las objeciones escépticas contra la evidencia moral, o contra los razonamientos sobre cuestiones de hecho, son o bien populares o bien filosóficas. Las objeciones populares se derivan de la debilidad natural del entendimiento humano; de las opiniones contradictorias que se han sostenido en diferentes épocas y naciones; de las variaciones de nuestro juicio en la enfermedad y la salud, la juventud y la vejez, la prosperidad y la adversidad; de la contradicción perpetua entre las opiniones y los sentimientos de cada hombre en particular, junto con muchos otros tópicos de esa índole. Es innecesario insistir más en este punto. Estas objeciones no son sino débiles. Pues así como, en la vida común, razonamos a cada momento sobre hechos y existencias, y no podemos subsistir de ningún modo sin emplear continuamente esta clase de argumento, cualquier objeción popular derivada de ahí ha de ser insuficiente para destruir esa evidencia. El gran subversor del pirronismo o de los principios excesivos del escepticismo es la acción, la ocupación y los menesteres de la vida común. Estos principios pueden florecer y triunfar en las escuelas, donde resulta en verdad difícil, si no imposible, refutarlos. Pero tan pronto como abandonan la sombra y, por la presencia de los objetos reales que mueven nuestras pasiones y sentimientos, se ponen en oposición con los principios más poderosos de nuestra naturaleza, se desvanecen como el humo y dejan al escéptico más determinado en la misma condición que al resto de los mortales.
El escéptico, por lo tanto, haría bien en mantenerse dentro de su propia esfera y desplegar aquellas objeciones filosóficas que surgen de investigaciones más profundas.
Aquí parece tener amplio material para el triunfo; al tiempo que insiste con razón en que toda nuestra evidencia sobre cualquier cuestión de hecho que se encuentre más allá del testimonio de los sentidos o de la memoria se deriva enteramente de la relación de causa y efecto; en que no tenemos otra idea de esta relación que la de dos objetos que han sido frecuentemente conjuntados; en que no poseemos argumento alguno que nos convence de que los objetos que, en nuestra experiencia, han sido frecuentemente conjuntados lo serán asimismo, en otros casos, de la misma manera; y en que nada nos conduce a esta inferencia sino la costumbre o un cierto instinto de nuestra naturaleza —al cual es en verdad difícil resistirse, pero que, al igual que otros instintos, puede ser falaz y engañoso—.
Mientras el escéptico insiste en estos temas, muestra su fuerza, o más bien, en verdad, su propia debilidad y la nuestra; y parece, al menos por el momento, destruir toda certeza y convicción. Estos argumentos podrían exponerse con mayor extensión si pudiera esperarse jamás que de ellos resultara algún bien o beneficio duradero para la sociedad.
Pues he aquí la principal y más enigmática objeción al escepticismo excesivo: que de él jamás puede resultar ningún bien duradero, mientras permanezca en toda su fuerza y vigor.
No tenemos más que preguntarle a tal escéptico: ¿Cuál es su intención? ¿Y qué se propone con todas estas curiosas investigaciones? De inmediato se queda desconcertado y no sabe qué responder.
Un copernicano o un ptolomaico, que defienden cada cual su diferente sistema de astronomía, pueden esperar producir una convicción que permanezca constante y duradera en su audiencia.
Un estoico o un epicúreo exponen principios que tal vez no sean duraderos, pero que ejercen un efecto sobre la conducta y el comportamiento.
Pero un pirrónico no puede esperar que su filosofía ejerza una influencia constante en la mente; o que, de hacerlo, tal influencia fuera beneficiosa para la sociedad.
Por el contrario, debe reconocer —si es que ha de reconocer algo— que toda la vida humana perecería si sus principios llegaran a imperar de manera universal y firme.
Todo discurso, toda acción cesaría de inmediato, y los hombres permanecerían en un letargo total hasta que las necesidades de la naturaleza, insatisfechas, pusieran fin a su miserable existencia.
Es verdad; un acontecimiento tan fatal es algo que debe temerse muy poco. La naturaleza siempre es demasiado fuerte para los principios.
Y aunque un pirrónico pueda sumir a los demás o a sí mismo en un asombro y una confusión momentáneos mediante sus profundos razonamientos, el primero y más trivial acontecimiento de la vida pondrá en fuga todas sus dudas y escrúpulos, y lo dejará idéntico, en cada punto de la acción y de la especulación, a los filósofos de cualquier otra secta, o a aquellos que jamás se han preocupado por ninguna investigación filosófica.
Cuando despierte de su sueño, será el primero en unirse a las burlas contra sí mismo y en confesar que todas sus objeciones son una mera diversión, y no pueden tener otra tendencia que mostrar la caprichosa condición de la humanidad, que debe actuar, razonar y creer; aunque no es capaz, mediante su más diligente investigación, de satisfacerse a sí misma acerca del fundamento de estas operaciones, ni de eliminar las objeciones que puedan plantearse contra ellas.