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Carta III

[Esta carta tiene una fecha posterior en casi nueve años a las que la preceden.]

Lanreath Cottage, Breconshire.

Mi estimado amigo:

Por su última carta veo que duda de si aún recuerdo las circunstancias bajo las cuales le hice cierta promesa hace más de ocho años. Se equivoca: ni una sola de esas circunstancias se ha borrado de mi memoria. Para convencerle de ello, voy a recapitularlas ahora. Convendrá conmigo, supongo, en que no he olvidado nada.

Después de mi traslado desde Cornualles (¡cómo iba a olvidar la primera vez que vi a Clara y a Ralph junto a mi lecho!), cuando la enfermedad nerviosa que padecí durante tanto tiempo cedió ante la afectuosa devoción de mi familia —ayudada por el incansable ejercicio de su talento—, una de mis primeras inquietudes fue demostrar que sabía apreciar con gratitud sus desvelos por mi bienestar, depositando en usted la misma confianza que consagraría a mis parientes más cercanos y queridos. Desde el momento en que nos conocimos en el hospital, sus servicios me fueron consagrados, a través de no pocas penalidades del alma y del cuerpo, con la delicadeza y la abnegación de un verdadero amigo. Sentía que era de estricta justicia que usted supiera a través de qué pruebas me había visto reducido a la situación en la que me encontró cuando acompañó a mi hermano y a mi hermana a Cornualles —esto sentía— y puse en sus manos, para su lectura estrictamente privada, el relato que había escrito de mi error y de sus terribles consecuencias. Contarle todo lo que me había sucedido con mis propios labios era más de lo que entonces podía hacer; e incluso tras el paso de los años, seguiría siéndome imposible hoy.

Después de leer el relato, me instó, al devolvérmelo, a permitir su publicación en vida. Reconocí la justicia de las razones que lo llevaron a aconsejarme tal cosa; pero le advertí, al mismo tiempo, de que un obstáculo que estaba obligado a respetar me impediría seguir su consejo. Mientras mi padre viviera, no podía consentir que se hiciera de dominio público un manuscrito en el que él aparecía representado (sin importar cuán excesiva hubiera sido la provocación) como un hombre que se apartaba con la más agria hostilidad de su propio hijo. No podía permitir que sucesos de los que jamás volvimos a hablar por nuestra cuenta se entregaran a otros en forma de impreso que tal vez cayera bajo sus propios ojos. Usted reconoció, según recuerdo, la rectitud de estas consideraciones y prometió, en caso de que yo muriera antes que él, retener mi manuscrito y no publicarlo mientras viviera mi padre. Al comprometerse a ello, sin embargo, estipuló, y yo accedí, a que reconsiderara sus argumentos en el supuesto de que le sobreviviera. Esta fue mi promesa y estas fueron las circunstancias en las que se hizo. Habrá de admitir, creo, que mi memoria es más exacta de lo que había imaginado.

Y ahora me escribe para recordarme mi parte del acuerdo —evitando, con su habitual delicadeza, introducir el tema hasta que hubieran transcurrido más de seis meses desde la muerte de mi padre—. Ha obrado bien. He tenido tiempo de experimentar todo el consuelo que me brinda el recuerdo de que, durante años, mi vida sirvió de algún modo para endulzar la de mi padre; de que su muerte se produjo en el curso ordinario de la Naturaleza; y de que jamás, que yo sepa, le di motivo alguno para arrepentirse de la plena y amorosa reconciliación que tuvo lugar entre nosotros tan pronto como pudimos hablarnos con libertad a mi regreso al hogar.

Aun así, sigo sin responder a su pregunta: —¿Estoy dispuesto ahora a permitir la publicación de mi relato, siempre que todos los nombres y lugares mencionados en él permanezcan ocultos y nadie me conozca a mí, salvo usted, Ralph y Clara, como el autor de mi propia historia? Respondo que sí, que estoy dispuesto. En pocos días recibirá el manuscrito por conducto seguro. Ni mi hermano ni mi hermana se oponen a que se dé a conocer en las condiciones que he mencionado; y no vacilo en aceptar la autorización que así se me otorga. No he edulcorado la inconstancia del carácter de Ralph; pero la bondad fraternal y la varonil generosidad que subyacen en él confío en que resulten tan evidentes en mi narración como lo son en la realidad. ¡Y Clara, querida Clara!, todo cuanto he dicho de ella solo merece ser lamentado por no estar a la altura del más noble tema sobre el que mi pluma, o cualquier otra, pueda escribir.

Queda por resolver una dificultad, sin embargo: —¿Cómo deben concluir las páginas que estoy a punto de enviarle? En el sentido novelesco de la palabra, mi historia no tiene un final propiamente dicho. El sosiego que llega a todos nosotros tras la tribulación —para mí, un sosiego en vida; para otros, ¡cuántas veces un sosiego tan solo en la tumba!— es el punto final que debe cerrar esta autobiografía: un final sereno, natural y sin grandes acontecimientos; pero que tal vez no carezca de toda enseñanza y valor. ¿Corresponde acaso que me empeñe, por aras del efectismo, en urdir una conclusión y termine mediante la ficción lo que comenzó, y hasta aquí ha avanzado, en aras de la verdad? Por el bien del Arte, tanto como por el bien de la Realidad, ¡desde luego que no!

Cuanto reste por relatar después de la última anotación de mi diario se hallará expresado de la forma más sencilla y, por tanto, mejor, a través de las cartas de William y Mary Penhale que le adjunto con esta. Cuando volví a Cornualles para visitar al buen minero y a su esposa, descubrí, a raíz de las indagaciones que hice sobre el pasado, que aún conservaban las cartas que habían escrito acerca de mí mientras yacía enfermo en Treen. Les pedí permiso para sacar copias de ambos documentos, pues contenían materiales que difícilmente podría aportar con mis propios recursos para rellenar un vacío en mi historia. Accedieron de inmediato, manifestándome que siempre habían guardado las cartas del otro tras el matrimonio, con tanto celo como las habían guardado antes, en prenda de que su afecto primero había permanecido inalterado hasta el final. Al mismo tiempo me suplicaron, con la más sincera sencillez, que puliera sus expresiones pueblerinas y las convirtiera, según decían, en una lectura apropiada. De más está imaginar que me guardé muy mucho de hacer tal cosa; y estoy seguro de que coincidirá conmigo en que ambas cartas deben imprimirse de forma tan literal como fueron copiadas por mi mano.

Habiendo provisto ya lo necesario para la continuación de mi historia hasta el periodo de mi vuelta a casa, me quedan un par de cosas por decir respecto a la preparación de la autobiografía para la imprenta. Incapaz todavía hoy de armarme de valor para relevar mi manuscrito de nuevo, dejo las correcciones que requiera en manos ajenas —pero bajo una condición—. Que no se suavice ni se suprima ninguno de los pasajes en los que he relatado hechos o descrito caracteres. Conozco bien la tendencia de ciertos lectores a tildar la verdad misma de improbable, a menos que su propia experiencia personal les haya servido de testigo; y es precisamente por esto por lo que me mantengo firme en mi determinación de no ceder de antemano ante incredulidades anticipadas. Lo que he escrito es verdad; y saldrá al mundo como la verdad debe hacerlo: sin concesiones de ningún tipo. Corríjase mi estilo tan a fondo como se quiera; pero consérvense los caracteres y los sucesos tomados de realidades tan reales como son.

En cuanto a las personas supervivientes con las que este relato me relaciona, poco tengo que decir que pueda importarle al lector. El hombre a quien he presentado en las páginas precedentes bajo el nombre de Sherwin creo que sigue con vida y continúa residiendo en Francia, adonde se retiró poco después de la fecha de los últimos acontecimientos mencionados en mi autobiografía. Su ayudante introdujo un nuevo sistema en su negocio que, al encontrarse abandonado a sus propios y escasos recursos, no supo sacar adelante. Sus asuntos se enredaron; sobrevino una crisis comercial a la que fue totalmente incapaz de hacer frente y acabó en la bancarrota, no sin antes haberse asegurado deshonestamente un sustento vitalicio con los restos de su patrimonio. Supe de él por casualidad hace unos años, al enterarme de que mantenía entre los residentes ingleses del pueblo donde entonces vivía la reputación de ser un hombre que había sufrido inmerecidamente graves desgracias familiares y que sobrellevaba sus aflicciones con la más ejemplar piedad y resignación.

A aquellos que en su día estuvieron vinculados a él y que ya no se encuentran entre nosotros, no necesito ni puedo volver a referirme. Esa parte del lúgubre pasado con la que se hallan asociados es aquella en la que todavía me aterra pensar. Hay dos nombres que mis labios no han pronunciado en años; que en esta vida no volveré a nombrar jamás. La noche de la Muerte se extiende sobre ellos: una noche a la que mirar de espaldas por siempre jamás.

A la que mirar de espaldas... pero ¿hacia qué objeto? ¿El futuro? En esa dirección apenas vislumbro algo todavía. Es en el presente donde tengo fijados mis pensamientos, en la satisfacción que no ansía ningún cambio.

Desde hace cinco meses vivo aquí con Clara; aquí, en la pequeña finca que un día perteneció a su madre y que ahora es suya. Mucho antes de la muerte de mi padre conversábamos a menudo, en la gran casa de campo, acerca de los días venideros que podríamos pasar juntos, tal como los pasamos ahora, en este lugar. Aunque a menudo nos ausentemos por un tiempo, siempre consideraremos Lanreath Cottage como nuestro hogar. Los años de retiro que pasé en la mansión tras mi recuperación no han despertado en mí el menor anhelo de regresar al mundanal ajetreo. Ralph —ahora la cabeza de nuestra familia; ahora espoleado por sus nuevas obligaciones a tomar conciencia de su nueva posición—, Ralph, emancipado ya de muchos de los hábitos que en otro tiempo lo tiranizaron y degradaron, me ha escrito instándome a aprovechar al máximo los recursos que su posición le permite ofrecerme, si decido adentrarme en la vida pública. Mas no tengo tal propósito; sigo resuelto a vivir en la oscuridad, en el retiro, en la paz. He sufrido demasiado; he sido herido con demasiada tristeza para alinearme con los héroes de la ambición y abrirme paso a codazos desde la base. La gloria y el brillo que en otro tiempo ansié contemplar como míos me deslumbrarían y destruirían hoy. Sacudidas como las que he padecido dejan tras de sí algo que metamorfosea el carácter y el propósito de una existencia. El sendero agreste de la acción ya no es camino para mí; mi esperanza futura se detiene junto a mi dicha presente en el sombrío valle del Sosiego.

No un sosiego exento de deberes y estéril para el bien; no un sosiego que el pensamiento no pueda ennoblecer y el afecto santificar. Servir a la causa de los pobres y de los ignorantes en el pequeño círculo que ahora me rodea; allanar el camino al placer y a la abundancia allí donde el dolor y la miseria lo han vuelto demasiado escarpado; vivir cada día más digno del amor fraternal que, infatigable e inalterable, vela por mí en este último refugio, este queridísimo hogar: tales son los propósitos, los únicos propósitos que me quedan y que aún me es dado atesorar. ¡Con tal de que viva para cumplirlos, la vida me habrá otorgado todo cuanto puedo pedir!

Puedo dar por concluida mi carta. Le he comunicado todos los materiales de que dispongo para el desenlace de mi autobiografía y le he facilitado las únicas directrices que deseo impartir respecto a su publicación. Preséntesela al lector en la forma y momento que juzgue oportunos. No alojo deseo alguno de especular sobre su acogida por parte del público. Me basta con saber que, con todos sus defectos, ha sido escrita desde la sinceridad y la verdad. No experimentaré falsa vergüenza si fracasa, ni falsa soberbia si triunfa.

Si considera que hay alguna otra información que deba poseer y que yo haya olvidado comunicarle, escríbame al respecto o, lo que es mucho mejor, venga usted mismo y pídame con sus propios labios todo lo que desee saber. Venga y juzgue la vida que llevo ahora contemplándola tal como es en realidad. Aunque sea solo por unos días, deténgase lo suficiente en su trayectoria de actividad y utilidad, de fama y honores, para hallar tiempo libre y visitar la cabaña en la que vivimos. Esta es una invitación de Clara tanto como mía. Ella nunca olvidará (¡aunque yo pudiera hacerlo!) todo lo que le he debido a su amistad; jamás se cansará (¡si es que yo llegara a fatigarme!) de demostrarle que somos dignos de merecerla. Venga, pues, a verla a ella tanto como a mí; ¡venga a verla, una vez más, a mi hermana de los viejos tiempos! Recuerdo lo que dijo de Clara la última vez que nos vimos y conversamos sobre ella; y creo que le alegrará casi tanto como a mí volver a verla en su papel de antaño.

¡Hasta entonces, adiós! No juzgue a la ligera mis motivos para persistir en esta vida de retiro que he llevado durante tantos años. No piense que la calamidad ha helado mi corazón o enervado mi mente. El sufrimiento pasado tal vez me haya transformado, pero no me ha envilecido. Ha fortificado mi espíritu con una fortaleza perenne; me ha revelado con claridad mucho de lo que antes se me aparecía de forma difusa; me ha mostrado usos a los que puedo consagrar mi existencia y que cuentan con la sanción de otras voces ajenas a la fama; me ha enseñado a experimentar esa valerosa ambición capaz de trascender la menuda vida terrenal. ¿Acaso no albergan aspiración los propósitos por los que ahora desearía vivir? —¡Bernard! Todo el bien que podamos hacer en este mundo con nuestros afectos o nuestras facultades asciende al mundo eterno que nos corona como un himno de alabanza de la humanidad hacia Dios. Entre los miles y miles de tonos que siempre se ensamblan para engrosar la música de ese canto, ¿acaso no son aquellos que resuenan con más fuerza y grandeza aquí, los tonos que viajan más dulces y puros hacia el Trono Inmarcesible, los que se funden en la más perfecta armonía con el coro de los ángeles? Pregúntueselo a su propio corazón y dígame entonces: ¿no puede la vida más humilde —incluso una vida como la mía— verse ennoblecida por una aspiración perdurable y consagrada a un noble fin?

He concluido. La apacible tarde de verano se ha cernido sobre mí mientras le escribía; y la voz de Clara —ahora la voz feliz de los tiempos felices de antes— me llama desde el banco del jardín para que salga a contemplar la puesta de sol sobre el mar lejano. Una vez más... ¡adiós!

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