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V. Clara

Mi hermana Clara es cuatro años menor que yo. En la forma del rostro, en el cutis y —excepto por los ojos— en las facciones, guarda un parecido llamativo con mi padre. Sus expresiones, sin embargo, deben de ser muy parecidas a las que tenía mi madre. Cada vez que la he mirado en sus momentos de silencio y meditación, siempre me ha parecido que refresca, e incluso acrecienta, mis vagos recuerdos infantiles de nuestra difunta madre. Sus ojos tienen ese leve matiz de melancolía en su ternura, y esa suavidad peculiar en su reposo, que solo se ve en los ojos azules. Su cutis, tan pálido como el de mi padre cuando no habla ni se mueve, posee en un grado mucho mayor que el de él la tendencia a sonrojarse, no solo en momentos de agitación, sino incluso cuando camina o habla sobre cualquier tema que le interesa. Sin esta peculiaridad, su palidez sería un defecto. Con ella, la ausencia de cualquier color en su cutis, salvo el color fugitivo e incierto que he descrito, privaría a los ojos de algunos de cualquier pretensión de belleza. Y tal vez no sea una belleza —al menos, en la aceptación ordinaria del término.

The lower part of her face is rather too small for the upper, her figure is too slight, the sensitiveness of her nervous organization is too constantly visible in her actions and her looks.

She would not fix attention and admiration in a box at the opera; very few men passing her in the street would turn round to look after her; very few women would regard her with that slightingly attentive stare, that steady depreciating scrutiny, which a dashing decided beauty so often receives (and so often triumphs in receiving) from her personal inferiors among her own sex.

The greatest charms that my sister has on the surface, come from beneath it.

Cuando de verdad la conocías, cuando te hablaba con total franqueza, como a un amigo, entonces el atractivo de su voz, de su sonrisa, de sus modales, te impresionaba de manera indescriptible. Sus palabras más insignificantes y sus acciones más comunes te interesaban y te deleitaba, sin saber muy bien por qué. Había una belleza en su sencillez modesta, en su natural —exquisitamente natural— bondad de corazón, de palabra y de trato, que ejercía sobre ti su propia influencia discreta, a pesar de cualquier otra influencia rival, fuera cual fuese. La echabas de menos y pensabas en ella, aun recién salido de la compañía de las mujeres más bellas y brillantes. Recordabas unas pocas palabras suyas, amables y agradables, cuando ya habías olvidado el ingenio de las damas más ingeniosas y la erudición de las más cultas. La influencia que así ejercía, y que ejercía inconscientemente, mi hermana sobre todos los que entraban en contacto con ella —sobre los hombres especialmente—, puede, a mi parecer, explicarse de manera muy sencilla, en muy pocas frases.

Vivimos en una época en la que demasiadas mujeres parecen ambicionar el despojarse moralmente de su sexo ante la sociedad, imitando el lenguaje y los modales de los hombres —especialmente en lo que se refiere a ese miserable dandismo moderno en el comportamiento, que pretende reprimir toda muestra de calidez en los sentimientos; que se abstiene de manifestar entusiasmo alguno sobre cualquier tema; que, en suma, se esmera en hacer de la inperturbabilidad artificiosa del rostro el fiel reflejo de la inperturbabilidad artificiosa de la mente.

A las mujeres de este orden exclusivamente moderno les gusta usar expresiones de jerga en su conversación; adoptan una brusquedad bastardo-masculina en sus modales, una licencia bastardo-masculina en sus opiniones; se las dan de ridiculizar aquellas manifestaciones externas del sentimiento que pasan bajo la denominación general de «sentimiento».

Nada las impresiona, agita, divierte o deleita de un modo sincero, natural y femenino. La simpatía parece irónica, si es que alguna vez la muestran; el amor parece un asunto de cálculo, o burla, o tolerancia despectiva, si es que alguna vez lo sienten.

Para mujeres como aquellas, mi hermana Clara ofrecía el contraste más absoluto que cabría imaginar. En este contraste residía el secreto de su influencia, del tributo voluntario de amor y admiración que la seguía dondequiera que iba.

Pocos hombres carecen de sus momentos secretos de profunda emoción; momentos en que, en medio de las miserables trivialidades e hipocresías de la sociedad moderna, acude a su mente la imagen de alguna mujer, fresca, inocente, tierna, sincera; alguna mujer cuyas emociones aún sean cálidas e impresionables, cuyos afectos y simpatías aún puedan manifestarse en sus acciones y dar color a sus pensamientos; alguna mujer en quien podamos depositar una fe y una confianza tan perfectas como si fuéramos niños; a quien desesperemos de hallar cerca de las influencias endurecedoras del mundo; a quien apenas nos atrevamos a buscar, salvo en parajes solitarios muy lejanos en el campo; en pequeños santuarios rurales, apartados de la sociedad, entre bosques, campos y solitarios cerros limítrofes.

Cuando alguna mujer llega a encarnar, o casi encarnar, una imagen como esta, posee esa influencia universal a la que ninguna rivalidad puede jamás aproximarse. De ellas verdaderamente depende, y por ellas es verdaderamente preservado, ese derecho al sincero respeto y admiración de los hombres en el que se basa el poder de todo el sexo: el poder tan a menudo asumido por la mayoría, tan raramente poseído sino por unos pocos.

Así ocurría con mi hermana. Así, doquiera que fuese, aunque sin la inclinación ni la ambición de brillar, eclipsaba a mujeres que le eran superiores en belleza, en talentos, en brillantez de modales y de conversación; conquistando sin más arma que el encanto puramente femenino de todo cuanto decía y todo cuanto hacía.

Pero no era en medio de la alegría y la suntuosidad de una temporada en Londres donde su carácter se desplegaba con mayor ventaja. Era cuando vivía donde amaba vivir, en la antigua casa de campo, entre los viejos amigos y los viejos sirvientes de los cuales cada uno de ellos habría muerto mil muertes por ella, donde mejor se la podía estudiar y amar.

Entonces, el encanto que residía en la mera presencia de aquella joven inglesa amable, bondadosa y feliz, capaz de interesarse por los asuntos de todos y de agradecer el cariño de todos, desplegaba su mejor y más radiante influencia.

En los pícnics, fiestas campestres, pequeñas reuniones pueblerinas de toda índole, ella era, con su característico estilo tranquilo y natural, la constante artífice del bienestar general y de la amistad general. Hasta las estrictas normas del pundonor provinciano se relajaban ante su alegría desprovista de afectación y su irresistible bondad. Siempre se ingeniaba —nadie supo nunca cómo— para arrastrar a la gente más formal a olvidarse de sus formalidades y volverse natural por el resto del día.

Hasta un hacendado palurdo, torpe y silencioso de provincias no era demasiado para ella. Se ingeniaba para hacerlo sentir a gusto cuando nadie más se atrevía con la tarea; sabía escuchar pacientemente sus confusas peroratas sobre perros, caballos y el estado de las cosechas, mientras en torno a ellos se desarrollaban otras conversaciones que le interesaban de verdad; y sabía aceptar cualquier pequeña muestra de agradecimiento que él quisiera dispensarle —por torpe o inoportuna que fuera— tal como aceptaba las atenciones de cualquier otro, con un talante que demostraba considerarlo un favor concedido a su sexo, y no un derecho otorgado a este.

Así, una vez más, siempre lograba disminuir la larga lista de aquellas míseras afrentas y ofensas que desempeñan un papel tan importante en el drama social de la vida campestre. Era una perfecta Apóstol andante de la orden de la Reconciliación; y dondequiera que iba, expulsaba al demonio de la Morbosidad de todos sus bastiones⁠—tanto en los altos como en los humildes por igual. Nuestro buen rector solía llamarla su Vicario Voluntario; y declaraba que predicaba, con una palabra oportuna o una mirada persuasiva, los mejores sermones prácticos sobre las bendiciones de hacer la paz que jamás se hubieran compuesto.

Con toda esta infatigable bondad, con toda esta resuelta laboriosidad en la tarea de hacer feliz a todo el que se le acercaba, se mezclaba una influencia indescriptible que la preservaba invariablemente de la presunción, incluso de la gente más presumida. Nunca conocí a nadie tan atrevido —ni de palabra ni de obra— como para tomarse libertades con ella. Había algo en ella que inspiraba respeto además de amor. Mi padre, siguiendo la inclinación de sus peculiares y favoritas ideas, siempre pensó que era la mirada de su casta en sus ojos, el ascendiente de su raza en sus modales. Yo creo que procedía de una causa más simple y mejor. Hay una bondad de corazón que lleva el escudo de su pureza sobre la mano abierta de su gentileza: y esa bondad era la suya.

Para mi padre, ella era más, según creo, de lo que él mismo imaginó jamás —o llegará a saber jamás, a menos que llegue a perderla—. A menudo, en su trato con el mundo, salía bastante herido en sus singulares prejuicios y sus singulares refinamientos; y siempre tenía la seguridad de hallar los primeros respetados y los segundos compartidos por ella. Podía confiar en ella ciegamente, podía estar seguro de que no solo estaba dispuesta, sino también capacitada, para compartir y aliviar sus problemas y preocupaciones domésticas. Si hubiera estado menos ansioso e irritable por causa de su hijo mayor; si desde el principio hubiera desconfiado con sensatez de su propio poder de persuasión y reforma, y hubiera permitido a Clara ejercer su influencia sobre Ralph de un modo más constante y más completo de lo que realmente lo hizo, estoy convencido de que la tan esperada época de la transformación de mi hermano habría llegado de verdad para estas fechas, o incluso antes.

Los sentimientos intensos y profundos de la naturaleza de mi hermana yacían muy por debajo de la superficie —y, para una mujer, demasiado por debajo de ella—. El sufrimiento era, para ella, silencioso, secreto, duradero; a menudo casi enteramente desprovisto de desahogo o manifestación exterior. No recuerdo haberla visto jamás en lágrimas, excepto en raras y muy graves ocasiones. A menos que la miraras de cerca, habrías juzgado que era poco sensible a los pesares y tribulaciones ordinarios. En tales momentos, sus ojos solo se volvían más apagados y menos animados de lo habitual; la palidez de su tez se hacía un poco más notable; sus labios se cerraban y temblaban involuntariamente—, pero eso era todo: no había suspiros, ni llanto, ni siquiera palabras. Y, sin embargo, sufría agudamente. La verdadera fuerza de sus emociones radicaba en su silencio y en su secreto. ¡Yo, entre todos los demás —yo, culpable de infectar con mi angustia el puro corazón que me amaba—, debería ser quien mejor lo supiera!

¡Cuánto podría demorarme en todo lo que ella ha hecho por mí! A medida que me acerco cada vez más a las páginas que han de revelar mi historia fatal, más y más me tienta la idea de detenerme en aquellos recuerdos mejores y más puros de mi hermana que ahora ocupan mi mente. Los primeros pequeños obsequios —inocentes obsequios de niña— que me envió en secreto a la escuela; los primeros dulces días de nuestra ininterrumpida convivencia, cuando el final de mi etapa universitaria me devolvió al hogar; sus primeras inestimables simpatías hacia mis primeras vanidades fugitivas de autor en ciernes, acuden raudos y con afecto a mi memoria mientras ahora escribo.

Pero estos recuerdos deben ser calmados y disciplinados. Debo mostrarme sereno e imparcial con respecto a mi relato —aunque solo sea para lograr que ese relato muestre de manera justa y verdadera, sin ocultamientos ni exageraciones, todo lo que le he debido a ella.

No solamente todo lo que le he debido; sino todo lo que le debo ahora.

Aunque jamás vuelva a verla, salvo en mis pensamientos; aún así ella me influye, consuela, anima a tener esperanza, como si ya fuera el espíritu protector de la cabaña donde vivo.

Aun en mis peores momentos de desesperación, todavía puedo recordar que Clara está pensando en mí y afligiéndose por mí: todavía puedo sentir ese recuerdo como una mano invisible de misericordia que me sostiene, hundiéndome; que me levanta, caído; que aún puede guiarme sana y tiernamente hasta el arduo final de mi viaje.

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