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nydus/Don QuixotePublic
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XLIV

olvidar la casta fidelidad que a su señora Dulcinea debía; teniendo siempre presente en la memoria la virtud de Amadís, flor y espejo de los caballeros andantes. Cerró tras sí la puerta y, a la luz de dos velas de cera, se desnudó; pero, al descalzarse las medias —¡oh desgracia digna de tal personaje!—, se desataron, no suspiros ni cosa que desdijese de su policía y limpieza, sino unos dos mil puntos de una media, que la hicieron parecer celosía de ventana. Afligióse el buen hidalgo en extremo, y diera por media docena de dragmas de seda verde una onza de plata; digo verde, porque las medias eran verdes.

Aquí exclamó Cide Hamete mientras escribía: > «¡Oh pobreza, pobreza!, yo no sé qué tuvo el gran poeta cordobés en llamar a la pobreza saco bendito. Bien sé yo, aunque moro, por la comunicación que he tenido con cristianos, que la santidad consiste en caridad, humildad, fe, obediencia y pobreza; pero, con todo eso, digo que es menester tener un buen tiento para holgarse con ser pobre, si no es aquella pobreza de que dice uno de sus mayores santos: "Poseed las cosas como si no las poseyeseis", que es la que llaman pobreza de espíritu. Pero tú, la otra pobreza —que de aquesta hablas es de quien yo hablo agora—, ¿por qué dás en perseguir a los hidalgos y bien nacidos más que a la otra gente? ¿Por qué los obligas a poner remiendos a los zapatos, y a que sean los botones de sus ropas unos de seda, otros de cerda y otros de vidrio? ¿Por qué han de ser las valonas ordinariamente, si miran al bisté, deshiladas, y no plegadas con hierro?» (De aquí se colige la antigüedad del almidón y de las valonas.) Y prosigue: > «¡Matiasol pobre y bien nacido!, que siempre anda regalando su honra, comiendo mal y a escondidas,

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