# LIBRO I
ESTUDIOS PRELIMINARES
# CAPÍTULO I
LA BÚSQUEDA DE DOCUMENTOS (HEURÍSTICA)
El historiador trabaja con documentos.
Los documentos son las huellas que han dejado los pensamientos y las acciones de los hombres de tiempos pasados. De estos pensamientos y acciones, sin embargo, muy pocos dejan huellas visibles, y estas huellas, cuando las hay, rara vez son duraderas; un accidente basta para borrarlas.
Ahora bien, todo pensamiento y toda acción que no haya dejado huellas visibles, o ninguna que no haya desaparecido desde entonces, se pierde para la historia; es como si nunca hubiera existido.
A falta de documentos, la historia de inmensos periodos del pasado de la humanidad está destinada a permanecer para siempre desconocida. Pues no hay sustituto para los documentos: no hay documentos, no hay historia.
Para extraer deducciones legítimas de un documento acerca del hecho del cual es huella, son necesarias numerosas precauciones que se indicarán más adelante. Pero es evidente que, antes de cualquier examen crítico o interpretación de los documentos, se plantea la cuestión de si existe algún documento en absoluto, cuántos hay y dónde están.
Si emprendo el estudio de un punto de historia, de la naturaleza que sea, mi primer paso será averiguar el lugar o los lugares donde se encuentran los documentos necesarios para su tratamiento, si es que existen tales documentos.
La búsqueda y la recopilación de documentos es, por tanto, una parte, lógicamente la primera y más importante, del oficio del historiador. En Alemania ha recibido el nombre conveniente, por lo corto, de Heuristik.
¿Es necesario demostrar la importancia capital de la heurística? Ciertamente no. Es evidente que si se descuida, si el estudiante no se sitúa, antes de ponerse a trabajar en un punto de la historia, en condiciones de dominar todas las fuentes de información accesibles, su riesgo (que de por sí no es pequeño) de trabajar sobre datos insuficientes se incrementa innecesariamente: obras de erudición o de historia construidas de acuerdo con las reglas del método más exacto han quedado viciadas, o incluso se han vuelto inútiles, por la circunstancia accidental de que el autor desconocía los documentos con los cuales aquellos que tenía a su alcance, y con los que se conformaba, podrían haber sido ilustrados, complementados o desacreditados.
Los eruditos e historiadores de hoy, hallándose, en otros aspectos, en pie de igualdad con sus predecesores de los últimos siglos, solo son capaces de superarlos gracias a su posesión de medios de información más abundantes.
La heurística es, de hecho, más fácil hoy de lo que solía ser, aunque el honrado Wagner aún tiene buenos motivos para decir:
"Wie schwer sind nicht die Mittel zu erwerben,
¡Por la que se asciende a las fuentes!
Procuraremos explicar por qué la recopilación de documentos, antaño tan laboriosa, sigue sin ser una tarea fácil, a pesar de los progresos realizados en el siglo pasado; y cómo esta operación esencial puede simplificarse aún más en el curso de los progresos continuos.
I. Los que primero se esforzaron por escribir historia a partir de las fuentes se encontraron en una situación embarazosa. ¿Eran recientes los acontecimientos que se proponían relatar, de modo que aún no habían muerto todos los testigos de estos?
Tenían el recurso de entrevistar a los testigos que sobrevivían. Tucídides, Froissart y muchos otros han seguido este procedimiento.
Cuando el Sr. H. H. Bancroft, el historiador de la Costa del Pacífico de California, decidió recopilar materiales para la historia de acontecimientos cuyos actores aún vivían en gran parte, movilizó a todo un ejército de reporteros encargados de extraerles conversaciones.
Pero cuando los acontecimientos que iban a relatarse eran antiguos, de modo que ningún hombre entonces vivo podía haberlos presenciado, y ningún relato de ellos se había conservado por tradición oral, ¿qué entonces?
No quedaba más que recopilar documentos de toda índole, principalmente escritos, relativos al distante pasado que se iba a estudiar. Esta era una tarea difícil en una época en la que las bibliotecas eran escasas, los archivos secretos y los documentos dispersos.
Hacia el año 1860, el señor Bancroft, en California, se encontraba en una situación análoga a la de los primeros investigadores en nuestra parte del mundo. Su plan era el siguiente:
Era rico; despejó el mercado de todos los documentos, impresos o manuscritos; negoció con familias y corporaciones en dificultades financieras la compra de sus archivos, o el permiso para que sus agentes pagados los copiaran.
Hecho esto, albergó su colección en un local construido al efecto y la clasificó. Teóricamente no podía haber un procedimiento más racional.
Pero este método rápido y americano solo se ha empleado una vez con los recursos suficientes y la constancia suficiente para garantizar su éxito; en cualquier otro momento y en cualquier otro lugar, habría estado fuera de lugar. En ningún otro sitio las circunstancias han sido tan favorables para ello.
En la época del Renacimiento, los documentos de la historia antigua y moderna estaban dispersos en innumerables bibliotecas privadas y en innumerables depósitos de archivos, casi todos ellos inaccesibles, por no hablar de aquellos que yacían ocultos bajo el suelo, cuya existencia misma aún no se sospechaba.
Era entonces una imposibilidad física procurarse una lista de todos los documentos que servían para la aclaración de una cuestión (por ejemplo, una lista de todos los manuscritos aún conservados de una obra antigua); y si, por milagro, se conseguía tal lista, era otra imposibilidad consultar todos esos documentos excepto a costa de viajes, gastos y negociaciones sin fin.
Consecuencias fáciles de prever se produjeron, de hecho.
- En primer lugar, siendo insuperables las dificultades de la heurística, los primeros eruditos e historiadores —empleando, como lo hacían, no todos los documentos, ni los mejores documentos, sino aquellos documentos sobre los que podían echar mano— estaban casi siempre mal informados; y sus obras carecen hoy de interés, excepto en la medida en que se fundan en documentos que desde entonces se han perdido.
- En segundo lugar, los primeros eruditos e historiadores en estar relativamente bien informados fueron aquellos que, en virtud de su profesión, tenían acceso a ricos depósitos de documentos: bibliotecarios, archiveros, monjes, magistrados, cuya orden o cuya corporación poseía bibliotecas o archivos de considerable extensión.
Es verdad que pronto surgieron coleccionistas que, mediante pagos en dinero o mediante expedientes más cuestionables, como el robo, formaron —con mayor o menor consideración hacia los intereses del estudio científico— «gabinetes» de colecciones de documentos originales y de copias.
Pero estos coleccionistas europeos, de los cuales ha habido un gran número desde el siglo quince, difieren muy notablemente del señor Bancroft.
El californiano, de hecho, solo coleccionaba documentos relativos a un tema particular (la historia de ciertos estados del Pacífico), y su ambición era hacer su colección completa; la mayoría de los coleccionistas europeos han adquirido despojos, extravíos y fragmentos de toda descripción, que forman, al combinarse, totales que parecen insignificantes al lado de la enorme masa de documentos históricos que existían en la época.
Además, no era, por lo general, con el propósito de hacerlos accesibles al público que coleccionistas como Peiresc, Gaignières, Clairambault, Colbert y muchos otros retiraron de la circulación documentos que corrían el peligro de perderse; se contentaban (y ya era mérito hacer algo así) con compartirlos, más o menos libremente, con sus amigos. Pero los coleccionistas (y sus herederos) son personas volubles y, a veces, excéntricas en sus ideas.
Ciertamente es mejor que los documentos se conserven en colecciones privadas, antes de que queden completamente desprotegidos y del todo inaccesibles para el investigador científico; pero para que la Heurística se vea realmente facilitada, la primera condición es que todas las colecciones de documentos sean públicas.
Ahora bien, las mejores colecciones privadas de documentos —bibliotecas y museos a la vez— eran naturalmente, en la Europa del Renacimiento, las poseídas por los reyes.
Y mientras que otras colecciones privadas a menudo se dispersaban tras la muerte de sus fundadores, estas, por el contrario, nunca dejaron de crecer; se enriquecían, en verdad, con los restos de todas las demás.
El Cabinet des manuscrits de France, por ejemplo, formado por los reyes franceses y abierto por ellos al público, había absorbido, a finales del siglo XVIII, la mejor parte de las colecciones que habían sido obra personal de los aficionados y eruditos de los dos siglos precedentes.
De igual modo en otros países. La concentración de un gran número de documentos históricos en vastos establecimientos públicos (o semipúblicos) fue el afortunado resultado de esta evolución espontánea.
Los arbitrarios procedimientos de la Revolución fueron aún más favorables, y aún más eficaces para asegurar el mejoramiento de las condiciones materiales de la investigación histórica.
La Revolución de 1789 en Francia, y los movimientos análogos en otros países, condujeron a la confiscación violenta, en beneficio del Estado (es decir, de todos), de una multitud de archivos y colecciones privadas: los archivos, bibliotecas y museos de la corona, los archivos y bibliotecas de los monasterios y corporaciones suprimidas, y así sucesivamente.
En Francia, en 1790, la Asamblea Constituyente puso así en posesión del Estado un gran número de depósitos de documentos históricos, anteriormente dispersos y custodiados con mayor o menor celo de la curiosidad de los eruditos; estos tesoros han sido divididos desde entonces entre cuatro instituciones nacionales diferentes.
El mismo fenómeno se ha observado más recientemente, a menor escala, en Alemania, España e Italia.
Las confiscaciones del periodo revolucionario, así como las colecciones del periodo que lo precedió, han producido ambas graves daños.
El coleccionista es, o más bien solía ser, un bárbaro que no dudaba, cuando veía la oportunidad de añadir a su colección de especímenes y restos raros, en mutilar monumentos, en disecar manuscritos, en desmembrar archivos enteros, con tal de apoderarse de los fragmentos.
A este respecto se perpetraron muchos actos de vandalismo antes de la Revolución.
Naturalmente, el revolucionario procedimiento de confiscación y transferencia también produjo consecuencias lamentables; además de la destrucción resultante de la negligencia y la debida al mero placer de destruir, surgió la desafortunada idea de que las colecciones podían escardarse sistemáticamente, conservando únicamente aquellos documentos que fueran «interesados» o «útiles», y deshaciéndose del resto. La tarea de la escarda fue encomendada a hombres bienintencionados pero incompetentes y desbordados de trabajo, a quienes se indujo así a cometer estragos irreparables en nuestros antiguos archivos.
En la actualidad hay trabajadores dedicados a la tarea —una que exige una cantidad extraordinaria de tiempo, paciencia y cuidado— de restaurar las colecciones desmembradas y de volver a colocar los fragmentos que entonces fueron aislados de manera tan brutal por estos fervorosos pero irreflexivos manipuladores de documentos históricos.
Hay que reconocer, además, que las mutilaciones debidas a la actividad revolucionaria y a los coleccionistas prerrevolucionarios son insignificantes en comparación con aquellas que son el resultado de accidentes y de la labor destructiva del tiempo.
Pero de haber sido diez veces más graves, habrían sido sobradamente compensados por dos ventajas de primera importancia, en las que no podemos insistir demasiado: (1) la concentración, en un número relativamente pequeño de depósitos, de documentos que antes estaban dispersos y, por decirlo así, perdidos en cien lugares diferentes; (2) la apertura de estos depósitos al público. El remanente de documentos históricos que ha sobrevivido a los efectos destructivos de los accidentes y del vandalismo se encuentra ahora por fin a buen resguardo, clasificado, accesible y tratado como propiedad pública.
Los antiguos documentos históricos se encuentran ahora, como hemos visto, reunidos y conservados principalmente en aquellas instituciones públicas que se denominan archivos, bibliotecas y museos.
Es verdad que esto no se aplica a todos los documentos existentes; a pesar de las incesantes adquisiciones por compra y donación que los archivos, bibliotecas y museos de todo el mundo vienen realizando todos los años desde hace mucho tiempo, todavía existen colecciones privadas, comerciantes que las abastecen y documentos en circulación.
Pero las excepciones, que en este caso son desdeñables, no afectan a la regla general. Además, todos los antiguos documentos que, en cantidad limitada, todavía circulan libremente, están destinados tarde o temprano a ir a parar a las instituciones estatales, cuyas puertas siempre están abiertas para dejar entrar, pero nunca para dejar salir.
Es de desear, por principio, que los depositarios de documentos (archivos, bibliotecas y museos) no sean demasiado numerosos; y hemos señalado que, afortunadamente, hoy en día son incomparablemente menos numerosos que hace cien años.
¿No podría llevarse aún más lejos la centralización de documentos, con sus evidentes ventajas para los investigadores? ¿No existen todavía colecciones de documentos cuya existencia separada sería difícil de justificar?
Tal vez; pero el problema de la centralización de documentos ya no es urgente, ahora que los procedimientos de reproducción se han perfeccionado, especialmente porque los inconvenientes derivados de una multitud de depositarios se resuelven mediante el recurso, hoy de uso general, de permitir que los documentos viajen: ahora le es posible al estudioso consultar, sin gastos, en la biblioteca pública de la ciudad donde reside, documentos pertenecientes, por ejemplo, a las bibliotecas de San Petersburgo, Bruselas y Florencia; hoy en día rara vez encontramos instituciones como los Archivos Nacionales en París, el Museo Británico en Londres y la Biblioteca Méjanes en Aix-en-Provence, cuyos estatutos prohíben absolutamente el préstamo de sus contenidos.
II. Concediendo que la mayor parte de los documentos históricos se conservan hoy en instituciones públicas (archivos, bibliotecas y museos), la heurística sería muy fácil si tan solo se hubieran redactado buenos catálogos descriptivos de todas las colecciones de documentos existentes, si estos catálogos estuvieran provistos de índices, o si se hubieran hecho repertorios generales (alfabéticos, sistemáticos, etc.) relativos a ellos; por último, si hubiera algún lugar donde fuera posible consultar la colección completa de todos estos catálogos y sus índices. Pero la heurística sigue siendo difícil porque estas condiciones, por desgracia, están aún muy lejos de realizarse de manera adecuada.
En primer lugar, hay depósitos de documentos (archivos, bibliotecas y museos) cuyos fondos nunca han sido catalogados ni siquiera en parte, de modo que nadie sabe lo que contienen. Los depósitos de los que poseemos catálogos descriptivos completos son raros; hay muchas colecciones conservadas en instituciones célebres que solo se han catalogado parcialmente y cuya mayor parte aún está por describir.
En segundo lugar, ¡qué variedad existe entre los catálogos actuales! Los hay antiguos que ya no se corresponden con la clasificación actual de los documentos y que no pueden utilizarse sin tablas de concordancias; los hay nuevos que se basan igualmente en sistemas obsoletos, demasiado detallados o demasiado sumarios; unos están impresos, otros en manuscrito, en registros o fichas; unos están ejecutados con esmero y claridad, muchos son descuidados, inadecuados y provisionales. Si se consideran únicamente los catálogos impresos, se requiere todo un aprendizaje para aprender a distinguir, en esta enorme masa de confusión, entre lo que es digno de confianza y lo que no lo es; en otras palabras, para hacer cualquier uso de ellos.
Por último, ¿dónde se pueden consultar los catálogos existentes? La mayoría de las grandes bibliotecas solo poseen colecciones incompletas de ellos; no hay ninguna guía general de los mismos en ninguna parte.
Este es un estado de cosas deplorable. De hecho, los documentos contenidos en depósitos y colecciones sin catalogar son prácticamente inexistentes para los investigadores que no tienen tiempo libre para examinar por sí mismos la totalidad de sus contenidos.
Ya lo hemos dicho antes: no hay documentos, no hay historia. Pero no tener buenos catálogos descriptivos de las colecciones de documentos significa, en la práctica, ser incapaces de comprobar la existencia de documentos si no es por casualidad.
Deducimos que el progreso de la historia depende en gran medida del progreso del catálogo general de documentos históricos, que aún es fragmentario e imperfecto. Sobre este punto existe un acuerdo general.
El padre Bernard de Montfaucon consideraba su Bibliotheca bibliothecarum manuscriptarum nova, una colección de catálogos de bibliotecas, como «la obra más útil y más interesante que había producido en toda su vida».
"En el estado actual de la ciencia —escribía Renan en 1848—, nada se necesita con más urgencia que un catálogo crítico de los manuscritos en las diferentes bibliotecas... una tarea humilde en apariencia... y, sin embargo, las investigaciones de los eruditos se ven obstaculizadas e incompletas en tanto no se complete definitivamente."
«Tendríamos mejores libros sobre nuestra antigua literatura —dice M. P. Meyer— si los predecesores de M. Delisle [en su calidad de administrador de la Biblioteca Nacional de París] se hubieran dedicado con igual ardor y diligencia a la catalogación de los tesoros confiados a su cuidado».
Conviene indicar brevemente las causas y exponer las consecuencias exactas de un estado de cosas que se ha lamentado desde que existen los eruditos, y que va mejorando, aunque lentamente.
«Os aseguro», dijo Renan, «que los pocos cientos de miles de francos que un ministro de Instrucción Pública pudiera destinar al fin [de preparar catálogos] estarían mejor empleados que las tres cuartas partes de la suma que ahora se dedica a la literatura».
Es raro encontrar a un ministro, en Francia o en cualquier otro lugar, convencido de esta verdad y lo suficientemente resuelto como para actuar en consecuencia.
Además, no siempre ha sido verdad que, para obtener buenos catálogos, sea suficiente, además de necesario, hacer un sacrificio pecuniario: solo recientemente se han fijado de manera autorizada los mejores métodos para describir documentos; la tarea de reclutar trabajadores competentes —hoy en día no muy difícil— no habría sido ni fácil ni carente de zozobra en una época en la que los trabajadores competentes eran más raros de lo que son ahora.
Hasta aquí los obstáculos materiales: falta de dinero y falta de hombres.
Una causa de otra índole no ha carecido de influencia. Los funcionarios encargados de la administración de los depósitos de documentos no siempre han desplegado el celo que muestran hoy en día para hacer accesibles sus colecciones por medio de catálogos precisos.
Preparar un catálogo (en la forma exacta y a la vez resumida que se emplea ahora) es una tarea laboriosa, una tarea sin alegría y sin recompensa. A menudo ha sucedido que dicho funcionario, viviendo, en virtud de su cargo, en medio de documentos que tiene la libertad de consultar en cualquier momento, y situado en una posición mucho más favorable que el público en general para utilizar la colección sin la ayuda de un catálogo, y hacer descubrimientos en el proceso, ha preferido trabajar para sí mismo antes que para los demás, y ha hecho de la tediosa elaboración de un catálogo un asunto secundario en comparación con sus investigaciones personales.
¿Quiénes son las personas que en nuestros días han descubierto, publicado y anotado el mayor número de documentos? Los funcionarios adscritos a los depósitos de documentos.
Sin duda, esta circunstancia ha retrasado el progreso del catálogo general de documentos históricos. La situación ha sido esta: las personas que mejor podían prescindir de los catálogos eran precisamente aquellas cuyo deber era hacerlos.
La imperfección de los catálogos descriptivos tiene consecuencias que merecen nuestra atención.
- Por un lado, nunca podemos estar seguros de haber agotado todas las fuentes de información; ¿quién sabe lo que pueden guardar en reserva las colecciones no catalogadas?
- Por otro lado, para obtener la máxima cantidad de información, es necesario conocer a fondo los recursos que proporciona la literatura existente sobre la Heurística, y dedicar una gran cantidad de tiempo a las investigaciones preliminares.
En realidad, todo el que se propone recopilar documentos para el tratamiento de un punto de historia comienza por consultar índices y catálogos.
Los novatos emprenden esta importante operación con tanta lentitud, con tan poca habilidad y con tanto esfuerzo, que mueven a los investigadores más experimentados a la risa o a la piedad, según sea su temperamento.
Los que se divierten viendo a los novatos tropezar, esforzarse y perder el tiempo en el laberinto de los catálogos, descuidando los valiosos y explorando a fondo los inútiles, recuerdan que ellos también han pasado por experiencias similares: que cada uno tenga su turno.
Los que observan con pesar esta pérdida de tiempo y fuerzas consideran que, aunque inevitable hasta cierto punto, no sirve para ningún buen propósito; se preguntan si no podría hacerse algo para mitigar el rigor de este aprendizaje de la heurística, que en su día les costó tan caro.
Además, ¿no es la investigación, en el estado actual de sus auxilios materiales, bastante difícil sea cual fuere la experiencia del investigador?
Hay eruditos e historiadores que dedican la mejor parte de sus facultades a las búsquedas materiales. Ciertas ramas del trabajo histórico, relativas principalmente a asuntos medievales y modernos (los documentos de la historia antigua son menos, han sido más estudiados y están mejor catalogados que los otros), implican no meramente el uso asiduo de catálogos —no todos provistos de índices—, sino también la inspección personal del contenido entero de colecciones inmensas que o bien están mal catalogadas o no lo están en absoluto.
La experiencia prueba fuera de toda duda que la perspectiva de estas largas búsquedas, que deben realizarse antes de que pueda comenzar la parte más intelectual del trabajo, ha disuadido, y continúa disuadiendo, a hombres de excelentes capacidades de emprender la labor histórica.
Se enfrentan, de hecho, a un dilema:
- o bien deben trabajar con un fondo de documentos que es, con toda probabilidad, incompleto,
- o bien deben consumirse en búsquedas ilimitadas, a menudo infructuosas, cuyos resultados rara vez parecen valer el tiempo que han costado.
Cuesta horrores pasar gran parte de la vida hojeando catálogos sin índices, o revisando, uno tras otro, todos los elementos que forman las acumulaciones de misceláneas sin catalogar, para obtener información (positiva o negativa) que podría haberse obtenido de forma fácil e instantánea si las colecciones hubieran estado catalogadas y si los catálogos hubieran tenido índices.
La consecuencia más grave de la actual imperfección de los auxilios materiales para la Heurística es el desaliento que sin duda experimentarán muchos hombres capaces que conocen su propio valor y tienen cierto sentido de la debida proporción entre el esfuerzo y la recompensa.
Si estuviera en la naturaleza de las cosas que la búsqueda de documentos históricos en repositorios públicos debiera ser necesariamente tan laboriosa como todavía lo es, podríamos resignarnos al inconveniente: nadie piensa en lamentar el gasto inevitable de tiempo y trabajo que exige la investigación arqueológica, cualesquiera que resulten ser los resultados.
Pero la imperfección de los instrumentos modernos de la heurística es completamente innecesaria. El estado de cosas que existió durante algunos siglos se ha reformado ahora de manera indiferente; no hay razón válida por la cual no deba ser reformado por completo algún día. Así somos conducidos, después de tratar las causas y los efectos, a decir unas pocas palabras sobre los remedios.
Los instrumentos de la heurística se perfeccionan continuamente, ante nuestros ojos, de dos maneras. Cada año es testigo de un aumento en el número de catálogos descriptivos de archivos, bibliotecas y museos, preparados por los funcionarios adscritos a estas instituciones.
Además de esto, poderosas sociedades científicas emplean a expertos para pasar de un depósito a otro catalogando los documentos que allí se encuentran, con el fin de seleccionar todos los documentos de una clase determinada, o relativos a un asunto especial: así, la sociedad de los bolandistas hizo preparar por sus emisarios un catálogo general de documentos hagiográficos, y la Academia Imperial de Viena catalogó de manera similar los monumentos de la literatura patrística.
La sociedad de los Monumenta Germaniæ Historica lleva a cabo desde hace mucho tiempo vastas búsquedas del mismo género; y fue mediante el mismo procedimiento de exploración de los museos y bibliotecas de toda Europa como la realización del Corpus Inscriptionum Latinarum se hizo posible hace poco.
Por último, varios gobiernos han tomado la iniciativa de enviar al extranjero a personas encargadas de catalogar, en su nombre, documentos de su interés:
- así, Inglaterra, los Países Bajos, Suiza, los Estados Unidos y otros gobiernos conceden subsidios regulares a agentes suyos ocupados en catalogar y transcribir, en los grandes depósitos de Europa, los documentos que se relacionan con la historia de Inglaterra, los Países Bajos, Suiza, los Estados Unidos y los demás.
Con qué rapidez y con qué perfección se pueden llevar a cabo estas útiles labores, siempre que se disponga de un personal competente y debidamente dirigido, así como del dinero para remunerarlo, lo demuestra la historia del catálogo general de los manuscritos de las bibliotecas públicas de Francia.
Este excelente catálogo descriptivo se comenzó en 1885 y ahora, en 1897, abarca cerca de cincuenta volúmenes y pronto estará terminado. El Corpus Inscriptionum Latinarum se habrá producido en menos de cincuenta años. Los resultados obtenidos por los bollandistas y la Academia Imperial de Viena no son menos concluyentes.
Ciertamente ya no falta nada, salvo fondos, para asegurar la rápida dotación de los instrumentos de investigación indispensables para el estudio histórico.
Los métodos empleados en la construcción de estos instrumentos están hoy permanentemente fijados, y resulta sencillo reclutar a un personal capacitado.
- Dicho personal debe estar compuesto en gran parte por archiveros y bibliotecarios profesionales, pero también contendría a investigadores independientes con una marcada vocación por la elaboración de catálogos e índices.
Tales trabajadores son más numerosos de lo que en un principio se podría pensar. No es que catalogar sea fácil: requiere paciencia, la atención más escrupulosa y la más variada erudición; pero muchas mentes se sienten atraídas por tareas que, como esta, son a la vez definidas, susceptibles de completarse de manera concluyente y de una utilidad manifiesta.
En la numerosa y heterogénea familia de quienes se esfuerzan por promover el progreso del estudio histórico, los autores de catálogos descriptivos e índices forman un sector aparte.
Cuando se dedican exclusivamente a su arte, adquieren con la práctica, como es de esperar, un alto grado de destreza.
A la espera de que se reconozca claramente que el momento es oportuno para impulsar con vigor en todos los países la elaboración de un catálogo general de documentos históricos, podemos señalar un paliativo: es importante que los estudiosos e historiadores, especialmente los novatos, estén informados con exactitud sobre el estado de los instrumentos de investigación de que disponen, y sean notificados con regularidad de las mejoras que de vez en cuando puedan introducirse en ellos.
Durante mucho tiempo se ha confiado en la experiencia y en el azar para proporcionar esta información; pero el conocimiento empírico, además de ser costoso, como ya hemos señalado, es casi siempre imperfecto. Recientemente se ha acometido la tarea de elaborar catálogos de catálogos: listas críticas y sistemáticas de todos los catálogos existentes. No cabe duda de que pocas empresas bibliográficas han poseído, en tan alto grado, el carácter de utilidad general.
Pero los eruditos e historiadores suelen necesitar, respecto a los documentos, información que los catálogos descriptivos no suelen proporcionar; desean, por ejemplo, saber si tal o cual documento se conoce o no, si ya ha sido tratado críticamente, anotado o utilizado.
Esta información solo puede encontrarse en las obras de eruditos e historiadores anteriores. Para familiarizarse con estas obras, hay que recurrir a aquellos «repertorios bibliográficos», propiamente dichos, de toda especie, compilados desde puntos de vista muy diversos, que ya han sido publicados.
Entre los instrumentos indispensables de la heurística hay que contar, por tanto, con los repertorios bibliográficos de la literatura histórica, así como con los repertorios de catálogos de documentos originales.
Proveer la lista clasificada de todos esos repertorios (repertorios de catálogos, repertorios bibliográficos, propiamente dichos), junto con otra información pertinente, con el fin de evitar a los estudiantes errores y pérdidas de tiempo, es el objeto de lo que nos sentimos libres de llamar la «ciencia de los repertorios» o «bibliografía histórica».
El profesor Bernheim ha publicado un esbozo preliminar de la misma, que hemos intentado ampliar. El esbozo ampliado lleva la fecha de abril de 1896: ya serían necesarias numerosas adiciones, por no hablar de una revisión, pues el aparato bibliográfico de las ciencias históricas se está renovando, en la actualidad, con asombrosa rapidez. Un libro sobre los repertorios destinado a estudiosos e historiadores queda, por regla general, desfasado el día después de haber sido concluido.
III.
El conocimiento de los repertorios es útil para todos; la búsqueda preliminar de documentos es laboriosa para todos; pero no en el mismo grado.
- Ciertas partes de la historia, que han sido cultivadas durante mucho tiempo, disfrutan hoy de la ventaja de tener todos sus documentos descritos, reunidos y clasificados en grandes publicaciones dedicadas a tal fin, de modo que, al tratar estos temas, el historiador puede hacer todo lo necesario desde su escritorio.
- El estudio de la historia local generalmente no requiere más que una búsqueda local.
- Algunas monografías importantes se basan en un pequeño número de documentos, todos pertenecientes a la misma colección, y de tal naturaleza que sería superfluo buscar otros en otra parte.
Por otra parte, un trabajo de índole modesta, como una modesta edición de un texto cuyos ejemplares antiguos no son raros y se encuentran dispersos en varias bibliotecas de Europa, puede haber implicado indagaciones, negociaciones y viajes sin fin.
Dado que la mayoría de los documentos de la historia medieval y moderna todavía están inéditos o mal editados, puede establecerse como principio general que, para escribir un capítulo verdaderamente nuevo de la historia medieval o moderna, es necesario haber frecuentado largamente los grandes depósitos de documentos originales y haber, por decirlo de algún modo, hostigado sus catálogos.
Incumbe, por tanto, a cada uno elegir el tema de sus trabajos con el mayor cuidado, en lugar de dejar que sea determinado por el puro azar. Hay algunos temas que, en el estado actual de los instrumentos de investigación, no pueden abordarse sino a costa de enormes búsquedas en las que la vida y el intelecto se consumen sin provecho. Estos temas no son necesariamente más interesantes que otros, y algún día, tal vez mañana, las mejoras en los auxiliares de investigación harán que puedan manejarse con facilidad. Es necesario que el estudiante haga depender consciente y deliberadamente su elección entre los diferentes temas históricos de la existencia o inexistencia de catálogos particulares de documentos y repertorios bibliográficos; de su inclinación relativa hacia el trabajo de escritorio por un lado, y la labor de explorar depósitos por el otro; incluso de las facilidades que tenga para utilizar determinadas colecciones.
—¿Es posible trabajar en provincias? —preguntó Renan en el congreso de sociedades sabias en la Sorbona en 1889; y dio una muy buena respuesta a su propia pregunta:
«Al menos la mitad del trabajo científico de uno puede hacerse en su propio escritorio... Tomemos la filología comparada, por ejemplo: con un desembolso inicial de unos miles de francos y suscripciones a tres o cuatro publicaciones especiales, un estudiante dispondría de todas las herramientas de su oficio... Lo mismo se aplica a la filosofía universal... Muchas ramas de estudio pueden llevarse a cabo así de forma totalmente privada y en el más estricto retiro».
Sin duda, pero existen «rarezas, especialidades, investigaciones que requieren el concurso de maquinaria poderosa».
La mitad del trabajo histórico puede hacerse hoy en privado, con recursos limitados, pero solo la mitad; la otra mitad sigue presuponiendo el empleo de tales recursos, en forma de repertorios y documentos, como solo pueden hallarse en los grandes centros de estudio; a menudo, en verdad, es necesario visitar varios de estos centros sucesivamente.
En suma, ocurre con la historia algo muy parecido a lo que sucede con la geografía: respecto a algunas porciones del globo, poseemos documentos publicados de forma manejable, suficientemente completos y suficientemente bien clasificados como para permitirnos razonar sobre ellos con buen provecho sin movernos de la vera del hogar; mientras que, en el caso de una región inexplorada o mal explorada, la más leve monografía implica un consumo considerable de tiempo y fuerza física.
Es peligroso elegir un objeto de estudio, como muchos hacen, sin haber comprendido antes la naturaleza y el alcance de las investigaciones preliminares que este exige; hay ejemplos de hombres que han luchado durante años con tales investigaciones, los cuales podrían haberse ocupado con mayor provecho en trabajos de otra índole.
Como precauciones contra este peligro, que resulta tanto más formidable para los novatos cuanto más activos y entusiastas son, un examen de las condiciones actuales de la heurística en general, y nociones positivas de bibliografía histórica, son ciertamente de recomendarse con calidez.
# CAPÍTULO II
"CIENCIAS AUXILIARES"
Supongamos que las búsquedas preliminares, tratadas en el capítulo anterior, se han hecho metódica y exitosamente; la mayor parte, si no la totalidad, de los documentos relacionados con un tema dado han sido descubiertos y puestos a disposición.
De dos cosas una: o bien estos documentos ya han sido sometidos a una elaboración crítica, o se encuentran en condición de materia prima; este es un punto que debe ser determinado por investigaciones "bibliográficas", las cuales también, como ya hemos observado, forman parte de las indagaciones que preceden a la parte lógica de la obra.
En el primer caso, en el que los documentos ya han pasado por un proceso de elaboración, es necesario estar en condiciones de verificar la exactitud de la labor crítica; en el segundo caso, en el que los documentos son todavía materia prima, el estudiante debe hacer la labor crítica por sí mismo.
En ambos casos, ciertos conocimientos antecedentes y auxiliares de carácter positivo, los llamados Vor-und Hülfskenntnisse, son tan indispensables como el hábito del razonamiento exacto; pues si, en el curso de la labor crítica, es posible equivocarse por razonar mal, también es posible equivocarse por pura ignorancia.
El oficio de erudito o de historiador es, por otra parte, semejante en este aspecto a todas las demás profesiones; es imposible ejercerlo sin poseer un cierto equipo de nociones técnicas, cuya ausencia no puede suplir ni la aptitud natural ni siquiera el método.
¿En qué consiste, pues, el aprendizaje técnico del erudito o del historiador?
O bien, para emplear un lenguaje que, aunque inadecuado, como trataremos de demostrar, es de uso más común: ¿cuáles son, además del conocimiento de los repertorios, las «ciencias auxiliares» de la historia?
Daunou, en su Cours d'études historiques, ha propuesto una cuestión de la misma clase. «¿Qué estudios —dice— necesitará haber cursado el futuro historiador, qué clase de conocimientos habrá debido adquirir para empezar a redactar una obra con alguna esperanza de éxito?».
Antes que él, Mably, en su Traité de l'étude de l'histoire, también había reconocido que «hay estudios preparatorios de los que ningún historiador puede prescindir». Pero sobre este asunto Mably y Daunou abrigaban opiniones que hoy día parecen bastante singulares. Es instructivo señalar la distancia exacta que separa su punto de vista del nuestro.
—En primer lugar —dijo Mably—, estudiad la ley natural, el derecho público, la ciencia moral y política.
Daunou, un hombre de gran juicio, secretario perpetuo de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, escribiendo hacia 1820, divide los estudios que, en su opinión, constituyen «el aprendizaje del historiador», en tres clases: literarios, filosóficos, históricos.
Sobre los estudios «literarios» se explaya con gran extensión: para empezar, el historiador debe «haber leído con atención los grandes modelos». ¿Cuáles grandes modelos? Daunou «no duda» en colocar en primera línea «las obras maestras de la poesía épica»; pues «son los poetas quienes han creado el arte de la narración, y quien no lo haya aprendido de ellos no puede tener sino un conocimiento imperfecto del mismo».
Recomienda además la lectura de novelas modernas; «estas enseñarán el método de dar una postura artística a las personas y a los acontecimientos, de distribuir los detalles, de llevar hábilmente el hilo de la narración, de interrumpirla, de reanudarla, de sostener la atención y provocar la curiosidad del lector».
Por último, deben leerse las buenas obras históricas:
«Heródoto, Tucídides, Jenofonte, Polibio y Plutarco entre los griegos; César, Salustio, Tito Livio y Tácito entre los latinos; y entre los modernos, Maquiavelo, Guicciardini, Giannone, Hume, Robertson, Gibbon, el cardenal de Retz, Vertot, Voltaire, Raynal y Rulhière. No es que quiera excluir a los demás, sino que estos bastarán para proporcionar todos los estilos convenientes para la historia; pues en las obras de estos escritores se encuentra una gran diversidad de formas».
En segundo lugar vienen los estudios filosóficos; se requiere un dominio absoluto de «la ideología, la moral y la política».
«En cuanto a las obras de las cuales debe obtenerse este tipo de conocimiento, Daguesseau ha citado a Aristóteles, Cicerón, Grocio: yo añadiría a los mejores moralistas antiguos y modernos, los tratados de economía política publicados desde mediados del siglo pasado, los escritos sobre ciencia política en general, y sobre sus detalles y aplicación, de Maquiavelo, Bodino, Locke, Montesquieu, Rousseau, Mably, y los más esclarecidos de sus discípulos y comentaristas».
En tercer lugar, antes de escribir historia, «es evidentemente necesario conocerla».
«Un escritor no dará al mundo información nueva sobre un tema como este a menos que comience por hacerse dueño de lo que ya se conoce de él».
El futuro historiador ya ha hecho amistad con las mejores obras históricas y las ha estudiado como modelos de estilo; «le será ventajoso leerlas por segunda vez, pero esforzándose más particularmente en captar todos los hechos que contienen, y en dejar que causen una impresión tan profunda en su mente que queden grabados permanentemente en su memoria».
Estas son las nociones «positivas» que, hace ochenta años, se consideraban indispensables para el historiador general. Al mismo tiempo existía la idea confusa de que «para adquirir un conocimiento profundo de temas particulares» había todavía otras ramas de estudio útiles.
«Los temas de los que tratan los historiadores —dice Daunou—, los detalles con los que ocasionalmente tropiezan, exigen conocimientos muy amplios y variados». Continúa especificando, obsérvese en qué términos: «muy a menudo el conocimiento de varios lenguas, a veces también alguna noción de física y matemáticas». Y añade: «Sobre estos temas, sin embargo, la educación general que podemos suponer común a todos los hombres de letras es suficiente para el escritor que se dedica a la composición histórica...».
Todos los autores que, como Daunou, han intentado enumerar los conocimientos preliminares, así como las aptitudes morales o intelectuales necesarias para «escribir la historia», han caído en lugares comunes o han fijado sus exigencias ridículamente altas.
Según Freeman, el historiador debe saberlo todo —filosofía, derecho, hacienda, etnografía, geografía, antropología, ciencias naturales y qué sé yo cuántas cosas más—; ¿acaso no es muy probable que el historiador, en el curso de su estudio del pasado, se tropiece con cuestiones de filosofía, derecho, hacienda y el resto de la serie?
Y si la ciencia financiera, por ejemplo, es necesaria para un escritor que trata de las finanzas contemporáneas, ¿lo es acaso menos para el escritor que pretende expresar una opinión sobre las cuestiones financieras del pasado?
«El historiador», declara Freeman, «puede tener que ocuparse incidentalmente de cualquier tema concebido, y cuantas más ramas del conocimiento domine, mejor preparado estará para su propia labor».
Es verdad que no todas las ramas del conocimiento humano son igualmente útiles; algunas de ellas solo sirven en raras ocasiones, y por accidente:
«Apenas podríamos hacerle ni siquiera una recomendación de perfección al historiador para que se convierta en un químico consumado, ante la mínima posibilidad de que la química le sea útil en su estudio;»
pero otras materias especiales están más estrechamente relacionadas con la historia:
«por ejemplo, la geología y todo un grupo de ciencias que tienen una estrecha conexión con la geología... El historiador, claramente, hará mejor su trabajo habitual por dominarlas...»
También se ha planteado la cuestión de si «la historia es uno de esos estudios llamados en la antigüedad umbratiles, para los cuales todo lo que se necesita es una mente tranquila y hábitos de laboriosidad», o si es positivo que el historiador se haya mezclado en el torbellino de la vida activa y haya contribuido a hacer la historia de su propia época antes de sentarse a escribir la del pasado.
En verdad, ¿qué cuestiones no se habrán planteado? Ríos de tinta se han vertido sobre estas cuestiones desinteresadas e insolubles, cuyo largo e infructuoso debate ha contribuido no poco a desacreditar las obras de metodología.
Nuestra opinión es que nada relevante puede añadirse a los dictados del mero sentido común en lo que respecta al aprendizaje del «arte de escribir historia», a menos quizás que este aprendizaje deba consistir, por encima de todo, en el estudio, hasta ahora tan general descuidado, de los principios del método histórico.
Además, no son el «historiador literario», los historiadores moralizantes y grafómanos, tal como los concebían Daunou y su escuela, los que hemos tenido en vista; aquí solo nos ocupamos de aquellos eruditos e historiadores que se proponen tratar los documentos para facilitar o realizar efectivamente la labor científica de la historia. Estos necesitan un aprendizaje técnico. ¿Qué significado debemos atribuir a este término?
Supongamos que tenemos ante nosotros un documento escrito. ¿Qué uso podemos hacer de él si no podemos leerlo?
Hasta la época de François Champollion, los documentos egipcios, al estar escritos en jeroglíficos, eran, sin metáfora, letra muerta.
Se admitirá fácilmente que para tratar la antigua historia asiria es necesario haber aprendido a descifrar las inscripciones cuneiformes.
Del mismo modo, quien desee realizar un trabajo original a partir de las fuentes, en historia antigua o medieval, si es prudente, aprenderá a descifrar inscripciones y manuscritos.
Vemos así por qué la epigrafía griega y latina y la paleografía medieval —es decir, el conjunto de los diversos tipos de conocimientos necesarios para descifrar manuscritos e inscripciones antiguos y medievales— se consideran «ciencias auxiliares» de la historia, o más bien, del estudio histórico de la antigüedad y la Edad Media.
Es evidente que la paleografía latina medieval forma parte del equipaje necesario del medievalista, del mismo modo que la paleografía de los jeroglíficos es esencial para el egiptólogo.
Hay, sin embargo, una diferencia que debe observarse. A nadie se le ocurrirá jamás dedicarse a la egiptología sin haber estudiado primero la paleografía correspondiente.
Por otra parte, no es muy raro que un hombre emprenda el estudio de documentos locales de la Edad Media sin haber aprendido a fechar sus formas aproximadamente ni a descifrar sus abreviaturas correctamente. El parecido que la mayor parte de la escritura medieval guarda con la escritura moderna es lo suficientemente estrecho como para fomentar la ilusión de que el ingenio y la práctica le bastarán para salir adelante.
Esta ilusión es peligrosa. A los eruditos que no han recibido una iniciación paleográfica regular casi siempre se los puede reconocer por los groseros errores que cometen de vez en cuando al descifrar, errores que a veces bastan para arruinar por completo las operaciones subsiguientes de la crítica y la interpretación. En cuanto a los expertos autodidactas que adquieren su destreza a fuerza de práctica, la iniciación paleográfica ortodoxa de la que carecen les habría ahorrado al menos muchos titubeos en la oscuridad, largas horas de trabajo y más de una decepción.
Supongamos que un documento ha sido descifrado. ¿Cómo ha de sacársele provecho, a menos que primero se comprenda? Se han leído inscripciones en etrusco y en la antigua lengua de Camboya, pero nadie las entiende. Mientras esto sea así, deben seguir siendo inútiles.
Es evidente que para tratar la historia griega es necesario consultar documentos en lengua griega y, por lo tanto, es necesario saber griego. Una verdad de Perogrullo absoluta, dirá el lector. Sí, pero muchos proceden como si jamás se les hubiera ocurrido.
Los jóvenes estudiantes abordan la historia antigua con solo un barniz superficial de griego y latín. Muchos que nunca han estudiado francés y latín medievales creen conocerlos porque entienden el latín clásico y el francés moderno, e intentan la interpretación de textos cuyo significado literal se les escapa, o parece oscuro cuando en realidad es perfectamente claro.
Innumerables errores históricos deben su origen a interpretaciones falsas o inexactas de textos bastante directos, perpetradas por hombres que no estaban suficientemente familiarizados con la gramática, el vocabulario o las sutilezas de las lenguas antiguas.
El estudio filológico sólido debe preceder lógicamente a la investigación histórica en todos aquellos casos en que los documentos por emplear no se encuentren en una lengua moderna y en una forma en que puedan ser fácilmente comprendidos.
Supóngase que un documento es inteligible. No sería legítimo tenerlo en consideración sin haber verificado su autenticidad, si su autenticidad no se ha establecido ya fuera de toda duda.
Ahora bien, para verificar la autenticidad o comprobar el origen de un documento se requieren dos cosas: capacidad de razonamiento y conocimiento. En otras palabras, es necesario razonar a partir de ciertos datos positivos que representan los resultados condensados de investigaciones previas, los cuales no pueden improvisarse y, por lo tanto, deben aprenderse.
Distinginquir un pergamino genuino de uno falso sería, de hecho, a menudo una tarea imposible para el lógico mejor preparado, si no estuviera familiarizado con la práctica de tal o cual cancillería, en tal o cual fecha, o con los rasgos comunes a todos los pergaminos indudablemente genuinos de una clase en particular.
Se vería obligado a hacer lo que hicieron los primeros eruditos: averiguar por sí mismo, mediante la comparación de un gran número de documentos similares, qué características distinguen a los documentos indudablemente genuinos de los demás, antes de permitirse emitir un juicio en un caso determinado.
¿No se verá su tarea enormemente simplificada si existe ya un cuerpo de doctrina, un tesoro de observaciones acumuladas, un sistema de resultados obtenidos por investigadores que ya han hecho, repetido y comprobado las minuciosas comparaciones que de otro modo él se habría visto obligado a hacer por sí mismo?
Este cuerpo de doctrinas, observaciones y resultados, concebido para auxiliar la crítica de diplomas y cartas, existe; se llama Diplomática. Asignaremos, por tanto, a la Diplomática, junto con la Epigrafía, la Paleografía y la Filología, el carácter de disciplina auxiliar de la investigación histórica.
La Epigrafía y la Paleografía, la Filología y la Diplomática con sus disciplinas auxiliares (la Cronología técnica y la Sfragística) no son las únicas materias de estudio que sirven a la investigación histórica. Sería sumamente imprudente emprender el tratamiento crítico de documentos literarios sobre los cuales aún no se ha realizado ningún trabajo crítico sin familiarizarse con los resultados obtenidos por quienes ya han tratado críticamente con documentos de la misma clase: la suma de estos resultados forma un departamento en sí mismo, que tiene un nombre: la Historia de la Literatura.
El tratamiento crítico de los documentos ilustrativos, tales como las producciones de la arquitectura, la escultura y la pintura, objetos de toda índole (armas, indumentaria, utensilios, monedas, medallas, blasones y demás), presupone un profundo conocimiento de las reglas y observaciones que constituyen la Arqueología propiamente dicha y sus ramas independientes: la Numismática y la Heráldica.
Nos encontramos ahora en condiciones de examinar con cierto propósito la vaga noción expresada por la frase «las ciencias auxiliares de la historia». También leemos acerca de «ciencias subsidiarias» y, en francés, de «ciencias satélites».
Ninguna de estas expresiones resulta realmente satisfactoria.
En primer lugar, las llamadas «ciencias auxiliares» no son todas ellas ciencias. La Diplomática, por ejemplo, y la Historia de la Literatura no son más que acumulaciones sistematizadas de hechos, adquiridos mediante la crítica, que son de naturaleza tal que facilitan la aplicación de métodos críticos a documentos hasta entonces intocados. Por otra parte, la Filología es una ciencia organizada y tiene sus propias leyes.
En segundo lugar, entre las ramas del saber auxiliares —propiamente hablando, no de la historia, sino de la investigación histórica—, debemos distinguir entre aquellas que todo investigador en este campo debe dominar, y aquellas respecto de las cuales solo necesita saber dónde buscar cuando tenga ocasión de hacer uso de ellas; entre el conocimiento que debe pasar a formar parte del ser de un hombre, y la información que puede contentarse con poseer solo en potencia.
Un medievalista debe saber leer y comprender los textos medievales; no obtendría ninguna ventaja acumulando en su memoria la masa de hechos particulares pertenecientes a la Historia de la Literatura y a la Diplomática que se encuentran, en su lugar correspondiente, en obras de consulta bien estructuradas.
Por último, no existen ramas del conocimiento que sean auxiliares de la Historia (ni siquiera de la investigación histórica) en general; es decir, que sean útiles para todos los estudiantes independientemente de la parte concreta de la historia en la que estén trabajando.
Parece, pues, que no es posible dar una respuesta general a la pregunta planteada al principio de este capítulo: ¿en qué debe consistir el aprendizaje técnico del erudito o del historiador? ¿En qué consiste?
Eso depende. Depende de la parte de la historia que se proponga estudiar. El conocimiento de la paleografía es totalmente inútil para investigar la historia de la Revolución francesa, y el conocimiento del griego es igualmente inútil para tratar una cuestión de historia francesa medieval.
Pero podemos llegar a decir que el equipamiento preliminar de todo aquel que desee realizar un trabajo original en historia debe consistir (además de la «educación común», es decir, la cultura general de la que escribe Daunou) en los conocimientos destinados a ayudar en el descubrimiento, la comprensión y la crítica de los documentos.
- La naturaleza exacta de este conocimiento varía de un caso a otro, según el estudiante se especialize en una u otra parte de la historia universal.
- El aprendizaje técnico es relativamente corto y fácil para quienes se ocupan de la historia moderna o contemporánea, y largo y laborioso para quienes se ocupan de la historia antigua y medieval.
Esta reforma del aprendizaje técnico del historiador, que consiste en sustituir el estudio de los «grandes modelos», literarios y filosóficos, por la adquisición de conocimientos positivos verdaderamente auxiliares para la investigación histórica, es de fecha muy reciente.
En Francia, durante la mayor parte del siglo presente, los estudiantes de historia no recibieron otra educación que la literaria, según el modelo de Daunou.
Casi todos se conformaban con semejante preparación y no buscaban más allá; unos pocos advirtieron y lamentaron, cuando ya era demasiado tarde para poner remedio, la insuficiencia de su formación inicial; salvo contadas y ilustres excepciones, los mejores de ellos nunca llegaron a ser más que hombres de letras distinguidos, incapaces de realizar trabajo científico alguno.
No existía en aquel tiempo ninguna organización para la enseñanza de las «ciencias auxiliares» y de la técnica de la investigación, salvo en el caso de la historia medieval francesa, y ello en una escuela especial, la École des chartes. Este simple hecho, por otra parte, aseguró a esta escuela durante un período de cincuenta años una superioridad notable sobre todas las demás instituciones francesas (o incluso extranjeras) de enseñanza superior; en ella se formaron excelentes trabajadores que aportaron muchos resultados nuevos, mientras que en otros lugares se discutía ociosamente sobre problemas. Hoy en día sigue siendo en la École des chartes donde el medievalista tiene la oportunidad de realizar su aprendizaje técnico de la mejor y más completa manera, gracias a los cursos combinados y progresivos de tres años de filología románica, paleografía, arqueología, historiografía y derecho medieval.
Pero las «ciencias auxiliares» se enseñan ahora en todas partes más o menos adecuadamente; han sido introducidas en los planes de estudios universitarios.
Por otra parte, los manuales para estudiantes de epigrafía, paleografía, diplomática y demás se han multiplicado durante los últimos veinticinco años.
Hace veinticinco años habría sido en vano buscar un buen libro que supliera la falta de instrucción oral sobre estas materias; desde el establecimiento de cátedras han aparecido «manuales» que casi harían que esta fuera superfluas si no fuera porque la instrucción oral, basada en ejercicios prácticos, tiene aquí un valor excepcional.
Ya sea que un estudiante goce o no de la ventaja de una instrucción rigurosa en una institución de educación superior, no tiene en adelante excusa para permanecer en la ignorancia de aquellas cosas que debería saber antes de emprender un trabajo histórico.
De hecho, hay menos negligencia de este tipo que antes. En este sentido, el éxito de los «manuales» antes mencionados, con su rápida sucesión de ediciones, es muy significativo.
He aquí, pues, al futuro historiador provisto de los conocimientos preliminares cuya negligencia lo habría condenado a la impotencia o a continuos errores.
Lo suponemos protegido de los errores sin número que tienen su origen en un conocimiento imperfecto de la escritura y de la lengua de los documentos, en la ignorancia de la obra anterior y de los resultados obtenidos por la crítica textual; posee una cognitio cogniti et cognoscendi irreproachable.
Una suposición muy optimista, por cierto, como estamos obligados a admitir.
Sabemos demasiado bien que haber cursado estudios regulares de "ciencias auxiliares", o haber leído atentamente los mejores tratados de bibliografía, paleografía, filología y demás, o incluso haber adquirido cierta experiencia personal mediante ejercicios prácticos, no basta para garantizar que un hombre esté siempre bien informado, ni mucho menos para hacerlo infalible.
En primer lugar, aquellos que durante mucho tiempo han estudiado documentos de una clase determinada o de un período dado poseen, al respecto, un conocimiento incomunicable en virtud del cual son capaces de tratar mejor que otros los nuevos documentos con los que puedan encontrarse de la misma clase o período; nada puede reemplazar la «erudición especial» que es la recompensa del especialista por su duro trabajo.
Y en segundo lugar, los propios especialistas cometen errores: los paleógrafos deben estar perpetuamente en guardia para no descifrar erróneamente; ¿hay algún filólogo que no tenga en su conciencia algún fallo de construcción? Eruditos por lo general bien informados han impreso como textos inéditos otros que ya habían sido publicados, y han descuidado documentos que era su obligación conocer. Los eruditos se pasan la vida perfeccionando incesantemente sus conocimientos «auxiliares», que con razón consideran siempre imperfectos.
Pero todo esto no nos impide mantener nuestra hipótesis. Tan solo que se comprenda bien que, en la práctica, no posponemos el trabajo con los documentos hasta haber alcanzado un dominio sereno y absoluto de todas las «ciencias auxiliares»: jamás osaríamos empezar.
Queda por saber cómo tratar los documentos una vez que se ha pasado con éxito por el aprendizaje preliminar.
# LIBRO II
# OPERACIONES ANALÍTICAS
# CAPÍTULO I
CONDICIONES GENERALES DEL CONOCIMIENTO HISTÓRICO
Ya hemos dicho que la historia se estudia a partir de los documentos, y que los documentos son las huellas de los acontecimientos pasados. Este es el lugar para señalar las consecuencias que implica esta afirmación y esta definición.
Los acontecimientos solo pueden conocerse empíricamente de dos maneras:
- mediante la observación directa mientras están sucediendo; e
- indirectamente, mediante el estudio de los rastros que dejan tras de sí.
Tómese un terremoto, por ejemplo. Tengo un conocimiento directo de él si estoy presente cuando ocurre el fenómeno; un conocimiento indirecto si, sin haber estado presente de ese modo, observo sus efectos físicos (grietas, ruinas), o si, después de que estos efectos han desaparecido, leo una descripción escrita por alguien que ha presenciado por sí mismo el fenómeno o sus efectos.
Ahora bien, la peculiaridad de los «hechos históricos» es esta: que solo se conocen indirectamente con la ayuda de sus rastros. El conocimiento histórico es esencialmente conocimiento indirecto.
Los métodos de la ciencia histórica deben ser, por lo tanto, radicalmente diferentes de los de las ciencias directas; es decir, de todas las demás ciencias, excepto la geología, que se fundan en la observación directa. La ciencia histórica, se diga lo que se dijere, no es en absoluto una ciencia de observación.
Los hechos del pasado solo nos son conocidos por las huellas que de ellos se han conservado.
Estas huellas, es verdad, son observadas directamente por el historiador, pero, a partir de ahí, ya no tiene nada más que observar; lo que queda es la obra del razonamiento, en la que se esfuerza por inferir, con la mayor exactitud posible, los hechos a partir de las huellas.
El documento es su punto de partida, el hecho, su meta. Entre este punto de partida y esta meta tiene que atravesar una serie complicada de inferencias, estrechamente entrelazadas entre sí, en las cuales hay innumerables posibilidades de error; mientras que el menor error, ya sea cometido al principio, en medio o al final de la obra, puede viciar todas sus conclusiones.
El método «histórico», o indirecto, es por tanto manifiestamente inferior al método de observación directa; pero los historiadores no tienen elección: es el único método para llegar a los hechos pasados, y veremos más adelante cómo, a pesar de estos inconvenientes, es posible que este método conduzca al conocimiento científico.
El análisis detallado de los raciocinios que conducen desde la inspección de los documentos al conocimiento de los hechos es una de las partes principales de la Metodología Histórica. Es el dominio de la crítica. Los siete capítulos siguientes estarán dedicados a ella. Nos esforzaremos, ante todo, por ofrecer un bosquejo muy sumario de las líneas generales y las principales divisiones del tema.
I. Podemos distinguir dos especies de documentos. A veces el evento pasado ha dejado una huella material (un monumento, un objeto fabricado). A veces, y más comúnmente, la huella es de orden psicológico: una descripción o narración escrita.
El primer caso es mucho más simple que el segundo. Pues existe una relación fija entre ciertas apariencias físicas y las causas que las produjeron; y esta relación, gobernada por leyes físicas, nos es conocida.
Pero una huella psicológica, por otra parte, es puramente simbólica: no es el hecho en sí mismo; ni siquiera es la impresión inmediata hecha por el hecho en la mente del testigo, sino tan solo un símbolo convencional de esa impresión. Los documentos escritos, por tanto, no son, como lo son los documentos materiales, valiosos por sí mismos; solo son valiosos como signos de operaciones psicológicas, las cuales suelen ser complicadas y difíciles de desentrañar. La inmensa mayoría de los documentos que proporcionan al historiador los puntos de partida para sus razonamientos no son otra cosa que huellas de operaciones psicológicas.
Concedido esto, para inferir a partir de un documento escrito el hecho que fue su causa remota —es decir, para determinar la relación que vincula el documento con el hecho— es necesario reproducir toda la serie de causas intermedias que han dado origen al documento.
Es necesario revivir en la imaginación toda esa serie de actos realizados por el autor del documento que comienza con el hecho observado por él y termina con el manuscrito (o el volumen impreso), con el fin de llegar al acontecimiento original. Tal es el fin y tal el proceso del análisis crítico.
Primer de todo observamos el documento. ¿Está ahora en el mismo estado que cuando fue producido? ¿Se ha deteriorado desde entonces? Nos esforzamos por averiguar cómo fue hecho con el fin de restaurarlo, si es necesario, a su forma original, y de determinar su origen. El primer grupo de investigaciones preliminares, relativas a la escritura, el lenguaje, la forma, la fuente, constituye el dominio especial de la Crítica Externa, o erudición crítica. Luego viene la Crítica Interna: se esfuerza, con la ayuda de analogías tomadas en su mayoría de la psicología general, en reproducir los estados mentales por los que pasó el autor del documento. Sabiendo lo que el autor del documento ha dicho, preguntamos (1) ¿Qué quiso decir? (2) ¿Creía lo que decía? (3) ¿Estaba justificado al creer lo que quiera que creyese? Este último paso lleva al documento a un punto en el que se asemeja a los datos de las ciencias objetivas: se convierte en una observación; solo queda tratarlo mediante los métodos de las ciencias objetivas. Todo documento es valioso precisamente en la medida en que, mediante el estudio de su origen, ha sido reducido a una observación bien hecha.
II. Dos conclusiones se pueden extraer de lo que acabamos de decir:
- la extrema complejidad
- y la absoluta necesidad de la Crítica Histórica.
Compared with other students the historian is in a very disagreeable situation. It is not merely that he cannot, as the chemist does, observe his facts directly; it very rarely happens that the documents which he is obliged to use represent precise observations. He has at his disposal none of those systematic records of observations which, in the established sciences, can and do replace direct observation. He is in the situation of a chemist who should know a series of experiments only from the report of his laboratory-boy. The historian is compelled to turn to account rough and ready reports, such as no man of science would be content with. All the more necessary are the precautions to be taken in utilising these documents, the only materials of historical science. It is evidently most important to eliminate those which are worthless, and to ascertain the amount of correct observation represented by those which are left.
Aún más necesarias son también las precauciones sobre este tema, porque la inclinación natural de la mente humana es no tomar ninguna precaución en absoluto, y tratar estos asuntos, que realmente exigen la mayor precisión posible, con una laxitud descuidada. Es verdad que todo el mundo admite la utilidad de la crítica en teoría; pero este es justo uno de aquellos principios que se admiten más fácilmente que se ponen en práctica.
Muchos siglos y enteras eras de brillante civilización tuvieron que transcurrir antes de que las primeras luces de la crítica fueran visibles entre los pueblos más intelectuales del mundo.
Ni los orientales ni la Edad Media llegaron a formarse jamás una concepción definida de ella. Hasta nuestros días ha habido hombres ilustrados que, al emplear documentos con el propósito de escribir historia, han descuidado las precauciones más elementales y han dado por supuestas, inconscientemente, generalizaciones falsas.
Aun ahora, la mayoría de los jóvenes estudiantes, si se les dejara a su aire, caerían en los viejos errores.
Porque la crítica es antagónica a la inclinación normal de la mente. La tendencia espontánea del hombre es prestar asentimiento a las afirmaciones, y reproducirlas, sin siquiera distinguirlas claramente de los resultados de su propia observación.
¿Acaso en la vida cotidiana no aceptamos indiscriminadamente, sin ningún tipo de verificación, informes de oídas, declaraciones anónimas y sin garantías, «documentos» de autoridad indiferente o inferior?
Se necesita una razón especial para inducirnos a tomar la molestia de examinar el origen y el valor de un documento sobre la historia de ayer; de lo contrario, si no hay en él una improbabilidad escandalosa, y mientras no sea contradicho, nos lo tragamos entero, depositamos en él nuestra fe, lo pregonamos y, si es necesario, lo embellecemos en el proceso.
Todo hombre sincero debe admitir que se requiere un esfuerzo violento para sacudirse la ignavia critica, esa forma común de pereza intelectual, que este esfuerzo debe repetirse continuamente y que a menudo va acompañado de un dolor real.
El instinto natural de un hombre en el agua es hacer precisamente aquello que le hará ahogarse infaliblemente; aprender a nadar significa adquirir el hábito de reprimir los movimientos espontáneos y realizar otros en su lugar.
De igual modo, la crítica no es un hábito natural; debe ser inculcada, y solo se vuelve orgánica a base de una práctica continuada.
El trabajo histórico es, por tanto, eminentemente crítico; quien se adentra en él sin haber sido advertido primero contra su propio instinto, seguro que se ahoga en él. Para apreciar el peligro, conviene hacer examen de conciencia y analizar las causas de esa ignavia contra la cual hay que luchar hasta que sea reemplazada por una actitud mental crítica. También resulta muy saludable familiarizarse con los principios del método histórico y analizar su teoría, uno por uno, como nos proponemos hacer en el presente volumen.
"La historia, como cualquier otro estudio, está principalmente sujeta a errores de hecho derivados de la falta de atención, pero está más expuesta que cualquier otro estudio a los errores debidos a esa confusión mental que produce análisis incompletos y razonamientos falaces.... Los historiadores harían menos afirmaciones sin pruebas si tuvieran que analizar cada una de sus afirmaciones; se comprometerían con menos principios falsos si hicieran de ello una regla para formular todos sus principios; incurrirían en menos falacias si estuvieran obligados a exponer todos sus argumentos en forma lógica".
# SECCIÓN I.—CRÍTICA EXTERNA
# CAPÍTULO II
CRÍTICA TEXTUAL
Supongamos que un autor de nuestros días ha escrito un libro: envía su manuscrito al impresor; con su propia mano corrige las pruebas y las marca como "Impresión".
Un libro que se imprime bajo estas condiciones llega a nuestras manos en lo que es, para un documento, en muy buenas condiciones.
Quienquiera que sea el autor, y cualesquiera que sean sus sentimientos e intenciones, podemos estar seguros —y este es el único punto que nos concierne por el momento— de que tenemos ante nosotros una reproducción bastante exacta del texto que escribió.
Nos vemos obligados a decir "bastante exacta", pues si el autor ha corregido mal sus pruebas, o si los impresores no han prestado la debida atención a sus correcciones, la reproducción del texto original es imperfecta, incluso en este caso especialmente favorable.
Los impresores no pocas veces hacen que un hombre diga algo que nunca quiso decir, y de lo que no se percata hasta que es demasiado tarde.
A veces se requiere reproducir una obra cuyo autor ha muerto y cuyo manuscrito autógrafo no puede enviarse a la imprenta. Este fue el caso de las Mémoires d'outre-tombe de Chateaubriand, por ejemplo; ocurre a diario con la correspondencia familiar de personajes conocidos que se imprime deprisa para satisfacer la curiosidad del público, y cuyo manuscrito original es muy frágil.
Primero se copia el texto; luego el tipógrafo lo compone a partir de la copia, lo que viene a ser lo mismo que volver a copiarlo; por último, esta segunda copia es, o debería ser, colacionada (en las pruebas) con la primera copia, o, mucho mejor aún, con el original, por alguien que haga las veces del autor fallecido.
Las garantías de exactitud son menores en este caso que en el primero; pues entre el original y la reproducción final hay un intermediario más (la copia manuscrita), y puede suceder que el original sea difícil de descifrar para cualquiera que no sea el autor. Y, de hecho, el texto de las memorias y la correspondencia póstuma suele quedar desfigurado por errores de transcripción y puntuación que se producen en ediciones que a primera vista dan la impresión de haber sido cuidadosamente ejecutadas.
Pasando ahora a los documentos antiguos, preguntémonos en qué estado se han conservado. En casi todos los casos los originales se han perdido, y no tenemos más que copias. ¿Se han hecho estas copias directamente a partir de los originales? No; son copias de copias. Los amanuenses que las ejecutaron no fueron ni mucho menos hombres capaces y conscientes; a menudo transcribían textos que no comprendían en absoluto, o que comprendían mal, y no siempre era la moda, como en la época del Renacimiento carolingio, comparar las copias con los originales.
Si nuestros libros impresos, tras las sucesivas revisiones del autor y del corrector de pruebas, siguen siendo reproducciones imperfectas, es de esperar que los documentos antiguos, copiados y recopiados como lo han sido durante siglos con muy poco cuidado, y expuestos en cada nueva transcripción a un nuevo riesgo de alteración, nos hayan llegado plenos de inexactitudes.
Existe, por tanto, una precaución obvia que debe tomarse. Antes de utilizar un documento debemos averiguar si su texto es «sano», es decir, si coincide lo más posible con el manuscrito original del autor; y cuando el texto esté «corrupto» debemos enmendarlo.
Al utilizar un texto que ha sido corrompido en su transmisión, corremos el riesgo de atribuir al autor lo que en realidad proviene de los copistas. Hay casos reales de teorías que se basaron en pasajes falsificados en la transmisión y que se derrumbaron tan pronto como se descubrieron o restauraron las lecturas verdaderas.
Los errores de imprenta y las equivocaciones al copiar no siempre son inocuos o meramente divertidos; a veces son insidiosos y capaces de engañar al lector.
Naturalmente, uno supondría que los historiadores de reputación siempre harían una regla el procurarse textos "sólidos", debidamente enmendados y restaurados, de los escritos que tienen que consultar.
Eso es un error. Durante mucho tiempo, los historiadores se limitaron a usar los textos que tenían al alcance de la mano, sin verificar su precisión. Y, lo que es más, los propios eruditos cuya tarea es editar textos no descubrieron el arte de restaurarlos todos de golpe; no hace mucho tiempo, los documentos se editaban comúnmente a partir de las primeras copias, buenas o malas, que tenían a mano, combinadas y corregidas al azar.
Las ediciones de textos antiguos son hoy en día en su mayoría "críticas"; pero aún no han pasado treinta años desde la publicación de las primeras "ediciones críticas" de las grandes obras de la Edad Media, y el texto crítico de algunos clásicos antiguos (Pausanias, por ejemplo) todavía está por construirse.
No todos los documentos históricos han sido publicados todavía en una forma diseñada para dar a los historiadores la seguridad que necesitan, y algunos historiadores aún actúan como si no se hubieran dado cuenta de que un texto inestable, como tal, requiere un manejo cauteloso.
Aun así, se ha logrado un progreso considerable. De la experiencia acumulada por varias generaciones de estudiosos se ha desarrollado un método reconocido para depurar y restaurar textos. Ninguna parte del método histórico tiene una base más sólida, ni es más conocida en general. Se explica claramente en varias obras de filología popular.
Por esta razón nos conformaremos aquí con dar una visión general de sus principios esenciales, y con indicar sus resultados.
I. Suponemos que un documento no ha sido editado de conformidad con las reglas críticas. ¿Cómo debemos proceder para construir el mejor texto posible? Se presentan tres casos.
(a) El caso más sencillo es aquel en el que poseemos el original, el autógrafo mismo del autor. No hay entonces más que reproducir su texto con absoluta fidelidad. Teóricamente nada puede ser más fácil; en la práctica esta operación elemental exige una atención sostenida de la que no todo el mundo es capaz. Si alguien lo duda, que lo intente. Los copistas que nunca cometen errores y jamás permiten que su atención se distraiga son raros incluso entre los eruditos.
(b) Segundo caso. El original se ha perdido; solo se conoce una única copia del mismo. Es necesario ser cauteloso, pues lo más probable es que esta copia contenga errores.
Los textos degeneran de acuerdo con ciertas leyes. Se ha tomado una gran molestia en descubrir y clasificar las causas y las formas ordinarias de las diferencias que se observan entre los originales y las copias; y de ahí se han deducido reglas que pueden aplicarse a la restauración conjetural de aquellos pasajes en la copia única de un original perdido que son ciertamente corruptos (por ser ininteligibles), o que lo son con toda probabilidad.
Alteraciones de un original que aparecen en una copia —«variantes tradicionales», como se les llama— se deben ya sea al fraude o al error.
- Algunos copistas han modificado o suprimido deliberadamente pasajes.
- Casi todos los copistas han cometido errores de juicio o errores accidentales.
Errores de juicio cuando copistas semieducados y no del todo inteligentes han creído que era su deber corregir pasajes y palabras en el original que no podían entender.
Errores accidentales cuando leyeron mal al copiar, o escucharon mal al escribir al dictado, o cuando cometieron involuntariamente lapsus plumi.
Las modificaciones derivadas del fraude o de errores de juicio a menudo son muy difíciles de rectificar, o incluso de descubrir.
Algunos errores accidentales (la omisión de varias líneas, por ejemplo) son irreparables en el caso que estamos considerando, el de un ejemplar único. Pero la mayoría de los errores accidentales pueden ser detectados por cualquiera que conozca las formas ordinarias:
- confusiones de sentido, letras y palabras,
- transposiciones de palabras, letras y sílabas,
- ditografía (repetición carente de sentido de letras o sílabas),
- haplografía (sílabas o palabras escritas una sola vez donde debían haberse escrito dos),
- falsas divisiones entre palabras,
- oraciones mal puntuadas,
- y otros errores del mismo tipo.
Errores de estos diversos tipos han sido cometidos por los amanuenses de todos los países y de todas las épocas, independientemente de la escritura y de la lengua de los originales. Pero algunas confusiones de letras ocurren con frecuencia en copias de originales en unciales, y otras en copias de originales en minúsculas. Las confusiones de sentido y de palabras se explican por analogías de vocabulario o de pronunciación, que naturalmente varían de una lengua a otra y de una época a otra.
La teoría general de la enmienda conjetural se reduce al esbozo que acabamos de dar; no existe un aprendizaje general para este arte. Lo que un hombre aprende no es a restaurar cualquier texto que se le ponga delante, sino textos griegos, textos latinos, textos franceses, y así sucesivamente, según sea el caso; pues la enmienda conjetural de un texto presupone, además de nociones generales sobre los procesos mediante los cuales los textos se degeneran, un conocimiento profundo de (1) una lengua especial; (2) una caligrafía especial; (3) las confusiones (de sentido, letras y palabras) que eran habituales en quienes copiaban textos de esa lengua escritos con ese estilo de caligrafía.
Para facilitar el aprendizaje en la enmienda conjetural de textos griegos y latinos, se han elaborado listas tabuladas (alfabéticas y sistemáticas) de diversas lecturas, confusiones frecuentes y correcciones probables.
Es verdad que no pueden reemplazar al trabajo práctico, realizado bajo la guía de expertos, pero son de gran utilidad para los expertos mismos.
Sería fácil ofrecer una lista de enmiendas felices. Las más satisfactorias son aquellas cuya corrección resulta evidente desde el punto de vista paleográfico, como ocurre con la enmienda clásica de Madvig al texto de las Cartas de Séneca (89, 4). La lectura anterior era: «Philosophia unde dicta sit, apparet; ipso enim nomine fatetur. Quidam et sapientiam ita quidam finierunt, ut dicerent divinorum et humanorum sapientiam ...»—lo cual no tiene sentido. Antaño se suponía que se habían caído palabras entre ita y quidam.
Madvig se representaba el texto del arquetipo perdido, que estaba escrito en mayúsculas y en el cual, como era habitual antes del siglo octavo, las palabras no estaban separadas (scriptio continua), ni las oraciones puntuadas; se preguntaba si el copista, con semejante arquetipo ante sí, no había dividido las palabras al azar, y no tuvo dificultad alguna en leer:
"...ipso enim nomine fatetur quid amet. Sapientiam ita quidam finierunt...."
Blass, Reinach y Lindsay, en las obras mencionadas en la nota, citan otras varias enmiendas magistrales y elegantes.
Tampoco los helenistas y latinistas tienen el monopolio; se podrían cosechar enmiendas igualmente brillantes de las obras de orientalistas, romanistas y germanistas, ahora que los textos de las lenguas orientales, romances y germánicas se han sometido a la crítica verbal.
Ya hemos señalado que las correcciones eruditas son posibles incluso en el texto de documentos bastante modernos, reproducidos tipográficamente en las condiciones más favorables.
Tal vez nadie, en nuestros días, haya igualado a Madvig en el arte de la enmienda conjetural.
Pero el propio Madvig no tenía una alta opinión de la labor de la erudición moderna. Pensaba que los humanistas de los siglos XVI y XVII estaban, a este respecto, mejor preparados que los eruditos modernos.
La enmienda conjetural de textos griegos y latinos es, de hecho, una rama del deporte, cuyo éxito es proporcional no solo al ingenio y al instinto paleográfico de un hombre, sino también a la corrección, rapidez y delicadeza con que aprecia las sutilezas de las lenguas clásicas.
Ahora bien, los primeros eruditos fueron sin duda demasiado audaces, pero estaban más íntimamente familiarizados con las lenguas clásicas que nuestros eruditos modernos.
Sea como fuere, no cabe duda de que numerosos textos que se han conservado, de forma corrupta, en ejemplares únicos, se han resistido, y seguirán resistiendo, a los esfuerzos de la crítica.
Muy a menudo la crítica constata el hecho de que el texto ha sido alterado, enuncia lo que el sentido exige y luego se detiene prudentemente, ya que todo rastro de la lectura original ha quedado oscurecido por un enmarañado confuso de correcciones y errores sucesivos que resulta inútil intentar desenredar.
Los eruditos que se dedican a la fascinante tarea de la crítica conjetural son propensos, en su ardor, a sospechar de lecturas perfectamente inocentes y, en pasajes desesperados, a proponer hipótesis arriesgadas. Son muy conscientes de esto y, por lo tanto, establecen como norma trazar una distinción muy clara, en sus ediciones, entre las lecturas halladas en los manuscritos y sus propias restauraciones del texto.
(c) Tercer caso. Poseemos varias copias, que difieren entre sí, de un documento cuyo original se ha perdido. Aquí los eruditos modernos tienen una clara ventaja sobre sus antecesores: además de estar mejor informados, acometen la comparación de las copias de un modo más metódico. El objetivo es, al igual que en el caso anterior, reconstruir el arquetipo con la mayor exactitud posible.
Los eruditos de antaño tuvieron que luchar, como los novatos tienen que luchar ahora en un caso de este género, contra un impulso muy natural y muy reprehensible: el de utilizar la primera copia que se tenga a mano, sea cual sea su naturaleza.
El segundo impulso no es mucho mejor: utilizar la más antigua de entre varias copias de distinta fecha. En teoría, y con mucha frecuencia en la práctica, la edad relativa de las copias no tiene importancia; un manuscrito del siglo XVI que reproduzca una buena copia perdida del siglo XI es mucho más valioso que una copia defectuosa y retocada hecha en el siglo XII o XIII.
El tercer impulso dista mucho de ser bueno; consiste en contar las lecturas atestiguadas y decidir por mayoría. Supongamos que hay veinte copias de un texto; la lectura A está atestiguada dieciocho veces, la lectura B dos veces. Tomar esto como razón para elegir A es partir de la suposición gratuita de que todos los manuscritos tienen la misma autoridad. Esto es un error de juicio; pues si diecisiete de los dieciocho manuscritos que dan la lectura A han sido copiadost del decimoctavo, la lectura A está en realidad atestiguada una sola vez; y la única cuestión es si es intrínsecamente mejor o peor que la lectura B.
Se ha reconocido que el único procedimiento racional es comenzar determinando qué relación guardan las copias entre sí.
Con este fin adoptamos como punto de partida el axioma indiscutible de que todas las copias que contienen los mismos errores en los mismos pasajes deben haber sido copiadas unas de otras o derivar todas de una copia que contenga dichos errores.
Es inconcebible que varios amanuenses, reproduciendo de forma independiente un original libre de errores, introduzcan todos exactamente los mismos errores; la identidad de los errores atestigua una comunidad de origen.
Desecharemos sin escrúpulos todas las copias derivadas de un único manuscrito que se ha conservado. Evidentemente, no pueden tener más valor que el que posee su fuente común; si difieren de ella, solo puede ser en virtud de nuevos errores; sería una pérdida de tiempo estudiar sus variantes.
Habiendo eliminado estas, no tenemos ante nosotros más que copias independientes, hechas directamente a partir del arquetipo, o copias secundarias cuya fuente (una copia tomada directamente del arquetipo) se ha perdido.
Para agrupar las copias secundarias en familias, cada una de las cuales representará lo que es sustancialmente la misma tradición, recurrimos de nuevo a la comparación de errores.
Por este método podemos por lo general trazar sin demasiada dificultad un cuadro genealógico completo (stemma codicum) de las copias conservadas, el cual pondrá de manifiesto con mucha claridad su importancia relativa.
Este no es el lugar para discutir los casos difíciles en los que, como consecuencia de haberse perdido un número demasiado grande de intermediarios, o de haber mezclado arbitrariamente los copistas antiguos los textos de distintas tradiciones, la operación se vuelve extremadamente laboriosa o impracticable.
Además, en estos casos extremos no hay ningún método nuevo de por medio: la comparación de los pasajes correspondientes es un instrumento poderoso, pero es el único de que dispone la crítica para esta tarea.
Cuando se ha trazado el árbol genealógico de los manuscritos, nos esforzamos por restaurar el texto del arquetipo comparando las diferentes tradiciones.
- Si estas coinciden y ofrecen un texto satisfactorio, no hay dificultad.
- Si difieren, decidimos entre ellas.
- Si coinciden accidentalmente al ofrecer un texto defectuoso, recurrimos a la enmienda conjetural, como si solo hubiera una copia.
Es, teóricamente, mucho más ventajoso poseer varias copias independientes de un original perdido que tener una sola, pues la mera comparación mecánica de las diferentes lecturas suele bastar para disipar obscuridades que la luz incierta de la crítica conjetural jamás habría iluminado.
Sin embargo, la abundancia de manuscritos es un estorbo más que una ayuda cuando la labor de agruparlos no se ha realizado o se ha hecho mal; nada puede ser más insatisfactorio que las restauraciones arbitrarias e híbridas que se basan en copias cuyas relaciones mutuas y con el arquetipo no se han determinado de antemano.
Por otra parte, la aplicación de métodos racionales exige, en algunos casos, un gasto formidable de tiempo y trabajo.
- Algunas obras se conservan en centenares de copias, todas diferentes entre sí;
- a veces (como en el caso de los Evangelios) las variantes de un texto de extensión bastante moderada se cuentan por miles;
- se necesitan varios años de labor asidua para la preparación de una edición crítica de ciertos romances medievales.
Y después de toda esta labor, todas estas colaciones y comparaciones, ¿podemos estar seguros de que el texto del romance es perceptiblemente mejor de lo que habría sido si solo hubiera habido dos o tres manuscritos sobre los que trabajar?
No. Algunas ediciones críticas, debido a la aparente riqueza de material aplicable a la obra, exigen un esfuerzo mecánico que está totalmente fuera de proporción con los resultados positivos que constituyen su recompensa.
Las "ediciones críticas" fundadas en varios ejemplares de un original perdido deben proporcionar al público los medios para verificar el "stemma codicum" que el editor ha trazado, y ofrecer en las notas las variantes rechazadas. De este modo, los lectores competentes quedan en posesión, en el peor de los casos, si no del mejor texto posible, al menos de los materiales necesarios para construirlo.
II. Los resultados de la crítica textual —una especie de limpieza y remiendo— son puramente negativos. Con la ayuda de la conjetura, o con la ayuda de la conjetura y la comparación combinadas, se nos permite construir, no necesariamente un buen texto, sino el mejor texto posible de documentos cuyo original se ha perdido.
Lo que así logramos es la eliminación de lecturas corruptas y adventicias susceptibles de causar error, y el reconocimiento de los pasajes sospechosos como tales. Pero es obvio que este proceso no aporta ninguna información nueva.
El texto de un documento que ha sido restaurado a costa de infinitos dolores no vale más que el de un documento cuyo original se ha conservado; por el contrario, vale menos. Si el manuscrito autógrafo de la Eneida no se hubiera destruido, se habrían ahorrado siglos de cotejo y conjetura, y el texto de la Eneida sería mejor de lo que es.
Esto va dirigido a quienes sobresalen en el "juego de la enmienda", que por consiguiente son aficionados a él y realmente lamentarían no tener ocasión de jugarlo.
III. Sin embargo, habrá un campo de acción abundante para la crítica textual mientras no poseamos el texto exacto de cada documento histórico.
En el estado actual de la ciencia, pocas labores son más útiles que aquellas que sacan a la luz nuevos textos o mejoran los ya conocidos. Es un verdadero servicio al estudio de la historia publicar textos inéditos o mal editados de manera conforme a las reglas de la crítica.
En todos los países, innumerables sociedades científicas consagran la mayor parte de sus recursos y de su actividad a esta importante labor. Pero el inmenso número de textos que deben ser criticados y el cuidado minucioso que exigen las operaciones de la crítica verbal impiden que el trabajo de publicación y restitución avance a otro ritmo que no sea lento.
Antes de que todos los textos que revisten interés para la historia medieval y moderna hayan sido editados o reeditados secundum artem, deberá transcurrir un largo período, aun suponiendo que el ritmo relativamente rápido de los últimos años se acelere todavía más.
# CAPÍTULO III
INVESTIGACIÓN CRÍTICA DE LA AUTORÍA
Sería absurdo buscar información sobre un hecho en los papeles de alguien que no sabía nada, y que no podía saber nada, al respecto. Las primeras preguntas, por tanto, que nos hacemos cuando nos enfrentamos a un documento son: ¿De dónde procede? ¿Quién es su autor? ¿Cuál es su fecha? Un documento respecto del cual nos encontramos necesariamente en total ignorancia del autor, del lugar y de la fecha no sirve para nada.
Esta verdad, que parece elemental, solo ha sido reconocida adecuadamente en nuestros propios días. Tal es la natural ἁκρισἱα del hombre, que aquellos que fueron los primeros en adquirir el hábito de indagar sobre la autoría de los documentos se enorgullecían, y con razón, del avance que habían logrado.
La mayoría de los documentos modernos contienen una indicación precisa de su autoría: en nuestros días, los libros, los artículos periodísticos, los documentos oficiales e incluso los escritos privados están, en general, fechados y firmados. Muchos documentos antiguos, por otra parte, son anónimos, carecen de fecha y no tienen una indicación suficiente de su lugar de origen.
La tendencia espontánea de la mente humana es depositar su confianza en las indicaciones de autoría, cuando las hay.
En la cubierta y en el prefacio de los Châtiments, se nombra a Victor Hugo como el autor; por lo tanto, Victor Hugo es el autor de los Châtiments.
En tal o cual galería de pintura vemos un cuadro sin firmar cuyo marco ha sido provisto por la dirección con una placa que lleva el nombre de Leonardo da Vinci; por lo tanto, Leonardo da Vinci pintó este cuadro.
Un poema con el título Philomena se encuentra bajo el nombre de San Buenaventura en los Extraits des poètes chrétiens de M. Clément, en la mayoría de las ediciones de las "obras" de San Buenaventura y en un gran número de manuscritos medievales; por lo tanto, Philomena fue escrito por San Buenaventura, y "podemos extraer de ahí un conocimiento muy precioso del alma misma" de este santo varón.
Vrain-Lucas ofreció a M. Chasles autógrafos de Vercingétorix, Cleopatra y Santa María Magdalena, debidamente firmados y con las rúbricas completas: aquí están, pensó M. Chasles, los autógrafos de Vercingétorix, Cleopatra y Santa María Magdalena.
Esta es una de las formas más universales y, al mismo tiempo, indestructibles de la credulidad pública.
La experiencia y la reflexión han demostrado la necesidad de comprobar metódicamente estos impulsos instintivos de confianza crédula.
Los autógrafos de Vercingétorix, Cleopatra y María Magdalena habían sido fabricados por Vrain-Lucas. La Filomena, atribuida por los amanuenses medievales ya a san Buenaventura, ya a Luis de Granada, ya a Juan Hoveden, ya a Juan Peckham, tal vez no sea de ninguno de estos autores, y ciertamente no del primero de ellos.
Cuadros en los que no hay ni el menor destello de talento han sido adornados, en las más celebradas galerías de Italia, sin la menor sombra de prueba, con el glorioso nombre de Leonardo.
Por otra parte, es perfectamente cierto que Víctor Hugo es el autor de los Châtiments. La conclusión es que los indicios más precisos de autoría nunca son suficientes por sí mismos. Solo ofrecen una presunción, fuerte o débil —muy fuerte, en general, cuando se trata de documentos modernos, a menudo muy débil en el caso de los documentos antiguos—.
Existen falsos indicios de autoría, algunos añadidos a obras insignificantes para aumentar su valor, otros adjuntos a obras de mérito para servir a la reputación de una persona en particular, o para mistificar a la posteridad; y hay otros cien motivos que pueden imaginarse fácilmente y de los cuales se ha elaborado una lista: la literatura "seudoepigráfica" de la antigüedad y de la Edad Media es enorme.
Existen, además, documentos que son falsificaciones de principio a fin; los falsificadores les han proporcionado naturalmente indicaciones muy precisas de su supuesta autoría.
La verificación es, por lo tanto, necesaria. ¿Pero cómo ha de conseguirse?
Cuando se sospecha de la supuesta autoría de un documento, empleamos para su verificación el mismo método que sirve para fijar, en la medida de lo posible, el origen de los documentos que no presentan indicación alguna al respecto.
Como el procedimiento es el mismo en ambos casos, no es necesario hacer más distinciones entre ellos.
I. El instrumento principal utilizado en la investigación de la autoría es el análisis interno del documento en cuestión, realizado con el propósito de revelar cualquier indicio que pueda contener de una naturaleza tal que proporcione información sobre el autor, y el tiempo y lugar en que vivió.
En primer lugar, examinamos la caligrafía del documento. San Buenaventura nació en 1221; si los poemas que se le atribuyen están contenidos en manuscritos ejecutados en el siglo XI, tenemos en esta circunstancia una prueba excelente de que la atribución carece de fundamento: ningún documento del que exista una copia en letra del siglo XI puede ser posterior en fecha al siglo XI.
Luego examinamos el lenguaje. Se sabe que ciertas formas solo se han usado en ciertos lugares y en ciertas fechas. La mayoría de los falsificadores se han delatado por ignorancia de hechos de esta clase; se les escapan palabras o frases modernas.
Se ha podido establecer el hecho de que ciertas inscripciones fenicias, halladas en Sudamérica, eran anteriores a una cierta disertación alemana sobre un punto de sintaxis fenicia.
En el caso de los instrumentos oficiales examinamos las fórmulas. Si un documento que pretende ser una carta merovingia no presenta las fórmulas ordinarias de las cartas merovingias genuinas, debe ser falso.
Por último, señalamos todos los datos positivos que aparecen en el documento: los hechos que se mencionan o a los que se alude. Cuando estos hechos se conocen por otros medios, a partir de fuentes de las que un falsificador no podría haber dispuesto, se establece la bonâ fides del documento y se fija la fecha aproximadamente entre el acontecimiento más reciente del que el autor muestra conocimiento y el siguiente acontecimiento que no menciona, pero que lo habría hecho de haberlo conocido.
También pueden fundamentarse argumentos en la circunstancia de que se mencionen con aprobación determinados hechos, o se expresen ciertas opiniones, lo que nos ayuda a realizar una estimación conjetural de la condición, el entorno y el carácter del autor.
Cuando el análisis interno de un documento se realiza con esmero, por lo general nos ofrece una noción bastante exacta de su autoría.
Por medio de una comparación metódica, establecida entre los diversos elementos de los documentos analizados y los elementos correspondientes de documentos similares cuya autoría se conocía con certeza, se ha hecho posible la detección de no pocas falsificaciones, y se ha adquirido información adicional sobre las circunstancias en que se produjeron la mayoría de los documentos auténticos.
Los resultados obtenidos mediante el análisis interno se complementan y verifican recopilando toda la evidencia externa relativa al documento bajo crítica que pueda encontrarse dispersa en los documentos de la misma época o de épocas posteriores: citas, detalles biográficos sobre el autor, etcétera.
A veces se da una ausencia significativa de dicha información: el hecho de que un presunto diploma merovingio no haya sido citado por nadie antes del siglo XVII, y que solo haya sido visto por un erudito del siglo XVII que ha sido condenado por fraude, sugiere la idea de que es moderno.
II. Hasta ahora hemos considerado únicamente el caso más simple, en el que el documento objeto de estudio es obra de un solo autor. Pero muchos documentos han recibido, en diferentes momentos, adiciones que es importante distinguir del texto original, para no atribuir a X, el autor del texto, lo que en realidad pertenece a Y o Z, sus colaboradores imprevistos.
Hay dos clases de adiciones: interpolaciones y continuaciones.
- Interpolar consiste en insertar en el texto palabras o frases que no estaban en el manuscrito del autor.
- Por lo general, las interpolaciones son accidentales, debidas a la negligencia del copista, y se explican como la introducción en el texto de glosas interlineales o notas marginales; pero hay casos en los que alguien ha añadido deliberadamente al texto del autor (o lo ha sustituido por) palabras o frases de su propia cosecha, en aras de la integridad, el ornato o el énfasis.
Si tuviéramos ante nosotros el manuscrito en el que se realizó la interpolación deliberada, el aspecto de lo añadido y los rastros de borradura dejarían el caso claro de inmediato. Pero la primera copia interpolada casi siempre se ha perdido, y en las copias derivadas de ella ha desaparecido todo rastro de adición o sustitución.
No hay necesidad de definir las "continuaciones". Es bien sabido que muchas crónicas de la Edad Media han sido "continuadas" por diversos escritores, ninguno de los cuales se tomó la molestia de indicar dónde empezaba o terminaba su propia obra.
A veces, las interpolaciones y continuaciones pueden distinguirse con mucha facilidad en el curso de las operaciones para restaurar un texto del cual existen varias copias, cuando da la casualidad de que algunas de estas copias reproducen el texto primitivo tal como era antes de que se le hiciera ninguna adición.
Pero si todas las copias se fundan en copias anteriores que ya contenían las interpolaciones o continuaciones, hay que recurrir al análisis interno.
- ¿Es el estilo uniforme en todo el documento?
- ¿Respira el libro un mismo espíritu de cabo a rabo?
- ¿No hay contradicciones, ni lagunas en la secuencia de ideas?
En la práctica, cuando los continuadores o interpoladores han sido hombres de personalidad muy marcada y opiniones decididas, el análisis separará lo original de los añadidos tan limpiamente como unas tijeras. Cuando el todo está escrito en un estilo plano y descolorido, las líneas de división no son tan fáciles de ver; es entonces mejor confesar el hecho que multiplicar las hipótesis.
III.
La investigación crítica de la autoría no concluye tan pronto como un documento ha sido exacta o aproximadamente localizado en el espacio y en el tiempo, y se ha obtenido tanta información como sea posible sobre el autor o autores.
He aquí un libro: deseamos averiguar el origen de la información contenida en él, es decir, estar en condiciones de apreciar su valor; ¿basta con saber que fue escrito en 1890, en París, por Fulano de tal?
Tal vez Fulano de tal copió servilmente, sin mencionarlo, una obra anterior, escrita en 1850. El garante responsable de las partes tomadas no es Fulano, sino el autor de 1850.
El plagio, es verdad, es hoy raro, está prohibido por la ley y se considera deshonroso; antiguamente era común, tolerado e impune.
Muchos documentos históricos, con toda la apariencia de originalidad, no son más que repeticiones no confesadas de documentos anteriores, y los historiadores experimentan a veces, a este respecto, notables desengaños.
Ciertos pasajes de Eginhardo, un cronista del siglo IX, están tomados de Suetonio: no tienen nada que ver con la historia del siglo IX; ¿qué pasaría si el hecho no hubiera sido descubierto?
Un evento está atestiguado tres veces, por tres cronistas; pero estas tres aseveraciones, que coinciden tan admirablemente, en realidad son una sola si se comprueba que dos de los tres cronistas copiaron al tercero, o que los tres relatos paralelos han sido extraídos de una y la misma fuente.
Las cartas pontificias y las cartas imperiales de la Edad Media contienen pasajes elocuentes que no deben tomarse en serio; forman parte del estilo oficial y fueron copiados palabra por palabra de formularios de cancillería.
Pertenece a la investigación de la autoría descubrir, en la medida de lo posible, las fuentes utilizadas por los autores de los documentos.
El problema que así se nos presenta guarda cierta semejanza con el de la restitución de textos de la que ya hemos hablado. En ambos casos partimos de la suposición de que unas lecturas idénticas tienen una fuente común:
- una serie de copistas diferentes, al transcribir un texto, no cometerán exactamente los mismos errores en exactamente los mismos lugares;
- una serie de escritores diferentes, al relatar los mismos hechos, no los habrán contemplado desde exactamente el mismo punto de vista, ni dirán las mismas cosas en exactamente el mismo lenguaje.
La gran complejidad de los acontecimientos históricos hace sumamente improbable que dos observadores independientes los narren de la misma manera. Nos esforzamos por agrupar los documentos en familias del mismo modo en que agrupamos los manuscritos. De igual forma, el resultado nos permite elaborar tablas genealógicas.
Los examinadores que corrigen las composiciones de los candidatos al título de bachillerato a veces notan que los ejercicios de dos candidatos que se sentaron el uno al lado del otro guardan un parecido de familia.
Si se empeñan en averiguar cuál es derivado del otro, no tienen dificultad en lograrlo, a pesar de las pequeñas astucias (ligeras modificaciones, ampliaciones, resúmenes, adiciones, supresiones, transposiciones) que el plagiario multiplica para despistar.
Los dos culpables se delatan suficientemente por sus errores comunes; el más culpable de los dos es descubierto por los tropiezos que habrá cometido, y especialmente por los errores en sus propios ejercicios que se deben a peculiaridades en los de su complaciente amigo.
De manera similar, cuando se trata de dos documentos antiguos: cuando el autor de uno ha copiado directamente del otro, la filiación es generalmente fácil de establecer; el plagiario, ya sea que abreviaturas o amplíe, casi siempre se delata tarde o temprano.
Cuando hay tres documentos en una familia, sus relaciones mutuas son a veces más difíciles de especificar. Sean A, B y C los documentos.
Supongamos que A es la fuente común: tal vez B y C la copiaron de forma independiente; tal vez C solo conoció A a través del medio de B, o B la conoció únicamente a través de C.
Si B y C han abreviado la fuente común de maneras distintas, es evidente que son independientes. Cuando B depende de C, o viceversa, nos encontramos ante el caso más sencillo, tratado en el párrafo anterior. Pero supongamos que el autor de C combinó A y B, mientras que B ya había utilizado A: la genealogía empieza a complicarse.
Es aún más complicada cuando hay cuatro, cinco o más documentos en una familia, pues el número de combinaciones posibles aumenta con gran rapidez. Sin embargo, si no se han perdido demasiados eslabones intermedios, la crítica logra desenredar las relaciones mediante aplicaciones persistentes e ingeniosas del método de las comparaciones repetidas.
Los estudiosos modernos (Krusch, por ejemplo, que se ha especializado en la hagiografía merovingia) han construido recientemente, mediante el uso de este método, genealogías precisas de la mayor solidez.
Los resultados de la investigación crítica de la autoría, aplicada a la filiación de documentos, son de dos tipos.
- En primer lugar, se reconstruyen los documentos perdidos. Supongamos que dos cronistas, B y C, han utilizado, cada uno a su manera, una fuente común X, que ahora ha desaparecido. Podemos hacernos una idea de X uniendo los fragmentos de esta que aparecen incrustados en B y C, del mismo modo que nos hacemos una idea de un manuscrito perdido comparando las copias parciales del mismo que se han conservado.
Por otra parte, la crítica destruye la autoridad de una multitud de documentos «auténticos» —es decir, documentos de cuya falsificación nadie sospecha— al demostrar que son derivativos, que valen lo que puedan valer sus fuentes y que, cuando embellecen dichas fuentes con detalles imaginarios y floritures retóricas, no valen absolutamente nada.
En Alemania e Inglaterra, los editores de documentos han introducido el excelente sistema de imprimir los pasajes tomados prestados en caracteres pequeños, y los pasajes originales cuya fuente se desconoce en caracteres más grandes.
Gracias a este sistema es posible ver de un vistazo que las crónicas célebres, que a menudo se citan (muy erróneamente), son meras compilaciones, sin valor en sí mismas: así, las Flores historiarum del autodenominado Mateo de Westminster, tal vez la más popular de las crónicas medievales inglesas, están tomadas casi en su totalidad de obras originales de Wendover y Mateo de París.
IV. La investigación crítica de la autoría salva a los historiadores de grandes errores. Sus resultados son llamativos.
Al eliminar documentos espurios, al detectar falsas atribuciones, al determinar las condiciones de producción de documentos que habían sido desfigurados por el tiempo, y al conectarlos con sus fuentes, ha prestado servicios de tal magnitud que hoy en día se considera que tiene un derecho especial al nombre de «crítica».
Es habitual decir de un historiador que «carece de crítica» cuando omite distinguir entre documentos, cuando nunca desconfía de las atribuciones tradicionales y cuando acepta, como si temiera perder una sola, todas las piezas de información, antiguas o modernas, buenas o malas, que le llegan, de cualquier procedencia.
Este punto de vista es perfectamente justo. No debemos, sin embargo, contentarnos con esta forma de crítica, y no debemos abusar de ella.
No debemos abusar de él. El extremo de la desconfianza, en estos asuntos, es casi tan nocivo como el extremo de la credulidad. El padre Hardouin, que atribuyó las obras de Virgilio y de Horacio a monjes medievales, fue tan ridículo como la víctima de Vrain-Lucas. Es un abuso de los métodos de esta especie de crítica aplicarlos, como se ha hecho, sin discernimiento, por el mero placer de hacerlo.
Los chapuceros que han utilizado esta especie de crítica para tildar de apócrifos documentos perfectamente genuinos, tales como los escritos de Hroswitha, el Ligurinus y la bula Unam Sanctam, o para establecer filiaciones imaginarias entre ciertos anales, sobre la base de indicios superficiales, habrían desacreditado la crítica antes de ahora si eso hubiera sido posible.
Es loable, ciertamente, reaccionar contra quienes nunca albergan dudas sobre la autoría de un documento; pero es llevar demasiado lejos la reacción interesarse exclusivamente por períodos de la historia que dependen de documentos de autoría incierta. La única razón por la cual los documentos de la historia moderna y contemporánea resultan menos interesantes que los de la antigüedad y la alta Edad Media, es que la coincidencia que casi siempre se da entre su autoría aparente y su autoría real no deja espacio para esos intrincados problemas de atribución en los que los virtuosi de la crítica están acostumbrados a desplegar su destreza.
Tampoco debemos conformarnos con él. La investigación crítica de la autoría, al igual que la crítica textual, es preparatoria, y sus resultados, negativos. Su fin último y su logro culminante es deshacerse de documentos que no son documentos y que nos habrían inducido a error; eso es todo.
"Nos enseña a no utilizar documentos malos; no nos enseña cómo sacar partido de los buenos".
No constituye la totalidad de la «crítica histórica»; es tan solo una piedra en el edificio.
# CAPÍTULO IV
CLASIFICACIÓN CRÍTICA DE FUENTES
Mediante las operaciones precedentes, los documentos —todos los documentos, supongamos— de una clase dada, o relativos a un tema dado, han sido encontrados. Sabemos dónde están; el texto de cada uno ha sido restaurado, si es necesario, y cada uno ha sido examinado críticamente respecto a su autoría. Sabemos de dónde provienen.
Resta combinar y clasificar los materiales así verificados. Esta es la última de las operaciones que pueden llamarse preparatorias para la labor de la crítica superior (o interna) y la construcción.
Quien estudia un punto de historia está obligado, ante todo, a clasificar sus fuentes.
Disponer de manera racional y conveniente los materiales verificados antes de hacer uso de ellos es una parte, en apariencia humilde, pero en realidad muy importante, de la profesión del historiador.
Quienes han aprendido a hacerlo poseen, por ese solo hecho, una ventaja marcada:
- se toman menos molestias y obtienen mejores resultados;
- los demás pierden su tiempo y su trabajo;
- a veces se ven sofocados bajo la masa desordenada de notas, extractos, copias y recortes que ellos mismos han acumulado.
¿Quién fue el que habló de esas personas atareadas que se pasan la vida levantando piedras de construcción sin saber dónde colocarlas, levantando al hacerlo nubes de polvo cegador?
I. Aquí, de nuevo, hemos de confesar que el primer impulso, el natural, no es el correcto. El primer impulso de la mayoría de los hombres que han de utilizar una serie de textos es tomar notas de ellos, uno tras otro, en el orden en que los estudian.
Muchos de los primeros eruditos (cuyos escritos poseemos) trabajaron con este sistema, y lo mismo hacen la mayoría de los principiantes a los que no se advierte de antemano; estos últimos conservan, como aquellos conservaron, cuadernos de notas, que llenan de manera continua y progresiva con apuntes sobre los textos que les interesan.
Este método es completamente erróneo. Los materiales recopilados deben clasificarse tarde o temprano; de lo contrario, sería necesario, cuando surgiera la ocasión, tratar por separado los materiales referentes a un punto determinado, leer de cabo a rabo toda la serie de cuadernos, y este laborioso proceso tendría que repetirse cada vez que se necesitara un nuevo detalle.
Si este método parece atractivo al principio, es porque aparenta ahorrar tiempo. Pero se trata de una falsa economía; el resultado final es un aumento enorme en la labor de búsqueda y una gran dificultad para combinar los materiales.
Otros, comprendiendo bien las ventajas de la clasificación sistemática, han propuesto acomodar sus materiales, a medida que los recolectan, en sus lugares apropiados dentro de un plan preestablecido.
Para este propósito utilizan cuadernos en los que cada página ha sido provista previamente de un encabezado. De este modo, todas las entradas del mismo tipo quedan juntas unas de otras.
Este sistema deja que desear; pues las adiciones no siempre encajan sin inconvenientes en su lugar propio; y el esquema de clasificación, una vez adoptado, es rígido y solo puede modificarse con dificultad. Muchos bibliotecarios solían redactar sus catálogos según este plan, que hoy en día está universalmente condenado.
Existe un método aún más bárbaro, que no merece más que una mención de pasada. Este consiste simplemente en registrar los documentos en la memoria sin tomar notas escritas. Este método ha sido utilizado. Historiadores dotados de una excelente memoria, y perezosos por añadidura, se han dado el capricho de hacerlo, con el resultado de que sus citas y referencias son en su mayoría inexactas. La memoria humana es un delicado aparato de registro, pero es tan poco un instrumento de precisión que semejante presunción es inexcusable.
Todo el mundo admite hoy en día que es aconsejable recoger materiales en fichas o papeles sueltos. Las notas de cada documento se consignan en una hoja suelta provista de las indicaciones de origen más precisas posibles.
Las ventajas de este artificio son obvias:
- la separabilidad de las fichas nos permite agruparlas a voluntad en una multitud de combinaciones diferentes;
- si es necesario, cambiar de sitio: es fácil reunir textos de la misma clase e incorporar adiciones, a medida que se adquieren, en el interior de los grupos a los que pertenecen.
En cuanto a los documentos que son interesantes desde varios puntos de vista, y que deben figurar en varios grupos, basta con consignarlos varias veces en fichas distintas; o pueden representarse, tantas veces como sea necesario, en fichas de referencia.
Por lo demás, el método de las fichas es el único mecánicamente posible para formar, clasificar y utilizar una colección de documentos de cierta extensión. Los estadísticos, los financieros y los hombres de letras que observan lo han descubierto ahora tanto como los eruditos.
El método de las fichas no está exento de inconvenientes. Cada ficha debe estar provista de referencias precisas de la fuente de la cual se ha derivado su contenido; por consiguiente, si un documento ha sido analizado en cincuenta fichas diferentes, las mismas referencias deben repetirse cincuenta veces.
De ahí un ligero aumento en la cantidad de escritura por realizar. Ciertamente es debido a esta complicación trivial que algunos se aferran obstinadamente al sistema inferior de libretas de notas.
Nuevamente, en virtud de su misma separabilidad, las fichas, u hojas sueltas, son propensas a perderse; y cuando se pierde una ficha, ¿cómo ha de reemplazarse? Para empezar, su desaparición no se advierte y, si así fuera, el único remedio consistiría en revisar de principio a fin todo el trabajo ya realizado.
Pero lo cierto es que la experiencia ha sugerido una variedad de precauciones muy sencillas, que no necesitamos explicar aquí en detalle, mediante las cuales los inconvenientes del sistema se reducen al mínimo.
Se recomienda usar fichas de tamaño uniforme y material resistente, y ordenarlas a la primera oportunidad en cubiertas, cajones o de otro modo. Cada uno es libre de adquirir sus propios hábitos en estos asuntos.
Pero es bueno comprender de antemano que estos hábitos, según sean más o más o menos racionales y prácticos, ejercen una influencia directa sobre los resultados de la labor científica.
Renan habla de «estos puntos de biblioteconomía privada que componen la mitad del trabajo científico». Esto no es una exageración. Un erudito deberá una buena parte de su merecida reputación a su método de recopilación, mientras que otro se verá, por decirlo así, paralizado por su torpeza en ese aspecto en particular.
Después de haber reunido los documentos, ya copiados in extenso o resumidos, en fichas u hojas sueltas, los clasificamos. ¿Según qué esquema? ¿En qué orden?
Evidentemente, los casos diferentes deben tratarse de distinta manera, y no sería razonable establecer fórmulas precisas que los gobiernen a todos. Sin embargo, podemos ofrecer algunas consideraciones generales.
II. Distinguimos entre el historiador que clasifica documentos verificados para los fines de la labor histórica, y el erudito que compila "Regesta". Por las palabras "Regesta" y "Corpus" entendemos colecciones de documentos históricos clasificadas metódicamente. En un "Corpus" los documentos se reproducen in extenso; en las "Regesta" son analizados y descritos.
El uso de estas compilaciones es ayudar a los investigadores a recopilar documentos. Los estudiosos se disponen a realizar, de una vez por todas, tareas de búsqueda y clasificación de las cuales, gracias a ellos, el público quedará en adelante libre.
Los documentos pueden agruparse según su fecha, según su lugar de origen, según su contenido, según su forma.
He aquí las cuatro categorías de tiempo, lugar, especie y forma; al superponerlas, por tanto, obtenemos divisiones de menor extensión. Podemos emprender, por ejemplo, la tarea de hacer un grupo con todos los documentos que tengan una forma dada, de un país dado y comprendidos entre dos fechas dadas (cartas reales francesas del reinado de Felipe Augusto); o con todos los documentos de una forma dada (inscripciones latinas); o de una especie dada (himnos latinos); de una época dada (la antigüedad, la Edad Media).
Podemos recordar, a título ilustrativo, la existencia de un Corpus Inscriptionum Græcarum, de un Corpus Inscriptionum Latinarum, de un Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum, los Regesta Imperii de J. F. Böhmer y sus continuadores, los Regesta Pontificum Romanorum de P. Jaffé y A. Potthast.
Sea cual fuere la división elegida, existen dos alternativas: o bien los documentos que han de colocarse en esta división tienen fecha o no la tienen.
Si están fechados, como ocurre, por ejemplo, con los diplomas expedidos por la cancillería de un príncipe, se habrá tenido cuidado de colocar a la cabeza de cada papeleta la fecha (expresada en cómputo moderno) del documento consignado en ella.
Nada es entonces más fácil que agrupar en orden cronológico todas las papeletas, es decir, todos los documentos que se han reunido. La regla es utilizar la clasificación cronológica siempre que sea posible.
Tan solo hay una dificultad, y esta es de orden práctico. Incluso en las circunstancias más favorables, algunos de los documentos habrán perdido accidentalmente sus fechas; estas fechas el compilador está obligado a restablecerlas, o al menos a intentar hacerlo; para ello es necesaria una investigación larga y paciente.
Si los documentos no están fechados, debe tomarse una decisión entre el orden alfabético, el geográfico y el sistemático. La historia del Corpus de inscripciones latinas da testimonio de la dificultad de esta elección.
"La ordenación según la fecha era imposible, dado que la mayoría de las inscripciones no están fechadas. Desde la época de Smetius era habitual dividirlas en clases, es decir, se establecía una distinción, basada únicamente en el contenido de la inscripción y sin tener en cuenta su lugar de origen, entre inscripciones religiosas, sepulcrales, militares y poéticas, aquellas que tienen carácter público y las que solo conciernen a personas privadas, y así sucesivamente. Boeckh, aunque había preferido la ordenación geográfica para su Corpus Inscriptionum Græcarum, era de la opinión de que la ordenación por materias, que se había empleado hasta entonces, era la única posible para un Corpus latino...".
[Aun aquellos que, en Francia, propusieron el ordenamiento geográfico] "quisieron hacer una excepción con los textos relativos a la historia general de un país, ciertamente, al menos, en el caso del Imperio; en 1845 Zumpt defendió un sistema ecléctico muy complicado de este tipo. En 1847 Mommsen aún rechazaba la disposición geográfica, excepto para las inscripciones municipales, y en 1852, al publicar las Inscripciones del Reino de Nápoles, no había cambiado por completo de opinión. Fue solo al ser encargado por la Academia de Berlín con la publicación del Corpus Inscriptionum Latinarum, que, vuelto prudente por la experiencia, rechazó incluso las excepciones propuestas por Egger en el caso de la historia general de una provincia, y creyó que era su deber mantenerse en el ordenamiento geográfico puro y simple".
Y sin embargo, dada la naturaleza de los documentos epigráficos, la disposición según su procedencia era la única racional. Esto se ha demostrado sobradamente durante más de cincuenta años; pero los coleccionistas de inscripciones no se pusieron de acuerdo sobre el tema hasta después de dos siglos de esfuerzos tentativos en distintas direcciones. Durante dos siglos se han hecho colecciones de inscripciones latinas sin percatarse de que «agrupar las inscripciones según sus temas es poco más o menos lo mismo que publicar una edición de Cicerón en la que sus discursos, tratados y cartas fuesen recortados y los fragmentos ordenados según su materia»; de que «los monumentos epigráficos pertenecientes al mismo territorio se explican mutuamente cuando se colocan unos junto a otros»; y, por último, de que «si bien es casi imposible ordenar por materias cien mil inscripciones casi todas las cuales pertenecen a varias categorías; por otra parte, cada monumento tiene un solo lugar, y un lugar muy definido, en el orden geográfico».
La ordenación alfabética es muy conveniente cuando las ordenaciones cronológica y geográfica no resultan adecuadas. Hay documentos, como los sermones, los himnos y las canciones profanas de la Edad Media, que no están datados ni localizados con precisión. Se disponen en el orden alfabético de su íncipit, es decir, las palabras con las que comienzan.
El orden sistemático, o disposición por materias, no es recomendable para la compilación de un Corpus o de unos regesta. Es siempre arbitrario y conduce a inevitables repeticiones y confusiones.
Además, dadas colecciones dispuestas en orden cronológico, geográfico o alfabético, no se necesita nada más que la adición de una buena tabla de contenido para hacerlas útiles para todos los fines a los que serviría una disposición sistemática.
Una de las reglas principales del arte de la confección de Corpus y regesta, ese gran arte que ha alcanzado tanta perfección en la segunda mitad del siglo XIX, es dotar a estas colecciones, cualquiera que sea la agrupación adoptada, de una variedad de tablas e índices de un tipo que facilite su uso:
- tablas de incipit en los regesta cronológicos que se presten a tal tratamiento,
- índices de nombres y fechas en los regesta dispuestos por orden de incipit, y así sucesivamente.
Los creadores de corpora y regesta recopilan y clasifican para el uso de otros documentos en los que, al menos en todos los cuales, no tienen un interés directo, y se abisman en esta labor. Los investigadores ordinarios, por otra parte, solo recopilan y clasifican materiales útiles para sus estudios individuales.
De ahí que surjan ciertas diferencias. Por ejemplo, la ordenación por materias, según un sistema predeterminado, que tan poco se recomienda para las grandes colecciones, a menudo proporciona a quienes redactan monografías por cuenta propia un esquema de clasificación preferible a cualquier otro.
Pero siempre será bueno cultivar los hábitos mecánicos cuyo valor han aprendido los compiladores profesionales por experiencia:
- escribir al encabezamiento de cada ficha su fecha, si hay ocasión para ello, y un título en cualquier caso;
- multiplicar las referencias cruzadas y los índices;
- llevar un registro, en un juego separado de fichas, de todas las fuentes utilizadas, con el fin de evitar el peligro de tener que trabajar por segunda vez en materiales ya abordados.
La observancia regular de estas máximas contribuye en gran medida a hacer que el trabajo histórico científico sea más fácil y sólido. La posesión de una colección de fichas bien organizada, aunque incompleta, ha permitido al Sr. B. Hauréau exhibir hasta el final de su vida un dominio innegable sobre la clase muy especial de problemas históricos que estudió.
# CAPÍTULO V
CRÍTICA ACADÉMICA Y ACADÉMICOS
La suma de las operaciones descritas en los capítulos precedentes (restauración de textos, investigación de la autoría, recopilación y clasificación de documentos verificados) constituye el vasto dominio de la crítica externa, o erudición crítica.
El gran público, con sus normas vulgares y superficiales, no siente más que desdén por la totalidad de la erudición crítica. Algunos de sus devotos, por otra parte, se inclinan a ensalzarla desmedidamente. Pero hay un justo medio entre estos extremos de sobrevaloración y desprecio.
La burda opinión de quienes compadecen y desdeñan el meticuloso análisis de la crítica externa apenas merece refutación. Solo hay un argumento en favor de la legitimidad y el carácter honorable de las oscuras labores de la erudición, pero es un argumento decisivo: descansa en su indispensabilidad. Sin erudición, no hay historia. "Non sunt contemnenda quasi parva," dice San Jerónimo, "sine quibus magna constare non possunt."
Por otra parte, los eruditos por profesión, en su celo por justificar el orgullo que sienten por su labor, no se conforman con afirmar su necesidad; se dejan arrastrar hasta exagerar su mérito e importancia.
Se ha dicho que los seguros métodos de la crítica externa han elevado la historia a la dignidad de ciencia, «de una ciencia exacta»; que las investigaciones críticas sobre la autoría «nos permiten, mejor que cualquier otro estudio, obtener una profunda comprensión de las épocas pasadas»; que el hábito de criticar los textos afina o incluso confiere el «sentido histórico».
Se ha dado por sentado tácitamente que la crítica externa es el todo de la crítica histórica, y que, más allá de la depuración, enmienda y clasificación de los documentos, no queda nada por hacer.
Esta ilusión, bastante común entre los especialistas, es demasiado burda como para necesitar una refutación expresa; el hecho es que es la crítica psicológica, la cual se ocupa de la interpretación y examina la buena fe y la precisión de los autores, la que, mejor que cualquier otro estudio, nos ha permitido obtener una profunda penetración en las épocas pasadas, y no la crítica externa.
Un historiador que tuviera la fortuna de encontrar todos los documentos relativos a sus estudios ya editados correctamente, clasificados y examinados críticamente en cuanto a su autoría, estaría en una posición igual de buena para utilizarlos en la escritura de la historia que si hubiera realizado él mismo todas las operaciones preliminares. Es perfectamente posible, digan lo que dijeren, poseer el sentido histórico en plena medida sin haber tenido nunca, tanto literal como figuradamente, que limpiar el polvo de los documentos originales —es decir, sin haberlos descubierto y restaurado por uno mismo—.
No necesitamos interpretar en sentido judío o etimológico la máxima de Renan: "No creo que nadie pueda adquirir una noción clara de la historia, de sus límites y del grado de confianza que merecen las diferentes categorías de la investigación histórica, a menos que esté habituado a manejar documentos originales".
Esto ha de entenderse simplemente como una referencia al hábito de acudir directamente a las fuentes y de abordar problemas concretos.
Sin duda llegará un día en que todos los documentos relativos a la historia de la antigüedad clásica habrán sido editados y tratados críticamente. Ya no habrá entonces lugar, en este campo de estudio, para la crítica textual o la investigación de fuentes; pero, a pesar de todo ello, las condiciones para el tratamiento de la historia antigua general, o de partes especiales de la misma, serán entonces eminentemente favorables.
La crítica externa, como nunca nos cansaremos de repetir, es enteramente preparatoria; es un medio, no un fin; el estado ideal de las cosas sería que ya se hubiera practicado lo suficiente como para poder prescindir de ella en el futuro; es solo una necesidad temporal.
Teóricamente, no solo es innecesario que quienes desean realizar síntesis históricas hagan por sí mismos el trabajo preparatorio sobre los materiales que utilizan, sino que tenemos derecho a preguntarnos, como se ha hecho a menudo, si hay alguna ventaja en que lo hagan.
¿No sería preferible que los trabajadores en el campo de la historia se especializaran?
- A una de las clases —los especialistas— recaerían las absorbentes tareas de la crítica externa o erudita;
- los otros, liberados del peso de estas tareas, tendrían mayor libertad para dedicarse a la labor de la crítica superior, de la combinación y de la construcción.
Tal era la opinión de Mark Pattison, quien afirmó que la historia no puede escribirse a partir de manuscritos, lo cual equivale a decir: «Es imposible que un hombre escriba historia a partir de documentos que se ve obligado a poner por sí mismo en condiciones de ser utilizados».
Antiguamente, las profesiones de «erudito crítico» e «historiador» se distinguían, de hecho, claramente.
Los «historiadores» cultivaban la especie literaria, vacía y pomposa, que entonces se conocía como «historia», sin considerarse obligados a mantenerse en contacto con la obra de los eruditos.
Estos últimos, por su parte, determinaban mediante sus investigaciones críticas las condiciones bajo las que debe escribirse la historia, pero no se tomaban la molestia de escribirla ellos mismos. Contentos con recopilar, enmendar y clasificar documentos históricos, no mostraban ningún interés por la historia y comprendían el pasado ni mejor ni peor que la masa de sus contemporáneos.
Los eruditos actuaban como si la erudición fuera un fin en sí misma, y los historiadores como si hubieran sido capaces de reconstruir realidades desaparecidas por la mera fuerza de la reflexión y el ingenio aplicados a los documentos inferiores, que eran de dominio público.
Un divorcio tan completo entre la erudición y la historia parece hoy casi inexplicable y fue, en verdad, bastante pernicioso.
No necesitamos decir que los actuales defensores de la división del trabajo en la historia no tienen nada semejante en mente. Es indudablemente necesario que existan estrechas relaciones entre el mundo de los historiadores y el de los eruditos críticos, ya que el trabajo de estos últimos no tiene razón de ser más allá de su utilidad para los primeros.
Todo lo que se quiere decir es que ciertas operaciones analíticas y todas las sintéticas no se realizan necesariamente mejor cuando las lleva a cabo la misma persona; que, aunque los caracteres de historiador y de erudito puedan combinarse, no hay nada ilegítimo en su separación; y que tal vez esta separación sea deseable en teoría, así como, en la práctica, a menudo es una necesidad.
En la práctica, lo que ocurre es lo siguiente. Cualquiera que sea la parte de la historia que un hombre se proponga estudiar, solo hay tres casos posibles.
- En el primero, las fuentes ya han sido enmendadas y clasificadas;
- en el segundo, el trabajo preliminar sobre las fuentes, que solo se ha realizado parcialmente o no se ha hecho en absoluto, no presenta gran dificultad;
- en el tercero, las fuentes se encuentran en muy mal estado y exigen una gran labor para poder utilizarlas.
Podemos observar, de paso, que naturalmente no existe proporción entre la importancia intrínseca del tema y la cantidad de trabajo preliminar que debe realizarse antes de poder abordarlo: hay algunos temas del más alto interés, por ejemplo, la historia del origen y el primer desarrollo del cristianismo, que no pudieron ser acometidos debidamente hasta después de completadas las investigaciones que ocuparon a varias generaciones de estudiosos; pero la crítica material de las fuentes de la historia de la Revolución francesa, otro tema de primera magnitud, dio mucho menos trabajo; y existen problemas comparativamente poco importantes de la historia medieval que no se resolverán hasta después de llevar a cabo una inmensa cantidad de crítica externa.
En los dos primeros casos, la conveniencia de una división del trabajo no entra en cuestión. Pero tomemos el tercer caso. Un hombre capaz descubre que los documentos necesarios para el tratamiento de un punto de la historia se encuentran en muy mal estado; están dispersos, corruptos y no son dignos de confianza.
Debe elegir: o bien abandona el tema, al no tener inclinación por las operaciones mecánicas que sabe que son necesarias, pero que, según prevé, absorberían toda su energía; o bien se decide a emprender el trabajo crítico preparatorio, sin ocultarse que, con toda probabilidad, nunca tendrá tiempo de utilizar los materiales que ha verificado y que, por lo tanto, estará trabajando para quienes vendrán después de él.
Si adopta la segunda alternativa, se convierte en un erudito crítico de profesión, por decirlo así, a pesar de sí mismo.
A priori, es verdad, no hay nada que impida a quienes hacen grandes colecciones de textos y publican ediciones críticas utilizar sus propias compilaciones y ediciones para la redacción de la historia; y vemos, en efecto, que varios hombres se han dividido entre las tareas preparatorias de la crítica externa y las más exaltadas labores de la construcción histórica: basta mencionar los nombres de Waitz, Mommsen y Hauréau. Pero esta combinación es muy rara, por varias razones.
La primera es la brevedad de la vida; hay catálogos, ediciones, regesta a gran escala, cuya construcción conlleva tanto trabajo mecánico que agota las fuerzas del más entusiasta de los estudiosos.
La segunda es el hecho de que, para muchas personas, las tareas de la erudición crítica no carecen de encanto; casi todos encuentran en ellas una singular satisfacción a la larga; y algunos se han limitado a estas tareas cuando, rigurosamente hablando, habrían podido aspirar a cosas más elevadas.
¿Es algo bueno en sí mismo que algunos trabajadores se confinen, voluntariamente o no, a las investigaciones de la erudición crítica? Sí, sin duda alguna.
En el estudio de la historia, los resultados de la división del trabajo son los mismos que en las artes industriales, y altamente satisfactorios: una producción más abundante, más exitosa y mejor regulada.
Los críticos que desde hace tiempo están habituados a la restauración de textos los restauran con una destreza y seguridad incomparables; aquellos que se dedican exclusivamente a las investigaciones de autoría y fuentes tienen intuiciones que no se les ocurrirían a otros menos versados en esta rama difícil y altamente especializada; aquellos que se han pasado la vida en la construcción de catálogos y la compilación de regesta los construyen y compilan con mayor facilidad, rapidez y calidad que el hombre de la calle.
Así pues, no solo no existe ninguna razón especial para exigir que todo «historiador» sea al mismo tiempo un trabajador activo en el campo de la erudición crítica, sino que incluso aquellos eruditos que se dedican a las operaciones de la crítica externa pertenecen a categorías diferentes.
Del mismo modo, en un taller de cantería no tiene sentido que el arquitecto sea al mismo tiempo un obrero, ni todos los obreros tienen las mismas funciones.
Aunque la mayoría de los eruditos críticos no se han especializado rigurosamente hasta ahora, y aunque varían sus placeres ejecutando voluntariamente diferentes clases de trabajo crítico, sería fácil nombrar a algunos que son especialistas en catálogos descriptivos e índices (archiveros, bibliotecarios y afines), a otros que son más particularmente "críticos" (purificadores, restauradores y editores de textos) y a otros que son por antonomasia compiladores de regesta.
"En el momento en que se admite que la erudición solo es valiosa por sus resultados, resulta imposible llevar demasiado lejos la división del trabajo científico"; y el progreso de las ciencias históricas corresponde a la especialización cada vez más estrecha de los trabajadores.
No hace mucho tiempo era posible que un mismo hombre se dedicara sucesivamente a todas las operaciones de la investigación histórica, pero eso era porque apelaba a un público poco exigente: hoy en día exigimos a quienes critican los documentos una precisión minuciosa y una perfección absoluta que presuponen una auténtica destreza profesional.
Las ciencias históricas han llegado a una etapa de su evolución en la que se han trazado las líneas principales, se han hecho los grandes descubrimientos y ya no queda sino un tratamiento más preciso de los detalles. Sentimos instintivamente que cualquier nuevo avance debe lograrse a fuerza de investigaciones de tal magnitud, y análisis de tal profundidad, como solo los especialistas son capaces de realizar.
Pero la mejor justificación de la división de los trabajadores en «eruditos» e «historiadores» (y de la distribución de los primeros entre las diversas ramas de la crítica externa) se encuentra en el hecho de que distintas personas poseen una vocación natural para distintas tareas.
Una de las principales justificaciones de la institución de la enseñanza histórica superior es, en nuestra opinión, la oportunidad que se ofrece a los profesores (presumiblemente hombres de experiencia) de discernir en los estudiantes, en el curso de su carrera universitaria, ya sea el germen de una vocación para la erudición crítica, o bien una ineptitud fundamental para el trabajo crítico, según sea el caso. Criticus non fit, sed nascitur.
Para aquel que no está dotado por la naturaleza de ciertas aptitudes, una carrera de erudición técnica no le depara más que desengaños: el mayor servicio que puede prestarse a los jóvenes que dudan en adoptar o no tal carrera es advertirles de este hecho.
Aquellos que hasta ahora se han dedicado a las tareas preparatorias de la crítica las han elegido preferentemente a otras porque tenían afición por ellas, o bien se han sometido a las mismas sabiendo que eran necesarias; los que se embarcaron en ellas por propia voluntad tienen menos mérito, desde el punto de vista ético, que aquellos que se sometieron a ellas, pero, a pesar de todo, la mayoría de las veces han obtenido mejores resultados, porque han trabajado, no por obligación, sino con alegría y de todo corazón. Es importante que cada uno comprenda la situación y, en interés propio y general, abrace el trabajo especial que mejor le convenga.
Proponemos ahora examinar las aptitudes naturales que capacitan, y los defectos verdaderamente prohibitivos que incapacitan, para las labores de la crítica externa.
Dedicaremos, pues, unas pocas palabras a los efectos producidos en el carácter por el hábito profesional en las labores de la erudición crítica.
La condición principal del éxito en estas labores es que gusten. Aquellos que poseen dones excepcionales como poetas o pensadores —esto es, los dotados de poder creador— tienen mucha dificultad para adaptarse al trabajo tedioso y técnico de la crítica preparatoria: están muy lejos de desdeñarlo; por el contrario, lo honran, si son perspicaces; pero se retraen de dedicarse a él por miedo, como suele decirse, a usar una navaja para cortar piedras.
«No tengo ninguna intención», escribió Leibniz a Basnage, que lo había instigado a compilar un inmenso Corpus de documentos inéditos e impresos relativos a la historia del derecho de gentes; «no tengo ninguna intención de convertirme en copista... ¿No se le ocurre que el consejo que me da se parece al de un hombre que quisiera casar a su amigo con una arpía? Pues comprometer a un hombre en una obra para toda la vida es más o menos lo mismo que buscarle una esposa».
Y Renan, hablando de esos inmensos trabajos preliminares «que han hecho posibles las investigaciones de la alta crítica» y los intentos de construcción histórica, dice:
«El hombre que, con necesidades intelectuales más vivas [que las de los hombres que realizaron estos trabajos], realizara hoy semejante acto de abnegación, sería un héroe...»
Aunque Renan dirigió la publicación del Corpus Inscriptionum Semiticarum, y Leibnitz fue el editor de los Scriptores rerum Brunsvicensium, ni Leibnitz, ni Renan, ni sus pares han tenido, por fortuna, el heroísmo de sacrificar sus facultades superiores a la erudición puramente crítica.
Fuera de la clase de los hombres superiores (y de la infinitamente más numerosa clase de los que erróneamente se creen tales), casi todos, como ya hemos dicho, encuentran a la larga una especie de satisfacción en las minucias de la crítica preparatoria. La razón es que la práctica de esta crítica apela a dos gustos muy extendidos y los desarrolla: el gusto por coleccionar y el gusto por los rompecabezas.
El placer de coleccionar es uno que no sienten solo los niños, sino también los adultos, sin importar si la colección es de variantes de lectura o de sellos postales.
El descifrado de jeroglíficos, la solución de pequeños problemas de alcance estrictamente delimitado, son ocupaciones que atraen a muchas mentes capaces.
Cada hallazgo aporta placer, y en el campo de la erudición hay innumerables hallazgos —algunos expuestos y evidentes, otros protegidos por barreras casi impenetrables— para recompensar tanto a quienes se deleitan en superar dificultades como a quienes no.
Todos los eruditos de cierta distinción han poseído en grado eminente los instintos del coleccionista y del descifrador de acertijos, y algunos de ellos han sido muy conscientes de ello.
«Cuantas más dificultades encontrábamos en nuestro camino elegido —dice M. Hauréau—, más nos complacía la empresa. Esta especie de labor, que se llama bibliografía [investigaciones sobre la autoría, principalmente desde el punto de vista de la seudepigrafía], no podía aspirar al homenaje del público, pero tiene un gran atractivo para quienes se dedican a ella. Sí, es sin duda un estudio humilde, pero ¿cuántos otros hay que compensen tan a menudo el esfuerzo que causan brindándonos la oportunidad de exclamar ¡Eureka!»
Julien Havet, cuando ya era «conocido por los hombres sabios de Europa», solía divertirse «con pasatiempos aparentemente frívolos, como adivinar cuadrados mágicos o descifrar criptogramas».
¡Instintos profundos y, a pesar de todas las perversiones infantiles o ridículas que puedan manifestar en ciertos individuos, de la más alta utilidad! Después de todo, estas son formas, las formas más rudimentarias, del espíritu científico. Quienes carecen de ellas no tienen cabida en el mundo de la erudición crítica.
Pero aquellos que aspiran a ser eruditos críticos siempre serán numerosos; pues las labores de interpretación, construcción y exposición requieren los dones más raros: todos aquellos a quienes el azar ha arrojado al estudio de la historia, que desean realizar una labor útil en ese departamento, pero carecen de tacto psicológico o encuentran la composición molesta, siempre se dejarán fascinar por los placeres sencillos y tranquilos de las tareas preliminares.
Pero para triunfar en las labores críticas no basta con que gusten. Es necesario poseer aptitudes «para las cuales el celo no es sustituto».
¿Qué aptitudes? Quienes se han hecho esta pregunta han respondido vagamente: «Aptitudes de orden moral más que intelectual, paciencia, honestidad intelectual...».
¿No es posible ser más preciso?
Hay jóvenes estudiantes sin repugnancia a priori hacia las labores de la crítica externa, que tal vez incluso estén dispuestos a que les gusten, y que sin embargo son —la experiencia lo ha demostrado— totalmente incapaces de realizarlas.
No habría nada desconcertante en esto si dichas personas fueran intelectualmente débiles; esta incapacidad no sería entonces sino una manifestación de su debilidad general; ni tampoco si no hubieran pasado por ningún aprendizaje técnico. Pero nos ocupamos de hombres instruidos e inteligentes, a veces de una capacidad excepcional, que no padecen las desventajas antedichas.
Esta es la gente de la que oímos: «Trabaja mal, tiene el genio de la inexactitud».
Sus catálogos, sus ediciones, sus regesta, sus monografías pululan de imperfecciones y nunca inspiran confianza; por mucho que lo intenten, jamás alcanzan, no digo una precisión absoluta, sino un grado de precisión decente.
Son propensos a la «inexactitud crónica», una enfermedad de la que el historiador inglés Froude es un caso típico y célebre.
Froude era un escritor talentoso, pero destinado a no avanzar jamás ninguna afirmación que no estuviera desfigurada por el error; se ha dicho de él que era constitucionalmente inexacto.
Por ejemplo, había visitado la ciudad de Adelaida en Australia:
«Vimos», dice, «bajo nosotros, en una cuenca con un río que la serpenteaba, una ciudad de 150.000 habitantes, ninguno de los cuales ha conocido jamás ni conocerá un solo momento de ansiedad en cuanto a la regularidad recurrente de sus tres comidas al día».
Así Froude, ahora los hechos:
- Adelaida está construida sobre una eminencia;
- ningún río la atraviesa;
- cuando Froude la visitó, la población no superaba los 75.000 habitantes, y por entonces sufría una hambruna.
Y más de la misma calaña.
Froude era perfectamente consciente de la utilidad de la crítica, y fue incluso uno de los primeros en Inglaterra en basar el estudio de la historia en el de los documentos originales, tanto inéditos como publicados; pero su conformación mental lo hacía totalmente inapto para la enmienda de textos; de hecho, los masacraba, sin intención, cada vez que los tocaba.
Así como el daltonismo (una afección de los órganos de la vista que impide a un hombre distinguir correctamente entre las señales rojas y verdes) incapacita para el empleo en un ferrocarril, la inexactitud crónica, o «enfermedad de Froude» (una dolencia no muy difícil de diagnosticar), debería considerarse incompatible con el ejercicio profesional de la erudición crítica.
La enfermedad de Froude no parece haber sido estudiada jamás por los psicólogos, ni debe considerarse, en verdad, como una entidad patológica separada.
Todo el mundo comete errores «por descuido», «por inadvertencia» y de muchas otras maneras. Lo anormal es cometer muchos errores, cometerlos siempre, a pesar de los esfuerzos más perseverantes por ser exactos.
Probablemente este fenómeno esté relacionado con la debilidad de la atención y la actividad excesiva de la imaginación involuntaria (o subconsciente), que la voluntad del paciente, carente de fuerza y estabilidad, es incapaz de controlar lo suficiente. La imaginación involuntaria se entromete en las operaciones intelectuales solo para viciarlas; su papel es colmar los vacíos de la memoria con conjeturas, magnificar y atenuar las realidades, y confundirlas con los productos de la pura invención.
La mayoría de los niños lo distorsionan todo mediante una inexactitud de este tipo, y solo tras una dura batalla logran alcanzar una escrupulosa precisión; es decir, aprenden a dominar su imaginación. Muchos hombres siguen siendo niños, en este aspecto, durante toda su vida.
Pero, sean cuales fueren las causas psicológicas de la enfermedad de Froude, otro punto reclama nuestra atención. El hombre de mente más sensata y mejor equilibrada es propenso a echar a perder los tipos más simples de trabajo crítico si no les concede el tiempo necesario. En estos asuntos la precipitación es la fuente de innumerables errores. Con razón se dice que la paciencia es la virtud cardinal del estudioso.
No trabajar con demasiada prisa, actuar como si siempre hubiera algo que ganar esperando, dejar el trabajo sin terminar antes que estropearlo: estas son máximas muy fáciles de pronunciar, pero imposibles de seguir en la práctica salvo para las personas de temperamento calmoso.
Hay personas nerviosas y excitables que siempre tienen prisa por llegar al final, que buscan siempre la variedad en sus ocupaciones y están siempre ansiosas por deslumbrar y asombrar: estas quizá encuentren un empleo honorable en otras carreras; pero si abrazan la erudición, están condenadas a acumular una masa de trabajo provisional, que probablemente hará más mal que bien y que a la larga les causará, sin duda, más de un disgusto.
El verdadero erudito es frío, reservado, circunspecto. En medio del tumulto de la vida, que fluye a su lado como un torrente, nunca tiene prisa. ¿Por qué habría de tener prisa? Lo importante es que la obra que realiza sea sólida, definitiva, imperdible.
Más vale «pasar semanas puliendo una obra maestra de veinte páginas» para convencer a dos o tres de entre los eruditos de Europa de que un documento determinado es falso, o tardar diez años en construir el mejor texto posible de un documento corrupto, que dar a la imprenta en el mismo intervalo volúmenes de anecdota moderadamente exactas que los futuros eruditos tendrán que pasar algún día por el molino de nuevo de principio a fin.
Sea cual fuere la rama especial de la erudición crítica que un hombre elija, debe estar dotado de prudencia, de una atención y una voluntad excepcionalmente poderosas y, además, de combinar una inclinación mental especulativa con una total desinterés y escasa inclinación por la acción; pues debe resignarse a trabajar para obtener resultados lejanos e inciertos y, en casi todos los casos, en beneficio de los demás.
Para la crítica textual y la investigación de fuentes es, además, muy útil poseer el instinto de resolver rompecabezas; es decir, una mente ágil e ingeniosa, fértil en hipótesis, rápida para captar e incluso para adivinar las relaciones de las cosas.
Para las tareas de descripción y compilación (la preparación de inventarios y catálogos, la elaboración de corpus y regesta) es absolutamente necesario poseer el instinto de coleccionista, junto con un apetito excepcional por el trabajo y las cualidades de orden, laboriosidad y perseverancia.
Estas son las aptitudes requeridas. Las labores de la crítica externa son tan ingratas para quienes carecen de estas aptitudes, y los resultados obtenidos son, en su caso, tan escasos en comparación con el tiempo invertido, que a un hombre nunca le le resultará demasiado seguro cerciorarse de su vocación antes de emprender una carrera de erudición crítica.
Es penoso ver a aquellos que, por falta de una palabra prudente dicha a su debido tiempo, pierden el rumbo y se desgastan en vano en semejante carrera, especialmente cuando tienen sobradas razones para creer que habrían podido emplear sus talentos con mayor provecho en otros rumbos.
II. Como las tareas críticas y preparatorias se adaptan notablemente bien al temperamento de un número muy grande de alemanes, y como la actividad de la erudición alemana durante el presente siglo ha sido enorme, es a Alemania a donde debemos acudir para encontrar los mejores casos de esas deformaciones mentales que son producidas, a la larga, por la práctica habitual de la crítica externa. Apenas pasa un año sin que se oigan quejas, dentro y en torno a las universidades alemanas, sobre los malos efectos que las tareas de la crítica producen en los estudiosos.
En 1890, el señor Philippi, en calidad de rector de la Universidad de Giessen, deploró enérgicamente el abismo que, según dijo, se está abriendo entre la crítica preparatoria y la cultura general:
- la crítica textual se pierde en minucias insignificantes;
- los eruditos colacionan por el mero placer de colacionar;
- se emplean infinitas precauciones en la restauración de documentos sin valor;
es así evidente que «se concede más importancia a los materiales de estudio que a sus resultados intelectuales».
El Rector de Giessen ve en el estilo difuso de los eruditos alemanes y en la amargura de sus escritos polémicos un efecto del hábito que han contraído de «preocupación excesiva por las pequeñeces».
En el mismo año, la misma nota fue resonada, en la Universidad de Basilea, por el señor J. v. Pflugk-Harttung.
«Las ramas más altas de la ciencia histórica son despreciadas —dice este autor en sus Geschichtsbetrachtungen—: todo lo que se valora son las observaciones microscópicas y la absoluta precisión en detalles sin importancia. La crítica de textos y fuentes se ha convertido en una especie de deporte: la menor infracción de las reglas del juego se considera imperdonable, mientras que la conformidad con ellas basta para asegurar la aprobación de los connoisseurs, con independencia del valor intrínseco de los resultados obtenidos. Los eruditos son por lo general malévolos y descorteses entre sí; hacen de una mosca un elefante; su vanidad es tan cómica como la del ciudadano de Fráncfort que solía observar con complacencia: "Todo lo que se ve a través de aquel arco es territorio de Fráncfort"».
Nosotros, por nuestra parte, nos inclinamos a establecer una distinción entre tres riesgos profesionales a los que están expuestos los eruditos:
- el diletantismo,
- la hipercrítica, y
- la pérdida de la capacidad de trabajar.
Para empezar por lo último: el hábito del análisis crítico ejerce una acción relajante y paralizante sobre ciertas inteligencias.
Los hombres de temperamento naturalmente tímido descubren que, por mucho empeño que pongan en su labor crítica, en la edición o clasificación de documentos, son muy dados a cometer pequeños errores, y estos pequeños errores, como resultado de su educación crítica, los llenan de horror y pavor.
Descubrir faltas en su obra firmada cuando ya ha pasado el momento de corregirlas les causa un sufrimiento agudo. Llegan por fin a un estado de ansiedad enfermiza y escrupulosidad que les impide hacer absolutamente nada por miedo a posibles imperfecciones.
El examen rigorosum al que se someten continuamente los detiene por completo. Miden con la misma vara las producciones ajenas y, al final, en las obras históricas no ven más que las fuentes y las notas, el apparatus criticus, y en el apparatus criticus no ven más que los defectos susceptibles de corrección.
Hipercrítica.—El exceso de crítica, exactamente igual que la más burda ignorancia, conduce al error. Consiste en la aplicación de cánones críticos a casos fuera de su jurisdicción. Es a la crítica lo que la disquisición bizantina es a la lógica. Hay personas que olfatean enigmas en todas partes, incluso donde no los hay. Toman textos perfectamente claros y los sutilizan hasta volverlos dudosos, bajo el pretexto de librarlos de corrupciones imaginarias. Descubren indicios de falsificación en documentos auténticos. ¡Un extraño estado mental! Al precaverse constantemente contra el instinto de credulidad, acaban por sospechar de todo.
Hay que señalar que, a medida que la crítica de textos y fuentes avanza positivamente, el peligro de la hipercrítica aumenta. Cuando todas las fuentes de la historia hayan sido debidamente criticadas (para ciertas partes de la historia antigua esto no es un horizonte lejano), el buen sentido ordenará detenerse. Pero los eruditos se negarán a detenerse; refinarán, como ya lo hacen sobre los textos mejor establecidos, y quienes refinan caerán inevitablemente en la hipercrítica.
«La peculiaridad del estudio de la historia y de sus ciencias filológicas auxiliares», dice Renan, «es que, tan pronto como han alcanzado su perfección relativa, empiezan a destruirse a sí mismas».
La hipercrítica es la causa de esto.
Diletantismo.—Los eruditos por profesión y vocación tienen la tendencia a tratar la crítica externa de los documentos como un juego de habilidad, difícil, pero que suscita interés, muy al modo del ajedrez, por la complejidad misma de sus reglas.
A algunos de ellos les son indiferentes las grandes cuestiones; de hecho, la historia misma. Critican por el placer de criticar y, a su juicio, la elegancia del método de investigación es mucho más importante que los resultados, cualesquiera que estos sean.
A estos virtuosi no les preocupa vincular sus labores a alguna idea general —criticar sistemáticamente, por ejemplo, todos los documentos relativos a una cuestión para poder comprenderla—; critican sin discriminación textos referentes a toda clase de temas, con la única condición de que estén suficientemente corrompidos.
Armados con su destreza crítica, recorren todo el dominio de la historia y se detienen allí donde un intrincado problema reclama sus servicios; una vez resuelto, o al menos debatido este problema, marchan a otra parte en busca de otros. No dejan tras de sí ninguna obra coherente, sino una colección heterogénea de memorias sobre cualquier tema imaginable que se asemeja, como dice Carlyle, a una tienda de curiosidades o a un archipiélago de pequeñas islas.
Los diletantes defienden su diletantismo con argumentos suficientemente plausibles. Para empezar, dicen, todo es importante; en la historia no hay documento que no tenga su valor:
«Ninguna obra científica es estéril, ninguna verdad carece de utilidad para la ciencia...; en la historia no existe tal cosa como un tema trivial»;
en consecuencia, «no es la naturaleza del tema lo que hace que un trabajo sea valioso, sino el método empleado».
Lo importante en la historia no son «las ideas que uno acumula; es la gimnasia mental, el entrenamiento intelectual; en una palabra, el espíritu científico».
Aun suponiendo que existan grados de importancia entre los datos de la historia, nadie tiene derecho a sostener a priori que un documento es «inútil».
¿Cuál es, por favor, el criterio de utilidad en estas cuestiones? ¿Cuántos documentos no hay que, tras haber sido despreciados durante mucho tiempo, han sido colocados de repente en primer plano por un cambio de perspectiva o por nuevos descubrimientos?
«Toda exclusión es temeraria; no hay investigación que sea posible calificar de antemano como necesariamente estéril. Lo que no tiene valor en sí mismo puede volverse valioso como un medio necesario».
Tal vez llegue un día en que, estando la ciencia en cierto modo completa, los documentos y hechos indiferentes puedan descartarse sin riesgo; pero en el presente no nos hallamos en situación de distinguir lo superfluo de lo necesario, y con toda probabilidad la línea de demarcación nunca será fácil de trazar. Esto justifica las investigaciones más especiales y las más fútiles en apariencia. Y, en el peor de los casos, ¿qué importa que haya una cierta cantidad de trabajo desperdiciado?
"Es una ley en la ciencia, como en todo esfuerzo humano" y, ciertamente, en todas las operaciones de la naturaleza, "trabajar a grandes rasgos, con un amplio margen de lo superfluo".
No nos proponemos refutar estos argumentos en toda la medida en que esto es posible. Además, Renan, que ha expuesto los argumentos de ambos lados de la cuestión con igual vigor, dio por zanjado definitivamente el debate con las siguientes palabras:
«Puede decirse que algunas investigaciones son inútiles en el sentido de que consumen un tiempo que se habría empleado mejor en cuestiones más serias... Aunque no es necesario que un artesano tenga un conocimiento completo de la obra que se le encarga ejecutar, no deja de ser deseable que aquellos que se dedican a labores especiales tengan alguna noción de las consideraciones más generales que son las únicas que dan valor a sus investigaciones. Si todos los esforzados trabajadores a los que la ciencia moderna debe su progreso hubiesen tenido una comprensión filosófica de lo que hacían, ¡cuánto tiempo precioso se habría ahorrado!... Es de lamentar profundamente que se produzca un derroche tan inmenso de esfuerzo humano, meramente por falta de orientación y de una clara conciencia del fin que debe perseguirse».
El diletantismo es incompatible con cierta elevación de espíritu y con cierto grado de «perfección moral», pero no con la pericia técnica.
Algunos de los críticos más consagrados simplemente comercian con su destreza y jamás han reflexionado sobre los fines para los cuales su arte es un medio.
Sería erróneo, sin embargo, inferir que la ciencia misma no tiene nada que temer del diletantismo. Los diletantes de la crítica que trabajan a instancias del capricho o la curiosidad, que se sienten atraídos hacia los problemas no por su importancia intrínseca, sino por su dificultad, no proporcionan a los historiadores (aquellos cuya labor consiste en combinar materiales y utilizarlos para los fines principales de la historia) los materiales de los que estos tienen mayor necesidad acuciante, sino otros que podrían haber esperado.
Si la actividad de los especialistas en crítica externa se dirigiera exclusivamente a cuestiones cuya solución es importante, y si estuviera regulada y guiada desde arriba, sería más provechosa.
La idea de prevenir los peligros del diletantismo mediante una «organización del trabajo» racional es ya muy antigua. Hace cincuenta años era común oír a la gente hablar de «supervisión», de «concentrar fuerzas dispersas»; circulaban sueños de «vastos talleres» organizados según el modelo de los de la industria moderna, en los cuales las labores preparatorias de la erudición crítica debían realizarse a gran escala, en beneficio de la ciencia.
En casi todos los países, de hecho, los gobiernos (por medio de comités y comisiones históricas), las academias y las sociedades científicas se han esforzado en nuestros días, muy a la manera en que lo hacían antiguamente las congregaciones monásticas, por agrupar a eruditos profesionales con el propósito de acometer grandes empresas colectivas y coordinar sus esfuerzos.
Pero esta unión de especialistas en la crítica externa al servicio y bajo la supervisión de hombres competentes presenta grandes dificultades mecánicas. El problema de la «organización del trabajo científico» sigue estando a la orden del día.
III.
Se suele censurar a los eruditos por su orgullo y su excesiva dureza en los juicios que emiten sobre las labores de sus colegas; y estos defectos, como hemos visto, se atribuyen a menudo a su excesiva «preocupación por las pequeñeces», especialmente por parte de personas cuyos intentos han sido severamente juzgados.
En realidad sí existen eruditos modestos y bondadosos: es una cuestión de carácter; la «preocupación por las pequeñeces» profesional no basta para cambiar la disposición natural en este aspecto. «Ce bon monsieur Du Cange» [Este buen señor Du Cange], como decían los benedictinos, era modesto hasta el exceso. «No se requiere nada más», dice al hablar de sus labores, «sino ojos y dedos para hacer tanto y más»; jamás culpó a nadie, por principio. «Si estudio es por el placer de estudiar, y no para hacer daño a ningún otro, ni tampoco a mí mismo».
Es verdad, sin embargo, que a la mayoría de los eruditos no les turba la conciencia exponer los errores de los demás, y que su celo austero se expresa a veces en un lenguaje áspero y prepotente. Salvo por la aspereza, tienen toda la razón. Al igual que los médicos, los químicos y otros miembros de profesiones cultas y científicas, tienen una profunda valoración del valor de la verdad científica, y es por esta razón por lo que se empeñan en pedir cuentas a los infractores. De este modo logran cerrar la puerta a la tribu de los incapaces y los charlatanes que antaño infestaban su profesión.
Entre los jóvenes que se proponen consagrarse al estudio de la historia hay algunos en quienes el espíritu comercial y la ambición vulgar son más fuertes que el amor a la ciencia. Estos suelen decirse:
"El trabajo histórico, si ha de hacerse según las reglas del método, requiere una cantidad infinita de labor y prudencia. Pero ¿acaso no vemos escritos históricos cuyos autores han violado más o menos gravemente las reglas? ¿Se tiene a estos autores en menos por este motivo? ¿Es siempre el escritor más concienzudo el que goza de mayor consideración? ¿No puede el tacto ocupar el lugar de los conocimientos?"
Si el tacto realmente pudiera ocupar el lugar de los conocimientos, entonces, como es más fácil hacer un mal trabajo que uno bueno, y como lo importante para esta gente es el éxito, podrían verse tentados a concluir que no importa cuán mal trabajen mientras tengan éxito. ¿Por qué no habrían de marchar las cosas en estos asuntos como en la vida, donde no son necesariamente los mejores hombres a los que mejor les va?
Pues bien, debido a la implacable severidad de los críticos, los cálculos de este tipo resultarían tan desastrosos como despreciables.
Hacia el fin del Segundo Imperio no existía en Francia una opinión pública ilustrada en materia de labor histórica. Se publicaban libros malos de erudición histórica con total impunidad y, a veces, incluso procuraban a sus autores recompensas inmerecidas. Fue entonces cuando los fundadores de la Revue Critique d'histoire et de littérature emprendieron el combate contra una situación que juzgaban a la ligera como demoralizadora.
Con este propósito administraron castigo público a aquellos eruditos que mostraban falta de conciencia o de método, de un modo calculado para hacer que la erudición les repugnase para siempre. Llevaron a cabo ejecuciones memorables, no por el placer de ello, sino con el firme propósito de instaurar una censura y un saludable temor a la justicia en el dominio del estudio histórico.
Los malos trabajadores no recibieron desde entonces cuartel alguno, y aunque la Revue no ejerció una gran influencia en el gran público, sus operaciones policiales abarcaron un radio lo suficientemente amplio como para impresionar a la mayoría de los implicados sobre la necesidad de la sinceridad y el respeto al método. Durante los últimos veinticinco años el impulso así otorgado se ha extendido más allá de toda expectativa.
Hoy en día resulta muy difícil engañar al mundo de los eruditos en asuntos relacionados con sus estudios, o al menos mantener el engaño durante mucho tiempo.
Tratándose de las ciencias históricas, así como de las propiamente dichas, ya es demasiado tarde para fundar un error nuevo o desacreditar una vieja verdad. Podrán pasar unos meses, posiblemente unos años, antes de que un experimento chapucero en química o una edición hecha con desgana sean reconocidos como tales; pero los resultados inexactos, aunque se acepten temporalmente bajo reserva, tarde o temprano —y por lo general muy pronto—, siempre son descubiertos, denunciados y eliminados.
La teoría de las operaciones de la crítica externa está hoy tan bien establecida, el número de especialistas perfectamente versados en ellas es ahora tan grande en todos los países que, salvo raras excepciones, los catálogos descriptivos de documentos, las ediciones, los regesta, las monografías son examinados, disecados y juzgados tan pronto como aparecen.
Conviene estar advertido. En lo sucesivo será el colmo de la imprudencia arriesgarse a publicar una obra de erudición sin haber hecho antes todo lo posible para hacerla inexpugnable; de lo contrario, será inmediata o brevemente atacada y demolida.
Al ignorar esto, ciertas personas bienintencionadas todavía se muestran, de vez en cuando, lo suficientemente ingenuas como para entrar en las liza de la erudición crítica insuficientemente preparadas; están llenas de un deseo de ser útiles y están aparentemente convencidas de que aquí, al igual que en la política y en otros ámbitos, es posible trabajar mediante métodos improvisados y aproximados sin ningún «conocimiento especial».
Después se arrepienten.
Los enterados no corren el riesgo; las tareas de la erudición crítica no tienen seducciones para ellos, pues son conscientes de que el trabajo es grande y la gloria moderada, y de que el campo está acaparado por especialistas ingeniosos no muy bien dispuestos hacia los intrusos. Ven claramente que aquí no hay lugar para ellos. La franca e intransigente honestidad de los eruditos los libra así de una compañía indeseable de la clase que los «historiadores» propiamente dichos todavía tienen que soportar ocasionalmente.
Los malos trabajadores, en efecto, a la caza de un público menos rigurosamente crítico que el de los eruditos, se muestran muy dispuestos a refugiarse en la exposición histórica.
Las reglas del método son aquí menos obvias, o, mejor dicho, no tan bien conocidas. Si bien la crítica de textos y fuentes se ha asentado sobre una base científica, la síntesis histórica sigue realizándose al azar.
La confusión mental, la ignorancia, la negligencia —defectos que resaltan con tanta claridad en las obras de erudición crítica— pueden disimularse en las obras históricas hasta cierto punto mediante artificios literarios, y el gran público, que no está bien formado en este aspecto, no se escandaliza.
En suma, todavía existe, en este ámbito, un cierto margen de impunidad. Esta posibilidad, sin embargo, está disminuyendo, y llegará un día, no muy lejano, en que los escritores superficiales que elaboran síntesis incorrectas sean tratados con tan poca consideración como la que reciben hoy quienes se muestran inescrupulosos o ineptos en la técnica de la crítica preparatoria.
Las obras de los historiadores más célebres del siglo XIX, los que murieron ayer mismo, Augustin Thierry, Ranke, Fustel de Coulanges, Taine y otros, ya están carcomidas y acribilladas por la crítica. Los defectos de sus métodos ya han sido vistos, definidos y condenados.
Aquellos que son insensibles a otras consideraciones deberían sentirse inclinados hacia la honestidad en la labor histórica por la reflexión de que el tiempo en que era posible hacer un mal trabajo sin tener que sufrir por ello ya ha pasado, o casi.
## SECCIÓN II.—CRÍTICA INTERNA
# CAPÍTULO VI
CRÍTICA INTERPRETATIVA (HERMENÉUTICA)
I. Cuando un zoólogo describe la forma y la situación de un músculo, cuando un fisiólogo da la curva de un movimiento, somos capaces de aceptar sus resultados sin reservas, porque sabemos mediante qué método, con qué instrumentos, por qué sistema de notación los han obtenido.
Pero cuando Tácito dice de los germanos, Arva per annos mutant, no sabemos de antemano si adoptó el método correcto para informarse, ni siquiera en qué sentido usó las palabras arva y mutant; para cerciorarse de ello es necesaria una operación preliminar. Esta operación es la crítica interna.
El objeto de la crítica es descubrir qué puede aceptarse como verdadero en un documento.
Ahora bien, el documento no es más que el resultado final de una larga serie de operaciones sobre cuyos detalles el autor no nos da ninguna información. Tuvo que observar o recopilar hechos, redactar oraciones, poner por escrito palabras; y estas operaciones, que son perfectamente distintas unas de otras, puede que no se hayan realizado todas con la misma precisión.
Por consiguiente, es necesario analizar el producto de la labor del autor para distinguir qué operaciones se han realizado incorrectamente y rechazar sus resultados.
El análisis es, por tanto, necesario para la crítica; toda crítica comienza con el análisis.
Para ser lógicamente completo, el análisis debería reconstruir todas las operaciones que el autor debió de haber realizado, y examinarlas una por una, para ver si cada una se ha realizado correctamente.
Sería necesario pasar revista a todos los actos sucesivos mediante los cuales se produjo el documento, desde el momento en que el autor observó el hecho que es su objeto hasta los movimientos de su mano con los que trazó las letras del documento; o, más bien, sería necesario proceder en dirección opuesta, paso a paso, desde los movimientos de la mano hasta la observación.
Este método sería tan largo y tan tedioso que nadie tendría jamás el tiempo ni la paciencia para aplicarlo.
La crítica interna no es, como la crítica externa, un instrumento utilizado por el mero placer de usarlo; no produce una satisfacción inmediata, porque no resuelve definitivamente ningún problema. Solo se aplica porque es necesaria, y su uso se reduce al mínimo indispensable.
El historiador más exigente se conforma con un método abreviado que concentra todas las operaciones en dos grupos: (1) el análisis del contenido del documento y la crítica interpretativa positiva que es necesaria para averiguar lo que el autor quiso decir; (2) el análisis de las condiciones en las que el documento fue producido y su crítica negativa, necesaria para la verificación de las afirmaciones del autor. Esta doble división de la labor de crítica es, además, empleada tan solo por unos pocos elegidos.
La tendencia natural, incluso de los historiadores que trabajan metódicamente, es leer el texto con el objetivo de extraer información directamente de él, sin pensar primero en averiguar qué había exactamente en la mente del autor.
Este procedimiento es excusable a lo más en el caso de documentos del siglo diecinueve, escritos por hombres cuyo lenguaje y modo de pensamiento nos resultan familiares, y solo entonces cuando no hay más de una interpretación posible. Se vuelve peligroso tan pronto como los hábitos de lenguaje o de pensamiento del autor empiezan a diferir de los del historiador que lo lee, o cuando el sentido del texto no es obvio e indiscutible.
Quienquiera que, al leer un texto, no se ocupe exclusivamente del esfuerzo por comprenderlo, se arriesga sin duda a leer en él sus propias impresiones; le llaman la atención frases o palabras del documento que corresponden a sus propias ideas, o concuerdan con su propia noción a priori de los hechos; inconscientemente, desliga estas frases o palabras y compone con ellas un texto imaginario que interpone en el lugar del texto real del autor.
II. Aquí, como siempre en la historia, el método consiste en reprimir el primer impulso. Es necesario compenetrarse del principio, bastante obvio pero a menudo olvidado, de que un documento solo contiene las ideas del hombre que lo escribió, y hacer de ello una regla para comenzar por comprender el texto por sí mismo, antes de preguntar qué puede extraerse de él con fines históricos.
Llegamos así a esta regla general de método: el estudio de todo documento debe comenzar con un análisis de su contenido, hecho con el único propósito de determinar el significado real del autor.
Esta operación de análisis es preliminar, distinta e independiente.
La experiencia aquí, como en las tareas de la erudición crítica, se ha decantado a favor del sistema de fichas. Cada ficha contendrá el análisis de un documento, de una parte separada de un documento o de un episodio de una narración; el análisis debe indicar no solo el sentido general del texto, sino también, en la medida de lo posible, el objeto y los puntos de vista del autor. Será conveniente reproducir literalmente cualquier expresión que pueda parecer característica del pensamiento del autor.
A veces bastará con haber analizado el texto mentalmente: no siempre es necesario poner negro sobre blanco todo el contenido de un documento; en tales casos nos limitamos a consignar los puntos de los que pretendemos hacer uso.
Pero contra el peligro, siempre presente, de sustituir el texto por las impresiones personales, solo hay una salvaguarda real; debe convertirse en regla invariable no hacer jamás bajo ningún concepto un extracto de un documento, o un análisis parcial del mismo, sin haberlo antes analizado exhaustivamente, si no en el papel, al menos de manera mental.
Analizar un documento es discernir y aislar todas las ideas expresadas por el autor. El análisis se reduce así a la crítica interpretativa.
La interpretación pasa por dos etapas: la primera se ocupa del sentido literal, la segunda del sentido real.
III.
La determinación del sentido literal de un documento es una operación lingüística; en consecuencia, la filología (en sentido estricto) ha sido contada entre las ciencias auxiliares de la historia.
Para comprender un texto es necesario, ante todo, conocer la lengua. Pero un conocimiento general de la lengua no basta. Para interpretar a Gregorio de Tours no basta con saber latín de un modo general; es menester añadir un estudio especial del tipo particular de latín escrito por Gregorio de Tours.
La tendencia natural es atribuir el mismo significado a una misma palabra dondequiera que aparezca. Instintivamente tratamos un idioma como si fuera un sistema fijo de signos.
La fijeza, en efecto, es una característica de los signos que han sido inventados expresamente para uso científico, como la notación algebraica o la nomenclatura de la química. Aquí cada expresión tiene un único significado preciso, que es absoluto e invariable; expresa una idea analizada y definida con exactitud, una sola idea de este tipo, y esa siempre la misma en cualquier contexto en que aparezca la expresión y sea cual fuere el autor que la utilice.
Pero el lenguaje ordinario, en el que están redactados los documentos, fluctúa:
- cada palabra expresa una idea compleja e imprecisa;
- sus significados son múltiples, relativos y variables;
- una misma palabra puede representar varias cosas diferentes, y el mismo autor la utiliza en distintos sentidos según el contexto;
- por último, el significado de una palabra varía de un autor a otro, y se modifica en el transcurso del tiempo.
Vel, que en latín clásico solo tiene los significados de o e incluso, significa y en ciertas épocas de la Edad Media; suffragium, que en latín clásico es sufragio, adquiere en el latín medieval el sentido de ayuda.
Tenemos, pues, que aprender a resistir el instinto que nos lleva a explicar todas las expresiones de un texto por sus significados clásicos u ordinarios. La interpretación gramatical, basada en las reglas generales de la lengua, debe ser complementada por una interpretación histórica fundada en un examen del caso particular.
El método consiste en determinar el significado especial de las palabras en el documento; se basa en unos principios muy sencillos.
(1) La lengua cambia mediante una evolución continua. Cada época tiene una lengua propia, que debe ser tratada como un sistema de signos independiente. Para comprender un documento debemos conocer la lengua de la época, es decir, los significados de las palabras y las formas de expresión en uso en el momento en que el texto fue escrito.
El significado de una palabra debe determinarse reuniendo los pasajes en los que se emplea: por lo general se descubrirá que en uno u otro de estos el resto de la oración no deja dudas sobre el significado de la palabra en cuestión.
Información de este tipo se ofrece en los diccionarios históricos, como el Thesaurus Linguæ Latinæ, o los glosarios de Du Cange. En estas compilaciones, el artículo dedicado a cada palabra es una colección de los pasajes en los que ocurre dicha palabra, acompañada de indicaciones de autoría que fijan la época.
Cuando el autor escribía en una lengua muerta que había aprendido en los libros —este es el caso de los textos latinos de la temprana Edad Media—, debemos estar en guardia contra las palabras usadas en un sentido arbitrario, o seleccionadas por motivos de elegancia: por ejemplo, consul (conde, earl), capite census (censitario), agellus (gran dominio).
(2) El uso lingüístico puede variar de una región a otra; tenemos, por tanto, que conocer la lengua del país donde se redactó el documento, es decir, los significados peculiares vigentes en el país.
(3) Cada autor tiene su propia manera de escribir; tenemos, pues, que estudiar el lenguaje del autor, los sentidos peculiares en los que utilizaba las palabras. A este propósito sirven los léxicos de un solo autor, como el Lexicon Cæsarianum de Meusel, en el cual se reúnen todos los pasajes en los que el autor usó cada palabra.
(4) Una expresión cambia de significado según el pasaje en el que aparece; debemos, por tanto, interpretar cada palabra y oración no como si estuviera aislada, sino teniendo en cuenta el sentido general del contexto.
Esta es la regla del contexto, una regla fundamental de interpretación. Su significado es que, antes de hacer uso de una frase extraída de un texto, debemos haber leído el texto en su totalidad; prohíbe el relleno de una obra moderna con citas, es decir, jirones de frases arrancados de pasajes sin tener en cuenta el sentido especial que les otorga el contexto.
Estas reglas, si se aplicaran rigurosamente, constituirían un método exacto de interpretación que apenas dejaría margen para el error, pero exigirían un consumo enorme de tiempo.
¡Qué inmensa cantidad de trabajo sería necesaria si, en el caso de cada palabra, tuviéramos que determinar mediante una operación especial su significado en la lengua de la época, del país, del autor y en el contexto!
Sin embargo, este es el trabajo que exige una traducción bien hecha: en el caso de algunas obras antiguas de gran valor literario se ha llevado a cabo; para la masa de documentos históricos nos conformamos, en la práctica, con un método abreviado.
Todas las palabras no están igualmente sujetas a variaciones de significado; la mayoría de ellas conservan un significado bastante uniforme en todos los autores y en todos los períodos. Podemos, por tanto, darnos por satisfechos estudiando especialmente aquellas expresiones que, por su naturaleza, son susceptibles de adquirir diferentes significados:
- primero, las expresiones hechas que, al ser fijas, no siguen la evolución de las palabras que las componen;
- segundo, y principalmente, las palabras que denotan cosas que por su naturaleza están sujetas a evolución; clases de hombres (miles, colonus, servus); instituciones (conventus, justitia, judex); usos (alleu, bénéfice, élection); sentimientos, objetos comunes.
En el caso de todas las palabras de tales clases sería imprudente presuponer un significado fijo; es una precaución absolutamente necesaria cerciorarse de cuál es el sentido en que se emplean en el texto que ha de interpretarse.
"Estos estudios de palabras", decía Fustel de Coulanges, "tienen una gran importancia en la ciencia histórica. Un término mal interpretado puede ser el origen de un error grave".
Y, de hecho, simplemente mediante una aplicación metódica de la crítica interpretativa a un centenar de palabras más o menos, logró revolucionar el estudio de la época merovingia.
IV. Cuando hemos analizado el documento y determinado el significado literal de sus frases, ni siquiera entonces podemos estar seguros de haber alcanzado los verdaderos pensamientos del autor. Es posible que haya utilizado algunas expresiones en un sentido oblicuo; hay varios tipos de casos en los que esto ocurre:
- la alegoría y el simbolismo,
- las bromas y las farsas,
- la alusión y la implicación,
- incluso las figuras retóricas ordinarias: metáfora, hipérbole, lítote.
En todos estos casos es necesario traspasar el significado literal para llegar al significado real, que el autor ha disfrazado deliberadamente bajo una forma inexacta.
Lógicamente el problema es muy embarazoso: no existe un criterio externo fijo mediante el cual podamos asegurarnos de detectar un sentido oblicuo; en el caso de la superchería, que en el presente siglo se ha convertido en una rama de la literatura, es parte esencial del plan del autor no dejar ningún indicio que delate la broma.
En la práctica podemos tener la seguridad moral de que un autor no está empleando un sentido oblicuo siempre que su objetivo principal sea ser comprendido; por lo tanto, no es probable que encontremos dificultades de esta clase en documentos oficiales, en cartas ni en narraciones históricas. En todos estos casos, la forma general del documento nos permite asumir que está escrito en el sentido literal de las palabras.
Por otra parte, debemos estar preparados para los sentidos oblicuos cuando el autor tenía otros intereses distintos al de ser comprendido, o cuando escribía para un público que podía entender sus alusiones y leer entre líneas, o cuando cabía esperar que sus lectores, en virtud de una iniciación religiosa o literaria, comprendieran sus simbolismos y figuras retóricas.
Este es el caso de los textos religiosos, las cartas privadas y todas aquellas obras literarias que forman una parte tan importante de los documentos sobre la antigüedad. Así, el arte de reconocer y determinar significados ocultos en los textos siempre ha ocupado un amplio espacio en la teoría de la hermenéutica (que en griego significa crítica interpretativa) y en la exégesis de los textos sagrados y de los autores clásicos.
Los diversos modos de introducir un sentido oblicuo tras el sentido literal son demasiado variados, y dependen demasiado de circunstancias especiales, como para que sea posible reducir el arte de detectarlos a reglas definidas.
Tan solo se puede establecer un principio general, a saber, que cuando el sentido literal es absurdo, incoherente u oscuro, o entra en contradicción con las ideas del autor o con los hechos conocidos por él, debemos entonces presumir un sentido oblicuo.
Para determinar este sentido, el procedimiento es el mismo que para estudiar la lengua de un autor: comparamos los pasajes en los que aparecen las expresiones en las que sospechamos un sentido oblicuo, y buscamos si no hay alguno en el que el significado pueda adivinarse por el contexto.
Un caso célebre de este procedimiento es el descubrimiento del sentido alegórico de la Bestia en el Apocalipsis.
Pero como no existe un método seguro para resolver estos problemas, nunca tenemos derecho a decir que hemos descubierto todos los significados ocultos o captado todas las alusiones contenidas en un texto; e incluso cuando creamos haber encontrado el sentido, haremos bien en no sacar ninguna conclusión de una interpretación necesariamente conjetural.
Por otra parte, es necesario preverse contra la tentación de buscar sentidos alegóricos en todas partes, como lo hicieron los neoplatónicos en las obras de Platón y los swedenborgianos en la Biblia. Este ataque de hiperhermenéutica ya ha pasado, pero todavía no estamos a salvo de la tendencia análoga a buscar alusiones en todas partes. Las investigaciones de este género son siempre conjeturales, y son más aptas para halagar la vanidad del intérprete que para proporcionar resultados de los que la historia pueda hacer uso.
V. Cuando por fin hemos alcanzado el sentido real del texto, la operación del análisis positivo ha concluido. Su resultado es hacernos familiares las concepciones del autor, las imágenes que tenía en mente, las nociones generales en cuyos términos se representaba el mundo a sí mismo.
Esta información pertenece a una rama muy importante del conocimiento, a partir de la cual se constituye todo un grupo de ciencias históricas:
- la historia de las artes ilustrativas y de la literatura,
- la historia de la ciencia,
- la historia de la doctrina filosófica y moral,
- la mitología y la historia de los dogmas (llamadas erróneamente creencias religiosas, porque aquí estamos estudiando doctrinas oficiales sin inquirir si se cree en ellas),
- la historia del derecho,
- la historia de las instituciones oficiales (en la medida en que no inquirimos cómo se aplicaban en la práctica),
- el conjunto de leyendas, tradiciones, opiniones y concepciones populares (llamadas inexactamente creencias) que se engloban bajo el nombre de folclore.
Todos estos estudios solo necesitan la crítica externa, que investiga la autoría, el origen y la crítica interpretativa; requieren un grado menos de elaboración que la historia de los hechos objetivos y, en consecuencia, se han establecido antes sobre una base metódica.
# CAPÍTULO VII
LA CRÍTICA INTERNA NEGATIVA DE LA BUENA FE Y LA EXACTITUD DE LOS AUTORES
I. El análisis y la crítica interpretativa positiva solo penetran hasta los mecanismos internos de la mente del autor de un documento, y solo nos ayudan a conocer sus ideas. No aportan información directa sobre hechos externos. Incluso cuando el autor pudo observarlos, su texto solo indica cómo deseaba representarlos, no cómo los vio realmente, y mucho menos cómo ocurrieron en realidad. Lo que un autor expresa no es siempre lo que creía, pues pudo haber mentido; lo que creía no es necesariamente lo que sucedió, pues pudo haberse equivocado.
Estas proposiciones son obvias. Y, sin embargo, un primer impulso natural nos lleva a aceptar como verdadera toda afirmación contenida en un documento, lo cual equivale a asumir que ningún autor mintió o fue engañado jamás; y esta credulidad espontánea parece poseer un alto grado de vitalidad, pues persiste a pesar de los innumerables casos de error y mendacidad que la experiencia diaria pone ante nosotros.
La reflexión se ha impuesto a los historiadores en el curso de su trabajo por la circunstancia de haber hallado documentos que se contradicen entre sí; en tales casos se han visto obligados a dudar y, tras el examen, a admitir la existencia de error o mendacidad; así, la crítica negativa ha aparecido como una necesidad práctica con el propósito de eliminar las afirmaciones que son obviamente falsas o erróneas.
Pero el instinto de confianza es tan indestructible que hasta ahora ha impedido incluso a los dedicados profesionalmente a ello sistematizar la crítica interna de los testimonios de la misma manera que se ha sistematizado la crítica externa que se ocupa del origen de los documentos.
Los historiadores, en sus obras, e incluso los escritores teóricos sobre el método histórico, se han conformado con nociones comunes y fórmulas vagas en llamativo contraste con la terminología precisa de la investigación crítica de las fuentes. Se contentan con examinar si el autor era poco más o menos contemporáneo de los acontecimientos, si era testigo ocular, si era sincero y estaba bien informado, si conocía la verdad y deseaba decirla, o incluso —resumiendo toda la cuestión en una sola fórmula— si era digno de confianza.
Esta crítica superficial es ciertamente mejor que ninguna crítica en absoluto, y ha bastado para dar a quienes la han aplicado la conciencia de una superioridad incontestable. Pero no es más que una etapa intermedia entre la credulidad común y el método científico.
Aquí, como en toda ciencia, el punto de partida debe ser la duda metódica. Todo lo que no haya sido probado debe considerarse provisionalmente como dudoso; ninguna proposición debe ser afirmada a menos que puedan aducirse razones en favor de su verdad.
Aplicada a las afirmaciones contenidas en los documentos, la duda metódica se convierte en desconfianza metódica.
El historiador debe desconfiar a priori de toda afirmación de un autor, pues no puede estar seguro de que no sea mentirosa o errónea. En el mejor de los casos, ofrece una presunción. Que el historiador la adopte y la afirme de nuevo por su cuenta implica que la considera una verdad científica. Dar este paso decisivo es algo que no tiene derecho a hacer sin buenos motivos.
Pero la mente humana está constituida de tal manera que este paso se da a menudo de forma inconsciente (v. libro II, cap. I). Contra esta peligrosa tendencia, la crítica sólo tiene un medio de defensa.
No debemos posponer la duda hasta que las declaraciones contradictorias de los documentos nos obliguen a ello; debemos empezar dudando. Nunca debemos olvidar el intervalo que separa una afirmación hecha por cualquier autor, sea quien sea, de una verdad científicamente establecida, para tener siempre presente la responsabilidad que asumimos cuando reproducimos una afirmación.
Aun después de haber aceptado el principio y de habernos decidido a aplicar en la práctica esta desconfianza antinatural, tendemos instintivamente a liberarnos de ella tan pronto como nos es posible.
El impulso natural consiste en realizar la crítica de la totalidad de un autor, o al menos de la totalidad de un documento, en bloque; en dividir las autoridades en dos categorías, las ovejas a la derecha, los cabritos a la izquierda; por un lado, autores fidedignos y buenos documentos; por el otro, autores sospechosos y malos documentos.
Habiendo agotado así nuestras fuerzas de desconfianza, procedemos a reproducir sin discusión todas las afirmaciones contenidas en el «buen documento». Consentimos en desconfiar de autores sospechosos como Suidas o Aimón, pero afirmamos como verdad establecida todo lo que ha sido dicho por Tucídides o Gregorio de Tours.
Aplicamos a los autores aquel procedimiento judicial que divide a los testigos en admisibles e inadmisibles: una vez que hemos aceptado a un testigo, nos sentimos obligados a admitir todo su testimonio; no nos atrevemos a dudar de ninguna de sus afirmaciones sin una razón especial. Instintivamente nos ponemos del lado del autor a quien hemos otorgado nuestra aprobación, y llegamos al extremo de decir, como en los tribunales, que la carga de la prueba recae sobre quienes rechazan un testimonio válido.
La confusión se ve todavía más acrecentada por el uso de la palabra auténtico, tomada en préstamo del lenguaje judicial. Esta hace referencia únicamente al origen, no al contenido; decir que un documento es auténtico equivale meramente a afirmar que su origen es cierto, no que su contenido esté libre de error.
Pero la autenticidad inspira un grado de respeto que nos predispone a aceptar el contenido sin discusión. Dudar de las afirmaciones de un documento auténtico parecería presuntuoso, o al menos nos creemos en la obligación de esperar pruebas abrumadoras antes de impugnar el testimonio del autor.
II. A estos instintos naturales hay que resistirse metódicamente. Un documento (y más aún una obra literaria) no es de una sola pieza; está compuesto por un gran número de afirmaciones independientes, cualquiera de las cuales puede ser falsa de manera intencionada o no, mientras que las demás son bonâ fide y exactas, o a la inversa, ya que cada afirmación es el resultado de una operación mental que puede haberse realizado incorrectamente, mientras que otras se realizaron correctamente. No basta, por tanto, con examinar un documento en su conjunto; cada una de las afirmaciones que contiene debe examinarse por separado; la crítica es imposible sin el análisis.
Así, la crítica interna nos conduce a dos reglas generales.
(1) Una verdad científica no se establece mediante el testimonio. Para afirmar una proposición debemos tener razones especiales para creer que es verdadera. Puede ocurrir en ciertos casos que la afirmación de un autor sea una razón suficiente para la creencia; pero no podemos saber eso de antemano. La regla, por tanto, será examinar cada afirmación por separado para asegurarse de si es de una naturaleza tal que constituya una razón suficiente para la creencia.
(2) La crítica de un documento no debe realizarse en bloque. La regla consistirá en analizar el documento en sus elementos, con el fin de aislar las diferentes afirmaciones de que se compone y examinar cada una de ellas por separado. A veces, una sola frase contiene varias afirmaciones; hay que separarlas y criticarlas una por una. En una venta, por ejemplo, distinguimos la fecha, el lugar, el vendedor, el comprador, el objeto, el precio y cada una de las condiciones.
En la práctica, la crítica y el análisis se realizan simultáneamente y, excepto en el caso de textos en una lengua difícil, pueden llevarse a cabo pari passu con el análisis interpretativo y la crítica. Tan pronto como comprendemos una frase, la analizamos y criticamos cada uno de sus elementos.
Parece, pues, que lógicamente la crítica comprende un número enorme de operaciones. Al describirlas, con todos los detalles necesarios para la comprensión de su mecanismo y las razones de su empleo, es probable que demos la impresión de un procedimiento demasiado lento para ser practicable.
Semejante impresión la produce inevitablemente toda descripción verbal de un proceso complicado. Compárese el tiempo que se tarda en describir un movimiento de esgrima con el que se requiere para ejecutarlo; compárese el tedio de la gramática y el diccionario con la rapidez de la lectura.
Como todo arte práctico, la crítica consiste en el hábito de realizar ciertos actos. En el periodo de aprendizaje, antes de adquirir el hábito, nos vemos obligados a pensar en cada acto por separado antes de realizarlo, y a analizar los movimientos; en consecuencia, los realizamos todos con lentitud y dificultad; pero, una vez adquirido el hábito, los actos, que ahora se han vuelto instintivos e inconscientes, se realizan con facilidad y rapidez.
El lector no debe, por tanto, inquietarse por la lentitud de los procesos críticos; más adelante verá cómo se abrevian en la práctica.
III. El problema de la crítica puede plantearse de la siguiente manera. Dada una afirmación hecha por un hombre de cuyas operaciones mentales no tenemos experiencia, y dependiendo el valor de la afirmación exclusivamente de la manera en que dichas operaciones fueron realizadas; averiguar si estas operaciones se realizaron correctamente.
La mera exposición del problema muestra que no podemos esperar ninguna solución directa o definitiva del mismo; carecemos del dato esencial, a saber, la manera en que el autor realizó las operaciones mentales en cuestión.
Por consiguiente, la crítica no avanza más allá de las soluciones indirectas y provisionales, y no hace más que aportar datos que requieren una elaboración definitiva.
Un instinto natural nos lleva a juzgar el valor de las afirmaciones por su forma. Creemos que podemos saber de un vistazo si un autor es sincero o un relato exacto. Buscamos lo que se llama «el acento de sinceridad» o «una impresión de verdad».
Esta impresión es casi irresistible, pero no deja de ser una ilusión. No existe un criterio externo ni de buena fe ni de exactitud.
«El acento de sinceridad» es la apariencia de convicción; un orador, un actor o un mentiroso habitual pondrán más de ella en sus mentiras que un hombre indeciso en su declaración de lo que cree que es la verdad. La energía de la afirmación no siempre significa fuerza de convicción, sino a veces únicamente astucia o descaro.
Del mismo modo, la abundancia y la precisión de los detalles, aunque producen una impresión vívida en los lectores inexpertos, no garantizan la exactitud de los hechos; no nos dan información sobre otra cosa que no sea la imaginación del autor cuando es sincero, o su impudencia cuando ocurre lo contrario.
Solemos decir de un relato circunstanciado: «Cosas de este tipo no se inventan». No se inventan, pero es muy fácil trasladarlas de una persona, un país o una época a otra. No existe, por tanto, ninguna característica externa de un documento que pueda eximirnos de la obligación de criticarlo.
El valor de la afirmación de un autor depende exclusivamente de las condiciones bajo las cuales realizó ciertas operaciones mentales.
La crítica no tiene otro recurso que el examen de estas condiciones. Pero no se trata de reconstruirlas todas; basta con responder a una sola pregunta: ¿realizó el autor estas operaciones correctamente o no?
La pregunta puede abordarse por dos vertientes.
(1) La investigación crítica de la autoría nos ha enseñado a menudo las condiciones generales bajo las cuales operaba el autor. Es probable que algunas de ellas hayan influido en cada una de las operaciones. Debemos, por tanto, comenzar estudiando la información que poseemos sobre el autor y la composición del documento, esforzándonos en particular por buscar en los hábitos, sentimientos y situación personal del autor, o en las circunstancias en las que compuso, todas las razones que pudieron haber existido para la incorrección, por un lado, o la exactitud excepcional, por el otro.
Para percibir estas razones es necesario estar alerta a ellas de antemano. El único método, por consiguiente, es elaborar un cuestionario general que haga referencia a las posibles causas de inexactitud. Lo aplicaremos entonces a las condiciones generales bajo las cuales se compuso el documento, con el fin de descubrir aquellas causas que puedan haber vuelto incorrectas las operaciones mentales del autor y viciado los resultados.
Pero todo lo que obtendremos así —aun en los casos excepcionalmente favorables en los que las condiciones de origen son bien conocidas— serán indicaciones generales, las cuales serán insuficientes para los propósitos de la crítica, pues la crítica debe ocuparse siempre de cada afirmación por separado.
(2) La crítica de afirmaciones particulares se limita al uso de un solo método que, por una curiosa paradoja, es el estudio de las condiciones universales bajo las cuales se componen los documentos. La información que no proporciona el estudio general del autor puede buscarse mediante la consideración de los procesos necesarios de la mente humana; pues, dado que estos son universales, deben aparecer en cada caso particular. Sabemos cuáles son los casos en los que los hombres en general se sienten inclinados a alterar o distorsionar los hechos. Lo que debemos hacer en el caso de cada afirmación es examinar si se hizo bajo tales circunstancias como para llevarnos a sospechar, a partir de nuestro conocimiento de los hábitos de la humanidad normal, que las operaciones implicadas en su formulación se realizaron incorrectamente. El procedimiento práctico consistirá en elaborar una serie de preguntas relativas a las causas habituales de inexactitud.
El conjunto de la crítica se reduce, por tanto, a la formulación y resolución de dos series de preguntas:
- una con el propósito de traer a nuestra mente aquellas condiciones generales que afectan a la composición del documento, a partir de las cuales podamos deducir motivos generales de desconfianza o de confianza;
- la otra con el propósito de comprender las condiciones especiales de cada afirmación, a partir de las cuales se puedan extraer motivos especiales de desconfianza o de confianza.
Estas dos series de preguntas deben formularse de antemano de tal forma que nos permitan examinar metódicamente tanto el documento en general como cada afirmación en particular; y, dado que son las mismas para todos los documentos, resulta útil formularlas de una vez por todas.
IV. El proceso crítico comprende dos series de preguntas, que corresponden a las dos series de operaciones mediante las cuales se produjo el documento. Todo lo que la crítica interpretativa nos dice es lo que el autor quiso decir; queda por determinar (1) lo que realmente creía, pues pudo no haber sido sincero; (2) lo que realmente sabía, pues pudo haber estado equivocado. Podemos distinguir, por tanto, un examen crítico de la buena fe del autor, mediante el cual tratamos de determinar si el autor del documento mintió o no, y un examen crítico de su exactitud, mediante el cual tratamos de determinar si estaba o no equivocado.
En la práctica rara vez necesitamos saber lo que un autor creía, a menos que estemos realizando un estudio especial de su carácter. No tenemos un interés directo en el autor; él es meramente el medio a través del cual llegamos a los hechos externos que relata.
El objetivo de la crítica es determinar si el autor ha relatado los hechos correctamente. Si ha dado información inexacta, es indiferente que lo haya hecho intencionadamente o no; hacer tal distinción complicaría las cosas innecesariamente.
Por lo tanto, hay pocas ocasiones para hacer un examen separado de la buena fe de un autor, y podemos abreviar nuestras labores incluyendo en un solo conjunto de preguntas todas las causas que conducen a la declaración errónea. Pero por aras de la claridad será conveniente discutir las preguntas que deben plantearse en dos series separadas.
Las preguntas de la primera serie nos ayudarán a averiguar si tenemos algún motivo para desconfiar de la sinceridad de una afirmación. Nos preguntamos si el autor se encontraba en alguna de esas situaciones que normalmente inclinan a un hombre a ser insincero. Debemos preguntar cuáles son estas situaciones, tanto en lo que afecta a la composición general de un documento como en lo que afecta a cada afirmación en particular.
La experiencia aporta la respuesta. Toda violación de la verdad, pequeña o grande, se debe al deseo por parte del autor de producir una impresión determinada en el lector.
Nuestro conjunto de preguntas se reduce así a una lista de los motivos que pueden, en el caso general, llevar a un autor a violar la verdad. Los casos más importantes son los siguientes:—
(1) El autor busca obtener para sí una ventaja práctica; desea engañar al lector del documento con el fin de persuadirle para que realice una acción, o de disuadirle de ella; da a saber información falsa a sabiendas: decimos entonces que el autor tiene interés en engañar. Este es el caso de la mayoría de los documentos oficiales. Incluso en documentos que no han sido compuestos con un propósito práctico, toda afirmación interesada tiene la posibilidad de ser mendaz.
Para determinar qué afirmaciones deben ser sospechosas, debemos preguntarnos cuál puede haber sido el objetivo general del autor al redactar el documento en su conjunto; y, asimismo, cuál puede haber sido su propósito particular al hacer cada una de las afirmaciones separadas que componen el documento.
Pero hay dos tendencias naturales a las que debemos resistirnos.
- La primera es preguntarse qué interés podría haber tenido el autor en mentir, refiriéndonos a qué interés habríamos tenido nosotros en su lugar; debemos preguntarnos en su lugar qué interés puede haber creído tener en mentir, y debemos buscar la respuesta en sus gustos e ideales.
La otra tendencia es tomar en cuenta únicamente el interés individual del autor; debemos, sin embargo, recordar que el autor puede haber dado información falsa para servir a un interés colectivo.
Esta es una de las dificultades de la crítica. Un autor es miembro al mismo tiempo de varios grupos diferentes, una familia, una provincia, un país, una confesión religiosa, un partido político, una clase en la sociedad, cuyos intereses a menudo entran en conflicto; tenemos que descubrir el grupo en el que puso mayor interés y para el cual trabajó.
(2) El autor se vio colocado en una situación que le obligaba a vulnerar la verdad. Esto sucede siempre que tiene que redactar un documento de conformidad con la regla o la costumbre, mientras que las circunstancias reales entran en conflicto en algún punto u otro con dicha regla o costumbre; se ve entonces en la obligación de declarar que las condiciones fueron normales, haciendo así una falsa declaración respecto a todas las irregularidades. En casi todas las actas de un procedimiento hay alguna ligera desviación de la verdad en cuanto al día, la hora, el lugar, el número o los nombres de los presentes. La mayoría de nosotros hemos observado, cuando no tomado parte en, algunas de estas pequeñas ficciones. Pero somos demasiado proclives a olvidarlas cuando nos disponemos a criticar documentos relativos al pasado.
El carácter auténtico de los documentos contribuye a la ilusión; hacemos instintivamente de auténtico un sinónimo de sincero. Las rígidas normas que rigen la redacción de todo documento auténtico parecen garantizar la sinceridad; son, por el contrario, un incentivo para falsificar, no los hechos principales, pero sí las circunstancias accesorias. Del hecho de que una persona haya firmado un acta podemos deducir que estaba de acuerdo con ella, pero no que estuviera realmente presente en el momento en que el acta menciona que lo estaba.
(3) El autor miraba con simpatía o antipatía a un grupo de hombres (nación, partido, confesión, provincia, ciudad, familia), o a un conjunto de doctrinas o instituciones (religión, escuela filosófica, teoría política), y se veía llevado a distorsionar los hechos de tal manera que presentaba a sus amigos bajo una luz favorable y a sus oponentes bajo una luz desfavorable.
Estos son ejemplos de un sesgo general que afecta a todas las afirmaciones de un autor, y son tan obvios que los antiguos los percibieron y les dieron nombres (studium y odium); desde la antigüedad ha sido un lugar común literario que los historiadores protesten haber navegado lejos de ambos.
(4) El autor fue inducido por la vanidad privada o colectiva a violar la verdad con el propósito de exaltarse a sí mismo o a su grupo. Hizo declaraciones tales como las que creía que harían que el lector tuviera la impresión de que él y los suyos poseían cualidades dignas de estima. Debemos, por tanto, averiguar si una declaración dada puede estar influenciada por la vanidad. Pero debemos tener cuidado de no representarnos la vanidad del autor como exactamente igual a nuestra propia vanidad o a la de nuestros contemporáneos.
Diferentes personas son vanas por diferentes razones; debemos averiguar cuál era la vanidad particular de nuestro autor; puede haber mentido para atribuirse a sí mismo o a sus amigos acciones que nosotros consideraríamos deshonrosas. Carlos IX se jactó falsamente de haber organizado la matanza de San Bartolomé. Hay, sin embargo, un tipo de vanidad que es universal, y es el deseo de parecer una persona de rango elevado que desempeña un papel importante en los asuntos. Debemos, por lo tanto, desconfiar siempre de una afirmación que atribuya al autor o a su grupo un lugar prominente en el mundo.
(5) El autor deseaba complacer al público, o al menos evitar escandalizarlo. Ha expresado sentimientos e ideas en armonía con la moral o la moda de su público; ha distorsionado los hechos para adaptarlos a las pasiones y prejuicios de su época, incluso a aquellos que él no compartía.
Los tipos más puros de esta clase de falsedad se encuentran en las formas ceremoniales, las fórmulas oficiales, las declaraciones prescritas por la etiqueta, los discursos de compromiso, las frases corteses. Las afirmaciones que entran en esta categoría son tan sospechosas que nos es imposible extraer de ellas información alguna sobre los hechos afirmados.
Todos somos conscientes de esto en lo que respecta a las fórmulas contemporáneas de las que vemos ejemplos todos los días, pero a menudo lo olvidamos en la crítica de los documentos, especialmente de aquellos pertenecientes a una época de la cual nos han llegado pocos testimonios. A nadie se le ocurriría buscar los sentimientos reales de un hombre en las muestras de respeto con las que termina sus cartas. Pero durante mucho tiempo se creyó en la humildad de ciertos dignatarios eclesiásticos de la Edad Media porque, el día de su elección, comenzaban por rechazar un cargo del que se declaraban indignos, hasta que por fin la comparación demostró que ese rechazo era una mera forma convencional. Y todavía hay eruditos que, como los benedictinos del siglo XVIII, buscan en las fórmulas de cancillería de un príncipe información sobre su piedad o su liberalidad.
Para reconocer estas declaraciones convencionales, hay que seguir dos líneas de estudio general:
- la una se dirige al autor y busca descubrir cuál era el público al que se dirigía, pues en uno y el mismo país suele haber varios públicos diferentes, cada uno de los cuales tiene su propio código de moral o decoro;
- la otra se dirige hacia el público y busca determinar su moral o sus costumbres.
(6) El autor se esforzó por complacer al público mediante artificios literarios. Distorsionó los hechos con el fin de embellecerlos de acuerdo con sus propias nociones estéticas. Por lo tanto, debemos buscar el ideal del autor o de su época para ponernos en guardia contra los pasajes distorsionados para ajustarse a dicho ideal. Pero sin un estudio especial podemos contar con los tipos comunes de distorsión literaria.
La distorsión retórica consiste en atribuir a las personas actitudes, actos, sentimientos y, sobre todo, palabras nobles: esta es una tendencia natural en los muchachos jóvenes que empiezan a practicar el arte de la composición y en los escritores que aún se encuentran en una etapa semibárbara; es el defecto común de los cronistas medievales.
La distorsión épica embellece la narración añadiendo detalles pintorescos, discursos pronunciados por los implicados, cifras, a veces nombres de personas; es peligrosa, porque la precisión de los detalles produce una apariencia ilusoria de verdad.
La distorsión dramática consiste en agrupar los hechos de tal manera que se realce el efecto dramático al concentrar hechos que, en realidad, eran separados, en un solo momento, en una sola persona o en un solo grupo.
La escritura de este tipo es lo que llamamos «más verdadera que la verdad». Es la forma más peligrosa de distorsión, la empleada por los historiadores artísticos, por Heródoto, Tácito y los italianos del Renacimiento.
La distorsión lírica exagera la intensidad de los sentimientos y las emociones del autor y de sus amigos: debemos recordar esto cuando intentamos reconstruir «la psicología» de una persona.
La distorsión literaria no afecta mucho a los archivos (aunque se encuentran casos de ella en la mayoría de los diplomas del siglo XI); pero modifica profundamente todos los textos literarios, incluidas las narraciones de los historiadores.
Ahora bien, la tendencia natural es confiar más fácilmente en los escritores cuando tienen talento, y admitir las afirmaciones con menos dificultad cuando se presentan en una buena forma literaria.
La crítica debe contrarrestar esta tendencia mediante la aplicación de la regla paradójica de que cuanto más interesante es una afirmación desde el punto de vista artístico, más debe ser sospechada. Debemos desconfiar de toda narración que sea muy pintoresca o muy dramática, en la que los personajes adopten actitudes nobles o manifiesten una gran intensidad de sentimientos.
Esta primera serie de preguntas arrojará el resultado provisional de permitirnos señalar las declaraciones que tienen posibilidades de ser mendaces.
V. La segunda serie de preguntas será útil para determinar si hay alguna razón para desconfiar de la exactitud de una afirmación. ¿Se encontraba el autor en una de esas situaciones que llevan a un hombre a cometer errores? Al igual que al tratar con la buena fe, debemos buscar estas condiciones tanto en lo que respecta al documento en su conjunto como a cada una de las afirmaciones particulares contenidas en él.
La práctica de las ciencias establecidas nos enseña las condiciones de un conocimiento exacto de los hechos. No hay más que un procedimiento científico para adquirir el conocimiento de un hecho, a saber, la observación; toda afirmación debe basarse, por tanto, directa o indirectamente, en una observación, y esta observación debe haberse realizado correctamente.
El conjunto de cuestiones con cuya ayuda investigamos las probabilidades de error puede formularse a la luz de la experiencia, la cual nos presenta los casos de error más comunes.
(1) The author was in a situation to observe the fact, and supposed he really had observed it; he was, however, prevented from doing so by some interior force of which he was unconscious, an hallucination, an illusion, or a mere prejudice.
It would be useless, as well as impossible, to determine which of these agencies was at work; it is enough to ascertain whether the author had a tendency to observe badly.
It is scarcely possible in the case of a particular statement to recognise that it was the result of an hallucination or an illusion. At the most we may learn, either from information derived from other sources or by comparison, that an author had a general propensity to this kind of error.
Hay más probabilidades de reconocer si una afirmación se debió a un prejuicio. En la vida o en las obras de un autor podemos encontrar los rastros de sus prejuicios dominantes.
Con referencia a cada una de sus afirmaciones particulares, debemos preguntarnos si no es el resultado de una idea preconcebida del autor sobre una clase de hombres o una clase de hechos. Esta investigación coincide en parte con la búsqueda de motivos de falsedad: el interés, la vanidad, la simpatía y la antipatía dan lugar a prejuicios que alteran la verdad de la misma manera que la falsedad intencionada. Por lo tanto, empleamos las preguntas ya formuladas con el fin de poner a prueba la buena fe.
Pero hay que añadir una más. Al presentar una afirmación, ¿se ha visto el autor llevado a distorsionarla inconscientemente por la circunstancia de estar respondiendo a una pregunta? Este es el caso de todas las afirmaciones obtenidas mediante el interrogatorio de testigos. Incluso aparte de los casos en que la persona interrogada busca complacer al formulador de la pregunta dando una respuesta que cree que le agradará, toda pregunta sugiere su propia respuesta, o al menos su forma, y esta forma está dictada de antemano por alguien que no conoce los hechos.
Por consiguiente, es necesario aplicar una crítica especial a toda afirmación obtenida mediante interrogatorio; debemos preguntarnos cuál fue la pregunta planteada y cuáles fueron las ideas preconcebidas a las que pudo dar lugar en la mente de la persona interrogada.
(2) El autor se hallaba en una mala situación para observar. La práctica de las ciencias nos enseña cuáles son las condiciones para una observación correcta. El observador debe situarse donde pueda ver correctamente, y no debe tener ningún interés práctico, ningún deseo de obtener un resultado particular, ninguna idea preconcebida sobre el resultado. Debe registrar la observación inmediatamente, en un sistema preciso de notación; debe dar una indicación precisa de su método. Estas condiciones, en las que se insiste en las ciencias de la observación, nunca son cumplidas por completo por los autores de los documentos.
Por consiguiente, sería inútil preguntar si ha habido probabilidades de imprecisión; las ha habido siempre, y es precisamente esto lo que distingue un documento de una observación.
Sólo queda buscar las causas obvias de error en las condiciones de la observación:
- averiguar si el observador se encontraba en un lugar donde no pudiera ver o oír bien, como sería el caso, por ejemplo, de un subordinado que se atreviera a narrar las deliberaciones secretas de un consejo de dignatarios;
- si su atención estaba muy distraída por la necesidad de la acción, como lo estaría en el campo de batalla, por ejemplo;
- si estuvo desatento porque los hechos tenían poco interés para él;
- si carecía de la experiencia especial o de la inteligencia general necesarias para comprender los hechos;
- si analizó mal sus impresiones o confundió diferentes acontecimientos.
Por encima de todo, debemos preguntar cuándo anotó lo que vio o escuchó. Este es el punto más importante:
- la única observación exacta es aquella que se registra inmediatamente después de ser realizada;
- tal es el procedimiento constante en las ciencias establecidas;
- una impresión confiada a la escritura más tarde es solo un recuerdo, propenso a confundirse en la memoria con otros recuerdos.
Las memorias escritas varios años después de los hechos, a menudo al final mismo de la carrera del autor, han introducido innumerables errores en la historia. Debe establecerse como regla tratar a las memorias con especial desconfianza como documentos de segunda mano, a pesar de su apariencia de ser un testimonio contemporáneo.
(3) El autor expone hechos que pudo haber observado, pero a los cuales no se tomó la molestia de prestar atención. Por ociosidad o negligencia, relató detalles que simplemente infirió, o que incluso imaginó al azar, y que resultan ser falsos. Esta es una fuente común de error, aunque no se le ocurre a uno fácilmente, y debe sospecharse allí donde el autor se vio obligado a obtener información en la que tenía poco interés, con el fin de rellenar un formulario en blanco.
De este tipo son las respuestas a preguntas formuladas por una autoridad (basta con observar cómo se llevan a cabo la mayoría de las investigaciones oficiales en nuestros días), y los relatos detallados de ceremonias o funciones públicas. Existe una tentación demasiado fuerte de redactar el relato a partir del programa, o de acuerdo con el orden habitual de los procedimientos. ¡Cuántas crónicas de reuniones de toda clase han sido publicadas por reporteros que no estuvieron presentes en ellas!
Esfuerzos similares de imaginación se sospechan —a veces, se cree, con clara evidencia— en los escritos de los cronistas medievales. La regla, por lo tanto, será desconfiar de todas las narraciones que se ajusten demasiado estrechamente a una fórmula establecida.
(4) El hecho afirmado es de tal naturaleza que no podría haberse conocido únicamente mediante la observación. Puede tratarse de un hecho oculto —un secreto privado, por ejemplo—. Puede ser un hecho relativo a una colectividad, que se aplica a una amplia zona o a un largo período de tiempo; por ejemplo, la acción conjunta de todo un ejército, una costumbre común a todo un pueblo o a toda una época, un total estadístico obtenido mediante la suma de numerosos elementos. Puede tratarse de un juicio global sobre el carácter de un hombre, un grupo, una costumbre, un acontecimiento.
Aquí nos encontramos ante proposiciones derivadas de observaciones por síntesis o inferencia: el autor solo ha podido llegar a ellas de forma indirecta; comenzó con datos proporcionados por la observación y los elaboró mediante los procesos lógicos de abstracción, generalización, razonamiento, cálculo.
Surgen dos preguntas.
- ¿Parece que el autor disponía de suficientes datos para trabajar con ellos?
- ¿Fue preciso, o lo contrario, en el uso de los datos de que disponía?
Sobre las probables inexactitudes de un autor, se pueden obtener indicaciones generales a partir del examen de sus escritos. Este examen nos mostrará cómo trabajaba: si era capaz de abstracción, raciocinio, generalización, y cuáles eran los errores que solía cometer.
Para determinar el valor de los datos, debemos someter a crítica cada afirmación por separado; debemos imaginar las condiciones bajo las cuales el autor observó y preguntarnos si fue capaz de procurarse los datos necesarios para su afirmación. Esta es una precaución indispensable al tratar con grandes totales en estadísticas y descripciones de usos populares; pues es posible que el autor haya obtenido el total que proporciona mediante un proceso de valoración conjetural (esta es la práctica habitual al indicar el número de combatientes o de muertos en una batalla), o combinando totales subsidiarios que no eran todos exactos; es posible que haya hecho extensivo a todo un pueblo, a todo un país, a todo un período, aquello que solo era verdad para un pequeño grupo conocido por él.
VI. Estas dos primeras series de preguntas, relativas a la buena fe y a la exactitud de las declaraciones del documento, se basan en la suposición de que el autor ha observado el hecho por sí mismo. Este es un rasgo común a todos los informes de observaciones en las ciencias establecidas.
Pero en la historia hay tal escasez de observaciones directas, incluso de un valor moderado, que nos vemos obligados a aprovechar documentos que cualquier otra ciencia rechazaría.
Tómese cualquier relato al azar, aunque sea obra de un contemporáneo, y se verá que los hechos observados por el autor nunca son más que una parte del total. En casi todos los documentos, la mayoría de las afirmaciones no proceden del autor de primera mano, sino que son reproducciones de las declaraciones de otros.
Aun cuando un general relata una batalla en la que mandaba, no comunica sus propias observaciones, sino las de sus oficiales; su relato es en gran medida un «documento de segunda mano».
Para criticar una afirmación de segunda mano ya no basta con examinar las condiciones en las que trabajó el autor del documento: este autor es, en tal caso, un mero agente de transmisión; el verdadero autor es la persona que le proporcionó la información.
El crítico, por tanto, debe cambiar de terreno y preguntarse si el informante observó e informó correctamente; y si este también recibió la información de otra persona (el caso más común), la persecución debe proseguir de un intermediario a otro, hasta encontrar a la persona que lanzó por primera vez la afirmación a la palestra, y respecto a ella debe plantearse la pregunta: ¿Era un observador preciso?
Lógicamente, semejante búsqueda no es inconcebible; las antiguas colecciones de tradiciones árabes ofrecen listas de sus garantes sucesivos. Pero, en la práctica, la falta de documentos casi siempre nos impide llegar hasta el observador de un hecho; la observación permanece anónima.
Se plantea entonces una cuestión general: ¿Cómo debemos criticar una afirmación anónima?
No se trata únicamente de «documentos anónimos», en los que la composición en su conjunto es obra de un autor desconocido; incluso cuando el autor es conocido, esta cuestión surge con respecto a cada una de sus afirmaciones extraídas de una fuente desconocida.
La crítica opera reproduciendo las condiciones bajo las cuales escribió un autor, y difícilmente tiene de qué aferrarse cuando una declaración es anónima. El único método que queda es examinar las condiciones generales del documento.
Podemos indagar si existe algún rasgo común a todas las declaraciones de un documento que indique que todas provienen de personas que tienen los mismos prejuicios o pasiones: en este caso, la tradición seguida por el autor está sesgada; la tradición seguida por Heródoto tiene tanto un sesgo ateniense como un sesgo délfico.
Respecto a cada hecho derivado de dicha tradición, debemos preguntarnos si no ha sido distorsionado por el interés, la vanidad o los prejuicios del grupo en cuestión. Incluso podemos ignorar al autor y preguntar si hubo algo propicio o adverso para la observación correcta, común a todos los hombres de la época y del país en el que debió de hacerse la observación: por ejemplo, qué medios de información y qué prejuicios tenían los griegos de la época de Heródoto respecto a los escitas.
La más útil de todas estas investigaciones generales se refiere a ese modo de transmitir declaraciones anónimas que se llama tradición.
Ninguna declaración de segunda mano tiene valor alguno, excepto en la medida en que reproduce su fuente; todo añadido es una alteración y debe ser eliminado.
De igual modo, todas las fuentes intermedias carecen de valor, salvo como copias de la declaración original fundamentada directamente en la observación. El crítico necesita saber si esta transmisión de mano en mano ha preservado o distorsionado la declaración original; sobre todo, si la tradición incorporada en el documento era escrita o oral.
La escritura fija una declaración y asegura que sea transmitida fielmente; cuando una declaración se comunica oralmente, la impresión en la mente del oyente tiende a modificarse por la confusión con otras impresiones; al pasar de un intermediario a otro, la declaración se modifica en cada paso y, como estas modificaciones surgen de diferentes causas, no hay posibilidad de medirlas o corregirlas.
La tradición oral es por naturaleza un proceso de alteración continua; de ahí que en las ciencias establecidas solo se acepte la transmisión escrita.
Los historiadores no tienen un motivo confesable para proceder de otro modo, al menos cuando se trata de establecer un hecho particular. Debemos buscar por tanto en los documentos afirmaciones derivadas de la tradición oral para poder sospechar de ellas.
Rara vez tenemos información directa sobre el origen oral de tales afirmaciones; los autores que toman prestado de la tradición oral no se desViven por proclamar el hecho. Solo existe, por tanto, un método indirecto, y este consiste en comprobar que la transmisión escrita era imposible; podemos estar seguros entonces de que el hecho llegó al autor únicamente a través de la tradición oral.
Tenemos que plantearnos, por consiguiente, la siguiente pregunta:
En este periodo y en este grupo de hombres, ¿era habitual poner por escrito hechos de este género?
Si la respuesta es negativa, el hecho considerado descansa únicamente en la tradición oral.
La forma más sorprendente de la tradición oral es la leyenda. Surge entre grupos de hombres para quienes la palabra hablada es el único medio de transmisión, en sociedades bárbaras, o en clases de poca cultura, como los campesinos o los soldados.
En este caso es el conjunto de hechos el que se transmite oralmente y adquiere la forma legendaria.
Hay un período legendario en la historia primitiva de todos los pueblos: en Grecia, en Roma, entre las razas germánicas y eslavas, los recuerdos más antiguos del pueblo forman un estrato de leyenda.
En los períodos de civilización, las leyendas populares continúan existiendo en relación con acontecimientos que impresionan la imaginación del pueblo. La leyenda es exclusivamente tradición oral.
Cuando un pueblo ha salido del periodo legendario y ha comenzado a poner por escrito su historia, la tradición oral no llega a su fin, sino que se aplica tan solo a una esfera más estrecha; ahora se limita a los hechos que no están registrados, ya sea porque por su naturaleza son secretos, o porque nadie se toma la molestia de consignarlos, tales como acciones privadas, palabras, los detalles de los acontecimientos.
De este modo surgen las anécdotas, que han sido llamadas «las leyendas de la sociedad civilizada». Al igual que las leyendas, tienen su origen en recuerdos confusos, alusiones, interpretaciones erróneas, imaginaciones de toda especie que se aferran a determinadas personas y acontecimientos.
Las leyendas y anécdotas son en el fondo meras creencias populares, adscritas arbitrariamente a personajes históricos; pertenecen al folclore, no a la historia.
Debemos, por tanto, guardarnos de la tentación de tratar la leyenda como una aleación de hechos precisos y errores de la cual sea posible extraer, mediante análisis, granos de verdad histórica.
Una leyenda es un conglomerado en el que puede haber algunos granos de verdad, y que tal vez sea incluso susceptible de ser analizada en sus elementos; pero no hay medio alguno de distinguir los elementos tomados de la realidad de aquellos que son obra de la imaginación.
Para emplear la expresión de Niebuhr, una leyenda es «un espejismo producido por un objeto invisible según una ley desconocida de refracción».
El procedimiento analítico más tosco consiste en rechazar aquellos detalles de la narración legendaria que parecen imposibles, milagrosos, contradictorios o absurdos, y retener el residuo racional como histórico. Así es como los racionalistas protestantes del siglo XVIII trataron las narraciones bíblicas. Uno bien podría amputar la parte maravillosa de un cuento de hadas, suprimir al Gato con Botas y conservar al Marqués de Carabás como un personaje histórico.
Un método más refinado pero no menos peligroso es comparar diferentes leyendas para deducir su base histórica común. Grote ha demostrado, en lo que respecta a la tradición griega, que es imposible extraer información fidedigna de la leyenda mediante ningún procedimiento.
Debemos resignarnos a tratar la leyenda como un producto de la imaginación; podemos buscar en ella las concepciones de un pueblo, no los hechos externos de la historia de ese pueblo. La regla será rechazar toda afirmación de origen legendario; y esto no se aplica únicamente a las narraciones en forma legendaria: una narración que tenga apariencia histórica, pero que esté fundada en los datos de la leyenda, los primeros capítulos de Tucídides por ejemplo, debe ser igualmente descartada.
En el caso de la transmisión escrita queda por averiguar si el autor reprodujo su fuente sin alterarla. Esta investigación forma parte del examen crítico de las fuentes, en la medida en que este puede llevarse a cabo mediante la comparación de textos.
Pero cuando la fuente ha desaparecido nos vemos reducidos a la crítica interna. Nos preguntamos, ante todo, si el autor pudo haber tenido información exacta; de otro modo, su afirmación carece de valor. A continuación, nos planteamos la pregunta general: ¿Tenía el autor la costumbre de alterar sus fuentes y de qué manera? Y con respecto a cada afirmación de segunda mano por separado, nos preguntamos si tiene la apariencia de ser una reproducción exacta o una reelaboración.
Juzgamos por la forma: cuando nos encontramos con un pasaje cuyo estilo no armoniza con el cuerpo principal de la composición, tenemos ante nosotros un fragmento de un documento anterior; cuanto más servil es la reproducción, más valioso es el pasaje, ya que no puede contener información exacta más allá de lo que ya estaba en la fuente.
VII. A pesar de todas estas investigaciones, la crítica nunca logra determinar el parentesco de todas las afirmaciones hasta el punto de descubrir quién fue el que observó, o incluso registró, cada hecho. En la mayoría de los casos, la investigación termina dejando la afirmación anónima.
Nos hallamos así ante un hecho, observado no sabemos por quién ni cómo, registrado no sabemos cuándo ni cómo. Ninguna otra ciencia acepta hechos que se presentan en tales condiciones, sin posibilidad de verificación, sujetos a incalculables riesgos de error. Pero la historia puede sacar partido de ellos, porque no necesita, como las otras ciencias, un suministro de hechos difíciles de comprobar.
La noción de hecho, cuando pasamos a examinarla con precisión, se reduce a un juicio afirmativo que hace referencia a la realidad externa. Las operaciones mediante las cuales arribamos a dicho juicio son más o menos difíciles, y el riesgo de error es mayor o menor según la naturaleza de las realidades investigadas y el grado de precisión con el que deseemos formularlas.
- La química y la biología necesitan discernir hechos de un orden delicado, movimientos rápidos, estados transitorios, y medirlos en cifras exactas.
- La historia puede trabajar con hechos de una índole mucho más basta, extendidos sobre una gran extensión de espacio o de tiempo, como la existencia de una costumbre, de un hombre, de un grupo, incluso de un pueblo; y estos hechos pueden expresarse someramente en palabras vagas que no transmiten ninguna idea de medición exacta.
Con hechos tan fáciles de observar como estos con los que lidiar, la historia puede permitirse ser mucho menos exigente en cuanto a las condiciones de observación. La imperfección de los medios de información se ve compensada por una facultad natural de conformarse con información que puede obtenerse fácilmente.
Los documentos no aportan casi nada más que hechos mal verificados, expuestos a muchos riesgos de falsedad o error.
Pero hay algunos hechos respecto a los cuales es muy difícil mentir o equivocarse.
La última serie de preguntas que el crítico debe formular tiene por objeto distinguir, en el cúmulo de los presuntos hechos, aquellos que por su naturaleza están poco expuestos al riesgo de alteración y que, por consiguiente, son con toda probabilidad correctos.
Sabemos cuáles son, en general, las clases de hechos que gozan de este privilegio; se nos capacita así para elaborar una lista de preguntas de uso general y, al aplicarlas a cualquier caso particular, nos preguntamos si el hecho en cuestión entra en alguna de las categorías especificadas de antemano.
(1) The fact is of a nature to render falsehood improbable. A man lies in order to produce an impression, and has no motive to lie in a case where he believes that the false impression would be of no use, or that the falsehood would be ineffectual. In order to determine whether the author was in such a situation there are several questions to be asked.
(a) ¿Es el hecho afirmado manifiestamente perjudicial para el efecto que el autor deseaba producir? ¿Contraviene el interés, la vanidad, los sentimientos, los gustos literarios del autor y de su grupo; o las opiniones respecto a las cuales se imponía el deber de no ofenderlas?
En tal caso existe probabilidad de buena fe. Pero en la aplicación de este criterio hay peligro; a menudo se ha empleado erróneamente, y de dos maneras.
- Una de ellas consiste en tomar por confesión lo que pretendía ser una jactancia, como la declaración de Carlos IX de que él era responsable de la Matanza de San Bartolomé.
- O bien, confiamos sin examinar en un ateniense que habla mal de los atenienses, o en un protestante que acusa a otros protestantes.
Pero es muy posible que las nociones del autor sobre su interés o su honor fueran muy distintas de las nuestras; o puede que haya deseado calumniar a conciudadanos que no pertenecían a su propio partido, o a coreligionarios que no pertenecían a su propia secta. Este criterio debe, por tanto, restringirse a los casos en los que sepamos exactamente qué efecto deseaba producir y en qué grupo estaba principalmente interesado.
(b) ¿Era el hecho afirmado tan públicamente conocido que el autor, aun de sentirse tentado a la falsedad, se habría visto frenado por la certeza de ser descubierto? Este es el caso de los hechos fáciles de verificar, que no son remotos en el tiempo ni en el espacio, que se aplican a una amplia zona o a un largo periodo, especialmente si el público tenía algún interés en verificarlos.
Pero el temor a ser descubierto es tan solo un freno intermitente, al que se opone el interés siempre que el autor tiene algún motivo para engañar. Actúa de manera desigual en las distintas mentes: con fuerza en los hombres cultos y dueños de sí mismos que comprenden a su público, y débilmente en las épocas bárbaras y en los hombres apasionados.
Este criterio, por tanto, debe restringirse a los casos en los que sepamos qué idea tenía el autor de sus lectores y si era lo suficientemente ecuánime como para tenerlos presentes.
(c) ¿Era el hecho expuesto indiferente para el autor, de modo que no tuviera la tentación de tergiversarlo? Este es el caso de los hechos de carácter general, usos, instituciones, objetos, personas, que el autor menciona de manera incidental.
Una narración, incluso una falsa, no puede componerse exclusivamente de falsedades; el autor debe situar geográficamente sus hechos y necesita rodearlos de un entramado de verdad. Los hechos que forman este entramado no tenían ningún interés para él; en aquella época todo el mundo los conocía. Pero para nosotros son instructivos y podemos confiar en ellos, pues el autor no tenía la intención de engañarnos.
(2) El hecho era de tal naturaleza que hacía improbable el error. Por numerosos que sean los casos de error, aun así hay hechos tan "grandes" que es difícil equivocarse respecto a ellos. Tenemos, pues, que preguntarnos si el supuesto hecho era fácil de comprobar:
- (a) ¿Abarcaba un largo periodo de tiempo, de modo que debió de ser observado con frecuencia? Tomemos, por ejemplo, el caso de un monumento, un hombre, una costumbre, un acontecimiento que estuvo desarrollándose durante un tiempo considerable.
- (b) ¿Abarcaba una amplia zona, de modo que mucha gente lo observó?; como, por ejemplo, una batalla, una guerra, una costumbre común a todo un pueblo.
- (c) ¿Está expresado en términos tan generales que bastó la observación superficial para descubrirlo?; como la mera existencia de un hombre, una ciudad, un pueblo, una costumbre.
Los hechos de este tipo, amplios y generales, constituyen el grueso del conocimiento histórico.
(3) El hecho era de tal naturaleza que no habría sido afirmado de no ser verdad. Un hombre no declara haber visto algo contrario a sus expectativas y hábitos mentales a menos que la observación le haya obligado a admitirlo. Un hecho que parece muy improbable para el hombre que lo relata tiene muchas probabilidades de ser verdadero.
Tenemos, pues, que preguntarnos si el hecho afirmado estaba en contradicción con las opiniones del autor, si es un fenómeno de un género desconocido para él, una acción o una costumbre que le parecen ininteligibles; si es un dicho cuyo alcance trasciende su inteligencia, como los dichos de Cristo consignados en los Evangelios, o las respuestas dadas por Juana de Arco a las preguntas que se le formularon durante su proceso.
Pero debemos guardarnos de juzgar las ideas del autor por nuestros propios criterios: cuando hombres acostumbrados a creer en lo maravilloso hablan de monstruos, de milagros, de hechiceros, no hay nada en ello que contradiga sus expectativas, y el criterio no es aplicable.
VIII. Hemos llegado por fin al fin de esta descripción de las operaciones críticas; su extensión se debe a la necesidad de describir sucesivamente operaciones que se realizan simultáneamente. Ahora consideraremos cómo se aplican estos métodos en la práctica.
Si el texto es de interpretación discutible, el examen se divide en dos etapas:
- la primera comprende la lectura del texto con vistas a la determinación del sentido, sin intentar extraer de él ninguna información;
- la segunda comprende el estudio crítico de los hechos contenidos en el documento.
En el caso de los documentos cuyo sentido es claro, podemos comenzar el examen crítico en la primera lectura, reservando para un estudio separado los pasajes individuales de significado dudoso.
Comenzamos reuniendo la información general que poseemos sobre el documento y el autor, con el propósito especial de descubrir las condiciones que pudieron haber influido en la producción del documento: la época, el lugar, el propósito, las circunstancias de su composición; el estatus social del autor, su país, partido, secta, familia, intereses, pasiones, prejuicios, hábitos lingüísticos, métodos de trabajo, medios de información, cultura, capacidades y defectos mentales; la naturaleza de los hechos y el modo de su transmisión.
La información sobre todos estos puntos es proporcionada por la investigación crítica preparatoria de la autoría y las fuentes. Ahora combinamos los diferentes apartados, aplicando mentalmente el conjunto de preguntas críticas generales; esto debe hacerse desde el principio, y los resultados deben grabarse en la memoria, pues deberán estar presentes en la mente durante el resto de las operaciones.
Así armados, atacamos el documento. Mientras lo leemos, lo analizamos mentalmente, destruyendo todas las combinaciones del autor, descartando todos sus recursos literarios, para llegar a los hechos, que formulamos en un lenguaje sencillo y preciso. Nos libramos así de la deferencia impuesta por la forma artística y de toda sumisión a las ideas del autor, una emancipación sin la cual la crítica es imposible.
El documento así analizado se reduce a una larga serie de concepciones y declaraciones del autor sobre los hechos.
Con respecto a cada afirmación, nos preguntamos si existe la probabilidad de que sea falsa o errónea, o si, por el contrario, hay posibilidades excepcionales a favor de la buena fe y la exactitud, recorriendo la lista de preguntas críticas preparadas para casos particulares.
Esta lista de preguntas debe estar siempre presente en la mente. Al principio puede parecer engorrosa, tal vez pedante; pero como se aplicará más de cien veces en cada página del documento, al final se utilizará inconscientemente.
A medida que leemos un texto, todas las razones de desconfianza o confianza acudirán a la mente simultáneamente, combinadas en una sola impresión.
El análisis y la cuestionación crítica se habrán convertido entonces en una cuestión de instinto, y habremos adquirido para siempre esa disposición mental metódicamente analítica, desconfiada y no demasiado respetuosa que a menudo se denomina místicamente «el sentido crítico», pero que no es otra cosa que un hábito inconsciente de crítica.
# CAPÍTULO VIII
LA DETERMINACIÓN DE HECHOS PARTICULARES
El análisis crítico arroja como resultado una serie de concepciones y afirmaciones, acompañadas de comentarios sobre la probabilidad de que los hechos afirmados sean exactos.
Resta examinar cómo podemos deducir de estos materiales aquellos hechos históricos particulares que han de constituir la base del conocimiento científico.
Las concepciones y las afirmaciones son dos tipos diferentes de resultados, y deben ser tratados mediante métodos distintos.
I. Toda concepción expresada por escrito o mediante cualquier representación ilustrativa es en sí misma un hecho definido e irreprochable. Aquello que se expresa debe haber estado presente primero en la mente de alguien —si no en la del autor, que puede haber reproducido una fórmula que no comprendía, entonces en la mente del hombre que originó la fórmula—. La existencia de una concepción puede conocerse a partir de un solo caso y demostrarse a partir de un solo documento.
El análisis y la interpretación son, por tanto, suficientes para el propósito de elaborar la lista completa de aquellos hechos que forman la base de la historia de las artes, de las ciencias o de las doctrinas.
Es tarea de la crítica externa localizar estos hechos determinando la época, el país y el autor de cada concepción. La duración, la distribución geográfica, el origen y la filiación de las concepciones pertenecen a la síntesis histórica. La crítica interna no tiene nada que hacer aquí; el hecho se toma directamente del documento.
Podemos avanzar un paso más. En sí mismas, las concepciones no son más que hechos psicológicos; pero la imaginación no crea sus objetos, toma los elementos de estos de la realidad.
Las descripciones de hechos imaginarios se construyen a partir de los hechos reales que el autor ha observado en su experiencia. Estos elementos de conocimiento, la materia prima de la descripción imaginaria, pueden buscarse y aislarse.
Al tratar con periodos y con clases de hechos para los cuales los documentos son escasos —la antigüedad, por ejemplo, y las costumbres de la vida privada—, se ha intentado utilizar obras literarias, poemas épicos, novelas, obras de teatro. El método es legítimo, pero solo dentro de los límites de ciertas restricciones que es muy fácil olvidar.
(1) No se aplica a los hechos sociales de orden psicológico, a las normas morales o artísticas de una sociedad; las concepciones morales y estéticas de un documento dan a lo sumo las normas individuales del autor; no tenemos derecho a deducir de ellas la moral o los gustos estéticos de la época. Debemos al menos esperar hasta haber comparado a varios autores diferentes del mismo período.
(2) Las descripciones, incluso de hechos y objetos físicos, pueden ser productos de la imaginación del autor. Son solo sus elementos los que sabemos con certeza que son reales; todo lo que podemos afirmar es la existencia separada de los elementos irreductibles: forma, material, color, número.
Cuando el poeta habla de puertas doradas o escudos de plata, no podemos deducir que en la realidad hayan existido jamás puertas doradas y escudos de plata; nada es seguro más allá de la existencia separada de puertas, escudos, oro y plata. El análisis debe llevarse, por tanto, hasta el punto de distinguir aquellos elementos que el autor necesariamente ha debido tomar de la experiencia: los objetos, su finalidad, las acciones ordinarias.
(3) La concepción de un objeto o de una acción prueba que existió, pero no que fuera común; el objeto o la acción pudieron haber sido únicos, o estar restringidos a un círculo muy pequeño; a los poetas y novelistas les gusta tomar sus modelos de un mundo excepcional.
(4) Los datos arrojados por este método no están localizados en el espacio ni en el tiempo; es posible que el autor los haya tomado de una época o un país que no son los suyos.
Todas estas restricciones pueden resumirse del siguiente modo: antes de sacar ninguna conclusión a partir de una obra literaria sobre el estado de la sociedad en la que vivió el autor, deberíamos preguntarnos cuál sería el valor de una conclusión semejante sobre las costumbres contemporáneas extraída de una novela moderna.
A los hechos proporcionados por las concepciones podemos añadir aquellos hechos indiferentes de carácter obvio y elemental que el autor ha expuesto casi sin pensar.
Lógicamente no tenemos derecho a llamarlos ciertos, pues a veces nos encontramos con hombres que se equivocan en cuanto a hechos obvios y elementales, y otros que mienten incluso en asuntos indiferentes. Pero tales casos son tan raros que no hay gran peligro en admitir como ciertos hechos de este tipo que estén respaldados por un único documento, y así es como tratamos, en la práctica, con períodos de los que poco se sabe.
- Las instituciones de los galos y los germanos se describen a partir de los textos únicos de César y Tácito.
- Hechos tan fáciles de descubrir se imponen a los autores de descripciones casi del mismo modo en que las realidades se imponen a los poetas.
II. Por otra parte, una afirmación en un documento sobre un hecho objetivo nunca basta para establecer ese hecho. Las probabilidades de falsedad o error son tantas, las condiciones que dieron origen a la afirmación son tan poco conocidas, que no podemos estar seguros de que ninguna de estas probabilidades haya surtido efecto. El examen crítico no proporciona una solución definitiva; es indispensable si hemos de evitar el error, pero es insuficiente para conducirnos a la verdad.
La crítica no puede probar ningún hecho; solo produce probabilidades. Su fin y resultado es descomponer los documentos en afirmaciones, cada una etiquetada con una estimación de su valor: afirmación sin valor, afirmación abierta a sospecha (fuerte o débil), afirmación probable (o muy probablemente) verdadera, afirmación de valor desconocido.
De todas estas diferentes clases de resultados, uno solo es definitivo: la afirmación de un autor que no puede haber tenido información sobre el hecho que enuncia es nula y sin valor; debe ser rechazada tal como rechazamos un documento apócrifo.
Pero la crítica aquí se limita a destruir fuentes ilusorias de información; no aporta nada cierto que pueda ocupar su lugar. Los únicos resultados seguros de la crítica son negativos.
Todos los resultados positivos están sujetos a duda; se reducen a proposiciones de la forma: "Hay probabilidades a favor o en contra de la verdad de tal o cual afirmación". Probabilidades únicamente.
Una afirmación sujeta a sospecha puede resultar ser verdadera; una afirmación cuya verdad es probable puede, al fin y al cabo, ser falsa. Los casos ocurren continuamente, y nunca conocemos lo suficientemente bien las condiciones bajo las cuales se hizo la observación como para saber si se hizo mal o bien.
Para obtener un resultado definitivo necesitamos una operación final.
Después de pasar por la prueba de la crítica, las afirmaciones se presentan como probables o improbables. Pero incluso la más probable de ellas, tomada por sí sola, sigue siendo una mera probabilidad: pasar de estas a proposiciones categóricas en forma científica es un paso que no tenemos derecho a dar; una proposición en una ciencia es una aseveración abierta a debate, y eso es lo que las afirmaciones que tenemos ante nosotros no son.
Es un principio común a todas las ciencias de observación no basar una conclusión científica en una sola observación; el hecho debe haber sido corroborado por varias observaciones independientes antes de ser afirmado categóricamente. La historia, con sus modos imperfectos de adquirir información, tiene menos derecho que cualquier otra ciencia a reclamar la exención de este principio. Una afirmación histórica es, en el más favorable de los casos, apenas una observación medianamente hecha, y necesita de otras observaciones para ser corroborada.
Es combinando observaciones como se construye toda ciencia: un hecho científico es un centro en el que convergen varias observaciones diferentes. Cada observación está sujeta a posibilidades de error que no pueden eliminarse por completo; pero si varias observaciones coinciden, esto difícilmente puede ser en virtud de un error común: la explicación más probable de la coincidencia es que los observadores han visto todos la misma realidad y la han descrito correctamente. Los errores son personales y tienden a divergir; son las observaciones correctas las que coinciden.
Aplicado a la historia, este principio conduce a una última serie de operaciones, intermedias entre la crítica puramente analítica y las operaciones sintéticas: la comparación de los testimonios.
Comenzamos clasificando los resultados obtenidos por el análisis crítico de tal manera que se agrupen aquellas afirmaciones que se refieren al mismo hecho.
La operación se facilita mecánicamente mediante el método de fichas. O bien cada afirmación se ha anotado en una ficha separada, o bien se ha asignado una sola ficha para cada hecho, y las diferentes afirmaciones relativas al mismo se han anotado en la ficha a medida que se encontraban en el curso de la lectura.
Al agrupar las afirmaciones, conocemos el alcance de nuestra información sobre el hecho; la conclusión definitiva depende de la relación entre las afirmaciones. Debemos, por tanto, estudiar por separado los diferentes casos que puedan presentarse.
III. Casi siempre, a excepción de la historia contemporánea, los documentos solo suministran un testimonio único sobre un hecho determinado. En tal caso, todas las demás ciencias siguen una regla invariable: una observación aislada no es admitida en la ciencia; se la cita (con el nombre del observador), pero no se extrae ninguna conclusión de ella.
Los historiadores no tienen ningún motivo confesable para proceder de otro modo. Cuando un hecho no se apoya en más que la declaración de un solo hombre, por honesto que sea, los historiadores no deben afirmarlo, sino hacer lo que hacen los hombres de ciencia: dar la referencia (Tucídides afirma, César dice que...); esto es todo lo que tienen derecho a afirmar.
En realidad todos conservan el hábito de exponer los hechos, como se hacía en la Edad Media, por la autoridad de Tucídides o de César; muchos son tan ingenuos como para hacerlo en términos expresos.
Así, dejándose guiar por la credulidad natural, no frenada por la ciencia, los historiadores acaban por admitir, basándose en la presunción insuficiente que ofrece un documento único, cualquier afirmación que no dé la casualidad de ser contradicha por otro documento.
De ahí la absurda consecuencia de que la historia sea más positiva, y parezca mejor establecida en lo que se refiere a esos períodos poco conocidos representados por un solo escritor, que en lo referente a hechos conocidos por miles de documentos que se contradicen entre sí.
Las guerras de los medos conocidas solo por Heródoto, las aventuras de Fredegunda relatadas únicamente por Gregorio de Tours, están menos sujetas a discusión que los acontecimientos de la Revolución francesa, los cuales han sido descritos por cientos de contemporáneos.
Este es un estado de cosas desacreditado que no puede terminar sino mediante una revolución en la mente de los historiadores.
IV. Cuando tenemos varias declaraciones relativas al mismo hecho, estas pueden contradecirse o pueden concordar. Para tener la certeza de que realmente se contradicen, debemos asegurarnos de que en verdad se refieren al mismo hecho. Dos declaraciones aparentemente contradictorias pueden ser meramente paralelas; puede que no se refieran exactamente al mismo momento, al mismo lugar, a las mismas personas, a los mismos episodios de un acontecimiento, y ambas pueden ser correctas. No debemos, sin embargo, inferir que se confirman mutuamente; cada una entra en la categoría de declaración única.
Si la contradicción es real, al menos una de las afirmaciones es falsa.
En tales casos, es una tendencia natural buscar reconciliarlas mediante un compromiso: ceder a medias. Este espíritu pacificador es lo opuesto a lo científico. A dice que dos y dos son cuatro; B dice que son cinco. No debemos concluir que dos y dos son cuatro y medio; debemos examinar y ver cuál tiene razón. Este examen es la labor de la crítica.
De dos afirmaciones contradictorias, casi siempre ocurre que una es sospechosa; esta debe ser rechazada si la afirmación competidora ha sido juzgada como muy probablemente verdadera. Si ambas son sospechosas, nos abstenemos de sacar cualquier conclusión. Hacemos lo mismo si varias afirmaciones sospechosas coinciden frente a una sola afirmación que no es sospechosa.
V. Cuando varias afirmaciones coinciden, sigue siendo necesario resistir la tendencia natural a creer que el hecho ha sido demostrado. El primer impulso es contar cada documento como una fuente de información independiente. Somos muy conscientes en los asuntos de la vida cotidiana de que los hombres tienden a copiarse unos a otros, de que una sola narrativa a menudo sirve a los propósitos de varios narradores, de que varios periódicos a veces coinciden en publicar la misma correspondencia, de que varios reporteros a veces se ponen de acuerdo para dejar que uno de ellos haga el trabajo por todos. Tenemos, en tal caso, varios documentos, varias afirmaciones; ¿tenemos el mismo número de observaciones? Evidentemente no.
Cuando una afirmación reproduce otra, no constituye una nueva observación, e incluso si una observación fuera reproducida por cien autores diferentes, estas cien copias equivaldrían a una sola observación.
Contarlas como cien equivaldría a lo mismo que contar cien ejemplares impresos del mismo libro como cien documentos diferentes. Pero el respeto que se rinde a los «documentos históricos» es a veces más fuerte que la verdad evidente.
Una misma afirmación que aparece en varios documentos diferentes redactados por distintos autores tiene una apariencia ilusoria de multiplicidad; un hecho idéntico relatado en diez documentos diferentes a la vez da la impresión de estar establecido por diez observaciones coincidentes.
Debe desconfiarse de esta impresión. Una coincidencia solo es concluyente cuando las afirmaciones coincidentes representan observaciones independientes entre sí. Antes de extraer cualquier conclusión a partir de una coincidencia, debemos examinar si se trata de una coincidencia entre observaciones independientes.
Se requieren, por tanto, dos operaciones.
(1) Comenzamos por averiguar si las declaraciones son independientes o si son reproducciones de una y la misma observación.
Esta investigación es en parte obra de aquella parte de la crítica externa que se ocupa de la investigación de fuentes; pero dicha investigación solo toca las relaciones entre documentos escritos y se detiene cuando ha determinado qué pasajes de un autor han sido tomados de otros autores.
Los pasajes tomados de otros deben rechazarse sin discusión. Pero queda por hacer el mismo trabajo en relación con las declaraciones que no fueron consignadas por escrito. Tenemos que comparar las declaraciones que se refieren al mismo hecho, para averiguar si procedían originalmente de diferentes observadores, o al menos de diferentes observaciones.
El principio es análogo al empleado en la investigación de fuentes. Los detalles de un hecho social son tan múltiples, y hay tantas maneras diferentes de ver el mismo hecho, que dos observadores independientes no pueden dar en ningún caso relatos completamente coincidentes; si dos declaraciones presentan los mismos detalles en el mismo orden, deben derivarse de una observación común; las observaciones diferentes están destinadas a divergir en alguna parte.
A menudo podemos aplicar un principio a priori: si el hecho era de tal naturaleza que solo podía ser observado o reportado por un único observador, entonces todos los relatos del mismo deben derivarse de una sola observación. Estos principios nos permiten reconocer muchos casos de observaciones diferentes, y casos todavía más numerosos de reproducción de observaciones.
Aún queda un gran número de casos dudosos. La tendencia natural es tratarlos como si fueran casos de observación independiente. Pero el procedimiento científico sería el inverso exacto de esto: mientras no se demuestre que las afirmaciones son independientes, no tenemos derecho a asumir que su coincidencia es concluyente.
Solo después de haber determinado las relaciones entre las diferentes afirmaciones podemos empezar a contar las y a examinar su concordancia.
Aquí de nuevo debemos desconfiar del primer impulso; el tipo de concordancia que resulta verdaderamente concluyente no es, como cabría imaginar de forma natural, una perfecta similitud entre dos relatos, sino una coincidencia ocasional entre dos relatos que solo se parecen parcialmente.
La tendencia natural es pensar que cuanto más estrecha es la concordancia, mayor es su poder demostrativo; debemos, por el contrario, adoptar como regla la paradoja de que una concordancia prueba más cuando se limita a un pequeño número de circunstancias.
Es en tales puntos de coincidencia entre afirmaciones divergentes donde debemos buscar los hechos históricos científicamente establecidos.
(2) Antes de sacar ninguna conclusión, queda por cerciorarse de si las diferentes observaciones del mismo hecho son enteramente independientes; pues es posible que una haya influido en otra hasta tal punto que su concordancia no sea concluyente. Debemos precavernos contra los casos siguientes:—
(a) Las diferentes observaciones han sido hechas por el mismo autor, quien las ha registrado ya sea en un mismo documento o en documentos diferentes; deben mediar entonces razones especiales antes de poder asumir que el autor realmente hizo la observación de nuevo, y no se contentó con simplemente repetir una sola observación.
(b) Hubo varios observadores, pero encargaron a uno de ellos que redactara un único documento. Tenemos que averiguar si el documento se limita a exponer las declaraciones del redactor o si los demás observadores comprobaron su trabajo.
(c) Varios observadores registraron sus observaciones en diferentes documentos, pero en condiciones similares. Debemos aplicar la lista de preguntas críticas para cerciorarnos de si no estuvieron todos sujetos a las mismas influencias, que predisponen a la falsedad o al error; si, por ejemplo, tenían un interés común, una vanidad común o prejuicios comunes.
Las únicas observaciones que son ciertamente independientes son aquellas contenidas en diferentes documentos, escritos por diferentes autores, que pertenecieron a diferentes grupos y trabajaron bajo diferentes condiciones.
Los casos de acuerdo perfectamente concluyente son, por tanto, raros, excepto en lo que se refiere a los períodos modernos.
La posibilidad de probar un hecho histórico depende del número de documentos independientes relativos al mismo que se han conservado, y la conservación de los documentos es cuestión de azar; esto explica la parte que el azar tiene en la formación de la ciencia histórica.
Los hechos que es posible establecer son principalmente aquellos que abarcan una gran extensión de espacio o tiempo (a veces llamados hechos generales), las costumbres, las doctrinas, las instituciones, los grandes acontecimientos; eran más fáciles de observar que los otros, y ahora son más fáciles de probar.
El método histórico no es, sin embargo, esencialmente impotente para establecer hechos de corta duración y de extensión limitada (aquellos que se denominan hechos particulares), tales como un dicho o un acto momentáneo. Basta con que varias personas hayan estado presentes cuando el hecho ocurrió, que lo hayan registrado y que sus escritos hayan llegado hasta nosotros.
Sabemos cuáles fueron las palabras que Lutero pronunció en la Dieta de Worms; sabemos que no dijo lo que la tradición pone en su boca. Esta coincidencia de condiciones favorables se vuelve cada vez más frecuente con la organización de los periódicos, de los taquígrafos y de los repositorios de documentos.
En el caso de la antigüedad y la Edad Media, el conocimiento histórico se limita a hechos generales debido a la escasez de documentos.
Al tratar con la historia contemporánea es posible incluir cada vez más hechos particulares. El público general supone lo contrario; sospecha de los hechos contemporáneos, sobre los cuales ve circular relatos contradictorios, y cree sin dudarlo los hechos antiguos, que no ve contradichos en ninguna parte.
Su confianza alcanza su punto máximo respecto a aquella historia que no tenemos los medios de conocer, y su escepticismo aumenta con los medios de conocimiento.
VI. El acuerdo entre los documentos conduce a conclusiones que no son todas definitivas. Para completar y rectificar nuestras conclusiones aún nos queda por estudiar la armonía de los hechos.
Varios hechos que, tomados de forma aislada, solo están imperfectamente probados, pueden confirmarse mutuamente de tal manera que produzcan una certeza colectiva.
Los hechos que los documentos presentan de forma aislada han estado a veces en la realidad lo suficientemente cerca unos de otros como para estar conectados. De este tipo son las acciones sucesivas del mismo hombre o del mismo grupo de hombres, los hábitos de un mismo grupo en diferentes épocas separadas por cortos intervalos, o de grupos similares en la misma época.
Es sin duda posible que uno de varios hechos análogos sea verdadero y otro falso; la certeza del primero no justifica la afirmación categórica del segundo. Pero aun así, la armonía de varios hechos de este tipo, cada uno probado imperfectamente, produce un tipo de certeza; los hechos, en el sentido estricto de la palabra, no se prueban, sino que se confirman mutuamente.
La duda que afectaba a cada uno de ellos desaparece; obtenemos esa especie de certeza que produce la interconexión de los hechos. Así, la comparación de conclusiones que por separado son dudosas produce un conjunto que es moralmente cierto.
- En el itinerario de un soberano, los días y los lugares se confirman mutuamente cuando armonizan de modo que forman un todo coherente.
- Una institución o un uso popular se establece mediante la armonía de los relatos, cada uno de los cuales no es más que probable, referidos a diferentes tiempos y lugares.
Este método es difícil de aplicar. La noción de armonía es mucho más vaga que la de concordancia.
No podemos fijar ninguna regla general precisa para distinguir los hechos que están suficientemente conectados como para formar un todo, cuya armonía de partes sea concluyente; tampoco podemos determinar de antemano la duración y el alcance de aquello que puede considerarse para formar un todo.
Hechos separados por medio siglo de tiempo y cien leguas de espacio pueden confirmarse mutuamente de tal manera que establezcan un uso popular (por ejemplo, entre los antiguos germanos); pero no probarían nada si se tomaran de una sociedad heterogénea sujeta a una rápida evolución (tómese, por ejemplo, la sociedad francesa en 1750, y de nuevo en 1800, en Alsacia y en Provenza).
Aquí tenemos que estudiar la relación entre los hechos. Esto nos lleva a los comienzos de la construcción histórica; aquí está la transición de las operaciones analíticas a las sintéticas.
VII. Pero falta por considerar los casos de discordancia entre hechos establecidos por documentos y otros hechos establecidos por otros métodos.
Sucede a veces que un hecho obtenido como conclusión histórica está en contradicción con un conjunto de hechos históricos conocidos, o con la suma de nuestros conocimientos sobre la humanidad fundados en la observación directa, o con una ley científica establecida por el método regular de una ciencia constituida. En los dos primeros casos, el hecho solo está en conflicto con la historia, la psicología o la sociología, ciencias todas ellas imperfectamente establecidas; entonces simplemente calificamos el hecho de improbable. Si está en conflicto con una ciencia verdadera, se convierte en un milagro.
¿Qué debemos hacer con un hecho improbable o milagroso? ¿Debemos admitirlo tras el examen de los documentos, o debemos pasar de largo y archivar la cuestión?
Improbabilidad no es una noción científica; varía según el individuo. A cada persona le parece improbable aquello a lo que no está acostumbrada a ver: un campesino consideraría el teléfono mucho más improbable que un fantasma; un rey de Siam se negó a creer en la existencia del hielo.
Es importante saber con precisión a quién le parece improbable el hecho. ¿Es a la masa que carece de cultura científica? Para ella, la ciencia es más improbable que el milagro, la fisiología que el espiritismo; sus nociones de improbabilidad carecen de valor.
¿Es al hombre que posee cultura científica? Si es así, tenemos que habérnoslas con lo que le parece improbable a una mente científica, y sería más exacto decir que el hecho es contrario a los resultados de la ciencia —que hay desacuerdo entre las observaciones directas de los hombres de ciencia y el testimonio indirecto de los documentos.
¿Cómo ha de resolverse este conflicto? La cuestión no tiene gran interés práctico; casi todos los documentos que relatan hechos milagrosos ya son sospechosos por otros motivos, y serían descartados por una sana crítica. Pero la cuestión de los milagros ha suscitado tales pasiones que tal vez sea conveniente indicar cómo afecta al historiador.
La tendencia general a creer en lo maravilloso ha llenado de hechos milagrosos los documentos de casi todos los pueblos.
Históricamente, la existencia del diablo está mucho mejor probada que la de Pisistratus: no se ha conservado ni una sola palabra de un contemporáneo de Pisistratus que diga haberlo visto; miles de "testigos oculares" declaran haber visto al diablo; pocos hechos históricos han sido establecidos por un número tan grande de testimonios independientes.
Sin embargo, no dudamos en rechazar al diablo y aceptar a Pisistratus. Porque la existencia del diablo sería irreconciliable con las leyes de todas las ciencias establecidas.
Para el historiador, la solución del problema es obvia. Las observaciones cuyos resultados figuran en los documentos históricos nunca poseen el mismo valor que las de los científicos contemporáneos; ya hemos explicado por qué.
El método indirecto de la historia siempre es inferior a los métodos directos de las ciencias de observación. Si sus resultados no concuerdan con los de aquellas, es la historia la que debe ceder; la ciencia histórica, con sus imperfectos medios de información, no puede pretender verificar, contradecir o corregir los resultados de otras ciencias, sino que debe más bien utilizar los de estas para corregir los suyos propios.
El progreso de las ciencias directas modifica a veces los resultados de la interpretación histórica; un hecho establecido por la observación directa ayuda a la comprensión y a la crítica de los documentos.
Casos de estigmas y de anestesia nerviosa que han sido científicamente observados han llevado a admitir como verdaderos relatos históricos de hechos análogos, como en el caso de los estigmas de ciertos santos y de las monjas poseídas de Loudun.
Pero la historia no puede ayudar al progreso de las ciencias directas. Se mantiene a distancia de la realidad por sus medios indirectos de información, y debe aceptar las leyes que establecen aquellas ciencias que entran en contacto inmediato con la realidad. Para rechazar una de estas leyes son necesarias nuevas observaciones directas. Tales revoluciones son posibles, pero deben gestarse desde dentro. La historia no tiene el poder de tomar la iniciativa en ellas.
La solución no es tan clara en el caso de los hechos que no armonizan con un cuerpo de conocimientos históricos o con las ciencias, todavía en estado embrionario, que se ocupan del hombre.
Depende de la opinión que nos formemos sobre el valor de dichos conocimientos. Podemos al menos establecer la regla práctica de que, para contradecir a la historia, la psicología o la sociología, debemos contar con documentos muy sólidos, y este es un caso que casi nunca se presenta.
LIBRO III
# OPERACIONES SINTÉTICAS
# CAPÍTULO I
CONDICIONES GENERALES DE LA CONSTRUCCIÓN HISTÓRICA
La crítica de documentos solo produce hechos aislados. Para organizarlos en un cuerpo de ciencia es necesario realizar una serie de operaciones sintéticas. El estudio de estos procesos de construcción histórica constituye la segunda mitad de la Metodología.
El modo de construcción no puede ser regulado por el plan ideal de la ciencia que deseamos construir; depende de los materiales que tenemos a nuestra disposición.
Sería quimérico formular un proyecto que los materiales no nos permitieran llevar a cabo; equivaldría a proponer la construcción de una torre Eiffel con sillares de piedra.
El defecto fundamental de las filosofías de la historia es que olvidan esta necesidad práctica.
I. Comencemos por considerar los materiales de la historia. ¿Cuál es su forma y su naturaleza? ¿En qué se diferencian de los materiales de otras ciencias?
Los hechos históricos se deducen del análisis crítico de los documentos. Surgen de este proceso en la forma a la que el análisis los ha reducido, troceados en declaraciones individuales; pues una sola frase contiene varias declaraciones: a menudo hemos aceptado unas y rechazado otras; cada una de estas declaraciones representa un hecho.
Los hechos históricos tienen la característica común de haber sido tomados de documentos; pero difieren enormemente entre sí.
(1) Representan fenómenos de naturaleza muy diversa. Del mismo documento extraemos datos relativos a la escritura, la lengua, el estilo, las doctrinas, las costumbres, los acontecimientos. La inscripción de Mesa proporciona datos relativos a la escritura y la lengua moabitas, a la creencia en el dios Quemos, a las prácticas propias de su culto y a la guerra entre los moabitas e Israel.
Así, los hechos nos llegan en revuelta confusión, sin distinción de naturaleza. Esta mezcla de hechos heterogéneos es una de las características que diferencian a la historia de las demás ciencias. Las ciencias de observación directa eligen los hechos que van a estudiar y se limitan sistemáticamente a la observación de hechos de una sola especie. Las ciencias documentales reciben los hechos, ya observados, de manos de los autores de los documentos, quienes los suministran en desorden.
Con el fin de remediar este desorden, es necesario clasificar los hechos y agruparlos por especies. Pero, para clasificarlos, es preciso saber con precisión qué es lo que constituye una especie de hechos históricos; para agruparlos necesitamos un principio de clasificación que les sea aplicable. Sin embargo, sobre estas dos cuestiones de capital importancia, los historiadores aún no han logrado formular reglas precisas.
(2) Los hechos históricos se presentan en grados de generalidad muy diversos, desde los hechos altamente generales que se aplican a todo un pueblo y que duran siglos (instituciones, costumbres, creencias), hasta las acciones más efímeras de un solo hombre (una palabra, un movimiento).
Aquí nuevamente la historia difiere de las ciencias de observación directa, las cuales parten regularmente de hechos particulares y se esfuerzan metódicamente por condensarlos en hechos generales. Para formar grupos, los hechos deben reducirse a un grado común de generalidad, lo que hace necesario averiguar a qué grado de generalidad podemos y debemos reducir las diferentes especies de hechos. Y esto es en lo que los historiadores no se ponen de acuerdo entre sí.
(3) Los hechos históricos están localizados; cada uno pertenece a un tiempo y a un país determinados. Si suprimimos el tiempo y el lugar a los que pertenecen, pierden su carácter histórico; ahora solo contribuyen al conocimiento de la humanidad universal, como ocurre con los hechos del folclore cuyo origen se desconoce. Esta necesidad de localización también es ajena a las ciencias generales; se limita a las ciencias descriptivas, que se ocupan de la distribución geográfica y de la evolución de los fenómenos. Obliga al historiador a estudiar por separado los hechos pertenecientes a diferentes países y a diferentes épocas.
(4) Los hechos que han sido extraídos de los documentos mediante el análisis crítico se presentan acompañados de una estimación crítica de su probabilidad. En cada caso en que no hayamos alcanzado una certeza completa, siempre que el hecho sea meramente probable —y con más razón cuando sea sospechoso—, la crítica suministra el hecho al historiador acompañado de una etiqueta que este no tiene derecho a retirar, y que impide que el hecho sea admitido definitivamente en la ciencia.
Incluso aquellos hechos que, tras su comparación con otros, terminan por establecerse, quedan sujetos a una exclusión provisional, al igual que los casos clínicos que se acumulan en las revistas médicas antes de ser considerados suficientemente probados para ser recibidos como hechos científicos.
La construcción histórica tiene que realizarse, por tanto, con una masa incoherente de hechos diminutos, con un conocimiento de detalles reducido, por decirlo así, a polvo.
Debe utilizar una amalgama heterogénea de materiales, relativos a diferentes temas y lugares, que difieren en su grado de generalidad y certeza.
La práctica de los historiadores no proporciona ningún método para clasificarlos; la historia, que comenzó siendo una forma de literatura, ha sigido siendo la menos metódica de las ciencias.
II. En toda ciencia, el paso siguiente a la observación de los hechos consiste en formular una serie de preguntas según algún sistema metódico; toda ciencia se compone de las respuestas a una serie semejante de preguntas.
En todas las ciencias de observación directa, incluso si las preguntas que deben responderse no se han planteado de antemano, los hechos que se observan sugieren preguntas y exigen que se formulen con precisión.
Pero los historiadores carecen de una disciplina de este tipo; muchos de ellos están acostumbrados a imitar a los artistas y ni siquiera piensan en preguntarse qué es lo que buscan. Extraen de sus documentos aquellas partes que les llaman la atención, a menudo por razones puramente personales, y las reproducen, cambiando el lenguaje y añadiendo cuantas reflexiones misceláneas acudan a su mente.
Si la historia no ha de perderse en la confusión de sus materiales, debe establecerse como regla proceder aquí, al igual que en las demás ciencias, por medio de preguntas y respuestas.
Pero ¿cómo han de elegirse las preguntas en una ciencia tan diferente de las demás? Este es el problema fundamental del método. La única forma de resolverlo es comenzar por determinar la característica esencial de los hechos históricos por la cual se diferencian de los hechos de las otras ciencias.
Las ciencias de la observación directa se ocupan de las realidades, tomadas en su totalidad. La ciencia que más de cerca linda con la historia respecto a su materia de estudio, la zoología descriptiva, procede mediante el examen de un animal real y completo.
Este animal es primero observado, como un todo, por la visión real; después es disecado en sus partes; esta disección es el análisis en el sentido original de la palabra (ἁναλὑειν, descomponer en partes).
Es posible entonces volver a juntar las partes de tal manera que se muestre la estructura del todo; esto es la síntesis real.
Es posible observar los movimientos reales que son las funciones de los órganos de tal manera que se observen las acciones y reacciones mutuas de las diferentes partes del organismo.
Es posible comparar todos los reales y ver cuáles son las partes en las que se asemejan unos a otros, para así poder clasificarlos de acuerdo con puntos reales de parecido.
La ciencia es un cuerpo de conocimiento objetivo fundado en el real análisis, síntesis y comparación; la visión real de las cosas estudiadas guía al investigador científico y dicta las preguntas que debe hacerse.
En la historia no hay nada semejante a esto. Uno es propenso a decir que la historia es la «visión» de los acontecimientos pasados, y que procede por «análisis»: son dos metáforas, peligrosas si nos dejamos engañar por ellas. En la historia no vemos nada real, excepto papel con escritura en él —y a veces monumentos o los productos del arte o de la industria—. El historiador no tiene ante sí nada que pueda analizar físicamente, nada que pueda destruir y reconstruir.
El «análisis histórico» no es más real de lo que lo es la visión de los hechos históricos; es un proceso abstracto, una operación puramente intelectual.
El análisis de un documento consiste en una búsqueda mental de los elementos de información que contiene, con el objeto de criticarlos uno por uno.
El análisis de un hecho consiste en el proceso de distinguir mentalmente entre sus diferentes detalles (los diversos episodios de un acontecimiento, las características de una institución), con el objeto de prestar especial atención a cada detalle a su vez; eso es lo que se llama examinar los diferentes «aspectos» de un hecho,—otra metáfora.
La mente humana es vaga por naturaleza, y de manera espontánea solo revive vagas impresiones colectivas; para impartirles claridad es necesario preguntar qué impresiones individuales concurren a formar una dada impresión colectiva, a fin de que la precisión pueda ser alcanzada mediante una consideración sucesiva de ellas.
Esta es una operación indispensable, pero no debemos exagerar su alcance. No es un método objetivo que produce el conocimiento de los objetos reales; es solo un método subjetivo que apunta a detectar aquellos elementos abstractos que componen nuestras impresiones.
Por la naturaleza misma de sus materiales, la historia es necesariamente una ciencia subjetiva.
Sería ilegítimo extender a este análisis intelectual de impresiones subjetivas las reglas que rigen el análisis real de objetos reales.
La historia, por tanto, debe precaverse contra la tentación de imitar el método de las ciencias biológicas. Los hechos históricos son tan diferentes de los hechos de las otras ciencias que su estudio requiere un método distinto.
III. Los documentos, única fuente de conocimiento histórico, proporcionan información sobre tres categorías de hechos:
(1) Seres vivos y objetos materiales.
Los documentos nos familiarizan con la existencia de seres humanos, condiciones físicas, productos del arte y de la industria. En todos estos casos, los hechos físicos se le han presentado al autor a través de la percepción física. Pero no tenemos ante nosotros más que fenómenos intelectuales, hechos vistos «a través de la imaginación del autor» o, para hablar con precisión, imágenes mentales representativas de las impresiones del autor —imágenes que nos formamos por la analogía de las imágenes que había en su mente—. El Templo de Jerusalén fue un objeto material que los hombres vieron, pero no podemos verlo ahora; todo lo que ahora podemos hacer es formarnos una imagen mental de él, análoga a la que existió en las mentes de quienes lo vieron y describieron.
(2) Acciones de los hombres.
Los documentos relatan las acciones (y palabras) de los hombres de otros tiempos. Aquí también hay hechos físicos que los autores conocieron por la vista y el oído, pero que hoy para nosotros no son más que los recuerdos del autor, imágenes subjetivas que se reproducen en nuestras mentes. Cuando César fue apuñalado, las puñaladas fueron vistas, las palabras de los asesinos fueron oídas; nosotros no tenemos más que imágenes mentales.
Las acciones y las palabras tienen todas esta característica, que cada una fue la acción o la palabra de un individuo; la imaginación solo puede representarse a sí misma actos individuales, copiados de aquellos que se nos presentan mediante la observación física directa.
Como estas son las acciones de hombres que viven en sociedad, la mayoría de ellas son realizadas simultáneamente por varios individuos, o están dirigidas a algún fin común. Estos son actos colectivos; pero, en la imaginación como en la observación directa, siempre se reducen a una suma de acciones individuales. El «hecho social», tal como lo reconocen ciertos sociólogos, es una construcción filosófica, no un hecho histórico.
(3) Móviles y concepciones. Las acciones humanas no contienen su causa dentro de sí mismas; tienen móviles. Esta palabra vaga denota tanto el estímulo que ocasiona la realización de una acción como la representación de la acción que está en la mente de un hombre en el momento en que la realiza. Solo podemos imaginar los móviles como existentes en la mente de un hombre, y bajo la forma de vagas representaciones interiores, análogas a las que tenemos de nuestros propios estados internos; solo podemos expresarlos mediante palabras, generalmente metafóricas. Aquí tenemos hechos psíquicos, llamados comúnmente sentimientos e ideas.
Los documentos muestran tres clases de tales hechos:
- (a) móviles y concepciones en la mente de los autores y expresados por ellos;
- (c) móviles que nosotros mismos podemos suponer que influyeron en las acciones relatadas en los documentos, y que nos representamos según el modelo de nuestros propios móviles.
- (b) móviles e ideas atribuidos por los autores a contemporáneos suyos cuyas acciones han visto;
Hechos físicos, acciones humanas (tanto individuales como colectivas), hechos psíquicos: estos forman los objetos del conocimiento histórico; ninguno de ellos se observa directamente, todos son imaginados. Los historiadores —casi todos ellos inconscientemente y bajo la impresión de que están observando realidades— se ocupan únicamente de imágenes.
IV. ¿Cómo es posible, entonces, imaginar los hechos sin que sean enteramente imaginarios?
Los hechos, tal como existen en la mente del historiador, son necesariamente subjetivos; esa es una de las razones que se aducen para negarse a reconocer la historia como una ciencia. Pero subjetivo no es sinónimo de irreal.
Un recuerdo es solo una imagen; mas no por ello es una quimera, es la representación de una realidad desvanecida. Es verdad que el historiador que trabaja con documentos no tiene recuerdos personales de los que pueda hacer un uso directo; pero forma imágenes mentales basándose en el modelo de sus propios recuerdos. Da por sentado que las realidades (objetos, acciones, motivos), que ahora han desaparecido, pero que en otro tiempo fueron observadas por los autores de los documentos, se parecían a las realidades de su propia época que él mismo ha visto y que conserva en la memoria.
Este es el postulado de todas las ciencias documentales. Si la humanidad pasada no se pareciera a la humanidad de hoy, los documentos serian ininteligibles. Partiendo de este parecido supuesto, el historiador se forma una representación mental de los hechos pretéritos de la historia similar a su propio recuerdo de los hechos de los que ha sido testigo.
Esta operación, que se realiza inconscientemente, es una de las principales fuentes de error en la historia.
Las cosas del pasado que han de ser imaginadas no eran totalmente similares a las cosas del presente que hemos visto; nunca hemos visto a un hombre como César o Clodoveo, y jamás hemos experimentado los mismos estados mentales que ellos.
En las ciencias establecidas es igualmente cierto que un hombre trabajará sobre hechos que otro ha observado, y que por lo tanto debe representarse a sí mismo por analogía; pero estos hechos están definidos por términos precisos que indican qué elementos invariables deben aparecer en la imagen.
Incluso en la fisiología, las nociones que surgen son lo suficientemente claras y fijas como para que la misma palabra evoque en la mente de todos los naturalistas imágenes similares de un órgano o de un movimiento. La razón es que cada noción que tiene un nombre ha sido formada por un método de observación y abstracción en el transcurso del cual todas las características que pertenecen a la noción han sido precisamente determinadas y descritas.
Pero a medida que un cuerpo de conocimiento se ocupa más estrechamente de los hechos invisibles de la mente, sus nociones se vuelven más confusas y su lenguaje menos preciso. Incluso los hechos más ordinarios de la vida humana, las condiciones sociales, las acciones, los motivos, los sentimientos, solo pueden expresarse mediante términos vagos (rey, guerrero, luchar, elegir).
En el caso de fenómenos más complejos, el lenguaje es tan indefinido que ni siquiera hay acuerdo sobre los elementos esenciales de los mismos. ¿Qué debemos entender por tribu, un ejército, una industria, un mercado, una revolución?
Aquí la historia comparte la vaguedad común a todas las ciencias de la humanidad, ya sean psicológicas o sociales. Pero su método indirecto de representación mediante imágenes mentales hace que esta vaguedad sea aún más peligrosa. Las imágenes históricas en nuestras mentes deberían, por lo tanto, reproducir al menos los rasgos esenciales de las imágenes que estaban en las mentes de los observadores directos de los hechos pasados; pero los términos en los que expresaron sus imágenes mentales nunca nos dicen exactamente cuáles eran estos elementos esenciales.
Hechos que no vimos, descritos en un lenguaje que no nos permite representárnoslos en la mente con exactitud, forman los datos de la historia.
El historiador, sin embargo, se ve obligado a imaginar los hechos, y debe esforzarse constantemente por construir sus imágenes mentales basándose exclusivamente en elementos correctos, de modo que pueda imaginar los hechos tal como los habría visto de haber podido observarlos personalmente.
Pero la formación de una imagen mental requiere más elementos de los que proporcionan los documentos. Intente cualquiera formarse una representación mental de una batalla o una ceremonia a partir de los datos de una narración, por muy detallada que sea; verá cuántos rasgos se ve obligado a añadir. Esta necesidad se hace físicamente perceptible en los intentos de reconstruir monumentos de acuerdo con descripciones (por ejemplo, el Templo de Jerusalén), en los cuadros que pretenden ser representaciones de escenas históricas, en los dibujos de los periódicos ilustrados.
Toda imagen histórica contiene una gran parte de imaginación. El historiador no puede librarse de ella, pero puede hacer balance de los elementos reales que entran en sus imágenes y limitar sus construcciones a estos; son los elementos que ha obtenido de los documentos.
Si, para comprender la batalla entre César y Ariovisto, considera necesario formarse una imagen mental de los dos ejércitos opuestos, tendrá cuidado de no sacar ninguna conclusión del aspecto general bajo el cual los imagina; basará sus razonamientos exclusivamente en los detalles reales proporcionados por los documentos.
V. El problema del método histórico puede plantearse finalmente del siguiente modo.
A partir de los diferentes elementos que hallamos en los documentos formamos imágenes mentales. Algunas de ellas, relativas por entero a objetos físicos, nos son proporcionadas por los monumentos figurativos y representan directamente algunos de los aspectos físicos de las cosas del pasado. La mayor parte de ellas, sin embargo, incluidas todas las imágenes que formamos de los hechos psíquicos, se construyen sobre el modelo ya sea de representaciones antiguas o, con mayor frecuencia, de los hechos que hemos observado en nuestra propia experiencia.
Ahora bien, las cosas del pasado solo eran parcialmente similares a las cosas del presente, y son precisamente los puntos de diferencia los que hacen que la historia sea interesante. ¿Cómo hemos de representarnos estos elementos de diferencia para los cuales no poseemos ningún modelo? Jamás hemos visto a una compañía de hombres parecida a los guerreros francos, y nunca hemos experimentado personalmente los sentimientos que tuvo Clodoveo al partir para luchar contra los visigodos. ¿Cómo hemos de hacer para que nuestra imaginación de hechos de esta índole esté en armonía con la realidad?
Prácticamente, lo que sucede es lo siguiente. Inmediatamente al leer una frase en un documento, se forma una imagen en nuestras mentes mediante una operación espontánea que escapa a nuestro control.
Esta imagen se basa en una analogía superficial y es, por lo general, burdamente inexacta. Cualquiera que explore su memoria puede recordar la forma absurda en que se representó por primera vez a los personajes y escenarios del pasado.
Es tarea de la historia rectificar estas imágenes gradualmente, eliminando los elementos falsos uno por uno y reemplazándolos por otros verdaderos. Hemos visto personas pelirrojas, coseletes y hachas de guerra francas (o al menos dibujos de estos objetos); reunimos estos elementos para corregir nuestra primera imagen mental de los guerreros francos.
La imagen histórica termina así por convertirse en una combinación de rasgos tomados de diferentes experiencias.
No basta con representarse a uno mismo personas, objetos y acciones aislados. Los hombres y sus acciones forman parte de un todo, de una sociedad y de un proceso de evolución. Por consiguiente, es además necesario representarse las relaciones entre diferentes hombres y diferentes acciones (naciones, gobiernos, leyes, guerras).
Pero para imaginar relaciones es necesario tener una concepción de las colectividades o totalidades, y los documentos sólo ofrecen elementos aislados.
Aquí nuevamente el historiador se ve obligado a utilizar un método subjetivo. Imagina una sociedad o un proceso de evolución, y en este marco imaginario dispone los elementos proporcionados por los documentos.
Así pues, mientras que la clasificación biológica se guía por la observación objetiva de unidades físicas, la clasificación histórica sólo puede efectuarse sobre unidades subjetivas existentes en la imaginación.
Las realidades del pasado son cosas que no observamos, y que solo podemos conocer en virtud de su parecido con las realidades del presente.
Para hacernos cargo de las condiciones en las que ocurrieron los acontecimientos pasados, debemos observar la humanidad de hoy y buscar las condiciones bajo las cuales suceden ahora acontecimientos análogos.
La historia se convierte así en una aplicación de las ciencias descriptivas que tratan sobre la humanidad, la psicología descriptiva, la sociología o la ciencia social; pero todas estas ciencias todavía están imperfectamente establecidas, y sus defectos retrasan el establecimiento de una ciencia de la historia.
Algunas de las condiciones de la vida humana son, sin embargo, tan necesarias y tan obvias que la observación más superficial basta para establecerlas.
Estas son las condiciones comunes a toda la humanidad; tienen su origen ya sea en la organización fisiológica que determina las necesidades materiales de los hombres, o en la organización psicológica que determina sus hábitos en materia de conducta.
Estas condiciones pueden, por tanto, preverse mediante el uso de una serie de preguntas generales aplicables a todos los casos que puedan presentarse.
Sucede con la construcción histórica lo mismo que con la crítica histórica: la imposibilidad de la observación directa obliga a utilizar series de preguntas preconcebidas.
Las acciones humanas que constituyen el objeto de estudio de la historia difieren de una época a otra y de un país a otro, del mismo modo en que los hombres y las sociedades han diferido entre sí; y, en verdad, es el propósito especial de la historia estudiar estas diferencias.
Si los hombres siempre hubiesen tenido la misma forma de gobierno o hablado la misma lengua, no habría motivo para escribir la historia de las formas de gobierno o la historia de las lenguas.
Pero estas diferencias están comprendidas dentro de límites impuestos por las condiciones generales de la vida humana; no son sino variedades de ciertos modos de ser y de obrar que son comunes a la humanidad entera, o al menos a la gran mayoría de los hombres.
No podemos saber a priori cuál era el modo de gobierno o la lengua de un pueblo histórico; es tarea de la historia decírnoslo. Pero que un pueblo determinado haya tenido una lengua y una forma de gobierno es algo que tenemos derecho a dar por sentado, antes de cualquier examen, en todos los casos posibles.
Al trazar la lista de los fenómenos fundamentales que podemos esperar encontrar en la vida de cada individuo y de cada pueblo, se nos sugerirá un conjunto de preguntas generales que serán sintéticas, pero aun así suficientes para permitirnos ordenar el grueso de los hechos históricos en un cierto número de grupos naturales, cada uno de los cuales formará una rama especial de la historia.
Este esquema de clasificación general proporcionará el andamiaje de la construcción histórica.
El conjunto de preguntas generales solo se aplicará a fenómenos de ocurrencia constante: no puede anticipar los miles de acontecimientos locales o accidentales que forman parte de la vida de un individuo o de una nación; por lo tanto, no contendrá todas las preguntas que el historiador debe responder antes de poder ofrecer un cuadro completo del pasado.
El estudio detallado de los hechos requerirá el uso de cuestionarios que entren más en detalles y que difieran según la naturaleza de los acontecimientos, de los hombres o de las sociedades estudiadas. Para redactar estas listas, empezamos por consignar aquellas preguntas o cuestiones de detalle que sugiere la mera lectura de los documentos; pero con el fin de ordenar estas preguntas, y a menudo incluso con el fin de completar la lista, es necesario recurrir al método sistemático a priori.
Entre las clases de hechos, las personas y las sociedades con las que estamos bien familiarizados (ya sea por observación directa o por la historia), buscamos aquellas que se asemejan a los hechos, las personas o las sociedades que deseamos estudiar.
Analizando el esquema de disposición utilizado en el tratamiento científico de estos casos familiares aprenderemos qué preguntas deben hacerse con referencia a los casos análogos que nos proponemos investigar.
Por supuesto, el modelo debe elegirse con inteligencia; no debemos aplicar a una sociedad bárbara una lista de preguntas formuladas a partir del estudio de una nación civilizada, y preguntar con respecto a un dominio feudal qué agentes correspondían a cada uno de nuestros ministros de Estado —como hizo Boutaric en su estudio sobre la administración de Alfonso de Poitiers—.
Este método de elaborar cuestionarios, que basa toda construcción histórica en un procedimiento a priori, sería objetable si la historia fuera realmente una ciencia de observación; y tal vez algunos piensen que desmerece mucho en comparación con los métodos a posteriori de las ciencias naturales.
Pero su justificación es simple: es el único método que es posible emplear, y el único método que, de hecho, se ha empleado jamás.
En el momento en que un historiador intenta poner en orden los hechos contenidos en los documentos, construye a partir del conocimiento que tiene (o cree tener) de los asuntos humanos un esquema de organización que equivale a un cuestionario, a menos que, tal vez, adopte un esquema que uno de sus predecesores haya construido de manera similar.
Pero cuando esta labor se ha realizado inconscientemente, el esquema de organización permanece incompleto y confuso. Así pues, no se trata de decidir si se debe trabajar con o sin un conjunto de preguntas a priori —en cualquier caso debemos trabajar con uno—, la elección radica meramente entre el uso inconsciente de un conjunto de preguntas incompleto y confuso y el uso consciente de uno preciso y completo.
VI. Podemos ahora esbozar el plan de la construcción histórica de tal modo que determine la serie de operaciones sintéticas necesarias para levantar el edificio.
El análisis crítico de los documentos ha suministrado los materiales: hechos históricos todavía en estado de dispersión.
Comenzamos por imaginar estos hechos según el modelo de lo que suponemos que son los hechos análogos del presente; combinando elementos tomados de la realidad en diferentes puntos, nos esforzamos por formar una imagen mental que se asemeje lo más posible a la que habría producido la observación directa del acontecimiento pasado.
Esta es la primera operación, inseparable en la práctica de la lectura de los documentos. Considerando que bastará con haber indicado aquí su naturaleza, nos hemos abstenido de dedicarle un capítulo especial.
Una vez imaginados así los hechos, los agrupamos según esquemas de clasificación ideados sobre el modelo de un conjunto de hechos que hemos observado directamente, y que suponemos análogos al conjunto de hechos pasados que estamos considerando.
Esta es la segunda operación; se realiza con la ayuda de preguntas sistemáticas, y su resultado es dividir la masa de hechos históricos en porciones homogéneas que luego formamos en grupos hasta que toda la historia del pasado ha sido sistemáticamente organizada según un esquema general.
Cuando hemos dispuesto en este esquema los hechos extraídos de los documentos, quedan lagunas cuya extensión es siempre considerable, y enorme para aquellas partes de la historia respecto a las cuales los documentos son escasos.
Nos esforzamos por llenar algunas de estas lagunas mediante el razonamiento basado en los hechos que se conocen. Esta es (o debería ser) la tercera operación; aumenta la suma del conocimiento histórico mediante la aplicación de la lógica.
Todavía no poseemos más que un conjunto de hechos colocados unos al lado de otros en un esquema de clasificación. Tenemos que condensarlos en fórmulas, para deducir sus características generales y su relación mutua. Esta es la cuarta operación; conduce a las conclusiones finales de la historia y corona la obra de la construcción histórica desde el punto de vista científico.
Pero como el conocimiento histórico, que es por naturaleza complejo y difícil de manejar, resulta excepcionalmente difícil de comunicar, todavía tenemos que buscar los métodos para exponer los resultados históricos en una forma adecuada.
VII. Esta serie de operaciones, fácil de concebir en la mente, nunca ha sido realizada más que de manera imperfecta. Está plagada de dificultades materiales que las teorías de la metodología no toman en cuenta, pero que sería mejor afrontar con el propósito de descubrir si son, después de todo, insuperables.
Las operaciones de la historia son tan numerosas, desde el primer descubrimiento del documento hasta la fórmula final de la conclusión, exigen precauciones tan minuciosas, una variedad tan grande de dones naturales y hábitos adquiridos, que no hay hombre que pueda realizar por sí mismo todo el trabajo sobre un punto cualquiera.
La historia es menos capaz que cualquier otra ciencia de prescindir de la división del trabajo; pero no hay otra ciencia en la que el trabajo esté tan imperfectamente dividido.
Hallamos a especialistas en erudición crítica escribiendo historias generales en las que dejan que su imaginación los guíe en la labor de construcción; y, por otra parte, hay historiadores constructivos que utilizan para su trabajo materiales cuyo valor no han comprobado.
La razón es que la división del trabajo implica un entendimiento común entre los trabajadores, y en la historia no existe tal entendimiento. Salvo en las operaciones preparatorias de la crítica externa, cada trabajador sigue la guía de su propia inspiración privada; no se toma la molestia de trabajar en la misma línea que los demás, ni presta atención al conjunto del cual su propia obra ha de formar parte.
Por lo tanto, ningún historiador puede sentirse completamente seguro al adoptar los resultados del trabajo de otro, como puede hacerse en las ciencias establecidas, pues no sabe si dichos resultados se han obtenido mediante métodos dignos de confianza.
Los más escrupulosos llegan al extremo de no admitir nada hasta haber vuelto a realizar por sí mismos el trabajo sobre los documentos. Esta fue la actitud adoptada por Fustel de Coulanges.
Apenas es posible satisfacer esta norma tan exigente en el caso de los períodos poco conocidos, cuyos documentos se reducen a unos pocos volúmenes; y, sin embargo, algunos han llegado tan lejos como para sostener el dogma de que ningún historiador debe trabajar jamás de segunda mano. Esto es, en efecto, lo que un historiador se ve obligado a hacer cuando los documentos son demasiado numerosos para que pueda leerlos todos; pero no lo dice, para evitar el escándalo.
Sería mejor reconocer la verdad con franqueza. Una ciencia tan compleja como la historia, en la que los hechos deben acumularse ordinariamente por millones antes de que sea posible formular conclusiones, no puede edificarse sobre este principio de empezar continuamente de nuevo.
La construcción histórica no es una obra que pueda hacerse con documentos, del mismo modo que la historia no puede "escribirse a partir de manuscritos", y por la misma razón: la brevedad del tiempo. Para que la ciencia pueda avanzar es necesario combinar los resultados de miles de investigaciones de detalles.
Pero ¿cómo hemos de proceder en vista de que la mayoría de las investigaciones se han llevado a cabo sobre métodos que, si no defectuosos, son al menos sospechosos? La confianza universal conduciría al error tan seguramente como la desconfianza universal haría imposible el progreso.
Una regla útil, en todo caso, puede formularse de la siguiente manera:
Las obras de los historiadores deben leerse con las mismas precauciones críticas que se observan en la lectura de los documentos.
Un instinto natural nos impulsa a buscar principalmente las conclusiones, y a aceptarlas como otras tantas verdades establecidas; debemos, por el contrario, aplicar continuamente el análisis, debemos buscar los hechos, las pruebas, los fragmentos de documentos; en resumen, los materiales.
Estaremos reheciendo la labor del autor, pero la haremos mucho más rápido que él, pues lo que consume tiempo es la recopilación y combinación de los materiales; y no aceptaremos más conclusiones que aquellas que consideremos demostradas.
# CAPÍTULO II
THE GROUPING OF FACTS
I. La necesidad primera del historiador, cuando se enfrenta al caos de los hechos históricos, es limitar el campo de sus investigaciones.
En el océano de la historia universal, ¿qué hechos ha de elegir para su recopilación?
En segundo lugar, en la masa de hechos así elegidos tendrá que distinguir entre diferentes grupos y hacer subdivisiones.
Por último, dentro de cada una de estas subdivisiones tendrá que ordenar los hechos uno por uno.
Así pues, toda construcción histórica debe comenzar con la búsqueda de un principio que guíe la selección, la agrupación y la ordenación de los hechos. Este principio puede buscarse ya sea en las condiciones externas de los hechos o en su naturaleza intrínseca.
El modo de clasificación más simple y fácil es el que se funda en las condiciones externas. Todo hecho histórico pertenece a un tiempo determinado y a un lugar determinado, y se relaciona con un hombre determinado o con un grupo de hombres: se ofrece así una base conveniente para la división y ordenación de los hechos.
Tenemos la historia de un período, de un país, de una nación, de un hombre (biografía); los historiadores antiguos y los del Renacimiento no utilizaron ningún otro tipo. Dentro de este esquema general, las subdivisiones se forman sobre el mismo principio, y los hechos se disponen en orden cronológico y geográfico, o según los grupos a los que se refieren.
En cuanto a la selección de los hechos que han de ordenarse en este esquema, durante mucho tiempo se hizo sin ningún principio fijo; los historiadores seguían su capricho individual y elegían de entre los hechos relativos a un período, país o nación dados todo aquello que consideraban interesante o curioso. Livio y Tácito mezclan relatos de inundaciones, epidemias y el nacimiento de monstruos con sus narraciones de guerras y revoluciones.
La clasificación de los hechos por su naturaleza intrínseca fue introducida muy tarde, y se ha abierto paso de manera lenta e imperfecta. Tuvo su origen fuera del dominio de la historia, en ciertas ramas de estudio que se ocupan de fenómenos humanos especiales —la lengua, la literatura, el arte, el derecho, la economía política, la religión—; estudios que comenzaron por ser dogmáticos, pero que gradualmente asumieron un carácter histórico.
El principio de este modo de clasificación consiste en seleccionar y agrupar aquellos hechos que se refieren a la misma especie de acciones; cada uno de estos grupos se convierte en la materia de una rama especial de la historia. La totalidad de los hechos llega así a disponerse en compartimentos que pueden construirse a priori mediante el estudio de la totalidad de las actividades humanas; estos corresponden al conjunto de preguntas generales de las que hemos hablado en el capítulo precedente.
En la tabla siguiente hemos intentado ofrecer un esquema general para la clasificación de los hechos históricos, fundamentado en la naturaleza de las condiciones y de las manifestaciones de la actividad.
I. Condiciones materiales.
(1) Estudio del cuerpo: * A. Antropología (etnología), anatomía y fisiología, anomalías y peculiaridades patológicas. * B. Demografía (número, sexo, edad, nacimientos, defunciones, enfermedades).
(2) Estudio del entorno: * A. Entorno geográfico natural (configuración orográfica, clima, agua, suelo, flora y fauna). * B. Entorno artificial, silvicultura (cultivos, edificios, caminos, aperos, etc.).
II. Hábitos intelectuales (no obligatorios). (1) Lenguaje (vocabulario, sintaxis, fonética, semasiología). Caligrafía. (2) Artes: A. Artes plásticas (condiciones de producción, concepciones, métodos, obras). B. Artes de expresión, música, danza, literatura. (3) Ciencias (condiciones de producción, métodos, resultados). (4) Filosofía y moral (concepciones, preceptos, práctica real). (5) Religión (creencias, prácticas).
III. Costumbres materiales (no obligatorias). (1) Vida material: A. Alimentos (materiales, modos de preparación, estimulantes). B. Ropa y adorno personal. C. Viviendas y mobiliario. (2) Vida privada: A. Empleo del tiempo (aseo, cuidado de la persona, comidas). B. Ceremonias sociales (funerales y matrimonios, festividades, etiqueta). C. Entretenimientos (modos de ejercicio y caza, juegos y espectáculos, reuniones sociales, viajes).
IV. Costumbres económicas. (1) Producción: A. Agricultura y ganadería. B. Explotación de minerales. (2) Transformación, Transporte e industrias: procesos técnicos, división del trabajo, medios de comunicación. (3) Comercio: intercambio y venta, crédito. (4) Distribución: régimen de la propiedad, transmisión, contratos, participación en los beneficios.
V. Instituciones sociales.
(1) La familia: * A. Constitución, autoridad, condición de las mujeres y los niños. * B. Organización económica. Patrimonio familiar, sucesión.
(2) Educación e instrucción (fines, métodos, personal).
(3) Clases sociales (principio de división, normas que regulan las relaciones).
VI. Instituciones públicas (obligatorio).
(1) Instituciones políticas: * A. Soberano (personal, procedimiento). * B. Administración, servicios (guerra, justicia, hacienda, &c.). * C. Autoridades electas, asambleas, cuerpos electorales (poderes, procedimiento).
(2) Instituciones eclesiásticas (las mismas divisiones).
(3) Instituciones internacionales: * A. Diplomacia. * B. Guerra (usos de la guerra y artes militares). * C. Derecho privado y comercio.
Esta agrupación de hechos según su naturaleza se combina con el sistema de agrupación por tiempo y lugar; obtenemos así secciones cronológicas, geográficas o nacionales en cada rama. La historia de una clase de actividad (lenguaje, pintura, gobierno) se subdivide en la historia de periodos, países y naciones (historia de la antigua lengua griega, historia del gobierno de Francia en el siglo XIX).
Los mismos principios ayudan a determinar el orden en el que deben disponerse los hechos. La necesidad de presentar los hechos uno tras otro nos obliga a adoptar alguna regla metódica de sucesión. Podemos describir sucesivamente todos los hechos que se relacionan con un lugar determinado, o aquellos que se relacionan con un país determinado, o todos los hechos de una especie determinada. Todo material histórico puede distribuirse en tres clases diferentes de orden: orden cronológico, orden geográfico, aquel tipo de orden que se rige por la naturaleza de las acciones y que generalmente se denomina orden lógico. Es imposible utilizar exclusivamente cualquiera de estos órdenes: en toda exposición cronológica ocurren necesariamente divisiones cruzadas geográficas o lógicas, transiciones de un país a otro, o de una especie de hechos a una especie diferente, y viceversa. Pero siempre es necesario decidir cuál será el orden principal en el que los demás ingresarán como subdivisiones.
Es un asunto delicado elegir entre estos tres órdenes; nuestra elección se decidirá por diferentes razones según el asunto, y según el público para el que trabajamos. Es decir, dependerá del método de exposición; ocuparía demasiado espacio dar la teoría del mismo.
II. Cuando llegamos a la selección de los hechos históricos para su clasificación y disposición, se plantea una cuestión que ha sido objeto de una disputa considerablemente apasionada.
Todo acto humano es por su naturaleza un fenómeno individual y transitorio que se circunscribe a un tiempo determinado y a un lugar determinado. Estrictamente hablando, cada hecho es único.
Pero toda acción de un hombre se asemeja a otras acciones del mismo hombre, o de otros miembros del mismo grupo, y a menudo en tan alto grado que todo el conjunto de acciones recibe un nombre común, en el cual se pierde su individualidad.
Estos conjuntos de acciones similares, que la mente humana se ve irresistiblemente impulsada a formar, se denominan hábitos, usos, instituciones. No son más que construcciones de la mente, pero se imponen de manera tan imperativa en nuestro intelecto que muchos de ellos deben ser reconocidos y empleados constantemente; los hábitos son hechos colectivos, que poseen extensión en el tiempo y en el espacio.
Los hechos históricos pueden considerarse, por tanto, bajo dos aspectos diferentes:
- podemos atender ya sea a sus elementos individuales, particulares y transitorios,
- o bien podemos buscar aquello que es colectivo, general y duradero.
Según la primera concepción, la historia es una narración continua de los incidentes que han acontecido entre los hombres en el pasado; según la segunda, es el cuadro de los sucesivos hábitos de la humanidad.
Sobre este tema ha habido una pugna, especialmente en Alemania, entre los partidarios de la historia de la civilización (Kulturgeschichte) y los historiadores fieles a la antigua tradición; en Francia hemos tenido la lucha entre la historia de las instituciones, las costumbres y las ideas, y la historia política, apodada despectivamente «historia de batallas» por sus opositores.
Esta oposición se explica por la diferencia entre los documentos con los que los trabajadores de uno y otro bando estaban acostumbrados a tratar.
Los historiadores, ocupados principalmente de la historia política, leían sobre actos individuales y transitorios de gobernantes en los que era difícil detectar cualquier rasgo común.
En las historias especiales, por el contrario (salvo en la de la literatura), los documentos no exhiben sino hechos generales, una forma lingüística, un rito religioso, una regla de derecho; se requiere un esfuerzo de imaginación para imaginarse al hombre que pronunció la palabra, que cumplió el rito o que aplicó la regla en la práctica.
No hay necesidad de tomar partido en esta controversia. La construcción histórica en su totalidad implica el estudio de los hechos bajo ambos aspectos.
La representación de los hábitos de pensamiento, vida y acción de los hombres es obvia y patentemente una parte importante de la historia. Y, sin embargo, suponiendo que hubiésemos reunido todos los actos de todos los individuos con el propósito de extraer lo que les es común, aún quedaría un residuo que no tendríamos derecho a rechazar, pues constituye el elemento distintivamente histórico: la circunstancia de que una acción particular fue la acción de un hombre determinado, o de un grupo de hombres, en un momento dado.
En un esquema de clasificación que solo reconociera los hechos generales de la vida política no habría lugar para la victoria de Farsalia o la toma de la Bastilla, hechos accidentales y transitorios, pero sin los cuales la historia de las instituciones romanas y francesas sería ininteligible.
La historia se ve así obligada a combinar con el estudio de los hechos generales el estudio de ciertos hechos particulares. Tiene un carácter mixto, fluctuante entre una ciencia de generalidades y una narración de aventuras. La dificultad de clasificar este híbrido bajo una de las categorías del pensamiento humano se ha expresado a menudo con la pregunta infantil: ¿Es la historia una ciencia o un arte?
III. La tabla general expuesta más arriba puede emplearse para la determinación de todas las especies de costumbres (usos o instituciones) cuya historia pueda escribirse. Pero antes de aplicar este esquema general al estudio de cualquier grupo particular de costumbres, lengua, religión, usos privados o instituciones políticas, hay siempre una cuestión preliminar que responder: ¿De quién eran las costumbres que nos disponemos a estudiar? Eran comunes a un gran número de individuos; y una colección de individuos con las mismas costumbres es lo que llamamos un grupo. La primera condición, por tanto, para el estudio de una costumbre es la determinación del grupo que la ha practicado. En este punto debemos precavernos del primer impulso; este conduce a una negligencia que puede arruinar toda nuestra construcción histórica.
La tendencia natural es concebir al grupo humano según el modelo de la especie zoológica —como un conjunto de hombres que se asemejan todos entre sí—. Tomamos un grupo unido por una característica común muy obvia, una nación unida por un gobierno oficial común (romanos, ingleses, franceses), un pueblo que habla la misma lengua (griegos, antiguos germanos), y procedemos como si todos los miembros de este grupo se asemejasen en todos los puntos y tuviesen las mismas costumbres.
En realidad, ningún grupo real, ni siquiera una sociedad centralizada, es un todo homogéneo. En gran parte de la actividad humana —el lenguaje, el arte, la ciencia, la religión, los intereses económicos—, el grupo es constantemente fluctuante. ¿Qué hemos de entender por el grupo de los que hablan griego, el grupo cristiano, el grupo de la ciencia moderna? E incluso aquellos grupos a los que una organización oficial confiere cierta precisión, los Estados y las Iglesias, no son más que unidades superficiales compuestas de elementos heterogéneos. La nación inglesa comprende a galeses, escoceses e irlandeses; la Iglesia católica está compuesta por fieles dispersos por el mundo entero, que difieren en todo excepto en la religión. No hay grupo cuyos miembros tengan los mismos hábitos en todos los aspectos. Un mismo hombre es al mismo tiempo miembro de varios grupos, y en cada grupo tiene compañeros que difieren de los que tiene en los demás. Un canadiense francés pertenece al Imperio británico, a la Iglesia católica, al grupo de personas de habla francesa. Así pues, los diferentes grupos se solapan de tal manera que resulta imposible dividir a la humanidad en sociedades tajantemente distintas que existan unas al lado de otras.
En los documentos históricos encontramos los nombres contemporáneos de los grupos, muchos de los cuales descansan sobre meras semejanzas superficiales. Debe hacerse regla general no adoptar nociones populares de este tipo sin criticarlas.
Debemos determinar con precisión la naturaleza y la extensión del grupo, preguntando:
- ¿De qué hombres estaba compuesto?
- ¿Qué vínculo los unía?
- ¿Qué hábitos tenían en común?
- ¿En qué especie de actividad se diferenciaban?
Solo después de dicha crítica podremos decir cuáles son los hábitos respecto de los cuales el grupo en cuestión puede ser utilizado como base de estudio.
Para estudiar los hábitos intelectuales (lengua, religión, arte, ciencia) no tomaremos una unidad política, la nación, sino el grupo formado por aquellos que compartían el hábito en cuestión. Para estudiar los hechos económicos elegiremos un grupo unido por un interés económico común; reservaremos el grupo político para el estudio de los hechos sociales y políticos, y descartaremos la raza por completo.
Aun en aquellos puntos en los que un grupo es homogéneo, no lo es por completo; está dividido en subgrupos, cuyos miembros difieren en hábitos secundarios; una lengua se divide en dialectos, una religión en sectas, una nación en provincias.
Por el contrario, un grupo se parece a otros grupos de un modo que justifica que se lo considere contiguo a ellos; en una clasificación general podemos reconocer «familias» de lenguas, artes y pueblos.
Tenemos, por tanto, que preguntar:
- ¿Cómo se subdividía un grupo determinado?
- ¿De qué grupo más amplio formaba parte?
Se hace entonces posible estudiar metódicamente un hábito determinado, o incluso la totalidad de los hábitos pertenecientes a una época y un lugar dados, siguiendo el cuadro presentado más arriba. La operación no presenta dificultades de método en el caso de aquellas especies de hechos que aparecen como hábitos individuales y voluntarios —el lenguaje, el arte, las ciencias, las concepciones, los usos privados—; aquí basta con averiguar en qué consistía cada hábito. Es meramente necesario distinguir con cuidado entre aquellos que originaron o mantuvieron los hábitos (los artistas, los eruditos, los filósofos, los introductores de modas) y la masa que los aceptó.
Pero cuando llegamos a los hábitos sociales o políticos (lo que llamamos instituciones), nos encontramos con nuevas condiciones que producen una ilusión inevitable. Los miembros del mismo grupo social o político no solo realizan habitualmente acciones similares; se influyen mutuamente mediante acciones recíprocas, se mandan, se coaccionan, se pagan unos a otros.
Los hábitos adoptan aquí la forma de relaciones entre los diferentes miembros; cuando son de antigua data, formulados en reglas oficiales, impuestos por una autoridad visible, mantenidos por un conjunto especial de personas, ocupan un lugar tan importante en la vida que, para las personas bajo su influencia, se presentan como realidades externas.
Los hombres también, que se especializan en una ocupación o una función que se convierte en el hábito dominante de sus vidas, aparecen agrupados en categorías distintas (clases, corporaciones, iglesias, gobiernos); y estas categorías se toman por existencias reales, o al menos por órganos de diversas funciones en una existencia real, a saber, la sociedad.
Seguimos la analogía del cuerpo de un animal hasta el punto de describir la «estructura» y las «funciones» de una sociedad, incluso su «anatomía» y su «fisiología».
Estas son metáforas puras.
Por la estructura de una sociedad entendemos las reglas y las costumbres mediante las cuales se distribuyen las ocupaciones y los goces entre sus miembros; por sus funciones entendemos las acciones habituales mediante las cuales cada hombre entra en relación con los demás. Puede ser conveniente usar estos términos, pero debe recordarse que la realidad subyacente se compone enteramente de hábitos y costumbres.
El estudio de las instituciones, sin embargo, nos obliga a plantear preguntas especiales acerca de las personas y sus funciones. Respecto a las instituciones sociales y económicas debemos preguntar cuál era el principio de la división del trabajo y de la división en clases, cuáles eran las profesiones y clases, cómo se reclutaban, cuáles eran las relaciones entre los miembros de las diferentes profesiones y clases. Respecto a las instituciones políticas, que están sancionadas por reglas obligatorias y una autoridad visible, surgen dos nuevas series de preguntas. (1) ¿Quiénes eran las personas investidas de autoridad? Cuando la autoridad está dividida tenemos que estudiar la división de funciones, analizar el personnel [personal] del gobierno en sus diferentes grupos (supremos y subordinados, centrales y locales), y distinguir cada uno de los cuerpos especiales. Respecto a cada clase de hombres implicados en el gobierno nos preguntaremos: ¿Cómo eran reclutados? ¿Cuál era su autoridad oficial? ¿Cuáles eran sus poderes reales? (2) ¿Cuáles eran las reglas oficiales? ¿Cuál era su forma (costumbre, órdenes, ley, precedente)? ¿Cuál era su contenido (reglas de derecho)? ¿Cuál era el modo de aplicación (procedimiento)? Y, sobre todo, ¿cómo difirieron las reglas de la práctica (abuso de poder, explotación, conflictos entre agentes ejecutivos, inobservancia de reglas)?
Después de la determinación de todos los hechos que constituyen una sociedad, resta encontrar el lugar que esta sociedad ocupa entre el número total de las sociedades contemporáneas a ella.
Aquí entramos en el estudio de las instituciones internacionales, intelectuales, económicas y políticas (la diplomacia y los usos de la guerra); se aplican las mismas preguntas que en el estudio de las instituciones políticas.
También debe realizarse un estudio de los hábitos comunes a varias sociedades y de aquellas relaciones que no adoptan una forma oficial. Esta es una de las partes menos avanzadas de la construcción histórica.
IV. El resultado de toda esta labor es un cuadro tabulado de la vida humana en un momento dado; nos da el conocimiento de un estado de sociedad (en alemán, Zustand). Pero la historia no se limita al estudio de los hechos simultáneos, tomados en estado de reposo, a lo que podemos llamar la estática de la sociedad.
También estudia los estados de sociedad en diferentes momentos, y descubre las diferencias entre estos estados. Los hábitos de los hombres y las condiciones materiales en las que viven cambian de una época a otra; incluso cuando parecen constantes, no permanecen inalterados en todos los aspectos. Existe, por tanto, ocasión de investigar estos cambios; de ahí surge el estudio de los hechos sucesivos.
De estos cambios, los más interesantes para la labor de la construcción histórica son aquellos que tienden en una dirección común, de modo que en virtud de una serie de diferenciaciones graduales un uso o un estado de la sociedad se transforma en un uso o estado diferente, o, para hablar sin metáfora, los casos en los que los hombres de un período dado practican una costumbre muy diferente a la de sus predecesores sin que se haya producido ningún cambio abrupto. Esto es la evolución.
La evolución se produce en todos los hábitos humanos. Para investigarla, por lo tanto, basta con volver una vez más a la serie de preguntas que utilizamos al construir una visión tabular de la sociedad. Con respecto a cada uno de los hechos, condiciones, usos, personas investidas de autoridad, reglas oficiales, debe formularse la pregunta: ¿Cuál fue la evolución de este hecho?
Este estudio comprenderá varias operaciones: (1) la determinación del hecho cuya evolución ha de estudiarse; (2) la fijación de la duración del tiempo durante el cual tuvo lugar la evolución (el período debe elegirse de tal manera que, siendo la transformación obvia, permanezca aún un vínculo de unión entre la condición inicial y la final); (3) el establecimiento de las diferentes etapas de la evolución; (4) la investigación de los medios por los cuales se llevó a cabo.
V. Una serie, incluso una serie completa, de todos los estados de todas las sociedades y de todas sus evoluciones no bastaría para agotar la materia de la historia.
Queda una serie de hechos singulares que no podemos pasar por alto, porque explican el origen de ciertos estados de sociedad y constituyen los puntos de partida de las evoluciones. ¿Cómo podríamos estudiar las instituciones o la evolución de Francia si ignoráramos la conquista de la Galia por César y la invasión de los bárbaros?
Esta necesidad de estudiar los hechos singulares ha hecho que se diga que la historia no puede ser una ciencia, pues toda ciencia tiene por objeto lo que es general.
La historia se encuentra aquí en la misma situación que la cosmografía, la geología, la ciencia de las especies animales: no es el conocimiento abstracto de las relaciones generales entre los hechos, es un estudio que tiene como objetivo explicar la realidad.
Ahora bien, la realidad solo existe una vez. Ha habido una sola evolución del mundo, de la vida animal, de la humanidad. En cada una de estas evoluciones, los hechos sucesivos no han sido el producto de leyes abstractas, sino de la confluencia, en cada momento, de varias circunstancias de distinta naturaleza.
Esta confluencia, llamada a veces azar, ha producido una serie de accidentes que han determinado el curso particular tomado por la evolución. La evolución solo puede comprenderse mediante el estudio de estos accidentes; la historia se encuentra aquí en pie de igualdad con la geología o la paleontología.
Así la historia científica puede remontarse a los accidentes, o acontecimientos, que la historia tradicional reunía por razones literarias, porque impresionaban la imaginación, y emplearlos para el estudio de la evolución.
Podemos así buscar los hechos que han influido en la evolución de cada uno de los hábitos de la humanidad. Cada acontecimiento será clasificado según su fecha en la evolución en la que se supone que ha influido.
Bastará entonces con reunir los acontecimientos de toda especie, y disponerlos en orden cronológico y geográfico, para tener una representación de la evolución histórica en su conjunto.
Luego, por encima de las historias especiales en las que los hechos se disponen bajo categorías puramente abstractas (arte, religión, vida privada, instituciones políticas), habremos construido una historia general concreta, que conectará las diversas historias especiales al mostrar el curso principal de la evolución que ha dominado todas las evoluciones particulares.
Ninguna de las especies de hechos que estudiamos por separado (religión, art, derecho, constituciones) forma un mundo cerrado dentro del cual la evolución tiene lugar obedeciendo a una especie de impulso interno, como los especialistas tienden a imaginar. La evolución de un uso o de una institución (lengua, religión, iglesia, Estado) no es más que una metáfora; un uso es una abstracción, las abstracciones no evolucionan; solo las existencias evolucionan, en el sentido estricto de la palabra.
Cuando se produce un cambio en un uso, esto significa que los hombres que lo practican han cambiado. Ahora bien, los hombres no están construidos en compartimentos estancos (religiosos, jurídicos, económicos) dentro de los cuales los fenómenos puedan ocurrir de forma aislada; un acontecimiento que modifica la condición de un hombre cambia sus hábitos en una gran variedad de aspectos. La invasión de los bárbaros influyó por igual en la lengua, la vida privada y las instituciones políticas.
No podemos, por tanto, comprender la evolución limitándonos a una rama especial de la historia; el especialista, incluso con el propósito de escribir la historia completa de su propia rama, debe mirar más allá de los confines de su propio tema hacia el campo de los acontecimientos generales. Es mérito de Taine haber afirmado, con respecto a la literatura inglesa, que la evolución literaria depende, no de acontecimientos literarios, sino de hechos de carácter general.
La historia general de los hechos individuales se desarrolló antes que las historias especiales. Contiene el residuo de los hechos que no han encontrado un lugar en las historias especiales, y su extensión se ha visto reducida por la formación y separación de ramas especiales.
Como los hechos generales son principalmente de naturaleza política, y dado que es más difícil organizarlos en una rama especial, la historia general se ha confundido en la práctica con la historia política (Staatengeschichte).
Así, los historiadores políticos se han visto conducidos a erigirse en defensores de la historia general, y a retener en sus construcciones todos los hechos generales (migraciones de pueblos, reformas religiosas, inventos y descubrimientos) necesarios para la comprensión de la evolución política.
Para construir la historia general es necesario buscar todos los hechos que, por haber producido cambios, pueden explicar ya sea el estado de una sociedad o una de sus evoluciones. Debemos buscarlos entre todas las clases de hechos, desplazamientos de población, innovaciones artísticas, científicas, religiosas, técnicas, cambios en el personal del gobierno, revoluciones, guerras, descubrimientos de países.
Lo importante es que el hecho haya tenido una influencia decisiva. Debemos, por tanto, resistir la tentación natural de dividir los hechos en grandes y pequeños.
Cuesta admitir que los grandes efectos puedan tener causas pequeñas, que la nariz de Cleopatra haya podido marcar la diferencia en el Imperio Romano. Esta repugnancia es de orden metafísico; brota de una opinión preconcebida sobre el gobierno del mundo.
En todas las ciencias que se ocupan de una evolución encontramos hechos individuales que sirven como puntos de partida para series de vastas transformaciones.
- Una manada de caballos traída por los españoles ha poblado toda América del Sur.
- En una crecida, la rama de un árbol puede contener una corriente y transformar el aspecto de un valle.
En la evolución humana nos encontramos con grandes transformaciones que no tienen una causa inteligible más allá de un accidente individual. En el siglo XVI, Inglaterra cambió de religión tres veces a la muerte de un soberano (Enrique VIII, Eduardo VI, María). La importancia no debe medirse por el hecho inicial, sino por los hechos que resultaron de él. No debemos, por tanto, negar a priori la acción de los individuos y descartar los hechos individuales. Debemos examinar si un individuo determinado estuvo en condiciones de hacer sentir fuertemente su influencia. Hay dos casos en los que podemos suponer que lo estuvo: (1) cuando su acción sirvió de ejemplo a una masa de hombres y creó una tradición, un caso frecuente en el arte, la ciencia, la religión y los asuntos técnicos; (2) cuando tuvo el poder de emitir órdenes y dirigir las acciones de una masa de hombres, como es el caso de los jefes de Estado, de un ejército o de una iglesia. Los episodios en la vida de un hombre pueden convertirse así en hechos importantes.
Por consiguiente, en el esquema de la clasificación histórica debe asignarse un lugar a las personas y a los acontecimientos.
VI. En todo estudio de hechos sucesivos es necesario establecer cierto número de puntos de parada, distinguir comienzos y fines, para que puedan hacerse divisiones cronológicas en la enorme masa de hechos.
Estas divisiones son períodos; su uso es tan antiguo como la historia. Los necesitamos, no solo en la historia general, sino también en las ramas especiales de la historia, siempre que estudiemos un período de tiempo lo suficientemente largo como para que una evolución sea perceptible. Es por medio de los acontecimientos como fijamos sus límites.
En las ramas especiales de la historia, después de haber decidido qué cambios de costumbres deben considerarse como los más profundos, los adoptamos como marcas de fechas en la evolución; luego investigamos qué acontecimiento los produjo.
El acontecimiento que condujo a la formación o al cambio de una costumbre se convierte en el principio o el fin de un período. A veces, estos acontecimientos limítrofes son de la misma especie que los hechos cuya evolución estudiamos: hechos literarios en la historia de la literatura, hechos políticos en la historia política. Pero más a menudo pertenecen a una especie diferente, y el historiador especial se ve obligado a tomarlos prestados de la historia general.
En la historia general, los periodos deben dividirse de acuerdo con la evolución de varias especies de fenómenos; buscamos acontecimientos que marquen una época simultáneamente en varias ramas (la Invasión de los Bárbaros, la Reforma, la Revolución Francesa).
Podemos construir así periodos que son comunes a varias ramas de la evolución, cuyo principio y cuyo fin están marcados cada uno por un solo acontecimiento. Es así como se ha efectuado la división tradicional de la historia universal en periodos. Los subperiodos se obtienen por el mismo proceso, tomando por límites acontecimientos que han producido consecuencias de importancia secundaria.
Los periodos que se construyen así según los acontecimientos son de duración desigual. No debemos inquietarnos por esta falta de simetría; un periodo no debe ser un número fijo de años, sino el tiempo que ocupa una fase distinta de evolución.
Ahora bien, la evolución no es un movimiento regular; a veces pasa una larga serie de años sin cambios notables, y luego llegan momentos de rápida transformación. Sobre esta diferencia, Saint-Simon ha fundado una distinción entre periodos orgánicos (de cambio lento) y periodos críticos (de cambio rápido).
# CAPÍTULO III
RAZONAMIENTO CONSTRUCTIVO
I. Los hechos históricos aportados por los documentos nunca son suficientes para llenar todos los vacíos en tales esquemas de clasificación y ordenación como los que hemos estado considerando. Hay muchas preguntas a las que los documentos no dan respuesta directa; faltan muchos rasgos sin los cuales no se puede ofrecer el cuadro completo de los diversos estados de la sociedad, de las evoluciones y de los acontecimientos. Nos sentimos irresistiblemente impelidos a esforzarnos por colmar estos vacíos.
En las ciencias de observación directa, cuando un hecho falta en una serie, se busca mediante una nueva observación.
En la historia, donde no tenemos este recurso, tratamos de ampliar nuestros conocimientos con la ayuda del razonamiento. Partiendo de hechos que nos son conocidos por los documentos, nos esforzamos por alcanzar nuevos hechos mediante la inferencia. Si el razonamiento es correcto, este método de adquirir conocimientos es legítimo.
Pero la experiencia demuestra que, de todos los métodos para adquirir conocimientos históricos, el razonamiento es el más difícil de emplear correctamente, y el que ha introducido los errores más graves. No debe utilizarse sin la salvaguarda de una serie de precauciones destinadas a mantener el peligro continuamente presente en la mente.
(1) Reasoning should never be combined with the analysis of a document.
The reader who allows himself to introduce into a text what the author has not expressly put there ends by making him say what he never intended to say.
(2) Los hechos obtenidos mediante el examen directo de los documentos no deben confundirse jamás con los resultados obtenidos mediante el razonamiento. Cuando enunciamos un hecho que nos es conocido únicamente por el razonamiento, no debemos permitir que se suponga que lo hemos hallado en los documentos; debemos revelar el método por el cual lo hemos obtenido.
(3) Jamás debe permitirse el razonamiento inconsciente; hay demasiadas posibilidades de error. Bastará con proponerse poner cada argumento en forma lógica; en el caso de un mal razonamiento, la premisa mayor suele ser monstruosa en un grado espantoso.
(4) Si el razonamiento deja la más mínima duda, no debe intentarse extraer ninguna conclusión; el punto tratado debe dejarse en el plano conjetural, claramente distinguido de los resultados definitivamente establecidos.
(5) No está permitido volver sobre una conjetura e intentar transformarla en certeza. Aquí la primera impresión suele ser la más acertada. Al reflexionar sobre una conjetura, nos familiarizamos con ella y terminamos por creer que está mejor fundamentada, cuando lo cierto es que solo estamos más acostumbrados a ella. Este es un percance frecuente entre quienes se dedican a la meditación prolongada sobre un pequeño número de textos.
Hay dos maneras de emplear el razonamiento, una negativa, la otra positiva; las examinaremos por separado.
II. El modo negativo de razonamiento, llamado también el «argumento a partir del silencio», se basa en la ausencia de indicios con respecto a un hecho. A partir de la circunstancia de que el hecho no se mencione en ningún documento, se infiere que tal hecho no existió; el argumento se aplica a toda clase de asuntos, usos de toda índole, evoluciones, acontecimientos. Se apoya en un sentimiento que en la vida ordinaria se expresa diciendo: «Si fuera verdad, nos habríamos enterado»; implica una proposición general que puede formularse así: «Si un supuesto acontecimiento realmente hubiera tenido lugar, existiría algún documento en el cual se haría referencia a él».
Para que semejante razonamiento estuviera justificado, sería necesario que cada hecho hubiera sido observado y registrado por escrito, y que todos los registros se hubieran conservado.
Ahora bien, la mayor parte de los documentos que se han escrito se han perdido, y la mayor parte de los acontecimientos que ocurren no se registran por escrito.
En la mayoría de los casos, el argumento sería inválido. Debe restringirse, por tanto, a aquellos casos en los que se hayan cumplido las condiciones que en él se implican.
(1) Es necesario no solo que no exista ahora ningún documento que mencione el hecho en cuestión, sino que no haya existido nunca. Si los documentos se pierden, no podemos concluir nada.
El argumento a partir del silencio debe emplearse, por tanto, con tanta mayor prudencia cuanto mayor sea el número de documentos perdidos; es de mucha menor utilidad en la historia antigua que al tratar del siglo XIX.
Algunos, deseosos de librarse de esta restricción, se sienten tentados a suponer que los documentos perdidos no contenían nada interesante; si se perdieron, afirman, la razón fue que no valía la pena conservarlos. Pero lo cierto es que todo manuscrito está a merced del menor accidente; su conservación o destrucción es cuestión de pura suerte.
(2) El hecho debió de ser de tal naturaleza que no pudiera dejar de ser observado y consignado. El hecho de que no se haya registrado un hecho no implica que no haya sido observado. Cualquiera que participe en una organización para la recolección de una especie particular de hechos sabe cuán más comunes son esos hechos de lo que la gente piensa, y cuántos casos pasan desapercibidos o sin dejar ningún rastro escrito. Sucede así con los terremotos, los casos de hidrofobia, las ballenas varadas en la costa.
Además, muchos hechos, incluso aquellos bien conocidos por sus contemporáneos, no se registran porque las autoridades oficiales impiden su publicación; esto es lo que ocurre con los actos secretos de los gobiernos y las quejas de las clases bajas. Este silencio, que no prueba nada, impresiona enormemente a los historiadores poco reflexivos; es el origen del sofisma generalizado de los «buenos viejos tiempos». Ningún documento relata ningún abuso de poder por parte de los funcionarios ni ninguna queja expresada por los campesinos; por lo tanto, todo transcurría con regularidad y nadie sufría.
Antes de argumentar a partir del silenciador deberíamos preguntarnos: ¿No podría ser que este hecho no se hubiera registrado en ninguno de los documentos que poseemos? Lo concluyente no es la ausencia de cualquier documento sobre un hecho dado, sino el silencio sobre el hecho en un documento en el que normalmente se mencionaría.
El argumento negativo se limita así a unos pocos casos claramente definidos. (1) El autor del documento en el que no se menciona el hecho tenía la intención de registrar sistemáticamente todos los hechos de la misma clase, y debía haber estado familiarizado con todos ellos. (Tácito buscó enumerar los pueblos de Germania; la Notitia dignitatum mencionó todas las provincias del Imperio; la ausencia en estas listas de un pueblo o una provincia prueba que esta no existía entonces.) (2) El hecho, de haber sido tal, debió de haber afectado la imaginación del autor de manera tan enérgica como para entrar necesariamente en sus concepciones. (De haber habido asambleas regulares del pueblo franco, Gregorio de Tours no habría podido concebir y describir la vida de los reyes francos sin mencionarlas.)
III.
El modo positivo de razonamiento parte de un hecho establecido por los documentos e infiere algún otro hecho que los documentos no mencionan. Es una aplicación del principio fundamental de la historia, la analogía entre la humanidad presente y la pasada.
En el presente observamos que los hechos de la humanidad están conectados entre sí. Dado un hecho, otro hecho lo acompaña, ya sea porque el primero es la causa del segundo, o porque el segundo es la causa del primero, o porque ambos son efectos de una causa común.
Suponemos que en el pasado hechos similares estaban conectados de manera similar, y esta suposición se ve corroborada por el estudio directo del pasado en los documentos. A partir de un hecho dado, por lo tanto, que encontramos en el pasado, podemos inferir la existencia de los demás hechos que estaban conectados con él.
Este razonamiento se aplica a hechos de toda índole, usos, transformaciones, incidentes individuales. Podemos comenzar por cualquier hecho conocido y esforzarnos por inferir de él hechos desconocidos.
Ahora bien, los hechos de la humanidad, al tener un centro común, el hombre, están todos conectados entre sí, no meramente los hechos de la misma clase, sino los hechos pertenecientes a las clases más ampliamente diferentes.
Existen conexiones, no meramente entre los diferentes hechos relativos al arte, a la religión, a las costumbres, a la política, sino entre los hechos de la religión por un lado y los hechos del arte, de la política y de las costumbres por el otro; así, a partir de un hecho de una especie podemos inferir hechos de todas las demás especies.
Examinar esas conexiones entre los hechos en las que pueden fundarse los razonamientos equivaldría a tabular todas las relaciones conocidas entre los hechos de la humanidad, es decir, a dar cuenta exhaustiva de todas las leyes empíricas de la vida social. Tal labor proporcionaría material para un libro entero.
Aquí nos contentaremos con indicar las reglas generales que rigen este tipo de razonamiento y las precauciones que deben tomarse contra los errores más comunes.
El argumento descansa sobre dos proposiciones:
- una es general, y se deriva de la experiencia de los asuntos humanos;
- la otra es particular, y se deriva de los documentos.
En la práctica, empezamos con la proposición particular, el hecho histórico: Salamina lleva un nombre fenicio. Luego buscamos una proposición general: la lengua del nombre de una ciudad es la lengua del pueblo que la fundó. Y concluimos: Salamina, al llevar un nombre fenicio, fue fundada por los fenicios.
Para que la conclusión sea cierta, dos condiciones son necesarias.
(1) La proposición general debe ser rigurosamente verdadera; los dos hechos que declara conectados deben estar vinculados de tal manera que el uno jamás se encuentre sin el otro.
Si esta condición se cumpliera por completo, tendríamos una ley, en el sentido científico de la palabra; pero al tratar con los hechos humanos —aparte de aquellas condiciones físicas cuyas leyes son establecidas por las ciencias regulares— solo podemos trabajar con leyes empíricas obtenidas mediante determinaciones aproximadas de hechos generales que no se analizan de tal modo que se deduzcan sus verdaderas causas.
Estas leyes empíricas solo son aproximadamente verdaderas cuando se relacionan con un conjunto numeroso de hechos, ya que nunca podemos saber con certeza hasta qué punto cada uno de ellos es necesario para producir el resultado.
La proposición relativa al idioma del nombre de una ciudad no entra en suficientes detalles como para ser siempre verdadera. Petersburgo es un nombre alemán, Siracusa en América lleva un nombre griego. Deben cumplirse otras condiciones antes de que podamos estar seguros de que el nombre está relacionado con la nacionalidad de los fundadores. Por lo tanto, solo debemos emplear aquellas proposiciones que entren en detalle.
(2) Para poder emplear una proposición general que entre en detalles, debemos poseer un conocimiento detallado del hecho particular; pues solo después de que este hecho ha quedado establecido es cuando buscamos una ley empírica general en la que fundar un argumento. Comenzaremos, pues, estudiando las condiciones particulares del caso (la situación de Salamina, las costumbres de los griegos y los fenicios); no trabajaremos sobre un único detalle, sino sobre un conjunto de detalles.
Por consiguiente, en el razonamiento histórico es necesario tener (1) una proposición general exacta; (2) un conocimiento detallado de un hecho pasado. Es un mal trabajo suponer una proposición general falsa —suponer, por ejemplo, como hizo Augustin Thierry, que toda aristocracia tuvo su origen en una conquista—. Es un mal trabajo, asimismo, basar un argumento en un detalle aislado (el nombre de una ciudad). La naturaleza de estos errores indica las precauciones que deben tomarse.
(1) La tendencia espontánea es tomar como base del razonamiento aquellas "verdades de sentido común" que forman casi la totalidad de nuestro conocimiento de la vida social.
Ahora bien, la mayor parte de estas son en cierta medida falsas, pues la ciencia de la vida social es todavía imperfecta. Y el principal peligro que encierran radica en la circunstancia de que las utilizamos inconscientemente.
La precaución más segura será siempre formular la supuesta ley en la que nos proponemos basar un argumento. En cada caso en que ocurre tal o cual hecho, es seguro que también ocurre tal o cual otro hecho.
Si esta proposición es obviamente falsa, veremos enseguida que lo es; si es demasiado general, investigaremos qué nuevas condiciones pueden introducirse para hacerla exacta.
(2) Un segundo impulso espontáneo nos lleva a extraer consecuencias de hechos aislados, aun de los más insignificantes (o mejor dicho, la idea de cada hecho despierta en nosotros, por asociación, la idea de otros hechos). Este es el procedimiento natural en la historia de la literatura. Cada circunstancia en la vida de un autor proporciona material para el raciocinio; construimos por conjetura todas las influencias que podrían haber actuado sobre él, y damos por sentado que actuaron sobre él.
Todas las ramas de la historia que estudian una sola especie de hechos, aislados de cualquier otra especie (lengua, artes, derecho privado, religión), están expuestas al mismo peligro, porque tratan con fragmentos de la vida humana, no con conjuntos comprensivos de fenómenos.
Pero pocas conclusiones están firmemente establecidas, excepto aquellas que se apoyan en un conjunto amplio de datos. No hacemos un diagnóstico a partir de un solo síntoma, sino a partir de una serie de síntomas concurrentes. La precaución que debe tomarse será evitar trabajar con un detalle aislado o un hecho abstracto. Debemos tener ante nuestra mente a hombres reales, tal como se vieron afectados por las principales condiciones bajo las cuales vivieron.
Debemos estar preparados para realizar sino en raras ocasiones las condiciones de una cierta inferencia; conocemos demasiado poco las leyes de la vida social y rara vez sabemos los detalles precisos de un hecho histórico.
Así, la mayor parte de nuestros razonamientos solo ofrecerán presunciones, no certezas.
Pero ocurre con los razonamientos lo mismo que con los documentos. Cuando varias presunciones apuntan todas en la misma dirección, se confirman mutuamente y terminan por producir una certidumbre legítima.
La historia llena algunos de sus vacíos mediante una acumulación de razonamientos. Quedan dudas en cuanto al origen fenicio de varias ciudades griegas, pero no hay ninguna duda sobre la presencia de los fenicios en Grecia.
# CAPÍTULO IV
LA CONSTRUCCIÓN DE FÓRMULAS GENERALES
I. Supongamos que hubiéramos ordenado metódicamente todos los hechos históricos establecidos por el análisis de documentos o por el razonamiento; poseeríamos un inventario sistematizado de toda la historia, y la obra de construcción estaría completa. ¿Debería la historia detenerse en este punto? La cuestión es objeto de un acalorado debate, y no podemos evitar dar una respuesta, pues se trata de una cuestión con una repercusión práctica.
Los eruditos críticos, acostumbrados a recopilar todos los hechos relativos a su especialidad sin ninguna preferencia personal, tienden a considerar una colección completa, exacta y objetiva de hechos como el requisito principal.
Todos los hechos históricos tienen el mismo derecho a un lugar en la historia; retener algunos por considerarlos de mayor importancia y rechazar el resto por considerarlos comparativamente poco importantes, equivaldría a introducir el elemento subjetivo de la elección, variable según el capricho individual; la historia no puede sacrificar ni un solo hecho.
Contra esta tan razonable opinión no hay nada que objetar, salvo una dificultad material; esta, sin embargo, es suficiente, pues constituye el motivo práctico de todas las ciencias: nos referimos a la imposibilidad de adquirir o comunicar un conocimiento completo.
Un cuerpo de historia en el que no se sacrificara ningún hecho tendría que contener todas las acciones, todos los pensamientos, todas las aventuras de todos los hombres en todos los tiempos. Formaría un total de nadie podría llegar a dominar, no por falta de materiales, sino por falta de tiempo.
Esto, en verdad, se aplica, tal como están las cosas, a ciertas colecciones voluminosas de documentos: las actas reunidas de los debates parlamentarios contienen toda la historia de las diversas asambleas, pero aprender su historia a partir de estas fuentes requeriría más que una vida entera.
Toda ciencia debe tomar en consideración las condiciones prácticas de la vida, al menos en la medida en que pretende ser una ciencia real, una ciencia que sea posible conocer.
Todo ideal que termine por hacer imposible el conocimiento impide el establecimiento de la ciencia.
La ciencia es un ahorro de tiempo y trabajo, efectuado mediante un proceso que proporciona un medio rápido de aprender y comprender los hechos; consiste en la recolección lenta de una cantidad de detalles y su condensación en fórmulas portátiles e incontrovertibles.
La historia, que está más abrumada de detalles que cualquier otra ciencia, tiene que elegir entre dos alternativas: ser completa e incognoscible, o ser cognoscible e incompleta.
Todas las demás ciencias han elegido la segunda alternativa; abrevian y condensan, prefiriendo correr el riesgo de mutilar y combinar arbitrariamente los hechos antes que la certeza de ser incapaces de comprenderlos o comunicarlos.
Los eruditos han preferido limitarse a los períodos de la historia antigua, donde el azar, que ha destruido casi todas las fuentes de información, los ha liberado de la responsabilidad de elegir entre los hechos al privarlos de casi todos los medios para conocerlos.
La historia, para constituirse como ciencia, debe elaborar la materia prima de los hechos. Debe condensarlos en una forma manejable mediante fórmulas descriptivas, cualitativas y cuantitativas. Debe buscar aquellas conexiones entre los hechos que forman las conclusiones últimas de toda ciencia.
II. Los hechos de la humanidad, con su carácter complejo y variado, no pueden reducirse como los hechos químicos a unas pocas fórmulas simples. Al igual que las otras ciencias que tratan con la vida, la historia necesita fórmulas descriptivas para expresar la naturaleza de los diferentes fenómenos.
Para ser manejable, una fórmula debe ser corta; para dar una idea exacta de los hechos, debe ser precisa. Ahora bien, en el conocimiento de los asuntos humanos, la precisión solo puede obtenerse prestando atención a los detalles característicos, pues solo estos nos permiten comprender en qué se diferenciaba un hecho de los demás y qué había en él de peculiar.
Existe, por tanto, un conflicto entre la necesidad de brevedad, que nos lleva a buscar fórmulas concretas, y la necesidad de ser precisos, que nos exige adoptar fórmulas detalladas.
- Las fórmulas demasiado breves hacen que la ciencia sea vaga e ilusoria;
- las fórmulas demasiado largas la entorpecen y la vuelven inútil.
Este dilema solo puede eludirse mediante un compromiso perpetuo, cuyo principio consiste en condensar los hechos omitiendo todo lo que no sea necesario para representarlos a la mente, y detenerse en el punto en el que la omisión suprimiría algún rasgo característico.
Esta operación, difícil en sí misma, se complica aún más por el estado en el que se presentan los hechos que han de condensarse en fórmulas.
Según la naturaleza de los documentos de los que provienen, nos llegan en todos los grados posibles de precisión:
- desde el relato detallado que narra los más mínimos episodios (la batalla de Waterloo)
- hasta la mención más escueta en un par de palabras (la victoria de los austrasianos en Testry).
Sobre hechos distintos de la misma especie poseemos una cantidad de detalles infinitamente variable, según los documentos nos ofrezcan una descripción completa o una mera mención.
¿Cómo hemos de organizar en un conjunto común elementos de conocimiento que difieren tan ampliamente en cuanto a su precisión?
Cuando los hechos nos son conocidos a partir de una palabra vaga de significado general, no podemos reducirlos a un menor grado de generalidad y a un mayor grado de precisión; no conocemos los detalles. Si los añadimos de manera conjetural, produciremos una novela histórica. Esto es lo que hizo Augustin Thierry en el caso de sus Récits mérovingiens.
Cuando los hechos se conocen en detalle, siempre es fácil reducirlos a un mayor grado de generalidad suprimiendo los detalles característicos; esto es lo que hacen los autores de compendios. Pero el resultado de este procedimiento sería reducir la historia a una masa de generalidades vagas, uniformes para la totalidad del tiempo a excepción de los nombres propios y las fechas.
Sería un método peligroso para introducir simetría el llevar todos los hechos a un grado común de generalidad, igualándolos todos a la condición de aquellos que son más imperfectamente conocidos. En aquellos casos, por lo tanto, en los que los documentos proporcionan detalles, nuestras fórmulas descriptivas deben conservar siempre los rasgos característicos de los hechos.
Para construir estas fórmulas debemos volver al conjunto de preguntas que empleamos para agrupar los hechos, debemos responder a cada pregunta y comparar las respuestas.
Las combinaremos entonces en una fórmula lo más condensada y precisa posible, procurando mantener un sentido fijo para cada palabra.
Esto puede parecer una cuestión de estilo, pero lo que tenemos aquí en vista no es meramente un principio de exposición, necesario para ser inteligibles al lector, sino una precaución que el autor debe tomar por cuenta propia.
Los hechos de la sociedad son de naturaleza escurridiza, y con el propósito de captarlos y expresarlos, un lenguaje fijo y preciso es un instrumento indispensable; ningún historiador está completo sin un buen lenguaje.
Será conveniente hacer el mayor uso posible de términos concretos y descriptivos: su significado siempre es claro. Será prudente designar a los grupos colectivos únicamente mediante nombres colectivos, y no abstractos (realeza, Estado, democracia, Reforma, Revolución), y evitar personificar las abstracciones.
Creemos que simplemente estamos usando metáforas, y luego nos dejamos llevar por la fuerza de las palabras. Ciertamente, los términos abstractos tienen algo muy seductor, le dan una apariencia científica a una proposición. Pero no es más que una apariencia, tras la cual suele ocultarse la escolástica; la palabra, al carecer de un significado concreto, se convierte en una noción puramente verbal (como la virtud soporífica de la que habla Molière).
Mientras nuestras nociones sobre los fenómenos sociales no se hayan reducido a fórmulas verdaderamente científicas, el curso más científico será expresarlas en los términos de la experiencia cotidiana.
Para construir una fórmula, debemos saber de antemano qué elementos deben entrar en ella. Debemos hacer aquí una distinción entre los hechos generales (hábitos y evoluciones) y los hechos únicos (eventos).
III. Los hechos generales consisten en acciones que se repiten a menudo y son comunes a un número de hombres. Tenemos que determinar su carácter, su extensión y su duración.
Para formular su carácter, combinamos todos los rasgos que constituyen un hecho (hábito, institución) y lo distinguen de todos los demás. Unimos bajo una misma fórmula todos los casos individuales que se asemejan mucho entre sí, omitiendo las diferencias individuales.
Esta concentración se realiza sin esfuerzo en el caso de los hábitos que tienen que ver con las formas (el lenguaje, la caligrafía) y en el caso de todos los hábitos intelectuales; quienes practicaron estos hábitos ya les han dado expresión en fórmulas que nosotros solo tenemos que recopilar. Lo mismo ocurre con aquellas instituciones que están sancionadas por reglas expresamente formuladas (reglamentos, leyes, estatutos privados). En consecuencia, las ramas especiales de la historia fueron las primeras en arrojar fórmulas metódicas.
Por otra parte, estas ramas especiales no van más allá de los hechos superficiales y convencionales, no alcanzan las acciones y pensamientos reales de los hombres:
- en el lenguaje se ocupan de las palabras escritas, no de la pronunciación real;
- en la religión, de los dogmas y ritos oficiales, no de las creencias reales de la masa del pueblo;
- en la moral, de los preceptos confesados, no de los ideales efectivos;
- en las instituciones, de las reglas oficiales, no de la práctica real.
Sobre todos estos temas, el conocimiento de las formas convencionales debe ser completado algún día por un estudio paralelo de los hábitos reales.
Es mucho más difícil abarcar en una sola fórmula un hábito compuesto por acciones reales, como ocurre con los fenómenos económicos, la vida privada, la política; pues tenemos que hallar en las diferentes acciones aquellos caracteres comunes que constituyen el hábito; o, si esta labor ya ha sido hecha en los documentos y condensada en una fórmula (el caso más común), debemos criticar dicha fórmula para asegurarnos de que representa realmente un hábito homogéneo.
La misma dificultad se presenta al construir la fórmula de un grupo; tenemos que describir la característica común a todos los miembros del grupo y encontrar un nombre colectivo que la designe exactamente.
En los documentos no faltan nombres de grupos; pero, como tienen su origen en el uso, muchos de ellos corresponden mal a los grupos reales; tenemos que criticar estos nombres para fijar su significado preciso, y a veces para corregir su aplicación.
Esta primera operación debe arrojar fórmulas expresivas de las características convencionales y reales de todos los hábitos de los diferentes grupos.
Para fijar la extensión precisa de un hábito, buscaremos los puntos más lejanos donde este aparece (lo que nos dará el área de distribución) y la región donde es más común (el centro).
A veces la operación toma la forma de un mapa (por ejemplo, el mapa de los túmulos y de los dólmenes de Francia). También será necesario indicar los grupos de hombres que practicaban cada hábito y los subgrupos en los que este era más pronunciado.
La fórmula también debe indicar la duración del hábito. Buscaremos los casos extremos, la primera y la última aparición de la forma, la doctrina, el uso, la institución, el grupo. Pero no bastará con señalar los dos casos aislados, el más temprano y el más reciente; debemos determinar el período en el que estuvo realmente activo.
La fórmula de una evolución debe indicar las variaciones sucesivas en el hábito, dando en cada caso límites precisos de extensión y duración. Luego, al comparar todas las variaciones, será posible determinar el curso general de la evolución. La fórmula general indicará cuándo y dónde comenzó y terminó la evolución, y la naturaleza del cambio que efectuó.
Todas las evoluciones presentan características comunes que permiten dividirlas en etapas.
- Todo hábito (uso o institución) comienza siendo el acto espontáneo de varios individuos; cuando otros los imitan, se convierte en un uso. De manera similar, las funciones sociales son desempeñadas en primera instancia por personas que las emprenden espontáneamente; cuando estas personas son reconocidas por los demás, adquieren un estatus oficial. Esta es la primera etapa: iniciativa individual seguida de imitación y reconocimiento generales.
- El uso se vuelve tradicional y se transforma en una costumbre o regla obligatoria; las personas adquieren un estatus permanente y son investidas con poderes de coacción material o moral. Esta es la etapa de la tradición y la autoridad; muy a menudo es la última etapa y continúa hasta que la sociedad es destruida.
- El uso se relaja, las reglas son violadas, las personas en autoridad dejan de ser obedecidas; esta es la etapa de revuelta y descomposición.
- Finalmente, en ciertas sociedades civilizadas, la regla es criticada, las personas en autoridad son censuradas, y por la acción de una parte de los súbditos se efectúa un cambio racional en la composición del órgano de gobierno, el cual es sometido a supervisión; esta es la etapa de reforma y control.
IV. En el caso de los hechos únicos no podemos esperar reunir varios bajo una fórmula común, pues la naturaleza de estos hechos es ocurrir una sola vez. Sin embargo, es imperativamente necesario abreviar, no podemos preservar todos los actos de todos los miembros de una asamblea o de todos los funcionarios de un estado. Muchos individuos y muchos hechos deben ser sacrificados.
¿Cómo hemos de elegir? Los gustos personales y el patriotismo dan lugar a preferencias por personajes afines y por acontecimientos locales; pero el único principio de selección que pueden emplear todos los historiadores en común es aquel que se basa en el papel desempeñado en la evolución de los asuntos humanos.
Debemos retener a aquellas personas y a aquellos acontecimientos que han influido visiblemente en el curso de una evolución. Podemos reconocerlos por nuestra incapacidad para describir la evolución sin mencionarlos.
Los hombres son aquellos que han modificado el estado de una sociedad ya sea mediante la creación o la introducción de un hábito (artistas, hombres de ciencia, inventores, fundadores, apóstoles), o como directores de un movimiento, jefes de Estado, de partidos, de ejércitos.
Los acontecimientos son aquellos que han provocado cambios en los hábitos o en el estado de las sociedades.
Para construir una fórmula descriptiva de un personaje histórico, debemos tomar datos particulares de su biografía y de sus hábitos. De su biografía tomaremos aquellos hechos que determinaron su carrera, formaron sus hábitos y ocasionaron las acciones con las que influyó en la sociedad. Estos comprenden las condiciones fisiológicas (físico, temperamento, estado de salud), las influencias educativas y las condiciones sociales a las que estuvo sujeto. La historia de la literatura nos ha habituado a investigaciones de este tipo.
Entre los hábitos de un hombre es necesario determinar sus concepciones fundamentales relativas a la clase de hechos en los que se dejó sentir su influencia, su concepción de la vida, su saber, sus gustos predominantes, sus ocupaciones habituales, sus principios de conducta.
De estos detalles, en los que hay una variedad infinita, se forma una impresión del «carácter» del hombre, y el conjunto de estos rasgos característicos constituye su «retrato» o, para usar una frase favorita de hoy, su «psicología».
Este ejercicio, que todavía goza de gran estima, data de la época en que la historia era aún una rama de la literatura; es dudoso que alguna vez pueda convertirse en un proceso científico. Tal vez no exista un método seguro para resumir el carácter de un hombre, ni siquiera en vida, y mucho menos cuando solo podemos conocerlo indirectamente a través de los documentos.
Las controversias relativas a la interpretación de la conducta de Alejandro son un buen ejemplo de esta incertidumbre.
Si, sin embargo, asumimos el riesgo de buscar una fórmula para describir a un personaje, hay dos tentaciones naturales contra las que debemos guardarnos:
- (I) No debemos construir la fórmula a partir de las afirmaciones que la persona hace sobre sí misma.
- (2) El estudio de personajes imaginarios (dramas y novelas) nos ha acostumbrado a buscar una conexión lógica entre los diversos sentimientos y los diversos actos de un hombre; un personaje, en la literatura, se construye lógicamente.
Esta búsqueda de coherencia no debe trasladarse al estudio de los hombres reales. Es menos probable que lo hagamos en el caso de aquellos a quienes observamos en vida, porque vemos en ellos demasiados rasgos que no podrían encajar en una fórmula coherente. Pero la escasez de documentos, al suprimir aquellos rasgos que nos habrían frenado, nos alienta a disponer el número muy pequeño de los que quedan en forma de personaje teatral. Es por esto por lo que los grandes hombres de la antigüedad nos parecen mucho más lógicos de lo que son nuestros contemporáneos.
¿Cómo hemos de construir la fórmula de un acontecimiento? La imperiosa necesidad de simplificación hace que combinemos bajo un solo nombre una masa enorme de hechos diminutos que son percibidos en bloque, y entre los cuales sentimos vagamente que existe una conexión (una batalla, una guerra, una reforma).
Los hechos que así se combinan son aquellos que han conducido a un resultado común. Así es como surge la noción común de un acontecimiento, y no hay una concepción más científica para poner en su lugar. Los hechos, por tanto, deben agruparse según sus consecuencias; aquellos que no han tenido consecuencias visibles desaparecen, los otros se funden en un cierto número de agregados que llamamos acontecimientos.
Para describir un acontecimiento, es necesario dar indicaciones precisas (1) de su carácter, (2) de su alcance.
(I) Por el carácter de un acontecimiento entendemos los rasgos que lo distinguen de cualquier otro acontecimiento, no meramente las condiciones externas de fecha y lugar, sino la manera en que ocurrió y sus causas inmediatas.
Los siguientes son los elementos de información que la fórmula debe contener. Uno o varios hombres, en tales o cuales estados mentales (concepciones, motivos de la acción), trabajando bajo tales o cuales condiciones materiales (localidad, instrumento), realizaron tales o cuales acciones, que tuvieron como resultado tal o cual modificación.
Para la determinación de los motivos de las acciones, el único método es comparar las acciones, en primer lugar, con las declaraciones de quienes las realizaron; en segundo lugar, con la interpretación de quienes presenciaron su realización.
A menudo queda una duda: este es el terreno de la polémica partidista; cada uno atribuye motivos nobles a las acciones de su propio partido y motivos deshonrosos a las del partido opuesto. Pero las acciones descritas sin ninguna indicación de motivo serían ininteligibles.
(2) La extensión del acontecimiento se indicará tanto en el espacio (el lugar donde ocurrió y la región en la que se sintieron sus efectos inmediatos) como en el tiempo, el momento en que comenzó su realización y el momento en que se produjo el resultado.
V. Las fórmulas descriptivas relativas a los caracteres, al ser meramente cualitativas, solo dan una idea abstracta de los hechos; para comprender el lugar que ocupaban en la realidad, la cantidad es necesaria. No es indiferente que un uso determinado fuera practicado por cien hombres o por millones.
Con el fin de introducir cantidades en las fórmulas tenemos a nuestra disposición varios métodos, de diversos grados de imperfección, que nos ayudan a alcanzar el fin propuesto con diversos grados de precisión. Ordenados en orden decreciente de precisión, son los siguientes:—
(1) La medida es un procedimiento perfectamente científico, pues los números iguales representan valores absolutamente idénticos. Pero es necesaria una unidad común, y esta solo puede obtenerse para el tiempo y para los fenómenos físicos (longitudes, superficies, pesos). Las cifras relativas a la producción y las sumas de dinero son los elementos esenciales en la exposición de los hechos económicos y financieros. Pero los hechos de orden psicológico siguen siendo inaccesibles a la medida.
(2) La enumeración, que es el procedimiento empleado en estadística, es aplicable a todos los hechos que tienen en común una característica definida que puede utilizarse para contarlos.
Los hechos así comprendidos bajo un solo número no pertenecen todos a la misma especie; pueden tener en común una sola característica, abstracta (crimen, pleito) o convencional (obrero, alojamiento); las cifras se limitan a indicar el número de casos en los que se encuentra una característica determinada; no representan un conjunto homogéneo.
Una tendencia natural es confundir el número con la medida, y suponer que los hechos se conocen con precisión científica porque ha sido posible aplicarles un número; esta es una ilusión contra la cual hay que guardarse, no debemos tomar las cifras que dan el número de una población o de un ejército como la medida de su importancia.
Aun así, la enumeración arroja resultados que son necesarios para la construcción de fórmulas relativas a grupos. Pero la operación se limita a aquellos casos en los que es posible conocer todas las unidades de una especie dada que se encuentran dentro de unos límites dados, ya que se realiza marcando primero y sumando después.
Antes de emprender una enumeración retrospectiva, por lo tanto, será conveniente asegurarse de que los documentos son lo suficientemente completos como para mostrar todas las unidades que han de ser enumeradas. En cuanto a las cifras dadas en los documentos, se debe desconfiar de ellas.
(3) La valoración es una especie de enumeración incompleta que se aplica a una porción del campo, y que se realiza bajo la suposición de que las mismas proporciones se mantienen en la totalidad del mismo. Es un recurso al que, en historia, a menudo es necesario apelar cuando los documentos son desigualmente abundantes para las diferentes divisiones del tema. El resultado es discutible, a menos que estemos seguros de que la porción a la que se aplicó la enumeración era exactamente similar al resto.
(4) El muestreo es un procedimiento de enumeración limitado a unas pocas unidades tomadas en diferentes puntos del campo de investigación; calculamos la proporción de casos (digamos el 90 por ciento) en los que se presenta una característica dada, asumimos que la misma proporción se mantiene en todo el conjunto y, si hay varias categorías, obtenemos la proporción entre ellas.
En historia, este procedimiento es aplicable a hechos de toda índole, con el propósito de determinar ya sea la proporción entre las diferentes formas o usos que se presentan dentro de una región o período dado, o la proporción que se da, dentro de un grupo heterogéneo, entre miembros pertenecientes a diferentes clases.
Este procedimiento nos proporciona una idea aproximada de la frecuencia de los hechos y de la proporción entre los distintos elementos de una sociedad; puede incluso mostrar qué especies de hechos se encuentran más comúnmente juntas y, por lo tanto, están probablemente conectadas.
Pero para que el método pueda emplearse correctamente, es necesario que las muestras sean representativas del conjunto, y no de una parte que pudiera ser de carácter excepcional. Deben elegirse, por tanto, en puntos muy diferentes y bajo condiciones muy distintas, a fin de que las excepciones se compensen entre sí. No basta con tomarlas en puntos que estén distantes unos de otros; por ejemplo, en las diferentes fronteras de un país, pues la circunstancia misma de estar situado en una frontera constituye una condición excepcional.
La verificación puede llevarse a cabo siguiendo los métodos mediante los cuales los antropólogos obtienen promedios.
(5) La generalización no es más que un proceso instintivo de simplificación. Tan pronto como percibimos una determinada característica en un objeto, extendemos esta característica a todos los demás objetos que se le parecen en algo.
En todos los asuntos humanos, donde los hechos son siempre complejos, hacemos generalizaciones inconscientemente; atribuimos a todo un pueblo las costumbres de unos pocos individuos, o las del primer grupo que forma parte del pueblo que llega a nuestro conocimiento; extendemos a todo un período costumbres que se comprueba que han existido en un momento dado.
Esta es la más activa de todas las causas de error histórico, y una cuya influencia se deja sentir en todos los departamentos, en el estudio de los usos y de las instituciones, e incluso en la apreciación de la moralidad de un pueblo.
La generalización se basa en la idea vaga de que todos los hechos contiguos entre sí, o que se parecen entre sí en algún punto, son similares en todos los puntos. Es un proceso de muestreo inconsciente y mal realizado. Por lo tanto, puede corregirse si se le somete a las condiciones de un proceso de muestreo bien realizado.
Debemos examinar los casos en los que nos proponemos fundar una generalización y preguntarnos: ¿Qué derecho tenemos a generalizar? Es decir, ¿qué razón tenemos para suponer que la característica descubierta en estos casos se repetirá en los miles de casos restantes? ¿Que los casos elegidos se asemejan al promedio?
La única razón válida sería que estos casos son representativos del conjunto. Así volvemos al proceso de muestreo metódico.
El método correcto para llevar a cabo la operación es el siguiente:
-
(1) Debemos fijar los límites precisos del campo dentro del cual pretendemos generalizar (es decir, asumir la similitud de todos los casos); debemos determinar el país, el grupo, la clase y el periodo respecto de los cuales vamos a generalizar. Debe tenerse cuidado de no hacer el campo demasiado amplio confundiendo una parte con el todo (un pueblo griego o germánico con toda la raza griega o germánica).
-
(2) Debemos asegurarnos de que los hechos situados dentro del campo se asemejen entre sí en los puntos sobre los cuales deseamos generalizar y, por consiguiente, debemos desconfiar de esos nombres vagos bajo los cuales se engloban grupos de carácter muy diverso (cristianos, franceses, arios, romanos).
-
(3) Debemos asegurarnos de que los hechos a partir de los cuales proponemos generalizar sean muestras representativas, que pertenezcan realmente al campo de investigación, pues a veces sucede que se toman hombres o hechos como especímenes de un grupo cuando en realidad pertenecen a otro. Tampoco deben ser excepcionales, como ha de presumirse en todos los casos en que las condiciones son excepcionales; los autores de documentos tienden a registrar preferentemente aquellos hechos que les sorprenden, de ahí que los casos excepcionales ocupen en los documentos un espacio desproporcionado respecto a su número real; esta es una de las principales fuentes de error.
-
(4) El número de muestras necesario para respaldar una generalización es tanto mayor cuanto menor sea el fundamento para suponer un parecido entre todos los casos que se dan dentro del campo de investigación. Un número pequeño puede bastar al tratar puntos en los cuales los hombres tienden a guardar un fuerte parecido entre sí, ya sea por imitación y convención (lenguaje, ritos, ceremonias), o por la influencia de la costumbre y las normas obligatorias (instituciones sociales, instituciones políticas en países donde las autoridades son obedecidas). Se requiere un número grande para los hechos en los que la iniciativa individual desempeña un papel más importante (arte, ciencia, moralidad) y a veces, como en lo respectivo a la conducta privada, toda generalización es por regla general imposible.
VI. Las fórmulas descriptivas no son en ninguna ciencia el resultado final del trabajo.
Aún falta agrupar los hechos de tal manera que se ponga de manifiesto su importancia colectiva, aún falta buscar sus relaciones mutuas; estas son las conclusiones generales. La historia, debido a la imperfección de su modo de adquirir conocimiento, necesita, además, una operación preliminar para determinar el alcance del conocimiento adquirido.
La labor de la crítica no nos ha proporcionado más que una serie de observaciones aisladas sobre el valor del conocimiento que los documentos nos han permitido adquirir. Hay que combinarlas. Tomaremos, por tanto, todo un conjunto de hechos agrupados bajo un título común —una clase particular de hechos, un país, un período, un acontecimiento— y resumiremos los resultados arrojados por la crítica de los hechos particulares para obtener una fórmula general. Tendremos que tomar en consideración: (1) la extensión, (2) el valor de nuestro conocimiento.
(1) Nos preguntaremos cuáles son las lagunas dejadas por los documentos. Trabajando a través del esquema utilizado para la agrupación de hechos, es fácil descubrir cuáles son las clases de hechos sobre los cuales carecemos de información.
En el caso de la evolución, advertimos qué eslabones faltan en la cadena de modificaciones sucesivas; en el caso de los acontecimientos, qué episodios, qué grupos de actores nos son aún desconocidos; qué hechos entran o desaparecen del campo de nuestro conocimiento sin que podamos rastrear su principio o su fin.
Debemos construir, al menos mentalmente, un esquema tabulado de los puntos sobre los cuales ignoramos, con el fin de mantener presentes en nuestras mentes la distancia que separa el conocimiento que poseemos de un conocimiento perfecto.
(2) El valor de nuestro conocimiento depende del valor de nuestros documentos.
La crítica nos ha dado indicaciones sobre este punto en cada caso concreto; estas indicaciones, en la medida en que se refieren a un conjunto dado de hechos, deben resumirse bajo unos pocos epígrafes.
- ¿Proviene nuestro conocimiento originalmente de la observación directa, de la tradición escrita o de la tradición oral?
- ¿Poseemos varias tradiciones de distinta tendencia, o una sola tradición?
- ¿Poseemos documentos de diferentes clases o de una sola clase?
- ¿Es nuestra información vaga o precisa, detallada o sumaria, literaria o positiva, oficial o confidencial?
La tendencia natural es olvidar, en la construcción, los resultados arrojados por la crítica, olvidar la imperfección de nuestro conocimiento y los elementos de duda que contiene.
Un ávido deseo de aumentar al máximo posible la cantidad de nuestra información y el número de nuestras conclusiones nos impulsa a buscar la emancipación de todas las restricciones negativas.
Corremos así un gran riesgo de utilizar fuentes de información fragmentarias y sospechosas con el propósito de formar impresiones generales, exactamente como si estuviéramos en posesión de un registro completo.
- Es fácil olvidar la existencia de aquellos hechos que los documentos no describen (hechos económicos, esclavos en la antigüedad),
- es fácil exagerar el espacio ocupado por hechos que nos son conocidos (el arte griego, las inscripciones romanas, los monasterios medievales).
Estimamos instintivamente la importancia de los hechos por el número de documentos que los mencionan.
Olvidamos el carácter peculiar de los documentos y, cuando todos tienen un origen común, olvidamos que todos han sometido los hechos a las mismas distorsiones, y que su comunidad de origen hace imposible la verificación; reproducimos sumisamente el sesgo de la tradición (romana, ortodoxa, aristocrática).
Para resistir estas tendencias naturales, basta con pasar revista al conjunto de los hechos y al conjunto de la tradición, antes de intentar sacar ninguna conclusión general.
VII. Las fórmulas descriptivas dan el carácter particular de cada pequeño grupo de hechos. Para obtener una conclusión general, debemos combinar estos resultados detallados en una fórmula general. No debemos comparar entre sí detalles aislados o características secundarias, sino grupos de hechos que se asemejan entre sí en todo un conjunto de características.
Formamos así un agregado (de instituciones, de grupos de hombres, de acontecimientos). Siguiendo el método indicado anteriormente, determinamos sus características distintivas, su extensión, su duración, su cantidad o importancia.
Al formar grupos de mayor y mayor generalidad, eliminamos, con cada nuevo grado de generalidad, aquellas características que varían, y retenemos las que son comunes a todos los miembros del nuevo grupo.
Debemos detenernos en el punto en el que no queda nada salvo las características comunes a la totalidad de la humanidad.
El resultado es la condensación en una sola fórmula del carácter general de un orden de hechos, de una lengua, una religión, un arte, una organización económica, una sociedad, un gobierno, un acontecimiento complejo (como la Invasión o la Reforma).
Mientras estas fórmulas exhaustivas permanezcan aisladas, la conclusión es incompleta.
Y como ya no es posible fundirlas en generalizaciones superiores, sentimos la necesidad de compararlas con el propósito de clasificarlas.
Esta clasificación puede intentarse mediante dos métodos.
(1) We may compare together similar categories of special facts, language, religions, arts, governments, taking them from the whole of humanity, and classifying together those which most resemble each other.
We obtain families of languages, religions, and governments, which we may again classify and arrange among themselves. This is an abstract kind of classification; it isolates one species of facts from all the others, and thus renounces all claim to exhibit causes. It has the advantage of being rapidly performed and of yielding a technical vocabulary which is useful for designating facts.
(2) Podemos comparar grupos reales de individuos reales, podemos tomar sociedades que figuran en la historia y clasificarlas según sus semejanzas. Esta es una clasificación concreta análoga a la de la zoología, en la cual no se clasifican funciones, sino animales enteros. Es verdad que los grupos están menos claramente marcados que en la zoología; tampoco hay un acuerdo general en cuanto a las características respecto de las cuales debemos buscar semejanzas. ¿Debemos elegir la organización económica o la política de los grupos, o su condición intelectual? Ningún principio de elección se ha vuelto obligatorio hasta el momento.
La historia aún no ha logrado establecer un sistema científico de clasificación exhaustiva.
Posiblemente los grupos humanos no son lo suficientemente homogéneos como para proporcionar una base sólida de comparación, ni están lo suficientemente bien delimitados como para ser tratados como unidades comparables.
VIII. El estudio de las relaciones entre hechos simultáneos consiste en la búsqueda de las conexiones entre todos los hechos de diferentes especies que se producen en una sociedad dada.
Tenemos la vaga conciencia de que los diferentes hábitos que están separados por abstracción y clasificados bajo diferentes categorías (arte, religión, instituciones políticas), no están aislados en la realidad, que tienen características comunes y que están lo suficientemente conectados como para que un cambio en uno de ellos provoque un cambio en otro.
Esta es una idea fundamental del Esprit des Lois de Montesquieu. Este vínculo de conexión, a veces llamado consensus, ha recibido el nombre de Zusammenhang por parte de la escuela alemana.
De esta concepción ha surgido la teoría del Volksgeist (el espíritu de un pueblo), una imitación de la cual ha sido introducida en Francia en los últimos años bajo el nombre de «âme nationale». Esta concepción está también en la base de la teoría relativa al alma de la sociedad que Lamprecht ha expuesto.
Tras el rechazo de estas concepciones místicas, queda un hecho vago pero incontrovertible, la "solidaridad" que existe entre los diferentes hábitos de un mismo pueblo.
Para estudiarla con precisión sería necesario analizarla, y un vínculo de unión no puede ser analizado.
Es, por tanto, muy natural que esta parte de la ciencia social haya permanecido como un refugio para el misterio y la oscuridad.
Mediante la comparación de diferentes sociedades que se asemejan o difieren entre sí en un departamento dado (religión o gobierno), con el objeto de descubrir en qué otros departamentos se asemejan o difieren entre sí, es posible que se obtengan interesantes resultados empíricos.
Pero, para explicar el consenso, es necesario remontarse a los hechos que lo han producido, las causas comunes de los diversos hábitos. Nos vemos así obligados a emprender la investigación de las causas, y entramos en el dominio de lo que se llama historia filosófica, porque investiga lo que antiguamente se denominaba la filosofía de los hechos, es decir, sus relaciones permanentes.
IX. La necesidad de elevarse por encima de la simple determinación de los hechos para explicarlos por sus causas, necesidad que ha regido el desarrollo de todas las ciencias, se ha dejado sentir al fin incluso en el estudio de la historia.
De ahí han surgido filosofías de la historia sistemáticas y tentativas para descubrir leyes y causas históricas. No podemos entrar aquí en un examen crítico de estos intentos, que el siglo XIX ha producido en tan gran número; nos limitaremos a indicar cuáles son las vías por las que se ha abordado el problema y qué obstáculos han impedido alcanzar una solución científica.
El método más natural de explicación consiste en suponer que una causa trascendental, la Providencia, guía todo el curso de los acontecimientos hacia un fin que Dios conoce.
Esta explicación no puede ser sino una doctrina metafísica que corona la obra de la ciencia; pues el rasgo distintivo de la ciencia es que solo estudia las causas eficientes.
Al historiador no le corresponde investigar la causa primera ni las causas finales, del mismo modo que no le corresponde al químico ni al naturalista. Y, de hecho, hoy en día son pocos los escritores sobre historia que se detienen a discutir la teoría de la Providencia en su forma teológica.
Pero la tendencia a explicar los hechos históricos mediante causas trascendentes sobrevive en las teorías más modernas, en las que la metafísica se disfraza bajo formas científicas.
Los historiadores del siglo XIX han estado tan fuertemente influidos por su educación filosófica que la mayoría de ellos, a veces inconscientemente, introducen fórmulas metafísicas en la construcción de la historia.
Bastará con enumerar estos sistemas y señalar su carácter metafísico para que los historiadores reflexivos estén advertidos de desconfiar de ellos.
La teoría del carácter racional de la historia descansa en la noción de que todo hecho histórico real es al mismo tiempo «racional», es decir, conforme a un plan comprensivo e inteligible; ordinariamente se presupone de manera tácita que todo hecho social tiene su razón de ser en el desarrollo de la sociedad —esto es, que termina por volverse en favor de la sociedad—; de ahí que la causa de cada institución se busque en la necesidad social que originalmente estaba destinada a satisfacer.
Esta es la idea fundamental del hegelianismo, si no en Hegel, al menos en los historiadores que han sido sus discípulos (Ranke, Mommsen, Droysen; en Francia, Cousin, Taine y Michelet). Este es un disfraz laico de la antigua teoría teológica de las causas finales que presupone la existencia de una Providencia ocupada en guiar a la humanidad en la dirección de sus intereses.
Esta es una hipótesis a priori consoladora, pero no científica; pues la observación de los hechos históricos no indica que las cosas hayan ocurrido siempre de la manera más racional, ni de la más ventajosa para los hombres, ni que las instituciones hayan tenido otra causa que el interés de quienes las establecieron; los hechos, en verdad, apuntan más bien a la conclusión opuesta.
De la misma fuente metafísica ha brotado también la teoría hegeliana de las ideas que se realizan sucesivamente en la historia por medio de pueblos sucesivos. Esta teoría, que ha sido popularizada en Francia por Cousin y Michelet, ya ha tenido su época, incluso en Alemania, pero ha resurgido, especialmente en Alemania, bajo la forma de la misión histórica (Beruf) que se atribuye a los pueblos y a las personas.
Aquí bastará con observar que las metáforas mismas de «idea» y «misión» implican una causa antropomórfica trascendental.
De la misma concepción optimista de una dirección racional del mundo se deriva la teoría del progreso continuo y necesario de la humanidad.
Aunque ha sido adoptada por los positivistas, esta no es más que una hipótesis metafísica. En el sentido ordinario de la palabra, «progreso» es simplemente una expresión subjetiva que denota aquellos cambios que siguen la dirección de nuestras preferencias.
Pero, aun tomando la palabra en el sentido objetivo que le dio Spencer (un aumento en la variedad y coordinación de los fenómenos sociales), el estudio de los hechos históricos no apunta a un único progreso universal y continuo de la humanidad, sino que nos presenta un número de movimientos progresivos parciales e intermitentes, y no nos da ninguna razón para atribuirlos a una causa permanente inherente a la humanidad en su conjunto más que a una serie de accidentes locales.
Los intentos de lograr una forma de explicación más científica han tenido su origen en las ramas especiales de la historia (de las lenguas, de la religión, del derecho). Mediante el estudio separado de la sucesión de hechos de una sola especie, los especialistas han podido comprobar la regularidad con la que se repiten las mismas sucesiones de hechos, y estos resultados se han expresado en fórmulas que a veces se denominan leyes (por ejemplo, la ley del acento tónico); estas nunca pasan de ser leyes empíricas que se limitan a indicar sucesiones de hechos sin explicarlas, ya que no revelan la causa eficiente.
Pero los especialistas, influidos por una metáfora natural e impresionados por la regularidad de estas sucesiones, han considerado la evolución de los usos (de una palabra, un rito, un dogma, una regla de derecho) como si se tratara de un desarrollo orgánico análogo al crecimiento de una planta; oímos hablar de la «vida de las palabras», de la «muerte de los dogmas», del «crecimiento de los mitos».
Luego, olvidando el hecho de que todas estas cosas son puras abstracciones, se ha asumido tácitamente que en la palabra, el rito, la regla, reside una fuerza inherente que produce su evolución. Esta es la teoría del desarrollo (Entwickelung) de los usos y las instituciones; fue iniciada en Alemania por la escuela «histórica» y ha dominado todas las ramas especiales de la historia. La historia de las lenguas es la única que ha logrado sacudirse su influencia.
Del mismo modo que se ha tratado a los usos como si fuesen existencias con una vida propia y separada, la sucesión de individuos que componen los diversos órganos dentro de una sociedad (la realeza, la iglesia, el senado, el parlamento) ha sido personificada al atribuírsele una voluntad, la cual es tratada como una causa activa. De este modo se ha creado un mundo de seres imaginarios detrás de los hechos históricos, que ha venido a reemplazar a la Providencia en la explicación de estos.
Para defendernos de esta mitología engañosa bastará una sola regla:
No busques jamás las causas de un hecho histórico sin haberlo expresado primero concretamente en función de individuos que actúan y piensan. Si se emplean abstracciones, debe evitarse toda metáfora que las haga desempeñar el papel de seres vivos.
Mediante una comparación de las evoluciones de las diferentes especies de hechos que coexisten en una misma y única sociedad, la escuela «histórica» fue conducida al descubrimiento de la solidaridad (Zusammenhang).
Pero, antes de intentar descubrir sus causas mediante el análisis, los partidarios de esta escuela supusieron la existencia de una causa general permanente que residía en la sociedad misma. Y, como se acostumbra personificar a la sociedad, se le atribuyó un temperamento especial, el genio peculiar de la nación o de la raza, manifestándose en las diferentes actividades sociales y explicando su solidaridad.
Esto era simplemente una hipótesis sugerida por el mundo animal, en el cual cada especie tiene características permanentes. Hubiera sido inadecuada, pues para explicar cómo una sociedad dada llega a cambiar su carácter de una época a otra (los griegos entre los siglos séptimo y cuarto, los ingleses entre el decimoquinto y el decimonoveno), habría sido necesario invocar la ayuda de causas externas.
Y la teoría es insostenible, pues todas las sociedades conocidas por la historia son grupos de hombres sin unidad antropológica y sin características hereditarias comunes.
Además de estas explicaciones metafísicas o metafóricas, se ha intentado aplicar a la investigación de las causas en la historia el procedimiento clásico de las ciencias naturales: la comparación de series paralelas de fenómenos sucesivos para descubrir aquellos que aparecen siempre juntos.
El "método comparativo" ha adoptado varias formas distintas.
- A veces, el objeto de estudio ha sido un detalle de la vida social (un uso, una institución, una creencia, una regla), definido en términos abstractos; se han comparado sus evoluciones en diferentes sociedades con el fin de determinar la evolución común que debe atribuirse a una y la misma causa general.
- De este modo han surgido la filología, la mitología y el derecho comparados.
- Se ha propuesto (en Inglaterra) dar precisión al método comparativo aplicando la "estadística"; esto significaría la comparación sistemática de todas las sociedades conocidas y la enumeración de todos los casos en los que se hallan juntos dos usos.
Este es el principio de las tablas de concordancia de Bacon; es de temer que no sea más fértil en resultados. El defecto de todos estos métodos es que se aplican a nociones abstractas y en parte arbitrarias, a veces meramente a semejanzas verbales, y no se apoyan en el conocimiento del conjunto de las condiciones en las que ocurren los hechos.
Podemos concebir un método más concreto que, en lugar de comparar fragmentos, compare totalidades, es decir, sociedades enteras, ya sea la misma sociedad en diferentes etapas de su evolución (la Inglaterra del siglo XVI y nuevamente la del siglo XIX), o bien la evolución general de varias sociedades, contemporáneas entre sí (Inglaterra y Francia), o existentes en distintas épocas (Roma e Inglaterra). Tal método podría ser útil en un sentido negativo, con el propósito de constatar que un determinado hecho no es el efecto necesario de otro, puesto que no se encuentran siempre juntos (por ejemplo, la emancipación de la mujer y el cristianismo). Pero apenas cabe esperar de él resultados positivos, pues la concomitancia de dos hechos en varias series no muestra si uno es causa del otro, o si ambos son efectos conjuntos de una única causa.
La investigación metódica de las causas de un hecho exige un análisis de las condiciones bajo las cuales ocurre el hecho, realizado de tal modo que se aísle la condición necesaria que es su causa; presupone, por tanto, el conocimiento completo de estas condiciones. Pero esto es precisamente lo que nunca tenemos en la historia. Debemos renunciar, por consiguiente, a la idea de llegar a las causas mediante métodos directos como los que se emplean en las demás ciencias.
De hecho, sin embargo, los historiadores emplean a menudo la noción de causa, la cual, como hemos demostrado más arriba, es indispensable con el fin de formular acontecimientos y construir períodos.
Conocen las causas en parte por los autores de documentos que observaron los hechos, en parte por la analogía de las causas que todos observamos en la actualidad.
Toda la historia de los acontecimientos es una cadena de incidentes evidente e indiscutiblemente conectados, cada uno de los cuales es la causa determinante de otro.
- La estocada de Montgomery es la causa de la muerte de Enrique II;
- esta muerte es la causa de la accesión al poder de los Guisa,
- que a su vez es la causa del levantamiento de los protestantes.
La observación de las causas por parte de los autores de documentos se limita a la interconexión de los hechos accidentales observados por ellos; estas son, en verdad, las causas que se conocen con mayor certeza.
Así, la historia, a diferencia de las demás ciencias, es más capaz de averiguar las causas de los incidentes particulares que las de las transformaciones generales, pues el trabajo ya se encuentra hecho en los documentos.
En la investigación de las causas de los hechos generales, la construcción histórica se reduce a la analogía entre el pasado y el presente.
Cualquier probabilidad que exista de encontrar las causas que explican la evolución de las sociedades pasadas debe residir en la observación directa de las transformaciones de las sociedades presentes.
Esta es una rama de estudio que aún no está firmemente establecida; aquí solo podemos exponer sus principios.
(1) Con el fin de averiguar las causas de la solidaridad entre los diferentes hábitos de una misma sociedad, es necesario mirar más allá de la forma abstracta y convencional que los hechos asumen en el lenguaje (dogma, regla, rito, institución), y atender a los centros reales y concretos, que son los hombres que siempre están pensando y actuando.
Solo aquí se encuentran reunidas las diferentes especies de actividad que el lenguaje separa por abstracción. Su solidaridad debe buscarse en algún rasgo dominante del carácter o del entorno de los hombres que influya en todas las diferentes manifestaciones de su actividad.
No debemos esperar los mismos grados de solidaridad en todas las especies de actividad; la habrá en mayor medida en aquellas especies en las que cada individuo depende estrechamente de las acciones de la masa (vida económica, social, política); la habrá en menor medida en las actividades intelectuales (artes, ciencias), donde la iniciativa individual tiene un juego más libre.
Los documentos mencionan la mayoría de los hábitos (creencias, costumbres, instituciones) en bloque, sin distinguir a los individuos; y sin embargo, en una misma sociedad, los hábitos varían considerablemente de un hombre a otro. Es necesario tener en cuenta estas diferencias, de lo contrario se corre el peligro de explicar las acciones de los artistas y de los hombres de ciencia mediante las creencias y los hábitos de su príncipe o de sus comerciantes.
(2) Para determinar las causas de una evolución, es necesario estudiar los únicos seres que pueden evolucionar: los hombres. Toda evolución tiene por causa un cambio en las condiciones materiales o en los hábitos de ciertos hombres. La observación nos muestra dos clases de cambio. En el primer caso, los hombres siguen siendo los mismos, pero cambian su manera de actuar o de pensar, ya sea voluntariamente por imitación, o bien por coacción. En el segundo, los hombres que practicaban la antigua usanza desaparecen y son reemplazados por otros que no la practican; estos pueden ser extranjeros, o bien descendientes del primer grupo de hombres, pero educados de manera diferente. Esta renovación de las generaciones parece ser, en nuestros días, la causa más activa de la evolución. Es natural suponer que lo mismo ocurre con el pasado; la evolución ha sido más lenta cuanto más exclusivamente ha sido formada cada generación por la imitación de sus antecesores.
Queda aún una pregunta más por hacer. ¿Son todos los hombres iguales, diferenciándose meramente en las condiciones bajo las cuales viven (educación, recursos, gobierno), y es producida la evolución únicamente por los cambios en estas condiciones?
¿O hay grupos de hombres con diferencias hereditarias, nacidos con tendencias hacia diferentes actividades y con aptitudes que conducen a diferentes evoluciones, de modo que la evolución puede ser el producto, al menos en parte, del aumento, la disminución y el desplazamiento de estos grupos?
Tomando los casos extremos, las razas humana blanca, negra y amarilla, las diferencias en aptitud son obvias; ningún pueblo negro ha desarrollado jamás una civilización. Es probable, por tanto, que diferencias hereditarias más pequeñas hayan tenido su participación en la determinación de los acontecimientos.
Si es así, la evolución histórica sería producida en parte por causas fisiológicas y antropológicas. Pero la historia no nos proporciona medios seguros para determinar la acción de estas diferencias hereditarias entre los hombres; no va más allá de las condiciones de su existencia. La última pregunta de la historia sigue siendo insoluble mediante métodos históricos.
# CAPÍTULO V
EXPOSICIÓN
Todavía nos falta estudiar una cuestión cuyo interés práctico es evidente:
¿Cuáles son las formas en que se presentan las obras históricas?
Estas formas son, de hecho, muy numerosas. Algunas de ellas están anticuadas; no todas son legítimas; las mejores tienen sus inconvenientes. Debemos preguntarnos, por tanto, no sólo cuáles son las formas en que aparecen las obras históricas, sino también cuáles de ellas representan tipos de exposición verdaderamente racionales.
Por «obras históricas» entendemos aquí todas aquellas que tienen por objeto comunicar los resultados obtenidos por la labor de construcción histórica, cualquiera que sea la naturaleza, la extensión y el alcance de estos resultados. La elaboración crítica de los documentos, de la que se trata en el Libro II, y que es preparatoria de la construcción histórica, queda naturalmente excluida.
Los historiadores pueden diferir, y hasta el presente han diferido, en varios puntos esenciales. No siempre han tenido, ni todos tienen ahora, la misma concepción del fin al que apunta la obra histórica; de ahí surgen diferencias en la naturaleza de los hechos elegidos, en la manera de dividir el tema —es decir, de coordinar los hechos—, en la manera de presentarlos y en la manera de probarlos.
Este sería el lugar para indicar cómo ha evolucionado «el modo de escribir la historia» desde el principio. Pero como la historia de los modos de escribir la historia aún no se ha escrito bien, nos contentaremos aquí con algunas observaciones muy generales sobre el período anterior a la segunda mitad del siglo XIX, limitándonos a lo estrictamente necesario para la comprensión de la situación actual.
I. History was first conceived as the narration of memorable events. To preserve the memory and propagate the knowledge of glorious deeds, or of events which were of importance to a man, a family, or a people; such was the aim of history in the tune of Thucydides and Livy.
In addition, history was early considered as a collection of precedents, and the knowledge of history as a practical preparation for life, especially political life (military and civil). Polybius and Plutarch wrote to instruct, they claimed to give recipes for action. Hence in classical antiquity the subject-matter of history consisted chiefly of political incidents, wars, and revolutions.
The ordinary framework of historical exposition (within which the facts were usually arranged in chronological order) was the life of a person, the whole life of a people, or a particular period in it; there were in antiquity but few essays in general history.
As the aim of the historian was to please or to instruct, or to please and instruct at the same time, history was a branch of literature: there were not too many scruples on the score of proofs; those who worked from written documents took no care to distinguish the text of such documents from their own text; in reproducing the narratives of their predecessors they adorned them with details, and sometimes (under pretext of being precise) with numbers, with speeches, with reflections, and elegances. We can in a manner see them at work in every instance where it is possible to compare Greek and Roman historians, Ephorus and Livy, for example, with their sources.
Los escritores del Renacimiento imitaron directamente a los antiguos. Para ellos también, la historia era un arte literario con fines apologéticos o pretensiones didácticas. En Italia fue con demasiada frecuencia un medio para ganarse el favor de los príncipes, o un tema para declamaciones. Este estado de cosas duró mucho tiempo. Todavía en el siglo XVII encontramos, en Mézeray, a un historiador del antiguo modelo clásico.
Sin embargo, en la literatura histórica del Renacimiento, dos novedades reclaman nuestra atención, en las cuales la influencia medieval se manifiesta de manera incontrovertible.
- Por una parte, vemos la retención de una forma de exposición que era inusual en la antigüedad, que fue creada por los historiadores católicos de las últimas épocas (Eusebio, Orosio) y que gozó de gran favor en la Edad Media: aquella que, en lugar de abarcar únicamente la historia de un solo hombre, familia o pueblo, abarca la historia universal.
- Por otra parte, se introdujo un artificio mecánico de exposición, originado en una práctica común en las escuelas medievales (la glosa), que tuvo consecuencias de gran alcance.
Surgió la costumbre de añadir notas a los libros impresos de historia. Las notas han hecho posible distinguir entre la narración histórica y los documentos que la respaldan, dar referencias de las fuentes, aligerar e ilustrar el texto.
Fue en las colecciones de documentos y en las disertaciones críticas donde se empleó por primera vez el artificio de la anotación; desde allí penetró, lentamente, en las obras históricas de otras clases.
Un segundo periodo comienza en el siglo XVIII. Los "filósofos" empezaron entonces a concebir la historia como el estudio, no de los acontecimientos por sí mismos, sino de los hábitos de los hombres. Se vieron así conducidos a interesarse, no solo por los hechos de índole política, sino por la evolución de las artes, de las ciencias, de la industria y por las costumbres.
Montesquieu y Voltaire personificaron estas tendencias. El Essai sur les mœurs es el primer esbozo y, en algunos aspectos, la obra maestra de la historia así concebida. La narración detallada de los acontecimientos políticos y militares aún se consideraba la labor principal de la historia, pero a esta se hizo habitual añadir ahora, por lo general a modo de suplemento o apéndice, un esbozo del "progreso del espíritu humano". La expresión "historia de la civilización" aparece antes de finales del siglo XVIII.
Al mismo tiempo, los profesores universitarios alemanes, especialmente en Gotinga, estaban creando, para satisfacer necesidades educativas, la nueva forma del "manual" histórico, una recopilación metódica de hechos cuidadosamente justificados, sin pretensiones literarias ni de otra índole. Colecciones de hechos históricos, realizadas con vistas a ayudar en la interpretación de textos literarios o por mera curiosidad respecto a las cosas del pasado, habían existido desde la antigüedad; pero las misceláneas de Ateneo y Aulo Gelio, o las compilaciones más vastas y mejor organizadas de la Edad Media y del Renacimiento, no deben compararse en modo alguno con los "manuales científicos" de los cuales dieron entonces los modelos los profesores alemanes.
Estos profesores, además, contribuyeron a esclarecer la noción vaga y general que los filósofos tenían de la "civilización", pues se aplicaron a la organización de la historia de las lenguas, de las literaturas, de las artes, de las religiones, del derecho, de los fenómenos económicos, etcétera, como otras tantas ramas de estudio independientes. Así se amplió enormemente el dominio de la historia, y la exposición científica, es decir, simple y objetiva, comenzó a competir con los ideales retóricos o sentenciosos, patrióticos o filosóficos de la antigüedad.
Esta competencia fue al principio tímida y oscura, pues los comienzos del siglo XIX estuvieron marcados por un renacimiento literario que renovó la literatura histórica.
Bajo la influencia del movimiento romántico, los historiadores buscaron métodos de exposición más vívidos que los empleados por sus antecesores, métodos mejor adaptados para impresionar la imaginación y despertar las emociones del público, llenando la mente con imágenes poéticas de realidades desaparecidas.
Algunos se esforzaron por preservar el colorido peculiar de los documentos originales que adaptaban:
«Cautivado por las narraciones contemporáneas —dice Barante—, me he esforzado por escribir un relato consecuente que tomara prestados de ellas su animación y su interés».
Esto conduce directamente al descuido de la crítica y a la reproducción de todo aquello que resulte efectivo desde el punto de vista literario. Otros declararon que los hechos del pasado debían ser relatados con todas las emociones de un espectador.
«Thierry —dice Michelet, alabándolo—, al contarnos la historia de Klodowig, respira el espíritu y muestra la emoción de la Francia recientemente invadida...».
Michelet «planteó el problema de la historia como la resucitación de la vida integral en las partes más íntimas del organismo». Con los historiadores románticos, la elección del tema, del plan, de las pruebas y del estilo está dominada por un deseo absorbente de producir un efecto: una ambición literaria, no científica.
Algunos historiadores románticos se han deslizado por este plano inclinado hasta el nivel de la «novela histórica». Conocemos la naturaleza de este género de literatura, que floreció con tanto vigor desde el abate Barthélemy y Chateaubriand hasta Mérimée y Ebers, y que algunos intentan ahora rejuvenecer en vano. El objetivo es «hacer que las escenas del pasado vuelvan a vivir» en cuadros dramáticos construidos artísticamente con colores y detalles «verdaderos».
El objetivo obvio del método es que no le proporciona al lector ningún medio para distinguir entre los elementos tomados de los documentos y los elementos imaginarios, por no mencionar el hecho de que, por lo general, los documentos utilizados no son todos del mismo origen, de modo que, si bien el color de cada piedra puede ser «verdadero», el del mosaico es falso.
El Rome au siècle d'Auguste de Dezobry, los Récits mérovingiens de Augustin Thierry y otros «cuadros» producidos en la misma época se construyeron bajo el mismo principio y están sujetos a los mismos inconvenientes que las novelas históricas propiamente dichas.
Podemos resumir lo que precede diciendo que, hasta alrededor de 1850, la historia siguió siendo, tanto para los historiadores como para el público, una rama de la literatura.
Una prueba excelente de ello radica en el hecho de que hasta entonces los historiadores estaban acostumbrados a publicar nuevas ediciones de sus obras, a intervalos de varios años, sin introducir en ellas ningún cambio, y que el público toleraba tal práctica.
Ahora bien, toda obra científica necesita ser continuamente refundida, revisada, puesta al día. Los investigadores científicos no pretenden dar a sus obras una forma inmutable, no esperan ser leídos por la posteridad ni alcanzar la inmortalidad personal; les basta con que los resultados de sus investigaciones, corregidos acaso y posiblemente transformados por investigaciones posteriores, se incorporen al fondo de conocimientos que forma el patrimonio científico de la humanidad.
Nadie lee a Newton o a Lavoisier; basta para su gloria que sus trabajos hayan contribuido a la producción de obras por las cuales los suyos han sido superados, y que serán, tarde o temprano, superadas a su vez. Solo las obras de arte disfrutan de una eterna juventud. Y el público es muy consciente de ello; a nadie se le ocurriría jamás estudiar historia natural en Buffon, cual fuere su opinión sobre los méritos de este estilista.
Pero ese mismo público está muy dispuesto a estudiar historia en Augustin Thierry, en Macaulay, en Carlyle, en Michelet, y los libros de los grandes escritores que han tratado temas históricos se reimprimen, cincuenta años después de la muerte del autor, en su forma original, a pesar de que ya no están manifiestamente al nivel de los conocimientos actuales. Es evidente que, para muchos, la forma cuenta antes que el contenido en la historia, y que una obra histórica es primordialmente, si no exclusivamente, una obra de arte.
II. Es en los últimos cincuenta años cuando las formas científicas de la exposición histórica se han desarrollado y asentado, de acuerdo con el principio general de que el objetivo de la historia no es agradar, ni dar máximas prácticas de conducta, ni despertar las emociones, sino el conocimiento puro y simple.
Comenzamos por distinguir entre (1) monografías y (2) obras de carácter general.
(1) Un hombre escribe una monografía cuando se propone elucidar un punto especial, un solo hecho o un conjunto limitado de hechos, por ejemplo, toda la vida o una parte de la vida de un individuo, un solo acontecimiento o una serie de acontecimientos entre dos fechas cercanas.
Los tipos de temas posibles de una monografía no se pueden enumerar, pues la materia de la historia se puede dividir indefinidamente y de un número infinito de maneras. Pero no todos los modos de división son igualmente juiciosos y, aunque se haya sostenido lo contrario, hay, en la historia como en todas las ciencias, temas que sería estúpido tratar en monografías, y monografías que, aunque estén bien ejecutadas, representan una labor inútil.
Las personas de capacidad moderada y sin gran amplitud mental, dedicadas a lo que se llama erudición "curiosa", se prestan muy fácilmente a ocuparse de cuestiones insignificantes; de hecho, para hacer una primera estimación del poder intelectual de un historiador, se puede obtener un criterio bastante bueno en la lista de las monografías que ha escrito. Es el don de ver los problemas importantes y el gusto por su tratamiento, así como la capacidad de resolverlos, lo que, en todas las ciencias, eleva a los hombres al primer rango.
Pero supongamos que el tema ha sido elegido racionalmente. Toda monografía, para ser útil —es decir, capaz de ser plenamente aprovechada—, debe ajustarse a tres reglas:
- (1) en una monografía, todo hecho histórico derivado de documentos solo debe presentarse acompañado de una referencia a los documentos de los cuales se toma y de una estimación del valor de dichos documentos;
- (2) debe seguirse el orden cronológico en la medida de lo posible, porque este es el orden en el que sabemos que ocurrieron los hechos y por el cual nos guiamos en la búsqueda de causas y efectos;
- (3) el título de la monografía debe permitir conocer su tema con exactitud: no se puede protestar con demasiado énfasis contra esos títulos incompletos o caprichosos que complican tan innecesariamente las búsquedas bibliográficas.
Se ha establecido una cuarta regla; se ha dicho que "una monografía solo es útil cuando agota el tema"; pero es perfectamente legítimo realizar un trabajo provisional con los documentos de que uno dispone, aun cuando haya razones para creer que existen otros, siempre y cuando se dé un aviso preciso sobre qué documentos se han empleado.
Cualquiera que tenga tacto verá que, en una monografía, el aparato de demostración, aun necesitando ser completo, debe reducirse a lo estrictamente necesario.
La sobriedad es imperativa; todo despliegue de erudición del que se podría haber prescindido sin inconveniente es odioso.
En historia ocurre a menudo que las monografías mejor ejecutadas no proporcionan otro resultado que la prueba de que el conocimiento es imposible. Es necesario resistir el deseo que lleva a algunos a redondear con conclusiones subjetivas, ambiciosas y vagas monografías que no las soportan.
La conclusión adecuada de una buena monografía es el balance de los resultados obtenidos por ella y los puntos dejados en duda.
- Una monografía hecha según estos principios podrá envejecer, pero no se vendrá abajo, y su autor nunca tendrá que enrojecer por ella.
(2) Las obras de carácter general se dirigen bien a los estudiantes o bien al público en general.
A. Las obras generales destinadas principalmente a estudiantes y especialistas aparecen hoy en forma de «repertorios», «manuales» y «historias científicas».
En un repertorio, un conjunto de hechos verificados pertenecientes a una clase dada se recopila y ordena de un modo que facilita su consulta. Si los hechos así recopilados tienen fechas precisas, se adopta el orden cronológico: así se ha acometido la tarea de compilar «anales» de la historia alemana, en los cuales el asiento resumido de los acontecimientos, ordenados por fechas, va acompañado de los textos a partir de los cuales se conocen dichos acontecimientos, con referencias precisas a las fuentes y a los trabajos de los críticos; la colección de los Jahrbücher der deutschen Geschichte tiene por objeto dilucidar, en la medida de lo posible, los hechos de la historia alemana, incluyendo todo lo que es susceptible de discusión y prueba científica, pero omitiendo cuanto pertenece al dominio de la apreciación y las opiniones generales.
Cuando los hechos tienen fechas imprecisas o son simultáneos, debe emplearse el orden alfabético; así tenemos los diccionarios: diccionarios de instituciones, diccionarios biográficos, enciclopedias históricas, como la Realencyclopædie de Pauly-Wissowa. Estos repertorios alfabéticos son, en teoría, al igual que los Jahrbücher, colecciones de hechos probados; si, en la práctica, las referencias en ellos son menos rigurosas, si el aparato de textos que respalda las afirmaciones es menos completo, la diferencia carece de justificación.
Los manuales científicos son también, propiamente hablando, repertorios, puesto que son recopilaciones en las que los hechos establecidos se disponen en orden sistemático y se exponen de manera objetiva, con sus pruebas y sin ningún adorno literario. Los autores de estos «manuales», cuyos ejemplares más numerosos y perfectos han sido compuestos en nuestros días en las universidades alemanas, no tienen otro objetivo que elaborar inventarios minuciosos de las adquisiciones hechas por el conocimiento, a fin de que los investigadores puedan asimilar los resultados de la crítica con mayor facilidad y rapidez, y se les proporcione puntos de partida para nuevas investigaciones. Hoy existen manuales de este tipo para la mayoría de las ramas especiales de la historia de la civilización (lenguas, literatura, religión, derecho, Alterthümer, etcétera), para la historia de las instituciones y para las distintas partes de la historia eclesiástica. Bastará mencionar los nombres de Schœmann, de Marquardt y Mommsen, de Gilbert, de Krumbacher, de Harnack, de Möller.
Estas obras no se caracterizan por la sequedad de la mayoría de los «manuales» primitivos, publicados en Alemania hace cien años, que no eran mucho más que tablas de materias con referencias a los libros y documentos que debían consultarse; en el tipo moderno, la exposición y la discusión son sin duda concisas y compactas, pero aun así no están abreviadas más allá del punto en que puedan ser toleradas, e incluso preferidas, por los lectores cultos. Arrebatan el gusto por otros libros, como dice muy bien G. Paris:
«Cuando uno se ha regalado con estas páginas sustanciosas, tan llenas de hechos que, con toda su apariencia de impersonalidad, contienen y, sobre todo, sugieren tantos pensamientos, resulta difícil leer libros, incluso libros distinguidos, en los que el tema se corta simétricamente para encajar en un sistema preconcebido, se colorea con la fantasía y se nos presenta, por decirlo así, disfrazado; libros en los que el autor se interpone continuamente entre nosotros y el espectáculo que pretende hacernos inteligible, pero que nunca nos permite ver.»
Los grandes «manuales» históricos, equiparables a los tratados y manuales de las otras ciencias (con la complicación añadida de las autoridades y las pruebas), deben ser y son continuamente mejorados, enmendados, corregidos y puestos al día: son, por definición, obras de ciencia y no de arte.
Los repertorios más antiguos y los «manuales» científicos más antiguos fueron compuestos por individuos aislados. Pero pronto se reconoció que un solo hombre no puede ordenar correctamente, ni poseer el dominio adecuado sobre una vasta colección de hechos. La tarea ha sido dividida. Los repertorios son ejecutados, en nuestros días, por colaboradores en asociación (que a veces son de diferentes nacionalidades y escriben en diferentes idiomas). Los grandes manuales (de I. von Müller, de G. Gröber, de H. Paul y otros) son colecciones de tratados especiales escritos cada uno por un especialista. El principio de colaboración es excelente, pero a condición de (1) que la obra colectiva sea de naturaleza tal que pueda resolverse en grandes monografías independientes, aunque coordinadas; (2) que la sección confiada a cada colaborador tenga una cierta extensión; si el número de colaboradores es demasiado grande y la parte de cada uno demasiado limitada, la libertad y la responsabilidad de cada cual disminuyen o desaparecen.
Histories, destinadas a ofrecer una narración de acontecimientos que ocurrieron una sola vez y a exponer los hechos generales que dominan todo el curso de las evoluciones particulares, todavía tienen una razón de ser, incluso después de la multiplicación de los manuales metódicos.
Pero se han introducido en ellas métodos científicos de exposición, al igual que en las monografías y los manuales, y ello por imitación. La reforma ha consistido, en todos los casos, en la renuncia a los ornamentos literarios y a las afirmaciones sin pruebas. Grote produjo el primer modelo de una «historia» así definida.
Al mismo tiempo, ciertas formas que antaño tuvieron boga han caído hoy en desuso: tal es el caso de las «Historias universales» de narración continua, que tanto gustaron, por diferentes razones, en la Edad Media y en el siglo XVIII; en el presente siglo, Schlosser y Weber en Alemania, y Cantù en Italia, produjeron los últimos ejemplares de ellas.
Este tipo ha sido abandonado por razones históricas, porque hemos dejado de considerar a la humanidad como un todo, unida por una sola evolución; y por razones prácticas, porque hemos reconocido la imposibilidad de reunir una masa de hechos tan abrumadora en una sola obra.
Las Historias universales que todavía se publican en colaboración (la colección Oncken es el mejor tipo de ellas), son, al igual que los grandes manuales, compuestas de secciones independientes, cada una tratada por un autor diferente; son combinaciones editoriales. Los historiadores se han visto conducidos en nuestros días a adoptar la división por estados (historias nacionales) y por épocas.
B. No hay en teoría ninguna razón por la que las obras históricas destinadas principalmente al público no deban concebirse en el mismo espíritu que las obras diseñadas para estudiantes y especialistas, ni por la que no deban componerse de la misma manera, aparte de las simplificaciones y omisiones que se sugieren por sí mismas.
Y, de hecho, existen resúmenes sintéticos, sustanciales y legibles, en los que no se avanza ninguna afirmación que no esté respaldada tácitamente por referencias sólidas, en los que las adquisiciones de la ciencia se enuncian con precisión, se explican juiciosamente y se ponen claramente de relieve su significado y su valor.
Los franceses, gracias a sus dotes naturales de tacto, destreza y precisión mental, sobresalen por regla general en este departamento. Se han publicado en nuestro país artículos de revista y obras de alta divulgación en las que se han condensado hábilmente los resultados de una serie de trabajos originales, de un modo que se ha ganado la admiración de los mismísimos especialistas que, mediante sus pesadas monografías, han hecho posibles estas obras.
Nada hay, sin embargo, más peligroso que la divulgación. De hecho, la mayoría de las obras de divulgación no se ajustan al ideal moderno de la exposición histórica; encontramos en ellas frecuentemente pervivencias del ideal antiguo, el de la antigüedad, el Renacimiento y la escuela romántica.
La explicación es sencilla. Los defectos de las obras históricas destinadas al gran público —defectos que a veces son enormes y han desacreditado, ante muchas mentes capaces, a las obras divulgativas en su conjunto— son consecuencia de la insuficiente preparación o de la inferior educación literaria de los «divulgadores».
Al divulgador se le exime de la investigación original; pero debe conocer todo lo importante que se haya publicado sobre su tema, debe estar al día y haber meditado por sí mismo las conclusiones a las que han llegado los especialistas.
Si no ha hecho personalmente un estudio especial del tema que se propone tratar, es evidente que debe documentarse, y la tarea es larga. Para el divulgador profesional existe una fuerte tentación de estudiar superficialmente unas pocas monografías recientes, de hilvanar o combinar apresuradamente extractos de ellas y, para hacer este pastiche más atractivo, de engalanarlo, en la medida de lo posible, con "ideas generales" y gracias externas.
La tentación es tanto más fuerte debido a la circunstancia de que la mayoría de los especialistas no muestran interés por las obras de divulgación, de que estas obras son, por lo general, lucrativas, y de que el gran público no se encuentra en condiciones de distinguir claramente entre la divulgación honesta y la falsa. En suma, hay algunos, por absurdo que parezca, que no dudan en resumir para otros lo que no se han tomado el trabajo de aprender por sí mismos, y en enseñar aquello que ignoran.
De ahí que, en la mayoría de las obras de divulgación histórica, aparezcan inevitablemente tachas de toda especie, que los bien informados siempre señalan con placer, pero con un placer en el que hay un toque de amargura, porque solo ellos pueden ver estos defectos:
- préstamos no reconocidos,
- referencias inexactas,
- nombres y textos mutilados,
- citas de segunda mano,
- hipótesis sin valor,
- afirmaciones imprudentes,
- generalizaciones pueriles,
- y, en la enunciación de las opiniones más falsas o más debatibles, un aire de tranquila autoridad.
Por otra parte, hombres cuya información es todo lo que cabría desear, cuyas monografías destinadas a especialistas están llenas de mérito, se muestran a veces capaces, cuando escriben para el público, de graves ofensas contra el método científico.
Los alemanes son infractores habituales: considérese a Mommsen, Droysen, Curtius y Lamprecht. La razón es que estos autores, cuando se dirigen al público, desean producir un efecto en él. Su deseo de causar una fuerte impresión los lleva a una cierta relajación del rigor científico y a los viejos hábitos rechazados de la historiografía antigua.
Estos hombres, tan escrupulosos y minuciosos cuando se ocupan de establecer detalles, se abandonan, en su exposición de las cuestiones generales, a sus impulsos naturales, como la gente común. Toman partido, censuran, exhalan alabanzas; colorean, embellecen; se permiten ser influidos por consideraciones personales, patrióticas, morales o metafóricas.
Y, por si fuera poco todo esto, se aplican, con sus respectivos grados de talento, a la tarea de producir obras de arte; en este empeño, los que no tienen talento se hacen ridículos, y el talento de los que lo tienen se arruina por su preocupación por el efecto que desean producir.
No, que quede bien entendido, que la «forma» carezca de importancia, o que, siempre y cuando se haga inteligible, el historiador tenga derecho a emplear un lenguaje incorrecto, vulgar, descuidado o torpe.
El desprecio por la retórica, por los diamantes de imitación y las flores de papel, no excluye el gusto por un estilo puro y vigoroso, conciso y denso. Fustel de Coulanges era un buen escritor, a pesar de que durante toda su vida recomendó y practicó la evitación de la metáfora.
Por el contrario, no vemos ningún inconveniente en repetir que el historiador, dada la extrema complejidad de los fenómenos que se compromete a describir, tiene la obligación de no escribir mal. Pero debe escribir siempre bien, y no engalanarse jamás con baratijas.
# CONCLUSIÓN
I. La historia no es más que la utilización de documentos. Pero es cuestión de azar que los documentos se conserven o se pierdan. De ahí el papel predominante desempeñado por el azar en la formación de la historia.
La cantidad de documentos existentes, si no de los conocidos, está dada; el tiempo, a pesar de todas las precauciones que hoy en día se toman, la disminuye continuamente; jamás aumentará.
La historia tiene a su disposición un caudal limitado de documentos; esta misma circunstancia limita el progreso posible de la ciencia histórica.
Cuando todos los documentos sean conocidos y hayan pasado por las operaciones que los preparan para su uso, la labor de la erudición crítica habrá terminado. Tratándose de ciertos periodos antiguos, para los cuales los documentos son escasos, ya podemos prever que dentro de una o dos generaciones llegará el momento de detenerse. Los historiadores se verán entonces obligados a refugiarse cada vez más en los periodos modernos.
Así, la historia no realizará el sueño que, en el siglo XIX, infundió a la escuela romántica tanto entusiasmo por el estudio de la historia: no penetrará en el misterio del origen de las sociedades y, a falta de documentos, los inicios de la evolución de la humanidad permanecerán siempre oscuros.
El historiador no reúne mediante su propia observación los materiales necesarios para la historia como se hace en las demás ciencias: trabaja sobre hechos cuyo conocimiento ha sido transmitido por observadores anteriores.
En la historia el conocimiento no se obtiene, como en las demás ciencias, por métodos directos, sino indirectos. La historia no es, como se ha dicho, una ciencia de observación, sino una ciencia de razonamiento.
Para utilizar hechos que han sido observados bajo condiciones desconocidas, es necesario aplicarles la crítica, y la crítica consiste en una serie de razonamientos por analogía.
Los hechos tal como los proporciona la crítica son aislados y dispersos; para organizarlos en una estructura es necesario imaginarlos y agruparlos de acuerdo con sus semejanzas con los hechos de la actualidad, una operación que también depende del uso de analogías.
Esta necesidad obliga a la historia a utilizar un método excepcional. Para formular sus argumentos por analogía, debe combinar siempre el conocimiento de las condiciones particulares bajo las cuales ocurrieron los hechos del pasado con una comprensión de las condiciones generales bajo las cuales ocurren los hechos de la humanidad.
Su método consiste en elaborar tablas especiales con los hechos de una época del pasado, y aplicarles conjuntos de preguntas fundamentadas en el estudio del presente.
Las operaciones que necesariamente deben realizarse para pasar de la inspección de los documentos al conocimiento de los hechos y las evoluciones del pasado son muy numerosas. De ahí la necesidad de la división y la organización del trabajo en la historia.
Es preciso, por una parte, que aquellos especialistas que se ocupan de la búsqueda de documentos, de su restauración y de su clasificación preliminar, coordinen sus esfuerzos para que el trabajo preparatorio de la erudición crítica termine lo antes posible, en las mejores condiciones de exactitud y economía de trabajo.
Por otra parte, los autores de síntesis parciales (monografías) destinadas a servir de materiales para síntesis más abarcadoras deben ponerse de acuerdo entre sí para trabajar con un método común, a fin de que los resultados de cada uno puedan ser utilizados por los demás sin investigaciones preliminares.
Por último, debe hallarse a trabajadores con experiencia que renuncien a la investigación personal y dediquen todo su tiempo al estudio de estas síntesis parciales, con el fin de combinarlas científicamente en obras de conjunto de construcción histórica.
Y si el resultado de estas labores fuera poner de manifiesto conclusiones claras y ciertas sobre la naturaleza y las causas de la evolución social, se habría creado una «filosofía de la historia» verdaderamente científica, que los historiadores podrían reconocer como la coronación legítima de la ciencia histórica.
Concebiblemente llegará un día en que, gracias a la organización del trabajo, habrán sido descubiertos, enmendados y ordenados todos los documentos existentes, y establecidos todos los hechos de los cuales no se hayan destruido los vestigios.
Cuando llegue ese día, la historia quedará establecida, pero no estará fija: continuará modificándose gradualmente a medida que el estudio directo de las sociedades existentes se vuelva más científico y permita una mejor comprensión de los fenómenos sociales y de su evolución; pues las nuevas ideas que sin duda se adquirirán sobre la naturaleza, las causas y la importancia relativa de los hechos sociales continuarán transformando las ideas que se formen sobre las sociedades y los acontecimientos del pasado.
II. Es una ilusión obsoleta suponer que la historia proporciona información de utilidad práctica para la conducción de la vida (Historia magistra vitæ), lecciones directamente provechosas para individuos y pueblos; las condiciones bajo las cuales se realizan las acciones humanas rara vez son lo suficientemente similares en dos momentos distintos como para que las «lecciones de la historia» sean directamente aplicables.
Pero es un error decir, a modo de reacción, que «el rasgo distintivo de la historia es no servir para nada». Tiene una utilidad indirecta.
La historia nos permite comprender el presente en la medida en que explica el origen del estado actual de las cosas.
Aquí debemos admitir que la historia no ofrece un interés igual en toda la extensión de tiempo que abarca; hay generaciones remotas cuyas huellas ya no son visibles en el mundo tal como es ahora; con el fin de explicar la constitución política de la Inglaterra contemporánea, por ejemplo, el estudio del witenagemot anglosajón carece de valor, mientras que el de los acontecimientos de los siglos XVIII y XIX es de suma importancia.
La evolución de las sociedades civilizadas se ha acelerado en los últimos cien años hasta tal punto que, para la comprensión de su forma actual, la historia de estos cien años es más importante que la de los diez siglos precedentes. Como explicación del presente, la historia se reduciría casi al estudio del período contemporáneo.
La historia es también indispensable para la culminación de las ciencias políticas y sociales, que aún se encuentran en proceso de formación; pues la observación directa de los fenómenos sociales (en estado de reposo) no es un fundamento suficiente para estas ciencias; debe añadirse un estudio del desarrollo de estos fenómenos en el tiempo, es decir, su historia.
Por esto todas las ciencias que tratan del hombre (la lingüística, el derecho, la ciencia de las religiones, la economía política, etcétera) han adoptado en este siglo la forma de ciencias históricas.
Pero el mérito principal de la historia es el de ser un instrumento de cultura intelectual; lo es de varias maneras.
- En primer lugar, la práctica del método histórico de investigación, cuyos principios se han esbozado en el presente volumen, es muy higiénica para la mente, a la que cura de la credulidad.
- En segundo lugar, la historia, al mostrarnos un gran número de sociedades diferentes, nos prepara para comprender y tolerar una variedad de usos; al mostrarnos que las sociedades se han transformado a menudo, nos familiariza con la variación de las formas sociales y nos cura de un temor mórbido al cambio.
- Por último, la contemplación de las evoluciones pasadas, que nos permite comprender cómo las transformaciones de la humanidad se llevan a cabo mediante cambios de costumbres y la renovación de las generaciones, nos libra de la tentación de aplicar analogías biológicas (selección, lucha por la existencia, hábitos heredados, etcétera) a la explicación de la evolución social, que no se produce por la acción de las mismas causas que la evolución animal.
# APÉNDICES
# APÉNDICE I
LA ENSEÑANZA SECUNDARIA DE LA HISTORIA EN FRANCIA
I. La enseñanza de la historia es una adición reciente a la educación secundaria.
Antiguamente la historia se enseñaba a los hijos de los reyes y de los grandes personajes, con el fin de prepararlos en el arte de gobernar, según la antigua tradición, pero era una ciencia sagrada reservada para los futuros gobernantes de los Estados, una ciencia para príncipes, no para súbditos. Las escuelas secundarias que se han organizado desde el siglo XVI, eclesiásticas o laicas, católicas o protestantes, no admitieron la historia en su plan de estudios, o solo la admitieron como un apéndice del estudio de las lenguas antiguas. Esta era la tradición de los jesuitas en Francia; fue adoptada por la Universidad de Napoleón.
La historia solo se introdujo en la enseñanza secundaria en el siglo XIX, bajo la presión de la opinión pública; y aunque se le ha concedido más espacio en Francia que en Inglaterra, o incluso que en Alemania, ha seguido siendo una asignatura subsidiaria, que no se enseña en una clase especial (como la filosofía), ni siempre por un profesor especializado, y que cuenta muy poco en los exámenes.
La enseñanza de la historia ha sentido durante mucho tiempo los efectos de la manera en que fue introducida. La asignatura fue impuesta por las autoridades a profesores formados exclusivamente en el estudio de la literatura, y no encontraba un lugar adecuado en un sistema de educación clásica basado en el estudio de las formas e indiferente al conocimiento de los fenómenos sociales.
La historia se enseñaba porque estaba prescrita por el programa; pero este programa, único motivo y guía de la enseñanza, era siempre un accidente y variaba según las preferencias, o incluso los estudios personales de quienes lo elaboraban.
La historia formaba parte de las convenciones sociales; hay, se decía, nombres y hechos «de los que no está permitido ser ignorante»; pero las cosas cuya ignorancia no estaba permitida variaban enormemente, desde los nombres de los reyes merovingios y las batallas de la guerra de los Siete Años hasta la ley Sálica y la obra de san Vicente de Paúl.
Los improvisados bastones de apoyo que, para llevar a cabo el programa, debían impartir instrucción improvisada en historia, no tenían una idea clara ni de las razones de tal instrucción, ni de su lugar en la educación general, ni de los métodos técnicos necesarios para impartirla.
Ante esta falta de tradición, de preparación pedagógica y aun de ayudas mecánicas, el profesor de historia se vio transportado a las edades anteriores a la imprenta, cuando el maestro tenía que proporcionar al alumno todos los hechos que formaban la materia de la enseñanza, y adoptó el procedimiento medieval.
Armado con un cuaderno en el que había anotado la lista de hechos que debían enseñarse, se la leía a los alumnos, a veces fingiendo improvisar; esta era la «lección», la piedra angular de la instrucción histórica. Toda la serie de lecciones, determinada por el programa, constituía el «curso».
Se esperaba que el alumno escribiera mientras escuchaba (a esto se le llamaba «tomar notas») y redactara un informe escrito de lo que había oído (la rédaction). Pero como a los alumnos no se les enseñaba a tomar notas, casi todos se limitaban a escribir muy rápidamente, al dictado del profesor, un borrador que copiaban en casa en forma de rédaction, sin ningún esfuerzo por comprender el significado ni de lo que oían ni de lo que transcribían.
A esta labor mecánica, los más celosos añadían extractos copiados de libros, por lo general con la misma escasa reflexión.
Con el fin de introducir en la cabeza de los alumnos los datos considerados esenciales, el profesor solía hacer una versión muy breve de la lección, el «resumen» o «extracto», que dictaba abiertamente y hacía aprender de memoria.
Así, de los dos ejercicios escritos que ocupaban casi todo el tiempo de la clase, uno (el resumen) era un dictado manifiesto, y el otro (la rédaction), un dictado encubierto.
El único medio adoptado para comprobar el trabajo de los alumnos era hacerles repetir el resumen palabra por palabra, y hacerles preguntas sobre la rédaction, es decir, hacerles repetir aproximadamente las palabras del profesor. De los dos ejercicios orales, uno era una repetición manifiesta y el otro tácita.
Es verdad que al alumno se le dio un libro, el Précis d'histoire, pero este libro tenía la misma forma que el curso del profesor y, en lugar de servir de base para la enseñanza oral, se limitaba a duplicarla y, por lo general, a duplicarla mal, pues no era inteligible para el alumno.
Los autores de estos manuales, adoptando los métodos tradicionales de los «compendios», se esforzaban por acumular el mayor número posible de hechos omitiendo todos sus detalles característicos y sintetizándolos en las expresiones más generales y, por tanto, vagas.
En los libros elementales no quedaba más que un residuo de nombres propios y fechas unidos por fórmulas de un tipo uniforme; la historia aparecía como una serie de guerras, tratados, reformas y revoluciones, que solo se diferenciaban en los nombres de los pueblos, soberanos, campos de batalla y en las cifras que daban los años.
Tal fue, hasta finales del Segundo Imperio, la enseñanza histórica en todas las instituciones francesas, tanto laicas como eclesiásticas —con pocas excepciones, cuyo mérito se mide por su rareza, pues por entonces un profesor de historia necesitaba una cuota de energía e iniciativa más común de lo habitual para elevarse por encima de la rutina de la rédaction y el resumen.
II. En los últimos tiempos, el movimiento general de reforma educativa, que comenzó en el Ministerio y en las Facultades, se ha extendido por fin a la enseñanza secundaria. Los profesores de historia se han emancipado de la celosa supervisión que pesaba sobre su enseñanza bajo el gobierno del Imperio, y han aprovechado la oportunidad para poner a prueba nuevos métodos.
Se ha ideado un sistema de pedagogía histórica. Ha sido dado a conocer con la aprobación del Ministerio en los debates de la sociedad para el estudio de cuestiones de enseñanza secundaria, en la Revue de l'enseignement secondaire y en la Revue universitaire. Ha recibido la sanción oficial en las Instructions que acompañan al programa de 1890; el informe sobre la historia, obra de M. Lavisse, se ha convertido en la carta que protege a los profesores partidarios de la reforma en su lucha contra la tradición.
Sin duda, de esta crisis de renovación organizada y provista de un sistema pedagógico y técnico racional, como el que poseen las ramas más antiguas de la enseñanza de lenguas, literatura y filosofía, surgirá la instrucción histórica. Pero es de esperar que la reforma sea mucho más lenta que en el caso de la enseñanza superior.
El personnel es mucho más numeroso y se tarda más en formarlo o renovarlo; los alumnos son menos entusiastas y menos inteligentes; la rutina de los padres opone a los nuevos métodos una fuerza de inercia que es desconocida para las Facultades; y el Bachillerato, ese obstáculo general para toda reforma, resulta particularmente nocivo en su efecto sobre la instrucción histórica, a la que reduce a un conjunto de preguntas y respuestas.
III. No obstante, hoy es posible señalar cuál es la dirección en que probablemente ha de desarrollarse la enseñanza histórica en Francia y las cuestiones que será necesario resolver con el fin de introducir un sistema técnico racional. Aquí nos esforzaremos en formular dichas cuestiones en un cuadro metódico.
(1) Organización general.—¿A qué objetivo debe aspirar la enseñanza de la historia? ¿Qué servicios puede prestar a la cultura del alumno? ¿Qué influencia puede tener en su conducta? ¿Qué hechos debe permitirle comprender? Y, en consecuencia, ¿qué principios deben guiar la elección de los temas y de los métodos? ¿Debe extenderse la instrucción a lo largo de toda la duración de las clases, o debe concentrarse en una clase especial? ¿Deve impartirse en clases de una o dos horas? ¿Debe distribuirse la historia en varios ciclos, como en Alemania, para hacer que el alumno vuelva varias veces sobre el mismo tema en diferentes periodos de sus estudios? ¿O debe exponerse en un solo curso continuo, comenzando desde el inicio de los estudios, como en Francia? ¿Debe el profesor impartir un curso completo, o debe seleccionar unas pocas cuestiones y dejar que el alumno estudie las demás por sí mismo? ¿Debe exponer los hechos oralmente, o debe exigir a los alumnos que los aprendan en primer lugar a partir de un libro, de modo que el curso sea una serie de explicaciones?
(2) Elección de los temas.—¿Qué proporción debe observarse entre la historia patria y la extranjera? ¿Entre la historia antigua y la contemporánea? ¿Entre las ramas especiales de la historia (arte, religión, costumbres, economía) y la historia general? ¿Entre las instituciones o usos, y los acontecimientos? ¿Entre la evolución de los usos materiales, la historia intelectual, la vida social y la vida política? ¿Entre el estudio de los incidentes particulares, de la biografía, de los episodios dramáticos, y el estudio de la interconexión de los acontecimientos y de las evoluciones generales? ¿Qué lugar debe asignarse a los nombres propios y a las fechas? ¿Debemos aprovechar las oportunidades que ofrecen las leyendas para despertar el espíritu crítico? ¿O debemos evitar las leyendas?
(3) Orden.—¿En qué orden deben abordarse las materias? ¿Debe comenzar la instrucción por los períodos más antiguos y los países con las civilizaciones más antiguas para seguir el orden cronológico y el de la evolución? ¿O debe empezar por los períodos y los países que nos son más próximos para proceder de lo mejor conocido a lo menos conocido? En la exposición de cada período, ¿debe seguirse el orden cronológico, geográfico o lógico? ¿Debe empezar el profesor describiendo las condiciones o narrando los acontecimientos?
(4) Métodos de enseñanza.—¿Debe darse al alumno primero fórmulas generales o imágenes particulares? ¿Debe el profesor exponer las fórmulas él mismo o exigir que el alumno las busque? ¿Deben aprenderse las fórmulas de memoria? ¿En qué casos? ¿Cómo han de producirse las imágenes de los hechos históricos en la mente de los alumnos? ¿Qué uso debe hacerse de los grabados? ¿De las reproducciones y restauraciones? ¿De las escenas imaginarias? ¿Qué uso debe hacerse de las narraciones y descripciones? ¿De los textos de los autores? ¿De las novelas históricas? ¿Hasta qué punto deben citarse palabras y fórmulas? ¿Cómo deben localizarse los hechos? ¿Qué uso debe hacerse de las tablas cronológicas? ¿De las tablas sincrónicas? ¿De los croquis geográficos? ¿De las tablas estadísticas y gráficas? ¿Cuál es el modo de hacer comprensible el carácter de los acontecimientos y las costumbres? ¿Los motivos de las acciones? ¿Las condiciones de las costumbres? ¿Cómo han de elegirse los episodios de un acontecimiento? ¿Y los ejemplos de una costumbre? ¿Cómo debe hacerse inteligible la interconexión de los hechos y el proceso de evolución? ¿Qué uso debe hacerse de la comparación? ¿Qué estilo de lenguaje debe emplearse? ¿Hasta qué punto deben usarse términos concretos, abstractos y técnicos? ¿Cómo se ha de comprobar que el alumno ha comprendido los términos y asimilado los hechos? ¿Pueden organizarse ejercicios en los que el alumno realice un trabajo original sobre los hechos? ¿Qué instrumentos de estudio debe poseer el alumno? ¿Cómo deben compilarse los libros escolares, con vistas a dar al alumno práctica en el trabajo original?
Para enunciar y justificar las soluciones de todos estos problemas, un tratado especial no sería demasiado. Aquí nos limitaremos a indicar los principios generales sobre los cuales parece haberse alcanzado ya un acuerdo tolerable en Francia.
Ya no acudimos a la historia en busca de lecciones de moral, ni de buenos ejemplos de conducta, ni tampoco de escenas dramáticas o pintorescas. Comprendemos que, para todos estos fines, la leyenda sería preferible a la historia, pues presenta una cadena de causas y efectos más acorde con nuestras ideas de justicia, personajes más perfectos y heroicos, y escenas más bellas y conmovedoras.
Tampoco pretendemos utilizar la historia, como se hace en Alemania, con el propósito de fomentar el patriotismo y la lealtad; sentimos que sería ilógico que distintas personas sacaran conclusiones opuestas de una misma ciencia según su país o su partido; sería una invitación a cada pueblo a mutilar, si no a alterar, la historia en la dirección de sus preferencias.
Comprendemos que el valor de toda ciencia consiste en ser verdadera, y a la historia le pedimos verdad y nada más.
La función de la historia en la educación quizá aún no sea claramente evidente para todos aquellos que la enseñan. Pero todos los que reflexionan coinciden en considerarla principalmente como un instrumento de cultura social.
El estudio de las sociedades del pasado hace que el alumno comprenda, con la ayuda de ejemplos reales, qué es una sociedad; lo familiariza con los principales fenómenos sociales y las diferentes especies de usos, su variedad y sus semejanzas.
El estudio de los acontecimientos y las evoluciones lo familiariza con la idea de la continua transformación que experimentan los asuntos humanos, lo pone a salvo de un temor irracional a los cambios sociales y rectifica su noción de progreso.
Todas estas adquisiciones hacen que el alumno sea más apto para la vida pública; la historia aparece así como una rama de instrucción indispensable en una sociedad democrática.
El principio rector de la pedagogía histórica será, por lo tanto, buscar aquellas materias y aquellos métodos que mejor contribuyan a exponer los fenómenos sociales y a dar una comprensión de su evolución.
Antes de admitir un hecho en el plan de enseñanza, debe preguntarse ante todo qué influencia educativa puede ejercer; en segundo lugar, si se poseen los medios adecuados para llevar al alumno a verlo y comprenderlo.
Debe descartarse todo hecho que sea instructivo solo en un grado ínfimo, o que sea demasiado complicado para ser comprendido, o respecto al cual no poseamos suficientes detalles para hacerlo inteligible.
IV. Para que la instrucción racional sea una realidad no basta con desarrollar una teoría de la pedagogía histórica. Es necesario renovar los medios materiales y los métodos.
La historia implica necesariamente el conocimiento de un gran número de hechos.
El profesor de historia, sin más recursos que su voz, una pizarra y unos compendios que poco se diferencian de las tablas cronológicas, se encuentra en una situación muy similar a la de un profesor de latín sin textos ni diccionario.
El alumno de historia necesita un repertorio de hechos históricos como el alumno de latín necesita un repertorio de palabras latinas; necesita colecciones de hechos, y los manuales escolares son en su mayor parte colecciones de palabras.
Hay dos vehículos de los hechos, los grabados y los libros. Los grabados exhiben objetos materiales y aspectos externos, son útiles principalmente para el estudio de la civilización material. Hace ya algún tiempo que se intentó por primera vez en Alemania poner en manos del alumno una colección de grabados dispuesta para los fines de la instrucción histórica. La misma necesidad ha producido, en Francia, el Album historique, que se publica bajo la dirección de M. Lavisse.
El libro es el instrumento principal. Debe contener todos los rasgos característicos necesarios para formar representaciones mentales de los acontecimientos, los móviles, las costumbres, las instituciones estudiadas; consistirá principalmente en relatos y descripciones, a los que se podrán añadir dichos y fórmulas característicos.
Durante mucho tiempo se procuró construir esos libros a partir de extractos seleccionados de autores antiguos; se compilaban en forma de colecciones de textos. La experiencia parece indicar que este método debe abandonarse; tiene apariencia científica, es verdad, pero no es comprensible para los niños.
Es mejor dirigirse a los alumnos en un lenguaje contemporáneo. Con este espíritu, de conformidad con las Instrucciones de 1890, se han recopilado colecciones de Lecturas históricas, de las cuales la más importante ha sido publicada por la editorial Hachette.
Los métodos de trabajo de los alumnos todavía atestiguan la tardía introducción de la enseñanza histórica. En la mayoría de las clases de historia siguen predominando métodos que solo ponen a prueba la receptividad de los alumnos: el curso de lecciones, el resumen, la lectura, el cuestionario, la rédaction, la reproducción de mapas. Es como si un alumno de latín se limitara a repetir lecciones de gramática y fragmentos de autores, sin hacer nunca traducción o composición.
Para que la enseñanza cause una impresión adecuada, es necesario, si no descartar todos estos métodos pasivos, al menos complementarlos con ejercicios que reclamen la actividad del alumno.
Ya se ha experimentado con algunos de estos ejercicios, y se podrían idear otros. Se puede poner al alumno a analizar grabados, relatos y descripciones de tal manera que resalte la índole de los hechos: el breve análisis escrito u oral garantizará que ha visto y comprendido, y será una oportunidad para inculcar el hábito de emplear únicamente términos precisos.
O bien se le puede pedir al alumno que aporte un dibujo, un croquis geográfico, un cuadro sincrónico. Se le puede exigir que elabore cuadros de comparación entre diferentes sociedades y cuadros que muestren la interconexión de los hechos.
Se necesita un libro que proporcione al alumno los materiales para estos ejercicios. Así, la reforma de los métodos está vinculada con la reforma de los instrumentos de trabajo. Ambas reformas progresarán a medida que los profesores y el público perciban con mayor claridad el papel que desempeña la instrucción histórica en la educación social.
APÉNDICE II
LA ENSEÑANZA SUPERIOR DE LA HISTORIA EN FRANCIA
La enseñanza superior de la historia se ha transformado en gran medida, en nuestro país, en los últimos treinta años. El proceso ha sido gradual, como debía ser, y ha consistido en una sucesión de ligeras modificaciones.
Pero aunque se ha observado una continuidad racional en los pasos dados, el gran número de estos pasos no ha dejado, en estos últimos días, de asombrar, e incluso de ofender, al público. La opinión pública, a la que se ha apelado en favor de las reformas, se ha visto un tanto sorprendida por ser apelada con tanta frecuencia, y tal vez no sea superfluo indicar aquí, una vez más, el significado general y la lógica interna del movimiento al que estamos asistiendo.
I. Antes de los últimos años del Segundo Imperio, la enseñanza superior de las ciencias históricas estaba organizada en Francia sin ningún sistema coherente.
Había cátedras de historia en distintas instituciones, de diversos tipos: en el Collège de France, en las facultades de Letras y en las "escuelas especiales", como la École normale supérieure y la École des chartes.
El Collège de France era una reliquia de las instituciones del ancien régime. Fue fundado en el siglo XVI en oposición a la escolástica Sorbona, para ser un refugio de las nuevas ciencias, y tenía el glorioso privilegio de representar históricamente los estudios superiores especulativos, el espíritu de libre indagación y los intereses de la ciencia pura.
Desgraciadamente, en el dominio de las ciencias históricas, el Collège de France había permitido que sus tradiciones se borrasen hasta cierto punto. Los grandes hombres que enseñaban historia en esta ilustre institución (J. Michelet, por ejemplo), no eran expertos técnicos, ni siquiera hombres eruditos, en el sentido propio de la palabra. Los auditorios a los que cautivaban con su elocuencia no estaban compuestos por estudiantes de historia.
Las Facultades de Letras formaban parte de un sistema establecido por el legislador napoleónico. Dicho legislador, al crear las Facultades, no albergaba en absoluto el propósito de fomentar la investigación científica. No sentía gran amor por la ciencia.
Las Facultades de Derecho, de Medicina y demás fueron concebidas por él como escuelas profesionales que abastecían a la sociedad con los abogados, médicos y demás profesionales que esta necesita. Pero tres de las cinco Facultades fueron incapaces, desde el principio, de desempeñar el papel que se les había asignado, mientras que las otras dos, Derecho y Medicina, cumplieron con éxito el suyo.
- Las Facultades de Teología Católica no formaban a los sacerdotes que la sociedad necesitaba, porque el Estado accedió a que la educación de los sacerdotes se llevara a cabo en los seminarios diocesanos.
- Las Facultades de Ciencias y de Letras no formaban a los profesores para la enseñanza secundaria, a los ingenieros y demás personal que la sociedad necesitaba, porque tropezaron con la triunfante competencia de «escuelas especiales» previamente instituidas: la École normale, la École polytechnique.
Las Facultades de Teología Católica, de Ciencias y de Letras se vieron, por tanto, obligadas a justificar su existencia mediante otros modos de actividad.
En particular, los profesores de historia de las Facultades de Letras no podían emprender la instrucción de los jóvenes destinados a enseñar historia en los lycées. Privados de estos alumnos especiales, se hallaban en una situación análoga a la de los encargados de la enseñanza histórica en el Collège de France. Tampoco ellos eran, por regla general, expertos técnicos. Durante medio siglo llevaron a cabo la labor de alta divulgación en conferencias impartidas ante grandes auditorios de personas ociosas (tan denostadas después), que se veían atraídas por la fuerza, la elegancia y el agradable estilo de su elocución.
La función de formar a los futuros profesores de enseñanza secundaria estaba reservada a la École normale supérieure. Por entonces era un principio admitido que, para ser un buen profesor de secundaria, es necesario que un hombre conozca, y basta con que conozca perfectamente, la materia que se le encarga enseñar.
Lo primero es sin duda necesario, pero lo segundo no es suficiente: un conocimiento de un orden diferente y superior es tan indispensable como el «equipamiento escolástico» habitual. En la Escuela nunca se planteó tal conocimiento superior, sino que, de acuerdo con la teoría imperante, la preparación para la enseñanza secundaria se realizaba simplemente impartiéndola.
Sin embargo, como la École normale siempre se ha nutrido de excelentes reclutas, el sistema en boga no le ha impedido contar entre sus antiguos alumnos con hombres de primera fila, no solo como profesores, pensadores o escritores, sino incluso como eruditos críticos. Pero hay que reconocer que se abrieron camino por sí mismos, a pesar del sistema y no gracias a él, después y no durante su etapa de alumnos, y principalmente cuando tuvieron la ventaja, durante una estancia en la Escuela Francesa de Atenas, del saludable contacto con los documentos de los que no habían disfrutado en la Rue d'Ulm.
«¿No parece extraño —se ha dicho— que la École normale haya producido tantas generaciones de profesores incapaces de utilizar los documentos?... En resumen, antiguamente los estudiantes de historia, al salir de la Escuela, no estaban preparados ni para enseñar historia, que habían aprendido a grandes prisas, ni para investigar cuestiones difíciles».
En cuanto a la École des chartes, fundada bajo la Restauración, era, desde cierto punto de vista, una escuela especial como las demás, concebida en teoría para formar a esos funcionarios útiles que son los archiveros y bibliotecarios.
Pero la instrucción profesional se redujo pronto a un estricto mínimo, y la École des chartes fue organizada según un plan muy original, con el fin de proporcionar un aprendizaje racional y completo a los jóvenes que se proponían estudiar la historia de la Francia medieval.
Los alumnos de la École des chartes no seguían ningún curso de «historia medieval», pero aprendían todo lo necesario para trabajar en la resolución de los problemas aún abiertos de la historia medieval. Aquí únicamente, en virtud de una anomalía accidental, se enseñaban de manera sistemática las disciplinas preliminares y auxiliares de la investigación histórica. Ya hemos tenido ocasión de señalar los efectos de esta circunstancia.
Este era el estado de cosas cuando, hacia fines del Segundo Imperio, se inició un vigoroso movimiento de reforma. Unos jóvenes franceses habían visitado Alemania; les había impresionado la superioridad del sistema universitario alemán sobre el sistema napoleónico de facultades y escuelas especiales.
Ciertamente Francia, con su organización defectuosa, había producido muchos hombres y muchas obras, pero ahora se empezaba a sostener que «en toda clase de empresas se debía dejar la menor parte posible al azar», y que «cuando una institución se propone formar profesores de historia e historiadores, debe proporcionarles los medios de llegar a ser lo que pretende que sean».
M. V. Duruy, ministro de Educación Pública, apoyó a los partidarios de un renacimiento de los estudios superiores. Pero no creyó practicable intervenir, ya sea con el fin de remodelar, fusionar o suprimir las instituciones existentes —el Collège de France, las Facultades de Letras, la École normale supérieure, la École des chartes—, todas las cuales estaban consagradas por los servicios que habían prestado y por el brillo que recibían de los hombres eminentes que habían estado, o estaban, vinculados a ellas.
No cambió nada, añadió. Coronó el edificio, algo heterogéneo, de las instituciones existentes mediante la creación de una «École pratique des hautes études», que se estableció en la Sorbona en 1868.
La École pratique des hautes études (sección histórica y filológica) fue concebida por sus fundadores para preparar a los jóvenes para la investigación de carácter científico.
No pretendía estar supeditada a los intereses de las profesiones, ni debía haber en ella divulgación alguna. Los estudiantes no debían acudir allí para aprender los resultados obtenidos por la ciencia, sino, con el mismo propósito que lleva al estudiante de química al laboratorio, para iniciarse en los métodos técnicos mediante los cuales se pueden obtener nuevos resultados.
Así, el espíritu de la nueva institución no carecía de cierta analogía con el de la tradición primitiva del Collège de France. Se procuró hacer allí, para todas las ramas de la historia universal y de la filología, lo que durante mucho tiempo se había hecho en la École des chartes para el dominio limitado de la historia medieval francesa.
II. Mientras las Facultades de Letras se conformaron con ser como eran (es decir, sin estudiantes), y mientras su ambición no fue más allá de sus funciones tradicionales (la celebración de conferencias públicas, la concesión de títulos), la organización de la enseñanza superior de las ciencias históricas en Francia permaneció en el estado que hemos descrito. Cuando las Facultades de Letras comenzaron a buscar una nueva justificación para su existencia y nuevas funciones, los cambios se volvieron inevitables.
Este no es el lugar para explicar por qué y cómo las Facultades de Letras se vieron conducidas a desear trabajar de manera más activa, o más bien de otras formas que en el pasado, por el progreso de las ciencias históricas.
M. V. Duruy, al inaugurar la École des hautes études en la Sorbona, había declarado que esta planta joven y vigorosa agrietaría las viejas piedras; y, sin duda, el espectáculo de la fecunda actividad de la École des hautes études ha contribuido no poco a despertar la conciencia de las Facultades.
Por otra parte, la generosidad de los poderes públicos, que han incrementado el personnel de las Facultades, que les han construido palacios y las han dotado generosamente con los materiales requeridos por su labor, ha impuesto nuevos deberes a estas instituciones privilegiadas.
Hace unos veinticinco años que las Facultades de Letras empezaron a transformarse, y durante este período su progresiva transformación ha ocasionado cambios en todo el tejido de la enseñanza superior de la ciencia histórica en Francia, que hasta entonces había permanecido inalterado, incluso por la ingeniosa adición de 1868.
III. El primer cuidado de las Facultades fue proveerse de estudiantes. Esto no era, ciertamente, la principal dificultad, pues la École normale supérieure (en la que cada año son admitidos veinte alumnos, elegidos entre cientos de candidatos) ya no bastaba para el reclutamiento del ahora numeroso cuerpo de profesores dedicados a la enseñanza secundaria.
Muchos jóvenes que habían sido candidatos (junto con los alumnos de la École normale supérieure) a los títulos que dan acceso a la profesión docente, se veían abandonados a sus propios recursos. He aquí una cantera segura de estudiantes.
Al mismo tiempo, las leyes militares, al vincular inmunidades muy preciadas al título de licencié ès lettres, estaban destinadas a atraer hacia las Facultades, si estas preparaban a los estudiantes para la licenciatura, a una clase de jóvenes amplia y muy interesante.
Por último, los extranjeros (tan numerosos en la École des hautes études), que vienen a Francia a completar su formación científica y que hasta entonces se extrañaban de no tener la oportunidad de aprovechar las Facultades, acudirían sin duda a ellas tan pronto como encontraran allí algo análogo a lo que estaban acostumbrados a hallar en las universidades alemanas, y el tipo de enseñanza que deseaban.
Antes de que pudiera enseñarse a los estudiantes en gran número el camino hacia las Facultades, fueron necesarios grandes esfuerzos y pasaron varios años; pero fue después de que las Facultades obtuvieron los estudiantes que deseaban cuando se presentaron los verdaderos problemas para su resolución.
La gran mayoría de los estudiantes de las Facultades de Letras han sido originariamente candidatos a grados, a la licenciatura y a la agrégation, que ingresaron con la firme intención de «prepararse» para la licenciatura y para la agrégation. Las Facultades no han podido eludir la obligación de ayudarles en esta «preparación».
Pero, hace veinte años, los exámenes todavía se concebían de acuerdo con antiguas fórmulas. La licenciatura era un testimonio de estudios secundarios avanzados, una especie de «bachillerato superior»; para la agrégation en las clases de historia y geografía (que se convirtió en la verdadera licentia docendi), se exigía a los candidatos que demostraran que «poseían un muy buen conocimiento de las materias que se les encargaría enseñar».
De ahí en adelante existía el peligro de que la enseñanza de las Facultades, que debía ser, al igual que la de la École normale supérieure, preparatoria para los exámenes de la licenciatura y de la agrégation, se viera obligada por la fuerza de las circunstancias a adoptar el mismo carácter. Nótese que no podía dejar de surgir cierta emulación entre los alumnos de la École normale y los de las Facultades en los concursos de la agrégation. Siendo los programas de la agrégation lo que eran, esta emulación parecía destinada a comprometer a los profesores y estudiantes rivales cada vez más en una labor escolar, de índole no científica, igualmente carente de dignidad y de utilidad real.
El peligro era muy grave. Fue percibido desde el principio por aquellos clarividentes promotores de la reforma de las Facultades, los señores A. Dumont, L. Liard, E. Lavisse.
El señor Lavisse escribió en 1884:
"Sostener que las Facultades tienen por objeto principal la preparación para los exámenes es sustituir el adiestramiento por la cultura científica: esta es la grave queja que los hombres capaces tienen contra los partidarios de la innovación... Los partidarios de la innovación responden que han visto los inconvenientes de la nueva orientación desde el principio, pero que están convencidos de que una modificación del sistema de exámenes seguirá a la reforma de la educación superior; que se encontrará una reconciliación entre el trabajo científico y la preparación para los exámenes; y que así decaerá el único agravio que sus oponentes tienen contra ellos".
Es de estricta justicia con el principal adalid de la reforma reconocer que nunca se cansó de insistir en el punto débil; y para convencerse de que la cuestión de los exámenes siempre ha sido considerada la piedra angular del problema de la organización de la educación superior en Francia, basta con hojear los discursos y los artículos titulados "Educación y Exámenes", "Exámenes y Estudio", "Estudio y Exámenes", etc., que el señor Lavisse ha reunido en sus tres volúmenes publicados a intervalos de cinco años a partir de 1885: Questions d'enseignement national, Études et étudiants, A propos de nos écoles.
Así la cuestión de la reforma de los exámenes relacionados con la enseñanza superior (licenciatura, agrégation, doctorado) ha sido puesta en el orden del día. Lo estaba entonces en 1884; lo sigue estando en 1897.
Pero, en el intervalo, se han logrado progresos visibles en la dirección que consideramos la correcta, y ahora una solución parece cercana.
IV. El antiguo sistema de exámenes exigía a los candidatos a grados universitarios demostrar que habían recibido una excelente educación secundaria. Como condenaba a dichos candidatos, estudiantes de enseñanza superior, a ejercicios de la misma índole que aquellos de los que ya habían tenido bastante en los lycées, era cosa sencilla atacarlo. Se le defendió con debilidad y ha sido demolido.
Pero ¿cómo iba a ser reemplazado? El problema era muy complejo. ¿Acaso sorprende que no se resolviera de un plumazo?
Ante todo, era importante llegar a un acuerdo sobre esta cuestión preliminar: ¿Cuáles son las capacidades y cuáles son los conocimientos de los que se debe exigir a los estudiantes que den prueba de posesión? ¿Conocimientos generales? ¿Conocimientos técnicos y la capacidad de realizar investigaciones originales (como en la École des chartes y la École des hautes études)? ¿Capacidad pedagógica? Poco a poco se fue reconociendo que, dada la gran extensión y variedad de la clase de la que proceden los estudiantes, es necesario establecer distinciones.
De los candidatos a la licenciatura basta con exigir que den pruebas de una buena cultura general, permitiéndoles al mismo tiempo, si lo desean, demostrar que tienen inclinación por la investigación original y cierta experiencia en ella.
De los candidatos a la agrégation (licentia docendi) que ya hayan obtenido la licenciatura, se exigirá (1) prueba formal de que saben, por experiencia, qué es estudiar un problema histórico, y de que poseen los conocimientos técnicos necesarios para tales estudios; (2) prueba de capacidad pedagógica, que es una necesidad profesional para esta categoría.
Los estudiantes que no son candidatos a nada, ni a la licenciatura ni a la agrégation, y que simplemente buscan obtener una iniciación científica —los antiguos programas no contemplaban la existencia de una clase semejante de estudiantes—, solo tendrán que demostrar que han aprovechado la enseñanza y los consejos que han recibido.
Esto asentado, se ha dado un gran paso. Pues los programas, como sabemos, regulan el estudio. En virtud de la autoridad de los programas, los estudios históricos en las Facultades tendrán ahora el triple carácter que es de desear que posean.
- La cultura general no dejará de ser honrada.
- Los ejercicios técnicos de crítica e investigación tendrán su lugar legítimo.
- Por último, la pedagogía (teórica y práctica) no será desatendida.
Las dificultades comienzan cuando se intenta determinar cuáles son las pruebas que, en cada departamento, son las mejores, es decir, las más concluyentes.
Sobre este tema las opiniones difieren. Aunque nadie discute ya los principios, los modos de aplicación que hasta ahora se han probado o sugerido no cuentan con la aprobación unánime.
La organización de la licenciatura ha sido revisada tres veces; el estatuto relativo a la agrégation de historia ha sido reformado o enmendado cinco veces. Y esto no es el fin. Se imponen nuevas simplificaciones.
Pero, ¿qué importancia tiene esta inestabilidad —de la cual, sin embargo, se empiezan a oír quejas— si está demostrado, como creemos que lo está, que el progreso hacia un estado de cosas mejor ha sido continuo a través de todos estos cambios, sin ningún retroceso notable?
No hay necesidad de explicar aquí en detalle los diferentes sistemas transitorios que se han puesto en práctica. Ya hemos tenido ocasión de criticarlos en otra parte. Ahora que la mayor parte de aquello a lo que nos oponíamos ha sido abolido, ¿de qué sirve revivir viejas controversias? Ni siquiera mencionaremos los puntos en los que el sistema actual nos parece todavía susceptible de mejora, pues hay razones para esperar que pronto sea modificado, y de una manera muy satisfactoria.
Baste decir que las Facultades confieren ahora un nuevo diploma, el Diplôme d'études supérieures, que todos los estudiantes tienen derecho a solicitar, pero que los candidatos a la agrégation están obligados a obtener. Este diploma de estudios superiores, análogo al de la École des hautes études, el brevet de la École des chartes y el doctorado en filosofía de las universidades alemanas, se otorga a aquellos estudiantes de historia que, calificados por una cierta trayectoria académica, han superado un examen en el que las pruebas principales son, además de preguntas sobre las "ciencias" auxiliares de la investigación histórica, la redacción y la defensa de una monografía original.
Todo el mundo reconoce ahora que "el examen para el diploma de estudios dará excelentes frutos, si la vigilancia y la conciencia de los examinadores lo mantienen en su debido valor".
V. En resumen, los atractivos de la preparación para los grados han aportado a las Facultades una multitud de estudiantes. Pero, bajo el antiguo sistema de exámenes para la licenciatura y para la agrégation, la preparación para los grados era una tarea que no armonizaba muy bien con el trabajo que las Facultades consideraban adecuado para sí mismas, útil para sus alumnos y ventajoso para la ciencia.
El sistema de exámenes ha sido, por tanto, reformado con perseverancia, no sin dificultad, para ajustarse a cierto ideal de lo que debe ser la enseñanza superior de la historia. El resultado es que las Facultades han pasado a ocupar un lugar entre las instituciones que contribuyen al progreso positivo de las ciencias históricas. Una enumeración de las obras que han aparecido bajo sus auspicios durante los últimos años daría fe de ello, de ser necesario.
Esta evolución ya ha producido resultados satisfactorios, y producirá más si continúa tan bien como ha comenzado.
Para empezar, la transformación de la enseñanza histórica en las Facultades ha traído consigo una transformación correspondiente en la École normale supérieure. La École normale también otorga, desde hace dos años, un "Diplôme d'études"; en ella se fomentan las investigaciones originales, los ejercicios pedagógicos y la cultura general en el mismo grado que en las nuevas Facultades. Hoy en día solo se diferencia de las Facultades en que es una institución cerrada, reclutada bajo ciertas precauciones; en la práctica es una Facultad como las demás, pero con un pequeño número de estudiantes selectos.
En segundo lugar, la École des hautes études y la École des chartes, ambas instaladas a finales de 1897 en la Sorbona renovada, siguen teniendo su razón de ser; pues en la École des hautes études están representados muchos especialistas que no lo están, y sin duda nunca lo estarán, en las Facultades; y, en el caso de los estudios relacionados con la historia medieval, el conjunto de enseñanzas convergentes impartidas en la École des chartes será siempre incomparable.
Pero el viejo antagonismo entre la École des hautes études y la École des chartes, por un lado, y las Facultades, por el otro, ha desaparecido. Todas estas instituciones, antaño tan dispares, cooperarán en adelante con el fin de llevar a cabo una obra común con un espíritu común. Cada una de ellas conserva su nombre, su autonomía y sus tradiciones; pero juntas forman un todo: la sección histórica de una Universidad de París ideal, mucho más vasta que la sancionada por la ley de 1896.
De esta Universidad «más vasta», la École des chartes, la École des hautes études, la École normale supérieure y el conjunto de la enseñanza histórica impartida por la Facultad de Letras son hoy, en la práctica, otros tantos «instituts» independientes.
# ÍNDICE DE NOMBRES PROPIOS
- Abd-el-Kader, 282
- Aimo, 158
- Alejandro Magno, 272
- Alfonso de Poitiers, 227
- Altamira, R., 328
- Anselme, Père, 303
- Ariovisto, 222
- Aristófanes, 171
- Aristóteles, 44
- Ateneo, 300
- Bacon, Francis, 291
- Bancroft, H. H., 19, 20, 22, 31
- Barthélemy, Abate, 301
- Bast, F. J., 78
- Bédier, J., 85, 112
- Bernheim, E., 6, 7, 10, 13, 38, 56, 74, 91, 99, 100, 156, 182, 198, 237, 297
- Blanchère, R., de la, 319
- Blass, F., 74, 78, 79, 89, 92
- Bodin, Jean, 44
- Boeckh, A., 107, 152
- Böhmer, J. F., 106
- Bollandistas, Sociedad de los, 35
- Bonaventura, San, 88, 90
- Bouché-Leclercq, A., 158
- Boucherie, A., 113
- Bourdeau, L., 275
- Boutaric, E., 227
- Boyce, W. B., 1
- Bréquigny, L. G. O. F. de, 106
- Broglie, E. de, 29
- Brugière de Barante, A. G. P., 301
- Brunetière, F., 113
- Buchez, P. J. B., 1
- Bühler, G., 56
- Cæsar, Julius, 44, 194, 197, 218, 220, 222, 245
- Cagnat, R., 57
- Cantù, C., 311
- Carlyle, Thomas, 132, 230, 303
- Champollion, F., 48
- Carlos IX de Francia, 168, 186
- Chasles, M., 88
- Chateaubriand, F. A. de, 72, 301
- Quemos, el dios, 212
- Chérot, H., 7
- Chevalier, U., 5, 7
- Chladenius, J. M., 6
- Cicero, 44, 108
- Cleopatra, 88, 248
- Clovis, 158, 220, 223, 301
- Cobet, C. C., 78
- Coulanges, Fustel de, 1, 9, 10, 64, 140, 144, 148, 149, 150, 158, 170, 215, 216, 230
- Cournot, A. A., 246, 249
- Cousin, V., 286, 287
- Curtius, G., 230, 314
- Daniel, Père, 303
- Daremberg, C. V., 308
- Darius Hystaspes, 151
- Daunou, P. C. F., 5, 6, 43, 47, 54, 55
- Delisle, L., 23, 97
- Deloche, J. E. M., 148
- Demóstenes, 171
- Dezobry, C. L., 302
- Droysen, J. G., 3, 5, 7, 10, 106, 156, 158, 286, 314
- Du Cange, C. du F., 105, 136, 148
- Dumont, A., 341
- Duruy, V., 327, 338, 339
- Ebers, G., 301
- Eduardo VI de Inglaterra, 249
- Egger, E., 108
- Eginhard, 94
- Éforo, 298
- Eusebio, 298
- Feillet, A., 162
- Feugère, L., 105, 136
- Fisher, H. A. L., 125
- Flaubert, G., 5, 32, 304, 319
- Flint, R., 2, 6, 8, 285
- France, A., 319
- Fredegunda, 197
- Freeman, E. A., 5, 7, 10, 46
- Froissart, Jean, 19
- Froude, J. A., 125, 126
- Geiger, W., 56
- Gellius, Aulus, 300
- Georgisch, P., 106
- Giannone, Pietro, 104
- Gibbon, E., 44
- Gilbert, Gustav, 309
- Giry, A., 57
- Glasson, E., 149
- Goethe, J. W. von, 19, 319
- Gow, J., 75
- Graux, C., 123
- Gregorio de Corinto, 78
- Gregory of Tours, 144, 146, 158, 180, 198, 256
- Gröber, G., 57, 310
- Grote, G., 183, 310
- Grotius, Hugo, 44
- Guicciardini, Francesco, 44
- Guiraud, P., 230
- Hagen, H., 78
- Hardouin, P., 99
- Harnack, A., 309
- Havet, Julien, 12, 56, 97, 123, 128
- Havet, Louis, 12
- Hauréau, B., 84, 111, 118, 123
- Hegel, G. W. F., 286
- Enrique VIII de Inglaterra, 249
- Enrique II de Francia, 292
- Enrique V, 289
- Heródoto, 44, 171, 179, 197
- Horacio, 99
- Hoveden, John, 88
- Hroswitha, 99
- Hugo, Victor, 88, 89
- Hume, D., 44
- Jaffé, P., 106
- Jameson, J. F., 136
- Jerome, St., 112
- Jesucristo, 188
- Juana de Arco, 188
- Juan, rey de Inglaterra, 187
- Jullian, C., 297
- Krumbacher, K., 309
- Kuhn, E., 56
- Lacombe, T., 2, 233, 241, 277, 288
- Lamprecht, K., 230, 247, 284, 290, 314
- Langlois, Ch. V., 19, 38, 111, 135, 192, 345
- Lasch, B., 68
- Laurent, F., 285
- Lavisse, E., 134, 328, 333, 337, 341, 342
- Lavoisier, A. L., 302
- Leibnitz, G. W., 121, 122
- Lee, Sidney, 308
- Le Moyne, Père, 7
- Lenglet de Fresnoy, N., 6
- Leonardo da Vinci, 88, 89
- Liard, L., 335, 341
- Lindner, T., 81
- Lindsay, W. M., 78, 79, 84
- Livy, 44, 178, 180, 233, 297, 298
- Locke, John, 44
- Loebell, J. W., 180
- Lorenz, O., 10
- Loudun, las monjas de, 208
- Luis VIII de Francia, 187
- Luis de Granada, 88
- Luard, H. R., 98
- Luther, Martin, 203
- Mably, G. B. De, 43, 44
- Macaulay, Lord, 303
- Macchiavelli, N., 44
- Madvig, J. N., 78
- Mariani, L., 4
- Marquardt, J., 309
- Marselli, N., 2
- Santa María Magdalena, 88
- Mary, Queen, 249
- Mateo de París, 98
- Mateo de Westminster, 97
- Mayr, J. von, 274
- Mérimée, P., 301
- Inscripción de Mesa, la, 212
- Meusel, H., 148
- Meyer, E., 158
- Meyer, P., 29
- Mézeray, F. E. de, 298
- Michelet, J., 230, 271, 286, 287, 301, 303, 327, 336
- Möller, W., 309
- Mommsen, T., 108, 118, 230, 286, 309, 314
- Monod, G., 100, 144, 297, 302
- Montesquieu, C. de S., 44, 257, 284, 299
- Montfaucon, Père Bernard de, 29
- Montgomery, Gabriel de, 292
- Mortet, Ch. y V., 11
- Mourin, E., 302
- Müller, I. von, 56, 74, 310
- Mylaeus, 6
- Napoleón I., 26, 282
- Newton, Isaac, 302
- Niebuhr, B. G., 158, 182
- Nietzsche, F., 319
- Nitzsch, C. W., 180
- Oncken, W., 311
- Orosio, 298
- Ossian, 91
- Otto I., 175
- Paris, G., 309
- Patrizzi, Francesco, 6
- Pattison, Mark, 115
- Paul, H., 75, 310
- Pauly, A., 308
- Pausanias, 74
- Peckham, John, 88
- Peiresc, N. F. C. de, 22
- Pflugk-Harttung, J. von, 10, 130
- Philippi, A., 129
- Piaget, A., 91
- Pisístrato, 207
- Platón, 153
- Plutarco, 44, 297
- Polibio, 44, 279, 297
- Potthast, A., 106
- Prou, M., 57
- Ranke, L., 140, 286
- Raynal, J., 44
- Reinach, S., 75, 79
- Renan, E., 9, 29, 30, 40, 105, 114, 119, 122, 132, 134, 183
- Retz, Cardenal de, 44, 162, 169
- Rilliet, A., 162
- Robertson, J. M., 115, 241
- Robertson, W., 44
- Rocholl, R., 285
- Rousseau, J. J., 44
- Rulhière, C. C. de, 44
- Saglio, E., 308
- Saint-Simon, C. H. de, 251
- Salustio, 44
- Sanchoniathon, 91
- Schiller, J. C. F. von, 162
- Schlosser, F. C., 311
- Schœmann, G. F., 309
- Séguier, J. F., 109
- Seignobos, Ch., 11, 66, 196, 257, 333, 334
- Séneca, 78
- Sforza, Ludovico, 282
- Sickel, T. von, 56
- Simmel, G., 217
- Smedt, Père de, 10, 156, 207, 254
- Spencer, Herbert, 287
- Stephen, Leslie, 308
- Stubbe, W., 10
- Suetonio, 94
- Abad Suger, 170
- Soidas, 158
- Sully, M., 169
- Surville, Clotilde de, 91
- Tácito, 44, 141, 144, 171, 177, 194, 233, 256
- Taine, H. A., 140, 143, 247, 286
- Tardif, A., 5, 7, 156
- Taylor, J., 75
- Thierry, Augustin, 98, 140, 230, 259, 265, 301, 302, 303
- Thomas, A., 73
- Tucídides, 19, 44, 158, 183, 197, 297
- Tobler, A., 75
- Tschudi, J. H., 162, 171
- Turenne, H. de la T. d'A., 162
- Vercingétorix, 88
- Virgilio, 84, 99
- Vertot, R. A. de, 44
- Villemarqué, H. de, 181
- Vicente de Paúl, San 326
- Voltaire, F. M. A. de, 44, 299
- Vrain-Lucas, 88
- Waitz, G., 110, 118
- Wallace, A. R., 207
- Waltzing, J. P., 108
- Wattenbach, W., 73
- Wauters, A. C., 106
- Weber, G., 311
- Wegele, F. X. von, 122, 297
- Wendover, Roger de, 98
- Wissowa, G., 308
- Wittekind, 175
- Wright, T., 84
- Jenofonte, 44
- Zumpt, A. W., 108
NOTAS AL PIE:
- [1] W. B. Boyce, "Introduction to the Study of History, Civil, Ecclesiastical, and Literary," Londres, 1894, 8vo.
- [2] Por ejemplo, P. J. B. Buches, en su Introduction à la science de l'histoire, París, 1842, 2 vols. en 8.º.
- [3] La historia de los intentos que se han hecho para comprender y explicar filosóficamente la historia de la humanidad ha sido emprendida, como es bien sabido, por Robert Flint. El señor Flint ya ha dado la historia de la Filosofía de la Historia en los países de habla francesa: «Historical Philosophy in France and French Belgium and Switzerland», Edimburgo y Londres, 1893, 8vo. Es el primer volumen de la reedición ampliada de su «History of the Philosophy of History in Europe», publicada hace veinticinco años. Compárese la parte retrospectiva (o histórica) de la obra de N. Marselli, La scienza della storia, i., Torino, 1873. La obra original más importante que ha aparecido en Francia desde la publicación del repertorio analítico de R. Flint es la de P. Lacombe, De l'histoire considérée comme science, París, 1894, 8vo. Cf. Revue Critique, 1895, i. p. 132.
- [4] Revue Critique d'histoire et de littérature, 1892, i. p. 164.
- [5] Revue Critique d'histoire et de littérature, 1888, ii. p. 295. Cf. Le Moyen Age, x. (1897), p. 91: "These books [treatises on historical method] are seldom read by those to whom they might be useful, amateurs who devote their leisure to historical research; and as to professed scholars, it is from their masters' lessons that they have learnt to know and handle the tools of their trade, leaving out of consideration the fact that the method of history is the same as that of the other sciences of observation, the gist of which can be stated in a few words.
- [6] De acuerdo con el principio de que el método histórico solo puede enseñarse mediante el ejemplo, L. Mariani ha dado el título humorístico de Corso pratico di metodologia della storia a una disertación sobre un detalle de la historia de Fermo. Véase el Archivio della Società romana di storia patria, xiii. (1890), p. 211.
- [7] Véase una reseña de la obra de Freeman, «The Methods of Historical Study», en la Revue Critique, 1887, i, p. 376. Esta obra, dice el crítico, es vacua y tópica. Aprendemos en ella «que la historia no es un estudio tan fácil como muchos ingenuamente imaginan, que tiene puntos de contacto con todas las ciencias, y que el historiador verdaderamente digno de ese nombre debe saberlo todo; que la certeza histórica es inalcanzable, y que, para acercarse lo más posible a ella, es necesario recurrir constantemente a las fuentes originales; que es preciso conocer y utilizar a los mejores historiadores modernos, pero sin tomar nunca su palabra por dogma. Eso es todo». Concluye: Freeman «sin duda enseñó el método histórico mucho mejor con el ejemplo de lo que jamás logró hacerlo con el precepto». Compárese con Bouvard et Pécuchet, de G. Flaubert. Aquí tenemos a dos simplones que, entre otros proyectos, se proponen escribir historia. Para ayudarles, uno de sus amigos les envía (p. 156) «reglas de crítica tomadas del Cours de Daunou», tales como: «No es prueba alguna apelar al rumor y a la opinión común; los testigos no pueden comparecer. Rechácense las imposibilidades: a Pausanias le enseñaron la piedra tragada por Saturno. Téngase presente la habilidad de los falsarios, el interés de los apologistas y de los calumniadores». La obra de Daunou contiene una serie de perogrulladas bastante más evidentes, y todavía más cómicas que las anteriores.
- [8] Flint (ibíd., p. 15) se felicita de no tener que estudiar la literatura de la Historic, pues «una parte muy grande de ella es tan trivial y superficial que difícilmente puede haber sido útil siquiera para las personas de la capacidad más humilde, y ciertamente puede ahora confinarse con seguridad en un benévolo olvido». Sin embargo, Flint ha ofrecido en su libro una lista resumida de las principales obras de este género publicadas en los países de lengua francesa desde los primeros tiempos. Una exposición más general y completa (aunque todavía resumida) de la literatura sobre este tema en todos los países es proporcionada por el Lehrbuch der historischen Methode de E. Bernheim (Leipzig, 1894, 8vo), págs. 143 y ss. Flint (que conocía varias obras desconocidas para Bernheim) se detiene en 1893, Bernheim en 1894. Desde 1889, los Jahresberichte der Geschichtswissenschaft contienen una recensión periódica de las obras recientes sobre metodología histórica.
- [9] Este séptimo volumen fue publicado en 1844. Pero el célebre Cours de Daunou fue impartido en el Collège de France en los años 1819-30.
- [10] Los italianos del Renacimiento (Mylæns, Francesco Patrizzi y otros), y después de ellos los escritores de los dos últimos siglos, se preguntan cuál es la relación de la historia con la dialéctica y la retórica; a cuántas leyes está sujeta la rama histórica de la literatura; si es correcto que el historiador relate traiciones, actos de cobardía, crímenes, desórdenes; si la historia tiene derecho a utilizar un estilo que no sea el sublime; y así sucesivamente. Los únicos libros sobre Histórica, publicados antes del siglo XIX, que muestran indicios de algún esfuerzo original por abordar las dificultades reales, son los de Lenglet de Fresnoy (Méthode pour étudier l'histoire, París, 1713) y el de J. M. Chladenius (Allgemeine Geschichtswissenschaft, Leipzig, 1752). La obra de Chladenius ha sido señalada por Bernheim (ibíd. p. 166).
- [11] No siempre ha mostrado ni siquiera buen juicio, pues en el Cours d'études historiques (vii, pág. 105), donde trata de una obra, De l'histoire, publicada en 1670 por el padre Le Moyne, una producción endeble, por decirlo suavemente, que lleva indicios evidentes de senilidad, se expresa de la siguiente manera: «No puedo adoptar todas las máximas y preceptos contenidos en este tratado; pero creo que, después del de Luciano, es el mejor que hemos visto hasta ahora, y dudo mucho que ninguno de aquellos cuyo conocimiento aún nos falta por adquirir se haya elevado a la misma altura de filosofía y originalidad». El padre H. Chérot ha dado una estimación más acertada del tratado De l'histoire en su Étude sur la vie et les œuvres du P. Le Moyne (París, 1887, en 8vo), págs. 406 y ss.
- [12] Bernheim declara, sin embargo (ibíd., p. 177), que este pequeño trabajo es, en su opinión, el único que se halla a la altura actual de la ciencia.
- [13] Flint dice muy bien (ibid. p. 15): «El curso de la disciplina histórica ha sido, en conjunto, un avance desde la reflexión trivial sobre la historia hacia una comprensión filosófica de las condiciones y procesos de los que depende la formación de la ciencia histórica».
- [14] Por P. Guiraud, en la Revue des Deux Mondes, marzo de 1896, p. 75.
- [15] Renan ha dicho algunas de las cosas más verdaderas y mejores que se han dicho jamás sobre las ciencias históricas en L'Avenir de la science (París, 1890, 8vo), escrito en 1848.
- [16] Algunas de las observaciones más ingeniosas, algunas de las más lógicas y algunas de las de más amplia aplicación sobre el método de las ciencias históricas han aparecido hasta ahora, no en libros de metodología, sino en las revistas —de las cuales la Revue Critique d'histoire et de littérature es el arquetipo— dedicadas a la crítica de nuevas obras de historia y erudición. Es un ejercicio muy útil hojear la colección de la Revue Critique, fundada en París en 1867 «para imponer el respeto al método, hacer justicia con los malos libros y frenar la labor mal dirigida y superflua».
- [17] La primera edición del Lehrbuch está fechada en 1889.
- [18] La mejor obra que se ha publicado hasta ahora (en francés) sobre el método histórico es un folleto de los señores Ch. y V. Mortet, La Science de l'histoire (París, 1894, en 8.°), 88 pp., extraído del vol. XX de la Grande Encyclopédie.
- [19] Uno de nosotros, M. Seignobos, se propone publicar más adelante un tratado completo de Metodología histórica, si llega a haber público para esta clase de obras.
- [20] No se repetirá nunca lo bastante que el estudio de la historia, tal como se imparte en la escuela, no presupone las mismas aptitudes que ese mismo estudio cursado en la universidad o en la vida adulta. Julien Havet, que más tarde se consagró al estudio (crítico) de la historia, la encontraba tediosa en la escuela. «Creo —dice M. L. Havet— que la enseñanza de la historia [en las escuelas] no está organizada de manera que proporcione el alimento suficiente al espíritu científico... De todos los estudios que comprenden nuestros programas escolares, la historia es el único en el que no se le pide continuamente al alumno que verifique algo. Cuando aprende latín o alemán, cada frase de una traducción le exige verificar una docena de reglas diferentes. En las diversas ramas de las matemáticas los resultados nunca se desvinculan de sus demostraciones; los problemas, además, obligan al alumno a pensar el conjunto por sí mismo. ¿Dónde están los problemas en la historia, y a qué escolares se les entrena jamás para comprender por un esfuerzo independiente la interconexión de los acontecimientos?» (Bibliothèque de l'École des chartes, 1896, p. 84).
- [21] M. Langlois escribió el Libro I, el Libro II hasta el capítulo VI, el segundo apéndice y este prefacio; M. Seignobos, el final del Libro II, el Libro III y el primer apéndice. El capítulo I del segundo libro, el capítulo V del tercer libro y la conclusión fueron escritos en común.
- [22] En la práctica, por regla general, uno no se propone tratar un punto de historia antes de saber si existen o no documentos que permitan estudiarlo. Por el contrario, es el hallazgo accidental de un documento lo que sugiere la idea de elucidar a fondo el punto de historia al que se refiere y conduce así a la reunión, con este fin, de otros documentos de la misma clase.
- [23] Da lástima ver cómo los mejores de los primeros estudiosos lucharon con valentía, pero en vano, para resolver problemas que ni siquiera habrían existido para ellos si sus colecciones no hubieran sido tan incompletas. Esta falta de material era una desventaja que ni el ingenio más brillante podía compensar.
- [24] «Qué difícil es alcanzar los medios mediante los cuales nos elevamos a las fuentes» (Goethe, Fausto, I, 3).
- [25] Véase C. V. Langlois, H. H. Bancroft et Cie., en la Revue universitaire, 1894, i, p. 233.
- [26] Los primeros eruditos eran conscientes del carácter desfavorable de las condiciones bajo las cuales trabajaban. Sufrían agudamente por la insuficiencia de los instrumentos de investigación y de los medios de comparación. La mayoría de ellos hizo grandes esfuerzos por obtener información. De ahí estas voluminosas correspondencias entre eruditos de los últimos siglos, de las cuales nuestras bibliotecas conservan tantos fragmentos preciosos, y estas relaciones de búsquedas científicas, de viajes emprendidos para el descubrimiento de documentos históricos, que, bajo el nombre de Iter (Iter Italicum, Iter Germanicum, etc.), estuvieron antaño de moda.
- [27] Podemos señalar, de paso, una ilusión bastante infantil pero muy natural, y muy común entre los coleccionistas: todos tienden a exagerar el valor intrínseco de los documentos que poseen, simplemente porque ellos mismos son los poseedores. Se han publicado documentos con un despliegue suntuoso de comentarios por personas que los habían adquirido accidentalmente, y que, con toda razón, no les habrían concedido ninguna importancia si los hubiesen encontrado en colecciones públicas. Esto es, podemos añadir, meramente la manifestación, en una forma un tanto burda, de una tendencia general contra la cual siempre es necesario ponerse en guardia: uno exagera fácilmente la importancia de los documentos que posee, de los documentos que ha descubierto, de los textos que ha editado, de las personas y de las cuestiones que ha estudiado.
- [28] Véase L. Delisle, Le Cabinet des manuscrits de la Bibliothèque nationale, París, 1868-81, 3 vols. en 4.º. Las historias de antiguos depósitos de documentos, publicadas recientemente en considerable número, se han modelado a partir de esta admirable obra.
- [29] Muchos de los documentos antiguos que aún circulan son producto de antiguos hurtos en instituciones estatales. Las precauciones que se toman hoy en día contra la repetición de tales depredaciones son estrictas y, en casi todos los casos, tan eficaces como cabría desear. En cuanto a los documentos modernos (impresos), la regla del depósito legal [presentación obligatoria de ejemplares en bibliotecas determinadas], adoptada ya por casi todos los países civilizados, garantiza su conservación en instituciones públicas.
- [30] Es sabido que Napoleón I acarició el quimérico proyecto de concentrar en París los archivos de toda Europa y que, para empezar, trasladó a esa ciudad los archivos del Vaticano, del Sacro Imperio Romano Germánico, de la corona de Castilla y otros, que más tarde los franceses se vieron obligados a restituir. La confiscación está hoy fuera de toda discusión. Pero los antiguos archivos de los notarios podrían centralizarse en todas partes, como ya se hace en algunos países, en instituciones públicas. No es fácil explicar por qué en París los departamentos de Asuntos Exteriores, de Guerra y de Marina conservan papeles antiguos cuyo lugar natural estaría en los Archivos Nacionales. Podrían mencionarse muchísimas más anomalías de este tipo que, en ciertos casos, dificultan, cuando no impiden por completo, la investigación; pues las pequeñas colecciones, cuya existencia no es necesaria, son precisamente aquellas cuyas normas son las más opresivas.
- [31] El intercambio internacional de documentos se efectúa en Europa (sin costo para el público) por mediación de los diversos Ministerios de Asuntos Exteriores. Además de esto, la mayoría de las grandes instituciones tienen acuerdos entre sí para préstamos mutuos; este sistema es tan seguro y a veces más rápido en su funcionamiento que el sistema diplomático. La cuestión de prestar documentos originales para su uso fuera de la institución donde se conservan ha sido debatida frecuentemente en los últimos años en congresos de historiadores y bibliotecarios. Los resultados obtenidos hasta ahora son eminentemente satisfactorios.
- [32] A veces se trata de grandes colecciones de un volumen formidable; es más natural emprender la catalogación de las acumulaciones pequeñas que exigen menos trabajo. Por la misma razón se han publicado muchos cartularios insignificantes pero breves, mientras que varios cartularios de la más alta importancia, al ser voluminosos, aún están por editar.
- [33] Véase su autobibliografía, publicada por E. de Broglie, Bernard de Montfaucon et les Bernardins, vol. ii (París, 1891, en 8.º), p. 323.
- [34] E. Renan, L'Avenir de la science, p. 217.
- [35] Romania, xxi. (1892), p. 625.
- [36] En el pasaje citado anteriormente.
- [37] El Sr. H. H. Bancroft, en sus memorias tituladas "Literary Industries" (Nueva York, 1891, 16mo), analiza con bastante detenimiento algunas consecuencias prácticas de la imperfección de los métodos de investigación. Considera el caso de un escritor industrioso que se propone escribir la historia de California. Consigue fácilmente unos cuantos libros, los lee, toma notas; estos libros lo remiten a otros, que consulta en las bibliotecas públicas de la ciudad donde reside. De este modo transcurren varios años, al término de los cuales advierte que no tiene en sus manos la décima parte de los recursos; viaja, mantiene correspondencia, pero, al fin desesperanzado de agotar el tema, consuela su conciencia y su orgullo con la reflexión de que ha hecho mucho, y de que muchas de las obras que no ha visto, al igual que muchas de las que sí ha visto, son probablemente de muy escaso valor histórico. En cuanto a los periódicos y a la miríada de informes del gobierno de los Estados Unidos, todos los cuales contienen datos relacionados con la historia de California; siendo un hombre sensuado, jamás ha soñado con examinarlos de principio a fin: ha hojeado unos pocos, eso es todo; sabe que cada uno de estos campos de investigación demandaría la labor de varios años, y que todos ellos llenarían la mejor parte de su vida de penoso trabajo. En cuanto al testimonio oral y a los manuscritos, reunirá algunas anécdotas inéditas en conversaciones fortuitas; tendrá acceso a unos pocos documentos familiares; todo esto aparecerá en su libro en forma de notas y autoridades. De vez en cuando conseguirá algunas curiosidades documentales entre los archivos estatales, pero como llevaría quince años dominar toda la colección, se contentará naturalmente con espigar un poco aquí y allá. Entonces comienza a escribir. No se siente obligado a informar al público que no ha visto todos los documentos; por el contrario, saca el máximo provecho de lo que ha podido adquirir en el transcurso de veinticinco años de investigación industriosa.
- [38] Algunos prescinden de la búsqueda personal invocando la ayuda de los funcionarios encargados de la administración de los depósitos de documentos; la búsqueda indispensable es, en estos casos, realizada por los funcionarios en lugar de por el público. Cf. Bouvard et Pécuchet, p. 158. Bouvard y Pécuchet deciden escribir la vida del duque de Angulema; para tal fin «decidieron pasar varios días en la biblioteca municipal de Caen para hacer investigaciones. El bibliotecario puso a su disposición historias generales y panfletos...».
- [39] Estas consideraciones ya han sido expuestas y desarrolladas en la Revue universitaire, 1894, i, p. 321 y ss.
- [40] Es bien sabido que, desde la apertura de los Archivos Pontificios, varios gobiernos y sociedades científicas han establecido Institutos en Roma, cuyos miembros se ocupan, en su mayor parte, de catalogar y dar a conocer los documentos de dichos archivos, en cooperación con los funcionarios del Vaticano. La Escuela Francesa de Roma, el Instituto Austriaco, el Instituto Prusiano, la Misión Polaca, el Instituto de la «Goerresgesellschaft», así como estudiosos belgas, daneses, españoles, portugueses, rusos y de otras nacionalidades, han realizado, y siguen realizando, una labor de catalogación de considerable magnitud en los archivos del Vaticano.
- [41] Los catálogos de documentos mencionan a veces, aunque no siempre, el hecho de que tal o cual documento ha sido editado, tratado críticamente o utilizado. La regla generalmente aceptada es que el compilador menciona circunstancias de este tipo cuando tiene conocimiento de ellas, sin imponerse la enorme tarea de averiguar la verdad al respecto en cada caso en el que la ignore.
- [42] E. Bernheim, Lehrbuch der historischen Methode, 2.ª ed., págs. 196-202.
- [43] C. V. Langlois, Manuel de Bibliographie historique: I. Instruments bibliographiques, París, 1896, 16mo.
- [44] E. Renan, Feuilles détachées (París, 1892, 8vo), págs. 96 y sigs.
- [45] vii. p. 228 sqq.
- [46] E. A. Freeman, The Methods of Historical Study (Londres, 1885, 8.º), p. 45. En Francia, la geografía ha sido considerada durante mucho tiempo como una ciencia estrechamente relacionada con la historia. Una Agrégation, que combina la historia y la geografía, existe en la actualidad, y en los lycées la historia y la geografía son impartidas por los mismos profesores. Mucha gente persiste en afirmar la legitimidad de esta combinación, e incluso se ofende cuando se propone separar dos ramas del saber unidas, según dicen, por numerosos nexos esenciales de unión. Pero sería difícil encontrar alguna buena razón, o algún hecho empírico, que demuestre que un profesor de historia, o un historiador, es tanto mejor cuanto más sabe de geología, oceanografía, climatología y de todo el grupo de ciencias geográficas. De hecho, es con cierta impaciencia, y sin ningún provecho inmediato, como los estudiantes de historia cursan las asignaturas de geografía que sus planes de estudio les imponen; y aquellos estudiantes que tienen una verdadera inclinación por la geografía estarían encantados de mandar la historia a paseo. La unión artificial de la historia con la geografía se remonta, en Francia, a una época en la que la geografía era una disciplina mal definida y mal organizada, considerada por todos como una rama de estudio insignificante. Es una reliquia del pasado de la que deberíamos deshacernos de inmediato.
- [47] La «historiografía» es una rama de la «Historia de la Literatura»; es la suma de los resultados obtenidos por los críticos que hasta ahora han estudiado los antiguos escritos históricos, tales como annales, memorias, crónicas, biografías y demás.
- [48] Esto solo es verdad con reserva; hay un instrumento de investigación que es indispensable para todos los historiadores, para todos los estudiantes, sea cual fuere el tema de su estudio especial. La historia, por otra parte, se halla aquí en la misma situación que la mayoría de las otras ciencias: todos los que llevan a cabo investigaciones originales, de cualquier clase que sean, necesitan conocer varias lenguas vivas, las de los países donde se piensa y se trabaja, las de los países que, desde el punto de vista de la ciencia, se encuentran a la vanguardia de la civilización contemporánea. En nuestros días, el cultivo de las ciencias no está confinado a un solo país, ni siquiera a Europa. Es internacional. Todos los problemas, los mismos problemas, se están estudiando en todas partes simultáneamente. Es difícil hoy, y mañana será imposible, encontrar un tema que pueda ser tratado sin tener conocimiento de las obras en lengua extranjera. En adelante, para la historia antigua, griega y romana, el conocimiento del alemán será tan imperativo como el conocimiento del griego y del latín. Las cuestiones de historia estrictamente local son las únicas que todavía están al alcance de aquellos que no poseen la llave de las literaturas extranjeras. Los grandes problemas están fuera de su alcance, por la penosa y ridícula razón de que las obras sobre estos problemas en cualquier lengua que no sea la suya son libros cerrados para ellos. La ignorancia total de las lenguas que hasta ahora han sido los vehículos ordinarios de la ciencia (alemán, inglés, francés, italiano) es una enfermedad que la edad vuelve incurable. No sería exigir demasiado requerir a todo candidato a una profesión científica que sea al menos trilinguis, es decir, que sea capaz de comprender, con bastante facilidad, dos lenguas además de su lengua materna. Esta es una exigencia a la que los eruditos no estaban sujetos antiguamente, cuando el latín era todavía la lengua común de los hombres cultos, pero que las condiciones del trabajo científico moderno harán recaer en adelante con creciente peso sobre los eruditos de todos los países.[] Los eruditos franceses que no son capaces de leer alemán e inglés se ven colocados por ello en una situación de inferioridad permanente en comparación con sus colegas mejor instruidos en Francia y en el extranjero; cualesquiera que sean sus méritos, están condenados a trabajar con medios de información insuficientes, a trabajar mal. Lo saben. Hacen todo lo posible por ocultar su enfermedad, como algo de lo que avergonzarse, excepto cuando hacen de ella un despliegue cínico y se vanaglorian de ello; pero esta jactancia, como podemos ver fácilmente, es solo la vergüenza que se manifiesta de una manera diferente. No se insistirá nunca bastante en el hecho de que el conocimiento práctico de las lenguas extranjeras es auxiliar de primer orden para todo trabajo histórico, como en verdad lo es para el trabajo científico en general. []Quizá llegue un día en que sea necesario conocer la lengua eslava más importante; ya hay eruditos que se están dedicando a aprender ruso. La idea de restablecer el latín en su antigua posición de lengua universal es quimérica. Véase la colección del Phœnix, seu nuntius latinus universalis (Londres, 1891, en 4.º).
- [49] Cuando las «ciencias auxiliares» se introdujeron por primera vez en los planes de estudio de las universidades francesas, se observó que algunos estudiantes cuya especialidad era la Revolución francesa, y que no tenían el menor interés en la Edad Media, cursaban paleografía como «ciencia auxiliar», y que algunos estudiantes de geografía, a quienes la antigüedad no les interesaba en absoluto, cursaban epigrafía. Evidentemente, no habían comprendido que el estudio de las «ciencias auxiliares» no se recomienda como un fin en sí mismo, sino porque tiene una utilidad práctica para quienes se dedican a determinados temas especiales. Véase la Revue universitaire, 1895, ii, p. 123.
- [50] A este respecto, nótese las opiniones de T. von Sickel y J. Havet, citadas en la Bibliothèque de l'École des chartes, 1896, p. 87. En 1854, el Instituto Austríaco «für österreichische Geschichtsforschung» se organizó según el modelo de la École des chartes francesa. Últimamente se ha creado otra institución del mismo tipo en el «Istituto di studi superiori» de Florencia. «Estamos acostumbrados», leemos en Inglaterra, «a oír la queja de que no hay en este país ninguna institución que se parezca a la École des chartes» (Quarterly Review, julio de 1896, p. 122).
- [51] Este es un lugar adecuado para enumerar los principales «manuales» publicados en los últimos veinticinco años. Pero una lista de ellos, que llega hasta 1894, se encontrará en el Lehrbuch de Bernheim, págs. 206 y ss. Nos referiremos únicamente a los grandes «manuales» de «filología» (en el sentido amplio de la Philologie alemana, que incluye la historia de la lengua y de la literatura, la epigrafía, la paleografía y todo lo que pertenece a la crítica textual) que se encuentran actualmente en publicación: el Grundriss der indo-arischen Philologie und Altertumskunde, editado por G. Bühler; el Grundriss der iranischen Philologie, editado por W. Geiger y E. Kuhn; el Handbuch der klassischen Altertumswissenschaft, editado por I. von Müller; el Grundriss der germanischen Philologie, editado por H. Paul, cuya segunda edición comenzó a aparecer en 1896; el Grundriss der romanischen Philologie, editado por G. Gröber. En estos vastos repertorios se encontrarán, junto con una breve exposición del tema, referencias bibliográficas completas, tanto directas como indirectas.
- [52] Los «manuales» franceses de los SS. Prou (Paleografía), Giry (Diplomática), Cagnat (Epigrafía Latina) y otros, han difuminado entre el público la idea y el conocimiento de las disciplinas auxiliares de estudio. Las nuevas ediciones han permitido, y permitirán, mantenerlos al día —una operación muy necesaria, pues la mayoría de estas materias, aunque ya establecidas en lo fundamental, se enriquecen y precisan cada día más—. Cf. supra, p. 38.
- [53] ¿Qué debemos entender exactamente por este «conocimiento incomunicable» del que hablamos? Cuando un especialista está muy familiarizado con los documentos de una clase o periodo dados, en su cerebro se forman asociaciones de ideas; y cuando examina un nuevo documento de la misma clase o especie, se le ocurren de repente analogías que escaparían a cualquiera con menor experiencia, por bien provisto que estuviera de los repertorios más perfectos. El caso es que no todas las peculiaridades de los documentos pueden aislarse; hay algunas que no pueden clasificarse bajo ningún epígrafe inteligible y que, por tanto, no pueden encontrarse en ninguna lista tabulada. Pero la memoria humana, cuando es buena, retiene la impresión de estas peculiaridades, e incluso un estímulo tenue y lejano basta para revivir la aprehensión de ellas.
- [54] Véase arriba, p. 17.
- [55] Esta expresión, que aparece con frecuencia, necesita una explicación. No debe entenderse en el sentido de aplicarse a una especie de hechos. No hay hechos históricos en el sentido en que hablamos de hechos químicos. Un mismo hecho es o no histórico según la manera en que se conoce. Únicamente el modo de adquirir el conocimiento es histórico. Una sesión del Senado es un hecho de observación directa para quien participa en ella; se vuelve histórica para el hombre que lee sobre ella en un informe. La erupción del Vesubio en la época de Plinio es un hecho geológico que se conoce históricamente. El carácter histórico no está en los hechos, sino en la manera de conocerlos.
- [56] Fustel de Coulanges lo ha dicho. Véase supra, p. 4, nota 1.
- [57] En las ciencias de observación es el hecho mismo, observado directamente, el que constituye el punto de partida.
- [58] Infra, cap. vii.
- [59] No trataremos especialmente de la crítica de los documentos materiales (objetos, monumentos, etc.) allí donde difiere de la crítica de los documentos escritos.
- [60] Para los detalles y la justificación lógica de este método, véase Seignobos, Les Conditions psychologiques de la connaissance en histoire, en la Revue philosophique, 1887, ii, págs. 1, 168.
- [61] El caso más favorable, aquel en que el documento ha sido redactado por el llamado "testigo" ocular, dista todavía mucho del ideal requerido para el conocimiento científico. La noción de testigo ha sido tomada del procedimiento judicial; reducida a términos científicos, se convierte en la de observador. Un testimonio es una observación. Pero, de hecho, el testimonio histórico difiere sustancialmente de la observación científica. El observador procede según reglas fijas y reviste su informe de un lenguaje de riguroso rigor. Por otra parte, el "testigo" observa sin método y se expresa en un lenguaje impreciso; no se sabe si ha tomado las precauciones necesarias. Es un atributo esencial de los documentos históricos que se nos presenten como el resultado de un trabajo realizado sin método y sin garantía.
- [62] Véase B. Lasch, Das Erwachen und die Entwickelung der historischen Kritik im Mittelalter (Breslau, 1887, 8vo).
- [63] La credulidad natural está profundamente arraigada en la indolencia. Es más fácil creer que discutir, admitir que criticar, acumular documentos que sopesarlos. También es más placentero; quien critica documentos debe sacrificar algunos de ellos, y tal sacrificio le parece una pérdida total al hombre que ha descubierto o adquirido el documento.
- [64] Revue philosophique, l.c., p. 178.
- [65] Un miembro de la Société des humanistes français (fundada en París en 1894) se divirtió señalando, en el Bulletin de dicha sociedad, ciertos errores susceptibles de crítica verbal que aparecen en varias ediciones de obras póstumas, especialmente las Mémoires d'outre-tombe. Demostró que es posible disipar la oscuridad en los documentos más modernos mediante los mismos métodos que se emplean para restaurar los textos antiguos.
- [66] Sobre las costumbres de los copistas medievales, por cuya mediación nos han llegado la mayoría de las obras literarias de la antigüedad, véanse las noticias recopiladas por W. Wattenbach, Das Schriftwesen im Mittelalter, 3.ª ed. (Berlín, 1896, 8vo).
- [67] Véanse, por ejemplo, las Coquilles lexicographiques que ha recopilado A. Thomas en Romania, xx (1891), págs. 464 sqq.
- [68] Véase E. Bernheim, Lehrbuch der historischen Methode, 2.ª ed., págs. 341-54. Consúltese también a F. Blass, en el Handbuch der klassischen Altertumswissenschaft, editado por I. von Müller, I., 2.ª ed. (1892), págs. 249-89 (con una bibliografía detallada); A. Tobler, en el Grundriss der romanischen Philologie, I. (1888), págs. 253-63; H. Paul, en el Grundriss der germanischen Philologie, I., 2.ª ed. (1896), págs. 184-96. En francés, léase la sección Critique des textes, en Minerva, Introduction à l'étude des classiques scolaires grecs et latins, de J. Gow y S. Reinach (París, 1890, 16mo), págs. 50-65. La obra de J. Taylor, "History of the Transmission of Ancient Books to Modern Times" (Liverpool, 1889, 16mo), carece de valor.
- [69] Esta regla no es absoluta. Por lo general, se le concede al editor el derecho de unificar la ortografía de un documento autógrafo —siempre que informe de ello al público— cuando, como ocurre en la mayoría de los documentos modernos, las veleidades ortográficas del autor no posean ningún interés filológico. Véanse las Instructions pour la publication des textes historiques, en el Bulletin de la Commission royale d'histoire de Belgique, 5.ª serie, vi. (1896); y los Grundsätze für die Herausgabe von Actenstücken zur neueren Geschichte, debatidos laboriosamente por el segundo y el tercer congresos de historiadores alemanes, en 1894 y 1895, en la Deutsche Zeitschrift für Geschichtswissenschaft, xi. p. 200, xii. p. 364. Los últimos congresos de historiadores italianos, celebrados en Génova (1893) y en Roma (1895), también han debatido esta cuestión, pero sin resultado. ¿Cuáles son las libertades que es legítimo tomarse al reproducir textos autógrafos? La cuestión es más difícil de lo que imaginan quienes no se dedican profesionalmente a ello.
- [70] De las interpolaciones se tratará en el capítulo iii, pág. 92.
- [71] Los amanuenses de la época carolingia y del Renacimiento propiamente dicho, en el siglo XV, se esforzaron por ofrecer textos inteligibles. Por consiguiente, corrigieron todo aquello que no comprendían. Varias obras antiguas han quedado así irreparablemente arruinadas.
- [72] Los principales de estos son, para las lenguas clásicas, además de la mencionada obra de Blass (supra, p. 74, nota), los Adversaria critica de Madvig (Copenhague, 1871-74, 3 vols. en 8vo). Para el griego, la célebre Commentatio palæographica de F. J. Bast, publicada como apéndice a una edición del gramático Gregorio de Corinto (Leipzig, 1811, en 8vo), y las Variæ lectiones de Cobet (Leiden, 1873, en 8vo). Para el latín, H. Hagen, Gradus ad criticen (Leipzig, 1879, en 8vo), y W. M. Lindsay, «An Introduction to Latin Textual Emendation based on the Text of Plautus» (Londres, 1896, en 16mo). Un colaborador del Bulletin de la Société des humanistes français ha expresado, en esta publicación, el deseo de que se compilará una colección similar para el francés moderno.
- [73] Véase Revue Critique, 1895, ii, p. 358.
- [74] Hace muy poco tiempo, nuestros eruditos solían desdeñar esta precaución elemental con el fin, según decían, de evitar un «aire de pedantería». M. B. Hauréau ha publicado, en sus Notices et extraits de quelques manuscrits latins de la Bibliothèque nationale (vi. p. 310), una pieza de verso rítmico, «De presbytero et logico». «No es inédita —dice—; Thomas Wright ya la ha publicado... Pero esta edición es muy defectuosa; el texto resulta a veces completamente incomprensible. Por lo tanto, lo hemos enmendado considerablemente, sirviéndonos para este fin de dos copias que, hay que admitirlo, no son ninguna de las dos impecables...» Sigue la edición, sin variantes. La comprobación es imposible.
- [75] «La enmienda textual con demasiada frecuencia no da en el blanco por falta de conocimiento de lo que puede llamarse las reglas del juego» (W. M. Lindsay, p. v. en la obra citada más arriba).
- [76] Se ha preguntado con frecuencia si todos los textos merecen la pena de ser «fijados» y publicados. «Entre nuestros textos antiguos —dice M. J. Bédier, refiriéndose a la literatura francesa medieval—, ¿cuáles debemos publicar? Todos. Pero, se preguntará, ¿no estamos ya tambaleándonos bajo el peso de los documentos?... He aquí la razón por la cual la publicación debe ser exhaustiva. Mientras nos enfrentemos a esta masa de manuscritos cerrados y misteriosos, nos atraerán como si contuvieran la respuesta a todos los enigmas; cualquier espíritu sincero se verá cohibido por ellos en sus vuelos de inducción. Es deseable publicarlos, aunque solo sea para deshacerse de ellos y poder trabajar en el futuro como si no existieran...» (Revue des Deux Mondes, 15 de febrero de 1894, p. 910). Todos los documentos deben ser catalogados, como ya hemos señalado (p. 31), para que los investigadores se libren del temor de que existan documentos, útiles para sus fines, de los cuales no sepan nada. Pero en todos los casos en que un análisis resumido de un documento pueda dar una idea suficiente de su contenido, y su forma no revista un interés especial, no se gana nada publicándolo in extenso. No necesitamos sobrecargarnos. Algún día se analizará todo documento, pero muchos no se publicarán jamás.
- [77] Los editores de textos a menudo hacen que su tarea sea aún más larga y difícil de lo necesario al asumir la obligación adicional de comentaristas, bajo el pretexto de explicar el texto. Les convendría ahorrarse este trabajo y prescindir de toda anotación que no pertenezca al «apparatus criticus» propiamente dicho. Véase, sobre este punto, a T. Lindner, Ueber die Herausgabe von geschichtlichen Quellen, en las Mittheilungen des Instituts für österreichische Geschichtsforschung, xvi., 1895, págs. 501 sqq.
- [78] Para darse cuenta de esto, basta con comparar lo que hasta ahora han hecho las sociedades más activas, como la Société de l'École des chartes / la Societé [Nota del traductor: mantener fiel al original: la Society of the Monumenta Germaniæ historica y el Istituto storico italiano], con lo que aún les queda por hacer. La mayor parte de los documentos más antiguos y difíciles de restaurar, que durante mucho tiempo han puesto a prueba el ingenio de los eruditos, se encuentran ahora en un estado relativamente satisfactorio. Pero aún queda por hacer una cantidad inmensa de trabajo mecánico.
- [79] R. de Gourmont, Le Latin mystique (París, 1891, 8vo), p. 258.
- [80] Véanse estos supuestos autógrafos en la Bibliothèque nationale, nouv. acq. fr., n.º 709.
- [81] F. Blass ha enumerado los principales de estos motivos con referencia a la literatura seudoepigráfica de la antigüedad (págs. 269 sqq. en la obra ya citada).
- [82] E. Bernheim (Lehrbuch, págs. 243 y ss.) ofrece una lista algo extensa de documentos falsos, reconocidos hoy como tales. Aquí bastará con recordar algunas falsificaciones famosas: Sanchoniathon, Clotilde de Surville, Ossian. Desde la publicación del libro de Bernheim, varios documentos célebres, hasta entonces exentos de sospecha, han sido tachados de la lista de autoridades. Véase especialmente A. Piaget, La Chronique des chanoines de Neuchâtel (Neuchâtel, 1896, en 8vo).
- [83] Cuando las modificaciones del texto primitivo son obra del propio autor, se trata de «alteraciones». El análisis interno y la comparación de las diferentes ediciones las sacan a la luz.
- [84] Véase F. Blass, ibíd., págs. 254 sqq.
- [85] Por regla general, importa poco que se haya descubierto o no el nombre del autor. Leemos, sin embargo, en la Histoire littéraire de la France (xxvi, p. 388): «Hemos ignorado los sermones anónimos: los escritos de este carácter fácil no tienen importancia para la historia literaria cuando sus autores son desconocidos». ¿Tienen alguna importancia mayor cuando conocemos los nombres de los autores?
- [86] En casos muy favorables, el examen de los errores del plagiarista ha permitido determinar incluso este estilo de letra, el tamaño y la forma de disposición de la fuente manuscrita. Las deducciones de la investigación de fuentes, al igual que las de la crítica textual, se ven a veces respaldadas por evidentes consideraciones paleográficas.
- [87] Las investigaciones de Julien Havet (Questions mérovingiennes, París, 1896, en 8vo) son consideradas como modelos. Problemas muy difíciles son resueltos allí con una elegancia impecable. También vale mucho la pena leer las memorias en las que M. L. Delisle ha analizado cuestiones de origen. Es en el tratamiento de estas cuestiones donde los eruditos más consagrados obtienen sus triunfos.
- [88] Véase la edición de H. R. Luard (vol. i., Londres, 1890, 8vo) en los Rerum Britannicarum medii ævi scriptores. Los Flores historiarum de Mateo de Westminster figuran en el «Índice» romano debido a los pasajes tomados de la Chronica majora de Mateo de París, mientras que la propia Chronica majora ha escapado a la censura.
- [89] Sería instructivo redactar una lista de las obras históricas célebres, como la Histoire de la Conquête de l'Angleterre par les Normands de Augustin Thierry, cuya autoridad ha quedado completamente destruida tras el estudio de la autoría de sus fuentes. Nada divierte más al público que ver a un historiador convicto de haber construido una teoría sobre documentos falsificados. Nada está más llamado a cubrir de confusión a un historiador que descubrir que ha caído en el error de tomar en serio documentos que no son documentos en absoluto.
- [90] Una de las formas más burdas (y comunes) del «método acrítico» es la que consiste en emplear como si fueran documentos, y colocar en el mismo plano que estos, las declaraciones de los autores modernos sobre el tema de los documentos. Los novatos no hacen una distinción suficiente, en las obras de los autores modernos, entre lo que se añade a la fuente original y lo que se toma de ella.
- [91] Véase una lista de ejemplos en el Handbuch de Bernheim, págs. 283, 289.
- [92] Se debe a que es necesario someter los documentos de la historia medieval y antigua a la crítica más rigurosa en lo que respecta a la autoría por lo que el estudio de la antigüedad y de la Edad Media pasa por más «científico» que el de los tiempos modernos. La verdad es que este último se encuentra meramente obstaculizado por más dificultades preliminares.
- [93] Revue philosophique, 1887, ii. p. 170.
- [94] La teoría de la investigación crítica de la autoría está ya establecida, ne varietur; se expone en detalle en el Lehrbuch de Bernheim, págs. 242-340. Por esta razón no hemos tenido reparo en despacharla con un breve esbozo. En francés, la introducción de M. G. Monod a sus Études critiques sur les sources de l'histoire mérovingienne (París, 1872, 8vo) contiene consideraciones elementales sobre el tema. Cfr. Revue Critique, 1873, i. p. 308.
- [95] Renan, Feuilles détachées, p. 103.
- [96] Sería muy interesante disponer de información sobre los métodos de trabajo de los grandes eruditos, en particular de aquellos que emprendieron largas tareas de recopilación y clasificación. Cierta información de este tipo se encuentra en sus documentos y, ocasionalmente, en su correspondencia. Sobre los métodos de Du Cange, véase L. Feugère, Étude sur la vie et les ouvrages de Du Cange (París, 1858, en 8vo), págs. 62 y sigs.
- [97] Véase J. G. Droysen, Grundriss der Historik, p. 19: «La clasificación crítica no adopta exclusivamente el punto de vista cronológico... Cuanto más variados sean los puntos de vista que la crítica emplee para agrupar los materiales, más sólidos serán los resultados arrojados por las líneas de investigación convergentes». Hoy en día se ha abandonado el sistema de agrupar los documentos en un Corpus o en regesta, como se hacía antiguamente, debido a que comparten la característica común de ser inéditos, o tal vez por la razón exactamente contraria. En una época, los compiladores de Analecta, Reliquiæ manuscriptorum, «tesoros de anecdota», spicilegia, y demás, solían publicar todos los documentos de cierta clase que tenían el rasgo común de ser inéditos y de parecerles interesantes; por otra parte, Georgisch (Regesta Chronologico-diplomatica), Bréquigny (Table chronologique des diplômes, chartes et actes imprimés concernant l'histoire de France), Wauters (Table chronologique des chartes et diplômes imprimés concernant l'histoire de Belgique), han agrupado todos los documentos de una determinada especie que poseían el carácter común de haber sido impresos.
- [98] J. P. Waltzing, Recueil général des inscriptions latines (Lovaina, 1892, 8vo), p. 41.
- [99] Ibid. Cuando se adopta el orden geográfico, surge una dificultad debido a que se desconoce el origen de ciertos documentos; muchas inscripciones conservadas en los museos han sido llevadas allí sin que nadie sepa de dónde. La dificultad es análoga a la que resulta, para los regesta cronológicos, de los documentos sin fecha.
- [100] Aquí la única dificultad surge en el caso de los documentos cuyo incipit se ha perdido. En el siglo XVIII Séguier consagró gran parte de su vida a la elaboración de un catálogo, en orden alfabético de los incipit, de las inscripciones latinas, en número de 50.000, que se habían publicado hasta entonces: rebuscó en unos doce mil trabajos. Esta vasta compilación ha permanecido inédita e inútil. Antes de emprender una labor de semejante magnitud, conviene asegurarse de que responde a un plan racional y de que el esfuerzo —el arduo y desagradecido esfuerzo— no será en vano.
- [101] Véase G. Waitz, Ueber die Herausgabe und Bearbeitung von Regesten, en la Historische Zeitschrift, xl. (1878), págs. 280-95.
- [102] A falta de un orden lógico predeterminado, y cuando el orden cronológico no es adecuado, a veces resulta ventajoso agrupar provisionalmente los documentos (es decir, las fichas) en el orden alfabético de las palabras elegidas como encabezamientos (Schlagwörter). Esto es lo que se denomina el «sistema de diccionario».
- [103] Véase Langlois, Manuel de bibliographie historique, i, p. 88.
- [104] Este argumento es fácil de desarrollar, y a menudo se ha hecho, recientemente por M. J. Bédier, en la Revue des Deux Mondes, 15 de febrero de 1894, págs. 932 sqq. Hay quienes admiten de buen grado que las labores de erudición son útiles, pero se preguntan con impaciencia si «la edición de un texto» o «el desciframiento de un pergamino gótico» es «el esfuerzo supremo del espíritu humano», y si la capacidad intelectual que implica la práctica de la crítica externa justifica o no «todo el alboroto que se arma en torno a quienes la poseen». Sobre esta cuestión, obviamente carente de importancia, se sostuvo una polémica entre M. Brunetière, que recomendaba a los eruditos ser modestos, y M. Boucherie, que insistía en sus razones para estar orgullosos, en las páginas de la Revue des langues romanes, 1880, vols. I y II.
- [105] Ha habido hombres que fueron críticos de primera categoría en lo que respecta exclusivamente a la crítica externa, pero que nunca se elevaron a la concepción de la crítica superior, ni a una verdadera comprensión de la historia.
- [106] Renan, Essais de morale et de critique, p. 36.
- [107] «Si fuera únicamente por causa de la severa disciplina mental, no tendría en muy alta estima al filósofo que no se hubiera dedicado, al menos una vez en su vida, a la elucidación de algún punto especial» (L'Avenir de la science, p. 136).
- [108] Sobre la cuestión de si es necesario que cada uno haga «todo el trabajo preliminar por sí mismo», véase J. M. Robertson, Buckle and His Critics (Londres, 1895, 8vo), p. 299.
- [109] Renan, L'Avenir de la science, p. 230.
- [110] Un profesor universitario se encuentra en una posición muy propicia para desalentar y alentar vocaciones; pero "es mediante el esfuerzo personal como los estudiantes deben alcanzar la meta (la capacidad crítica), como bien dijo Waitz en un discurso académico; la parte del maestro en esta labor es pequeña..." (Revue Critique, 1874, ii, p. 232).
- [111] Citado por el P. X. von Wegele, Geschichte der deutschen Historiographie (Múnich, 1885, 8vo), p. 653.
- [112] Renan, ibíd., p. 125.
- [113] B. Hauréau, Notices et extraits de quelques manuscrits latins de la Bibliothèque nationale, i. (París, 1890, 8vo). p. v.
- [114] Bibliothèque de l'École des chartes, 1896, p. 88. Compárense los rasgos análogos en la interesante biografía intelectual del helenista, paleógrafo y bibliógrafo Charles Graux, escrita por E. Lavisse (Questions d'enseignement national, París, 1885, 18mo, págs. 265 y ss.).
- [115] Véase H. A. L. Fisher en la Fortnightly Review, dic. de 1894, p. 815.
- [116] La mayor parte de los que tienen una vocación por la erudición crítica poseen tanto la capacidad para resolver problemas como el gusto por la recolección. Es fácil, sin embargo, dividirlos en dos categorías según muestren una marcada preferencia, por un lado, por la crítica textual y la investigación de autoría, o, por el otro, por las labores de recolección, más absorbentes y menos intelectuales. J. Havet, un maestro consumado en el estudio de problemas eruditos, siempre rehusó emprender una recolección general de los diplomas reales merovingios, una obra que sus admiradores esperaban de él. A este respecto, admitía sin ambages su «falta de gusto por las proezas de resistencia» (Bibliothèque de l'École des chartes, 1896, p. 222).
- [117] Es frecuente oír sostener lo contrario de esto, a saber, que las labores de la erudición crítica (la crítica externa) tienen esta ventaja sobre otras labores en el campo de la historia: que están al alcance de una capacidad media, y que los intelectos más modestos, tras un entrenamiento preliminar adecuado, pueden emplearse en ellas de manera útil. Es muy cierto que los hombres sin elevación de alma ni poder de pensamiento pueden hacerse útiles en el campo de la crítica, pero para ello deben poseer cualidades especiales. El error está en pensar que, con buena voluntad y un entrenamiento especial, todo el mundo sin excepción puede ser apto para las operaciones de la crítica externa. Entre quienes son incapaces de estas operaciones, así como entre quienes son aptos para ellas, hay tanto hombres sensatos como necios.
- [118] A. Philippi, Einige Bemerkungen über den philologischen Unterricht, Giessen, 1890, 4to. Cf. Revue Critique, 1892, i. p. 25.
- [119] J. von Pflugk-Harttung, Geschichtsbetrachtungen, Gotha, 1890, 8vo.
- [120] Ibid., p. 21.
- [121] Véase supra, p. 99.
- [122] Renan, L'Avenir de la science, p. xiv.
- [123] Revue historique, lxiii. (1897), p. 320.
- [124] Renan, ibíd., págs. 122, 243. El mismo pensamiento ha sido expresado más de una vez, con diferentes palabras, por E. Lavisse, en sus discursos a los estudiantes de París (Questions d'enseignement national, págs. 14, 86, etc.).
- [125] Uno de nosotros (M. Langlois) se propone dar cuenta detallada en otra parte de todo lo que se ha hecho en los últimos trescientos años, pero especialmente en el siglo diecinueve, para la organización del trabajo histórico en los principales países del mundo. Ya se ha reunido cierta información sobre este tema por J. Franklin Jameson, «The Expenditures of Foreign Governments in behalf of History», en el «Annual Report of the American Historical Association for 1891», págs. 38-61.
- [126] L. Feugère, Étude sur la vie et les ouvrages de Du Cange, págs. 55, 58.
- [127] Aun los propios especialistas en crítica externa, cuando no adoptan la postura de despreciar toda síntesis a priori, se dejan deslumbrar con tanta facilidad como cualquier otro por las síntesis incorrectas, por una apariencia de «ideas generales» o por artificios literarios, a pesar de su perspicacia en lo que concierne a las obras de erudición crítica.
- [128] Las ciencias de observación necesitan, sin embargo, una especie de crítica. No aceptamos sin verificación los resultados obtenidos por cualquiera, sino únicamente los resultados obtenidos por aquellos que saben cómo trabajar. Pero esta crítica se hace de una vez por todas, y se aplica al autor, no a sus obras; la crítica histórica, por el contrario, se ve obligada a tratar por separado cada parte de un documento.
- [129] Véase supra, libro ii, cap. i, p. 67.
- [130] Véase supra, p. 122.
- [131] Taine parece haber procedido de este modo en el vol. ii, La Révolution, de sus Origines de la France contemporaine. Había hecho extractos de documentos inéditos e insertado un gran número de ellos en su obra, pero parecería que no los analizó metódicamente primero para determinar su significado.
- [132] Fustel de Coulanges explica con mucha claridad el peligro de este método: «Algunos estudiantes empiezan por formarse una opinión... y no es hasta después cuando comienzan a leer los textos. Corren el gran riesgo de no entenderlos en absoluto, o de entenderlos mal. Lo que ocurre es que se libra una especie de combate tácito entre el texto y las opiniones preconcebidas del lector; la mente se niega a captar lo que es contrario a su idea, y el desenlace de la lucha comúnmente no es que la mente se rinda ante la evidencia del texto, sino que el texto cede, se dobla y se acomoda a la opinión preconcebida... Introducir las ideas personales en el estudio de los textos es el método subjetivo. Un hombre cree que está contemplando un objeto, y es su propia idea lo que está contemplando. Cree que está observando un hecho, y el hecho adquiere de inmediato el color y el significado que su mente desea que tenga. Cree que está leyendo un texto, y las palabras del texto adquieren un significado particular para adaptarse a una opinión preconcebida. Es este método subjetivo el que más daño ha hecho a la historia de la época merovingia... No bastaba con leer los textos; lo que se requería era leerlos antes de formarse ninguna convicción...» (Monarchie franque, p. 31). Por la misma razón, Fustel de Coulanges desaprobaba la lectura de un documento a la luz de otro; protestaba contra la costumbre de explicar la Germania de Tácito mediante las leyes bárbaras. En la Revue des questions historiques, 1897, vol. i, se imparte una lección de método, De l'analyse des textes historiques, a propósito de un comentario de M. Monod sobre Gregorio de Tours: «El historiador debe comenzar su trabajo con un análisis exacto de cada documento... El análisis de un texto... consiste en determinar el sentido de cada palabra y extraer el verdadero significado del escritor... En lugar de buscar el sentido de cada una de las palabras del historiador, y el pensamiento que ha expresado en ellas, él [M. Monod] comenta cada frase a la luz de lo que se encuentra en Tácito o en la ley sálica... Debemos comprender qué es realmente el análisis. Muchos hablan de él, pocos lo usan... El uso del análisis consiste, mediante un estudio atento de cada detalle, en extraer de un texto todo lo que hay en él; no en introducir en el texto lo que no está en él». Después de leer este excelente consejo, será instructivo leer la respuesta de M. Monod (en la Revue historique); se verá que el propio Fustel de Coulanges no siempre practicó el método que recomendaba.
- [133] Véase supra, p. 103.
- [134] La tarea de análisis puede confiarse a una segunda persona; esto es lo que ocurre en el caso de los regesta y los catálogos de documentos; si el análisis ha sido realizado correctamente por el compilador de los regesta, no hay necesidad de volver a hacerlo.
- [135] Ejemplos prácticos de este procedimiento se encontrarán en Deloche, La Trustis et l'antrustion royal (París, 1873, en 8.º), y, sobre todo, en Fustel de Coulanges. Véase especialmente el estudio de las palabras marca (Recherches sur quelques problêmes d'histoire, págs. 322-56), mallus (ibíd., 372-402), alleu (L'Alleu et le domaine rural, págs. 149-70), portio (ibíd., págs. 239-52).
- [136] La teoría y un ejemplo de este procedimiento se encontrarán en Fustel de Coulanges, Recherches sur quelques problêmes d'histoire (págs. 189-289), con referencia a las afirmaciones de Tácito sobre los germanos. Véanse especialmente las páginas 263-89, la discusión del célebre pasaje sobre el modo de cultivo germánico.
- [137] Fustel de Coulanges lo formula así: «Nunca es seguro separar dos palabras de su contexto; esta es la manera infalible de equivocar su sentido» (Monarchie franque, p. 228, nota I).
- [138] Así es como Fustel de Coulanges condena esta práctica: "No hablo de los falsos sabios que citan de segunda mano y a lo sumo se toman el trabajo de verificar si la frase que han visto citada se encuentra realmente en el pasaje indicado. Verificar citas es una cosa y leer textos es muy otra, y a menudo ambas cosas conducen a resultados opuestos" (Revue des questions historiques, 1887, vol. i.). Véase también (L'Alleu et le domaine rural, págs. 171-98) la lección dada a M. Glasson sobre la teoría de la comunidad de la tierra: cuarenta y cinco citas son estudiadas a la luz de su contexto, con el objeto de probar que ninguna de ellas tiene el significado que M. Glasson le atribuyó. Podemos comparar también la réplica: Glasson, Les Communaux et le domaine rural à l'époque franque, París, 1890.
- [139] Todo lo que hay de original en Fustel de Coulanges descansa en su crítica interpretativa; jamás realizó personalmente ningún trabajo de crítica externa, y su examen crítico de la buena fe y la exactitud de los autores se vio obstaculizado por un respeto hacia las declaraciones de los antiguos autores que rozaba la credulidad.
- [140] Una dificultad paralela se presenta en la interpretación de los monumentos figurativos; las representaciones no han de tomarse siempre literalmente. En el monumento de Behistún, Darío pisotea a los jefes vencidos: esto es una metáfora. Las miniaturas medievales nos muestran a personajes acostados en la cama con coronas en la cabeza: esto sirve para simbolizar su rango real; el pintor no quería decir que durmieran con la corona puesta.
- [141] A. Boeckh, en su Encyclopædie und Methodologie der philologischen Wissenschaften, segunda edición (1886), ha expuesto una teoría de la hermenéutica a la que Bernheim se ha limitado a remitir.
- [142] El método para extraer información sobre hechos externos a partir de las concepciones de un escritor forma parte de la teoría del razonamiento constructivo. Véase el libro III.
- [143] Por ejemplo, el padre de Smedt, Tardif, Droysen e incluso Bernheim.
- [144] Descartes, que llegó en una época en que la historia aún consistía en la reproducción de relatos preexistentes, no vio cómo aplicar la duda metódica a la materia; por consiguiente, se negó a concederle un lugar entre las ciencias.
- [145] El propio Fustel de Coulanges no logró elevarse por encima de este tipo de timidez. A propósito de un discurso atribuido a Clodoveo por Gregorio de Tours, dice: «Sin duda no podemos afirmar que estas palabras hayan sido pronunciadas jamás. Pero, a pesar de todo, no debemos afirmar, en contradicción con Gregorio de Tours, que no lo fueron... Lo más prudente es aceptar el texto de Gregorio» (Monarchie franque, p. 66). Lo más prudente, o más bien el único proceder científico, es admitir que no sabemos nada sobre las palabras de Clodoveo, pues el propio Gregorio no tenía conocimiento de ellas.
- [146] Muy recientemente, E. Meyer, uno de los historiadores de la antigüedad más expertos en la crítica, ha revivido en su obra Die Entstehung des Judenthums (Halle, 1896, 8vo) este extraño argumento jurídico en favor del relato de Nehemías. M. Bouché-Leclercq, en un notable estudio sobre «El reinado de Seleuco II (Caliníco) y la crítica histórica» (Revue des Universités du Midi, abril-junio de 1897), parece inclinarse, a modo de reacción contra la hipercrítica de Niebuhr y Droysen, hacia una teoría análoga: «La crítica histórica, para no degenerar en agnosticismo —lo cual equivaldría al suicidio— o en capricho individual, debe depositar una cierta dosis de confianza en testimonios que no puede verificar, siempre y cuando estos no sean rotundamente contradichos por otros testimonios de igual valor». M. Bouché-Leclercq tiene razón frente al historiador que, «después de haber desacreditado a todos sus testigos, pretende ponerse en su lugar y ve con sus ojos algo muy distinto de lo que ellos mismos vieron». Pero cuando el «testimonio» es insuficiente para proporcionarnos el conocimiento científico de un hecho, la única actitud correcta es el «agnosticismo», es decir, la confesión de ignorancia; no tenemos derecho a eludir dicha confesión por el hecho de que el azar haya permitido la destrucción de los documentos que habrían podido contradecir el testimonio.
- [147] Las "Memorias del cardenal de Retz" proporcionan un caso concluyente: la anécdota de los fantasmas encontrados por Retz y Turenne. A. Feillet, que editó a Retz en la Collection des Grands Écrivains de la France, ha demostrado (vol. i, p. 192) que esta historia, narrada tan vívidamente, es falsa de principio a fin.
- [148] Un buen ejemplo de la fascinación que ejerce un relato circunstancial es la leyenda relativa al origen de la Liga de los tres cantones suizos primitivos (Gessler y los conjurados del Grütli), que fue fabricada por Tschudi en el siglo XVI, se convirtió en clásica a raíz de la producción del «Guillermo Tell» de Schiller, y solo se ha erradicado con suma dificultad. (Véase Rilliet, Origines de la Confédération suisse, Ginebra, 1869, en 8vo.)
- [149] Ejemplos llamativos de falsedades debidas a la vanidad se encuentran en abundancia en las Économies royales de Sully y en las Mémoires de Retz.
- [150] El propio Fustel de Coulanges acudió a las fórmulas de las inscripciones en honor de los emperadores en busca de una prueba de que los pueblos amaban el régimen imperial. «Si leemos las inscripciones, el sentimiento que manifiestan es siempre de satisfacción y gratitud... Véase la colección de Orelli, las expresiones más frecuentes son...» Y la enumeración de los títulos de respeto otorgados a los emperadores termina con este extrañísimo aforismo: «Demostraría ignorancia de la naturaleza humana ver en todo esto nada más que adulación». Ni siquiera hay adulación aquí; no hay más que fórmulas.
- [151] Suger, en su vida de Luis VI, es un modelo de este tipo.
- [152] El Chronicon Helveticum de Tschudi es un ejemplo notable.
- [153] Aristófanes y Demóstenes son dos ejemplos notables del poder que los grandes escritores tienen para paralizar a los críticos y oscurecer los hechos. No fue hasta finales del siglo XIX que alguien se atrevió a reconocer francamente su falta de buena fe.
- [154] Por ejemplo, el relato de la elección de Otón I en las Gesta Ottonis de Widukind.
- [155] Por ejemplo, las estadísticas sobre la población, el comercio y la riqueza de los países europeos proporcionadas por los embajadores venecianos del siglo XVI, y las descripciones de las costumbres de los germanos en la Germania de Tácito.
- [156] Sería interesante examinar cuánta historia romana o merovingia quedaría si rechazáramos todos los documentos que no sean los de observación directa.
- [157] Se verá por qué no hemos definido y estudiado por separado los «documentos de primera mano». La cuestión no se ha planteado de la manera adecuada en la práctica histórica. La distinción debería aplicarse a las afirmaciones, no a los documentos. No es el documento el que nos llega de primera, segunda o tercera mano; es la afirmación. Lo que se llama un «documento de primera mano» se compone casi siempre, en parte, de afirmaciones de segunda mano sobre hechos de los cuales el autor no tenía conocimiento personal. El nombre de «documento de segunda mano» se da a aquellos que, como la obra de Livio, no contienen nada de primera mano; pero la distinción es demasiado burda para servir de guía en el examen crítico de las afirmaciones.
- [158] Hay mucha menos modificación cuando la tradición oral adopta una forma regular o llamativa, como ocurre con los versos, las máximas y los proverbios.
- [159] A veces la forma de la frase cuenta su propia historia cuando, en medio de una narración detallada, de obvio origen legendario, nos topamos con una anotación cortante y seca al estilo analístico, copiada evidentemente de un documento escrito. Eso es lo que encontramos en Livio (véase Nitzsch, Die römische Annalistik, Leipzig, 1873, 8vo), y en Gregorio de Tours (véase Loebell, Gregor von Tours, Leipzig, 1868, 8vo).
- [160] Los acontecimientos que impresionan la imaginación popular y son transmitidos por la leyenda no son generalmente los que nos parecen más importantes. Los héroes de las chansons de gestes apenas se conocen históricamente. Los cantos épicos bretones se refieren, no a los grandes acontecimientos históricos, como la colección de Villemarqué hizo creer a la gente, sino a oscuros episodios locales. Lo mismo ocurre con las sagas escandinavas; en su mayor parte se refieren a disputas entre los aldeanos de Islandia o de las Orcadas.
- [161] La teoría de la leyenda es una de las partes más avanzadas de la crítica. Bernheim (en su Lehrbuch, págs. 380-90) ofrece un buen resumen y una bibliografía de la misma.
- [162] "History of Greece," vols. i. and ii. Compare Renan, Histoire du peuple d'Israël, vol. i. (Paris, 1887, 8vo), Introduction.
- [163] Y, sin embargo, Niebuhr se sirvió de las leyendas romanas para construir una teoría, que más tarde fue necesario demoler, sobre la lucha entre los patricios y los plebeyos; y Curtius, veinte años después de Grote, buscó hechos históricos en las leyendas griegas.
- [164] Véase supra, págs. 93 sqq.
- [165] Véase supra, p. 166.
- [166] A menudo se dice: «El autor no se habría atrevido a escribir esto si no hubiera sido verdad». Este argumento no se aplica a las sociedades en un bajo estado de civilización. Luis VIII se atrevió a escribir que Juan sin Tierra había sido condenado por el veredicto de sus pares.
- [167] Véase más arriba, p. 153. Del mismo modo, los hechos particulares que componen la historia de las formas (paleografía, ciencia lingüística) se establecen directamente mediante el análisis del documento.
- [168] La Grecia primitiva ha sido estudiada en los poemas homéricos. La vida privada medieval ha sido reconstruida principalmente a partir de las chansons de gestes. (Véase C. V. Langlois, Les Traditions sur l'histoire de la société française au moyen âge d'après les sources littéraires, en la Revue historique, marzo-abril de 1897.)
- [169] La mayoría de los historiadores se abstienen de rechazar una leyenda hasta que se ha demostrado su falsedad y, si por casualidad no se ha conservado ningún documento que la contradiga, la adoptan provisionalmente. Así es como todavía se trata a los primeros cinco siglos de Roma. Este método, desgraciadamente aún demasiado generalizado, contribuye a impedir que la historia se establezca como ciencia.
- [170] Para la justificación lógica de este principio en la historia véase C. Seignobos, Revue Philosophique, julio-agosto de 1887. La certidumbre científica completa sólo se produce mediante la concordancia entre observaciones hechas por métodos diferentes; se encuentra en la encrucijada de dos vías distintas de investigación.
- [171] Este caso se estudia y Bernheim ofrece un buen ejemplo de ello en Lehrbuch, p. 421.
- [172] Apenas es necesario prevenir contra el método infantil de contar los documentos a cada lado de una cuestión y decidir por la mayoría. La declaración de un solo autor que conocía un hecho vale evidentemente más que cien declaraciones hechas por personas que no sabían nada al respecto. La regla fue formulada hace mucho tiempo: Ne numerentur, sed ponderentur.
- [173] Véase supra, p. 94.
- [174] Apenas es posible estudiar aquí las dificultades especiales que surgen en la aplicación de estos principios, como cuando el autor, deseando ocultar su deuda, ha introducido desviaciones para despistar a sus lectores, o cuando el autor ha combinado declaraciones tomadas de diferentes documentos.
- [175] Aquí nos limitamos a indicar el principio del método de confirmación; sus aplicaciones requerirían un estudio muy largo.
- [176] El padre de Smedt ha dedicado a esta cuestión una parte de sus Principes de la critique historique (París, 1887, en 12mo).
- [177] La solución de la cuestión es diferente en el caso de las ciencias de observación directa, especialmente las ciencias biológicas. La ciencia no sabe nada de lo posible y lo imposible; solo reconoce hechos que han sido observados correcta o incorrectamente: hechos que se habían declarado imposibles, como la existencia de aerolitos, han resultado ser genuinos. La noción misma de milagro es metafísica; implica una concepción del universo en su conjunto que trasciende los límites de la observación. (Véase Wallace, Miracles and Modern Spiritualism).
- [178] Véase más arriba, p. 194.
- [179] En las ciencias experimentales, una hipótesis es una forma de pregunta acompañada de una respuesta provisional.
- [180] Fustel de Coulanges vio la necesidad de esto. En el prefacio de sus Recherches sur quelques problêmes d'histoire (París, 1885, 8vo) anuncia su intención de presentar sus investigaciones "bajo la forma que tienen todas mis obras, es decir, bajo la forma de preguntas que me hago a mí mismo y sobre las cuales me esfuerzo por arrojar luz".
- [181] El propio Fustel de Coulanges parece haberse dejado engañar por ellos: «La historia es una ciencia; no imagina, solo ve» (Monarchie franque, p. 1). «La historia, como toda ciencia, consiste en un proceso de discernir hechos, analizarlos, compararlos y señalar sus conexiones... El historiador... busca hechos y los alcanza mediante la observación minuciosa de los textos, tal como el químico halla los suyos en el curso de experimentos conducidos con precisión minuciosa» (Ibíd., p. 39).
- [182] El carácter subjetivo de la historia ha sido puesto de relieve con fuerza por el filósofo G. Simmel, Die Probleme der Geschichtsphilosophie (Leipzig, 1892, 8vo).
- [183] Esto ha sido expuesto elocuentemente por Carlyle y Michelet. Es también la esencia de la famosa expresión de Ranke: «Deseo mostrar cómo fue realmente aquello» (wie es eigentlich gewesen).
- [184] Véase las págs. 219-23.
- [185] Curtius en su "Historia de Grecia", Mommsen en su "Historia de Roma" (antes del Imperio), Lamprecht en su "Historia de Alemania".
- [186] Bastará con mencionar a Augustin Thierry, Michelet y Carlyle.
- [187] Véase P. Guiraud, Fustel de Coulanges (París, 1896, 12mo), p. 164, para algunas observaciones muy juiciosas sobre este tema.
- [188] La clasificación de M. Lacombe (De l'histoire considérée comme science, cap. vi.), fundada en los motivos de las acciones y en las necesidades que pretenden satisfacer, es muy juiciosa desde el punto de vista filosófico, pero no satisface las necesidades prácticas de los historiadores; descansa en categorías psicológicas abstractas (económicas, reproductivas, simpáticas, ambiciosas, etc.) y termina por clasificar conjuntamente especies de fenómenos muy diferentes (las instituciones militares junto con la economía).
- [189] Las instituciones eclesiásticas forman parte del gobierno; en los manuales alemanes de antigüedades se encuentran entre las instituciones, mientras que la religión se clasifica junto con las artes.
- [190] Los medios de transporte, que a menudo se adscriben al comercio, constituyen una especie de industria.
- [191] La propiedad es una institución de carácter mixto, siendo a la vez económica, social y política.
- [192] Para la historia y biografía de este movimiento, véase Bernheim, Lehrbuch, págs. 45-55.
- [193] Ya no es necesario demostrar la nulidad de la noción de raza. Solía aplicarse a grupos vagos, formados por una nación o una lengua; pues la raza tal como la entienden los historiadores (razas griega, romana, germánica, celta, eslava) no tiene más que el nombre en común con la raza en el sentido antropológico, es decir, un grupo de hombres que poseen las mismas características hereditarias. Se ha reducido al absurdo debido al abuso que Taine hizo de ella. Se puede encontrar una muy buena crítica de la misma en Lacombe (ibíd., cap. xviii) y en Robertson («The Saxon and the Celt», Londres, 1897, 8vo).
- [194] No existe un acuerdo general sobre el lugar adecuado en la historia de los cambios retrógrados, de aquellas oscilaciones que devuelven las cosas al punto del que partieron.
- [195] La teoría del azar como factor que influye en la historia ha sido expuesta de manera magistral por M. Cournot, Considérations sur la marche des idées et des événements dans les temps modernes (París, 1872, 2 vols. en 8vo).
- [196] Lamprecht, en un extenso artículo, Was ist Kulturgeschichte, publicado en la Deutsche Zeitschrift für Geschichtswissenschaft, Nueva Serie, vol. i., 1896, ha intentado basar la historia de la civilización en la teoría de un alma colectiva de la sociedad que produce fenómenos "socio-psíquicos" comunes a toda la sociedad, y que difieren de un período a otro. Se trata de una hipótesis metafísica.
- [197] La expresión historia nacional, introducida en aras del patriotismo, denota la misma cosa. La historia de la nación significa en la práctica la historia del Estado.
- [198] Véase Cournot, ibid., i, p. iv.
- [199] Ya hemos tratado (p. 143) de este defecto de método.
- [200] La discusión de este argumento, que antiguamente se usaba mucho en la historia religiosa, era uno de los temas favoritos de los primeros escritores que trataron sobre metodología, y todavía ocupa un espacio considerable en los Principes de la critique historique del padre De Smedt.
- [201] Esto es lo que Montesquieu intentó en su Esprit des Lois. En un curso de conferencias en la Sorbona, me he esforzado por ofrecer un esbozo de semejante explicación global.—[Ch. S.]
- [202] Véase la p. 204.
- [203] Michelet ha desacreditado el estudio de las influencias fisiológicas por el abuso que ha hecho de él en la última parte de su "Historia de Francia"; es, sin embargo, indispensable para la comprensión de la carrera de un hombre.
- [204] Sobre el tema de la estadística, un método que hoy está perfeccionado, se encontrará un buen resumen con bibliografía en el Handwörterbuch der Staatswissenschaften, Jena, 1890-94, 8.º mayor, y dos buenos tratados metódicos, J. von Mayr, Theoretische Statistik y Bevölkerungsstatistik, en la colección de Marquardsen y Seydel, Furgoburgo, 1895 y 1897, 8.º mayor.
- [205] Como hace Boardeau (l'Histoire et les Historiens, París, 1888, 8vo), quien propone reducir toda la historia a una serie de estadísticas.
- [206] Un buen ejemplo se encontrará en Lacombe, De l'Histoire Considérée Comme Science, p. 146.
- [207] Hemos considerado inútil discutir aquí la cuestión de si la historia debe, de acuerdo con la antigua tradición, cumplir todavía otra función, si debe emitir juicio sobre los hombres y los acontecimientos, es decir, complementar la descripción de los hechos con expresiones de aprobación o censura, ya sea desde el punto de vista de un ideal moral, general o particular (el ideal de una secta, un partido o una nación), o desde el punto de vista práctico, examinando, como lo hizo Polibio, si las acciones históricas se adaptaban bien o mal a su propósito. Un añadido de esta clase podría hacerse a cualquier estudio descriptivo: el naturalista podría expresar su simpatía o su admiración por un animal, podría condenar la ferocidad del tigre y alabar la devoción de la gallina hacia sus polluelos. Pero es obvio que en la historia, como en cualquier otra disciplina, los juicios de esta índole son ajenos a la ciencia.
- [208] La comparación entre dos hechos de detalle pertenecientes a agregados muy diferentes (por ejemplo, la comparación de Abd-el-Kader con Yugurta, de Napoleón con Sforza) es un método de exposición llamativo, pero no un medio para alcanzar una conclusión científica.
- [209] Este sistema es seguido todavía por varios autores contemporáneos, el jurista belga Laurent en sus Études sur l'histoire de l'humanité, el alemán Rocholl y aun Flint, el historiador inglés de la filosofía de la historia.
- [210] Así Taine, en Les origines de la France Contemporaine, explica el origen de los privilegios del ancien régime por los servicios prestados antiguamente por las clases privilegiadas.
- [211] Una buena crítica de la teoría del progreso se encontrará en P. Lacombe, De l'histoire Considérée Comme Science.
- [212] Véanse las clarísimas declaraciones de uno de los principales representantes de la ciencia lingüística en Francia, V. Henry, Antinomies linguistiques, París, 1896, 8vo.
- [213] Véase arriba, p. 284.
- [214] Lamprecht, en el artículo citado, p. 247, después de haber comparado las evoluciones artística, religiosa y económica de la Alemania medieval, y después de haber demostrado que todas ellas pueden dividirse en períodos de la misma duración, explica las transformaciones simultáneas de los diferentes usos e instituciones de una sociedad dada mediante las transformaciones del «alma social» colectiva. Esto no es sino otra forma de la misma hipótesis.
- Los historiadores de la literatura, que comenzaron buscando la conexión entre las artes y el resto de la vida social, dieron así el primer lugar a la cuestión más difícil.
- [216] Para las épocas anteriores, consúltense las buenas historias de la literatura griega, romana y medieval, que contienen capítulos consagrados a los "historiadores". Para el período moderno, consúltese la Introducción de M. G. Monod al vol. i de la Revue historique; la obra de F. X. v. Wegde, Geschichte der deutschen Historiographie (1885), se refiere únicamente a Alemania y es mediocre. Ciertas "Notas sobre la historia en Francia en el siglo XIX" han sido publicadas por C. Jullian como Introducción a sus Extraits des historiens français du xixe siècle (París, 1897, 12mo). La historia de la historiografía moderna está aún por escribir. Véase el ensayo parcial de E. Bernheim, Lehrbuch, págs. 13 sqq.
- [217] Sería interesante averiguar cuáles son los primeros libros impresos provistos de notas a la moderna usanza. Los bibliófilos a quienes hemos consultado no saben decirlo, ya que su atención nunca se había centrado en este punto.
- [218] Es evidente que los métodos románticos empleados con el fin de obtener efectos de color local y «revivir» el pasado, a menudo pueriles en manos de los escritores más capaces, resultan del todo intolerables cuando los utiliza cualquier otro. Véase un buen ejemplo (crítica de un libro de M. Mourin por M. Monod) en la Revue Critique, 1874, ii, págs. 163 sqq.
- [219] Es un lugar común, y a la vez un error, sostener exactamente lo contrario de lo anterior, a saber, que las obras de los eruditos críticos perduran, mientras que las obras de los historiadores envejecen, de modo que los eruditos adquieren una reputación más sólida que los historiadores: «El padre Daniel ya no se lee, y el padre Anselme siempre se lee». Pero las obras de los eruditos también envejecen, y el hecho de que no todas las partes de la obra del padre Anselme hayan sido superadas todavía (por eso se le sigue leyendo) no debe engañarnos: la gran mayoría de las obras escritas por eruditos, al igual que las de los investigadores de las ciencias propiamente dichas, son provisionales y están condenadas al olvido.
- [220] Es en vano que los interesados profesionalmente intenten engañarse en este punto; no todo en el pasado es interesante. «Supongamos que escribiéramos la vida del duque de Angulema», dice Pécuchet. «¡Pero si era un imbécil!», contesta Bouvard; «No importa; los personajes de segundo orden suelen tener una influencia enorme, y tal vez pudo controlar el curso de los acontecimientos».—G. Flaubert, Bouvard et Pécuchet, p. 157.
- [221] Como las personas de capacidad moderada tienen tendencia a preferir temas insignificantes, existe una competencia activa en el tratamiento de tales temas. A menudo tenemos ocasión de observar la aparición simultánea de varias monografías sobre el mismo asunto. No es raro que el tema carezca en absoluto de importancia.
- [222] No siempre es posible tratar temas interesantes para monografías: los hay que el estado de las fuentes hace totalmente inviables. Por esta razón los principiantes, incluso aquellos que tienen talento, experimentan tanta perplejidad al elegir los temas para sus primeras monografías, cuando no les ayuda un buen consejo o la buena fortuna, y a menudo se pierden intentando lo imposible. Sería muy riguroso, y muy injusto, juzgar a alguien por la lista de sus primeras monografías.
- [223] En la práctica, conviene dar al principio una lista de las fuentes utilizadas en el conjunto de la monografía (con la información bibliográfica adecuada en cuanto a las obras impresas, y en el caso de los manuscritos, una mención de la naturaleza de los documentos y de sus signaturas); además, cada afirmación específica debe ir acompañada de su prueba: debe citarse el texto exacto del documento de apoyo, si es posible, para que el lector esté en condiciones de verificar la interpretación; de lo contrario, debe darse un análisis del mismo en una nota, o, al menos, el título del documento, con su signatura, o con una indicación precisa del lugar donde fue publicado. La regla general es poner al lector en condiciones de conocer las razones exactas por las cuales se han adoptado tales o cuales conclusiones en cada etapa del análisis. Los principiantes, que se parecen a los autores antiguos en este aspecto, naturalmente no observan todas estas reglas. Frecuentemente, en lugar de citar el texto o los títulos de los documentos, se refieren a estos por su signatura, o por el título de la colección general en la que están impresos, de lo cual el lector no puede deducir nada sobre la naturaleza del texto aducido. El siguiente es otro error de la especie más burda, y sin embargo de frecuente ocurrencia: los principiantes, y las personas de poca experiencia, no siempre comprenden por qué se ha introducido la costumbre de insertar notas a pie de página; al pie de las páginas de los libros que tienen ven una franja de notas; creen que están obligados a franjear sus propios libros de la misma manera, pero sus notas son adventicias y puramente ornamentales; no sirven ni para exhibir la prueba ni para permitir al lector verificar las afirmaciones. Todos estos métodos son inadmisibles y deben ser rigurosamente denunciados.
- [224] Casi todos los principiantes tienen una desafortunada tendencia a perderse en digresiones superfluas, a acumular reflexiones y datos informativos que no guardan relación con el tema principal; si reflexionaran, reconocerían que las causas de esta tendencia son el mal gusto, una especie de vanidad ingenua y, a veces, la confusión mental.
- [225] Nos encontramos con declaraciones como la siguiente: «Estoy familiarizado desde hace tiempo con los documentos de este período y de esta clase. Tengo la impresión de que tales o cuales conclusiones, que no puedo demostrar, son verdaderas». Una de dos: o el autor puede dar las razones de su impresión, y entonces podemos juzgarlas, o no puede darlas, y podemos suponer que no tiene ninguna de un valor serio.
- [226] Esta diferencia tiene tendencia a desaparecer. Las más recientes colecciones alfabéticas de hechos históricos (la Realencyclopædie der classischen Altertumswissenschaft de Pauly-Wissowa, el Dictionnaire des antiquités de Daremberg y Saglio, el Dictionary of National Biography de Leslie Stephen y Sidney Lee) están provistas de un aparato suficientemente amplio. Es principalmente en los diccionarios biográficos donde la costumbre de no dar pruebas tiende a persistir; véase la Allgemeine deutsche Biographie, etc.
- [227] Revue Critique, 1874, i. p. 327.
- [228] Todavía persiste la costumbre de añadir a las «historias», es decir, a las narraciones de acontecimientos políticos, resúmenes de los resultados obtenidos por los historiadores especiales del arte, la literatura, etc. Una «Historia de Francia» no se consideraría completa si no contuviera capítulos sobre la historia del arte, de la literatura, de las costumbres, etc., en Francia. Sin embargo, no es la exposición sumaria de las evoluciones particulares, descrita de segunda mano a partir de las obras de los especialistas, lo que ocupa su lugar propio en una «Historia» científica; es el estudio de aquellos hechos generales que han dominado las evoluciones particulares en su conjunto.
- [229] Cuesta imaginar en qué pueden convertirse los resultados más interesantes y mejor consagrados de la crítica moderna en manos de divulgadores negligentes y poco hábiles. Las personas que más saben de estas posibilidades son aquellas que tienen ocasión de leer las «composiciones» improvisadas de los candidatos en los exámenes de historia: los defectos corrientes de la divulgación inferior se llevan aquí a veces hasta un extremo absurdo.
- [230] V. supra, p. 266.
- [231] Hemos hablado antes del elemento de subjetividad que es imposible eliminar de la construcción histórica, y que ha sido malinterpretado hasta el punto de negarle a la historia el carácter de ciencia: este elemento de subjetividad que preocupaba a Pécuchet (G. Flaubert, Bouvard et Pécuchet, p. 157) y a Sylvestre Bonnard (A. France, Le crime de Silvestre Bonnard, p. 310), y que hace decir a Fausto: "Die Zeiten der Vergangenheit Sind uns ein Buch mit sieben Siegeln. Was ihr den Geist der Zeiten heisst, Das ist im Grund der Herren eigner Geist, In dem die Zeiten sich bespiegeln." [«Los tiempos pasados son para nosotros un libro con siete sellos. Lo que llamáis espíritu de los tiempos es en el fondo vuestro propio espíritu, en el cual los tiempos se reflejan».—Goethe, Faust, i. 3.]
- [232] Un dicho atribuido a un "profesor de la Sorbona" por M. de la Blanchère (Revue Critique, 1895, i, p. 176). Otros han declamado sobre el tema de que el conocimiento de la historia es pernicioso y paraliza. Véase F. Nietzsche, Unzeitgemässe Betrachtungen, II. Nutzen und Nachtheil der Historie für das Leben, Leipzig, 1874, 8vo.
- [233] La historia y las ciencias sociales son mutuamente dependientes; progresan en líneas paralelas mediante un intercambio continuo de servicios. Las ciencias sociales proporcionan un conocimiento del presente, requerido por la historia con el fin de representar los hechos y razonar a partir de los documentos. La historia aporta la información sobre las evoluciones que es necesaria para comprender el presente.
- [234] La misma institución ha sido adoptada en los países de habla alemana bajo el nombre de Leitfaden (hilo conductor), y en los países de habla inglesa bajo el nombre de Text-book.
- Debemos hacer una excepción con el Précis de l'histoire moderne de Michelet, y hacerle justicia a Duruy reconociendo que en sus libros escolares, incluso en las primeras ediciones, se ha esforzado, a menudo con éxito, por hacer que sus relatos sean a la vez interesantes e instructivos.
- [236] Para una crítica de este método, véase más arriba, p. 265.
- [237] El relato más completo, y probablemente el más exacto, del estado de la enseñanza secundaria de la historia tras las reformas ha sido dado por un español, R. Altamira, La Enseñanza de la historia, 2ª edición, Madrid, 1895, 8vo.
- [238] Nos ocupamos aquí únicamente de Francia. Pero, para disipar una ilusión del público francés, podemos señalar que la pedagogía histórica está aún menos avanzada en los países de lengua inglesa, donde los métodos utilizados siguen siendo mecánicos, e incluso en los países de lengua alemana, donde se ve obstaculizada por la concepción de la enseñanza patriótica.
- [239] He procurado, en un curso de conferencias en la Sorbona, hacer una parte de esta obra.—[Ch. S.]
- [240] Consígnese, sin embargo, que a la pregunta formulada a los candidatos al Bachillerato moderno en julio de 1897: «¿Para qué sirve la enseñanza de la historia?», el ochenta por ciento de los candidatos respondió, en esencia, ya porque lo creían, ya porque pensaban que eso complacería: «Para fomentar el patriotismo».—[C. V. L.]
- [241] Esto es lo que se ha producido en Alemania bajo el nombre de Quellenbuch.
- [242] La misma teoría pedagógica se encontrará en el prefacio de mi Histoire narrative et descriptive des anciens peuples de l'Orient, Suplemento para uso de los profesores, París, 1890, en 8.º.—[Ch. S.]
- [243] He tratado esta cuestión en la Revue universitaire, 1896, vol. i.—[Ch. S.]
- [244] Sobre la organización de la enseñanza superior en Francia en esta época y sobre las primeras reformas, véase la excelente obra de M. L. Liard, l'Enseignement supérieur en France, París, 1888-94, 2 vols. en 8.º.
- [245] E. Lavisse, Questions d'enseignement national, p. 12.
- [246] Véase supra, p. 55.
- [247] Revue historique, lxiii. (1897), p. 96.
- [248] Véase la Revue internationale d'enseignement, feb. de 1893; la Revue universitaire, jun. de 1892, oct. y nov. de 1894, jul. de 1895; y el Political Science Quarterly, sep. de 1894.
- [249] Revue historique, l.c. p. 98. He desarrollado en otra parte lo que aquí me he limitado a exponer. Véase la Revue internationale de l'enseignement, nov. de 1897.—[C. V. L.]