y la debida al mero placer de destruir, surgió la desafortunada idea de que las colecciones podían escardarse sistemáticamente, conservando únicamente aquellos documentos que fueran «interesados» o «útiles», y deshaciéndose del resto. La tarea de la escarda fue encomendada a hombres bienintencionados pero incompetentes y desbordados de trabajo, a quienes se indujo así a cometer estragos irreparables en nuestros antiguos archivos.
En la actualidad hay trabajadores dedicados a la tarea —una que exige una cantidad extraordinaria de tiempo, paciencia y cuidado— de restaurar las colecciones desmembradas y de volver a colocar los fragmentos que entonces fueron aislados de manera tan brutal por estos fervorosos pero irreflexivos manipuladores de documentos históricos.
Hay que reconocer, además, que las mutilaciones debidas a la actividad revolucionaria y a los coleccionistas prerrevolucionarios son insignificantes en comparación con aquellas que son el resultado de accidentes y de la labor destructiva del tiempo.
Pero de haber sido diez veces más graves, habrían sido sobradamente compensados por dos ventajas de primera importancia, en las que no podemos insistir demasiado: (1) la concentración, en un número relativamente pequeño de depósitos, de documentos que antes estaban dispersos y, por decirlo así, perdidos en cien lugares diferentes; (2) la apertura de estos depósitos al público. El remanente de documentos históricos que ha sobrevivido a los efectos destructivos de los accidentes y del vandalismo se encuentra ahora por fin a buen resguardo, clasificado, accesible y tratado como