El sábado por la tarde hicimos un breve trayecto en tren y luego marchamos cuatro millas fáciles hasta un pueblo llamado La Chaussée. Veinticuatro horas de descanso y un afeitado habían obrado el milagro de costumbre en las tropas (la recuperación psicológica era un problema cuya existencia nadie tenía tiempo de reconocer) y ahora estábamos lejos de la Línea durante al menos quince días. Era una tarde dorada y polvorienta, y el camino nos condujo a través de un apacible campo verde. Tal vez sea engañosamente armoniosa esa estampa retrospectiva del Batallón marchando con paso ligero por una carretera poco transitada, al final de una tarde de julio, con el coronel Kinjack cabalgando con cierta distracción al frente, o deteniéndose para vernos pasar —con el rostro pensativo e indulgente y expresando algo del orgullo y la satisfacción que sentía—.
Así seguirá, pensé; adentro y afuera, adentro y afuera, hasta que algo me pase a mí. Habíamos venido por el mismo camino en enero pasado. Solo cinco oficiales de aquel grupo iban con nosotros ahora: no muchos de ellos habían muerto, pero se habían «desvanecido» de un modo u otro, y mi conciencia de esto creaba una engañosa sensación de «los viejos buenos tiempos».
Ayer por la tarde me enteré de que habían matado a Cromlech allá arriba, en High Wood. Esta noticia me había dejado estupefacto, pero el dolor aún no había empezado a hacerse sentir, y no había tiempo libre para el duelo personal cuando el Batallón se estaba preparando para volver al Descanso Divisional. Haber pensado en Cromlech habría sido calamitoso.
«Es una faena lo del pobre viejo “Cuellilargo”», fue el único comentario que Durley, Dottrell y los demás se permitieron.
Y, al fin y al cabo, no era el único que había colgado los hábitos últimamente.
Resultaba extraño cómo los hombres parecían dar su victimización por sentada.
Adentro y afuera; adentro y afuera; cantando y silbando, la columna se balanceaba frente a mí, de una longitud muy similar a la de costumbre, pues habíamos tenido menos de un centenar de bajas allá arriba, en Bazentin.
Pero era un sálvese quien pueda, y el efecto colectivo era optimista y sereno.
Un editor londinense que condujera por la carretera en un coche oficial habría comentado que la moral de las tropas era asombrosa. Y así era.
Pero de algún modo los periodistas siempre mantenían las realidades espantosas de la guerra fuera de sus artículos, ya que resultaba antipatriótico mostrar amargura, y se daba por sentado que los muertos eran gloriosamente felices.
Sin embargo, de nada servía preocuparse por todo aquello; yo formaba parte del Batallón, y ahora tenía que ocuparme de instalar a los hombres en los alojamientos.
Algunos australianos se habían alojado en los cuarteles de La Chaussée y (si me perdonan que lo diga) los habían dejado en muy mal estado.
La higiene se había descuidado, y los habitantes se quejaban furiosamente de que sus muebles se habían utilizado como leña.
Me pregunto si los australianos habrán dejado algo más. Pues algunos de ellos habían estado en Galípoli, y es posible que los gérmenes de la disentería formaran parte del legado que nos dejaron.
El hecho es que me desperté el lunes por la mañana sintiéndome lejos de estar bien y, tras un esfuerzo mecánico por ir a formar bajo un resplandor de luz solar, me refugié en el cavernoso dormitorio que ocupaba a solas.
Sintiéndome cada vez peor, por la noche recordé que poseía un termómetro, el cual se me había entregado cuando era oficial de transporte. Nunca le había tomado la temperatura a ninguno de los caballos, pero ahora experimenté temblorosamente conmigo mismo.
Cuando vi que indicaba 105° [40,5 °C], decidí que el aparato estaba descompuesto; pero a la mañana siguiente me di cuenta confusamente de que Flook había ido a buscar al médico, y por la tarde me encontraba, de manera increíble, en el Hospital de Nueva Zelanda, que estaba en un edificio antiguo y sólido en el centro de Amiens.
Las ventajas de estar enfermo eran más que evidentes.
Despierto en la amplia y alta sala en mi cuarta noche, era consciente de que me sentía bastante agotado, pero mucho mejor; casi demasiado bien, de hecho.
Esa tarde mi temperatura había sido normal, lo que me recordó que este paso del servicio activo al invalidismo era una experiencia psicológica aguda. La puerta de la salvación estaba entreabierta, y aunque un imparcial médico neozelandés decidía el destino de uno, existía el impulso, nada antinatural, de luchar por la propia vida en lugar de contra los alemanes.
Hace menos de dos semanas había estado sentado en una tienda de campaña albergando nobles pensamientos sobre compartir las adversidades de mis camaradas fusileros. Pero esa defensa emocional ya no serviría ahora, y las indescriptibles palabras «ingeniármelas para volver a casa» se abrieron paso obstinadamente hacia el primer plano, respaldadas por una multitud de excusas de aire satisfecho.
Durley y el Ayudante habían ido a verme esa tarde; habían bromeado conmigo sobre lo bien que tenía aspecto. Mientras estuvieron conmigo había hablado de volver dentro de unos días, y de verdad me había sentido con ganas de hacerlo. Pero se llevaron mi fortaleza con ellos, y ahora preveía que otra noche de descanso me haría parecer indecorosamente sano para un hombre en un hospital.
«Supongo que todos pensarán que estoy escaqueándome», pensé.
Dándole vueltas a los últimos meses en la cabeza, argumenté conmigo mismo que había hecho todo lo que se esperaba de mí.
«Oh, Dios —recé—, ¡haz que me manden a la Base!».
(¿Con qué frecuencia se susurraría esa súplica durante la guerra?)
Hoy había visto el nombre del joven Allgood en la lista de bajas, una noticia que había cerrado de golpe la puerta a mis cuatro semanas en la Escuela del Ejército y me había provocado una pena secundaria, pues ya me sentía bastante desgraciado por lo de mi amigo Cromlech. Me compadecí a mí mismo por lo de Allgood, ya que le tenía cariño. Pero él no era más que uno entre los miles de jóvenes prometedores que habían pasado a mejor vida desde el 1 de julio. Tarde o temprano, a mí probablemente también me matarían.
Una ráfaga de viento agitó las cortinas, empujándolas hacia adentro desde los altos ventanales con un suspiro crujiente. El viento venía de la dirección del Somme, y podía oír el lejano sordo estruendo de los cañones.
Todos en la sala parecían estar dormidos, excepto el muchacho cuya cama tenía biombos alrededor. Los biombos eran rojos y una luz brillaba a través de ellos. Desde que lo habían traído, no había dejado de llamar a la enfermera de guardia.
A lo largo del día, esto le había ido poniendo los nervios de punta a todo el mundo, pues la sala ya estaba llena de suspiros y gemidos incontrolables. Una vez había alcanzado a ver de reojo su rostro blanco y sus ojos miserables.
Fuera cual fuese el tipo de herida que tuviera, le estaba sacando el mayor partido posible, había sido la opinión del hombre a mi lado (que ya tenía él mismo más de lo que quería, en ambas piernas). Pero debía de estar verdaderamente mal, pensé ahora, mientras la enfermera jefa volvía a salir de detrás del biombo.
Su voz continuaba en el tono bajo, rápido y uniforme del delirio. A veces podía entender lo que decía, turbado, desdichado y quejumbroso. Tenía a alguien llamado Dicky en la cabeza y no paraba de llamarlo a gritos.
«¡No salgas, Dicky; tiran a matar!». Y luego: «Maldito Bosque... ¡Dicky, idiota, no salgas!». Toda la crueldad de los ataques del Somme estaba en ese delirio; toda la oscuridad y la temible luz del día.
Observé a la enfermera regresar con un médico de bata blanca; el biombo resplandeció de manera reconfortante; pronto la voz inquietante se volvió inaudible y me quedé dormido.
A la mañana siguiente las mamparas habían desaparecido; la cama estaba vacía y lista para otra persona.
No ese día, sino al siguiente, mi súplica al Todopoderoso fue puesta a prueba. El médico pasó por la sala en su alegre visita matutina. Al llegar a mi cama me preguntó cómo me sentía.
Lo miré fijamente, incapaz de afirmar que me sentía enfermo y poco dispuesto a admitir que me sentía bien. Afortunadamente, no esperaba respuesta.
—Bueno, tendremos que trasladarlo —dijo con una sonrisa; y antes de que mi corazón tuviera tiempo de latir de nuevo, se dirigió a la enfermera—: Anótelo para el tren de la tarde.
La enfermera tomó nota y mi mente exclamó un Magníficat espontáneo. Ahora, con un poco de suerte, pensé, pasaré un par de semanas en uno de esos hospitales de la costa, en Étretat o Le Tréport, probablemente. La idea de leer un libro junto al mar era celestial. Nadie podría reprocharme eso, y estaría de vuelta con el Batallón a finales de agosto, si no antes.
En mi precipitada salida de mi alojamiento en La Chaussée, algunas de mis pertenencias se habían quedado atrás, y el bueno de viejo Flook me las había traído al hospital al día siguiente.
Había entrado pisando con torpe timidez para depositar el hatillo de baratijas junto a mi cama, anunciando en voz baja y ronca: «Traigo el material», y diciéndome que los muchachos de la compañía C esperaban verme de regreso pronto.
De algún modo, Flook, con su tosca y sincera devoción, me había parecido mi vínculo más fuerte con el Batallón.
Cuando le apreté la mano y me despedí, me guiñó un ojo y me aconsejó, confidencialmente, que no tuviera demasiada prisa por volver. Un buen descanso no me haría mal, dijo; pero mientras se alejaba de puntillas me pregunté cuándo tendría él mismo unas vacaciones, y si alguna vez regresaría a su cabina de señales en el ferrocarril.
Los detalles de mi viaje a la Base fueron los siguientes.
- En primer lugar, me bajaron con cuidado por las escalera en una camilla (aunque fácilmente habría podido caminar hasta la ambulancia, o incluso hasta la estación de ferrocarril, de habérseme exigido tal esfuerzo).
- Luego la ambulancia me llevó a Corbie, y desde allí el tren (con 450 heridos a bordo) traqueteó tranquilamente hasta Ruan; hicimos las sesenta millas en diez horas, y a las dos de la madrugada me llevaron en camilla al Hospital de la Cruz Roja n.º 2.
Recuerdo aquel hospital en particular con afecto. Por la mañana vino un médico afable que me echó un vistazo. «Bueno, muchacho, ¿qué te pasa?», preguntó. «Lo llaman enteritis», respondí con una sonrisa vaga. Tenía un periódico en la mano mientras echaba un vistazo a la hoja clínica detrás de mi cama. Mi nombre hizo que consultara The Times. «¿Eres tú?», preguntó. Y efectivamente, mi nombre estaba allí, en una lista de Cruces Militares que casualmente había salido ese día.
El médico me dio una palmada en el hombro y me comunicó que al día siguiente cruzaría a Inglaterra. La buena suerte me había «conseguido un regreso a casa».
Todavía hoy no puedo pensar en aquel momento sin creer que formé parte de uno de los pequeños milagros de la Gran Guerra. Pues estoy seguro de que me habría quedado en Ruan si aquel médico observador y bondadoso no hubiera reparado en mi nombre entre los condecorados.
Y, en tal caso, habría vuelto con el Batallón justo a tiempo para sus operaciones en el bosque de Delville, lo cual bien podría haber hecho que mi nombre figurara en el monumento a los caídos de la localidad de Butley.
El Buque Hospital salió de Ruan hacia el mediodía. Mientras navegábamos río abajo por el Sena con buen tiempo, me quedé mirando el paisaje a través de una tronera con un sentimiento de gratitud distinto a cualquiera que hubiera conocido antes. Me habían colocado una etiqueta; he conservado esa etiqueta, y la tengo en la mano izquierda mientras escribo estas palabras. Lleva la marca del Formulario del Ejército W 3083, aunque por su forma y material es una etiqueta de equipaje civil corriente. Está sellada con las palabras Lying Train and Ship en letras azules, con Sick P.U.O. al otro lado. En el barco, mi mente ociosa se preguntaba qué significaba «P.U.O.». Debe de haber, pensé, alguna enfermedad que empiece por P. Quizás fuera «Polipipsis de origen desconocido». Entre Ruan y Havre ideé varias soluciones débilmente cómicas, como «Perfectamente undamaged officer» [Oficial perfectamente intacto]. Pero mi elección final fue «Poorly until October» [Indispuesto hasta octubre].
Al mediodía del día siguiente llegamos a Southampton.
Nada podría ser mejor que esto, pensé, mientras me trasladaban inmerecidamente del barco al tren; y no pude encontrarle tacha a los tranquilos campos de maíz y a los apacibles bosques de Hampshire en esa soporífera tarde de agosto.
Al principio supuse que íbamos camino de Londres; pero cuando el viaje dio muestras de ser transversal, preferí que no me dijeran adónde íbamos.
Tendido, contemplé con deleite Inglaterra. Unas gentes pacíficas y caseras saludaban al Tren de la Cruz Roja, deteniéndose para verlo pasar. Era agradable pensar que había estado luchando por ellas, aunque lo que hubiera hecho exactamente para ayudarlas resultara difícil de definir.
Un anciano, que pedaleaba por un camino polvoriento con un traje azul oscuro y sombrero de paja, retiró una mano del manillar para saludar con una gratitud efusiva. Todo parecía feliz y hogareño. Me libré de la idea de la muerte y de aquella otra cosa que me había acosado, el pavor a quedarse ciego.
Cerré unos ojos satisfechos, me entró somnolencia y desperté para hallarme en Oxford. A las cinco en punto estaba en una pequeña habitación blanca en la planta baja del Somerville College.
Al escuchar el tranquilo tañido de las campanas de Oxford y a alguien tocando melodiosamente el piano al otro lado del césped, con una franja de altos castaños meciéndose contra el cielo azul, susurré la palabra «Paraíso». ¿Me lo había ganado? Estaba demasiado agradecido como para importarme.