Cualesquiera que hayan sido mis sentimientos personales después de la conferencia del mayor, a la mañana siguiente me vi practicando el combate a bayoneta corta. Todo formaba parte de las tareas del día; estocadas cortas, estocadas largas, paradas, golpes, además de la siempre recordada importancia de «una retirada rápida».
Saltar los obstáculos de la pista de combate y acuchillar sacos de paja era un ejercicio saludable; el admirable sargento instructor era educado y poco intimidante, y como no quería que me tomara por un oficial inútil, hice todo lo posible por volverte competente.
Obviamente, habría sido tanto inútil como poco oportuno moralizar sobre el combate a bayoneta en una Escuela del Ejército.
Hay una sensación de felicidad recuperada en el reflejo que alcanzo a ver de mí mismo saliendo por la puerta de mi cabaña con un rifle al hombro.
No había nada malo en la vida aquellas mañanas espléndidas en que el aire olía tan fresco y mi cuerpo era joven y vigoroso, y me apresuraba por el camino blanco, a lo largo de la calle vacía, y subía la colina hacia nuestro campo de entrenamiento.
Yo era como un muchacho que iba a la escuela temprano, salvo que no sonaba ninguna campana, y en vez de Tucídides o Virgilio, llevaba un fusil. Olvidando, por un momento, que estaba en el Frente para que me dispararan, casi podía felicitarme por tener unas vacaciones en Francia sin pagar por ellas.
También recuerdo cómo una tarde fui a darme un baño caliente en la hilandería de yute. El agua fue vertida en una tina de tinte.
Recordar que me bañé puede no ser de gran interés para nadie, pero fue un buen baño, y es mi propia historia la que intento contar, y como tal debe ser recibida; aquellos que esperen una universalización de la Gran Guerra deben buscarla en otra parte. Aquí solo encontrarán un intento de mostrar su efecto en un joven de mentalidad más bien solitaria.
Por entonces tenía la tranquila certeza de que la Fuerza Expedicionaria Británica en Francia era un asunto próspero. Ya he señalado que los oficiales y suboficiales de la Escuela personificaban una masa resuelta de material intacto; igualmente impresionante era la abundancia equina que observé una tarde cuando nos dirigíamos a una «demostración» en la Escuela de Bombardeo del Ejército.
Cientos de caballos de tiro ligeros y pesados estaban formados a lo largo de un camino para una inspección del Comandante en Jefe (una presencia corpórea que la mente de la infantería no podía imaginar fácilmente). Los caballos, unidos a sus respectivos vehículos y relucientes con sus pelajes de verano, ofrecían una estampa de tersura y fuerza. Eran de todas clases y tamaños, pero su potencia y compacidad resultaban uniformes. La caballada de Inglaterra estaba allí con cada hebilla de sus arneses lustrada.
No había muchas mulas entre ellos, pues las mulas solían estar con la Artillería, y este era un desfile de primera del Cuerpo de Intendencia del Ejército, evidentemente el clímax de varias semanas de preparación. Ojalá hubiera podido pasar la tarde inspeccionándolos; pero yo no era más que un subteniente, y el autobús me llevó adelante para estudiar explosiones y nubes de humo, y para escuchar una conferencia sobre el empleo táctico de la bomba Mills.
Noticias del Batallón llegaron por medio del Intendente, a quien le había enviado una relación de mi existencia cómoda y sin sobresaltos.
Dottrell escribió que las cosas habían estado tranquilas en la Línea, pero me aconsejó que aprovechara al máximo mi cura de reposo, añadiendo que siempre había notado que cuanto más te alejabas de la primera línea, más te alejabas de la guerra.
De acuerdo con mis instrucciones, estaba avanzando a buen ritmo con la caja de arenques ahumados (que la tía Evelyn me mandaba dos veces al mes); idem con la crema de Devonshire, aunque parte de ella no había resistido bien el viaje.
Su carta me puso en el estado de ánimo adecuado para regresar a los turnos de trincheras, aunque me pesaría decir adiós al joven Allgood, con quien pasaba la mayor parte de mi tiempo libre.
Allgood era callado, reflexivo y aficionado a observar aves. Habíamos ido a la misma escuela pública, aunque nos llevaban casi diez años de diferencia.
Me contó que esperaba ser historiador, y lo escuché respetuosamente mientras hablaba de los romanos en la Bretaña antigua, que era su tema favorito. Era fácil imaginarlo como estudiante universitario en Cambridge; viajando por Alemania durante las vacaciones largas y obteniendo un buen título.
Pero su título se había aplazado indefinidamente. Dijo que siempre había querido ir a Alemania, y el comentario no parecía incongruente; por un momento olvidé que cada alemán que matábamos era un punto a nuestro favor.
Allgood nunca se quejó de la guerra, pues era un alma apacible, dispuesta a cumplir su parte en ella, aunque obviamente no era apto para el homicidio. Pero en su rostro había una expresión de melancolía velada, como si interiormente le advirtieran que jamás volvería a ver su hogar en Wiltshire.
Un par de meses después vi su nombre en una de las largas listas de muertos, y me pareció que lo había estado esperando.
Nuestro último día en la Escuela fue caluroso y sin nubes.
Por la mañana, generales ingleses y franceses llegaron en sus coches; debían de ser unos cien; aquello se parecía bastante a un ejército de tíos en uniforme el día de la entrega de premios. Como es natural, no hubo premios. Pero hicimos todo lo posible por demostrarles lo eficientes que éramos corriendo por equipos en la pista de obstáculos y acuchillando los sacos de paja. También competimos en la colocación rápida y precisa de estacas de rosca y alambre de espino.
Nuestros esfuerzos terminaron con un desfile ante el comandante del ejército, tras el cual rompimos filas para presenciar la explosión de dos pequeñas minas. La tierra y la tiza se alzaron hacia el cielo azul, el suelo vibró y se oyó un ruido parecido al de una tormenta de lluvia enloquecida, provocado por el descenso zumbante de terrones y piedras y el silbido de las partículas más pequeñas. Por último, una fuente de humo sucio brotó y se alejó de los escombros, y los generales se retiraron a almorzar al château blanco; y allí, esperemos que se aflojaran el cinturón un par de agujeros y se permitieran un poco de relajación tras el esfuerzo intelectual.
Allgood dijo que le parecía que los generales franceses tenían aspecto de ser mucho más inteligentes que los británicos; pero yo le contesté que debían de ser más listos de lo que aparentaban y que, de todos modos, todos llevaban un montón de cintas de condecoraciones.