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nydus/Memoirs of an Infantry OfficerPublic
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II

En Oxford vivía el señor Farrell, un viejo amigo de la tía Evelyn. Unos años antes de la guerra había vivido cerca de Butley, y ahora vino a hacerme una visita de tarde al Hospital, donde yo estaba reclinado bajo un árbol en el césped, manteniendo aún las apariencias de oficial convaleciente. Se sentó a mi lado y conversamos con cierta dificultad sobre la tía Evelyn y su vecindario. Era irlandés y de conversación locuaz, pero parecía haber perdido gran parte de su vivacidad anterior. Noté que tenía cuidado de mantener la conversación con seguridad a este lado del Canal, probablemente por consideración a mis sentimientos, aunque a mí no me habría importado cantarle las cuarenta sobre el Somme. El señor Farrell era un funcionario jubilado y una autoridad en expedientes militares. Había escrito las biografías de varios generales famosos y una historia oficial del Motín de la India. Pero no mostró curiosidad alguna por las operaciones militares del momento. Tenía más de setenta años, y su rostro estaba apagado y fatigado mientras hablaba de las restricciones de alimentos en Inglaterra. «El azúcar empieza a escasear —comentó—, pero eso a mí no me afecta; mi médico me prohibió el azúcar hace varios años». Miré sus dientes notablemente marrones y luego desvié la mirada como si pudiera leer mis pensamientos, pues recordaba cómo la tía Evelyn solía regañarme por llamarlo «dientes de azúcar»; sus descuidados dientes se parecía en verdad a terrones de azúcar remojados en té.⁠ ⁠…

¡El viejo y querido señor Farrell, con su corbata roja y el anillo de camafeo alrededor, y su cabello plateado y su bigote desaliñado y manchado de tabaco!

Mientras su gran figura se alejada con torpeza por el césped, pensé que su ropa le había quedado grande, aunque siempre la había usado bastante holgada. ¿Sería posible que la gente escrupulosa en la retaguardia estuviera adelgazando mientras los soldados engordaban con sus buenas raciones en el Frente? Empecé a sospechar que Inglaterra ya no era exactamente lo que solía ser.

Pero mi mente pronto derivó indolentemente hacia el pasado que el veterano historiador militar había traído consigo al jardín del colegio universitario.

Recordaba las tardes de verano en que, siendo un niño pequeño, oía desde la cama, en el piso de arriba, el murmullo de las voces abajo en el salón, donde la tía Evelyn charlaba después de cenar con el señor Farrell y el capitán Huxtable, que habían cruzado los campos desde Butley al atardecer.

A veces bajaba de puntillas las escaleras y escuchaba junto a la puerta (con la esperanza, más bien, de oírles decir algo halagador sobre mí), pero casi siempre hablaban por los codos de política o de la India. El señor Farrell había estado en la India durante muchísimo tiempo, y el capitán Huxtable también había estado allí; y a la tía Evelyn le encantaba oír hablar de ello.

Cuando íbamos a ver al señor Farrell, solía enseñarnos encantadores libros antiguos con láminas en color de escenas de la India. Qué viejos estrafalarios eran, sorbiendo té y fumando sus puros (que olían bastante bien) y hablando toda esa sarta de tonterías sobre lord Salisbury y su Gobierno. «Je-je-je», se reía el señor Farrell cada vez que terminaba otra de sus graciosas historias, que siempre terminaban con lo que alguien le había dicho a otra persona o cómo se la había devuelto a alguien en su club. Seguían hablando exactamente igual, pasara lo que pasara; incluso si una esfinge de la calavera entraba volando en la habitación, no se alterarían lo más mínimo. Sería divertido, pensé, si disparara mi pistola de percusión fuera de la puerta del salón, solo para darles una sorpresa. Mientras subía de puntillas otra vez a mi cuarto en camisón, me pregunté si alguna vez llegaría a ser así yo mismo.

Al señor Farrell le gustaba jugar al tenis; solía sacar por abajo, sosteniendo la pelota a pocas pulgadas del suelo mientras la golpeaba.⁠ ⁠…

Saliendo de mi ensoñación retrospectiva, sentí que esta guerra había hecho que el pasado pareciera muy extrañado. La gente no era como solía ser, o bien yo había cambiado. ¿Se debía a que había experimentado algo que ellos no podían compartir ni imaginar? El señor Farrell se había mostrado apocado esa tarde, casi como si estuviera hablando con un sobreviviente de un desastre incomprensible. Al mirar a mi alrededor, comencé a sentir el deseo de estar en algún lugar donde no tuvieran que recordarme la Guerra todo el tiempo. Por ejemplo, allí estaba ese hombre alto y bien conservado que empujaba muy despacio a su hijo por el césped en una larga cama con ruedas. El hijo era cetrino y huraño, como era lógico que fuera, habiendo perdido una de sus piernas. El padre era todo solicitud, pero de algún modo dediqué que ambos no se habían llevado demasiado bien antes de la Guerra. Más de una vez había visto al hijo mirar a su padre como si le desagradara. Pero el padre estaba orgulloso de su hijo discapacitado, y lo oí decirle a una de las enfermeras lo magníficamente que el muchacho lo había hecho en el ataque de Gommecourt, mostrándole también una carta, probablemente del coronel del muchacho. Me preguntaba si alguna vez se había permitido descubrir que lo de Gommecourt no había sido más que una masacre de buenas tropas. Probablemente guardaba un mapa de la guerra con banderitas; cuando se informó que el bosque de Mametz había sido capturado, movió una pequeña bandera una pulgada hacia adelante después del desayuno. Para él, el bosque era un pequeño parche verde en un pedazo de papel. Para la División Galesa había sido una pesadilla sangrienta.

… "¿Te molesta mucho el sol aquí, Arthur?" Arthur niega con la cabeza y frunce el ceño mirando al cielo. Entonces el padre, con su barba pulcramente recortada y su elegante chaleco de lino beige, comienza a leerle el último parte de Haig. "Hay pruebas fehacientes de que las fuerzas enemigas desplegadas en el frente de batalla han quedado profundamente conmocionadas por los reiterados éxitos logrados por nosotros y nuestros Aliados..." La voz pausada y culta parlotea sin cesar hasta que la enfermera se acerca radiante con una taza con boquilla para tomar líquidos. "¡Hora de un poco más de caldo de carne!" El alimento se administra bajo la aprobatoria mirada de los padres.

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