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nydus/Memoirs of an Infantry OfficerPublic
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I

Al amanecer del 7 de junio, los británicos comenzaron la batalla de Messines haciendo explotar diecinueve minas de gran tamaño.

Para mí, el día quedó grabado en la memoria por el hecho de almorzar con el director del Unconservative Weekly en su club.

Para cuando crucé aquel imponente edificio, nuestras tropas habían avanzado más de dos millas en un frente de diez millas y una gran cantidad de alemanes habían volado por los aires.

Mañana esta noticia inundaría el mundo de los clubes en una ola de optimismo y los hombres mayores se refulgirían de satisfacción.

Mientras tanto, las perspectivas en el frente ruso no eran nada halagüeñas desde la Revolución; pero un político llamado Kerensky («Camarero, tráigame un vaso grande de oporto claro») parecía estar haciendo todo lo posible por su país y uno solo podía esperar que el ejército ruso se —ejem— mantuviera firme en su puesto y recordara sus obligaciones para con los Aliados y sus Objetivos de Guerra.

Mi almuerzo con el señor Markington fue el resultado de una carta escrita impulsivamente desde Nutwood Manor. La carta contenía un breve resumen de mi servicio en la guerra y la sugerencia de que él debería publicar algo sincero para que la gente en la retaguardia supiera cómo era realmente la guerra. Me ofrecí a proporcionar los detalles que conocía por experiencia propia. El estilo de mi carta era rebuscado, a excepción de una posdata: «Estoy harto de tanta milonga en los periódicos diarios».

Su respuesta fue reticente pero amistosa, y acudí a su club sintiendo que era el portavoz de las tropas en las trincheras. Sin embargo, cuando llegó la oportunidad de la elocuencia altruista, descubrí, con alivio, que no se esperaba nada de eso de mí. El director aceptó la mayor parte de mi espantosa información basándose en la confianza, y yo me quedé muy contento escuchando sus propios comentarios acrecentados sobre los asuntos contemporáneos.

Markington era un hombre cetrino y con gafas, de mirada seria e intransigente y una boca como estirada que parecía haber dejado de encontrar divertidas las necedades humanas. El panorama de la vida pública siempre le había ofrecido copiosas ocasiones para la disensión; la guerra de los bóeres había sido bastante mala, pero esta había proporcionado casi demasiada provocación para su amargura. A pesar de todo esto, no era un hombre intimidante con quien almorzar; al relajarse hacia una humanidad corriente, podía disfrutar de un humor de amplio espectro, y nuestra conversación dio un giro inesperado cuando me animó a contarle algunas anécdotas del ejército que habrían sido censuradas si las hubiera publicado. Sentí un gran afecto por Markington cuando se echó hacia atrás en su silla en un paroxismo de diversión.

La mayor parte de su charla, sin embargo, trató sobre temas más serios, y me hizo sentir que el mundo estaba en condiciones incluso peores de las que mi sencilla mente había sospechado. Cuando le pregunté sobre la duración probable de la guerra, se encogió de hombros. La conclusión más probable que podía prever era una desintegración y colapso graduales de todos los ejércitos. Después de la guerra, dijo, las condiciones en todos los países serían espantosas, y Europa tardaría cincuenta años en recuperarse.

Respecto a lo que yo había sugerido en mi carta, me explicó que si publicaba relatos verídicos de las experiencias de la infantería, su periódico sería suprimido por considerarse perjudicial para el reclutamiento. Los censores siempre estaban al acecho de una excusa plausible para prohibirlo, y ya habían prohibido su circulación en el extranjero.

«A los soldados no se les permite expresar su punto de vista. En tiempo de guerra, la palabra “patriotismo” significa la supresión de la verdad», señaló, mirando fijamente un trocito de queso Stilton en su plato como si este fuera incapaz de estar de acuerdo con otra opinión que no fuera la ultraconservadora.

«Bastantes miembros de mediana edad de este club han estado en el frente», continuó. «Tras una cena en el Cuartel General y un paseo en coche en dirección a las trincheras, pueden hablar y escribir apoyando la guerra con total confianza en sí mismos. Hace cinco años probablemente decían que la civilización moderna había hecho impensable una guerra europea. Pero sus principios son comprables. Una vez que se les ha invitado a visitar el Cuartel General, nunca miran atrás. Su propia autoimportancia es lo único que les importa. Y cualquier mentira es una buena mentira siempre que estimule un odio irracional hacia el enemigo».

Escuchó con sombría satisfacción mis comentarios bastante vagos sobre la incompetencia del Estado Mayor. Le conté que nuestro Segundo Batallón había sido prácticamente aniquilado diez días atrás porque el general de la División había ordenado un ataque imposible contra un objetivo local. La frase «objetivo local» sonaba bien y me hizo sentir que sabía muchísimo del asunto.⁠ ⁠…

De camino al fumadero pasamos junto a un busto placidamente victoriano de Richard Cobden, lo que hizo que Markington lamentara que el hombre en cuestión no estuviera bajo tierra para cantarle las cuarenta al actual Gobierno. Ignorante de la carrera de Cobden, miré fijamente sus patillas de mármol, asentí con gravedad y resolvió en mi interior buscar un par de datos sobre él.

«Si Cobden viviera ahora —dijo Markington—, ¡el Morning Post lo estaría anatematizando como a un derrotista pusilánime! Deberías leer sus discursos sobre el Arbitraje Internacional; ¡un tema no muy popular en estos días!».

Me encontraba gratamente impresionado por lo que me rodeaba, pues el club era la Meca del Partido Liberal. Desde un rincón de la sala de fumadores observé a varios personajes de aspecto distinguido que sorbían café y fumaban puros, y sentí que me hallaba prácticamente en los círculos de la vida pública.

Markington me señaló a algunos políticos liberales cuyos nombres conocía, y en un grupo muy vistoso había un par de novelistas cuyas reputaciones eran tan colosales que apenas podía creer que estuviera pisando la misma alfombra que ellos. Los contemplé con gratitud; además de su eminencia, me habían proporcionado una gran cantidad de entretenimiento, y me habría gustado decirse-lo.

Para Markington, sin embargo, tales celebridades eran algo cotidiano, y estaba más interesado en mis propias sensaciones durante el servicio activo. Un solo ejemplo de mi elocuencia será suficiente.

“La verdad es que estoy casi seguro de que la guerra no parece un espectáculo tan jodidamente asqueroso cuando uno está allí como cuando está de vuelta en Inglaterra. Verás, tan pronto como uno cruza el canal, le da la sensación de que ya no sirve de nada preocuparse —ya sabes a qué me refiero—, es como volver a formar parte de la Máquina, sin nada que hacer salvo jugártela. A partir de ahí uno no puede preocuparse por nada que no sea el Batallón en el que está. Por supuesto, hay que aguantar un montón de incomodidades físicas, y los espectáculos desagradables parecen empeorar cada año; pero aparte de que te bombardeen y todo eso, debo decir que a menudo me he sentido extraordinariamente feliz incluso en las trincheras. Allá fuera es una cosa tras otra, y uno enseguida olvida los malos momentos; probablemente tenga algo que ver con estar tanto al aire libre y hacer tanto ejercicio. … Es solo cuando uno se aleja de todo esto cuando empieza a darse cuenta de lo estúpido y absurdo que es. Lo que siento ahora es que, si esto tiene que continuar, debería haber una razón jodidamente sólida para ello, y no puedo evitar pensar que los que mandan están tomando a las tropas por tontos”.

Maticé estas moderadas observaciones explicando que solo le estaba contando cómo me había afectado a mí personalmente; había tenido bastante suerte, y ahora podía ver la guerra tal como afectaba a los soldados de infantería que lo estaban pasando infinitamente peor que yo jamás—en especial los soldados rasos.

Cuando le pregunté si se estaba intentando alguna negociación de paz, Markington dijo que el nuevo Gobierno ruso le había pedido a Inglaterra, en abril, que declarara definitivamente sus Objetivos de Guerra y publicara los tratados secretos firmados entre Inglaterra y Rusia al principio de la misma. Nosotros nos habíamos negado a declarar nuestras condiciones o a publicar los tratados. «¡Qué maldita bajeza por nuestra parte!», exclamé, y temo que mi reacción instintiva fue un deseo feroz de darle un puñetazo muy fuerte en la nariz (¿a quién, a Lloyd George?). Markington mostraba animadversión hacia la casta militar de todos los países. Dijo que todos los departamentos administrativos de Whitehall intentaban sac ventaja unos a otros, lo que resultaba en desconcierto y despilfarro a una escala sin precedentes. Me dijo que encontraría cosas por el estilo descritas en Guerra y paz de Tolstói, y añadió que, si el soldado raso llegara a expresarse, la guerra no duraría ni un mes. Poco después suspiró y dijo que tenía que volver a la oficina; tenía que escribir su artículo y el periódico entraba en imprenta esa misma tarde. Cuando nos despedimos en Pall Mall, me dijo que siguiera en contacto con él y que no me preocupara por la guerra más de lo inevitable, y yo balbuceé algo acerca de lo muchísimo que me había interesado conocerle.

Mientras me alejaba de Markington, mi mente era un clamor de ideas y frases confusas. Parecía como si, hasta hoy, hubiera estado contemplando la guerra a través de la tronera en el parapeto de una trinchera.

Ahora me sentía tan «al corriente» que quería detener a los desconocidos en la calle y preguntarles si se daban cuenta de que debíamos declarar nuestros objetivos de guerra. Había que advertir a la gente de que (como yo lo habría expresado) se traía algo sucio entre manos a sus espaldas.

Recordaba lo escéptico que había sido el viejo lord Asterisk sobre la redención de la «valiente y pequeña Bélgica» por parte de los Aliados. Y ahora Markington me había informado sombríamente de que nuestros objetivos eran esencialmente adquisitivos; por lo que estábamos luchando era por los pozos petrolíferos de Mesopotamia.

¡Una hermosa y buena estafa habría sido para mí si me hubieran matado en abril por un pozo de petróleo! Pero pronto olvidé que no había tenido conocimiento de la existencia de los pozos de petróleo antes de que Markington me hablara de ellos, y los asimilé convenientemente como parte de mi repertorio probatorio.

Los lectores de mi prosaico relato tal vez se estén preguntando cuándo regresaré a la templada influencia de la tía Evelyn.

En su última carta anunciaba que un zepelín había lanzado una bomba en un huerto a unas seis millas de distancia; también había habido una explosión en las fábricas de pólvora de Dumbridge, pero nadie había salido herido. Sin embargo, Butley era un escenario demasiado bullicioso y pausado para mi estado de ánimo mercurial; así que me quedé en Londres otra quincena, y durante ese periodo mi inquietud mental alcanzó una especie de clímax. De hecho, puedo decir sin temor a equivocarme que mis exasperaciones acumuladas llegaron a su punto crítico; y, como era de esperarse, el punto crítico era yo mismo.

La causa principal de esta tormenta psicológica fue mi charla con Markington, quien no era consciente de su efecto inflamatorio hasta que lo visité en su despacho editorial el lunes posterior a nuestro primer encuentro. Ostensiblemente fui a pedirle consejo; en realidad, a dar rienda suelta a las indignadas emociones que sus declaraciones editoriales habían sacado a la superficie de mi conciencia de forma involuntaria. Fue un caso de inspiración directa; por decirlo así, había recibido la llamada, y el director del Unconservative Weekly me pareció el hombre más indicado para ponerme en el camino más corto hacia el martirio.

Se sentía realmente muy bien, y mientras estuve a solas mis sentimientos me llevaron en volandas sobre un torrente de frases proféticas. Pero cuando estuve dentro de la oficina de Markington (él sentado con los dedos presionados entre sí y mirándome con una curiosidad alerta y luctuosa) mi elocuencia interna se secó y comencé abruptamente:

—Diga, he estado dándole vueltas a todo esto y me he decidido a hacer algo al respecto.

Él se subió las gafas a la frente y se reclinó en su silla.

—¿Quieres hacer algo?

—Sobre la guerra, me refiero. No puedo quedarme de brazos cruzados sin hacer nada. El otro día dijiste que no podías publicar nada que fuera realmente tajante, pero no veo por qué yo no debería hacer algún tipo de declaración —acerca de cómo deberíamos publicar nuestros objetivos de guerra y todo eso, y de que las tropas no saben por qué están luchando. Podría hacer bastante bien, ¿no crees?

Se levantó y se fue a la ventana. La máquina de escribir de una secretaria repiqueteaba en la habitación contigua. Mientras estaba de pie dándome la espalda, pude ver el diminuto tráfico desplazándose de un lado a otro por el puente de Charing Cross y una barcaza bajando por el río bajo la luz del sol. Mi corazón latía con violencia. Sabía que ya no podía dar marcha atrás. Esos pocos momentos parecieron durar mucho tiempo; era consciente de que la corriente de la vida seguía su curso, feliz y tranquila, mientras yo acababa de soltar algo que me alienaba de su aceptación de un hermoso día en el tercer junio de la Gran Guerra.

Volviendo a su silla, dijo:

—Supongo que te habrás dado cuenta de cuáles serían las consecuencias de una acción así para ti.

Le respondí que me importaba un bledo lo que me hicieran con tal de quitarme ese peso de encima.

Se echó a reír, mirándome con un destello de su bondad esencial.

—Hasta donde sé, serías el primer soldado en dar semejante paso, el cual, por supuesto, sería bien recibido por los pacifistas extremistas. Tu servicio en el frente te diferenciaría de los objetores de conciencia. Pero bajo ningún concepto debes hacer este gesto —uno muy hermoso si hablas en serio al respecto— a menos que puedas llevarlo a cabo con eficacia. Una acción así requeriría ser pensada muy detenidamente y, por el momento, te aconsejo que seas sumamente cauto en lo que dices y haces.

Sus palabras me provocaron la incómoda sensación de que tal vez solo estaba haciendo el ridículo; pero esto se mitigó pronto con una resplandeciente sensación de martirio. Me vi a mí mismo «ataviado de súbito fulgor, cual hombre inspirado», y mientras Markington continuaba con sus consejos de prudencia mi resolución se fortaleció hacia su obstinación definitiva.

Tras una mayor reflexión, dijo que el hombre más adecuado para que lo consultara era Thornton Tyrrell.

—Lo conoces de nombre, supongo.

Me vi obligado a admitir que no. Markington me entregó el Who’s Who y comenzó a escribir una carta mientras yo me familiarizaba con los detalles de la síntesis biográfica de Tyrrell, la cual indicaba que era un hueso duro de roer. Para decirlo sin rodeos, era un eminente matemático, filósofo y físico. Como matemático, yo nunca había avanzado mucho más allá de «a cuatro no le puedes quitar seis, a catorce le quitas seis y quedan ocho»; y de las funciones de un físico no sabía más que un gato en una cocina.

—¿Qué tal tipo es en persona? —pregunté dubitativo.

Markington lamió y cerró el sobre de su carta escrita a toda prisa.

—Tyrrell es el personaje más inflexible que conozco. Un cerebro extraordinario, por supuesto. Pero no hace falta que te alarmes por eso; te resultará perfectamente fácil llevarte bien con él. Una charla con él debería clarificar tus ideas. Le he explicado tu situación muy brevemente. Pero, como dije antes, espero que no seas demasiado impetuoso.

Metí la carta en el bolsillo, le di las gracias efusivamente y bajé con sobriedad las escaleras, cruzando la tranquila calle lateral hacia el Strand.

Mientras sopesaba si debía comprar e intentar leer uno de los libros de Tyrrell antes de ir a verle, casi tropiezo con un corpulento mayor general. Era la hora de almorzar y estaba entrando por la puerta del Hotel Savoy.

De mala gana, le saludé. Mientras seguía mi camino, me pregunté qué diría el Ministerio de Guerra si supiera en qué andaba metido.

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