¡Oíd las campanas de alarma, sonoras— Campanas de bronce! ¡Qué historia de terror cuenta ahora su turbulencia! En el sobresaltado oído de la noche ¡Cómo gritan su espanto! Demasiado horrorizadas para hablar, Solo pueden chillar, chillar, Desafinadas, En un clamoroso ruego a la piedad del fuego, En una loca reconvención con el fuego sordo y frenético, Saltando más alto, más alto, más alto, Con un deseo desesperado, Y un empeño resuelto Ahora—ahora de sentarse o nunca, Al lado de la pálida luna. ¡Oh, las campanas, campanas, campanas! ¡Qué historia cuenta su terror De la Desesperación! ¡Cómo retumban, chocan y braman! ¡Qué horror vierten Sobre el pecho del aire palpitante! Y aun el oído conoce bien, Por el tañido, Y el estruendo, Cómo el peligro fluye y refluye; Y aun el oído dice claramente, En el estridente son, Y la disputa, Cómo el peligro mengua y crece, Por la mengua o el crecimiento en la ira de las campanas— De las campanas— De las campanas, campanas, campanas, campanas, Campanas, campanas, campanas— ¡En el clamor y el estrépito de las campanas!
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III
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