# LA CONDICIÓN ACTUAL DE RUSIA
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# LO QUE SE ESPERA DEL BOLCHEVISMO
Para comprender el bolchevismo no basta con conocer los hechos; es necesario también adentrarse con simpatía o imaginación en un nuevo espíritu.
Lo principal que han hecho los bolcheviques es crear una esperanza, o en todo caso hacer fuerte y generalizada una esperanza que antes estaba confinada a unos pocos. Este aspecto del movimiento es tan fácil de captar a la distancia como en Rusia —tal vez incluso más fácil, porque en Rusia las circunstancias actuales tienden a oscurecer la visión del futuro lejano.
Pero la situación real en Rusia solo puede entenderse superficialmente si olvidamos la esperanza que es la fuerza motriz del conjunto. Sería como describir la Tebaida sin mencionar que los ermitaños esperaban la bienaventuranza eterna como recompensa por sus sacrificios aquí en la tierra.
No puedo compartir las esperanzas de los bolcheviques ni más de lo que puedo compartir las de los anacoretas egipcios; considero a ambas como ilusiones trágicas, destinadas a acarrear al mundo siglos de oscuridad y violencia inútil.
Los principios del Sermón del Monte son admirables, pero su efecto sobre la naturaleza humana promedio fue muy diferente del que se pretendía. Quienes siguieron a Cristo no aprendieron a amar a sus enemigos ni a poner la otra mejilla. En su lugar, aprendieron a usar la Inquisición y la hoguera, a someter el intelecto humano al yugo de un clero ignorante e intolerante, a degradar el arte y a extinguir la ciencia durante mil años.
Estos fueron los resultados inevitables, no de la enseñanza, sino de la creencia fanática en la enseñanza. Las esperanzas que inspiran el comunismo son, en lo fundamental, tan admirables como las inculcadas por el Sermón del Monte, pero se sostienen con el mismo fanatismo y es probable que causen un daño igual.
La crueldad acecha en nuestros instintos, y el fanatismo es un camuflaje para la crueldad. Los fanáticos rara vez son genuinamente humanos, y quienes temen sinceramente a la crueldad tardarán en adoptar un credo fanático.
No sé si se podrá evitar que el bolchevique adquiera un poder universal. Pero aun si no se puede, estoy convencido de que aquellos que se le opongan, no por amor a la injusticia ancestral, sino en nombre del espíritu libre del Hombre, serán los portadores de las semillas del progreso, a partir de las cuales, cuando la gestación del mundo se haya consumado, nacerá una nueva vida.
La guerra ha dejado en toda Europa un estado de ánimo de desilusión y desesperación que clama a gritos por una nueva religión, como la única fuerza capaz de dar a los hombres la energía para vivir con vigor.
El bolchevismo ha proporcionado esa nueva religión. Promete cosas gloriosas:
- el fin de la injusticia entre ricos y pobres,
- el fin de la esclavitud económica,
- el fin de la guerra.
Promete un fin a la desunión de clases que envenena la vida política y amenaza con la destrucción a nuestro sistema industrial. Promete un fin al comercialismo, esa sutil falsedad que lleva a los hombres a valorar todo según su precio en dinero, y a determinar el valor del dinero a menudo meramente por los caprichos de los plutócratas ociosos.
Promete un mundo donde todos los hombres y mujeres se mantengan cuerdos mediante el trabajo, y donde todo trabajo sea de valor para la comunidad, no solo para unos pocos vampiros ricos. Ha de barrer la apatía, el pesimismo, el cansancio y todas las miserias complejas de aquellos cuyas circunstancias permiten el ociosidad y cuyas energías no son suficientes para forzar la actividad.
En lugar de palacios y chozas, vicio fútil y miseria inútil, habrá un trabajo sano, suficiente pero no excesivo, todo él útil, realizado por hombres y mujeres que no tienen tiempo para el pesimismo ni motivo para la desesperación.
El actual sistema capitalista está condenado. Su injusticia es tan flagrante que solo la ignorancia y la tradición podrían llevar a los asalariados a tolerarlo. A medida que la ignorancia disminuye, la tradición se debilita, y la guerra destruyó el dominio que todo lo meramente tradicional ejercía sobre las mentes de los hombres.
Puede que, por la influencia de América, el sistema capitalista perdure otros cincuenta años; pero se irá debilitando continuamente y jamás podrá recuperar la posición de cómoda dominación que detentó en el siglo XIX. Intentar apuntalarlo es una pérdida inútil de energías que podrían emplearse en construir algo nuevo.
Si lo nuevo será el bolchevique o alguna otra cosa, no lo sé; si será mejor o peor que el capitalismo, no lo sé. Pero de que surgirá un orden social radicalmente nuevo, no me cabe la menor duda. Y tampoco me cabe la menor duda de que el nuevo orden será alguna forma de socialismo o una regresión a la barbarie y a la guerra menor, tal como ocurrió durante las invasiones bárbaras.
Si el bolchevismo sigue siendo el único competidor vigoroso y eficaz del capitalismo, creo que no se materializará ninguna forma de socialismo, sino tan solo el caos y la destrucción. Esta creencia, cuyas razones expondré más adelante, es uno de los motivos por los cuales me opongo al bolchevismo. Pero oponerse a él desde la perspectiva de un defensor del capitalismo sería, a mi juicio, totalmente inútil y contrario al movimiento de la historia en la época actual.
El efecto del bolchevismo como esperanza revolucionaria es mayor fuera de Rusia que dentro de la República Soviética.
Las sombrías realidades han hecho mucho por matar la esperanza entre aquellos que están sujetos a la dictadura de Moscú. Sin embargo, incluso dentro de Rusia, el partido comunista, en cuyas manos se concentra todo el poder político, sigue viviendo de la esperanza, aunque la presión de los acontecimientos haya hecho que dicha esperanza sea severa, rígida y un tanto lejana.
Es esta esperanza la que conduce a la concentración en la generación en ascenso. Los comunistas rusos a menudo confiesan que hay poca esperanza para quienes ya son adultos, y que la felicidad solo puede llegar a los niños que han crecido bajo el nuevo régimen y han sido moldeados desde el principio para adquirir la mentalidad de grupo que el comunismo requiere. Solo tras el transcurso de una generación esperan crear una Rusia que haga realidad su visión.
En el mundo occidental, la esperanza inspirada por el bolchevismo es más inmediata, menos atravesada por la tragedia. Los socialistas occidentales que han visitado Rusia han considerado oportuno silenciar los aspectos más duros del régimen actual y han difundido entre sus seguidores la creencia de que allí el milenio se realizaría con rapidez si no hubiera guerra ni bloqueo.
Incluso aquellos socialistas que no son bolcheviques en su propio país apenas han hecho nada, en su mayoría, para ayudar a los hombres a valorar los méritos o deméritos de los métodos bolcheviques. Con esta falta de valor, han expuesto al socialismo occidental al peligro de volverse bolchevique por ignorancia del precio que hay que pagar y de la incertidumbre sobre si se alcanzará finalmente la meta deseada.
Creo que Occidente es capaz de adoptar métodos menos dolorosos y más seguros para alcanzar el socialismo que los que han parecido necesarios en Rusia. Y creo que, si bien algunas formas de socialismo son inconmensurablemente mejores que el capitalismo, otras son incluso peores. Entre las que son peores, incluyo la forma que se está logrando en Rusia, no solo en sí misma, sino como una barrera más insuperable para el progreso futuro.
Al juzgar al bolchevismo por lo que puede verse actualmente en Rusia, es necesario desenredar varios factores que contribuyen a un solo resultado.
Para empezar, Rusia es una de las naciones que fueron derrotadas en la guerra; esto ha producido una serie de circunstancias que se asemejan a las halladas en Alemania y Austria. El problema alimentario, por ejemplo, parece ser esencialmente similar en los tres países.
Para llegar a lo que es específicamente bolchevique, debemos eliminar primero lo que es meramente característico de un país que ha sufrido un desastre militar.
A continuación llegamos a los factores que son rusos, que los comunistas rusos comparten con otros rusos, pero no con otros comunistas.
Hay, por ejemplo, una gran cantidad de desorden, caos y despilfarro, lo que escandaliza a los occidentales (especialmente a los alemanes) incluso cuando simpatizan políticamente de cerca con los bolcheviques.
Mi propia creencia es que, aunque, con la excepción de unos pocos hombres muy capaces, el Gobierno ruso es menos eficiente en la organización de lo que los alemanes o los estadounidenses serían en circunstancias similares, sin embargo representa lo más eficiente en Rusia, y hace más para evitar el caos de lo que haría cualquier gobierno alternativo posible.
Asimismo, la intolerancia y la falta de libertad heredadas del régimen zarista deben considerarse probablemente rusas antes que comunistas.
Si un Partido Comunista llegara a adquirir el poder en Inglaterra, probablemente se enfrentaría a una oposición menos irresponsable y sería capaz de mostrarse mucho más tolerante de lo que cualquier gobierno puede esperar ser en Rusia si ha de escapar al asesinato.
Esto, sin embargo, es una cuestión de grado. Gran parte del despotismo que caracteriza a los bolcheviques pertenece a la esencia de su filosofía social, y tendría que reproducirse, aunque sea de forma más moderada, allí donde dicha filosofía se volviera dominante.
Es costumbre entre los apologistas del bolchevismo en Occidente justificar su dureza bajo el argumento de que ha sido provocada por la necesidad de combatir a la Entente y a sus mercenarios.
Indudablemente es cierto que esta necesidad ha producido muchos de los peores elementos en el estado de cosas actual. Indudablemente también, la Entente ha incurrido en una gran carga de culpa debido a su oposición irritable y fútil.
Pero la expectativa de dicha oposición formaba parte ya de la teoría bolchevique. Una hostilidad general hacia el primer Estado comunista fue tanto prevista como provocada por la doctrina de la lucha de clases.
Quienes adoptan el punto de vista bolchevique deben contar con la hostilidad enconada de los Estados capitalistas; no vale la pena adoptar métodos bolcheviques a menos que estos puedan conducir al bien a pesar de dicha hostilidad. Decir que los capitalistas son malvados y que no tenemos responsabilidad por sus actos es poco científico; es, en particular, contrario a la doctrina marxista del determinismo económico.
Los males producidos en Rusia por la enemistad de la Entente deben considerarse, por tanto, como esenciales en el método bolchevique de transición al comunismo, y no como algo específicamente ruso. No estoy seguro de que no podamos dar incluso un paso más.
El agotamiento y la miseria causados por una guerra desafortunada fueron necesarios para el éxito de los bolcheviques; una población próspera no se embarcará por tales métodos en una reconstrucción económica fundamental.
Uno puede imaginarse a Inglaterra volviéndose bolchevique tras una guerra desafortunada que implicara la pérdida de la India, una contingencia nada improbable en los próximos años. Pero en la actualidad el trabajador asalariado promedio en Inglaterra no arriesgará lo que tiene por la ganancia dudosa de una revolución. Una condición de miseria generalizada puede considerarse, por lo tanto, indispensable para la inauguración del comunismo, a menos que, en verdad, fuera posible establecer el comunismo de forma más o menos pacífica, mediante métodos que no destruyeran, ni siquiera temporalmente, la vida económica del país.
Si las esperanzas que inspiraron el comunismo en un principio, y que todavía inspiran a sus defensores occidentales, han de realizarse alguna vez, hay que afrontar el problema de reducir al mínimo la violencia en la transición.
Desgraciadamente, la violencia es en sí misma deleitable para la mayoría de los revolucionarios verdaderamente enérgicos, y no sienten ningún interés por el problema de evitarla en la medida de lo posible. El odio hacia los enemigos es más fácil e intenso que el amor a los amigos. Pero de hombres que están más ansiosos por dañar a sus oponentes que por beneficiar al mundo en general no cabe esperar ningún bien importante.
## II Índice
# CARACTERÍSTICAS GENERALES
Entré en la Rusia soviética el 11 de mayo y volví a cruzar la frontera el 16 de junio. Las autoridades rusas solo me admitieron bajo la condición expresa de que viajara con la Delegación Laborista Británica, una condición que, como era natural, estuve muy dispuesto a cumplir, y que dicha Delegación amablemente me permitió satisfacer.
Fuimos transportados desde la frontera hasta Petrogrado, así como en nuestros viajes posteriores, en un tren de lujo especial, cubierto de lemas sobre la Revolución Social y el Proletariado de todos los países; fuimos recibidos en todas partes por regimientos de soldados, mientras la banda regimental tocaba la Internacional con los civiles descubiertos y los soldados saludando militarmente; los líderes locales pronunciaban discursos de congratulación a los que respondían destacados comunistas que nos acompañaban; las entradas de los vagones estaban custodiadas por magníficos jinetes baskires con uniformes relucientes; en suma, se hizo todo lo posible para hacernos sentir como el Príncipe de Gales.
Se organizaron innumerables actos para nosotros: * banquetes, * reuniones públicas, * revistas militares, * etc.
Se partía de la suposición de que habíamos venido a dar testimonio de la solidaridad del laborismo británico con el comunismo ruso, y sobre esa suposición se hizo el mayor uso posible de nosotros para la propaganda bolchevique.
Nosotros, por otra parte, deseábamos averiguar cuanto pudiéramos sobre las condiciones rusas y los métodos rusos de gobierno, lo cual era imposible en la atmósfera de un viaje triunfal. De ahí surgió una contienda amistosa, que a veces degeneraba en un juego del escondite: mientras ellos nos aseguraban cuán espléndido iba a ser el banquete o el desfile, nosotros intentábamos explicar cuánto preferiríamos un paseo tranquilo por las calles.
Yo, no al ser miembro de la Delegación, sentía menos obligación que mis compañeros de asistir a mítines de propaganda donde los discursos se sabían de memoria de antemano. De este modo, pude, con la ayuda de intérpretes neutrales, en su mayoría ingleses o americanos, mantener muchas conversaciones con gente corriente que encontraba en las calles o en las plazas de los pueblos, y averiguar cómo se ve todo el sistema desde la perspectiva del hombre y la mujer comunes y apolíticos.
Los primeros cinco días los pasamos en Petrogrado, los once siguientes en Moscú. Durante este tiempo vivimos en contacto diario con hombres importantes del Gobierno, de modo que conocimos el punto de vista oficial sin dificultad. También vi todo lo que pude de los intelectuales en ambos lugares.
A todos se nos concedió total libertad para ver a los políticos de los partidos de oposición, y naturalmente hicimos pleno uso de esta libertad.
- Vimos a mencheviques, socialrevolucionarios de diferentes grupos y anarquistas;
- los vimos sin la presencia de ningún bolchevique, y hablaron con libertad una vez que hubieron superado sus temores iniciales.
Tuve una charla de una hora con Lenin, prácticamente tête-à-tête; conocí a Trotsky, aunque solo en compañía; pasé una noche en el campo con Kámenev; y vi a muchos otros hombres que, aunque menos conocidos fuera de Rusia, son de considerable importancia en el Gobierno.
Al final de nuestra estancia en Moscú, todos sentimos el deseo de ver algo del país y de entrar en contacto con los campesinos, ya que estos constituyen alrededor del 85 por ciento de la población. El Gobierno demostró la mayor gentileza al atender nuestros deseos, y se decidió que viajaríamos por el Volga desde Nizhni Nóvgorod hasta Sarátov, deteniéndonos en muchos lugares, grandes y pequeños, y hablando libremente con los habitantes.
Encontré esta parte del tiempo extraordinariamente instructiva. Llegué a conocer más de lo que habría creído posible sobre la vida y la mentalidad de los campesinos, los maestros de escuela rural, los pequeños comerciantes judíos y todo tipo de gentes.
Por desgracia, mi amigo Clifford Allen enfermó, y mi tiempo estuvo muy ocupado con él. Esto tuvo, sin embargo, un buen resultado, a saber, que pude continuar en el barco hasta Astracán, ya que él estaba demasiado enfermo para ser trasladado fuera de este. Esto no solo me dio un mayor conocimiento del país, sino que me permitió conocer a Sverdlov, ministro interino de Transportes, que viajaba en el barco para organizar el traslado de petróleo desde Bakú río arriba por el Volga, y que fue una de las personas más capaces y amables que conocí en Rusia.
Una de las primeras cosas que descubrí tras pasar la Bandera Roja que marca la frontera de la Rusia soviética, en medio de una región desolada de pantanos, pinares y redes de alambre de espino, fue la profunda diferencia entre las teorías de los bolcheviques reales y la versión de esas teorías que circula entre los socialistas avanzados de este país.
Los amigos de Rusia de aquí piensan en la dictadura del proletariado meramente como una nueva forma de gobierno representativo, en la cual solo los hombres y mujeres trabajadores tienen voto, y los distritos electorales son en parte corporativos, no geográficos. Piensan que «proletariado» significa «proletariado», pero que «dictadura» no significa exactamente «dictadura». Esto es lo contrario de la verdad.
Cuando un comunista ruso habla de dictadura, utiliza la palabra literalmente, pero cuando habla de proletariado, la emplea en un sentido pikiwickiano. Se refiere a la parte «concienciada con su clase» del proletariado, es decir, al Partido Comunista.1
Incluye a personas que no son proletarias en absoluto (como Lenin y Chicherin) que tienen las opiniones correctas, y excluye a los asalariados que no tienen las opiniones correctas, a quienes clasifica como lacayos de la burguesía. El comunista que cree sinceramente en el credo del partido está convencido de que la propiedad privada es la raíz de todo mal; está tan seguro de ello que no retrocede ante ninguna medida, por dura que sea, que parezca necesaria para construir y preservar el Estado comunista.
Se ahorra tan poco a sí mismo como se los ahorra a los demás. Trabaja dieciséis horas al día y renuncia a su medio día de descanso del sábado. Se ofrece como voluntario para cualquier trabajo difícil o peligroso que deba realizarse, como retirar montones de cadáveres infectados dejados por Kolchak o Denikin.
A pesar de su posición de poder y de su control de los suministros, lleva una vida austera. No persigue fines personales, sino que aspira a la creación de un nuevo orden social.
Los mismos motivos, sin embargo, que lo hacen austero lo hacen también despiadado. Marx ha enseñado que el comunismo está fatalmente predestinado a realizarse; esto encaja con los rasgos orientales del carácter ruso y produce un estado mental no muy distinto al de los primeros sucesores de Mahoma.
La oposición es aplastada sin piedad y sin vacilar ante los métodos de la policía zarista, muchos de cuyos miembros aún siguen empleados en su antiguo trabajo. Dado que todos los males se deben a la propiedad privada, los males del régimen bolchevique, mientras tenga que luchar contra la propiedad privada, cesarán automáticamente tan pronto como este triunfe.
Estas opiniones son las consecuencias familiares de la creencia fanática. Para una mentalidad inglesa, refuerzan la convicción en la que se ha basado la vida inglesa desde 1688, de que la amabilidad y la tolerancia valen más que todos los credos del mundo; un punto de vista que, es verdad, no aplicamos a otras naciones ni a razas subjugadas.
En una sociedad tan novedosa es natural buscar paralelos históricos. El lado más abyecto del actual Gobierno ruso encuentra su paralelismo más cercano en el Directorio en Francia, pero en su mejor faceta guarda una estrecha analogía con el gobierno de Cromwell.
Los comunistas sinceros (y todos los miembros más antiguos del partido han demostrado su sinceridad mediante años de persecución) se parecen no poco a los soldados puritanos en su severo propósito político-moral. Los tratos de Cromwell con el Parlamento no difieren mucho de los de Lenin con la Asamblea Constituyente.
Ambos, partiendo de una combinación de democracia y fe religiosa, se vieron empujados a sacrificar la democracia en aras de una religión impuesta por una dictadura militar. Ambos intentaron obligar a sus países a vivir a un nivel de moralidad y esfuerzo superior al que la población consideraba tolerable.
La vida en la Rusia moderna, al igual que en la Inglaterra puritana, es en muchos aspectos contraria al instinto. Y si los bolcheviques terminan por caer, será por la misma razón por la cual cayeron los puritanos: porque llega un punto en el que los hombres sienten que la diversión y la comodidad valen más que todos los demás bienes juntos.
Mucho más cercano que cualquier paralelismo histórico real es el paralelismo de La República de Platón. El Partido Comunista corresponde a los guardianes; los soldados tienen aproximadamente el mismo estatus en ambas; en Rusia hay un intento de tratar la vida familiar de manera más o menos similar a como Platón sugirió. Supongo que puede darse por sentado que todos los profesores de Platón en todo el mundo aborrecen el bolchevismo, y que todos los bolcheviques consideran a Platón un burgués anticuado. Sin embargo, el paralelismo es extraordinariamente exacto entre La República de Platón y el régimen que los mejores bolcheviques se esfuerzan por crear.
El bolchevismo es internamente aristocrático y externamente militante. Los comunistas se parecen en muchos aspectos al tipo de los colegios privados británicos (public-school type): tienen todos los rasgos buenos y malos de una aristocracia joven y vital.
Son valientes, enérgicos, capaces de mandar, siempre listos para servir al Estado; por otra parte, son dictatoriales y carecen de consideración ordinaria hacia la plebe. Son prácticamente los únicos poseedores del poder y, en consecuencia, disfrutan de innumerables ventajas.
- La mayoría de ellos, aunque lejos de llevar una vida lujosa, tiene mejor comida que los demás.
- Solo las personas de cierta importancia política pueden conseguir automóviles o teléfonos.
- Los permisos para viajes en tren, para hacer compras en las tiendas soviéticas (donde los precios son aproximadamente la quincuagésima parte de los del mercado), para ir al teatro, etcétera, son, por supuesto, más fáciles de obtener para los amigos de los que están en el poder que para los mortales corrientes.
De mil maneras, los comunistas tienen una vida más feliz que la del resto de la comunidad. Sobre todo, están menos expuestos a las indeseables atenciones de la policía y de la comisión extraordinaria.
La teoría comunista de los asuntos internacionales es sumamente simple. La revolución pronosticada por Marx, que ha de abolir el capitalismo en todo el mundo, dio la casualidad de que comenzó en Rusia, aunque la teoría marxista parecería exigir que empezara en América.
En los países donde la revolución aún no ha estallado, el único deber de un comunista es apresurar su llegada. Los acuerdos con los Estados capitalistas no pueden ser sino apaños, y nunca pueden equivaler por ninguna de las partes a una paz sincera. Ningún bien real puede llegar a ningún país sin una revolución sangrienta: los laboristas ingleses podrán imaginarse que una evolución pacífica es posible, pero comprobarán su error.
Lenin me dijo que espera ver un Gobierno laborista en Inglaterra, y que desearía que sus partidarios trabajaran para conseguirlo, pero únicamente con el fin de que la futilidad del parlamentarismo quede demostrada de manera concluyente al obrero británico. Nada hará ningún bien real excepto el armamento del proletariado y el desarme de la burguesía. Quienes predican cualquier otra cosa son traidores sociales o tontos engañados.
Por mi parte, tras sopesar cuidadosamente esta teoría y tras admitir la totalidad de su acusación contra el capitalismo burgués, me encuentro definitiva y rotundamente opuesto a ella.
La Tercera Internacional es una organización que existe para promover la lucha de clases y acelerar la llegada de la revolución en todas partes.
Mi objeción no es que el capitalismo sea menos malo de lo que creen los bolcheviques, sino que el socialismo es menos bueno, no en su mejor forma, sino en la única forma que es probable que produzca la guerra.
Los males de la guerra, especialmente de la guerra civil, son ciertos y muy grandes; las ganancias que se lograrán con la victoria son problemáticas. En el curso de una lucha desesperada, es probable que se pierda el patrimonio de la civilización, mientras que el odio, la sospecha y la crueldad se vuelven normales en las relaciones humanas.
Para tener éxito en la guerra, es necesaria una concentración de poder, y de la concentración de poder se derivan exactamente los mismos males que de la concentración capitalista de riqueza. Principalmente por estas razones, no puedo apoyar ningún movimiento que tenga como objetivo la revolución mundial.
El daño a la civilización causado por la revolución en un país puede ser reparado por la influencia de otro en el que no haya habido revolución; pero en un cataclismo universal la civilización podría hundirse durante mil años.
Pero aunque no puedo abogar por la revolución mundial, no puedo escapar a la conclusión de que los Gobiernos de los principales países capitalistas están haciendo todo lo posible por provocarla. El abuso de nuestro poder contra Alemania, Rusia e India (por no hablar de cualquier otro país) bien puede causar nuestra caída y producir precisamente aquellos males que los enemigos del bolchevique más temen.
El verdadero comunista es profundamente internacionalista.
Lenin, por ejemplo, hasta donde pude juzgar, no está más preocupado por los intereses de Rusia que por los de otros países; Rusia es, en este momento, la protagonista de la revolución social y, como tal, valiosa para el mundo, pero Lenin sacrificaría a Rusia antes que a la revolución, si alguna vez se planteara esa alternativa.
Esta es la actitud ortodoxa, y sin duda es genuina en muchos de los dirigentes. Pero el nacionalismo es natural e instintivo; a través del orgullo por la revolución, renace incluso en el pecho de los comunistas. A través de la guerra de Polonia, los bolcheviques han conseguido el apoyo del sentimiento nacional, y su posición en el país se ha visto inmensamente fortalecida.
La única vez que vi a Trotsky fue en la Ópera de Moscú. La delegación laborista británica ocupaba el que había sido el palco del zar. Tras hablarnos en la antecámara, dio un paso al frente del palco y se quedó con los brazos cruzados mientras el público se desgañitaba vitoreándolo.
Luego pronunció unas pocas frases, breves y tajantes, con precisión militar, y terminó pidiendo «tres hurras por nuestros valientes muchachos en el frente», a lo que el público respondió como lo habría hecho un público londinense en el otoño de 1914.
Sin duda, Trotsky y el Ejército Rojo cuentan hoy a sus espaldas con una gran masa de sentimiento nacionalista. La reconquista de la Rusia asiática incluso ha revivido lo que es esencialmente una forma de sentir imperialista, aunque esto sería indignamente repudiado por muchos de aquellos en quienes creí detectarlo.
La experiencia del poder está alterando inevitablemente las teorías comunistas, y los hombres que controlan una vasta maquinaria gubernamental difícilmente pueden tener exactamente la misma perspectiva de la vida que cuando eran fugitivos perseguidos. Si los bolcheviques siguen en el poder, es muy de temer que su comunismo se desvanezca y que se asemejen cada vez más a cualquier otro gobierno asiático —por ejemplo, nuestro propio gobierno en la India—.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
# III Índice
# LENIN, TROTSKY Y GORKY
Poco después de mi llegada a Moscú tuve una conversación de una hora con Lenin en inglés, idioma que habla bastante bien. Había un intérprete presente, pero sus servicios apenas fueron necesarios.
La habitación de Lenin es muy austera; contiene un gran escritorio, algunos mapas en las paredes, dos librerías y un sillón cómodo para los visitantes, además de dos o tres sillas duras. Es evidente que no siente ningún amor por el lujo ni siquiera por la comodidad.
Es muy amable y aparentemente sencillo, carece por completo de cualquier rastro de hauteur. Si uno se encontrara con él sin saber quién es, no adivinaría que posee un gran poder ni que es de algún modo eminente. Nunca he conocido a un personaje tan desprovisto de importancia propia.
Mira a sus visitantes muy de cerca y guiña un ojo, lo que parece aumentar de forma alarmante el poder penetrante del otro. Ríe mucho; al principio su risa parece meramente amistosa y jovial, pero gradualmente llegué a sentirla más bien sombría.
Es dictatorial, calmado, incapaz de sentir miedo, extraordinariamente desprovisto de egoísmo, una teoría encarnada. La concepción materialista de la historia, uno siente, es su razón de ser. Se parece a un profesor en su deseo de que la teoría sea comprendida y en su furia con quienes la malinterpretan o están en desacuerdo, así como en su amor por exponer; tuve la impresión de que desprecia a mucha gente y que es un aristócrata intelectual.
La primera pregunta que le hice fue hasta qué punto reconocía la peculiaridad de las condiciones económicas y políticas inglesas.
Estaba deseoso de saber si la defensa de la revolución violenta es una condición indispensable para ingresar en la Tercera Internacional, aunque no le hice esta pregunta directamente porque otros la estaban formulando oficialmente. Su respuesta no me resultó satisfactoria.
Él admitía que hay pocas probabilidades de revolución en Inglaterra hoy en día, y que el obrero todavía no está disgustado con el gobierno parlamentario.
Pero espera que este resultado pueda lograrse mediante un Ministerio laborista.
Piensa que, si el señor Henderson, por ejemplo, llegara a ser primer ministro, no se haría nada de importancia; el movimiento obrero organizado, según espera y cree, se volcaría entonces hacia la revolución.
Por este motivo, desea que sus partidarios en este país hagan todo lo posible para asegurar una mayoría laborista en el Parlamento; no aboga por la abstención en las contiendas parlamentarias, sino por la participación con vistas a hacer que el Parlamento sea manifiestamente despreciable.
Las razones que hacen que los intentos de revolución violenta nos parezcan a la mayoría de nosotros tanto improbables como indeseables en este país carecen de peso para él, y le parecen meros prejuicios burgueses.
Cuando le sugerí que todo lo que es posible en Inglaterra puede lograrse sin derramamiento de sangre, descartó la sugerencia con un gesto por considerarla fantástica.
Tuve poca impresión de conocimiento o imaginación psicológica en lo que respecta a Gran Bretaña. De hecho, toda la tendencia del marxismo va en contra de la imaginación psicológica, ya que atribuye todo en la política a causas puramente materiales.
Le pregunté a continuación si creía posible establecer el comunismo de manera firme y completa en un país que albergaba a una mayoría tan vasta de campesinos. Admitió que era difícil y se rio del intercambio al que se ve obligado el campesino, de comida por papel; la inutilidad del papel ruso le parecía cómica. Pero dijo —lo que sin duda es cierto— que las cosas se corregirán por sí mismas cuando haya bienes que ofrecer al campesino. Para lograr esto confía en parte en la electrificación de la industria, la cual, según dice, es una necesidad técnica en Rusia, pero tardará diez años en completarse.2
Habló con entusiasmo, como lo hacen todos, del gran plan para generar energía eléctrica por medio de turba.
Naturalmente, considera que el levantamiento del bloqueo es la única cura radical; pero no tenía muchas esperanzas de que esto se lograra de manera total o permanente, excepto a través de revoluciones en otros países.
La paz entre la Rusia bolchevique y los países capitalistas, dijo, debe ser siempre precaria; la Entente podría verse arrastrada por el cansancio y las disensiones mutuas a concluir la paz, pero se mostraba convencido de que dicha paz sería de corta duración.
En él, como en casi todos los principales comunistas, encontré mucho menos entusiasmo que en nuestra delegación por la paz y el levantamiento del bloqueo. Cree que no se puede lograr nada de verdadero valor excepto a través de la revolución mundial y la abolición del capitalismo; sentí que consideraba la reanudación del comercio con los países capitalistas como un mero paliativo de dudoso valor.
Describió la división entre campesinos ricos y pobres, y la propaganda del Gobierno entre estos últimos contra los primeros, lo que provocaba actos de violencia que al parecer le hacían gracia. Habló como si la dictadura sobre el campesino tuviera que durar mucho tiempo, debido al deseo de libre comercio de este. Dijo saber por estadísticas (lo que creo firmemente) que en estos dos últimos años los campesinos han comido más que nunca, «y sin embargo están en contra nuestra», añadió un tanto melancólico. Le pregunté qué responder a los críticos que afirman que en el campo simplemente ha creado la propiedad campesina, no el comunismo; respondió que eso no es del todo cierto, pero no dijo cuál es la verdad.
La última pregunta que le hice fue si la reanudación del comercio con los países capitalistas, en caso de producirse, no crearía centros de influencia capitalista y haría más difícil la preservación del comunismo.
Me había parecido que los comunistas más fervientes bien podían temer el intercambio comercial con el mundo exterior, por considerarlo conductor a una infiltración de la herejía y por hacer que la rigidez del sistema actual fuera casi imposible. Quería saber si él tenía ese sentimiento.
Admitió que el comercio crearía dificultades, pero dijo que serían menores que las de la guerra. Dijo que hacía dos años ni él ni sus colegas creían que pudieran sobrevivir frente a la hostilidad del mundo.
Atribuye su supervivencia a las rivalidades y a los intereses divergentes de las diferentes naciones capitalistas; también al poder de la propaganda bolchevique. Dijo que los alemanes se habían reído cuando los bolcheviques propusieron combatir las armas con panfletos, pero que los acontecimientos habían demostrado que los panfletos eran igual de poderosos.
No creo que reconozca que los partidos laborista y socialista hayan tenido participación alguna en el asunto. No parece saber que la actitud del laborismo británico ha hecho mucho para hacer imposible una guerra de primera categoría contra Rusia, ya que ha limitado al Gobierno a lo que podía hacerse de forma clandestina y negada sin una desvergüenza demasiado flagrante.
Disfruta a fondo de los ataques de lord Northcliffe, a quien desea enviar una medalla por propaganda bolchevique. Las acusaciones de expoliación, señaló, pueden escandalizar al burgués, pero producen el efecto contrario en el proletario.
Creo que si lo hubiera conocido sin saber quién era, no habría adivinado que era un gran hombre; me pareció demasiado dogmático y de una ortodoxia estrecha.
Su fuerza proviene, imagino, de su honestidad, su valor y su fe inquebrantable: una fe religiosa en el evangelio marxista, que ocupa el lugar de las esperanzas del mártir cristiano en el Paraíso, salvo que es menos egoísta. Tiene tan poco amor por la libertad como los cristianos que sufrieron bajo Diocleciano y se vengaron cuando adquirieron el poder.
Tal vez el amor a la libertad sea incompatible con la creencia ferviente en una panacea para todos los males humanos. Si es así, no puedo sino alegrarme del temple escéptico del mundo occidental.
Fui a Rusia siendo comunista; pero el contacto con quienes no tienen dudas ha intensificado mil veces mis propias dudas, no sobre el comunismo en sí, sino sobre la prudencia de abrazar un credo con tanta firmeza que, en su nombre, los hombres estén dispuestos a infligir una miseria generalizada.
Trotsky, a quien los comunistas no consideran en absoluto igual a Lenin, me causó mayor impresión desde el punto de vista de la inteligencia y la personalidad, aunque no del carácter. Lo vi muy poco, sin embargo, como para formarme algo más que una impresión muy superficial.
Tiene ojos vivos, apostura militar, inteligencia relampagueante y una personalidad magnética. Es muy apuesto, con una melena ondulada admirable; uno siente que sería irresistible para las mujeres.
Sentí en él una veta de alegre buen humor, siempre y cuando no se le llevara la contraria de ningún modo. Pensé, tal vez erróneamente, que su vanidad era aún mayor que su amor por el poder; el tipo de vanidad que uno asocia con un artista o un actor. La comparación con Napoleón se le imponía a uno. Pero no tuve medios para estimar la fuerza de su convicción comunista, que puede ser muy sincera y profunda.
Un contraste extraordinario con ambos hombres era Gorky, con quien tuve una breve entrevista en Petrogrado.
Estaba en la cama, al parecer muy enfermo y obviamente con el corazón destrozado. Me suplicó que, en cualquier cosa que pudiera decir sobre Rusia, enfatizara siempre lo que Rusia ha sufrido. Apoya al Gobierno —como yo lo haría, si fuera ruso— no porque piense que no tiene fallas, sino porque las alternativas posibles son peores. Uno sentía en él un amor por el pueblo ruso que hace que su martirio actual sea casi insoportable, y que impide la fe fanática que sostiene a los marxianos puros. Sentí que era el más amable, y para mí el más comprensivo, de todos los rusos que vi. Deseaba tener más conocimiento de su perspectiva, pero hablaba con dificultad y era interrumpido constantemente por terribles ataques de tos, por lo que no pude quedarme. Todos los intelectuales que conocí —una clase que ha sufrido terriblemente— le expresaron su gratitud por lo que ha hecho en su nombre.
La concepción materialista de la historia está muy bien, pero cierto interés por las cosas elevadas de la civilización resulta un alivio. A veces se dice que los bolcheviques han hecho grandes cosas por el arte, pero no pude descubrir que hayan hecho más que preservar algo de lo que existía antes.
Cuando le pregunté a uno de ellos sobre el asunto, se impacientó y dijo:
"No tenemos tiempo para un arte nuevo, del mismo modo que no lo tenemos para una religión nueva".
Inevitablemente, aunque el Gobierno favorece el arte tanto como puede, el ambiente es uno en el que el arte no puede florecer, porque el arte es anárquico y reacio a la organización.
Gorky ha hecho todo lo que un hombre podía para preservar la vida intelectual y artística de Rusia. Temía que se estuviera muriendo, y que, tal vez, ella también lo estuviera haciendo. Pero se ha recuperado, y espero que ella también se recupere.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
IV ToC
# ARTE Y EDUCACIÓN
A menudo se ha dicho que, cualesquiera que fuesen las deficiencias de la organización bolchevique en otros campos, al menos en el arte y en la educación han hecho un gran progreso.
Tomando en primer lugar el arte: es verdad que comenzaron por reconocer, como quizás ningún otro gobierno revolucionario lo haría, la importancia y la espontaneidad del impulso artístico, y por lo tanto, aunque controlaron o destruyeron lo contrarrevolucionario en todas las demás actividades sociales, le permitieron al artista, fuera cual fuera su credo político, completa libertad para continuar su obra.
Además, en lo que respecta a la ropa y las raciones, lo trataron especialmente bien. Esto, y el cuidado dedicado al mantenimiento de iglesias, monumentos públicos y museos, son hechos bien conocidos, sobre los cuales ya ha habido ample testimonio.
La conservación de la antigua comunidad artística prácticamente intacta era tanto más notable en vista de la pronunciada simpatía de la mayoría de ellos hacia el viejo régimen.
La teoría, sin embargo, era que el arte y la política pertenecían a dos esferas separadas; pero, por supuesto, un gran honor sería la parte de aquellos artistas que se sintieran inspirados por la revolución.
Tres años de experiencia, sin embargo, han demostrado la falsedad de esta doctrina y han provocado un divorcio entre el arte y el sentimiento popular que un observador sensible no puede dejar de notar.
Es flagrantemente evidente en el que hasta ahora ha sido el más vital de todos los artes rusos: el teatro. Los artistas han seguido representando los viejos clásicos de tragedia o comedia, y la opereta de estilo tradicional. Los programas de mano han permanecido iguales durante los últimos dos años y, de no ser por el más alto nivel de ejecución artística, podrían pertenecer a los teatros de París o de Londres.
Mientras uno se sienta en el teatro, es tan agudamente consciente de la discrepancia entre la vida cotidiana del público y la representada en la obra, que esta última parece completamente muerta y carente de sentido.
A algunos de los comunistas más exaltados les parece que se ha cometido un error. Se quejan de que el arte burgués se conserve mucho tiempo después de su época, acusan a los artistas de mostrar desprecio por su público, de estar tan ajenos al espíritu revolucionario como una anciana burguesa que lamenta la pérdida de su comodidad personal; les gustaría ver plasmado en el arte únicamente el espíritu revolucionario y, para lograrlo, harían borrón y cuenta nueva, imponiendo la escritura y representación de obras exclusivamente revolucionarias y la pintura de cuadros revolucionarios.
Tampoco puede alegarse que se equivoquen en cuanto a los hechos: es evidente que la preservación de la antigua tradición artística ha servido para muy poco; pero, por otro lado, es igualmente evidente que a un artista no se le puede adiestrar como a un recluta militar.
Afortunadamente, no hay indicios de que estas tácticas vayan a adoptarse directamente, pero de manera indirecta ya se están aplicando. Un artista no tiene la culpa de que su temperamento lo lleve a dibujar caricaturas de los principales bolcheviques, o a satirizar los diversos aspectos cómicos —que son muchos— del régimen soviético.
Sin embargo, obligar a un hombre así a volcar su talento únicamente contra Denikin, Yudénich y Kolchak, o contra los líderes de la Entente, es algo momentáneamente bueno para el comunismo, pero resulta desalentador para el artista, y a la larga puede resultar perjudicial para el arte, y posiblemente también para el comunismo.
Es evidente, por la naturaleza religiosa del comunismo en Rusia, que tal control del impulso hacia la creación artística es inevitable, y que solo el arte de propaganda puede florecer en semejante atmósfera.
Por ejemplo, ninguna poesía o literatura que no sea ortodoxa llegará a las prensas. Es muy fácil poner la excusa de la falta de papel y de la necesidad urgente de manifiestos.
De este modo, bien puede llegar a repetirse la actitud de la Iglesia medieval ante las sagas y las leyendas del pueblo, salvo que, en este caso, serán los cuentos populares los que se conserven, y los productos más sensibles y civilizados los que se proscriban.
El único poeta del que parece hablarse mucho actualmente en Rusia es uno que escribe canciones populares rudas. Hayodas revolucionarias, pero uno puede aventurar la suposición de que se asemejan a nuestra poesía patriótica de guerra.
Dije que este estado de cosas puede a la larga ser malo para el arte, pero lo contrario puede resultar ser igualmente verdad. Es por supuesto desalentador y paralizante para el artista del viejo estilo, y es la muerte para el viejo arte individual que dependía de la sutileza y singularidad de temperamento, y surgía en gran medida de la psicología complicada de los ociosos.
Ahí está, este viejo arte, el monumento más puro a la nulidad de la doctrina del arte por el arte, como una planta exótica y rica de belleza exquisita, todavía aparentemente en su apogeo, hasta que uno advierte que las raíces están cortadas y que hoja por hoja se va marchitando gradualmente.
Pero, a diferencia de los puritanos en este aspecto, los bolcheviques no han tratado de arrancar las raíces, y hay indicios de que la parálisis es meramente temporal.
Moreover, individual art is not the only form, and in particular the plastic arts have shown that they can live by mass action, and flourish under an intolerant faith. Communist artists of the future may erect public buildings surpassing in beauty the mediæval churches, they may paint frescoes, organize pageants, make Homeric songs about their heroes.
El arte comunista comenzará, y está comenzando ahora, en las imágenes de propaganda y en los relatos como los diseñados para campesinos y niños. Hay, por ejemplo, una especie de Rake's Progress o «Cómo ella se convirtió en comunista», en el que los líderes de la Entente hacen una aparición lamentable y grotesca.
Lenin y Trotsky ya figuran en grabados en madera como Moisés y Aarón, libertadores de su pueblo, mientras que la madre y el hijo que ilustran las estadísticas de la exposición de maternidad poseen la gracia y la belleza de las madonas medievales.
Rusia apenas está emergiendo de la Edad Media, y la tradición eclesiástica en la pintura está pasando con increíble fluidez al servicio de la doctrina comunista. Estas imágenes tienen, además, un sabor oriental: hay madonas morenas en las iglesias rusas, y una de ellas ilustra las estadísticas de mortalidad infantil en la India, mientras que la madre rusa, de pies anchos, con enagua colorida y pañuelo en la cabeza, se sienta en un prado estrellado amamantando a su bebé de un pecho blanco muy generoso.
Pienso que este movimiento hacia la tradición de la Iglesia puede ser inconsciente e instintivo, y tal vez sería deplorado por muchos comunistas, para quienes la estatuaria grandilocuente y de mal gusto al estilo de Rodin y la crudeza del cubismo expresan mejor lo que entienden por revolución.
Pero esta revolución es rusa y no francesa, y su arte, si todo va bien, debería llevar inevitablemente el sello popular ruso. El arte que pretende ser primitivo y popular resulta vulgar. Tal es al menos la reflexión que engendra la inspección de la obra campesina rusa en comparación con el espíritu de Cuentos de niños.
El impulso artístico del campesino ruso no es ninguna leyenda. Además del tallado y el bordado, que hablan elocuentemente de la destreza campesina, uno observa numerosos ejemplos en la vida cotidiana.
Bajará de un salto, cuando su tren de marcha lenta se detenga junto a la vía, para juntar ramas y flores con las que decorará el vagón de ferrocarril tanto por dentro como por fuera; trabajará con gusto en cualquier tarea que tenga la belleza por objeto, y era demasiado propenso, bajo el viejo régimen, a perder su tiempo y el material de su empleador moldeando con sus manos pequeños objetos de metal o madera.
Si la tradición burguesa no sirve entonces, hay una tradición popular que aún está viva y es apasionada y que tal vez pueda persistir.
Desgraciadamente tiene un enemigo formidable en la organización y el desarrollo de la industria, que es mucho más peligroso para el arte que la doctrina comunista. En verdad, la industria en sus primeras etapas parece condenada en todas partes a ser enemiga de la belleza y de la vida instintiva.
Uno podría esperar que esto no resultara así en Rusia, el primer Estado socialista, aún no industrializado, capaz de aprovechar la experiencia industrial de todo el mundo, si no fuera porque uno descubre con cierta inquietud en los líderes bolcheviques el temperamento áspero y árido de aquellos para quienes la máquina industrial es un fin en sí misma, y, además, considera que estos hombres de mentalidad industrial no tienen todavía experiencia práctica, ni existen hombres de buena voluntad para ayudarles.
No parece razonable esperar que Rusia pueda atravesar el período de industrialización sin una buena dosis de mala gestión, que implique despilfarro y resulte en jornadas excesivas, trabajo infantil y otros males con los que Occidente está más que familiarizado.
Lo que los bolcheviques no le harían voluntariamente al arte, el Juggernaut que están empeñados en poner en marcha puede cumplirlo por ellos.
La próxima generación en Rusia tendrá que estar compuesta por hombres prácticos y laboriosos; los artistas del viejo estilo se extinguirán y no surgirán fácilmente sucesores.
Un Estado que lucha contra dificultades económicas se ve obligado a reconocer con lentitud una vocación artística, ya que esto implica la exención del trabajo práctico.
Además, la mayoría de las mentes se vuelven siempre instintivamente hacia la necesidad real del momento. Por lo tanto, un hombre que esté adaptado por talento y temperamento para convertirse en cantante de ópera, bajo la presión del entusiasmo comunista y el aliento del Gobierno, dirigirá su atención hacia la economía. (Aquí estoy citando un caso real).
Todo el pueblo ruso en esta etapa de su desarrollo da la impresión de verse obligado por la lógica de su situación a tomar una decisión similar.
Tal vez sea del todo beneficioso que haya menos artistas profesionales, ya que algunas de las obras más finas han sido realizadas por hombres y grupos de hombres para quienes la expresión artística era tan solo un pasatiempo. No estaban entorpecidos por la solemnidad y la reverencia hacia el arte que con demasiada frecuencia destruyen la espontaneidad del profesional.
En verdad, un renacimiento de esta actitud ante el arte es uno de los buenos resultados que cabe esperar de una revolución comunista en una comunidad industrial más avanzada. Allí, el problema de la educación consistirá en estimular los impulsos creadores hacia el arte y la ciencia para que los hombres sepan cómo emplear sus horas de ocio. El trabajo en la fábrica jamás podrá lograr proveer una vía de escape adecuada.
La única esperanza, si es que los hombres han de seguir siendo seres humanos bajo el industrialismo, es reducir las horas al mínimo. Pero esto solo es posible cuando la producción y la organización son altamente eficientes, lo cual no será el caso en Rusia durante mucho tiempo. De ahí que no solo parezca que el número de artistas disminuirá, sino que es probable que la cantidad de personas con sus impulsos artísticos intactos y que por esa razón sean capaces de crear o apreciar como aficionados sea lamentablemente pequeña. Es en este efecto nocivo de la industria sobre el instinto humano donde radica el peligro inmediato para el arte en Rusia.
El efecto de la industria en la artesanía es bastante evidente.
Un artesano acostumbrado a trabajar con las manos, siguiendo la tradición desarrollada por sus antepasados, resulta inútil cuando se encuentra cara a cara con una máquina. Y el hombre que puede manejar la máquina solo se preocupará, en un principio, por la cantidad y la utilidad. Solo gradualmente comienzan a reconocerse las exigencias de la belleza.
Compare el automóvil moderno con el primero de su especie, o incluso, dado que la misma ley parece operar en la naturaleza, el animal prehistórico con su descendiente moderno. Entre ellos existe la misma relación que entre el hombre y el simio, o el caballo y el hipparion.
El movimiento de la vida parece dirigirse hacia una delicadeza y complejidad cada vez mayores, y el hombre lo impulsa en los objetos que fabrica y en la sociedad que desarrolla. La industria es una herramienta nueva, difícil de manejar, pero producirá objetos tan hermosos como los del constructor y artesano medievales, aunque no antes de haber existido durante mucho tiempo y de pertenecer a la tradición.
Puede esperarse, por lo tanto, que si bien las artesanías en Rusia perderán valor artístico, el drama, la escultura y la pintura, y todas aquellas artes que no tienen nada que ver con la máquina y dependen enteramente de la inspiración mental y espiritual, recibirán un impulso de la fe comunista.
Que el período de florecimiento sea largo o corto depende en parte de la situación política, pero principalmente de la rapidez del desarrollo industrial. Puede ser que la máquina acabe por conquistar la fe comunista y aplaste los impulsos humanos, y que Rusia se vuelva, durante este período de transición, tan inartística y desalmada como lo fue América hasta hace muy pocos años.
Uno quisiera esperar que el progreso mecánico sea rápido y el idealismo social lo suficientemente fuerte como para conservar el control. Pero las dificultades prácticas son casi insuperables.
Tales indicios del progreso del arte como es posible notar en esta temprana etapa parecerían confirmar el argumento anterior. Por ejemplo, se está intentando fomentar la continuación del bordado campesino, la talla, etc., en las ciudades. Esto lo hacen personas que evidentemente ya han perdido la tradición. Se les enseña a copiar los modelos que se exhiben en el Museo Campesino, pero no hay comparación entre la pequeña dama de madera vivaz que sonríe bajo la vitrina y la criatura desalmada de ojos desorbitados que se ofrece a la venta, ni entre el ave tallada de lo más común que uno puede comprar y la divertida figura realista que uno solo puede contemplar.
Pero cuando uno llega al arte directamente inspirado en el comunismo, la historia es otra. Aparte de los cuadros de propaganda ya mencionados, están las obras de teatro de propaganda representadas por el Ejército Rojo en sus ratos libres, y están las obras teatrales de desfile masivo representadas en ocasiones de Estado. Tuve la buena fortuna de presenciar una de cada tipo.
La obra se titulaba Zarevo (El amanecer) y se representó un sábado por la noche en un pequeño escenario de una pequeña sala, de manera totalmente aficionada. Representaba la vida rusa justo antes de la revolución. Era intensa, trágica y de actuación apasionada. El talento dramático no escasea en Rusia. Casi el único contrapunto cómico lo aportaba la policía zarista, que hizo una aparición hacia el final, ataviada como los personajes militares cómicos de una comedia musical; del mismo modo que, en los misterios medievales, el personaje cómico era Satán. La intención de la obra era mostrar a una típica familia de la clase obrera rusa. Estaban el padre anciano, constantemente borracho de vodka, alternativamente sensiblero y regañón; la madre anciana; dos hijos, el uno comunista y el otro anarquista; la esposa del comunista, que se dedicaba a la costura; su hermana, una prostituta; y una joven de familia burguesa, también comunista, envuelta en un complot con el hijo comunista, que era por supuesto el héroe de la obra.
El primer acto revelaba al austero y heroico comunista manteniendo sus puntos de vista a pesar de los reproches de su padre y su madre y las recriminaciones de su esposa.
Mostraba también al hermano anarquista (como era de esperar debido a la hostilidad bolchevique hacia el anarquismo) como un individuo indisciplinado, perezoso, un buen para nada, con un amor apasionado por Sonia, la joven bourgeoise, que amenazaba con volverse peligroso de no ser correspondido. Ella, por su parte, prefería evidentemente al comunista. Estaba claro que él correspondía a su amor, pero no era del todo evidente que deseara que la relación fuera algo más que una camaradería platónica al servicio de su ideal común.
Una huelga fracasada, que trajo consigo penurias y el peligro de la policía, junto con una creciente envidia por parte del anarquista, condujeron al trágico desenlace.
No me quedó del todo claro cómo se produjo esto. Toda acción violente se desarrollaba fuera del escenario, y esto hacía que el argumento fuera a veces difícil de seguir.
Pero parecía que el anarquista, en un arrebato de celos, falsificó una carta de su hermano para citar a Sonia en un encuentro, y allí la asesinó, al tiempo que delataba a su hermano ante la policía. Cuando estos últimos llegaron para efectuar su arresto, y acusarlo también a él, por ser la persona más probable, del asesinato, al anarquista le asaltaron los remordimientos y confesó.
Ambos fueron, por lo tanto, conducidos juntos.
Una vez esbozado el argumento, la obra no requiere comentarios. No tenía gran mérito, aunque es imprudente arriesgar un juicio sobre una obra cuyo diálogo no fue interpretado plenamente, pero era sin duda real, y el vínculo entre el público y los intérpretes se estableció como jamás pareció hacerse en el teatro profesional.
Terminada la función, se despejó el suelo para bailar, y el público se encontraba en un estado de disfrute absoluto.
El desfile de la «Comuna Mundial», que se representó en la inauguración del Tercer Congreso Internacional en Petrograd, fue un fenómeno aún más importante y significativo. No supongo que se haya puesto en escena nada parecido desde los días de los autos sacramentales medievales. Era, de hecho, un auto sacramental diseñado por los Sumos Sacerdotes de la fe comunista para instruir al pueblo.
Se representó en las escalinatas de un inmenso edificio blanco que antaño fuera la Bolsa, un edificio con una columnata clásica en tres de sus lados, con una vasta escalinata al frente que no abarcaba todo el ancho del edificio, sino que dejaba a cada lado una plataforma al mismo nivel que el suelo de la columnata.
Delante de este edificio discurría una ancha carretera que iba desde un puente sobre un brazo del río hasta un puente sobre el otro, de modo que las extensiones de agua y cielo a uno y otro lado parecían a los ojos de la imaginación las bambalinas pintadas de un escenario gigantesco.
Dos columnas rojas y maltrechas de diseño fantástico, que en su día fueron torres de luz para guiar a los barcos, se alzaban a ambos lados, a mitad de camino entre los extremos del edificio y el agua, pero en el lado opuesto de la carretera. Estas dos torres estaban engalanadas e iluminadas, y en ellas se concentraba la luz cenital, y entre ellas y detrás de ellas se había congregado un público apiñado de cuarenta o cincuenta mil personas.
La obra comenzó al ponerse el sol, mientras el cielo aún estaba rojo a la derecha y los palacios de la orilla lejana a la izquierda todavía brillaban con la puesta del sol, y continuó bajo la magia del cielo que oscurecía.
Al principio, la belleza y la grandeza del escenario apartaban la atención de los artistas, pero poco a poco uno se iba percatando de que, sobre la plataforma ante las columnas, reyes, reinas y cortesanos con suntuosos ropajes convencionales, y asistidos por soldados, conversaban entre sí mediante mímica.
Unos pocos subieron los escalones de una pequeña plataforma de madera que se había instalado en el centro, y uno indicó con la mano en alto que allí debía erigirse un monumento al poder del capitalismo sobre la tierra. Todos dieron muestras de júbilo. Se escuchó una música sentimental y la alegre compañía se puso a bailar el vals para pasar las horas.
Mientras tanto, desde abajo, al nivel de la carretera, salían de la oscuridad a ambos lados del edificio y subían por los peldaños parcialmente iluminados, con sus grilletes resonando en armonía con la música, las masas esclavizadas y sufridas que acudían en respuesta a la orden de construir el monumento para sus amos.
Es imposible describir la exquisita belleza del lento movimiento de aquellas figuras oscuras en diagonal por la amplia escalinata; las expresiones individuales eran por supuesto indistinguibles, y aun así el movimiento y la actitud de los grupos transmitían patetismo y paciencia resistente tan bien como cualquier discurso o gesto individual en el teatro ordinario. Algunos grupos llevaban martillo y yunque, y otros tambaleaban bajo enormes bloques de piedra.
El amor por el ballet ha hecho tal vez que los rusos comprendan el arte de mover a grupos de actores al unísono.
Mientras observaba estas procesiones subir los escalones de manera Aparentemente descuidada y espontánea, produciendo sin embargo un resultado tan elegante, recordé el salto frenético de los arqueros por el escenario en Príncipe Igor, que también resulta Aparentemente descuidado y espontáneo, lleno de una belleza salvaje e irregular, pero que no varía ni un pelo de una función a otra.
Durante un tiempo, los trabajadores obraron en la sombra de su mundo terrenal, y el baile continuó en el paraíso iluminado de los gobernantes de arriba, hasta que al cabo, en señal de que el monumento estaba concluido, un gran disco amarillo fue izado entre aclamaciones sobre la plataforma más alta, entre las columnas.
Pero en el mismo momento se levantó un estandarte entre la gente y se vio a una pequeña figura gesticulando. Se agitaron puños airados y el estandarte y el orador desaparecieron, solo para reaparecer casi de inmediato en otra parte de la densa multitud. De nuevo hostilidad, hasta que finalmente entre los trabajadores franceses, allá arriba a la derecha, el primer manifiesto comunista encontró favor. Agrupándose en torno a su estandarte, los communards corrieron gritando escal abajo, sumando partidarios a medida que avanzaban.
Arriba, todo es confusión, reyes y reinas escapan de manera poco real con túnicas de terciopelo ondeantes hacia ciudadelas seguras a diestra y siniestra, mientras el ejército se prepara para defender la ciudadela principal del capitalismo con su disco dorado de poder.
Los comuneros trepan los escalones de la fortaleza que finalmente conquistan, arrian el disco y colocan su estandarte en su lugar.
Se oye la alegre música de la Carmagnole, y se ve a los vencedores expresar su júbilo bailando primero sobre un pie y luego sobre el otro, como marionetas. Abajo, las masas bailan con ellos en un delirio de alegría.
Pero se ve aproximarse una pomposa procesión de legiones prusianas y, en medio de gritos y lamentos de desesperación, el pueblo es rechazado, y sus líderes son puestos en fila y fusilados.
A continuación vino una de las escenas más conmovedoras del drama. Varias mujeres de negro aparecieron llevando un paño mortuorio negro sostenido por bastones, que colocaron frente a los cuerpos de los líderes de modo que sobresaliera, una forma negra, irregular y puntiaguda contra las columnas blancas del fondo. A excepción de este monumento melancólico, el escenario quedó ahora vacío.
Densas nubes de humo negro surgían de los braseros a ambos lados y oscurecían los escalones y la plataforma. A través del humo llegó el sonido lejano de la Marche Funèbre de Chopin, y a medida que el aire se despejaba, se podían ver tenuemente figuras blancas que se movían alrededor del catafalco negro en una solemne danza de duelo. Detrás de ellas, las columnas brillaban fantasmas e irreales contra los tenues rayos malva de un amanecer incierto y acuoso.
La segunda parte del desfile comenzó en julio de 1914. Una vez más los gobernantes banqueteaban y los trabajadores laboraban, pero la escena se animaba con la presencia de los líderes de la Segunda Internacional, un grupo de ancianos profesores decrépitos, que desfilaban con paso torpe en solemne procesión cargando tomos llenos de erudición internacional. Se sentaron en una fila entre los gobernantes y el pueblo, absortos en el estudio, con las gafas en la nariz.
El llamado a la guerra fue la señal para un dramático llamamiento de los trabajadores a estos líderes, quienes se negaron a aceptar la Bandera Roja, pero recibieron débilmente banderas patrióticas de sus respectivos gobiernos. Jaurès, elevado a la condición de símbolo de protesta, se alzó por encima del pueblo, clamando en voz alta, pero se desplomó de inmediato al sonar el disparo del asesino. Entonces el pueblo se dividió en sus grupos nacionales y la guerra comenzó.
Fue en ese momento cuando se tocó «God Save the King» mientras los soldados ingleses desfilaban, de un modo cómico que hacía pensar en aquello de «Gawd save the King». Otros himnos nacionales fueron parodiados de manera similar, aunque ninguno con tanto éxito. Una efigie ridícula del Zar con un knut en la mano ocupaba ahora la posición simbólica y dominaba la escena.
Se representaron entonces los incidentes de la guerra que afectaron a Rusia.
Espectaculares cargas de caballería en el camino, soldados marchando, baterías de artillería, una patética procesión de inválidos y enfermeras, y otras escenas demasiado numerosas para describir, conformaban aquella parte del espectáculo dedicada a la guerra.
Luego vino la Revolución rusa en todas sus etapas. Pasaron autos veloces llenos de hombres armados, banderas rojas aparecieron por todas partes, el pueblo asaltó la ciudadela y derribó la efigie del Zar.
El Gobierno de Keréndski asumió el control y los empujó de nuevo a la guerra, pero pronto volvieron a la carga, destruyeron al Gobierno Provisional y enarbolaron todos los emblemas de la República Soviética Rusa.
Los líderes de la Entente, sin embargo, fueron vistos preparando a sus tropas para la batalla, y el espectáculo continuó para mostrar la formación del Ejército Rojo bajo su emblema, la Estrella Roja. Figuras blancas con trompetas de oro aparecieron prediciendo la victoria para el proletariado.
La última escena, la Comuna Mundial, se describe con las palabras del resumen, extraídas de un periódico ruso, de la siguiente manera:—
Unos cañonazos anuncian la ruptura del bloqueo contra la Rusia soviética y la victoria del Proletariado Mundial.
El Ejército Rojo regresa del frente y desfila en revista triunfal ante los líderes de la Revolución. A sus pies yace las coronas de los reyes y el oro de los banqueros.
Se ven barcos engalanados con banderas que transportan a trabajadores de occidente. Los trabajadores de todo el mundo, con los emblemas del trabajo, se reúnen para la celebración de la Comuna Mundial.
En los cielos aparecen inscripciones luminosas en diferentes idiomas que saludan al Congreso: «¡Viva la Tercera Internacional! ¡Trabajadores del mundo, uníos!». Triunfo al son del himno de la Comuna Mundial, la «Internacional».
Aun así, un relato tan entusiasta apenas le hace justicia. Tenía la pompa y la majestad del mismísimo Día del Juicio Final.
- Los cohetes surcaban los cielos y los salpicaban con mil estrellas,
- los fuegos artificiales ardían por todas partes,
- barcos engalanados y abanderados subían y bajaban por el río,
- carrozas con los emblemas de la prosperidad, uvas y maíz, avanzaban lentamente por la carretera.
Los pueblos de Oriente llegaron cargados de regalos y emblemas. Los actores, apiñados en las escalinatas, agitaban las manos triunfantes, sonaban las trompetas y el canto de la Internacional procedente de diez mil gargantas se alzó como una poderosa ola que lo inundaba todo.
Si bien el final de este drama pudo haber pecado de grandilocuente, tal vez se les pueda perdonar a los organizadores en vista de la ocasión para la cual lo prepararon.
Nada, sin embargo, pudo restar belleza y poder dramático a la obertura y a muchas de las escenas. Además, los efectos obtenidos mediante el movimiento en masa resultaban casi embriagadores.
- La primera entrada de las masas transmitía una sensación de fuerza muda y paciente que resultaba sumamente conmovedora, y el deleite frenético de la multitud danzante ante la victoria de los comuneros franceses conmovía hasta el éxtasis.
El espectáculo duró cinco horas o más, y fue emocionalmente tan agotador como se dice que es la Pasión. Tuve la visión de un gran período de arte comunista, más especialmente de este tipo de espectáculos al aire libre, que habrían de poseer la grandeza, la envergadura y el significado eterno de las obras de la antigua Grecia, de los misterios medievales o del teatro de Shakespeare.
En la arquitectura, la escritura, la actuación, incluso en la pintura, el trabajo se realizaría, como antaño, por grupos, no por una sola mano o mente, y la evolución avanzaría lentamente hasta que, una vez más, el individuo emergiera de la masa.
Al considerar la educación bajo el régimen bolchevique, deben tenerse en cuenta los mismos dos factores de los que ya me he ocupado al tratar el arte, a saber: el desarrollo industrial y la doctrina comunista.
El desarrollo industrial es en realidad uno de los dogmas del comunismo, pero como es uno de los que en Rusia probablemente ponga en peligro la doctrina en su conjunto, he considerado preferible tratarlo como un elemento independiente.
Así como en materia de arte, también en la educación, aquellos que han prodigado alabanzas incondicionales parecen haber adoptado un punto de vista corto y superficial. Apenas es necesario lanzarse a describir las guarderías, las casas de campo o los palacios para niños, donde prevalecen los métodos Montessori, donde los alumnos cultivan sus pequeños huertos, modelan en plastilina, dibujan, cantan, actúan y bailan sus danzas rítmicas descalzos sobre suelos que antaño fueron sagrados para el paso de la nobleza.
Vi un centro de recepción y distribución en Petrogrado al que no se le podía poner ninguna pega desde el punto de vista de la organización científica. Los niños tenían los ojos brillantes y estaban alegres, y las habitaciones eran ventiladas y limpias.
Vi también una representación de escolares en Moscú que incluyó una danza rítmica bastante maravillosa, en particular una interpretación de la Danza en la gruta del rey de la montaña de Grieg según el método Dalcroze, pero con un colorido y una calidez que eran rusos, y en extraña contrastación con la precisión matemática asociada a la mayoría de las interpretaciones de Dalcroze.
Pero a pesar del mérito evidente de las instituciones existentes, surgían los temores. Para empezar, debe recordarse que es necesario admitir primero que los niños deben ser entregados casi por completo al Estado.
Nominalmente, la madre todavía va a ver a su hijo a estas escuelas, pero de hecho, el traslado de los niños al campo debe mediar, y todo el talante de las autoridades parecía estar enfocado en romper el vínculo entre madre e hijo.
Para algunos esto parecerá una ventaja, y es un punto que admite una larga discusión, pero como pertenece más bien a la cuestión de la mujer y la familia bajo el comunismo, aquí no puedo hacer más que mencionarlo.
Luego, por otra parte, debe recordarse que la táctica de los bolcheviques hacia las escuelas que existían bajo el antiguo régimen en las ciudades de provincia y en los pueblos no ha sido la misma que su táctica hacia los teatros.
La mayor parte de estas escuelas están cerradas, en parte, al parecer, por falta de personal, y en parte por miedo a la propaganda contrarrevolucionaria. El resultado es que, aunque las escuelas que han creado son buenas y están organizadas según criterios modernos, en conjunto parece haber menor difusión de la educación infantil que antes.
En esto, como en la mayoría de los demás departamentos, los bolcheviques se muestran reacios a intentar cualquier cosa que no pueda hacerse a gran escala e impregnarse de doctrina comunista. Huelga decir que la doctrina comunista se enseña en las escuelas, como el cristianismo se ha enseñado hasta ahora; además, los maestros comunistas muestran una profunda hostilidad hacia otros maestros que no aceptan la doctrina.
En el espectáculo infantil mencionado anteriormente, las bailes y poemas representados tenían casi todos alguna estrecha relación con el comunismo, y un maestro se dirigió a los niños durante algo así como una hora y media sobre los deberes de los comunistas y los errores del anarquismo.
Esta enseñanza del comunismo, por muy necesaria que pueda parecer para la construcción del Estado comunista del futuro, me parece un mal en la medida en que se lleva a cabo de forma emotiva y fanática, apelando al odio y al ardor militante más que a la razón constructiva.
Ata al intelecto libre y destruye la iniciativa. Un Estado industrial no solo necesita trabajadores y artistas obedientes y pacientes, necesita también hombres y mujeres con iniciativa en la investigación científica. Es inútil proporcionar cauces para la investigación científica más adelante si esta ha de ser ahogada en su origen.
Ese origen es un intelecto inquisitivo y libre, no obstaculizado por un dogma férreo. Por lo tanto, si bien la enseñanza del comunismo como fe puede ser beneficiosa para el desarrollo artístico y emocional, bien podría resultar sumamente perniciosa para la vertiente científica e intelectual de la educación, y conducirá directamente a la visión pragmatista del conocimiento y la investigación científica que la Iglesia y el capitalista ya encuentran tan conveniente adoptar.
Pero para llegar a la cuestión principal y más práctica: la relación entre la educación y la industria.
Tarde o temprano, la educación en Rusia deberá subordinarse a las necesidades del desarrollo industrial. Que los bolcheviques ya se den cuenta de esto lo demuestran los artículos de Lunacharski aparecidos recientemente en Le Phare (Ginebra).
Fue el fantasma de la industria el que me persiguió durante toda la consideración de la educación, al igual que en la consideración del arte, y lo que he dicho más arriba sobre sus peligros para este último me parece aplicable también aquí.
Las escuelas Montessori pertenecen, a mi juicio, a esa etapa del desarrollo industrial en la que la educación se orienta tanto hacia las ocupaciones de ocio como hacia la preparación para la vida profesional.
Posiblemente la flor más fina de la investigación científica inútil pertenezca también a esta etapa.
Es poco probable que en Rusia nadie tenga mucho tiempo libre durante bastantes años, si el programa bolchevique de desarrollo industrial se lleva a cabo con eficacia.
Y me pareció que había algo patético y casi cruel en esta educación variada y agradable del niño, al reflexionar sobre las largas horas de trabajo extenuante a las que pronto iba a verse sometido en el taller o la fábrica.
Porque repito que no creo que el trabajo industrial en los primeros tiempos de la industria pueda hacerse tolerable para el trabajador.
Una vez más experimenté el pavor de ver cómo los ideales de los revolucionarios rusos sucumbían ante la lógica de la necesidad. Empiezan a enorgullecerse de ser hombres duros y prácticos, y parece muy razonable temer que lleguen a considerar este desarrollo pleno y humano del niño como un mero lujo y que acaben por descuidarlo.
Peor aún, las pocas escuelas de este tipo que ya existen tal vez lleguen a ser exclusivas para los comunistas y sus hijos, o para esa compañía de samuráis destinada a leudar y gobernar a la masa del pueblo.
De ser así, pronto llegarán a parecerse a nuestros public schools en que prepararán, en un ambiente de juego artificial, a hombres que pasarán directamente a la posición de líderes, mientras que la parte del proletariado que sirva bajo sus órdenes aprenderá a leer y escribir, apenas la formación técnica necesaria y la doctrina comunista.
Esta es una hipótesis de pesadilla, pero las dificultades del problema práctico parecen justificar que se le preste atención.
El número de personas en Rusia que siquiera saben leer y escribir es extremadamente pequeño, la necesidad de lograr que se empleen industrialmente con la mayor rapidez posible es muy grande, de ahí que el sistema educativo que surja de esta situación no pueda ser muy ambicioso ni ilustrado.
Además, tendrá que mantenerse durante un periodo de tiempo suficientemente largo como para correr el riesgo de volverse estable y tradicional. En la educación de adultos, el alumno ya acude por un periodo breve, aprende comunismo, lectura y escritura —apenas hay tiempo para darle mucho más— y regresa para servir de levadura en el ejército o en su pueblo natal.
Al lograr esto, los bolcheviques ya están realizando una labor muy importante y valiosa, pero no pueden esperar convertirse durante mucho tiempo en el modelo de instrucción pública que hasta ahora se ha pretendido que son. Y las condiciones para que lleguen a serlo en última instancia son la adhesión a sus ideales a través de un periodo muy largo de tensión, y una disminución del fanatismo en su enseñanza comunista, condiciones que, desgraciadamente, parecen ser mutuamente incompatibles.
Todo el argumento expuesto en este capítulo puede resumirse en la afirmación de un hecho que el mero idealista tiende a pasar por alto, a saber, que Rusia es un país que se encuentra en una etapa de desarrollo económico no mucho más avanzada que la de América en los días de los pioneros.
La vieja civilización era aristocrática y exótica; no pudo sobrevivir en el mundo moderno. Es cierto que produjo grandes hombres, pero sus cimientos estaban podridos.
La nueva civilización puede ser, por el momento, menos productiva en obras individuales de genio, pero posee una nueva solidez y promete una nueva unidad.
Puede que haya adoptado una visión demasiado optimista y que la evolución futura de Rusia tenga tan poca relación con la vida y la tradición de su población actual como la América moderna con la vida de las tribus de indios rojos. El hecho de que exista en Rusia una población en un estadio cultural muy superior, que será educada industrialmente y no exterminada, milita en contra de esta hipótesis, pero la necesidad de educación puede hacer que el progreso sea más lento que en los Estados Unidos.
Nadie habría buscado el milenio del comunismo, ni tampoco un arte valioso o un experimento educativo, en la América de los primeros tiempos del ferrocarril y la agricultura.
Tampoco hay que buscar todavía tales cosas en Rusia. Puede ser que durante los próximos cien años la evolución económica nuble allí los ideales comunistas, hasta que finalmente, en un país que haya alcanzado la etapa de la América actual, la batalla vuelva a librarse hasta alcanzar un resultado victorioso y estable.
A menos que, en verdad, las escrituras marxistas demuestren no ser infalibles, y la fe y la devoción heroica se muestren capaces de triunfar sobre la necesidad económica.
V ToC
# EL COMUNISMO Y LA CONSTITUCIÓN SOVIÉTICA
Antes de ir a Rusia me imaginaba que iba a ver un experimento interesante en una nueva forma de gobierno representativo. Vi un experimento interesante, pero no de gobierno representativo.
Todo aquel que se interese por el bolchevismo conoce la serie de elecciones, desde la asamblea de la aldea hasta el Sóviet de toda Rusia, mediante las cuales se supone que los comisarios del pueblo obtienen su poder. Se nos dijo que, mediante la revocación, las circunscripciones ocupacionales, etcétera, se había ideado una maquinaria nueva y mucho más perfecta para averiguar y registrar la voluntad popular.
Una de las cosas que esperábamos estudiar era la cuestión de si el sistema soviético es realmente superior al parlamentarismo a este respecto.
No pudimos realizar tal estudio, porque el sistema soviético está moribundo.4 Ningún sistema concebible de elecciones libres daría mayorías a los comunistas, ni en la ciudad ni en el campo. Por lo tanto, se adoptan diversos métodos para dar la victoria a los candidatos del Gobierno. En primer lugar, la votación es a mano alzada, de modo que todos los que votan en contra del Gobierno quedan fichados. En segundo lugar, ningún candidato que no sea comunista puede imprimir nada, ya que las imprentas están todas en manos del Estado. En tercer lugar, no puede dar ningún mitin, porque las salas pertenecen todas al Estado. Toda la prensa es, por supuesto, oficial; no se permite ningún diario independiente. A pesar de todos estos obstáculos, los mencheviques han conseguido obtener unos 40 escaños de un total de 1.500 en el Sóviet de Moscú, al ser conocidos en ciertas grandes fábricas donde la campaña electoral pudo llevarse a cabo de boca en boca. De hecho, ganaron todos los escaños a los que se presentaron.
Pero aunque el Sóviet de Moscú es nominalmente soberano en Moscú, en realidad es solo un cuerpo de electores que elige al comité ejecutivo de cuarenta miembros, del cual, a su vez, se elige el Presídium, compuesto por nueve hombres que detentan todo el poder.
El Sóviet de Moscú, en su conjunto, se reúne en raras ocasiones; se supone que el Comité Ejecutivo debe reunirse una vez a semana, pero no se reunió mientras estuvimos en Moscú. El Presídium, por el contrario, se reúne diariamente.
Por supuesto, le es fácil al Gobierno ejercer presión sobre la elección del comité ejecutivo y, de nuevo, sobre la elección del Presídium. Debe recordarse que la protesta efectiva es imposible, debido a la supresión absolutamente completa de la libertad de expresión y de la prensa. El resultado es que el Presídium del Sóviet de Moscú se compone únicamente de comunistas ortodoxos.
Kámenev, el presidente del Sóviet de Moscú, nos informó de que la revocación se emplea con mucha frecuencia; dijo que en Moscú hay, como promedio, treinta revocaciones al mes. Le pregunté cuáles eran los motivos principales de la revocación, y mencionó cuatro:
- la bebida,
- ir al frente (y estar, por lo tanto, incapacitado para desempeñar las funciones),
- cambio de política por parte de los electores, y
- no rendir cuentas a los electores una vez cada quince días, lo cual se espera que hagan todos los miembros del Sóviet.
Es evidente que la revocación ofrece oportunidades para la presión gubernamental, pero no tuve la oportunidad de averiguar si se utiliza con este fin.
En los distritos rurales el método empleado es algo diferente. Es imposible lograr que el Sóviet de la aldea esté compuesto por comunistas porque, por regla general, al menos en las aldeas que vi, no hay comunistas. Pero cuando preguntaba en las aldeas cómo estaban representadas en el Vólost (la siguiente área de mayor tamaño) o en la Gubérniia, siempre obtenía la respuesta de que no estaban representadas en absoluto. No pude verificar esto, y probablemente sea una exageración, pero todos coincidían en la afirmación de que si elegían a un representante no comunista, este no podía conseguir un salvoconducto para el ferrocarril y, por lo tanto, no podía asistir al Sóviet del Vólost o de la Gubérniia.
Vi una reunión del Sóviet de la Gubérniia de Sarátov. La representación está dispuesta de tal manera que los trabajadores urbanos tienen una preponderancia enorme sobre los campesinos circundantes; pero aun teniendo esto en cuenta, la proporción de campesinos parecía sorprendentemente pequeña para el centro de una zona agrícola muy importante.
El Sóviet Panruso, que constitucionalmente es el órgano supremo ante el cual son responsables los Comisarios del Pueblo, se reúne rara vez y se ha vuelto cada vez más formal. Su única función en la actualidad, hasta donde pude descubrir, es ratificar, sin discusión, las decisiones previas del Partido Comunista en asuntos (especialmente los referentes a la política exterior) sobre los cuales la constitución exige su decisión.
Todo el poder real está en manos del Partido Comunista, que cuenta con unos 600.000 miembros en una población de unos 120 millones.
Nunca me crucé con un comunista por casualidad: la gente con la que me encontraba en las calles o en los pueblos, cuando lograba entablar conversación con ellos, casi invariablemente decía que no era de ningún partido. La única otra respuesta que obtuve alguna vez fue la de algunos campesinos, que afirmaban abiertamente que eran zaristas.
Hay que decir que los motivos de los campesinos para detestar a los bolcheviques son muy inadecuados.
Se dice —y todo lo que vi confirmó la afirmación— que los campesinos viven mejor que nunca. No vi a nadie —hombre, mujer o niño— que pareciera mal alimentado en las aldeas.
Los grandes terratenientes han sido desposeídos y los campesinos se han beneficiado.
Pero las ciudades y el ejército aún necesitan sustento, y el Gobierno no tiene nada que dar a los campesinos a cambio de alimentos, excepto papel, que los campesinos se resentirán en tener que aceptar.
Es un hecho singular que los rublos zaristas valgan diez veces más que los soviéticos y sean mucho más comunes en el campo. Aunque son ilegales, las carteras llenas de ellos se exhiben abiertamente en los mercados.
No creo que deba deducirse que los campesinos esperan una restauración zarista: se mueven meramente por la costumbre y por su aversión a la novedad.
Nunca han oído hablar del bloqueo; en consecuencia, no pueden comprender por qué el Gobierno es incapaz de darles la ropa y los aperos de labranza que necesitan.
Una vez que han obtenido su tierra, y al ignorar los asuntos ajenos a su propia vecindad, desean que su propio pueblo sea independiente, y resentirían las exigencias de cualquier Gobierno que fuere.
Dentro del Partido Comunista hay, por supuesto, como siempre en una burocracia, diferentes facciones, aunque hasta ahora la presión externa ha evitado la desunión.
Me pareció que el personal de la burocracia podía dividirse en tres clases.
Están en primer lugar los viejos revolucionarios, probados por años de persecución. Estos hombres ocupan la mayoría de los altos cargos. La prisión y el exilio los han hecho duros y fanáticos, y bastante alejados de la realidad de su propio país. Son hombres honestos, con una profunda convicción de que el comunismo regenerará el mundo. Se creen totalmente libres de sentimentalismo, pero, de hecho, son sentimentales con respecto al comunismo y al régimen que están creando; no pueden afrontar el hecho de que lo que están creando no es el comunismo completo, y que el comunismo es un anatema para el campesino, que quiere su propia tierra y nada más. Son despiadados a la hora de castigar la corrupción o la embriaguez cuando las descubren entre los funcionarios; pero han construido un sistema en el que las tentaciones de la corrupción menor son enormes, y su propia teoría materialista debería persuadirles de que bajo semejante sistema la corrupción debe campar a sus anchas.
La segunda clase de la burocracia, entre la que se encuentran la mayoría de los hombres que ocupan cargos políticos inmediatamente inferiores al escalafón superior, consiste en arrivistas, que son bolcheviques entusiastas debido al éxito material del bolchevique.
Con ellos hay que contar al ejército de policías, espías y agentes secretos, heredados en gran medida de la época zarista, que obtienen su beneficio del hecho de que nadie puede vivir a menos que infrinja la ley.
Este aspecto del bolchevique se ejemplifica en la Comisión Extraordinaria, un organismo prácticamente independiente del Gobierno, que posee sus propios regimientos, los cuales están mejor alimentados que el Ejército Rojo.
Este organismo tiene el poder de encarcelar a cualquier hombre o mujer sin juicio bajo cargos tales como especulación o actividad contrarrevolucionaria. Ha fusilado a millares sin el debido juicio y, aunque ahora ha perdido nominalmente el poder de infligir la pena de muerte, no es en absoluto seguro que lo haya perdido del todo en la práctica.
Tiene espías por todas partes, y los mortales corrientes viven aterrorizados por ella.
La tercera clase en la burocracia consiste en hombres que no son comunistas fervorosos, que se han unido al Gobierno desde que este ha demostrado ser estable, y que trabajan para él ya sea por patriotismo o porque disfrutan de la oportunidad de desarrollar sus ideas libremente sin el obstáculo de las instituciones tradicionales.
Entre esta clase se pueden encontrar hombres del tipo del hombre de negocios exitoso, hombres con el mismo tipo de capacidad que se halla en el magnate estadounidense de los Trusts hecho a sí mismo, pero que trabajan por el éxito y el poder, no por dinero.
No hay duda de que los bolcheviques están resolviendo con éxito el problema de alistar este tipo de capacidad en el servicio público, sin permitirle amasar riqueza como lo hace en las comunidades capitalistas. Este es quizás su mayor éxito hasta ahora, fuera del ámbito de la guerra.
Hace posible suponer que, si a Rusia se le permite tener paz, puede producirse un desarrollo industrial asombroso, convirtiendo a Rusia en una rival de los Estados Unidos.
Los bolcheviques son industriales en todos sus objetivos; aman todo en la industria moderna excepto las recompensas excesivas de los capitalistas. Y la dura disciplina a la que están sometiendo a los trabajadores está calculada, si algo puede hacerlo, para darles los hábitos de laboriosidad y honestidad que hasta ahora han faltado, y cuya ausencia es lo único que impide que Rusia sea uno de los principales países industriales.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
VI Índice
# EL FRACASO DE LA INDUSTRIA RUSA
A primera vista sorprende que la industria rusa haya colapsado de manera tan grave como lo ha hecho, y sorprende aún más que los esfuerzos de los comunistas no hayan tenido más éxito en su reactivación.
Como creo que la eficiencia continuada de la industria es la condición principal para el éxito en la transición hacia un Estado comunista, me esforzaré en analizar las causas del colapso, con vistas a descubrir las formas en que este puede evitarse en otros lugares.
Del hecho del colapso no puede haber duda alguna. El Noveno Congreso del Partido Comunista (marzo-abril de 1920) habla de «las increíbles catástrofes de la economía pública» y, en relación con el transporte, que es uno de los elementos vitales del problema, reconoce «el terrible colapso del transporte y del sistema ferroviario», y urge a la introducción de «medidas que no pueden demorarse y que han de obviar la completa parálisis del sistema ferroviario y, junto con esta, la ruina de la República Soviética». Casi todos los que han visitado Rusia confirmarían esta visión de la gravedad de la situación. En las fábricas, en grandes talleres como los de Putilov y Sórnovo, se hace muy poco aparte de trabajos para la guerra; la maquinaria permanece ociosa y las instalaciones se vuelven inutilizables. Apenas se ven artículos manufacturados nuevos en Rusia, más allá de cierta cantidad muy inadecuada de ropa y botas —prescindiendo siempre de lo necesario para el ejército—. Y la dificultad para obtener alimentos es una prueba concluyente de la ausencia de bienes como los que necesitan los campesinos.
¿Cómo se ha llegado a este estado de cosas? ¿Y por qué
continúa?
Se produjo una gran desorganización antes de la primera revolución y bajo el mandato de Kerenski. La industria rusa dependía en parte de Polonia; la guerra se libraba mediante métodos de extravagancia temeraria, especialmente en lo que respecta al material rodante; bajo Kerenski hubo una tendencia a la fiesta universal, bajo la impresión de que la libertad había eliminado la necesidad de trabajar.
Pero cuando todo esto se admite por completo, sigue siendo cierto que el estado de la industria bajo los bolcheviques es mucho peor que incluso bajo Kerenski.
La primera y más obvia razón de esto es que Rusia dependía de la asistencia extranjera de una manera bastante inusual.
No solo la maquinaria de las fábricas y las locomotoras de los ferrocarriles provenían del extranjero, sino que el talento organizativo y técnico de la industria era principalmente extranjero.
Cuando la Entente se volvió hostil hacia Rusia, los extranjeros en la industria rusa abandonaron el país o ayudaron a la contrarrevolución. Incluso aquellos que de hecho eran leales naturalmente pasaron a ser sospechosos y no podían ocupar puestos de responsabilidad con facilidad, del mismo modo que los alemanes no podían hacerlo en Inglaterra durante la guerra.
Los rusos nativos que poseían habilidades técnicas o comerciales no eran mucho mejores; casi todos practicaron el sabotaje en el primer período del régimen bolchevique. Se oyen historias divertidas de marineros rasos bregando desesperadamente con contabilidades complicadas, porque ningún contable competente quería trabajar para los bolcheviques.
Pero aquellos días pasaron. Cuando se vio que el Gobierno era estable, una gran cantidad de quienes antes lo habían saboteado se mostraron dispuestos a aceptar cargos en él y de hecho ahora están empleados en ellos, a menudo con sueldos bastante excepcionales. Su importancia es plenamente reconocida. Una resolución del Congreso antes mencionado dice (cito textualmente el documento sin editar que se nos entregó en Moscú):
Partiendo de la opinión de que, sin una organización científica de la industria, ni siquiera la aplicación más amplia del servicio de trabajo obligatorio, en calidad de gran heroísmo laboral de la clase trabajadora, no solo no logrará asegurar el establecimiento de una poderosa producción socialista, sino que tampoco ayudará al país a liberarse de las garras de la pobreza, el Congreso considera imperativo registrar a todos los especialistas aptos de los diversos departamentos de la economía pública y utilizarlos ampliamente con el fin de lograr la organización industrial.
El Congreso considera que la aclaración a las amplias masas de trabajadores sobre el carácter tremendo de los problemas económicos del país es uno de los principales problemas de la agitación y la propaganda industriales y político-generales; y de igual importancia que esto, la educación técnica y la experiencia técnica administrativa y científica.
El Congreso impone a todos los miembros del partido la obligación inexcusable de combatir despiadadamente esa forma particular y odiosa, la presunción ignorante que considera a la clase obrera capaz de resolver todos los problemas sin la asistencia en los casos de mayor responsabilidad de los especialistas de la escuela burguesa, de la dirección.
Los elementos demagógicos que especulan con este tipo de prejuicio en el sector más atrasado de nuestras clases trabajadoras no pueden tener cabida en las filas del partido del Socialismo Científico.
Pero Rusia por sí sola es incapaz de proporcionar la cantidad de competencia requerida, y está muy necesitada de instructores técnicos, así como de obreros cualificados. Se le decía a uno, una y otra vez, que el primer paso para la mejora sería la obtención de piezas de repuesto para las locomotoras. Parece extraño que estas no pudieran fabricarse en Rusia. En cierta medida pueden serlo, y se nos mostraron locomotoras que habían sido reparadas en los sábados comunistas. Pero, en lo fundamental, falta la maquinaria para fabricar piezas de repuesto y no existe la competencia necesaria para su fabricación. Así, la dependencia del mundo exterior persiste, y el bloqueo continúa haciendo su mortal labor de propagar el hambre, la desmoralización y la desesperación.
La cuestión alimentaria está íntimamente ligada a la cuestión de la industria. Existe un círculo vicioso, ya que no solo la ausencia de bienes manufacturados causa escasez de alimentos en las ciudades, sino que la escasez de alimentos, a su vez, disminuye la fuerza de los trabajadores y los hace menos capaces de producir bienes.
No puedo evitar pensar que ha habido cierta mala gestión en lo que respecta a la cuestión alimentaria. Por ejemplo, en Petrogrado muchos trabajadores tienen parcelas y a menudo trabajan en ellas durante ocho horas después de una jornada de ocho horas en su empleo habitual.
Pero los alimentos producidos en las parcelas se destinan al consumo general, no se dejan para cada productor individual. Esto concuerda con la teoría comunista, pero por supuesto disminuye enormemente el incentivo para trabajar y aumenta la burocracia y la maquinaria administrativa.
La escasez de combustible ha sido otra fuente muy grave de problemas. Antes de la guerra, el carbón procedía en su mayor parte de Polonia y de la cuenca del Donets. Polonia está perdida para Rusia, y la cuenca del Donets estuvo en manos de Denikin, quien destruyó las minas antes de retirarse hasta el punto de que aún no están en condiciones de funcionar.
El resultado es una ausencia prácticamente total de carbón. El petróleo, que es igualmente importante en Rusia, también escaseó hasta la reciente recuperación de Bakú. Todo lo que vi en el Volga me hizo creer que se ha demostrado una eficacia real en la reorganización del transporte de petróleo, y sin duda esto contribuirá a reactivar la industria. Pero el petróleo solía ser explotado en gran medida por ingleses, y se necesita mucha maquinaria inglesa para refinarlo.
Mientras tanto, Rusia ha tenido que depender de la madera, lo que implica un trabajo inmenso. La mayoría de las casas no se calientan en invierno, por lo que la gente vive a una temperatura bajo cero. Otra consecuencia de la falta de combustible fue la rotura de las cañerías de agua, de modo que los habitantes de Petrogrado, en su mayor parte, tienen que bajar al Nevá a buscar agua, lo que supone un aumento considerable en la labor de una jornada ya de por sí sobrecargada.
Me resulta difícil creer que, de haber existido una mayor eficiencia en el Gobierno, las dificultades de alimentos y combustible no se habrían podido mitigar considerablemente.
A pesar de las necesidades del ejército, todavía hay muchos caballos en Rusia; vi manadas de miles de caballos en el Volga, que al parecer pertenecían a tribus calmucas. Con la ayuda de carros y trineos, debería ser posible, con un esfuerzo no mayor que el justificado por la importancia del problema, llevar alimentos y madera a Moscú y Petrogrado.
Hay que recordar que ambas ciudades están rodeadas de bosques, y Moscú al menos está rodeada de buenas tierras agrícolas. El Gobierno ha dedicado hasta ahora todas sus mejores energías a las dos tareas de la guerra y la propaganda, mientras que la industria y el problema alimentario se han dejado en manos de un menor grado de energía e inteligencia.
Es sin duda probable que, si se logra la paz, los problemas económicos reciban más atención que hasta ahora. Pero el carácter ruso parece menos adaptado al trabajo constante de naturaleza poco emocionante que a los esfuerzos heroicos en grandes ocasiones; posee una inmensa resistencia pasiva, pero no mucha tenacidad activa. Si, una vez eliminada la amenaza de invasión extranjera, existiría la suficiente energía detallada del día a día para la reorganización de la industria, es una cuestión dudosa, sobre la cual solo el tiempo podrá decidir.
Esto conduce a la conclusión —que creo que es adoptada por la mayoría de los principales dirigentes en Rusia— de que será verdaderamente muy difícil salvar la revolución sin ayuda económica exterior.
La ayuda exterior de los países capitalistas es peligrosa para los principios del comunismo, además de precaria debido a la probabilidad de que surjan nuevos motivos de disputa. Pero la necesidad de ayuda es urgente, y si la política de fomentar la revolución en otros lugares tuviera éxito, probablemente dejaría a las naciones en cuestión temporalmente incapaces de abastecer las necesidades rusas.
Es, por lo tanto, necesario que Rusia acepte los riesgos e incertidumbres que implica intentar hacer la paz con la Entente y comerciar con América. Al continuar la guerra, Rusia puede causarnos un daño infinito, especialmente en Asia, pero no puede esperar, durante muchos años, alcanzar ningún grado de prosperidad interna. La situación, por consiguiente, es una en la que, incluso desde el punto de vista más estrecho, la paz interesa a ambas partes.
Es difícil para un observador ajeno con un conocimiento meramente superficial juzgar los esfuerzos que se han hecho para reorganizar la industria sin ayuda externa.
Estos esfuerzos han adoptado principalmente la forma de conscripción industrial. Los trabajadores de las ciudades intentan huir al campo para tener suficiente de qué comer, pero esto es ilegal y se castiga severamente. El mismo Informe Comunista que ya he citado habla sobre este tema de la siguiente manera:
Deserción laboral.—Debido a que una parte considerable de los trabajadores, ya sea en busca de mejores condiciones alimentarias o a menudo con fines especulativos, abandona voluntariamente sus lugares de trabajo o cambia de un lugar a otro, lo que perjudica inevitablemente la producción y deteriora la posición general de la clase trabajadora, el Congreso considera que uno de los problemas más urgentes del Gobierno soviético y de la organización sindical es el establecimiento de una lucha firme, sistemática e insistente contra la deserción laboral. La forma de combatir esto es la publicación de una lista de multas por deserción, la creación de un Destacamento de Trabajo de Deserteres sujetos a multa y, finalmente, el internamiento en campos de concentración.
Se espera hacer extensivo el sistema al campesinado:
La derrota de los ejércitos blancos y los problemas de la construcción pacífica, en relación con las increíbles catástrofes de la economía pública, exigen un esfuerzo extraordinario de todas las fuerzas del proletariado y la incorporación al proceso del trabajo público de las amplias masas del campesinado.
Sobre el tema vital de los transportes, en un pasaje del que ya he citado un fragmento, el Partido Comunista declara:
Para el futuro más inmediato, el transporte sigue siendo el centro de la atención y de los esfuerzos del Gobierno soviético.
La mejora del transporte es la base indispensable sobre la cual se puede obtener incluso el éxito más moderado en todas las demás esferas de la producción y, ante todo, en la cuestión del abastecimiento.
La principal dificultad con respecto al mejoramiento del transporte es la debilidad del Sindicato del Transporte, debida en primer lugar a la heterogeneidad del personal de los ferrocarriles, entre el cual todavía hay un cierto número de personas pertenecientes al período de desorganización, y, en segundo lugar, al hecho de que los elementos más conscientes de su clase y mejores del proletariado ferroviario se encontraban en los diversos frentes de la guerra civil.
Considerando que la amplia asistencia de los Sindicatos a los ferroviarios es una de las tareas principales del Partido, y como la única condición bajo la cual el transporte puede ser elevado a su altura, el Congreso reconoce al mismo tiempo la inflexible necesidad de emplear medidas exclusivas y extraordinarias (ley marcial, etcétera).
Tal necesidad es el resultado del terrible colapso del transporte y del sistema ferroviario, y tiene como fin introducir medidas que no pueden ser retrasadas y que deben evitar la parálisis completa del sistema ferroviario y, junto con esto, la ruina de la República Soviética.
La actitud general ante la militarización del trabajo queda expuesta en la Resolución con la que se abre esta sección de las Actas:
El noveno Congreso aprueba la decisión del Comité Central del Partido Comunista Ruso sobre la movilización del proletariado industrial, el servicio de trabajo obligatorio, la militarización de la producción y la aplicación de destacamentos militares a las necesidades económicas.
En relación con lo anterior, el Congreso decreta que la organización del Partido debe ayudar en todos los sentidos a los Sindicatos y a las Secciones de Trabajadores en el registro de todos los trabajadores cualificados con vistas a emplearlos en las diversas ramas de la producción con la misma consistencia y rigor con que se hizo, y se lleva a cabo en el momento actual, en relación con el cuerpo de mandos para las necesidades del ejército.
Todo trabajador cualificado debe regresar a su oficio particular
Las excepciones, es decir, la retención del trabajador cualificado en cualquier otra rama del servicio soviético, solo se permiten con la autorización de las autoridades centrales y locales correspondientes.
Es, por supuesto, evidente que en estas medidas los bolcheviques se han visto obligados a alejarse mucho de los ideales que inspiraron originalmente la revolución. Pero la situación es tan desesperada que no se les podría culpar si sus medidas tuvieran éxito. En un naufragio, todas las manos deben colaborar, y sería ridículo parlotear sobre la libertad individual.
Lo más angustioso de la situación es que estas severas leyes parecen haber producido tan poco efecto. Tal vez con el paso de los años Rusia podría llegar a ser autosuficiente sin ayuda del mundo exterior, pero el sufrimiento mientras tanto sería terrible. Las primeras esperanzas de la revolución se desvanecerían cada vez más.
Cada fracaso de la industria, cada reglamento tiránico provocado por la desesperada situación, es utilizado por la Entente como justificación de su política. Si a un hombre se le priva de comida y bebida, se debilitará, perderá la razón y finalmente morirá. Por lo general, esto no se considera una buena razón para infligir la muerte por inanición. Pero en lo que respecta a las naciones, la debilidad y las luchas se consideran moralmente culpables, y se estima que justifican un castigo mayor. Al menos así ha sido en el caso de Rusia.
Nada hizo dudar a nuestras mentes gobernantes sobre la rectitud de nuestra política, salvo la fuerza del Ejército Rojo y el temor a la revolución en Asia. ¿Es sorprendente que las profesiones de sentimiento humanitario por parte del pueblo inglés sean recibidas con cierta frialdad en la Rusia soviética?
VII ToC
# LA VIDA COTIDIANA EN MOSCÚ
La vida cotidiana en Moscú, por lo que pude averiguar, no tiene ni los horrores que describe la prensa de Northcliffe ni las delicias que imaginan los más fervientes de nuestros socialistas más jóvenes.
Por un lado, no hay disturbios, hay muy poca delincuencia y escasa inseguridad para quienes se mantendrán al margen de la política. Todo el mundo trabaja duro; los intelectuales, a estas alturas, han encontrado en su mayoría su camino hacia las oficinas gubernamentales, la enseñanza u otra profesión administrativa en la que su educación resulte útil.
Los teatros, la ópera y el ballet continúan como antes y son verdaderamente admirables; algunas localidades se pagan, otras se entregan gratis a los miembros de los sindicatos.
No hay embriaguez, por supuesto, o al menos tan poca que ninguno de nosotros vio jamás el menor rastro de ella. Hay muy poca prostitución, infinitamente menos que en cualquier otra capital. Las mujeres están más protegidas contra el acoso que en cualquier otro lugar del mundo.
La impresión general es la de una actividad virtuosa y bien ordenada.
Por otra parte, la vida es muy dura para todos, excepto para los hombres en buenos puestos. Es dura, ante todo, debido a la escasez de alimentos. Esto es bien sabido por todos los que se han interesado por Rusia, y no es necesario explayarse al respecto.
Lo que se comprende menos es que la mayoría de la gente trabaja muchas más horas que en este país. La jornada de ocho horas se introdujo con gran fanfarria; después, debido a las presiones de la guerra, se amplió a diez horas en ciertos oficios. Pero no existe ninguna disposición en contra del trabajo extra en otros empleos, y muchísima gente hace trabajo extra, porque las tarifas oficiales no permiten un salario de subsistencia.
Esto no es culpa del Gobierno, al menos en su mayor parte; se debe principalmente a la guerra y al bloqueo. Cuando la jornada laboral termina, hay que dedicar una gran cantidad de tiempo a buscar comida, agua y otros artículos de primera necesidad. La visión de los trabajadores que van y vienen, mal vestidos, con el inevitable bulto en una mano y la lata en la otra, a través de calles casi totalmente desiertas de tráfico, produce la sensación de vivir en una aldea inmensa más que en una capital importante.
Holidays, such as are common throughout all but the very poorest class in this country, are very difficult in Russia.
A train journey requires a permit, which is only granted on good reasons being shown; with the present shortage of transport, this regulation is quite unavoidable.
Railway queues are a common feature in Moscow; it often takes several days to get a permit. Then, when it has been obtained, it may take several more days to get a seat in a train.
The ordinary trains are inconceivably crowded, far more so, though that seems impossible, than London trains at the busiest hour. On the shorter journeys, passengers are even known to ride on the roof and buffers, or cling like flies to the sides of the waggons.
People in Moscow travel to the country whenever they can afford the time and get a permit, because in the country there is enough to eat. They go to stay with relations—most people in Moscow, in all classes, but especially among manual workers, have relations in the country.
One cannot, of course, go to an hotel as one would in other countries. Hotels have been taken over by the State, and the rooms in them (when they are still used) are allocated by the police to people whose business is recognized as important by the authorities.
Casual travel is therefore impossible even on a holiday.
Los viajes tienen molestias además de la lentitud y el abarrotamiento de los trenes. La policía registra a los viajeros en busca de indicios de «especulación», especialmente de alimentos. La policía desempeña, en conjunto, un papel mucho mayor en la vida cotidiana que en otros países; mucho mayor que, por ejemplo, en la Prusia de hace veinticinco años, cuando había una campaña enérgica contra el socialismo.
Todo el mundo infringe la ley casi a diario y nadie sabe cuál de sus conocidos es un espía de la Comisión Extraordinaria. Incluso en las prisiones, entre los presos, hay espías a quienes se conceden ciertos privilegios, pero no la libertad.
No se reciben periódicos, salvo por muy pocas personas, sino que se pegan en lugares públicos, donde los transeúntes les echan un vistazo de vez en cuando.5
Hay muy poco que leer; debido a la escasez de papel, los libros son escasos, y el dinero para comprarlos lo es aún más. No se ve a la gente leyendo, como ocurre aquí en el metro, por ejemplo.
Prácticamente no hay vida social, en parte debido a la escasez de alimentos, en parte porque, cuando se detiene a alguien, la policía suele arrestar a todos los que encuentra en su compañía o que van a visitarlo. Y una vez arrestados, un hombre o una mujer, por muy inocentes que sean, pueden pasar meses en prisión sin ser juzgados.
Mientras estuvimos en Moscú, cuarenta socialrevolucionarios y anarquistas estaban en huelga de hambre para exigir ser juzgados y que se les permitieran visitas. Me dijeron que al octavo día de la huelga el Gobierno accedió a juzgarlos, y que a pocos se les pudo demostrar culpabilidad de algún delito; pero no tuve medios para verificar esto.
El servicio industrial es, por supuesto, rigurosamente impuesto.
Todo hombre y mujer tiene que trabajar, y el holgazaneo se castiga severamente con prisión o colonia penal. Las huelgas son ilegales, aunque a veces ocurren.
Al proclamarse amigo del proletariado, el Gobierno ha podido establecer una disciplina de hierro, más allá de los sueños más salvajes del magnate estadounidense más autocrático. Y mediante las mismas profesiones, el Gobierno ha llevado a los socialistas de otros países a abstenerse de informar sobre los aspectos desagradables de lo que han visto.
Los tolstoianos, cuyos líderes conocí, están obligados por su credo a resistir toda forma de conscripción, aunque algunos han encontrado maneras de transigir. La ley relativa a los objetores de conciencia al servicio militar es prácticamente la misma que la nuestra, y su aplicación depende del temperamento del tribunal ante el cual comparezca el individuo. Algunos objetores de conciencia han sido fusilados; por otra parte, algunos han obtenido la exención absoluta.
La vida en Moscú, en comparación con la vida en Londres, es gris, monótona y deprimida. No estoy, por supuesto, comparando la vida allí con la de los ricos de aquí, sino con la de la familia media de clase trabajadora. Si se tiene en cuenta que los salarios más altos rondan los quince chelines al mes, esto no resulta sorprendente. No creo que la vida pudiera ser, bajo ningún sistema, muy alegre en un país tan agotado por la guerra como Rusia, así que no lo digo como una crítica a los bolcheviques. Pero sí creo que podría haber menos injerencia policial, menos reglamentación vexatoria y más libertad para los impulsos espontáneos hacia diversiones inofensivas.
La religión sigue siendo muy fuerte. Entré en muchas iglesias, donde vi a sacerdotes obviamente demacrados con magníficas vestimentas y a una congregación enormemente devota.
- Por lo general, más de la mitad de la congregación eran hombres, y entre los hombres muchos eran soldados.
- Esto se aplica tanto a las ciudades como al campo.
En Moscú vi constantemente a la gente en las calles santiguándose.
Existe la teoría de que el trabajador de Moscú se siente libre de la dominación capitalista y que, por lo tanto, soporta las privaciones con alegría.
Esto es sin duda cierto en el caso de la minoría que es comunista activa, pero no creo que tenga nada de verdad para los demás.
El trabajador medio, a juzgar por una impresión bastante precipitada, se siente esclavo del Gobierno y no tiene en absoluto la sensación de haberse liberado de una tiranía.
Reconozco plenamente las razones del mal estado de cosas, en la historia pasada de Rusia y la política reciente de la Entente. Pero he considerado preferible consignar mis impresiones con franqueza, confiando en que los lectores recordarán que los bolcheviques tienen una responsabilidad muy limitada en los males que sufre Rusia.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
VIII ToC
CIUDAD Y CAMPO
El problema de inducir a los campesinos a alimentar a las ciudades es uno que Rusia comparte con Europa Central y, por lo que se oye, Rusia ha tenido menos falta de éxito que algunos otros países en hacer frente a este problema.
Para el Gobierno soviético, el problema se concentra principalmente en Moscú y Petrogrado; las demás ciudades no son muy grandes y se encuentran en su mayoría en el centro de ricas regiones agrícolas.
Es verdad que en el Norte incluso la población rural depende normalmente de los alimentos procedentes de regiones más meridionales; pero la población del norte es pequeña.
Comúnmente se dice que el problema de alimentar a Moscú y Petrogrado es un problema de transporte, pero creo que esto es solo parcialmente cierto.
Hay, por supuesto, una grave deficiencia de material rodante, especialmente de locomotoras en buen estado. Pero Moscú está rodeada de tierras muy buenas. En el curso de un día de automovilismo por los alrededores, vi suficientes vacas como para suministrar leche a toda la población infantil de Moscú, aunque a lo que había venido a ver era a sanatorios infantiles, no a granjas.
Se puede comprar todo tipo de alimentos en el mercado a precios altos. Viajé por una extensión considerable de los ferrocarriles rusos y vi un número razonable de trenes de mercancías. Por todas estas razones, me convence que la parte del problema de transporte en las dificultades alimentarias ha sido exagerada.
Por supuesto, el transporte desempeña un papel más importante en la escasez de Petrogrado que en la de Moscú, ya que los alimentos provienen principalmente del sur de Moscú. En Petrogrado, la mayoría de la gente que se ve por las calles muestra signos evidentes de desnutrición. En Moscú, los signos visibles son mucho menos frecuentes, pero no cabe duda de que la desnutrición, aunque no la hambre real, es casi universal.
El Gobierno suministra raciones a todos los que trabajan en las ciudades a un precio fijo muy bajo. La teoría oficial es que el Gobierno tiene el monopolio de los alimentos y que las raciones son suficientes para sostener la vida. El hecho es que las raciones no son suficientes y que constituyen tan solo una parte del suministro de alimentos de Moscú.
Además, la gente se queja, no sé con cuánta verdad, de que las raciones se entregan de forma irregular; algunos dicen que más o menos cada dos días. En estas circunstancias, casi todo el mundo, rico o pobre, compra comida en el mercado, donde cuesta unas cincuenta veces el precio oficial fijado. Una libra de mantequilla cuesta aproximadamente el salario de un mes.
Para poder costearse comida adicional, la gente adopta diversos expedientes.
- Algunos hacen trabajo adicional, a destajo, después de que su jornada laboral oficial ha terminado.
Pues, aunque supuestamente por ley existe la jornada de ocho horas, ampliada a diez en ciertas industrias vitales, el salario que se paga por ella no es un salario digno, y no hay nada que impida a un hombre emprender otro trabajo en su tiempo libre.
Pero el recurso habitual es lo que se llama "especulación", es decir, la compraventa.
Algunas personas que antes eran ricas venden ropa, muebles o joyas a cambio de comida; el comprador vuelve a vender a un precio más alto, y así sucesivamente a través de quizá veinte manos, hasta que se encuentra un comprador final en algún campesino acomodado o en un especulador nouveau riche.
Además, la mayoría de la gente tiene parientes en el campo, a los que visita de vez en cuando, trayendo de vuelta grandes sacos de harina. Es ilegal que los particulares lleven comida a Moscú, y los trenes son registrados; pero, mediante la corrupción o la astucia, las personas con experiencia pueden burlar el registro.
El mercado de alimentos es ilegal y es asaltado de vez en cuando; pero, por lo general, se hace la vista gorda.
Así pues, el intento de suprimir el comercio privado ha dado como resultado una cantidad de compraventa clandestina que supera con creces lo que ocurre en los países capitalistas. Consume una gran cantidad de tiempo que podría emplearse de manera más provechosa; y, al ser ilegal, pone prácticamente a toda la población de Moscú a merced de la policía. Además, depende en gran medida de las reservas de bienes pertenecientes a quienes antes eran ricos, y cuando estas se agoten, todo el sistema deberá colapsar, a menos que para entonces la industria se haya restablecido sobre una base sólida.
Es evidente que el estado de cosas es insatisfactorio, pero, desde el punto de vista del Gobierno, no es fácil ver qué se debe hacer.
- La población urbana y la "industrial" se ocupa principalmente de llevar a cabo la labor de gobierno y de suministrar municiones al ejército. Estas son tareas muy necesarias, cuyo coste debería sufragarse mediante impuestos.
- Un impuesto moderado en especie sobre los campesinos alimentaría fácilmente a Moscú y Petrogrado.
Pero los campesinos no tienen ningún interés en la guerra ni en el gobierno. Rusia es tan vasta que la invasión de una parte no afecta a otra; y los campesinos son demasiado ignorantes como para tener alguna conciencia nacional, como la que se da por sentada en Inglaterra, Francia o Alemania.
Los campesinos no se desprenderán voluntariamente de una parte de su producción meramente con fines de defensa nacional, sino únicamente a cambio de los bienes que necesitan —ropa, aperos de labranza, etc.— que el Gobierno, debido a la guerra y al bloqueo, no está en condiciones de suministrar.
Cuando la escasez de alimentos era peor, el Gobierno enemistó a los campesinos mediante requisas forzosas, llevadas a cabo con gran dureza por el Ejército Rojo. Este método ha sido modificado, pero los campesinos todavía se desprenden de sus alimentos de mala gana, como es natural dada la inutilidad del papel y los precios enormemente más altos ofrecidos por los compradores privados.
El problema alimentario es la causa principal de la oposición popular a los bolcheviques, mas no veo cómo se podría haber adoptado alguna política popular. Los bolcheviques no son del agrado de los campesinos porque toman demasiados alimentos; no son del agrado en las ciudades porque toman muy pocos.
Lo que los campesinos quieren es lo que se llama libre comercio, es decir, la desregulación de los productos agrícolas. Si se adoptara esta política, las ciudades se enfrentarían a una hambruna total, no meramente a hambre y privaciones.
Es un error absoluto suponer que los campesinos albergan hostilidad alguna hacia la Entente. El Daily News del 13 de julio, en un artículo de fondo por lo demás excelente, habla de «el creciente odio del campesino ruso, que no es ni comunista ni bolchevique, hacia los Aliados en general y hacia este país en particular».
El campesino ruso típico jamás ha oído hablar de los Aliados ni de este país; no sabe que hay un bloqueo; lo único que sabe es que solía tener seis vacas, pero el Gobierno lo redujo a una en beneficio de los campesinos más pobres, y que le quita el grano (excepto el necesario para su propia familia) a un precio muy bajo. Los motivos de estas acciones no le interesan, ya que su horizonte está limitado por su propia aldea.
Hasta un punto notable, cada aldea es una unidad independiente. Mientras el Gobierno obtenga los alimentos y los soldados que necesita, no interfiere y deja intacto el viejo comunismo aldeano, que es extraordinariamente diferente del bolchevismo y depende enteramente de una etapa cultural muy primitiva.
El Gobierno representa los intereses de la población urbana e industrial, y está, por decirlo así, acampado en medio de una nación campesina, con la cual sus relaciones son más diplomáticas y militares que gubernamentales en el sentido ordinario.
La situación económica, al igual que en Europa Central, es favorable para el campo y desfavorable para las ciudades. Si Rusia fuera gobernada democráticamente, según la voluntad de la mayoría, los habitantes de Moscú y Petrogrado morirían de hambre. Tal como están las cosas, Moscú y Petrogrado logran apenas sobrevivir, al tener todo el poder civil y militar del Estado consagrado a sus necesidades.
Rusia ofrece el curioso espectáculo de un vasto y poderoso Imperio, próspero en la periferia, pero enfrentado a una extrema necesidad en el centro. Aquellos que tienen menor prosperidad tienen mayor poder; y es únicamente a través de su exceso de poder que logran siquiera vivir.
La situación se debe en el fondo a dos hechos:
- que casi todas las energías industriales de la población han tenido que dedicarse a la guerra, y
- que los campesinos no aprecian la importancia de la guerra ni el hecho del bloqueo.
Es inútil culpar a los bolcheviques por una situación desagradable y difícil que les ha sido imposible evitar.
Su problema solo tiene solución de dos maneras:
- mediante el cese de la guerra y del bloqueo, lo que les permitiría abastecer a los campesinos con los bienes que necesitan a cambio de alimentos;
- o mediante el desarrollo gradual de una industria rusa independiente.
Este último método sería lento y conllevaría privaciones terribles, pero algunos de los hombres más capaces del Gobierno creen que es posible si no se puede lograr la paz.
Si imponemos este método a Rusia mediante la negativa a la paz y al comercio, perderemos el único incentivo que podemos ofrecer para mantener relaciones amistosas; haremos que el Estado soviético sea inexpugnable y totalmente libre para proseguir con su política de promover la revolución en todas partes.
Pero el problema industrial es un tema amplio, que ya ha sido tratado en el capítulo VI.
IX ToC
# POLÍTICA INTERNACIONAL
En el curso de estos capítulos, he tenido ocasión de mencionar rasgos desagradables del régimen bolchevique. Pero siempre debe recordarse que estos se deben principalmente a que la vida industrial de Rusia ha quedado paralizada, salvo en lo que concierne a subvenir a las necesidades del ejército, y a que el Gobierno ha tenido que librar una guerra civil y exterior encarnizada e incierta, que conlleva la amenaza constante de los enemigos internos.
La severidad, el espionaje y el recorte de la libertad se derivan inevitablemente de estas dificultades.
No tengo la menor duda de que el único remedio para los males que padece Rusia son la paz y el comercio. La paz y el comercio pondrían fin a la hostilidad de los campesinos y permitirían de inmediato que el Gobierno dependiera de la popularidad en lugar de la fuerza.
El carácter del Gobierno cambiaría rápidamente bajo tales condiciones.
- El servicio militar obligatorio industrial, que ahora se aplica rigurosamente, se volvería innecesario.
- Quienes desean un espíritu más liberal podrían alzar sus voz sin la sensación de estar favoreciendo a la reacción y a los enemigos nacionales.
- Las dificultades alimentarias cesarían, y con ellas la necesidad de un sistema autocrático en las ciudades.
No debe suponerse, como es común entre los opositores al bolchevismo, que cualquier otro gobierno podría establecerse fácilmente en Rusia. Pienso que todo aquel que ha estado recientemente en Rusia está convencido de que el Gobierno actual es estable. Puede sufrir desarrollos internos y podría fácilmente, de no ser por Lenin, convertirse en una autocracia militar bonapartista. Pero esto sería un cambio desde adentro —tal vez no un cambio muy grande— y probablemente haría poco por alterar el sistema económico.
Por lo que vi del carácter ruso y de los partidos de oposición, llegué a convencerme de que Rusia no está lista para ninguna forma de democracia y necesita un Gobierno fuerte.
Los bolcheviques se presentan a sí mismos como los aliados del socialismo avanzado occidental, y desde este punto de vista son objeto de duras críticas. En cuanto a su programa internacional, a mi parecer, no hay nada que decir. Pero como gobierno nacional, despojados de su camuflaje, considerados como los sucesores de Pedro el Grande, están cumpliendo una tarea necesaria aunque poco amable.
- Están introduciendo, en la medida de lo posible, la eficiencia estadounidense entre una población perezosa e indisciplinada.
- Se están preparando para desarrollar los recursos naturales de su país mediante los métodos del socialismo de Estado, sobre lo cual, en Rusia, hay mucho que decir.
- En el ejército están aboliendo el analfabetismo y, si tuvieran paz, harían grandes cosas por la educación en todas partes.
Pero si seguimos rechazando la paz y el comercio, no creo que los bolcheviques perezcan. Rusia sufrirá grandes penalidades, en los próximos años como antes. Pero los rusos están curtidos en la miseria como ninguna nación occidental; pueden vivir y trabajar en condiciones que nosotros encontraríamos intolerables.
El Gobierno se verá empujado cada vez más, por mera autodefensa, hacia una política de imperialismo. La Entente ha estado haciendo todo lo posible para exponer a Rusia a una invasión alemana de armas y panfletos, al permitir que Polonia participe en una guerra y obligar a Alemania a desarmarse.
Todo Asia está abierta a las ambiciones bolcheviques. Casi la totalidad del antiguo Imperio ruso en Asia está firmemente en sus manos. Los trenes circulan a una velocidad razonable hacia el Turkestán, y vi cómo se cargaba algodón de allí en los vapores del Volga.
En Persia y Turquía se están produciendo revueltas, con apoyo bolchevique. Es solo cuestión de unos pocos años que la India esté en contacto con el Ejército Rojo. Si seguimos antagonizando con los bolcheviques, no veo qué fuerza existe que pueda impedirles apoderarse de toda Asia en un plazo de diez años.
El Gobierno ruso no es todavía decididamente imperialista en su espíritu, y aún preferiría la paz a la conquista. El país está cansado de la guerra y carente de bienes.
Pero si las Potencias occidentales insisten en la guerra, otro espíritu, que ya comienza a manifestarse, se hará dominante. La conquista será la única alternativa a la sumisión. La conquista asiática no será difícil. Pero para nosotros, desde el punto de vista imperialista, significará la ruina total. Y para el Continente significará revoluciones, guerras civiles, cataclismos económicos.
La política de aplastar el bolchevismo por la fuerza siempre fue necia y criminal; ahora se ha vuelto imposible y está cargada de desastres. Nuestro propio Gobierno, al parecer, ha empezado a comprender los peligros, pero Aparentemente no lo suficientemente como para imponer su punto de vista frente a la oposición.
En las Tesis presentadas al Segundo Congreso de la Tercera Internacional (julio de 1920), hay un artículo muy interesante de Lenin titulado «Primer esbozo de las tesis sobre los problemas nacional y colonial» (Tesis, págs. 40-47). Los siguientes pasajes me parecieron particularmente esclarecedores:—
La situación política mundial actual pone a la orden del día la dictadura del proletariado; y todos los acontecimientos de la política mundial se concentran inevitablemente en torno a un solo centro de gravedad: la lucha de la burguesía internacional contra la República Soviética, la cual agrupa inevitablemente en torno suyo, por un lado, los movimientos soviéticos de los obreros avanzados de todos los países y, por otro, todos los movimientos de emancipación nacional de las colonias y de las naciones oprimidas, que han llegado a comprender por amarga experiencia que no hay salvación para ellos fuera de la victoria del Poder soviético sobre el imperialismo mundial.
Por consiguiente, ya no podemos limitarnos a reconocer y proclamar la unión de los trabajadores de todos los países. En adelante es necesario perseguir la realización de la unión más estrecha de todos los movimientos nacionales y coloniales de emancipación con la Rusia soviética, dando a esta unión formas que correspondan al grado de evolución del movimiento proletario entre el proletariado de cada país, o del movimiento democrático-burgués de emancipación entre los obreros y campesinos de los países atrasados o de las nacionalidades atrasadas.
El principio federal nos aparece como una forma transitoria hacia la unidad completa de los trabajadores de todos los países.
Esta es la fórmula para la cooperación con el Sinn Fein o con el nacionalismo egipcio e indio. Se define con mayor precisión más adelante. Respecto a los países atrasados, dice Lenin, debemos tener en cuenta:—
La necesidad de la cooperación de todos los comunistas en el movimiento democrático-burgués de emancipación en dichos países.
Nuevamente:
"La Internacional Comunista debe concluir alianzas temporales con la democracia burguesa de los países atrasados, pero jamás debe fundirse con ella". El proletariado consciente debe "mostrar una extrema circunspección ante los resabios del sentimiento nacional en los países largamente oprimidos", y debe "consentir en ciertas concesiones útiles".
La política asiática del Gobierno ruso fue adoptada como una jugada contra el Imperio británico y como un método para inducir al Gobierno británico a hacer la paz. Desempeña un papel más importante en los planes de los principales bolcheviques de lo que el Partido Laborista en este país se da cuenta.
Su método no es, por el momento, predicar el comunismo, ya que se considera que los persas y los indús apenas están maduros para las doctrinas de Marx. Son los movimientos nacionalistas los que reciben apoyo financiero y de agitadores desde Moscú. El método de los Estados cuasi independientes bajo protección bolchevique se comprende bien.
Es obvio que esta política ofrece oportunidades para el imperialismo, bajo la cobertura de la propaganda, y no hay duda de que algunos entre los bolcheviques se sienten fascinados por su aspecto imperialista. La importancia que oficialmente se otorga a la política oriental se ilustra por el hecho de que fue el tema de la parte final del discurso de Lenin ante el reciente Congreso de la Tercera Internacional (julio de 1920).
El bolchevismo, como todo lo ruso, tiene un carácter en parte asiático. Pueden distinguirse dos tendencias bien definidas, que desembocan en dos políticas distintas. Por un lado están los hombres prácticos, que desean desarrollar industrialmente a Rusia, asegurar a nivel nacional las conquistas de la Revolución, comerciar con Occidente y transformarse gradualmente en un Estado más o menos ordinario. Estos hombres tienen a su favor el hecho del agotamiento económico de Rusia, el peligro de una revuelta definitiva contra el bolchevismo si la vida sigue siendo tan penosa como en la actualidad, y el sentimiento natural de la humanidad que desea aliviar los sufrimientos del pueblo; así como el hecho de que, si las revoluciones en otras partes producen un colapso similar de la industria, harán imposible que Rusia reciba la ayuda exterior que tanto necesita. En los primeros días, cuando el Gobierno era débil, tuvieron el control inuestionado de la política, pero el éxito ha hecho que su posición sea menos segura.
En el otro lado hay una mezcla de dos objetivos bastante diferentes:
- primero, el deseo de promover la revolución en las naciones occidentales, lo cual está en consonancia con la teoría comunista y además se considera el único medio de obtener una paz verdaderamente segura;
- segundo, el deseo de dominio asiático, que probablemente va acompañado en la mente de algunos de sueños de zafiros y rubíes y tronos de oro y todas las glorias de su antepasado Salomón.
Este deseo produce una falta de voluntad para abandonar la política oriental, a pesar de comprenderse que, hasta que no sea abandonada, la paz con la Inglaterra capitalista es imposible. No sé si a algunos se les ocurre el pensamiento de que, si Inglaterra se embarcara en una revolución, estaríamos dispuestos a abandonar la India a los rusos. Pero estoy seguro de que se les ocurre el pensamiento inverso, a saber, que si la India pudiera sernos arrebatada, el golpe al sentimiento imperialista podría llevarnos a la revolución.
En cualquier caso, las dos políticas —la de la revolución en Occidente y la de la conquista (disfrazada de liberación de los pueblos oprimidos) en Oriente— cooperan entre sí y encajan en un todo firmemente coherente.
El bolchevismo como fenómeno social debe considerarse una religión, no un movimiento político ordinario.
Las actitudes mentales importantes y eficaces ante el mundo pueden dividirse a grandes rasgos en la religiosa y la científica. La actitud científica es provisional y fragmentaria, cree en aquello para lo que encuentra pruebas y nada más. Desde Galileo, la actitud científica ha demostrado ser cada vez más capaz de averiguar hechos y leyes importantes, que son reconocidos por todas las personas competentes sin importar su temperamento, interés propio o presión política. Casi todo el progreso del mundo desde los tiempos más remotos es atribuible a la ciencia y al espíritu científico; casi todos los grandes males son atribuibles a la religión.
Por religión entiendo un conjunto de creencias sostenidas como dogmas, que dominan la conducta de la vida, que van más allá o en contra de las pruebas, y que son inculcadas por métodos emocionales o autoritarios, no intelectuales.
Según esta definición, el bolchevismo es una religión: que sus dogmas van más allá o en contra de las pruebas, intentaré demostrarlo a continuación. Quienes aceptan el bolchevismo se vuelven impermeables a la evidencia científica y cometen un suicidio intelectual. Incluso si todas las doctrinas del bolchevismo fuesen ciertas, este seguiría siendo el caso, ya que no se tolera ningún examen imparcial de las mismas. Quien cree, como yo, que el intelecto libre es el principal motor del progreso humano, no puede sino oponerse fundamentalmente al bolchevismo, tanto como a la Iglesia de Roma.
Entre las religiones, el bolchevismo debe contarse junto al mahometismo más bien que con el cristianismo y el budismo.
El cristianismo y el budismo son primordialmente religiones personales, con doctrinas místicas y amor por la contemplación.
El mahometismo y el bolchevismo son prácticos, sociales, desprovistos de espiritualidad y empeñados en conquistar el imperio de este mundo. Sus fundadores no habrían resistido la tercera de las tentaciones en el desierto.
Lo que el mahometismo hizo por los árabes, el bolchevismo puede hacerlo por los rusos. Así como Alí sucumbió ante los políticos que solo se unieron al Profeta tras su éxito, los comunistas genuinos pueden sucumbir ante aquellos que ahora se alistan en las filas de los bolcheviques.
Si es así, un imperio asiático con toda su pompa y esplendor bien puede ser la próxima etapa de desarrollo, y el comunismo puede parecer, en retrospectiva histórica, una parte tan pequeña del bolchevismo como la abstinencia de alcohol lo es del mahometismo.
Es verdad que, como fuerza mundial, ya sea para la revolución o para el imperio, el bolchevismo debe tarde o temprano ser llevado por el éxito a un conflicto desesperado con América; y América es más sólida y fuerte, hasta ahora, que cualquier cosa que los seguidores de Mahoma hayan tenido que enfrentar.
Pero las doctrinas del comunismo tienen casi la seguridad, a la larga, de hacer progresos entre los asalariados americanos, y por lo tanto no es probable que la oposición de América sea eterna.
El bolchevismo puede venirse abajo en Rusia, pero, aun si lo hace, resurgirá en otra parte, ya que se adapta a la perfección a una población industrial en la situación de miseria. Lo que hay de malo en él se debe principalmente al hecho de tener su origen en la angustia; el problema consiste en separar lo bueno de lo malo e inducir a la adopción de lo bueno en los países que no han sido empujados a la ferocidad por la desesperación.
Rusia es un país atrasado, que aún no está preparado para los métodos de cooperación en pie de igualdad que Occidente intenta sustituir por el poder arbitrario en la política y en la industria.
En Rusia, los métodos de los bolcheviques son probablemente más o menos inevitables; en cualquier caso, no estoy dispuesto a criticarlos en sus líneas generales. Pero no son los métodos apropiados para países más avanzados, y nuestros socialistas serán innecesariamente retrógrados si permiten que el prestigio de los bolcheviques los conduzca a una imitación servil.
Será un error mucho menos excusable en nuestros reaccionarios si, debido a su incapacidad para aprender, forzan la adopción de métodos violentos. Tenemos un patrimonio de civilización y tolerancia mutua que es importante para nosotros y para el mundo.
La vida en Rusia siempre ha sido feroz y cruel, en un grado mucho mayor que entre nosotros, y de la guerra ha surgido el peligro de que esta fiereza y crueldad puedan volverse universales. Tengo esperanzas de que en Inglaterra esto pueda evitarse mediante la moderación de ambas partes. Pero es fundamental para un feliz desenlace que el melodrama deje de determinar nuestras opiniones sobre los bolcheviques: no son ni ángeles a los que adorar ni demonios a los que exterminar, sino simplemente hombres audaces y capaces que intentan con gran habilidad una tarea casi imposible.