continuamente, no pueden dejar de cambiar en su cuerpo, y es casi inevitable que la mente resulte afectada». «¿Qué cosa honorable puede salir de un taller?», se pregunta Cicerón. «¿Qué puede producir el comercio que sea honorable? Todo lo que se llama taller es indigno de un hombre honorable. Los comerciantes no pueden obtener ganancias sin mentir, ¿y qué hay más vergonzoso que la falsedad? Además, debemos considerar como algo vil y abyecto el oficio de aquellos que venden su esfuerzo e industria, pues quien da su trabajo por dinero se vende a sí mismo y se pone al nivel de los esclavos». [5]
Proletarios, embrutecidos por el dogma del trabajo, escuchad la voz de estos filósofos, que os ha sido oculta con celoso cuidado:
Un ciudadano que da su trabajo por dinero se degrada hasta el rango de los esclavos, comete un crimen que merece años de prisión.
La hipocresía cristiana y el utilitarismo capitalista no habían pervertido a estos filósofos de las repúblicas antiguas. Hablando en nombre de hombres libres, expresaban su pensamiento con ingenuidad. Platón, Aristóteles, esos gigantes intelectuales junto a los cuales nuestros filósofos de hoy en día no son más que pigmeos, desean que los ciudadanos de sus repúblicas ideales vivan en el más completo ocio, pues como observaba Jenofonte: «El trabajo ocupa todo el tiempo y con él uno no tiene tiempo para la república ni para los amigos». Según Plutarco, el gran título de gloria de Licurgo, el más sabio de los hombres, ante la admiración de la posteridad, fue haber concedido el ocio a los ciudadanos de Esparta prohibiéndoles cualquier tipo de oficio.
Pero nuestros moralistas del cristianismo y del capitalismo responderán: «Estos pensadores y filósofos alabaron la institución de la esclavitud». Perfectamente cierto, pero ¿podría haber sido de otro modo, dadas las condiciones económicas y políticas de su época?