CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Page 447 of 864
Table of Contents

Capítulo 9

¡Ay, el trueno de esos lomos! El dios persiguiendo a la doncella oculta.

—Queremos saber más —decidió John Eglinton con la aprobación del señor Best—. Empezamos a interesarnos por la señora S. Hasta ahora habíamos pensado en ella, si es que lo habíamos hecho, como en una paciente Griselda, una Penélope hogareña.

—Antístenes, discípulo de Gorgias, —dijo Stephen—, le arrebató la palma de la hermosura a la yegua de cría de Ciriaco Menelao, la argiva Helena, la yegua de madera de Troya en la que durmieron veinte héroes, y se la entregó a la pobre Penélope. Veinte años vivió en Londres y, durante parte de ese tiempo, cobró un sueldo igual al del lord canciller de Irlanda. Su vida fue rica. Su arte, más que el arte del feudalismo, como lo llamó Walt Whitman, es el arte de la hartura. Tartas calientes de arenque, jarras verdes de vino de seco, salsas de miel, azúcar de rosas, mazapán, pichones con grosellas, confites de cardo. Sir Walter Raleigh, cuando lo arrestaron, llevaba encima medio millón de francos, incluido un par de corsés elegantes. La usurera Eliza Tudor tenía ropa blanca suficiente como para competir con la de Saba. Veinte años se retozó allí entre el amor conyugal y sus castas delicias y el amor meretricio y sus inmundos placeres. Ya conocéis la historia de Manningham sobre

447