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Chapter 12

tanteándole las cosquillas y Norman W. Tupper irrumpiendo con su chismosa justo a tiempo para llegar tarde después de habérselo montado con el agente Taylor.

—¡Válgame, Jenny —dice Joe—, qué corta tienes la camisa!

—Pelo hay, Joe, digo yo. Córtale un rabo de buey de salazón bien raro a esa, ¿eh?

Así y todo entraron John Wyse Nolan y Lenehan con él con una cara de funeral que no se la vía.

—Bien, dice el ciudadano, ¿qué hay de nuevo en el escenario de los acontecimientos? ¿Qué decidieron sobre la lengua irlandesa esos chapuceros del ayuntamiento en su reunión de comité?

O’Nolan, revestido de reluciente armadura, hizo profunda reverencia y rindió pleitesía al potente, alto y poderosísimo caudillo de toda Erin, y le hizo saber lo acaecido: cómo los graves ancianos de la ciudad más obediente, segunda del reino, les habían salido al encuentro en el consistorio y allí, tras debidas plegarias a los dioses que moran en el éter supremo, habían tomado solemne acuerdo por el cual pudieran, si acaso fuere posible, devolver una vez más a la honra entre los hombres mortales la lengua alada del gaálico dividido por los mares.

―Ya está en marcha, dice el ciudadano. Que se vayan al infierno los malditos y brutales Sassenachs y su jerigonza.

Así que J. J. intercede haciéndose el señorito con lo de que una historia es buena hasta que oyes otra y los hechos parpadeantes y la política de Nelson poniendo el ojo ciego al telescopio y redactando un proyecto de ley de proscripción para procesar a una nación y Bloom intentando respaldarle

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