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Chapter 12

Aquel público monstruoso simplemente se mecía de deleite.

Mas pronto los abatió el dolor y entrelazaron las manos por última vez. Un nuevo torrente de lágrimas brotó de sus conductos lacrimales y la vasta concurrencia de gentes, conmovida hasta lo más hondo, prorrumpió en desgarradores sollozos, no siendo el menos afectado el anciano canónigo en persona. Grandes hombres fornidos, agentes del orden y apacibles gigantes de la Real Policía Irlandesa, hacían uso descarado de sus pañuelos y es arriesgado decir que no quedara un ojo seco en aquella concurrencia récord.

Un incidente de lo más romántico tuvo lugar cuando un apuesto joven graduado de Oxford, conocido por su caballerosidad hacia el bello sexo, dio un paso al frente y, presentando su tarjeta de visita, su libreta de ahorros y su árbol genealógico, solicitó la mano de la desdichada joven, pidiéndole que fijara la fecha, y fue aceptado en el acto.

A todas las damas del público se les obsequió con un elegante recuerdo de la ocasión en forma de broche con una calavera y tibias cruzadas, un acto oportuno y generoso que suscitó un nuevo estallido de emoción; y cuando el valiente joven oxoniense (portador, por cierto, de uno de los nombres más venerables de la historia de la Albión) colocó en el dedo de su ruborizada prometida un costoso anillo de compromiso con esmeraldas incrustadas en forma de trébol de cuatro hojas, el entusiasmo no conoció límites.

No, incluso el severo preboste mariscal, el teniente coronel Tomkin-Maxwell ffrenchmullan Tomlinson, que presidía el triste acontecimiento, él, que había volado a un número considerable de cipayos

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