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Capítulo 3

— Es la paloma, Joseph.

Patrice, de permiso en casa, sorbía leche tibia conmigo en el bar MacMahon. Hijo de los gansos salvajes, Kevin Egan de París. Mi padre es un pájaro, sorbía el dulce lait chaud con su lengua rosada y joven, cara de conejo rollizo. Lap, lapin. Espera ganar en los gros lots. Sobre la naturaleza de las mujeres leyó en Michelet. Pero debe enviarme La Vie de Jésus de M. Léo Taxil. Se lo prestó a su amigo.

― Es tronchante, ¿sabe? Yo soy socialista. No creo en la existencia de Dios. No hay que decírselo a mi padre.

― ¿Él cree?

― Mi padre, sí.

Basta.

Él bebe.

Mi sombrero del Barrio Latino.

Dios, hay que vestir al personaje. Quiero unos guantes color pulga.

Tú fuiste estudiante, ¿verdad? ¿De qué, en nombre del otro diablo? Paysayenn. P. C. N., ya sabes: physiques, chimiques et naturelles.

Ajá. Comiéndote tus cuatro perras de mou en civet, ollas de Egipto, codazos de cocheros eructantes. Solo dilo con el tono más natural: cuando estuve en París, en el boul’ Mich’, solía.

Sí, solía llevar billetes picados para probar coartada si te detenían por asesinato en alguna parte. Justicia. En la noche del diecisiete de febrero de 1904 el prisionero fue visto por dos testigos. Lo hizo el otro tipo: el otro yo. Sombrero, corbata, abrigo, nariz. Lui, c’est moi.

Parece que te divirtiste.

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