Caminamos a través de nosotros mismos encontrando bandoleros, fantasmas, gigantes, viejos, jóvenes, esposas, viudas, hermanos de amor. Pero encontrándonos siempre a nosotros mismos.
El dramaturgo que escribió el infolio de este mundo y lo escribió mal (nos dio la luz primero y el sol dos días más tarde), el señor de las cosas tal como son a quien el más romano de los católicos llama dio boia, dios verdugo, es sin duda todo en todo en todos nosotros, mozo de cuadra y carnicero, y sería también alcahuete y cabrón de no ser porque en la economía del cielo, predicha por Hamlet, ya no hay más matrimonios, siendo el hombre glorificado, un ángel andrógino, una esposa para sí mismo.
―¡Eureka! ―exclamó Buck Mulligan―. ¡Eureka!
De pronto, feliz, se levantó de un salto y de una zancada llegó al escritorio de John Eglinton.
―¿Me permite? ―dijo―. El Señor le ha hablado a Malaquías.
Empezó a garabatear en un trozo de papel.
Tome unos recibidos del mostrador al salir.
—Los que están casados, señor Best, apacibles, heraldo, dijo, todos menos uno, vivirán. Los demás seguirán como están.
Se rio, solterón, de Eglinton Johannes, bachiller en artes.
Solteros, desestimados, alertas a las artimañas, sopesan meditabundos cada noche su propia edición variorum de La fierecilla domada.
—Es una ilusión —dijo categórico John Eglinton a Stephen—. Nos ha