carro. Boylan apostó dos libras a mi sugerencia, Sceptre, para él y una amiga.
—Yo mismo llevaba media corona —dice Terry— al Zinfandel que me dio el señor Flynn. Del lord Howard de Walden.
―Veinte a uno, dice Lenehan. Así es la vida en un cobertizo. Un outsider, dice él. Se lleva la palma y hablando de juanetes. Debilidad, tu nombre es Sceptre.
De modo que se acercó a la lata de bizcochos que había dejado Bob Doran para ver si podía birlar algo a la chita callando, y el viejo can tras él tentando a la suerte con el hocico sarnoso en alto.
La vieja madre Hubbard fue al armario.
—Por ahí no, hija mía, dice él.
—Ánimo, dice Joe. Habría ganado el dinero de no ser por el otro perro.
Y J. J. y el ciudadano discutiendo sobre ley e historia con Bloom metiendo baza de vez en cuando.
―Algunos, dice Bloom, ven la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio.
—Raimeis —dice el ciudadano—. No hay más ciego que el que no quiere ver, si sabes lo que eso significa. ¿Dónde están nuestros veinte millones de irlandeses desaparecidos que deberían estar hoy aquí en vez de cuatro, nuestras tribus perdidas? ¿Y nuestras alfarerías y textiles, los mejores de todo el mundo! ¿Y nuestra lana que se vendía en Roma en tiempos de Juvenal y nuestro lino y nuestro damasco de los telares de Antrim y nuestro encaje de Limerick, nuestras tenerías y nuestro vidrio blanco de sílex ahí abajo en Ballybough y nuestro popelín hugonote que tenemos