ido y del cuarto de San Alejo llegaba el repiqueteo de los bastones y el bullicio de sus botas y lenguas.
Sargent, que se había quedado solo, avanzó lentamente mostrando un cuaderno abierto.
Su cabello enmarañado y su cuello flaco daban testimonio de falta de preparación y, a través de sus gafas empañadas, unos ojos débiles miraban hacia arriba suplicantes.
En su mejilla, apagada y sin sangre, reposaba una suave mancha de tinta, con forma de fecha, reciente y húmeda como el rastro de un caracol.
Tendió su cuaderno. La palabra Sums estaba escrita en el renglón superior. Debajo había cifras