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CAPÍTULO XXII. EL HÁBITO DE LA DEUDA

# EL HÁBITO DE LA DEUDA.

El hábito mental de la deuda es la disposición o tendencia a considerar las cosas que no tenemos como necesarias para nuestro éxito:

  • Anhelar otras oportunidades y otros medios distintos a los que tenemos en nuestras manos:
  • Sentirnos indefensos sin ellos y dispuestos a contraer deudas para conseguirlos.

La disposición independiente y autosuficiente toma en cuenta sus propios poderes, oportunidades y medios, y planea con ellos para lograr el máximo rendimiento.

Este viejo espíritu autosuficiente e independiente, que desdeñaba la deuda, ha desaparecido en gran medida. Contraer deudas es ahora el hábito común y se ha vuelto respetable.

Todos los malhechores fomentan y estimulan la moda, el hábito, el apetito o la pasión particulares de los que se nutren. La usura prospera gracias a la deuda. Si nadie estuviera endeudado, los usureros serían inofensivos. Es este hábito de la deuda el que les brinda un amplio campo para sus operaciones y les asegura su cosecha.

El acuerdo de pagar intereses preserva por un tiempo el sentimiento de independencia que resultaría herido al recibir un préstamo como un favor.

Por lo general, en el prestatario hay un sentimiento de alegría y euforia al ver que la confianza en él es tan grande, y su crédito es tan alto, que se le puede confiar un préstamo.

Al contraer una deuda, parece prometerse la apertura de oportunidades que habían sido negadas y un campo posible para el ejercicio exitoso de sus energías reprimidas.

También el fin al que se destina el préstamo en el presente parece de lo más atractivo y lucrativo, y el ánimo alegre y esperanzado no abriga ninguna duda de que el préstamo podrá devolverse con facilidad y prontitud.

Las tentaciones de la deuda no acuden a los viciosos, a los ociosos ni a los inútiles, sino a los más dignos, laboriosos, talentosos, confiables y emprendedores, a aquellos que serán los más productivos en sus campos de esfuerzo. Su misma aproximación resulta halagadora y, por lo tanto, muy difícil de resistir.

Un joven brillante, inteligente y noble, con altas aspiraciones y propósitos dignos, anhela recibir educación, pero las oportunidades parecen negársele; sin embargo, tiene a su disposición un fondo a bajo interés.

Un joven alegre y enérgico, de hábitos laboriosos y económicos, desea dedicarse a los negocios; su juventud, su carácter y su energía atraen el préstamo a sus pies.

El joven con un anhelo sincero de vida doméstica y de hogar, con una reputación irreprochable y una energía y frugalidad encomiables, recibe la imposición de un hogar, que habrá de pagar en cómodos plazos. Puede llenarlo de muebles «a plazos».

Si tiene inclinaciones intelectuales, puede llenar su biblioteca con los libros que desea «a plazos». Si tiene debilidad por la música, puede llenar su salón con instrumentos musicales «a plazos».

Todas sus necesidades y gustos pueden satisfacerse de golpe contrarayendo deudas. Para evitar las deudas se requiere un esfuerzo decidido y constante por resistir. Son pocos los que han podido escapar. No se puede calcular el volumen total del endeudamiento privado.

Pocas fábricas están libres de deudas. Por lo general, soportan toda la carga que su crédito les permite asegurar.

Los ferrocarriles y otras corporaciones están bajo deudas obligatorias que exigen su comercio al máximo para sostenerse.

Condados y municipios han contraído el hábito contagioso. Se emiten bonos para construir escuelas, ayuntamientos, viaductos, obras hidráulicas y pavimentar calles.

Yace sobre esta mesa una lista de todas las ciudades de esta gran tierra, los Estados Unidos, con su número de habitantes y sus deudas públicas.

No hay más que seis ciudades pequeñas en la larga lista sin deudas. En algunas la cantidad es enorme, llegando la deuda de la ciudad en ciertos casos a cien, y a ciento cincuenta, y a doscientos dólares por habitante.

Es decir, recae una deuda municipal sobre cada hombre, mujer y niño de doscientos dólares. Sobre esta cantidad se deben pagar intereses, doce dólares al año, un dólar al mes por cada hombre, mujer y niño.

También yace sobre la mesa un informe sobre la situación financiera de la gran ciudad más cercana. Está redactado con un espíritu optimista y declara que el crédito de la ciudad está «inmejorable».

El endeudamiento es de ocho millones, pero la valoración fiscal de la ciudad es tan alta que se pueden emitir dos millones más en bonos antes de alcanzar el límite de endeudamiento establecido por la ley general.

Esto se considera un resultado sumamente favorable y se asegura que todas las obras públicas previstas podrán llevarse a cabo sin interrupción. No se contempla detenerse hasta alcanzar el límite extremo.

Este hábito se extiende a las iglesias y a las empresas benéficas. Apenas hay una iglesia que no esté pagando intereses por alguna deuda. Las sociedades locales se ven a menudo muy obstaculizadas en su labor. Una institución benéfica de una de las denominaciones más grandes y ricas lanzó un llamamiento patético a sus feligreses pidiendo ayuda, declarando que los intereses de sus deudas ascendían a mil dólares por semana.

El hábito de la deuda se ha apoderado de las naciones y de los más ilustrados. Tan cierto es esto que, en broma, se habla de las deudas como un signo del progreso de una nación. Estos miles de millones acumulados aumentan rápidamente.

El Canciller de Hacienda dice que la deuda de Inglaterra se redujo en quinientos millones en veinte años. Para asombro de todo el mundo, los Estados Unidos comenzaron a pagar su deuda, de mil ochocientos millones, en treinta años. Pero estos casos son únicos entre las naciones.

Las deudas nacionales no disminuyen, sino que aumentan rápidamente. Tanto los Estados Unidos como Inglaterra están incrementando su endeudamiento cada año.

El mundo se ha vuelto loco por la deuda. Se ha convertido en un gran campo de cosecha, maduro para los usureros.

Las deudas pueden ser a veces inevitables. Pueden ser a veces positivamente beneficiosas. Puede haber momentos en que el sistema esté en tal estado que sea necesario tomar arsénico en pequeñas dosis, pero el arsénico no tiene cabida en el menú de un hombre sano.

Así pues, las deudas pueden ser necesarias para aquellos que han caído en decadencia o han sido desafortunados, pero no deberían encontrar lugar en las condiciones financieras normalmente sanas de un individuo, corporación o nación.

Las deudas no enriquecen a nadie. Un hombre no es más rico cuando ha conseguido un préstamo de lo que era antes. Pagar deudas no empobrece a nadie. Tan solo se deshace de la propiedad ajena.

Pagar una deuda nacional no destruye ninguna riqueza. Si se debe en el país, no es más que una transferencia de una mano o bolsillo a otro.

Ajustando las deudas del mundo, privadas, corporativas, municipales o nacionales, el mundo seguiría siendo tan rico y productivo. Ni una sola cosa material perecería. Ningún hombre sufriría la pérdida de ningún derecho ni de ninguna propiedad, pero sería la destrucción del artificio mediante el cual los usureros se apropian de las producciones ajenas.

Liberado de este hábito mental de la deuda, y reemplazada la disposición independiente y autosuficiente, esta condición anómala desaparecería; el productor recibiría de nuevo sus ganancias íntegras y el gran ejército de parásitos que ha surgido, y que se alimenta tan profusamente del trabajo de los demás, se vería obligado a convertirse en productor o a perecer.

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